Plan de estudios. A. Plan para 8 horas de conferencia y 8 horas de clase




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CAPÍTULO 2: PRINCIPIOS BÍBLICOS PARA UNA FILOSOFÍA DE LA EDUCA­CIÓN CRISTIANA
2.1. Introducción
Jesús es el Señor de la educación. El mandato de Jesús (Mt. 28:18­20) de discipular a todos es un mandato educativo tanto como evangelizador. Él uso del término "discípulo" llama la atención a la misión educativa de Jesús. Además de ser evangelizador y educati­vo, el mandato es integral. Toda autoridad me es dada, en el cielo y en la tierra. Jesús el Señor y el Rey celestial reclaman un compromiso total e integral, que incluye el aspecto educativo formal y no formal.

Un gran enemigo del reino de Dios es el dualismo pagano que separa a Dios, además de lo sobrenatural, la gracia, la fe, la iglesia, la comunidad cristiana y la gran comisión, de la educación.

Cuando los Reformadores confesaron "Sola Escritura", la pseudo autoridad del dualismo romano fue denunciado y erradicado en muchos lugares. En la "Sola Escritura", la autoridad máxima para la conciencia, para la vida, para las ciencias, para el gobierno y para la iglesia está es las Escrituras. Las gloriosas doctrinas de la libre gracia de Dios (sola gracia), la salvación por fe en Cristo (sola fe), la suficiencia de Cristo (solo Cristo) y el vivir y morir totalmente para la gloria de Dios (sola la gloria) son fundamentos absolutos del protestantismo y base para la educación cristiana.

Dentro del protestantismo hubo variedad en cuanto a la interpretación sobre el reino de Dios. Martín Lutero mantuvo un cierto dualismo entre el reino de Dios y el reino civil. Juan Calvino presentó una teología más integral, en cuanto a lo espiritual y lo social, demostrada en la Ginebra del siglo XVI. Juan Wesley presentó una cosmovisión centralizada en el evangelio de Cristo demostrado en el Ginebra del siglo XVI. Juan Wesley presentó una cosmovisión centralizada en el evangelio de Cristo. ¿Qué contribución teológicas tendrán los evangélicos del siglo XX?
2.2. Principios bíblicos aplicados al educando
Pedro Ramón Gómez
2.2.1. Introducción
Se ha dicho repetidamente que enseñar no es impartir conocimientos, sino como despertar en la mente del alumno la inquietud de recibir una verdad.

Educar es desarrollar en el hombre - que es un compuesto de cuerpo y alma - sus facultades físicas, morales e intelectuales; instruir, transmitirle los conocimientos de las ciencias y artes (Canseco, 1914:11).

De aquí parte la división original que se hace en educación física, educación moral, educación intelectual e instrucción.

En la enseñanza hay tres factores vitales, fundamentales, que tienen que caminar de la mano para que ésta se haga realidad, es decir: el maestro, el alumno, y la lección.
2.2.2. El maestro
Cuando Spurgeon, el príncipe de los predicadores del siglo XIX, llegó a hacerse famoso como predicador en Inglaterra, primero había adquirido fama y prestigio como maestro entre los niños de las escuelas parroquiales. Al hablarles a los maestros les dice obtenga la atención de los alumnos. Si ellos no entienden, la enseñanza será una labor pesada y vacía de sentido tanto para usted como para los alumnos. No podrá hacer nada mientras no cautive la atención de los alumnos (Benson, 1970:29).

Como podemos observar, este principio está de acuerdo con la segunda ley de la pedagogía que expresa que, el alumno debe atender con interés la lección que ha de aprender. Este aprendizaje podría realizarse de una manera involuntaria, voluntaria o espontánea.

Debiendo producirse una respuesta sostenida del alumno a los esfuerzos del maestro, el trabajo de este consiste mayormente en despertar, motivar y guiar la auto-actividad de los alumnos.

Este proceso de aprendizaje es más abarcador que la manifestación de interés y la prestación de atención. A través del mismo, el alumno debe reproducir en su propia mente la verdad que ha de aprender y luego expresarla con sus propias palabras.

Contrariamente a lo que se dice generalmente, el trabajo de la educación es más del alumno que del maestro. En ese tenor podemos distinguir tres pasos diferentes en el aprendizaje, los cuales hacen que el alumno tenga un dominio más completo de la lección, a saber: la reproducción, la interpretación y la aplicación.

Tomando en consideración que la educación no es la adquisición de conocimiento sino su uso, podemos delinear tres caminos por los cuales penetramos en cada vida humana sentimiento, conocimiento y voluntad.

