48 horas con el presidente




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título48 horas con el presidente
fecha de publicación15.02.2016
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48 horas con el presidente

Juan José Millás

Seguir al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha sido el último reto del Proyecto Sombra, del escritor Juan José Millás. Sin despegarse de él un instante. En La Moncloa y durante un viaje oficial a Argelia; en avión y en helicóptero; con los discapacitados y en compañía del juez Garzón, para descubrir la personalidad del hombre feliz, calculador y seguro que gobierna España.

A las tres y pico de la tarde, bajo un sol de justicia y con el estómago encogido por el hambre, recordaría amargamente las recomendaciones que alguien del servicio de protocolo me había hecho al salir de Madrid: “Siempre que veas comida, come; siempre que veas un baño, mea; siempre que veas un banco, siéntate, porque no sabes cuándo podrás volver a hacerlo”. Había desoído minuciosamente los tres consejos, pensando que la siguiente oportunidad de comer, de mear o de sentarme sería mejor que la actual, y aquí estaba, hecho tres veces polvo, en el patio de un palacete de Argel en cuyo interior José Luis Rodríguez Zapatero se demoraba con Bouteflika más tiempo del que todos habíamos imaginado.

Lo que para mí resultaba una aventura (aunque para quienes me rodeaban era pura rutina) había comenzado a las 8.45 de un miércoles de julio, por los días en los que el equipo de José Luis Rodríguez Zapatero cumplía los cien primeros días de gobierno. A esa hora, un helicóptero nos sacó del palacio de la Moncloa para conducirnos a la base aérea de Torrejón de Ardoz, donde debíamos tomar un avión de las Fuerzas Aéreas con destino a Argel. El helicóptero y el avión producen emociones distintas. En el avión te sientes arrancado del suelo, mientras que en el helicóptero es el suelo el que se separa de ti dejándote abandonado en el aire, a merced de unas aspas que giran con desesperación porque no tienen confianza ninguna en sí mismas. Así pues, el suelo comenzó a alejarse de nosotros y nos quedamos flotando absurdamente por encima de las copas de los árboles, cuyas ramas se agitaban con espanto, quizá advirtiéndonos de algún peligro. Entonces me fue dado contemplar desde arriba, como en los viajes astrales, el cuerpo de la ciudad en cuyo interior transcurría mi vida. Vi el atasco habitual a esas horas de la carretera de La Coruña, vi la masa forestal de la Casa de Campo y las pistas de tenis de los chalets de lujo. Después vi los tejados y los patios de las casas populares, así como las antenas de televisión que, a modo de peineta, adornaban las cabezas de los edificios. A la derecha del helicóptero, fuera de nuestra ruta, apareció la Torre Picasso presidiendo ese pequeño grupo de edificaciones cuya vocación neoyorquina no ha logrado que Madrid deje de ser el poblachón manchego de siglos pasados.

Antes de que cualquiera de los automovilistas a los que habíamos abandonado en el atasco de la carretera de La Coruña hubiera avanzado cien metros, nosotros estábamos sobrevolando ya los recintos feriales y el parque de Juan Carlos I, que desde arriba parecía una maqueta de sí mismo con sus esculturas y sus olivos y sus juegos de agua sorprendentemente bien reproducidos y colocados cada uno en su lugar. Vi mi propia casa con la perplejidad del que se observa a sí mismo desde el techo de la habitación. Si el helicóptero se hubiera detenido unos instantes en el aire, como hacen algunos avispones, creo que me habría visto también a mí mismo, con mi perro, pues solemos dar un paseo por ese parque a la misma hora que lo sobrevolábamos.

Dentro del helicóptero, aparte del sentido de la vista, los que más trabajaban eran el del olfato, porque olía a gasolina, y el del oído, ya que el ruido desesperado de las aspas se colaba a través de los tabiques del aparato como el agua a través de un colador. Me habían colocado enfrente de Rodríguez Zapatero, y aunque me parecía descortés no darle conversación, tampoco quería desaprovechar aquella experiencia extracorpórea que quizá fuera la última de mi vida. Creo que él se dio cuenta de mi dilema porque se centró en la lectura de un periódico para que yo disfrutara de las sensaciones paranormales a las que él ya estaba acostumbrado.

–Este pasillo –me dijo a gritos para hacerse oír– lo hacemos todos los días que salimos fuera.

