Solución El texto (de Arturo Pérez Reverte) es una reflexión personal del autor contra los políticos, a los que considera unos sinvergüenzas con muchos privilegios, que se dan aires de grandeza y viven sin trabajar.






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títuloSolución El texto (de Arturo Pérez Reverte) es una reflexión personal del autor contra los políticos, a los que considera unos sinvergüenzas con muchos privilegios, que se dan aires de grandeza y viven sin trabajar.
fecha de publicación30.01.2016
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Texto
Paso a menudo por la carrera de San Jerónimo1, caminando por la acera opuesta a las Cortes, y a veces coincido con la salida de los diputados del Congreso. Hay coches oficiales con sus conductores y escoltas, periodistas dando los últimos canutazos junto a la verja, y un tropel de individuos de ambos sexos, encorbatados ellos y peripuestas ellas, saliendo del recinto con los aires que pueden ustedes imaginar. No identifico a casi ninguno, y apenas veo los telediarios; pero al pájaro se le conoce por la cagada. Van pavoneándose graves, importantes, seguros de su papel en los destinos de España, camino del coche o del restaurante donde seguirán trazando líneas maestras de la política nacional y periférica. No pocos salen arrogantes y sobrados como estrellas de la tele, con trajes a medida, zapatos caros y maneras afectadas de nuevos ricos. Oportunistas advenedizos que cada mañana se miran al espejo para comprobar que están despiertos y celebrar su buena suerte. Diputados, nada menos. Sin tener, algunos, el bachillerato. Ni haber trabajado en su vida. Desconociendo lo que es madrugar para fichar a las nueve de la mañana, o buscar curro fuera de la protección del partido político al que se afiliaron sabiamente desde jovencitos. Sin miedo a la cola del paro. Sin escrúpulos y sin vergüenza. Y en cada ocasión, cuando me cruzo con ese desfile insultante, con ese espectáculo de prepotencia absurda, experimento un intenso desagrado; un malestar íntimo, hecho de indignación y desprecio. No es un acto reflexivo, como digo. Sólo visceral. Desprovisto de razón. Un estallido de cólera interior. (...) Sé que esto es excesivo. Que siempre hay justos en Sodoma. Gente honrada. Políticos decentes cuya existencia es necesaria. No digo que no. Pero hablo hoy de sentimientos, no de razones. De impulsos. Yo no elijo cómo me siento. Cómo me salta el automático. Algo debe de ocurrir, sin embargo, cuando a un ciudadano de 57 años y en uso correcto de sus facultades mentales, con la vida resuelta, cultura adecuada, inteligencia media y conocimiento amplio y razonable del mundo, se le sube la pólvora al campanario mientras asiste al desfile de los diputados españoles saliendo de las Cortes.
Arturo Pérez-Reverte
1 Calle de Madrid donde se encuentran las Cortes

1. Realiza un comentario crítico del texto analizando todas sus características lingüísiticas y estilísticas.

Solución

El texto (de Arturo Pérez Reverte) es una reflexión personal del autor contra los políticos, a los que considera unos sinvergüenzas con muchos privilegios, que se dan aires de grandeza y viven sin trabajar. El texto es una diatriba, una crítica ácida. Empieza con la observación de una escena: la salida de los diputados del Congreso un día cualquiera. Sigue con la enumeración de la parafernalia que rodea a los diputados: policías, coches oficiales, periodistas... El autor critica la autosatisfacción de estos personajes, a los que degrada con descalificaciones y caricaturizaciones (animalizaciones). Alude al papel de la televisión, que convierte a los políticos en "estrellas", por lo que también está criticando el papel de los medios de comunicación, especialmente los audiovisuales, en el encumbramiento de personajes deleznables. Confiesa sentir indignación por el espectáculo que está viendo y justifica su tono de cabreo, diciendo que no razona, que solo siente, es decir, justifica su tono de desahogo próximo al insulto en su escrito. Y cierra preguntándose qué ha podido ocurrir en el país para que él se sienta tan mal viendo a los diputados saliendo de las Cortes (estructura cíclica).

