No pensar nunca en el otro camino






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No pensar nunca en el otro camino

“Una vez que escogemos un camino, es necesario que olvidemos todos los otros”, dice el maestro a sus aprendices. Lowon, el discípulo que no sabe aprender, escucha con atención.

A la salida de la conferencia, Lowon es invitado por un grupo de personas a dar una charla en un bar.

-Rechazo todo pago –dijo Lowon. –Hice mis estudios, soy un servidor, quiero divulgar la palabra de la Fe.

El grupo se queda contento, van hasta el bar y Lowon da su conferencia. Finalmente, pregunta:

-Nada más que por curiosidad, me gustaría saber: ¿cuánto dinero rechacé?

Al enterarse de la excelente paga que hubiera recibido, Lowon se siente explotado por el grupo que lo había invitado y va a quejarse con su maestro.

-Cuando la gente hace una elección, debe siempre olvidar las otras alternativas. El hombre que sigue un camino y se queda pensando en lo que perdió al dejar de lado los otros, nunca llegará a ninguna parte –fue la respuesta del maestro.
Aprender a perder

El rabino Wolf entró por casualidad en un bar; algunas personas bebían, otras jugaban a las cartas, y el ambiente parecía cargado.

El rabino salió sin hacer ningún comentario. Un joven fue detrás de él.

-Sé que no le gustó lo que vió –dijo el muchacho. –Allí sólo hay pecadores.
-Me gustó lo que ví –dijo Wolff. – Son hombres que están aprendiendo a perder todo. Cuando ya no les quede nada material en este mundo, sólo tendrán que volverse a Dios. Y, a partir de ese momento, ¡qué estupendos siervos serán!

Puede ser pecado

Amigo del escritor francés Marcel Proust, el abate Arthur Mugnier fue responsable de la conversión al catolicismo de muchos famosos artistas de su tiempo. Aun cuando vivía en una época moralista, Mugnier trataba de recordarle a todos que la idea central de Cristo era la alegría de la redención y no las torturas de la culpa.

Cierta vez, el abate fue abordado por una de sus parroquianas, quien
–aunque ya tenía setenta y cinco años de edad- estaba preocupadísima por los pecados de la carne.

-Querido abate –dijo ella-, de vez en cuando me sorprendo mirándome el cuerpo en el espejo. ¿Esto es pecado?

Y la respuesta del abate fue rápida:

-No, Madame. Esto es un equívoco.

Perdonar a los enemigos

El maestro se reunió con su discípulo preferido y le preguntó cómo iba su progreso espiritual. El discípulo le respondió que estaba logrando dedicar a Dios todos los momento de su día.

-Entonces, sólo falta que perdones a tus enemigos –dijo el maestro.

El discípulo se volvió, sorprendido:

-¡Eso no me hace falta! ¡No le tengo ninguna rabia a mis enemigos!
-¿Tú crees que Dios te tiene rabia?
-¡Claro que no! –respondió el discípulo.
-Pero aún así tú pides Su perdón, ¿no es verdad? Haz lo mismo con tus enemigos, aunque no sientas odio por ellos. Quien perdona, está lavando y perfumando su propio corazón.

Los visitantes indeseables

-No tenemos portales en nuestro monasterio –le comentó Shanti al visitante.
-¿Y cómo hacen con los ladrones?
-No hay nada valioso aquí dentro. Si lo hubiese, ya se lo habríamos dado a quien lo necesitara.
-¿Y las personas inoportunas, que llegan a perturbar la paz de ustedes?
-Las ignoramos y se van –dijo Shanti.
-¿Sólo esto? ¿Y les da resultado?

Shanti no respondió. El visitante insistió algunas veces más. Al ver que no obtenía respuesta alguna, decidió partir.

“¿Has visto cómo funciona?”, dijo Shanti para sus adentros, sonriendo.

Los huesos de los antepasados

Había un rey de España que estaba muy orgulloso de sus antepasados y que era conocido por su crueldad con los más débiles.

Cierta vez caminaba con su comitiva por un campo de Aragón donde
–años antes- su padre había perdido una batalla, cuando encontró a un hombre santo revolviendo una enorme pila de huesos.