Aquello duró menos que una atrac- ción de feria, pues antes de que nos quisiéramos dar cuenta, el aparato realizó un par de movimientos torpes, como los de un moscardón al cambiar el sentido de su marcha en pleno vuelo, y el suelo empezó a venir hacia nosotros hasta recogernos con la suavidad con la que la palma de una mano recogería una pluma. Tuve un recuerdo para los atascados de la carretera de La Coruña, que habrían avanzado, con suerte, otros cien metros, y bajé del aparato junto a las ocho o nueve personas que habían viajado con nosotros. En tierra nos esperaba el resto del séquito (nueve o diez más), que había acudido a Torrejón por sus propios medios. Éramos, en total, 18 almas que enseguida subimos a un Airbus 310 de las Fuerzas Aéreas acondicionado durante la primea legislatura de Aznar para este tipo de viajes oficiales.

Aunque mi trabajo consistía en ser la sombra de Rodríguez Zapatero, dediqué los primeros minutos a bordo a curiosear las instalaciones de la aeronave, que tenía en la parte de delante una especie de camarote con cama, ducha, sofá y mesa de trabajo en el que daban ganas de quedarse a vivir, ya que era austero y cómodo a la vez. Me dijeron que Zapatero no lo usaba excepto en los vuelos transoceánicos, pues prefería ir un poco más atrás, en un compartimento habilitado para ocho personas, donde viajaba con sus colaboradores más cercanos. A continuación de ese compartimento, en el que los asientos estaban enfrentados dos a dos a ambos lados de una mesa y separados por un pasillo, la disposición del pasaje era la de un avión regular de líneas aéreas. Aquel día, además de los ministros Montilla y Moratinos, en ese compartimento que podríamos llamar de preferente iban también, entre otros colaboradores cercanos de Zapatero, Nicolás Martínez Fresno, secretario general de la Presidencia del Gobierno, y Miguel Sebastián, director de la Oficina Económica del Presidente.

Apenas hubimos alcanzado la altura de crucero, la gente abandonó los puestos asignados a cada uno por los servicios de protocolo y empezó a ir de acá para allá o a formar corros. En la zona de preferente, Rodríguez Zapatero departía con Montilla y con Moratinos acerca, supuse, del trabajo a realizar en Argel, mientras que el resto de sus acompañantes miraba la prensa del día a cien por hora, pues habían desarrollado en los dedos una sensibilidad increíble para descubrir al tacto la página en la que hablaban de ellos o de la política de su departamento. En 20 minutos consumieron siete u ocho periódicos leídos, sin embargo, con la tenacidad con la que la termita horada la madera, evitando los nudos, que no llevan a ningún sitio. Para quienes duden sobre la pertinencia de la discriminación positiva, observé también que el pasaje no era exactamente paritario, pues sólo había en el avión tres mujeres frente a 15 hombres, sin contar la tripulación, que era toda masculina.

La media de edad era joven, sobre todo si descartábamos a Montilla, a Moratinos y a mí mismo, que éramos los más mayores. Por lo demás, el ambiente era muy distendido, tanto que no me dio apuro abandonar enseguida mi asiento, situado en la primera fila del pasaje normal, y acercarme por detrás al del presidente, que tuvo que darse la vuelta y colocarse en una posición algo incómoda para atenderme. Le comenté que se le veía feliz y me confirmó que lo era. Precisamente, los servicios médicos de La Moncloa acababan de hacerle unos análisis de rutina en los que todo estaba en orden.

–Es porque soy feliz –le dijo al médico encargado de darle los resultados.

Intenté que soltara a continuación algún tópico acerca del peso de las responsabilidades, pero fue inútil. Estaba realmente dichoso de gobernar porque era lo que había querido siempre, en el sobreentendido de que gobernar era la capacidad de cambiar las cosas. Durante un breve encuentro que habíamos tenido el día anterior en los jardines de La Moncloa, cuando ironicé sobre el lugar tan incómodo en el que vivía desde que ganara las elecciones, me dijo que seguramente no había en Europa una residencia de un primer ministro tan cómoda como ésta.

–¿Y Downing street?

–Downing street está bien, es grande, pero no es esto –añadió haciendo un gesto que abarcaba los jardines.

Consideraba, por otra parte, que quejarse de vivir en La Moncloa constituía una muestra de desagradecimiento a los contribuyentes españoles, que la costeaban. Estaba, en fin, ante un hombre que tenía una buena casa, un buen trabajo y una familia a la que amaba, que es a lo que aspira todo el mundo. Lo ilógico es que se sintiera desgraciado, aunque hay mucha gente que se deprime al alcanzar lo que desea.