Se trata de un artículo de opinión claramente subjetivo. El autor opina más que argumenta, no le interesa tanto argumentar como desahogarse, incluso reconoce su sentimiento de cólera y su pulsión visceral (líneas 14 y stes.). Además, tampoco informa de hechos concretos o sucesos, sino que, simplemente, a partir de la observación de una escena (la salida de los diputados del Congreso), el autor deja que afloren sus sentimientos. Es decir, va de lo particular (la escena que él ve) a lo general (la reflexión sobre la corrupción de los políticos), para volver al final de nuevo a la escena de partida: la visión de la "salida de Diputados del Congreso" le produce unos irreprimibles sentimientos de enfado y malestar.

Es por eso por lo que podríamos decir que la función del lenguaje preponderante es —como en los textos poéticos— la función expresiva o emotiva. Subsidiariamente, hay también función apelativa (se quiere influir en el lector, hacer que piense igual que el autor) y representativa o referencial (se hace alusión a alguna cuestión o suceso de la realidad). Curiosamente, la función poética o estética está casi anulada, el autor se aproxima a la descalificación gratuita en ocasiones, al lenguaje del insulto, pues reconoce escribir con el sentimiento, no con la razón. Así califica a los políticos de "oportunistas", "advenedizos", "nuevos ricos", prepotentes, sinvergüenzas... sin ahorrar calificativos reprobables. Es una función poética vuelta del revés, pues el ideal expresivo parece más bien la búsqueda del "des-calificativo" más hiriente.

Sabemos que este texto es un fragmento por el símbolo "(...)" que aparece en la línea 16. No conocemos el nombre del autor, pero él da pistas de sí mismo en las líneas 19 y stes., cuando se reconoce como "ciudadano de 57 años", "con la vida resuelta, cultura adecuada, inteligencia media y conocimiento amplio y razonable del mundo". Se trata de un escritor maduro y cabreado ante el espectáculo de la corrupción política, que escribe con ánimo de "cantar las cuarenta" a una clase profesional que desprecia profundamente.

El texto es escrito, pero tiene rasgos de lo oral, dado que se aproxima al insulto en ocasiones, y eso le lleva a usar un lenguaje popular (y populista), cuajado de expresiones coloquiales, a veces hasta vulgares. Por ejemplo, los diputados no fuman, sino que apuran "los últimos canutazos junto a la verja"; "al pájaro se le conoce por la cagada"; "buscar curro"; "me salta el automático"; "se le sube la pólvora al campanario" (=se le sube la ira a la cabeza). El autor busca intencionadamente un tono de cabreo, un lenguaje coloquial, callejero, porque cree que así alcanzará mejor la complicidad del lector al que se dirige, un ciudadano medio que, como él, pueda sentirse irritado contra el lamentable espectáculo de la política actual. Desde luego, no se dirige a la parte intelectual o culta del público, sino que va directo a sus instintos más bajos. Y eso a pesar del uso del "ustedes" (lín. 4), con el que se dirige a los receptores. Lo que busca es contagiar su sensación de cabreo a sus lectores.

En ese sentido, el tono, el lenguaje, el tema se adecuan perfectamente a la intención buscada por el autor: la adecuación textual exige, en este caso, el uso de un lenguaje descalificatorio próximo al insulto, más que la selección del vocablo exquisito o refinado.

No hay, pues, ironía o doble sentido, pues se usa un lenguaje directo para descalificar, pero sí un distanciamiento máximo entre el emisor y aquellos sobre los que habla (los diputados). Se observa que la opinión que los diputados tienen sobre sí mismos ("graves, importantes, seguros...", "arrogantes y sobrados...") y la que de ellos tiene el autor discrepa máximamente, y él expresa esta discordancia con el refrán más bien vulgar "al pájaro se le reconoce por la cagada".