Educar al alumno es más importante que limitarse a dar conferencias o charlas en el salón de clase. Los mejores maestros son aquellos que guían a sus estudiantes para que lleguen a ser investigadores independientes de la verdad.

El propósito del verdadero maestro cristiano debe ser bien claro y definido, y debe perseguirlo tenazmente hasta que se haya alcanzado a plenitud:

1. Conducir a cada alumno al conocimiento de la voluntad de Dios.

2. Traer a la presencia de Cristo a cada alumno para que lo acepte como su Salvador personal.

3. Desarrollar en el alumno una recia y sólida personalidad cristiana, la cual este expresará por medio de una vida devocional recta y de servicio eficiente, para con Dios y con su prójimo.
2.2.3. Aprendizaje - aplicación
El aspecto verdadero de la educación lo constituye lo que el alumno puede llegar a ser, no lo que simplemente oye. La educación dista mucho de ser la adquisición y acumulación de conocimientos, es en sí la manera de emplearlos.

El educador guía al educando para que éste aprenda los hechos y los ponga en práctica. En el aprendizaje podemos ver un proceso evolutivo y sociológico del educando, asimilando conoci­mientos y adquiriendo habilidades definidas. Solo hay aprendizaje a través del esfuerzo personal, propio, o de una concentración mental, no por mandato o delegación de otros individuos.

Dentro de todo el proceso se desarrolla una gran incidencia social entre los estudiantes. El maestro cristiano lleva sobre sus hombros la gran responsabilidad de ayudar a formar la vida de los educandos. Enseñar la Palabra de Dios, yendo más allá de impartir el conocimiento bíblico al desarrollar el carácter y la madurez cristianos en sus vidas.

El carácter y la vida cristiana del alumno son inseparables. Los hábitos de estudio, la oración y la vida de reverencia, adoración y santidad, van a ser la expresión directa en el alumno y la consecuencia de un reconocimiento a Cristo y de un sometimiento a su Señorío. El Señor Jesucristo fue enfático al darnos sus métodos didácticos tan claramente delineados en el Sermón del Monte (Mt. 7:20-21, 24). Había una poderosa convicción interna del Espíritu que se manifestaba a través de los actos externos en sus alumnos.

Sus discípulos veían y compartían su vida y su obra, palpa­ban la veracidad de sus Palabras, manifestadas a través de sus hechos y acciones. Luego fueron enviados a completar su adies­tramiento a través de las experiencias de la vida cotidiana.

De esta misma manera los alumnos forjan sus hábitos cristia­nos, aprenden a orar, y a estudiar la Palabra.

La Biblia nos enseña los principios y el poder para vivir la vida cristiana, edificando el carácter e instruyendo a cada educando, ya que es útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia (2 Tim. 3:16). La Biblia es la brújula que nos ayuda a orientar la fe cristiana.

Las Escrituras abordan todos los aspectos internos y exter­nos del estudiante como son las actividades sociales, deportes, hogar, escuela e iglesia. La Biblia satisface las más grandes necesidades del alumno. El Maestro de los maestros revela a sus discípulos He venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia (Jn. 10:10). Él nos trajo la vida que enseñaba, que es eterno, no temporal. No impresionó a sus alumnos con lo beneficioso de las riquezas, la civilización, las ciencias y las artes; tampoco le dio valor a la discusión de las reformas temporales. El hizo las preguntas incontestables sobre ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma? o, ¿qué recompensa dará el hombre por su alma? (Mr. 8:36-37).

El Señor Jesucristo preparó y enseñó a sus discípulos a que fuesen sus testigos, cuando les hizo su primer llamamiento, Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres (Mt. 4:19). Con esta idea en mente Él los envió a evangelizar y a enseñar bajo Su Palabra (Mt. 10:5-15), creando desde ese mismo instante Su clase para la preparación de maestros.

Este fue el punto de partida y piedra fundamental para todos los objetivos subsiguientes de su gran ministerio terrenal, una evidencia que se manifiesta en la gran comisión en la cual les da a sus discípulos las instrucciones finales y la autoridad de que vayan y enseñen a todas las gentes (Mt. 28:19).

2.2.4. Aplicando la palabra de Dios a la educación
En la formación del alumno se está jugando con el destino eterno de una vida humana. Es por ello que la Palabra de Dios nos provee de los instrumentos, alternativas y principios para vivir en esta tierra.

Está bastante desenfocado y fuera de toda lógica todo aquel que crea que puede edificar el verdadero carácter cristiano del educando sin seguir los principios bíblicos que nos enseñan la Palabra de Dios.

El Gran Maestro enfatizó en la parte práctica del aprendiza­je, basado en la Palabra de Dios (Lc. 4:16-21), dándole lectura y explicando los dos primeros versículos del Profeta Isaías capítulo 61, planteando una aplicación actualizada del cumplimiento profético de su Palabra.