Le pregunté de todos modos si había mucha distancia entre las fantasías que había tenido acerca del poder y la realidad, y me dijo que no, si exceptuamos que se podía mandar más de lo que él había imaginado, lo que significaba que se podían cambiar también más cosas de las que uno pensaba. De hecho, y contra el pronóstico general, había ordenado traer las tropas de Irak al día siguiente mismo de la toma de posesión. Y ahí estaba también el primer Gobierno paritario de la historia de España, y la Ley Integral contra la Violencia de Género, y el desbloqueo de la negociación de la Constitución Europea, y el aumento del salario mínimo, y la paralización de los aspectos más siniestros de la LOCE y del trasvase del Ebro, y el nombramiento de cinco sabios para la reforma de la televisión pública, y la normalización de las relaciones con las comunidades autónomas… Todo en menos de cien días.

Me pregunté en voz alta si el ejercicio del poder no le habría cambiado también a él.

–A eso –dijo– era a lo único que tenía miedo cuando tomé posesión, a que el poder me cambiara. Ahora ya sé que no me cambiará.

–Pero la experiencia dice lo contrario. No se sabe de nadie a quien no le haya cambiado.

–A mí no.

–¿Y por qué esa seguridad?

–Porque he desmitificado el poder. Tengo la ventaja de que no siento fascinación alguna por los aspectos más externos del poder.

–Pero es un hecho que el poder aísla.

–Y también que hay mil modos de mantener vínculos constantes con la realidad. Lo importante, con todo, es que seas capaz de desmitificarlo. Yo, cada noche, le digo a mi mujer: “Sonsoles, no te puedes imaginar la cantidad de cientos de miles de españoles que podrían gobernar”.

Me encontraba, pues, ante un hombre feliz, por un lado, y ante un hombre convencido hasta el tuétano de que el poder no haría con él lo que ha hecho con todo el mundo. Vale la pena dejarlo por escrito junto al “no os decepcionaré” de la noche electoral para reconocérselo o para echárselo en cara cuando llegue el momento. Lo cierto es que la felicidad real de la que ahora disfrutaba Zapatero resultaba contagiosa, pues el equipo que le acompañaba era lo más alejado que quepa imaginar de un grupo de funcionarios. Sólo el corte y el color de los trajes, con predominio del azul oscuro sobre cualquier otro, delataba que aquello era una delegación gubernamental en visita diplomática a un país extranjero.

Una vez que aterrizamos en Argel, donde Bouteflika recibió a Zapatero a pie de avión, con honores militares que incluían saludo a la bandera, revista de tropas y ejecución de himnos patrios, el tiempo se partió, dividiéndose en fragmentos que corrían con una lentitud desesperante y en fragmentos que iban a una velocidad insoportable. De repente estábamos fuera de los coches que componían la caravana gubernamental, departiendo indolentemente con los ocupantes del automóvil de detrás mientras nos abanicábamos con lo que tuviéramos a mano, y de repente teníamos que subir a toda prisa y nos veíamos atravesando Argel a cien por hora para no perder nuestro puesto en la caravana. Yo ocupaba el coche número cinco, cuyo chófer se había tomado tan al pie de la letra que ese número, el cinco, viene detrás del cuatro, que no permitía que entre el coche nuestro y el de delante se interpusiera una mosca.

La visión que íbamos obteniendo de Argel era la de un conjunto de estampas más que la de una película, porque nos movíamos a trompicones. Recuerdo, de entre todas aquellas estampas, por emocionante e irreal como ninguna otra, la visión panorámica del puerto, que se nos apareció detrás de una curva y desapareció tras la siguiente. Daban ganas de llorar, pero no había tiempo para detenerse porque dos minutos más tarde teníamos que bajar del coche a toda prisa y correr tras la comitiva para ver a Zapatero haciendo una ofrenda floral ante el monumento a los mártires de la Independencia, por ejemplo. Imaginé que Zapatero, en la limusina que abría la comitiva, a cinco coches de distancia del mío, tenía la misma visión fragmentaria de la realidad que yo, y me pregunté si una vez que uno se acostumbra a ver la realidad como una maqueta, desde el helicóptero, o hecha pedazos, desde el interior de una limusina, puede no cambiar, pero supuse que sería grosero insistir. Recordé, no obstante, que con ocasión de otra sombra que le hice al poco de que ganara el 35º Congreso del PSOE, yendo con él en su coche oficial, me pareció que observaba las calles de Madrid, por las que seguramente ya no podría volver a pasear como un ciudadano anónimo, con una nostalgia infinita. ¿Sirve la nostalgia de lo que hemos sido como antídoto para atenuar la dureza de lo que seremos?