-¿Qué es lo que haces ahí? –preguntó el rey.
-Honrada sea Vuestra Majestad –dijo el hombre santo. –Cuando supe que el rey de España iba a venir por aquí, decidí recoger los huesos de vuestro fallecido padre para entregároslos. Sin embargo, por más que trato, no logro hallarlos: son iguales a los huesos de los campesinos, de los pobres, de los mendigos y de los esclavos.

El reino de este mundo

Un viejo ermitaño fue invitado, cierta vez, a ir a la corte del rey más poderoso de aquella época.

-Yo envidio a los hombres santos, que se contentan con tan poco –comentó el soberano.
-Yo envidio a Vuestra Majestad, que se contenta con menos que yo –le respondió el ermitaño.
-¿Qué cosa dices, si todo este país me pertenece? –dijo el rey, ofendido.
-Justamente por eso. Yo tengo la música de las esferas celestes, tengo los ríos y las montañas del mundo entero, tengo la luna y el sol, porque llevo a Dios en mi alma. Vuestra Majestad, sin embargo, no tiene más que este reino.

¿El maestro no sufre con los malos discípulos?

Un discípulo le preguntó a Firoz, el maestro sufi:

-La simple presencia de un maestro, hace que todo tipo de curiosos se acerquen para descubrir algo que pueda serles de algún beneficio. ¿Esto no puede ser perjudicial o negativo? ¿Esto no puede desviar al maestro de su camino o hacer que sufra porque no consigue enseñar lo que quiere?

Firoz respondió:

-Veo que un árbol de paltas cargado de frutas despierta el apetito de todos aquellos que pasan cerca de él. Si alguien desea saciar su hambre más allá de su capacidad, termina por comer más paltas de las necesarias y se siente mal. Sin embargo, esto no le causa ningún tipo de indigestión al dueño del árbol.

“Lo mismo sucede con la Búsqueda. El camino necesita estar abierto para todos; pero Dios se encarga de marcar los límites de cada uno”.

El juego de ajedrez

Un joven le dijo al abate del monasterio:

-Cómo me gustaría ser un buen monje, pero nada importante aprendí en la vida. Todo lo que mi padre me enseñó fue jugar al ajedrez, que no sirve para la iluminación.
-Quién sabe si este monasterio no está necesitando precisamente de un poco de diversión –fue la respuesta.

El abate entonces pidió un tablero de ajedrez, llamó a un monje y lo mandó a jugar con el joven.

Pero antes de comenzar la partida, agregó:

-Aunque necesitamos diversión, no podemos permitir que todo el mundo se ponga a jugar al ajedrez. Entonces, pondremos al mejor jugador de aquí; si nuestro monje pierde, él se irá del monasterio y quedará una vacante para ti.

El abate hablaba en serio. El joven sintió que jugaba por su vida y sudó frío; el tablero se transformó en el centro del mundo.

El monje comenzó a perder. El joven atacó, pero entonces vio la mirada de santidad del otro; a partir de ese momento, comenzó a jugar mal a propósito. Al final de cuentas prefería perder porque el monje podía ser más útil al mundo.

De repente, el abate arrojó el tablero al suelo.

-Tú aprendiste mucho más de lo que te enseñaron –dijo. -Te concentraste lo suficiente como para vencer, fuiste capaz de luchar por lo que deseabas. Seguidamente, tuviste compasión y disposición para sacrificarte en nombre de una causa noble. Sé bienvenido al monasterio, porque sabes equilibrar la disciplina con la misericordia.

El eterno insatisfecho

Shanti recorría las ciudades predicando la palabra de Dios cuando un hombre viejo lo fue a ver para que curara sus males.

-Trabaje. Aliméntese. Y alabe a Dios –respondió Shanti.
-Sucede que cuando como, mi barriga me quema por la acidez. Cuando bebo, me arde la garganta con la bebida. Cuando rezo, siento que Dios no me escucha. Y cuando trabajo, siento que me duele la espalda por el peso de mis labores –dijo el hombre.
-Entonces búsquese otra persona que le enseñe.