Las demostraciones y ejemplos cotidianos de las verdades que enseñaba, constituyeron la acción cumbre de su obra suprema.

Pero debemos poner igual énfasis en dos hechos que no son contradictorios sino correlativos en el método de Jesús. Él enseña las Escrituras directamente por el método expositivo y las usó como la autoridad máxima, y sin embargo enseñó con el propósito preciso de aplicar el significado de las Escrituras a algunos problemas de la vida real, dificultad y necesidad de aquellos a quienes Él hablaba

(Benson, 1970:64).
2.2.5. La vivencia del alumno
Una verdadera filosofía de educación cristiana está íntimamente ligada a la vivencia del educando en su salvación personal, la mayordomía, el servicio y la espiritualidad del creyente, en el hogar, en la iglesia, en la comunidad y en el mundo.

El educando puede percatarse sobre el estado de preparación del maestro. Un resultado de este conocimiento sería su rechazo como su orientador.

Para ser eficaz y tener vigencia en el desempeño de su apostolado, él debe vivir bajo los frutos del Espíritu y dar una demostración de su dominio de la materia y la gracia que cordializan y hacen agradables las relaciones entre alumno y maestro. Cristo mantuvo un dominio sereno, silencioso y poderoso, impre­sionando a sus discípulos y a todos aquellos que formaban su auditorio, para escuchar sus palabras. Les demostró a sus alumnos que en toda controversia o situación, por difícil que fuera, Él era el Señor de todo en todo tiempo.

El alumno debe reproducir en su propia mente la verdad que ha de aprender, y luego expresarla en sus propias palabras

El alumno debe reconocer que la Biblia es preeminente en la educación cristiana, reconociéndola como la única revelación que tenemos en forma escrita de Dios. Tanto para el alumno como para el maestro la Biblia debe ocupar el primer lugar dentro de una verdadera filosofía de la educación cristiana.

Correctamente enseñada, la Biblia debe llevar a los alumnos a la fe que es en Cristo Jesús (II Tim. 3:15), manifestándose en el cambio, la transformación y el desarrollo espiritual de la vida de cada educando, enseñado, redargüido, corregido e instruido en justicia, enteramente preparado para toda buena obra.

Como ya lo hemos afirmado, existe un propósito fundamental en la educación cristiana, la cual tiene por objeto primario guiar al alumno hacia el conocimiento y la comprensión de la revelación divina y llevarlo a la consciente aceptación de Cristo como su Maestro, Señor y Salvador personal y a un discipulado continuado.

El proceso enseñanza-aprendizaje gira alrededor del alumno, el discípulo. La meta que debemos hacernos es que la Palabra de Dios sea viva y pertinente en la vida de cada alumno, abarcando actitudes, capacidades, acciones, vocación y profundidad espiri­tual. Aprendizaje es sencillamente y en esencia, cambio, transformación del individuo.

La meta de los maestros no es la de que sus algunos hayan finalizado todas las lecciones del libro de la materia. Debe ser irremisiblemente el grado de progreso espiritual en la vida de los educandos. Los maestros no enseñan a una clase sino a individuos, tal como lo concibió Richard Dresselhaus, de una manera singular:

Todo alumno tiene una puerta en su alma. Para algunos la puerta está firmemente cerrada y aparentemente resulta imposible de abrir. Sin embargo, la tarea del maestro es encontrar la llave que abrirá el alma a la verdad espiritual (Martin, 1989: 54).

2.2.6. Conlusión

El problema básico en la educación no es solamente la enseñanza del maestro, sino el aprendizaje del alumno.

Por lo tanto, enseñar no es tanto dispensar la información requerida, sino llegar a conocer suficientemente a los alumnos, para guiarlos hacia el descubrimiento y aplicación de la verdad, que se llama CRISTO.

Al descubrir a Cristo, el alumno descubrirá al Padre (Juan 14) y al Espíritu Santo (Juan 15-1ó). Va a conocer al Creador de las leyes naturales, el universo, todo lo material y espiritual, y al Gobernador del universo y el Señor de la historia humana. Su educación no será completa si no se conoce y se somete al Santi­ficador de todos nuestros ideales, pensamientos, palabras y prácticas.
2.3. Principios bíblicos aplicables al maestro
Bienvenido E. Chang y Alcides Holguín H.
2.3.1. Introducción
No obstante que la Santa Biblia es un libro con fines diferentes a todos los perseguidos por la pedagogía o cualquier técnica o disciplina a fín, en el Sagrado Libro se establecen principios que deben observar los educadores interesados en proporcionar a sus educandos una formación cabal.
2.3.2. Cristo el maestro y el maestro cristiano
Para los hebreos el maestro era quien servía de guía y en ese sentido Pablo llama a ley ayo, porque según Él nos condujo al conocimiento de Cristo (Vila-Santamaría, 1981:700).