Por lo demás, viéndolo subir y bajar del helicóptero, viéndolo saludar a la gente, viéndolo andar, advertí que no había perdido parte de ese desmadejamiento adolescente que mostraba cuando se dio a conocer. Pensé que quizá esos movimientos desmañados, propios de alguien que no se ha acostumbrado todavía a la longitud de sus brazos o de sus piernas, formaran parte de una estrategia para enfrentarse al mundo. Se trataría, en fin, de esa inseguridad impostada que muestran algunos jugadores profesionales de billar para no asustar al contrincante novato. Lo cierto es que si logras no dejarte hipnotizar por sus dudas corporales y te centras en sus ojos, compruebas que su mirada es de cálculo. Continuamente está midiendo la fortaleza moral de su adversario, de su colaborador, de su propia sombra. Una vez realizado ese cálculo, toma el taco de billar y hace la jugada maestra, consista ésta en traer a las tropas de Irak, en crear un gobierno paritario o en pronunciar la frase que conviene pronunciar en cada instante, como aquella con la que ganó hace cuatro años el 35º Congreso del PSOE, cuando, después de los discursos catastrofistas de sus contrincantes, se subió a la tribuna y dijo: “No estamos tan mal”.

En esto, apareció Zapatero por la puerta del palacete, se subió a su limusina y la comitiva arrancó en dirección a otro palacete donde al fin podría mear, sentarme y comer, por este orden. Hubo que resolver, antes, un pequeño problema de vestuario, pues yo me había presentado sin corbata y con un polo deportivo debajo de la chaqueta, ya que no se me había pasado por la cabeza que formaría parte del grupo invitado a compartir comedor con Zapatero y Bouteflika. Angélica Rubio, que ha sido la asistente personal del presidente desde que es secretario general del PSOE, y que ahora ocupa una dirección en la Secretaría de Estado de Comunicación, me dijo que no me preocupara, pues Zapatero siempre llevaba una camisa blanca de repuesto que me prestaría. El asunto me pareció excitante, primero, porque ningún presidente, ni siquiera ningún director general, me había ofrecido jamás una camisa suya, y, segundo, porque como no hay historia que no evoque otra historia, la situación me recordó la de un cuento popular en el que los médicos prescriben a un rey que se muere de tristeza que se ponga la camisa de un hombre feliz. Sus ministros dan la vuelta al mundo buscando un hombre feliz, y cuando por fin dan con él, resulta que no tiene camisa.

A mí, que no era ni príncipe, me iban a dejar la camisa de Zapatero, que ya hemos dicho que era un hombre feliz, lo que sin duda me quitaría esa tristeza que me viene matando desde la adolescencia (tarda tanto porque me resisto). Finalmente, como en el cuento, resultó que Zapatero no tenía camisa de repuesto, o se la había dejado en el avión, no sé, el caso es que el hombre feliz, igual que en el relato popular, no tenía camisa, por lo que me tuve que conformar con la que me prestó un consejero de la Embajada española en Argel que tampoco parecía completamente desgraciado (ya se la devolví lavada, planchada y con un pequeño obsequio, como me habría recomendado mi madre. Espero que la haya recibido).

Perfectamente vestido, pues, y libe- rado de las urgencias corporales más incómodas, entré en el comedor y busqué mi mesa, que se encontraba tan sólo a unos metros de la presidencial. Me habían colocado entre un experto en terrorismo internacional, que se deslizaba del inglés al francés cada vez que cambiaba de postura, y un diplomático canadiense, creo, que se obstinó en permanecer silencioso desde el primer minuto sin que nadie se lo reprochara. La mesa era de seis personas, cinco si descontamos al canadiense, pero enseguida se quedó en cuatro porque yo adopté la misma postura de aislamiento, que fue respetada por todos. Entonces me dediqué a observar a Zapatero, que estaba a la derecha de Bouteflika, en una gran mesa ovalada de 15 o 20 personas. Desde mi perspectiva ocurría algo curioso, y es que Bouteflika y Zapatero parecían un par de monstruos de dos cabezas, ya que por detrás de la de cada uno, pero muy pegada a ella, como si saliera de los mismos hombros, aparecía la del intérprete, cuyo cuerpo estaba sin embargo completamente oculto. El resultado era fascinante, pues lo que yo veía eran cuatro cabezas sosteniendo una animada conversación sobre dos cuerpos. Quizá se tratara de una alucinación, pero vi que Bouteflika llevaba unas veces la cuchara a su propia boca, y otras, a la de la cabeza de repuesto. Hipnotizado por el espectáculo, se me pasó la comida en un soplo.