El hombre se fue, enojado. Shanti hizo el siguiente comentario a quienes habían escuchado la conversación:

-Él tiene la posibilidad de encarar cada cosa de dos maneras y siempre escoge la peor. Cuando muera, es posible que también se queje de lo fría que está su tumba.

El discípulo embriagado

Un maestro tenía centenares de discípulos. Todos rezaban a la hora indicada, excepto uno que vivía borracho.

El maestro fue envejeciendo. Algunos de los alumnos virtuosos comenzaron a discutir quién sería el nuevo líder del grupo, aquel que recibiría los importantes secretos de la Tradición.

En la víspera de su muerte, sin embargo, el maestro llamó al alumno borracho y le transmitió los secretos ocultos.

Los demás discípulos comenzaron una verdadera rebelión.

-¡Qué vergüenza! –gritaban por las calles. –Nos sacrificamos por el maestro equivocado, que no sabe ver nuestras cualidades.

Al escuchar la confusión de afuera, el maestro agonizante comentó:

-Era necesario que transmitiera estos secretos a un hombre que conociese bien. Todos mis alumnos eran muy virtuosos y apenas si dejaban ver sus características. Eso es peligroso; la virtud muchas veces sirve para esconder la vanidad, el orgullo, la intolerancia.

“Por eso elegí al único discípulo a quien yo conocía realmente bien, ya que tenía a la vista su defecto: la bebida”.

El control absoluto

Cada ser humano sabe cuál es la mejor manera de estar en paz con la vida; algunos necesitan un mínimo de seguridad, otros se entregan al riesgo sin miedo. No existen fórmulas para vivir el sueño personal: cada uno, al escuchar a su propio corazón, sabrá cuál es la mejor manera de actuar.

El escritor americano S. Anderson siempre fue indisciplinado, sólo lograba escribir movido por su propia rebeldía. Sus primeros editores, preocupados con la situación de miseria en la que Anderson vivía, resolvieron enviarle un cheque semanal como adelanto de su próxima novela.

Un mes más tarde recibieron la visita del escritor, quien devolvió todos los cheques.

-Hace tiempo que no consigo escribir una línea –dijo Anderson. –Para mí, es imposible trabajar con la seguridad financiera mirándome desde el otro lado de la mesa.

A su propio ritmo

-Faltó algo en su charla sobre el Camino de Santiago –me dijo una peregrina cuando salíamos de la Casa de Galicia, en Madrid, donde minutos antes acababa de dar una conferencia.
-Deben haber faltado muchas cosas –le respondí, riendo.
-Estoy hablando en serio –dijo ella. –Le faltó hablar sobre el ritmo. El ritmo es lo más importante en la vida de una persona y si esta no respeta la velocidad con que ocurren los hechos de su vida, termina por desesperarse en vano.

“Me he dado cuenta de que la mayoría de los peregrinos –ya sea en el Camino de Santiago o en los caminos de la vida- siempre tratan de seguir el ritmo de los demás. Al comienzo de mi peregrinación trataba de ir junto con mi grupo. Me cansaba, le exigía a mi cuerpo más de lo que podía dar, vivía tensa y terminé teniendo problemas en los tendones del pie izquierdo. Imposibilitada de caminar por dos días, entendí que sólo conseguiría llegar a Santiago si obedecía mi ritmo personal.

Tardé más que los otros, tuve que andar sola muchos trechos –pero fue sólo porque respeté mi propio ritmo que pude completar el camino. Sólo quien lleva adelante las cosas de acuerdo con sus posibilidades logra terminarlas.

-¿Pero no hay que ser osado, correr riesgos? –pregunté.
-Correr riesgos no es sinónimo de perder el control –fue la respuesta.

En el campo de concentración

El psiquiatra alemán Viktor Frank describe su experiencia en un campo de concentración nazi:

“En medio del humillante castigo, un prisionero dijo: ‘¡Ah, si nuestras mujeres nos vieran así!’. El comentario me hizo acordar del rostro de mi esposa y, en el mismo instante, me sacó de aquel infierno. La voluntad de vivir regresó, diciéndome que la salvación del hombre es por y para el amor. Allí estaba yo, en medio del suplicio, pero aun así capaz de entender a Dios, porque podía contemplar, con mi mente, la cara de mi amada.