El maestro cristiano que ha sido llamado a enseñar y ha recibido el don de la enseñanza para edificar al Cuerpo de Cristo, puede encontrar que su talento o capacidad está respaldada por la Palabra de Dios, como se declara en 2 Timoteo 2:2 Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.

Además de que el maestro cristiano debe tratar de adecuar su acción pedagógica a los principios generales de la Palabra de Dios, su principal meta ha de ser imitar a Jesús el Divino Maestro, pues Él no solo fue la verdad viviente sino que utilizó la metodología adecuada.

Jesús usó la palabra concreta, práctica, llena de colorido, que se fija en la memoria. Empleó la discusión; refutó a sus contrarios con sus propios argumentos, como se demuestra en Mateo 12:11, en donde responde a la interrogante de si es lícito o no sanar en día de reposo (Vila-Santamaría, 1981:581).

Jesús vio en la enseñanza la suprema oportunidad para moldear los ideales, actitudes y conductas de las gentes (Price, 1973:16). Él amaba a la gente y se interesaba en sus problemas. Trataba a las personas como ovejas, así debe preocuparse el maestro evangélico por sus alumnos; debe reflejar en su quehacer educativo esa cualidad que tuvo el Divino Rabí, es decir, el interés en la gente y su deseo de ayudar. No importa que domine los contenidos de la asignatura que imparte a los alumnos y los métodos de enseñanza. Nada puede compensar la falta de interés en el bienestar integral de las personas a quienes educamos.

El elemento más importante en la idoneidad de cualquier maestro es lo que el mismo es. La verdad personificada es la única verdad espiritual que tiene una atracción efectiva. De ahí que cada maestro deba sentir: mi lección más efectiva es lo que soy yo mismo. La vida del maestro es la vida de sus enseñanzas... Jesús vio en la enseñanza la suprema oportunidad para moldear los ideales, actitudes y conductas de las gentes (Price, 1973: 13-14).

Otra cualidad de Jesús que debe ser copiada por los maestros cristianos es que Jesús ligó su actividad didáctica con todas las actividades de su vida; enseñó en todas partes: en el templo, en las sinagogas, en el monte, a la orilla del mar, junto a un pozo, en reuniones familiares y sociales y en privado. Su obra tuvo un ambiente didáctico más bien que el de un apasionado discurso, porque el pueblo se sentía libre para intercambiar ideas con Él (Price, 1973:14).

Del amplio conocimiento y dominio que tenía Jesús de las verdades que transmitía se deriva que el maestro cristiano debe preocuparse por adquirir pleno dominio de las asignaturas que imparte, pues su principal misión es alimentar la mente y el corazón de sus discípulos.

Del estudio de los Evangelios se deduce que Jesús no sólo conoció las verdades que comunicaba sino que las había asimilado a tal grado que podía aplicarlas libremente a los asuntos del día. Así el maestro cristiano debe aprovechar cada momento de su vida para comunicar e irradiar la luz del conocimiento que disipe las tinieblas de la ignorancia.

En la preparación de sus discípulos, Jesús comenzaba donde estaba el alumno. Esto significa que comenzaba con sus intereses y necesidades. En su conversación con la mujer samaritana, comenzó con el agua, lo que interesaba a esta mujer, para conducirla al agua de vida, tal y como se demuestra en Juan 4:10 Respondió Jesús y le dijo: Si conocierais el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías, y él te daría agua viva.

Puede afirmarse que Jesús fue un maestro a carta cabal porque utilizó los principales elementos de un discurso que se usan en la actualidad: preguntas, conferencias, historias, conversaciones, discusiones, dramatizaciones, proyectos y demostraciones. La consagración, el fervor y la fidelidad del maestro evangélico no suplirán la falta de conocimiento de los métodos y contenidos de lo que enseñamos

El maestro cristiano también debe manifestar en su actividad educativa el aspecto de la paciencia y la serenidad que mantuvo y reflejó Cristo, pues la paciencia es de importancia fundamental para el logro de la comprensión. El maestro frenético es conve­niente solo para enseñar de memoria o de rutina, lo cual quiere decir que no sirve de mucho (Bigge-Hunt, 1979:650).

