Prólogo






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Stephen Jay Gould

Desde Darwin

Reflexiones sobre Historia Natural

HERMANN BLUME

Serie
Ciencias de la naturaleza

Dirigida por
Juan Diego Pérez

Portada:
W. W. Norton

Traducción
Antonio Resines

Producción
Juan Diego Pérez y Enrique Algara

Título original: Ever Since Darwin. Reflections in Natural History
© 1977 Stephen Jay Gould
© 1983 Hermann Blume Ediciones, Madrid
Primera edición española, 1983
ISBN: 847214-278-7

Prólogo 5

I Darwiniana 10

II La evolución
del hombre 31

III Organismos
extraños y ejemplares
evolutivos 53

IV Esquemas
y puntuaciones
en la historia
de la vida 79

Para mi padre,
que me llevó a ver un Tyrannosaurus
cuando yo tenía cinco años.

Prólogo


“Cien años sin Darwin son suficientes”, refunfuñaba el notable genético H. J. Muller en 1959. El comentario le pareció a muchos de sus oyentes un modo singularmente poco auspicioso de festejar el centenario del Origen de las Especies, pero nadie podía negar la verdad expresada en su frustración.

¿Por qué ha resultado Darwin tan difícil de asimilar? En el transcurso de una década convenció a todo el mundo pensante de que la evolución había sucedido, pero su propia teoría acerca de la selección natural jamás llegó a alcanzar gran popularidad en el transcurso de su vida. No prevaleció hasta los años 40, e incluso hoy en día, si bien forma el núcleo de nuestra teoría evolutiva, sigue siendo ampliamente malinterpretada, citada erróneamente y mal aplicada. El problema no puede obedecer a la complejidad de su estructura lógica, ya que la base de la selección natural es la simplicidad misma -dos hechos innegables y una conclusión ineluctable:

1 Los organismos varían, y estas variaciones son heredadas (al menos en parte) por su descendencia.

2 Los organismos producen más descendencia de la que puede concebiblemente sobrevivir.

3 Por término medio, la descendencia que varíe más intensamente en las direcciones favorecidas por el medio ambiente sobrevivirá y se propagará. Por lo tanto, las variaciones favorables se acumularán en las poblaciones por selección natural.

Estas tres afirmaciones garantizan la actuación de la selección natural, pero no garantizan (por sí mismas) el papel fundamental que Darwin le asignó. La esencia de la teoría de Darwin yace en su convicción de que la selección natural es la fuerza creativa de la evolución -no simplemente el verdugo de los no adaptados. La selección natural construye también a los organismos adaptados; debe elaborar la adaptación en etapas, preservando generación tras generación la fracción favorable de un espectro de variaciones al azar. Si la selección natural es creativa, nuestra primera afirmación acerca de la variación debe verse complementada por dos condiciones adicionales.

En primer lugar, la variación debe producirse al azar, o al menos no con una inclinación preferente hacia la adaptación -ya que si la adaptación viene ya orientada en la dirección correcta, la selección no interpreta papel creativo alguno, limitándose a eliminar a los desafortunados individuos que no varían del modo apropiado. El lamarckismo, con su insistencia en que los animales responden creativamente a sus necesidades y trasmiten los caracteres adquiridos a su descendencia es una teoría no darwiniana que plantea precisamente eso. Nuestra actual comprensión de las mutaciones genéticas sugiere que Darwin tenía razón al mantener que la variación no va dirigida en direcciones favorables. La evolución es una mezcla de azar y necesidad -azar al nivel de la variación, necesidad en el funcionamiento de la selección.

En segundo lugar la variación debe ser pequeña en relación con la extensión del cambio evolutivo en la fundación de una nueva especie. Porque si las nuevas especies surgen de repente, entonces la selección no tiene más que eliminar a los anteriores inquilinos para hacer hueco para una mejora no elaborada por ella. Una vez más nuestra comprensión de los mecanismos de la genética respalda el punto de vista de Darwin de que el meollo del cambio evolutivo son las pequeñas mutaciones:

Así, la teoría aparentemente simple de Darwin no carece de sutiles complejidades y requerimientos adicionales. No obstante, y en mi opinión, el mayor obstáculo para su aceptación no se encuentra en la existencia de dificultad científica alguna, sino más bien en el radical contenido filosófico del mensaje de Darwin -en su desafío a toda una serie de actitudes occidentales muy enraizadas que no estamos todavía dispuestos a abandonar.

