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Cuentos a orillas

del Bu Regreg
Antología de cuentos

Volumen I




Instituto Cervantes

Rabat, 2009
Las corrientes de este libro son profundas y se originaron en el “Curso de lectura y escritura” del
Instituto Cervantes de Rabat

3-5, Zankat Madnine

10.000 Rabat (Marruecos)
Sus páginas se han impreso y encuadernado en las entrañas de Rabat, la ciudad que baña el río Bu Regreg .
La selección de cuentos ha sido realizada por los propios autores.
La corrección de los textos ha estado a cargo de Mónica García-Viñó y de Ester Rabasco Macías en honor a la constancia y al esfuerzo de los estudiantes del “Curso de lectura y escritura” realizado durante el curso académico 2008-09 en el Instituto Cervantes de Rabat. Para la trascripción de palabras árabes, se ha procurado dar la versión española en lugar de la francesa.
Diseño e impresión: Ester Rabasco Macías

 Autor/ es de los cuentos e Instituto Cervantes de Rabat.

Ilustraciones escogidas por los autores.
De esta edición:

Instituto Cervantes de Rabat (Marruecos), 2009.

Ejemplar nº __________


"Los libros no se agotan en el análisis: hay que vivirlos"

Julio Cortázar


PRÓLOGO
Los cuentos que se incluyen en la presente antología son el resultado de una serie de actividades creativas que los alumnos del “Curso de lectura y escritura” del Instituto Cervantes de Rabat han llevado a cabo tras ejercitarse con la lectura de diversos autores en lengua española.

Cabe resaltar que este curso es un proyecto personal que nació en 1995 entre el Liceo Cervantes y el Instituto Cervantes de Varsovia (Polonia), que atravesó el Instituto Cervantes de Moscú (Rusia) en compañía de Guillermo Ochoa y que ha arraigado en el de Rabat (Marruecos) gracias a la comprensión de José Antonio Salvador Talavera, nuestro Jefe de Estudios, y al entusiasmo de los alumnos que han participado en las sesiones desde el principio.

Este taller es, además, un espacio en donde se entreveran autores consagrados y lectores ávidos; un terreno en donde se lee, se habla y se conversa de cuentos; una intersección de culturas en donde estudiantes de diversa procedencia lingüística se amparan en el español para expresarse; una encrucijada en donde las voces y las plumas más tímidas y discretas pueden ser leídas, escuchadas y comprendidas porque, durante nuestros encuentros, el tiempo se detiene y el cauce de la literatura se vuelve profundo y nítido. En fin, una esfera cuasi sagrada en donde el español transcurre acunado por el murmullo del Bu Regreg y en donde yo sigo aprendiendo eternamente de mis estudiantes.

Con la presente antología continúo el rito de brindar por los autores que han nacido o simplemente se han reafirmado en estos talleres.

Espero que el lector disfrute con su lectura.

Ester Rabasco Macías

Rabat, 2009.
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Fatine SEBTI


Autobíografía
«Te daré 10 dirhams si lees ese librito» «La lectura desarrolla la imaginación y ayuda a escribir bien y a hablar en francés» «La niña del señor Bernoussi hasta tiene una pequeña biblioteca en los servicios» «Empieza solo con tres o cuatro páginas cada noche antes de dormir, y verás cómo se volverá una costumbre» Esas fueron las palabras de mis padres durante años y años. Palabras que me molestaban, ya que leer para mí era casi un castigo y buscar en el diccionario, una tortura.

A los trece años, unas amigas del colegio leyeron una novela de amor y luego me la prestaron. Fue una revelación. Desde entonces las novelas acompañaron mi adolescencia y mi juventud. Y ahora la lectura me apasiona de tal modo que la concibo como un milagro.

Con el transcurrir de los años he aprendido a oler las palabras, a sentir su perfumen, he aprendido a saborearlos, a sorberlos ávidamente sin miedo a que su zumo se agote (porque el zumo de las palabras no tiene fin y sus sabores son infinitos y de una sutileza increíble.)