En lo que respecta al logro de la comprensión por parte del educando Jesús reconoció que era de vital importancia la aceptación de la persona tal y como es, pues cuando una persona se siente verdaderamente aceptada por otra, puede pensar libremente crecer espiritual e intelectualmente, ser diferente; como ocurrió con todos aquellos que tuvieron un encuentro personal con el Divino Maestro. Así debe el maestro cristiano identificarse con sus educandos, motivarlos a desarrollar su autoestima, escucharles cuando desean compartir sus problemas, sus aflicciones, sus temores y fracasos. Necesitan ser escuchados por alguien que no se escandalice ante sus confidencias ni les grite sus recriminaciones (Van Pelt, 1985:57).

Jesús como maestro, había usado declaraciones sentenciales que se usaban en el ambiente de su tiempo, además enseñó a las gentes el principio de "hacer haciendo". En vez de dar a la gente soluciones, Jesús permitió que ellos usaran sus propios recursos, como vemos en Juan 7:17 El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo par mi propia cuenta.

Jesús aprovechó cada momento, cada situación o circunstancia para cumplir con su misión de enseñar la verdad; de la misma manera la vida del maestro cristiano debe ser educar siempre y en todo tiempo.

El Divino Maestro no solo llegó al punto de mira de la lección, sino que aplicó la lección al hombre, siendo en la aplicación tanto personal como específico. Cuando hizo énfasis en la necesidad de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, preguntó al intérprete de la ley, cuál de los tres que había pasado por el camino había demostrado ser el prójimo del hombre herido, y al oír la respuesta del doctor de la ley dijo: vé, y haz tú lo mismo. Con esto se demuestra que Cristo fue un maestro interesado en la aplicación de sus enseñanzas más que en el mero conocimiento teórico. Por eso en el Sermón del Monte afirmó que cualquiera que oye estas palabras, y 'las hace le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa' sobre la roca (Mt. 7:24). Reafirmando lo que acabamos de decir recordemos la sentencia de Cristo: Por sus frutos los conoceréis (Mt. 7:16). También el Apóstol Santiago, como buen maestro cristiano aseveró: Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores... (Santiago 1:22a).

Jesús evaluó el resultado de sus enseñanzas. En una ocasión preguntó a sus discípulos: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? (Mt. 16:15). Con esto procuraba saber cuánto sabían sus discípulos acerca de Él. Evidentemente, como buen maestro, observaba las actitudes y los progresos de sus discípulos, para saber hasta que punto estaban logrando los objetivos. De la misma manera, el maestro cristiano debe evaluar continuamente a sus alumnos.

Jesús fue un maestro eficiente, pues supo aprovechar debida­mente los recursos de su medio: usó técnicas avanzadas y supo adecuarlas a cada ocasión, sobretodo procuró siempre objetivizar sus lecciones. Recordemos a manera de muestra: El lavado de los pies a los discípulos para darles ejemplo de la verdadera humildad, el uso de un niño para indicar cuál debe ser el carácter que deben manifestar sus seguidores para merecer el reino de Dios, etc.

El orden y la disposición en que hay que presentar los materiales, ha de determinarse por la forma en que el alumno aprenda mejor y con más rapidez. Eso hace necesario que muchos materiales e ideas relacionados con determinada lección haya que omitirlos por el momento, por importantes que sean, para cuando el alumno posea más madurez de sentido (Campbell, 1990:124).
2.3.3. Su relación con Dios
El maestro cristiano se diferencia notablemente del secular. El maestro secular por lo común depende por entero de sus propios recursos para ejecutar la tan delicada y difícil tarea de educar. El maestro cristiano dispone de un poder adicional transformador y santificador que procede directamente del Señor por el Espíritu Santo para llevar a cabo su misión de forjar caracteres nuevos. El maestro cristiano vive solo por fe en Cristo (Rom. 1:17) y en el poder del Espíritu Santo (Romanos 8:2).

Por tanto, el maestro cristiano debe estar consciente del importante papel que desempeña ante Dios y la sociedad, por lo cual, debe mantener una relación íntima con Dios. La eficiencia de la labor docente del maestro cristiano dependerá fundamentalmente de su condición espiritual.

El maestro cristiano, perdonado por Cristo de su vil pecado y santificado por el Espíritu Santo de la contaminación de lo mismo, será un modelo de humildad, tendrá un espíritu perdonador y guiará a los alumnos a la misma fuente evangélica de la cual él vive.