El guarda mandó que todos se pusieran de pie, pero no obedecí porque no estaba en el Infierno en ese momento. Aunque no tuviera forma de descubrir si mi mujer estaba viva o muerta, eso no cambiaba nada. Contemplar mentalmente su imagen me devolvía la dignidad y la fuerza. Aun cuando puedan quitarle todo a un hombre, éste todavía tiene la bienaventuranza de acordarse del rostro de aquellos que ama y es esto lo que lo salva.”

No cuestionar la fe

Sri Ramakrishna cuenta la historia de un hombre que estaba a punto de cruzar un río. En ese momento, el maestro Bibhishana escribió algo en una hoja, la sujetó en la espalda del hombre y dijo:

-No tengas miedo. Tu fe te ayudará a caminar sobre las aguas. Mas en el mismo instante en que pierdas la fe, te ahogarás.

El hombre confió en Bibhishana, y comenzó a caminar sobre las aguas, sin ninguna dificultad. A cierta altura, sin embargo, tuvo un inmenso deseo de saber aquello que su maestro había escrito en la hoja que estaba sujeta a su espalda.

La tomó, y leyó lo que estaba escrito:

“Oh dios Rama, ayuda a este hombre a cruzar el río.”

“¿Esto es todo?” pensó el hombre. “¿Quién es ese dios Rama, al final de cuentas?”

En el mismo momento en que la duda se instaló en su mente, se hundió y murió ahogado en la corriente.

No aceptar las pequeñas faltas

El maestro pidió a sus discípulos que consiguieran comida. Estaban viajando y no conseguían alimentarse correctamente.

Los discípulos volvieron al final de la tarde. Cada uno traía lo poco que había conseguido por medio de la caridad ajena; frutas que ya estaban podridas, pan duro, vino ácido.

Uno de los discípulos, sin embargo, traía una bolsa de manzanas maduras.

-Siempre haré todo lo posible para ayudar a mi maestro y a mis hermanos –dijo, repartiendo las manzanas entre los demás.
-¿Dónde conseguiste esto? –preguntó el maestro.
-Tuve que robarlas. Sólo querían darme alimentos viejos, aún sabiendo que estamos predicando la palabra de Dios.
-Pues vete de aquí con tus manzanas y no vuelvas nunca más –dijo el maestro. –Los fines nunca justifican los medios, por más nobles que sean. Aquel que hoy roba por mí, mañana terminará robándome a mí.

Juzgar a mi prójimo

Uno de los monjes del monasterio de Sceta cometió una falta grave, y llamaron al ermitaño más sabio para que se ocupara de juzgarlo.

El ermitaño se negó, pero insistieron tanto que terminó por aceptar. Antes, sin embargo, tomó un balde y lo perforó en varias partes; después, lo llenó de arena y se encaminó para el convento.

El superior, al verlo entrar, le preguntó qué era aquello.

-Vine a juzgar a mi prójimo –dijo el ermitaño. –Mis pecados se van escurriendo detrás de mí, como la arena se escurre de este balde. Pero, como no miro para atrás, y no me doy cuenta de mis propios pecados, ¡aquí estoy para juzgar a mi prójimo!

Los monjes, en ese mismo momento, desistieron del castigo.

Yo también me lo merezco

El famoso pianista Arthur Rubinstein (1866-1982) llegó tarde a un almuerzo en un importante restaurante de New York. Sus amigos comenzaban a sentirse preocupados pero Rubinstein finalmente apareció acompañado de una rubia espectacular, que tenía un tercio de su edad.

Conocido por su tacañería, esa tarde pidió los platos más caros, los vinos más exóticos y sofisticados. Al final, pagó la cuenta con una sonrisa en los labios.

-Sé que ustedes deben estar extrañados –dijo Rubinstein. –Pero hoy fui al abogado a hacer mi testamento. Dejé una buena cantidad para mi hija, para mis parientes, hice donaciones generosas para obras de caridad. De pronto, me di cuenta de que yo no estaba incluido en mi testamento: ¡Todo era de los demás!

“A partir de ese momento, decidí tratarme con más generosidad”.
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