En primer lugar Darwin argumenta que la evolución carece de propósito. Cada individuo lucha por incrementar la representación de sus genes en las generaciones futuras, y eso es todo. Si el mundo exhibe orden y armonía, no es más que un resultado incidental de la persecución por parte de cada individuo de su propio beneficio -la teoría económica de Adam Smith trasplantada a la naturaleza. En segundo lugar, Darwin mantenía que la evolución carece de dirección; no lleva inevitablemente a organismos superiores. Los organismos se limitan a adaptarse mejor a su entorno local y eso es todo. La “degeneración” de un parásito es tan perfecta como los andares de una gacela. En tercer lugar, Darwin aplicó una consistente filosofía materialista a su interpretación de la naturaleza. La materia es la base de toda existencia; la mente, el espíritu, e incluso Dios no son más que palabras que expresan los maravillosos resultados de la complejidad neuronal. Thomas Hardy, haciendo de portavoz de la naturaleza, expresaba su dolor por la afirmación de que había desaparecido todo propósito, dirección y espíritu:

Cuando partí con el alba, el estanque,
el prado, el rebaño y el árbol solitario
parecían todos mirarme
como niños castigados y silenciosos sentados en un colegio;
Entre ellos se agita tan sólo un balbuceo
(como si otrora hubiera sido una nítida llamada pero
ahora apenas un aliento)
“¡nos preguntamos, siempre nos preguntamos, por qué
nos encontramos aquí!”.

Sí, el mundo ha sido diferente ya desde Darwin. Pero no menos excitante, constructivo o enaltecedor; ya que si no podemos encontrar un propósito en la naturaleza, tendremos que definirlo por nosotros mismos. Darwin no era un moralista mentecato; simplemente se resistía a cargar sobre la naturaleza todos los profundos prejuicios del pensamiento occidental. De hecho, yo sugeriría que el verdadero espíritu darwiniano podría aún sacar adelante nuestro mundo vacío dando el mentís a un tema favorito de nuestra arrogancia occidental -que nuestro destino es disfrutar del control y el dominio de la tierra y su vida dado que somos el más elevado producto de un proceso predeterminado.

En cualquier caso deberíamos llegar a un acuerdo con Darwin y para ello debemos comprender tanto sus creencias como las implicaciones de éstas. Todos los muy dispares ensayos de este libro están dedicados a la exploración de “esta visión de la vida” -el término acuñado por el propio Darwin para su nuevo mundo evolutivo.

Estos ensayos, escritos entre 1974 y 1977, aparecieron originalmente en mi columna mensual de la Natural History Magazine, titulada “This View of Life” (Esta visión de la vida). Hablan acerca de la historia geográfica y planetaria lo mismo que de la sociedad y la política, pero van unidos (al menos en mi mente) por el hilo conductor de la teoría evolutiva -en la versión de Darwin. Soy un minorista no un erudito. Lo que conozco de los planetas y la política yace en su intersección con la evolución biológica.

No paso por alto la chanza del periodista de que el periódico de ayer sirve para envolver la basura de hoy. Tampoco paso por alto los desmanes cometidos en nuestros bosques para publicar colecciones redundantes e incoherentes de ensayos; ya que, al igual que al Lorax del Dr. Seuss, me gusta pensar que hablo en nombre de los árboles. Más allá de la vanidad, mi única excusa para recopilar estos ensayos, yace en la observación de que a mucha gente le gustan (y que un número igual de personas los desprecian), y que parecen aglutinarse en torno a un tema común, la perspectiva evolutiva de Darwin como antídoto para nuestra arrogancia cósmica.

La primera sección explora la propia teoría de Darwin, especialmente la filosofía radical que inspiró la queja de H. J. Muller. La evolución carece de propósito, es no-progresiva y materialista. Yo abordo tan árido mensaje a través de unos cuantos acertijos entretenidos: ¿Quién era el naturalista del Beagle? (Darwin no); ¿por qué no utilizó Darwin el término “evolución”?; y ¿por qué esperó veintiún años antes de publicar su teoría?

La aplicación del darwinismo a la evolución humana es el tema de la segunda selección. En ella intento destacar tanto nuestra unicidad como nuestra unidad con las demás criaturas. Nuestra unicidad surge del funcionamiento de procesos evolutivos ordinarios, no de ninguna predisposición a cosas más elevadas.

En la tercera sección, exploro algunas complejas cuestiones de la teoría evolutiva a través de su aplicación a organismos peculiares. De una parte, estos ensayos hablan de ciervos de gigantescas cornamentas, de moscas que devoran a sus madres desde dentro, de almejas que desarrollan un pez señuelo en su extremo posterior y de bambú que sólo florecen una vez cada ciento veinte años. De otra parte abordan los temas de la adaptación, la perfección y la aparente carencia de sentido.

La cuarta sección extiende la teoría evolutiva hasta una exploración de los esquemas de la historia de la vida. No nos encontramos con una crónica de majestuosos progresos, sino con un mundo puntuado por períodos de extinciones masivas y rápidos orígenes entre largas etapas de relativa tranquilidad. Centro mi atención en las dos puntuaciones más grandes -la “explosión” del Cámbrico que puso en escena la mayor parte de la vida animal compleja hace alrededor de seiscientos millones de años, y la extinción del Pérmico que se llevó por delante a la mitad de las familias de invertebrados marinos hace doscientos veinticinco millones de años.

De la historia de la vida paso a la historia de su morada, nuestra Tierra (sección quinta). Discuto tanto a los héroes primitivos (Lyell) como a los herejes modernos (Velikovsky) que se enfrentaron con la más general de todas las interrogantes -¿Tiene alguna dirección la historia geológica?; ¿es el cambio lento y majestuoso o rápido y cataclísmico?; ¿cómo refleja la historia de la vida la de la Tierra? Encuentro una posible solución a algunas de estas cuestiones en la “nueva geología” de la tectónica de placas y la deriva continental.