Se ha afirmado con mucha razón, que el profesional que más trabaja es el maestro porque además de realizar su tarea en el aula continúa laborando en su hogar. Por tanto, el maestro cristiano tiene la facilidad de renovar sus fuerzas en Dios, de quien desciende todo don perfecto. Es mediante la potestad que tuvo Cristo que el maestro cristiano ha sido comisionado a desempeñar su delicada misión, pues el poder de la enseñanza cristiana reside en el poder del propio Cristo y nosotros tenemos ese poder manifestado en el ejemplo que él nos dio en su ministerio docente (Benson, 1984:8).
2.3.4. Su relación con el alumno
Cristo fue un maestro que supo relacionarse con sus discípulos. Él instruyó debidamente a sus discípulos, vivió y dirigió la vida y acción de ellos. Cristo mostró gran interés y empeño en que sus alumnos mostraran sus enseñanzas. Fácilmente podría haberle dado alguna instrucción y luego despedirlos para que volvieran a sus labores. Pero prefirió vivir con ellos; fue un compañero constante, ellos se desarrollaron bajo su continua vigilancia, por eso sus discípulos se convirtieron en sus auténticos imitadores y lograron los fines perseguidos por su maestro, ya que Él influenció sus vidas con su ejemplo.

Cristo se ocupó de cada problema que confrontaban sus alumnos, pues estaba consciente de que sus instrucciones debían servir para la vida integral de ellos. Para el Divino Maestro la acción pedagógica no se limitaba a las cuatro paredes del aula sino que debía ser una actividad continua, por eso procuró siempre la compañía de sus discípulos, aunque cuando se sentía humanamente débil se aislaba para revestirse de la fortaleza del Padre, puesto que debía depender de Él para realizar su misión.

La preocupación de Jesús por mantenerse siempre en compañía de sus discípulos se basaba en que Él estaba consciente que debía convertirlos en intrépidos y eficientes maestros. El maestro cristiano debe imitar a Jesús en este sentido, pues su propósito ha de ser conocer a sus alumnos para ayudarlos a adquirir conoci­mientos y valores para la vida presente y la venidera, pues la meta de la filosofía de la educación cristiana es educar al hombre para el reino de Dios en el presente y el futuro (De Brens, 1982:221).
2.3.5. Su relación con la escuela
El maestro cristiano debe contribuir a que la institución en donde él lleva a cabo su ministerio sea un lugar enlazado al bienestar integral de la comunidad y, sobretodo, aprovechar cada momento, cada lección que imparte para transmitir a sus alumnos los valores espirituales que les conviertan en hombres nuevos para sanear la sociedad.

El maestro cristiano debe ser ejemplo de los demás, debe ser él más laborioso, el más puntual, el menos rezagado y el que más interés demuestre en el progreso de la institución.
2.3.6. Conclusión
Una escuela que tenga el privilegio de tener el director y los maestros cristianos será una institución trascendental, pues contará con los recursos necesarios para ser un ente cambiante de la conducta de su alumnado; deberá ser una agencia redentora no solo de la mente y el corazón del alumnado sino una institución que forme individuos para el cielo y no para el infierno como lo hacen la mayoría de las entidades escolares aun llamándose cristianas.
2.4. Principios bíblicos para una filosofía de la educación cristiana aplicados al currículo
Rodrigo Díaz Bermúdez
2.4.1. Introducción
El currículo es toda la experiencia por donde tiene que pasar el educando para llegar a la meta establecida por un sistema educativo determinado. Currículo significa el contenido de la relación dinámica entre la enseñanza y el aprendizaje (Armstrong, 1988:16).

En el marco de las anteriores definiciones, nos interesa conocer las fuentes del currículo bíblico dentro de su contexto, con el fin de extraer de allí algunos principios bíblicos fundamenta­les que sirvan a la elaboración curricular cristiana.
2.4.2. Tres fuentes curriculares en el Antiguo Testamento
En el Antiguo Testamento encontramos tres fuentes curriculares claramente apreciables.

En primer término tenemos la fuente del folklore religioso ceremonial, entendiendo por folklore a toda la tradición contenida en las festividades y ceremonial propias del pueblo, organizadas en el sistema del calendario hebreo, el cual representa un auténtico instrumento curricular en donde alrededor de cada fecha giraban contenidos educacionales que debían ser enseñados para conformar la identidad nacional y religiosa del pueblo de Israel. Los hechos significativos de este calendario constituían verdaderos ritos histórico-teológicos, tales como la celebración de la pascua al inicio de la cosecha y en recuerdo de la liberación del pueblo de Israel en Egipto; el Pentecostés, fiesta señalada al final de la cosecha conmemorativa de la llegaba del pueblo de Dios al Sinaí donde recibió la ley; fiesta de los tabernáculos, evocativa de los años que paso el pueblo de Dios por el desierto y otras.

En estas fiestas se producían verdaderas interrelaciones pedagógicas, expresadas, por ejemplo, cuando los niños exponían sus dudas por medio de preguntas, las cuales se les contestaban con la finalidad de crear en ellos esa tan deseada identidad histórica y religiosa que caracterizó al pueblo hebreo (Deut. 6:5-7; Josué 4:21-22; Ex.13:8).