He aprendido a tocar las palabras, acariciarlas, abrazarlas y fundirme con ellas…

He aprendido que en una palabra puede existir un mundo, una vida; que las palabras respiran, que tienen un corazón que late, y que su corazón hace latir el mío.

He aprendido también que las palabras pueden ocultar un algo divino, que tienen su alma gemela, y que cuando la pluma las reúne, entonces, estalla una belleza irradiante, a veces insostenible, una luz que alumbra nuestros ojos y que nos muestra el mundo con una mirada nueva.
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Ali
Me llamo Ali. No sé ni leer ni escribir, pero la señora periodista dice que va a escribir todo lo que diga. Mi papá me dijo una vez que hace años había unas casas que se llamaban escuela, con muchas habitaciones que servían de clases y donde los niños aprendían a leer y a escribir. Pero las bombas lo han destruido todo. Ahora nosotros, los niños, aprendemos a tirar piedras contra los soldados, a fabricar armas con cerillas y restos de otros materiales, a buscar cosas para comer y a evitar pisar sitios que contengan bombas enterradas. Pero a veces…. Mi hermano mayor, Yasin, perdió su pierna izquierda por culpa de una bomba que le explotó al pisarla. Y mi primo Omar perdió su mano derecha al tocar un juguete trampa… Pero yo soy muy prudente; además, mi mamá siempre le pide a Dios que me proteja y también me ha dado un collar con un Corán pequeñito que nunca me quito.

Papá me dijo otra cosa… Que antes bajaba agua del cielo, millones de gotitas, y se decía que llovía. Yo nunca he visto esto. Pero me imagino que debe ser algo mágico. Quiero que llueva para que millones de gotitas limpien la tierra de sangre. A veces me lavo la cara mil veces para que se me quite el olor de la sangre, el olor de la muerte… Ya no tengo miedo, soy valiente como mi papá, pero me horroriza la visión de tanta sangre… y no quiero que mi mamá llore más. Porque ella llora a menudo. Cuando la veo llorando a mí también se me suben las lágrimas, pero papá me dice siempre que los hombres no lloran, y yo ya soy un hombre.

Cuando era más pequeño creía que la guerra era algo natural y que todos los países del mundo vivían del mismo modo que nosotros. Pero un día el abuelo Sulaimán me dijo que no. Que en otros países la gente vive en paz, que los niños van a la escuela y juegan con juguetes verdaderos que no esconden bombas, que los padres van al trabajo y que, al finalizar el año, se van de vacaciones, y que compran la comida sin hacer colas infinitas, y que los niños beben cada mañana leche con algo que se llama chocolate. Me gusta esa palabra, el abuelo dice que es de color marrón o negro y que es muy dulce. Cuando me lo explicó, le pregunté si ellos habían ido ya al Paraíso. Pero me dijo que no, que no era el Paraíso sino una vida normal. Una vida sin guerra.

Desde entonces, por la noche, intento olvidar los ruidos de las ametralladoras y cierro los ojos. Veo entonces un mundo verde, muy verde con flores, donde llueve sin parar, me imagino junto a mis primos Hasán, Laila, Sami y Taib jugando a la pelota, mojados y felices. Me imagino leyendo decenas de libros y periódicos y bebiendo litros de leche con chocolate. Veo a mamá sonriendo y a papá mirándonos con unos ojos tranquilos y serenos. Pero mi sueño no dura mucho, porque nunca he logrado acostumbrarme al ruido de la explosión de una bomba cercana… Todo mi cuerpo se sobresalta y mi corazón late aceleradamente.

No sé cuándo cesará todo esto, a veces pienso en viajar o escapar, pero también papá me dice que un hombre nunca abandona su país, su patria, que hay que luchar y luchar hasta liberarlo. Entonces yo me quedo aquí, porque soy un hombre.