Después ocurrió algo rarísimo, que recuerdo como si hubiera sido un sueño, y es que tras levantarnos de la mesa entramos en un lugar lleno de periodistas donde Zapatero tenía que dar una rueda de prensa para informar sobre los asuntos tratados con las autoridades argelinas. El caso es que allí estaba todo el mundo, menos el propio Zapatero. Me pareció que su gente entraba en pánico porque nadie sabía dar razón de él. Al fin, vi salir de estampida a Angélica Rubio y a Javier Valenzuela, adscrito también a la Secretaría de Estado de Comunicación, y los seguí astutamente. Tras recorrer unos jardines laberínticos, entramos en unas dependencias palaciegas donde Angélica abrió una puerta detrás de la cual apareció una especie de cuarto de estar con una mesa camilla llena de dátiles. Había también un televisor encendido y un sillón en el que Rodríguez Zapatero, con una sola cabeza sobre los hombros, que por fortuna era la suya y no la del intérprete, permanecía repantigado fumándose un cigarro (fuma como un adolescente inexperto, quizá con pánico, pues da la impresión de que ni se traga el humo). Al vernos entrar, me guiñó un ojo:

–Aquí –dijo–, viendo el grado de colonización de la televisión argelina.

Sus dos colaboradores le pusieron al tanto, en cuestión de segundos, de lo que había ocurrido esa mañana en España, por si salía algo en la rueda de prensa, y le urgieron a que se pusiera en marcha, pues las televisiones estaban a punto de perder los enlaces, por los que habían pagado un dineral. Zapatero se levantó con expresión irónica y dijo algo así como “vamos allá”. Por el camino, Javier Valenzuela continuaba disparándole información a cien por hora.

–Te preguntarán si el viaje es político o de negocios.

–De negocios, no –corrigió Zapatero–, de interés económico.

Angélica Rubio, que a medida que andaba iba consultando las últimas noticias de Internet a través de su móvil, añadió unas declaraciones que acababa de hacer en España Felipe González:

–La política exterior de Zapatero tiene el coste de la no sumisión.

Llegó a la sala de la rueda de prensa, repleta de periodistas, y se colocó de pie, sin papeles, frente a un atril transparente. Cada vez que se disponía a responder a una pregunta comprometida, hacía con las manos un gesto como de ir a guardarlas en el bolsillo del pantalón, aunque nunca llegaba a hacerlo. El espectador, preocupado por el destino final de esas manos, dejaba de prestar atención a sus titubeos verbales. Dio, en fin, una clase gratuita de cómo la comunicación no verbal debe cubrir las insuficiencias de la verbal y se marchó con la música a otra parte. Eran como las cinco de la tarde y, desde lejos, no se le veía especialmente maltrecho, pese al calor reinante y a que había sido víctima de un recibimiento con honores militares, de tres o cuatro reuniones larguísimas con Bouteflika, de un encuentro con empresarios españoles, de una ofrenda floral, de dos o tres revistas de tropas con sus consecuentes saludos a la bandera, de una reunión plenaria (que usted, seguramente, no sabe lo que es, pero imagínese lo peor), de un almuerzo oficial con intérpretes, de una rueda de prensa delicada si tenemos en cuenta que el asunto central era el Sáhara, de una despedida también con honores militares…

Una cosa que me tranquilizó cuando un par de horas más tarde de esta rueda de prensa nos encontrábamos de nuevo a bordo del avión para emprender el regreso, es que todo el mundo, tras aquella agotadora jornada, tenía el traje arrugado y olía a sudor, o sea, que eran humanos sin haber dejado de ser ministros y subsecretarios y directores generales. El sudor y las arrugas, ya que no la ciudad de Argel, eran reales.

El viaje de vuelta fue más distendido, si cabe, que el de ida, porque la gente, aunque cansada, se movía con la sensación del deber cumplido. Pregunté a Zapatero qué nota le pondría a aquella jornada de trabajo si tuviera que puntuarla, y me respondió que había ido bien, pues se habían llevado a cabo los objetivos propuestos, o sea, que le pondría un notable. Moratinos estuvo de acuerdo con el análisis de su jefe, pero me pareció que él le habría puesto un sobresaliente. Por insistir, le pregunté cuánto tiempo creía que iba a lograr mantener la atmósfera juvenil y medio asamblearia que se respiraba dentro del avión. Sonrió frente a aquella pesadez, que a mí mismo empezaba a parecerme la manifestación de un prejuicio, y volvió a explicarme que, lo creyera o no, lo único que a él le excitaba de la política era la posibilidad de cambiar las cosas, y que ese deseo de modificar la realidad lo tenía desde muy joven.