Una segunda fuente curricular en el Antiguo Testamento as la Ley. La Torá, la Ley o Pentateuco fue un instrumento también de enseñanza dirigido no solo al individuo y al pueblo sino también a la estructura representada en el pacto matrimonial y familiar, en donde la obligación de educar a la juventud había sido delegada por la ley mosaica a los padres hebreos (Wight, 1981:119).

Como tercera fuente curricular en el Antiguo Testamento tenemos la filosofía sapiencial o sabiduría profunda, que ofrecía mediante principios prácticos herramientas para ser utilizadas en todos los campos o el quehacer humano.

Las herramientas pedagógicas del currículo sapiencial tienen tres características en el proceso de enseñanza- aprendizaje: instruir, modelar y disciplinar (Ver Prov. 1:8; 6:20-23; 20:7; 23:26; 13:20; 3:11-29:15; 22:15).

Por último, con respecto al currículo en el Antiguo Testa­mento, debemos añadir el hecho de que junto a lo curricular formal, también corría integralmente una serie de actividades co­-curriculares y extra-curriculares.

Aprender a pastorear, sembrar, cocinar, hornear, coser, tejer, artes gráficas, música, danza y artesanía, representan ese nivel co-curricular de aprendizaje que se iba obteniendo como resultado del mismo quehacer cultural. (Ver 1 Sam. 16:18; Jueces 21:21; Salmo 137; Jeremías 31:13; Lamentaciones 5:14; 2 Samuel 13:8; Éxodo 35:25-26: Génesis 29:6; Éxodo 2:6; Ezequiel 24:4; 1 Sam. 2:14).

Otras actividades de tipo extra-curricular giraban alrededor de la diversión y de los juegos infantiles y juveniles. Isaías 22:18 nos ofrece una comparación de Dios con alguien que lanza una bola. Zacarías 8:15 dice: y las calles de la ciudad estarán llenas de muchachos y muchachas que jugarán en ellas. Job 21:11-­12 hace mención a la danza diciendo: Salen sus pequeñuelos como manada, y su hijo; andan saltando. A son de tamboril y de cítara saltan, y se regocijan al son de la flauta, indicándonos con ello la existencia de un mundo cultural espontáneo lleno de actividades extracurriculares, no ajenas al proceso de formación de la personalidad individual y colectiva.
2.4.3. Cuatro fuentes curriculares en el tiempo Neotestamentario
En los tiempos neotestamentarios encontramos cuatro fuentes de currículo, quizás no las únicas, pero sí las más determinantes: la sinagoga, la escuela rabínica, la cultura grecoromana y la maravillosa doctrina cristiana.

La sinagoga ofrecía, dentro de sus programaciones curricula­res, una secuencia de módulos cuya meta era la comprensión de sus más preciadas obras religiosas como lo era el Talmud.

El proceso comenzaba con el aprendizaje de una serie de enseñanzas básicas para el niño, las que el maestro compartía en una forma amena y sabia en el quinto o el sexto año de su vida. Posteriormente, cuando el niño ya había llegado a sus diez años, era introducido en los estudios específicos de la ley. Finalmente, cuando el educando arribaba a sus quince años era sometido al conocimiento del Talmud (Wight, 1981:120).

En tiempo de Pablo, ocupó un sitio importante el currículo de la escuela rabínica, representada fundamentalmente por las de Hillel y la de Shammai. La primera de corte liberal, defensora de la tradición oral, con mucha presencia en los círculos socio-religioso de la época y la segunda, caracterizada por tener menos conflicto sobre la tradición, con su énfasis en las enseñanzas espirituales de la ley y los profetas.

Durante el primer siglo de la era cristiana hallamos en el contexto cultural las influencias de la filosofía griega trans­mitida por todo al mundo dominado por el Imperio Romano. El helenismo vino a ser la filosofía educativa que condicionó todo el currículo educativo ofrecido por el sistema romano, en donde el hombre concebido como una entidad dicótoma, divisible en espíritu como lo más importante, y cuerpo, portador de belleza y culto, vino a constituir el modelo a seguir.

Las universidades, o centros de cultura académica tales como los de Tarso, Alejandría, Pérgamo y Atenas, contaban no sólo con bibliotecas cuyos textos reflejaban la admiración por los griegos y el pensamiento helénico. En ese contexto se daba el caso corriente de que el señor romano fuese instruido por su esclavo griego (Hester, 1979:48).