No sé por qué a la señora periodista le interesa todo lo que le digo. Pero, bueno, ahora tengo que irme, mi mamá debe de estar preocupada por mí. Adiós.
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La primera vez


Dijo la tía Jawla que a la semana siguiente me llevaría a probar una invención estupenda que nos venía desde el otro lado del mar y que llevaba el nombre de aparato fotográfico y que sacaba fotos.

- Pero, tía ¿qué es?

- Pues mira, muchacho, te pones tu traje más bonito, te peinas el pelo, te pones delante del fotógrafo, ves una luz que sale del aparato y ya está. El hombre te saca un papelito especial donde apareces tú, y que luego podemos poner en un marco y colgar en la pared. Fabuloso ¿no?

- Pero…

La tía Jawla ya había olvidado hasta mi existencia y hablaba de otros temas con mamá y el tío Esteban. Nunca he visto a mi tía callada, siempre habla con todo el mundo sin parar, pero yo nunca comprendo las cosas que dice. Porque son cosas de mayores.

Entonces me fui, un poco perdido, con aquellas tres palabras flotando en mi mente: aparato, fotografía y luz. Me atraían y me asustaban al mismo tiempo. Me imaginaba un aparato gigante y malo que robaba a los niños y los encarcelaba en un papel especial para siempre. Por eso, si la tía Jawla me llevaba a este tipo, el fotógrafo, estaba perdido.

Volví y le dije a la tía que no quería ir a probar el aparato de fotos.

- ¿Cómo que no, chiquitito? Eres mi sobrino preferido, te tomaremos una foto para llevármela al final de mis vacaciones. Me encantaría poder verte cuando me apetezca. Bueno, te llevaré el viernes después de tus clases.

Me abrazó torpemente, me desgreñó los cabellos, me dio un beso en la boca, y volvió a hablar sin detenerse ni un momento.

Una vez, cuando le pregunté por qué hablaba tanto -ya que yo no estaba acostumbrado porque mi mamá habla poco, mi padre siempre lee su periódico y mi tío Esteban siempre está regando sus plantas en el jardín- y ella me dijo que, como no vivía con nosotros, acumulaba todas las cosas que quería decirnos hasta que venía a vernos.

Era domingo, entonces faltaban cuatro días para el viernes. Cuatro días de libertad antes de quedar preso en un papel. Jugué mucho con mis amigos, hice las paces con mis enemigos del barrio, le pedí a mamá que me cocinara mi comida preferida y comí espaguetis cuatro días consecutivos… Y por fin me atreví a decirle a Maria Elena un «te quiero». Ella me dio una bofetada, pero, bueno, tenía que decírselo.

El jueves por la noche casi no dormí, cada vez que cerraba los ojos veía una luz deslumbrante y una máquina gigante que me tragaba.

El viernes me puse mi traje azulino y mis zapatos negros. Tía Jawla me pasó a recoger por la escuela y me llevó a casa de su amigo fotógrafo.

- Hola Raúl, te traigo a mi adorado sobrino… ¡Quiero que le hagas una foto magnífica!

Abrió su bolsillo, sacó un rizador, me peinó los cabellos y me pidió que hiciera mi mejor sonrisa.

El corazón me latía locamente. Me puse delante de Raúl, el fotógrafo, y de su aparato, que no era tan gigante como yo había imaginado, y dibujé en mi rostro una sonrisa pura. Iba a pasar por una experiencia inédita y peligrosa. Yo era un héroe.

Raúl me dijo que mirara hacia el aparato, una luz salió al cabo de un segundo, hice guiños con los ojos, oí un «clic» y tía Jawla me dijo que ya habíamos acabado.

Me quedé aliviado y frustrado al mismo tiempo. Fue demasiado rápido y no tuvo nada de extraordinario. Cuando les pregunté por la foto, me dijeron que no estaría lista antes de dos o tres días.

Salí de allí muy decepcionado.
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La llave azul


Parece una broma, pero existe una llave mágica. ¡Ojalá la tuviera! Me hubiera ofrecido la libertad cuando aún tenía sentido para mí.

Entre las paredes grises y sucias de la célula número 1008 del centro penitenciario de Mansilla de las Mulas, un hombre me contó la historia insólita de la llave azul.