–Esto no se entiende –añadió– si no se entiende la frustración que yo vi desde pequeño en mi casa, no sólo porque cuando fusilaron a mi abuelo, mi padre se había quedado sin padre y mi abuela sin esposo, sino porque se habían quedado sin país.

Dice esto acercándose mucho al interlocutor, sin pestañear. No repetiré aquí la conocida historia del capitán Lozano y de su testamento político y existencial, escrito la noche antes de que lo fusilaran, pero da la impresión de que aquellas palabras del abuelo han actuado de verdad en el nieto como antídoto contra la arrogancia, contra los excesos del poder, contra la insolencia o la vanidad gratuitas.

Con frecuencia, uno ve lo que está programado para ver, lo que desea ver, lo que necesita ver para confirmar sus prejuicios. Creo que yo me había puesto desde el principio las gafas de ver en Zapatero la imagen estereotipada de un político. Jugaba a mi favor el hecho de que no encontré una sola sombra en su biografía y de que carecía de un discurso político lo suficientemente armado y sugestivo que le ayudara a escapar de ese retrato tópico de muchacho de provincias que había llegado a Madrid y había besado el santo en un par de golpes de suerte. Empecé a pensar en la posibilidad de que esta visión fuera el resultado de un prejuicio generacional. De ser así, lo que yo venía llamando una biografía sin sombra (en el mal sentido de la palabra) era, de hecho, una vida llena de instantes de enorme riqueza íntima, como el de la lectura del testamento del capitán Lozano por parte del huérfano de ese capitán ante sus propios hijos. Pensé que la biografía exterior de muchos escritores a los que admiraba era plana, pues había transcurrido alrededor de una mesa camilla; su biografía interior, en cambio, estaba repleta de grandes cataclismos que explicaban la complejidad de su obra. Ése era quizá, en otro orden, el caso de este político (hablando, por cierto, de mesas camillas, Óscar Campillo, el biógrafo de Zapatero, cita una frase de un conocido editor leonés, Santiago García, según la cual, “Zapatero es un producto de la mesa camilla de los Lozano”. Personalmente, no puedo escuchar la expresión “mesa camilla” sin recordar a Baroja pegado a ella, con las piernas metidas bajo sus faldas).

Y en cuanto al discurso, no es que no lo tuviera, sino que era distinto de aquel en el que nos habíamos hecho la generación anterior a la suya. Como el propio Zapatero había explicado tantas veces, su generación no tuvo que luchar por cosas evidentes y su lenguaje era el de la democracia. Por decirlo en palabras de un amigo mío de la generación de Zapatero, con el que comenté las perplejidades que me producía el personaje: “A nosotros no nos tuvieron que convencer de que el cinturón de seguridad era bueno y el tabaco malo, porque crecimos en un mundo en el que verdades tan evidentes se daban por sentadas”.

Decidí, pues, rebajar mis defensas. Me dije que si no me daba vergüenza contar ingenuamente las sensaciones que me había proporcionado el helicóptero, tampoco debería dármela dejar constancia del vértigo moral que me empezaba a proporcionar el personaje.

Esa noche, en casa, repasé los capítulos más significativos de la biografía de Zapatero del ya citado Óscar Campillo, y fui capaz de pensar en el 35º Congreso del PSOE, donde el actual presidente obtuvo la Secretaría General de su partido, hace ahora cuatro años, como en el ataque frontal de una generación joven a las líneas estratégicas de otra que no gratuitamente ha sido calificada de “generación tapón” y a la que, mira por dónde, pertenezco yo mismo. Una vez puestos en cuarentena determinados prejuicios, no hay más remedio que reconocer que el 35º Congreso tuvo algo de épico, pues lo que ocurrió en él es que aquello que en los partidos de izquierdas se ha denominado siempre, con cariño y crueldad, “la puta base”, arrebató el poder a un grupo de jerarcas cuya dimensión histórica era irrepetible. El candidato de la “puta base”, cuyo nombre políticamente correcto era Nueva Vía, se llamaba José Luis Rodríguez Zapatero y llevaba dos meses recorriendo España en autobús, puerta a puerta, federación a federación, convenciendo a los socialistas de que era preciso dar un giro a un partido que había perdido dos elecciones y se hallaba sumido en una depresión histórica. Pero antes de eso había pacificado una federación, la de León, cuyas reuniones eran tan conflictivas que terminaban a veces con la llegada de la policía. Luego había sido el diputado más joven del congreso, donde se había hecho una musculatura invisible a lo largo de 20 años de trabajo, no siempre en comisiones fáciles. Y en los últimos cuatro años, desde que obtuvo la Secretaría General hasta que ganó las generales, era tan conocido en las gasolineras (no paraba de viajar y de tomar bocadillos) como en Ferraz.