La lectura del Nuevo Testamento nos informará de manera precisa, el valor de los contenidos teológicos, filosóficos, sociológicos, psicológicos y espirituales en general del cristia­nismo, cuya influencia es innegable y admirable hasta nuestros días.

Contrariamente a las demás instituciones de enseñanza de su época, Cristo y sus ministros predicaron una enseñanza para todo hombre no importando su condición, raza o nivel, basándose en principios divinamente revelados por Dios para la salvación y prosperidad de la humanidad.
2.4.4. Enumeración de principios bíblicos
De lo anteriormente expuesto podemos establecer la existencia de una serie de principios cuya base se sostiene en la Biblia y sus instituciones.
1. Principio de escrutinio cultural. Así como en la Biblia no hay un divorcio entre religión y cultura, sino que la cultura debe seguir las pautas bíblicas para encontrar caminos de prosperidad, también hoy debemos someter la cultura al escrutinio bíblico para reforzar lo bueno y rechazar lo malo.

Todo currículo que pretenda ser cristiano debe someter sus contenidos a la orientación de la teología bíblica para que encuentre su consistencia y aprobación divina (Ec.8:2; Jos. 24:14; 1 Sam. 7:3; 2 Cron. 15:8).
2. Principio de formación integral. La Biblia concibe al ser humano como un ser integral, con su espíritu, alma y cuerpo, inmerso en una unidad cuyas dimensiones familiar, social, colec­tiva, política y cósmica, exigen la existencia de pactos: (Pacto con Abraham, Pacto de Cristo, Pacto de la Iglesia, Pacto Familiar, Pacto de ser "luz y sal"). Un currículo de orientación cristiana debe concebir al hombre como un ser integral y no dividido.
3. Principio del filtro familiar. La Biblia concibe a la familia como un centro de enseñanza insustituible para modular, instruir y disciplinar, y en ese sentido la familia está llamada a ser un filtro que pueda desechar aquellos elementos que el educando, en especial los niños y jóvenes, hayan podido adquirir de la "contami­nación cultural".

Todo currículo verdaderamente cristiano debe presentar la familia como un ente seleccionador de lo que el niño o el educando debe o no aprender, guiándose por la Biblia y el Espíritu Santo de Dios (Prov. 22; 2 Cor. 12:4; 1 Tim. 3:12; Ef. 6:1-9).
4. Principio de correspondencia doctrinal. Solamente un maestro cristiano puede dar educación cristiana. La Palabra de Dios es clara y especifica en Mateo 7:15-20 en cuanto a la esencia de este principio. Así que, el currículo supone su existencia y calidad del maestro juntamente con su cosmovisión y actitudes.
5. Principio del desarrollo gradual y proceso. La Biblia nos enseña que hay un modelo el cual es Jesucristo (Lucas 2:52). Vamos desarrollando de manera gradual y dentro de un proceso comenzando desde la niñez (Prov. 22:6) y un auténtico currículo cristiano contiene esto y conoce el punto de llegada (Ef. 4:13).
6. Principio de pureza filosófica. La Biblia tiene su propia filosofía y no admite intoxicaciones doctrinales en sus plantea­mientos claros. Un currículo realmente cristiano no admitirá mezclas en su base filosófica (Mt. 5:19; I Tim. 1:7; 4:2; 6:3; II Tim. 4:3; Tito 1:11).
7. Principio de santificación. Cada currículo tiene sus presupo­siciones ideológicas. El autor no-cristiano no es capaz de promover la tesis cristiana de glorificar a Dios en todo, combatir la antítesis no cristiana, y para proponer la síntesis apropiada para el lector. La hora ha llegado cuando los cristianos deben escribir y producir su propio currículo para estar completamente de acuerdo con la Biblia, la doctrina cristiana y la conciencia y mente santificada (González, 1991).
8. Principio de la soberanía de Dios. Dios no es solamente soberano en cuanto a la salvación, sino también en cuanto a todas las ciencias y filosofías. Como Creador de la naturaleza y todo el orden creacional, él es el autor, arquitecto y sustentador de las leyes naturales. Como Señor, es el gobernante de la historia humana. Toda la historia está relacionada con la bendición o la maldición de Dios sobre las naciones. Como el Buen Pastor é1 es el psicólogo supremo.

Por la providencia de Dios todas las instituciones sociales deben someterse al orden divino y justo. Nuestra educación y currículo no estarán completos si no reconocemos la soberanía de Dios y la gloria de Dios en todo lo bueno.
2.4.5. Conclusión.
Por supuesto que existen otros principios igualmente importantes y bíblicos, no obstante los que hemos anotado hasta aquí pretenden representar el marco básico elemental, en cuanto a las orientaciones bíblicas para un currículo basado en una filosofía de la educación cristiana.
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