La sexta sección intenta abarcar un poco todo, prestando atención a lo pequeño. Parto de un único y simple principio -la influencia del tamaño en las formas de los objetos- y planteo que se aplica a un abanico asombrosamente amplio de fenómenos del desarrollo. Incluyo la evolución de superficies planetarias, los cerebros de los vertebrados y las diferencias características de forma que se dan entre las iglesias medievales pequeñas y las grandes.

A algunos lectores, la séptima sección puede parecerles una ruptura de esta secuencia. He seguido laboriosamente unos principios generales hasta sus aplicaciones específicas, y he vuelto de nuevo a su funcionamiento en los esquemas principales de la vida y la Tierra. En ellos, ahondo en la historia del pensamiento evolutivo, en particular en el impacto de los criterios sociales y políticos sobre la supuestamente “objetiva” ciencia. Pero para mí todo forma parte de la misma cosa -otra espina en el costado de la arrogancia científica con un mensaje político sobreañadido. La ciencia no es una marcha inexorable hacia la verdad, mediatizada por la recolección de información objetiva y la destrucción de antiguas supersticiones. Los científicos, como seres humanos normales y corrientes, reflejan inconscientemente en sus teorías las constricciones sociales y políticas de su época. Como miembros privilegiados de la sociedad, acaban con gran frecuencia defendiendo las disposiciones existentes como algo biológicamente predeterminado. Discuto el mensaje global de un oscuro debate surgido en el seno de la embriología del siglo XVIII, los criterios de Engels acerca de la evolución humana, la teoría de Lombroso de la criminalidad innata y una retorcida historia salida de las catacumbas del racismo científico.

La última sección sigue con el mismo tema, pero aplicándolo a las discusiones contemporáneas acerca de “la naturaleza humana” -el mayor impacto de la teoría evolutiva mal aplicada sobre la actual política social. La primera subsección critica, como prejuicio político, el determinismo biológico que recientemente nos ha anegado de monos asesinos como antecesores, de agresión y territorialidad innatas, de pasividad femenina como algo dictado por la naturaleza, de diferencias raciales referidas al coeficiente intelectual, etc. Planteo que no existe evidencia alguna que respalde ninguna de estas afirmaciones y que tan sólo representan la más reciente encarnación de una larga y triste historia dentro de la historia occidental -culpar a la víctima colgándole una etiqueta de inferioridad biológica, o utilizar “la biología como cómplice”, en palabras de Condorcet. La segunda subsección aborda tanto mi felicidad como mi insatisfacción con el recientemente bautizado estudio de la “sociobiología”, y su promesa de una nueva explicación, darwiniana, de la naturaleza humana. Yo sugeriría que muchas de sus afirmaciones específicas son especulaciones carentes de base al modo determinista, pero encuentro de un gran Valor su explicación darwiniana del altruismo -como apoyo a mi referencia alternativa de que la herencia nos ha dotado de flexibilidad, no de una rígida estructura social ordenada por la selección natural.

Estos ensayos han sufrido tan sólo alteraciones mínimas con respecto -a su status original de columnas de la Natural History Magazine -se han corregido errores, se han eliminado provincianismos, y la información ha sido puesta al día. He intentado eliminar esa maldición de las colecciones de ensayos, la redundancia, pero me he echado para atrás siempre que mi bisturí de editor amenazaba la coherencia de cualquier ensayo individual. Por lo menos jamás utilizó dos veces la misma cita. Finalmente, me gustaría expresar mi agradecimiento y afecto por el editor jefe Alan Ternes y por sus correctores de pruebas Florence Edelstein y Gordon Beckhorn. Me han prestado su apoyo en medio de una avalancha de cartas malhumoradas, y han mostrado la más exquisita tolerancia y discreción utilizando un flexible criterio editorial. No obstante, échenle la culpa a Alan de todos los títulos realmente pegadizos -particularmente del fraude sigmoideo del ensayo 15.

Sigmund Freud expresó tan bien como cualquier otro el impacto inextirpable de la evolución sobre la vida y el pensamiento humanos al escribir:

La humanidad ha tenido que soportar en el transcurso del tiempo y de manos de la ciencia, dos grandes ultrajes contra su ingenuo amor por sí misma. El primero fue cuando se dio cuenta de que nuestra Tierra no era el centro del universo, sino tan sólo una, mota de polvo en un sistema de mundos de una magnitud casi inconcebible… El segundo se produjo cuando la investigación biológica privó al hombre de su particular privilegio de haber sido especialmente creado, relegándole a descendiente del mundo animal.

Yo propondría que el conocimiento de esta relegación constituye también nuestra mayor esperanza de continuidad sobre una Tierra frágil. Que pueda florecer “esta visión de la vida” en el curso de su segundo siglo y que nos ayude a comprender tanto los límites como las lecciones de la comprensión científica -mientras nosotros, como los prados y los árboles de Hardy, seguimos preguntándonos por qué nos encontramos aquí.
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