A lo mejor no es que no tuviera biografía (el currículo no se le podía negar a menos que uno se tapara los ojos) o que no tuviera discurso, sino que no habíamos sido capaces de verlo hasta tenerlo delante de las narices. Vistas con la perspectiva que da el tiempo, expresiones tales como “democracia de los ciudadanos”, que Zapatero repetía tanto y que entonces nos parecían retóricas, resulta que estaban cargadas de significado: no había más que ver la calidad de sus primeras decisiones (regreso de las tropas de Irak, proyecto de ley contra la violencia de género, equiparación de derechos civiles a los homosexuales…), cuyo objetivo era demostrar que el voto sirve para algo.

Pedí que me dejaran ser su sombra durante otra jornada de trabajo y me citaron para el viernes siguiente, día habitual de Consejo de Ministros, que Zapatero abandonó a media mañana para firmar un acuerdo con el Cermi (Comité Español de Representantes de Minusválidos). El acuerdo, llamado Plan Moncloa, preveía el acceso al empleo público a personas con discapacidad. Tras la firma, Zapatero hizo un discurso impecable, de no más de diez minutos, en el que señaló que la desigualdad tiene muchas caras, una de ellas, y la que más tiempo habíamos tardado en ver, era la de las personas discapacitadas. Contó que el día que llegó a La Moncloa, lo primero que advirtió cuando le mostraban las instalaciones era que no había en todo el complejo una sola construcción que facilitara el acceso a los discapacitados. La única obra que ordenó, y la única que se ha llevado a cabo hasta ahora, es una rampa situada en el edificio del Consejo de Ministros y que ha construido una empresa de la ONCE llamada Vía Libre.

Naturalmente, no me creí que lo primero que advirtiera al llegar a La Moncloa fuera aquella carencia. Me pareció imposible, pero como había decidido poner en cuarentena mis prejuicios, dejé el asunto en suspenso. A esas alturas, por otra parte, ya me había dado cuenta de que Zapatero era una mezcla de ingenuidad y astucia, de humildad y arrogancia, de palabras y hechos que desconcertaban a cualquiera que se enfrentara sin prejuicios a su personalidad. Ese día comería con Gertrudis, su secretaria de siempre, que en un momento dado, oyéndome hablar de los enigmas que me planteaba la personalidad de su jefe, me dijo:

–No entenderás a Zapatero hasta que te convenzas de que se cree todo lo que dice.

De repente, eso cambiaba completamente la perspectiva del hombre, pero a un precio excesivo. Imagínense: ¡un político que no mentía! En tal caso, quizá fuera cierto que en el mismo momento de tocar el poder, lo primero que había visto, antes incluso de concederse unos instantes para la vanidad, es que no había rampas para discapacitados.

Esa mañana, tras terminar el Consejo de Ministros, fuimos a El Escorial, donde clausuró un curso sobre terrorismo, dirigido por Garzón, en la Universidad de Verano. Mientras nos dirigíamos al aula, los estudiantes se agolpaban a los lados del pasillo. De repente, Zapatero se detuvo y se acercó a una puerta que permanecía entreabierta y por cuya rendija se asomaba la cabeza de un cocinero al que saludó y con el que departió unos instantes antes de continuar. Le había visto mil detalles de este tipo, pero no los había registrado porque no me parecía que formaran parte de su manera de ser, sino de un cálculo de tintes populistas.

Jamás se bajaba, por ejemplo, del helicóptero sin acercarse a la cabina para dar las gracias a los pilotos, y algunos funcionarios de La Moncloa me habían comentado también que desde la llegada de Zapatero habían dejado de ser invisibles, pues el presidente actual los saludaba al entrar o salir y les daba las gracias por sus atenciones. Si los saltos cualitativos se dan por un aumento de la cantidad, no queda más remedio que señalar que la cantidad de detalles de este tipo era excesiva para ser el resultado de un cálculo. Había que admitir, en fin, que se trataba de una cualidad, de un comportamiento interiorizado, porque formaba parte de su modo de relacionarse con el mundo.