Era un hombre de aspecto ordinario, sin edad. Desde que había llegado a la cárcel, no había comido ni bebido ni hablado con nadie. Tenía una mirada que no expresaba nada. Los detenidos más salvajes que estaban con nosotros intentaron provocarlo, se burlaron de él, pero nada, no reaccionaba ante nada. Y ellos acabaron olvidándolo.

Sin que me hubiera dirigido ni una sola mirada ni ninguna palabra, el hombre se había convertido en mi preferido y yo sentía que era mi cómplice contra la soledad, el vacío y aquellos hombres a quienes les faltaba humanidad. Quizás porque era diferente.

Un día o una noche -pues allí a veces no se sabe- en que me aburría hasta la desesperación, empecé a observarlo. Unas gotitas de sudor brillaban en su frente prominente mientras decía cosas ininteligibles. Me acerqué a él, le castañeteaban los dientes, sus ojos parecían dos hogueras. Tenía fiebre. Su cuerpo ardía como si acabara de salir del infierno y sus manos estaban heladas.

De repente, me tomó la mano, la apretó muy fuerte, y me dijo con una voz febril:

- Sé que voy a morir, siento cómo la muerte ya va infiltrándose entre mis huesos, en mi sangre y hasta en mi alma. Aunque antes quiero que lo sepas… No me importa quién seas… Yo te lo contaré para que me creas… Ellos… ellos dicen que soy un loco o un mentiroso, pero tú, escúchame, abre tu mente y tu corazón… ¡Lo inhabitual es distinto de lo imposible!

- Usted está enfermo, déjeme llamar al guardia, p…

- ¡Nada de eso! No me queda tiempo, ¡cállate y escúchame!

Y me lo contó con una precisión que me sorprendió. Contó que en abril de 1985 había ido a Marruecos con un grupo de turistas. En aquella época, tenía esa edad en la cual uno busca aventura, riesgo y sensaciones intensas. Después de haber visitado el norte del país, el grupo se dirigió hacía el sur, más exactamente hacía el Sahara.

Hacía entonces un calor insoportable. Pasaban el día andando, montando a camello y comían con las tribus que ofrecían hospitalidad a los turistas. Y por la noche dormían en tiendas, obsesionados por la amenaza de las serpientes y los escorpiones.

Nuestro amigo era de los más valerosos, o quizás de los más imprudentes. A veces, atraído por un insecto raro o una datilera gigante, se alejaba del grupo. Una vez, el insecto resultó no ser tan inofensivo como parecía serlo y le inyectó su veneno en la sangre. Él se desmayó.

Cuando volvió en sí, estaba en una gran carpa, tumbado en el suelo, sobre una alfombra roja tan cómoda que sentía como si estuviera flotando en el aire.

Una mujer mayor estaba preparando el té. Al verlo despierto, se acercó a él con una tierna sonrisa dibujada en los labios. Él no hablaba ni árabe ni francés y tampoco ella el español. Le dio de comer. Cuando él quiso irse, lo detuvo con la mano como si quisiera decirle algo y lo miró con unos ojos tan apasionados como sólo unos ojos jóvenes pueden llegar a hacerlo. Él quedó subyugado y esperó con interés.

Le tomó las dos manos y lo llevó otra vez hacia la alfombra. Luego, abrió una vieja caja de madera, sacó algo y volvió a su lado. Le tendió una llave rara. Era azul, grande y muy bonita. Pero se parecía a esos objetos antiguos que servían sólo para decorar. No parecía poder abrir ninguna puerta. Además ¡en el desierto no había puertas!

Leyó sorpresa e interrogación en su cara, sonrió, puso su mano izquierda sobre la suya y lo miró intensamente. Él sintió un hormigueo en todo su cuerpo, tuvo frío y después miedo. Quería desviar su mirada y huir, pero no lograba hacerlo porque sentía como si estuviera hipnotizado o paralizado. De repente, comprendió y desprendió su mano de la suya. Comprendió pero no creyó. Porque lo que le había enseñado era increíble. La llave era mágica, y no sólo podía abrir cualquier puerta, sino que, además, podía erigirle puertas que le condujeran al lugar que deseara. Se levantó y se fue, decidido a olvidarlo todo.

