La soledad y la desolación en las mujeres




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Imagen y Soledad


Claudia Guzmán

En este momento me encuentro realizando el trabajo de grado sobre un tema que M. Lagarde toca en el libro que estamos leyendo y es el poder de la Imagen para la construcción de la persona.  La construcción de las personas es siempre una construcción social es decir determinada por las características de la sociedad y la cultura y veo que en la nuestra hay una serie de presupuestos que nos configuran y nos determinan en cuanto a los valores, las necesidades, los intereses, es decir toda la volición y las decisiones que vamos tomando a lo largo de la vida.

 Y qué decir cuando de lo que se habla es de la imagen de Dios. Como creyente he identificado a Dios con la “Imagen” más bien patriarcal de la visión y la tradición judeocristiana, de igual manera a Jesucristo. Hay un canto que hoy me choca mucho; como lo dice Lagarde, comienza a entrar en conflicto con mi reflexión y es el de adjudicar a Jesús la visión del “hombre perfecto de verdad” porque con frecuencia no sé dónde colocarme a mí y a las demás mujeres en relación a ese hombre perfecto y en la pastoral con la figura de hombre varón perfecto y además Dios se explican muchas experiencias de fe: los milagros, la resurrección. De otra parte encuentro mayor sintonía con la explicación de lo profundamente humano en Jesús y su propio proceso de madurez y desarrollo como persona.

 Sin embargo y también desde la espiritualidad teresiana ha sido para mí buena noticia el que M. Lagarde nos proponga que la autonomía se construye no sólo socialmente sino que abarca la subjetividad y la experiencia personal de cada quien (p. 87). Y en este segundo tema toca una de las experiencias más humanas: la soledad.

 

“Estar muchas veces tratando a solas” dice Teresa de Jesús y le encuentro una gran concordancia con lo que el texto nos propone de asumir la soledad como un espacio en el que no hay otros que actúen como intermediaros con nosotras mismas. (p 94). Hacer ejercicios de legitimar experiencias en soledad, sin necesidad de compartirlos con nadie porque vivir la soledad es una posibilidad de construir autonomía. A lo mejor el primer ejercicio de autonomía en ellos sería preguntarme: qué llevo a esos espacios, qué poderes me otorgo allí, sobre qué o cómo quiero hacer mi reflexión. Es en definitiva aprender a  vivir el momento presente y a mí misma en él en plenitud.

 3 Comentarios

Mónica Robledo:

Hace unos días hice un trabajo sobre el misterio de La Trinidad en la suma teológica y es imposible no sospechar del "Padre" "Hijo" y "Espíritu" como conceptos-imágenes masculinos. Algunos/as teólogos/as tratan de mejorar la cuestión diciendo que el Espíritu es femenino por sus características, otros/as que es Padre y Madre, pero sin duda esta forma de pensar está arraigada muy profundamente en nuestra cultura religiosa. Lo bueno es que es "La" Trinidad (je) y que D**s escapa a nuestras definiciones. Gracias por tu reflexión.

Nancy Olaya Monsalve:

Oh Claudi, tocas un tema esencial. La importancia de la imagen no se puede soslayar desde ningún punto de vista; las imágenes median entre la realidad y nuestra subjetividad. Pensamos a través de imágenes y conocemos el mundo, las personas y cualquier otra realidad desde ellas. Son tan poderosas que determinan mi forma de percibir, conocer y relacionarme... Cuídate.

Teresa del Pilar

Claudia, gracias por tu reflexión. Hablas sobre el poder de la imagen en la construcción de la persona. Sin duda alguna esto es un tema relevante. La imagen “puede” mucho en las personas y en los colectivos. De ahí que es importante revisar y sanear las imágenes que nos mueven. La imagen de dios patriarcal que han ido introyectando milenariamente tiene tanta fuerza en el imaginario personal y colectivo que hasta parece algo “natural”. Si no se hace una crítica deconstructiva, seguiremos desde este engaño e ilusión.

Los presupuestos culturales, sociales, ideológicos, o del tipo que fuera, ciertamente nos “condicionan”, pero no nos “determinan”, pues tenemos libertad y gracias a ella podemos ir decidiendo lo que queremos ser. Gracias a la libertad no estamos determinados/as, aunque los lastres históricos o biográficos nos pesen, tenemos la posibilidad de cambiar nuestra historia.
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