Un recurso que se utiliza al principio del texto es el de la enumeración, cuando cuenta el autor el lujo que rodea a los diputados (lín. 2 y stes.): "coches oficiales", "conductores y escoltas, periodistas", "un tropel de individuos". O cuando dice cómo se sienten o visten los diputados: "encorbatados", "peripuestas", "graves", "importantes", "seguros de su papel", "arrogantes y sobrados", "con trajes a medida, zapatos caros y manera afectadas"...

No hay muchas precisiones temporales en el texto, pero el autor está tratando un tema de actualidad: la mala opinión que la mayor parte de la ciudadanía tiene de los políticos, algo que está en el ambiente y que pertenece al presente más absoluto, al hoy de cada día. El autor alude a su edad, 57 años (y a su situación socioeconómica, desahogada)

En cuanto al espacio, el autor observa la escena en la carrera de San Jerónimo de Madrid, concretamente desde la acera opuesta a las Cortes. En la línea 6 presenta a los diputados pensando "en los destinos de España", lo que da un carácter marcadamente nacional -local- al asunto del artículo, aunque la mala opinión que el autor tiene de los políticos podríamos generalizarla a todos los políticos (de aquí y de allá), lo que justifica la expresión "siempre hay justos en Sodoma", que aparece en la línea 16, y que viene a comparar los mundos de la política y del pecado (aunque siempre hay alguien que se salva): en política es casi inevitable la corrupción, viene a sugerir el autor.

Hay una serie de presuposiciones del autor; por ejemplo, da por supuesto —y entonces no explica— que todo el mundo sabe qué son las Cortes [Generales] y que, como parlamento bicameral, están formadas por el Congreso de los Diputados y el Senado; también supone que todo el mundo sabe que el Congreso está ubicado en la madrileña carrera de San Jerónimo; o que es del dominio común la expresión de origen bíblico "Que siempre hay justos en Sodoma", queriendo expresar que pocos son los políticos honrados en medio de un panorama de general corrupción.

Una implicación importante de lo que el texto dice (o sea, aquello que se infiere a partir de lo dicho) es que el autor también considera criticable el papel de la televisión, además del rol jugado por los políticos, pues la tele aumenta la importancia de estos personajes. Por ejemplo, cuando en la línea 5 dice "No identifico a casi ninguno, y apenas veo los telediarios", lo que insinúa es que, si los viera, habría reconocido a más diputados, porque continuamente salen en pantalla, dada la importancia excesiva que a estos personajes, a cuanto hacen y dicen, les confieren los medios de comunicación. Es decir, el autor declara implícitamente que no ve mucho la tele, que no le interesa mucho la información política.

Otra implicación importante está al principio del texto, cuando dice que pasa a menudo por la carrera de San Jerónimo, lo que implica que vive en Madrid y se pasea por sus calles o, al menos, que el estar en Madrid es para él algo cotidiano.

En cuanto a la coherencia, el texto tiene un tema clave, criticar a los políticos a partir de una situación concreta y anodina (la salida de los diputados del Congreso un día cualquiera), y un subtema, que sería criticar el papel de los medios de comunicación (algo que está más insinuado que desarrollado). Hay progresión temática y estructura circular (al final vuelve al principio: la salida de los diputados de las Cortes, un tema este de la salida de gente —baste recordar Salida de Misa de doce de la Basílica del Pilar, el primer documento cinematográfico de nuestra historia; o las salidas de trenes desde la estación, salida de niños de un colegio...—muy tratado en la historia del cine, de la pintura...).

La cohesión es la propiedad textual que da trabazón lingüística al conjunto, de manera que lo percibimos como una unidad. La cohesión se consigue aquí mediante una serie de mecanismos sintáctico-semánticos, como la deixis ("sé que esto es excesivo", donde el pronombre demostrativo neutro alude a la frase anterior; "en uso correcto de sus facultades" -suyas de él, 3ª persona singular en este caso-), las elipsis (con la que se evitan repeticiones innecesarias: "Paso [yo] a menudo y coincido [yo] con..."), los nexos y conectores oracionales (que unen lo anterior con lo siguiente: "pero al pájaro", "Y en cada ocasión..."), las referencia pronominales ["se le sube la pólvora" (a "un ciudadano de 57 años")]...