Por la tarde viajamos a Toledo, donde tenía que inaugurar un congreso de su partido. Hizo, sin utilizar un solo papel, un discurso largo y formalmente curioso, cuya estructura, si tuviéramos que compararla con una arquitectura, se parecía a la de un pasillo lleno de puertas que el orador iba abriendo para asomarse a su interior y contar a los congresistas lo que se veía dentro. De este modo llevó a cabo un eficaz repaso de lo que habían sido los cien primeros días de Gobierno y los cien primeros años del partido. Señaló que el partido no tenía sentido sino como herramienta al servicio de la transformación de la realidad. Recordó que las mejores páginas del PSOE las habían escrito aquellos socialistas que en las casas del pueblo habían enseñado a la gente a leer y escribir porque de ese modo los habían convertido en ciudadanos. Repitió que ser de izquierdas era creer en la educación, en la cultura, en la investigación. La última puerta estaba dedicada al PP: “Pido al PP”, dijo, “que deje de pensar en sus problemas y piense en los de España; le digo al PP que este país es plural y que eso es enriquecedor; le digo al PP que no tenga miedo a los cambios, porque será una derecha respetada”.

Al abandonar entre aplausos la sala donde se celebraba el congreso, le comenté que había dado un antimitin y estuvo de acuerdo.

–La esencia del mitin –añadió– es dar caña. Si en un acto de consumo interno empiezas metiéndote con el adversario, después puedes hacer lo que quieras. Pero eso sólo sirve como desahogo emocional del que no queda nada porque no quedan ideas. A mí me gustan los mítines pedagógicos.

Le pregunté si utilizaba algún método para memorizar los discursos, pues le había visto trabajar todo el tiempo sin papeles, y me dijo que no, que tenía muy buena memoria y que lo que le gustaba, para desesperación de su gente de prensa, era improvisar.

A veces, una consulta casual proporciona una respuesta curiosa, pues al preguntarle, no sé muy bien por qué, si conservaba para los hechos de su biografía la misma memoria que para los discursos, me contestó lo siguiente:

–No, porque en la trastienda de mí mismo yo siempre he creído que mi biografía era lo que estaba por llegar.

–¿Ahora también?

–Ahora también.

Más tarde, hablando del congreso que acababa de inaugurar, fue él mismo el que me preguntó si me había fijado en la composición de los congresistas.

–Mucha gente en torno a los 35 años –añadió– y muchas mujeres. Lo que es increíble es que luego no ves a esas mujeres en los centros de decisión.

Me contó que estaba dándole vueltas a una ley que “premiara” o “castigara” a las empresas en cuyos consejos de administración hubiera o no hubiera mujeres, pues cuando repasaba los organigramas de las empresas, le parecía escandalosa su ausencia en esos órganos.

–¿Tú sabes por qué soy feminista? –preguntó luego inclinándose hacia mí, en un gesto que utiliza cuando quiere implicar emocionalmente al interlocutor en lo que dice–. Por mi madre. A mi madre le gustaba con locura la medicina, pero no pudo estudiar porque en aquella época las mujeres no estudiaban. ¿Tú sabes lo que es estar día a día, hora a hora, siendo consciente de que no has hecho lo que querías hacer en la vida? ¿Eres capaz de imaginarte eso? Y no es que ella se quejase. Utilizaba ese discurso de que le llenaba la familia, la casa, pero lo cierto es que tenía una pasión que no pudo desarrollar, y creo que esa frustración de mi madre ha sido la de todas las mujeres en cualquier época histórica que estudiemos.

Precisamente, el único punto oscuro, en el sentido de inexplicable, de la biografía de Zapatero está marcado por unas fiebres de origen desconocido que padeció a los 13 años. Aquella enfermedad sin diagnosticar le obligó a vivir entre la cama y el sillón del cuarto de estar durante cuatro meses. Lo que Zapatero recuerda de aquella época es que siempre que abría los ojos, su madre estaba a su lado, ejerciendo de médico. Tengo para mí que aquella enfermedad misteriosa, que se curó también misteriosamente, fue el último gran regalo que el Zapatero adolescente hizo a una madre cuya pasión era la medicina antes de separarse de ella para poder crecer (si no es cierto, está bien traído).

Cuando Jordi Socías, el fotógrafo, y yo abandonábamos juntos La Moncloa, el viernes comenzaba a declinar y se notaba en las instalaciones la atmósfera de fin de semana. Si fuera verdad, nos dijimos, que aquel hombre creía lo que decía, y si fuera cierto que su biografía era lo que estaba por llegar, teníamos ante nosotros, más que un político en el sentido convencional del término, un enigma. Recuerdo haberle dicho a Jordi que si yo hiciera caso a mi experiencia, resolvería el dilema con un gesto de escepticismo. Pero si hiciera caso a mi deseo, les diría a ustedes que permaneciesen atentos a la pantalla. Por otra parte, como no es raro que los prejuicios se camuflen tras el disfraz de la experiencia, se lo digo ya: permanezcan atentos a la pantalla.


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