En lo relativo a la morfosintaxis, los verbos que predominan son los presentes de indicativo ("Paso", "coincido", "hay", "no identifico", en 1ª persona del singular -marca del emisor-, "van pavoneándose", "salen arrogantes", "se miran", en 3ª persona del plural -marca del referente: los políticos-). Predominan las precisiones circunstanciales en gerundio ("caminando", "saliendo del recinto", "desconociendo lo que es madrugar") y participios y adjetivos en función predicativa ("encorbatados", "peripuestas", "arrogantes", "sobrados").

En cuanto a los sustantivos, predominan los que designan personas ("diputados", "periodistas", "escoltas", "individuos", "políticos", "conductores") y los que tienen que ver con el mundo del lujo y de las instituciones propias de la política ("Cortes", "Congreso", "trajes", "coches oficiales", "restaurante"). También las consecuencias de todo esto, es decir, los sustantivos que tienen que ver con el campo semántico de la indignación: "malestar", "indignación", "desprecio".

Los adjetivos calificativos, subsiguientemente, tienden a ser negativos cuando se refieren a los políticos ("oportunistas", "advenedizos").

Los campos semánticos son importantes en este texto. Con el "yo" del emisor se identifican palabras y frases que indican observación (de la escena) e indignación: "Paso a menudo", "No identifico a casi ninguno", "apenas veo los telediarios", "me cruzo con ese desfile", "visceral", "excesivo", "hablo hoy de sentimientos, no de razones. De impulsos", "me salta el automático", "se le sube la pólvora al campanario"... El emisor es, pues, un testigo indignado de lo que ocurre. Un moralista que denuncia. Un periodista consciente de su labor de crítica y, casi diríamos, de demolición.

Consecuentemente, el referente, es decir, lo observado o, en este caso, en plural: los observados —los políticos— deben pertenecer a la categoría de lo deleznable, lo detestable y odioso. Ya esa categoría son transferidos. Basta un breve repaso por el texto para comprobar como a los diputados les caracterizan solamente adjetivos o valoraciones estrictamente negativos, peyorativos: "sin escrúpulos", "sin vergüenza", "prepotencia"... De ahí que aparezcan continuamente animalizados —al modo de Valle-Inclán—, caricaturizados y tratados en modo despectivo: "encorbatados", "peripuestas", "pájaro", "pavoneándose", "cagada", "tropel de individuos" (=rebaño).

En cuanto al estilo, el autor no busca las bellas letras, la expresión cuidada e indirecta. Su lenguaje es directo, de denuncia, cuajado de expresiones coloquiales, incluso vulgares ("subirse la pólvora al campanario", "al pájaro se le reconoce por la cagada"...).

Se trata, en definitiva, de un fragmento textual, coherente, adecuado y con cohesión, que defiende una opinión del autor muy beligerante con los políticos, de cuya honradez duda. Hay algunos destellos de intertextualidad, cuando se habla de Sodoma, una alusión que se supone dentro de la cultura común compartida entre emisor y receptor. El texto utiliza un lenguaje directo, descalificatorio, próximo al registro coloquial, casi vulgar en ocasiones, y es más un desahogo del emisor que un texto argumentativo o expositivo, pues no informa de algún hecho concreto ni intenta convencer o demostrar nada. Más bien quiere contagiar un estado de ánimo, de animadversión o cabreo, contrario a una situación (la impunidad de los políticos, su inmunidad en la España actual).

En el texto no hay crítica constructiva, no se ofrecen alternativas. La intención que mueve al emisor es más bien la del vituperio o el escarnio (como en las cantigas de maldecir de la antigua lírica gallega medieval). El autor presupone cierto conocimiento del mundo a sus interlocutores o lectores, y por eso no explica algunas alusiones, y usa muy frecuentemente un tono despectivo y una degradación intencionada de las personas a las que quiere vituperar, los políticos, mediante procedimientos como la animalización, la caricaturización y la enumeración.

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