Al volver a casa, cuando se puso a ordenar su ropa, encontró la llave azul en uno de los bolsillos. Nunca supo cómo había llegado hasta allí. Pero la puso en un cajón y la olvidó.

Pasaron años y años. Un día, al mudarse a otra casa, encontró la vieja llave, y esta vez se dijo a sí mismo que no perdía nada en probar lo que le había transmitido la extraña mujer marroquí.

- Estaba en el dormitorio, la puerta daba a la estancia. Introduje la llave en la cerradura, cerré los ojos y pensé en la habitación de los niños, que estaba al otro lado de la casa. Luego giré. La puerta se abrió normalmente y ¡adivina qué…! Estaba en la habitación de los niños. Creí que soñaba, así que lo intenté de nuevo con otros lugares cada vez más lejanos: el jardín público, la librería, el supermercado, la playa… y siempre la puerta se abría al lugar en el que yo había pensado. ¡Y pensar que esta llave se pudría en el cajón desde hacía años! Más tarde, cuando intenté salir del país, al principio no funcionó. Pero luego comprendí que, si me era imposible imaginar con precisión el lugar, simplemente tenía que pensar en el nombre del lugar, en el de la ciudad donde se encontraba y en el del país: «Palacio Topkapi, Estanbul, Turquía»; «La pirámide de Keops, Giza, Egipto»; «Montmartre, París, Francia»; «Taj Mahal, Agra, India»… Y funcionó. Así recorrí el mundo y la llave azul cambió mi vida. Pasaron cinco años y viajar de aquel modo ya no me bastaba. Quería más. Y la idea de viajar en el tiempo me seducía cada vez más, aunque sentía que estaba prohibido. Nunca se me olvidó aquella sensación de frío y de miedo que tuve cuando la vieja mujer me tomó la mano. Y sabía que aquello significaba que, si no me conformaba con las reglas, podría desembocar en algún fracaso… En aquella época, la empresa donde trabajaba mi mujer cerró y ella se quedó en el paro, y lo que yo ganaba no era suficiente para una familia de cinco personas. Y empezaron los problemas porque ella no encontraba trabajo. La idea de viajar en el tiempo, al futuro sobre todo, me obsesionaba. Pensaba en todo lo que podría hacer: ir a la bolsa y saber si las acciones subirían o bajarían y, así, poder anticiparme y ganar millones; o bien, saber de antemano el número ganador de la Lotería y comprarlo; ver a mis nietos, que aún no existían… Las posibilidades y las oportunidades eran infinitas y muy seductoras. Al cabo de tres meses de incertidumbres, me decidí a intentar la experiencia. Pasara lo que pasara. Una noche…

- Señor, déjeme llamar al guardia, su estado es cada vez peor…

- ¿No quieres saber lo que pasó o, como ellos, no crees nada de lo que te estoy contando?

- Claro que sí señor, claro que sí…

- Un día en que mi mujer pasaba la noche con su madre, como solía hacer desde que teníamos problemas, introduje la llave azul en la puerta y cerré los ojos. Lo primero que se me ocurrió fue el nombre de la calle donde vivía antes de mudarme y una fecha concreta: «cuatro de abril de dos mil cinco». Lo cual significaba seis meses hacia adelante. La puerta tembló con mucha fuerza y se abrió. Una luz deslumbradora me obligó a protegerme los ojos con las manos, y la llave se me escapó.

El hombre, sin aliento, calló un instante y cerró los ojos. Yo no sabía qué pensar, estaba confundido: un hombre con fiebre debe de delirar, pero ¿qué tipo de delirio puede ser una historia con fechas y acontecimientos cronológicos? Pensé que dormía, pero de repente volvió a retomar su relato. Esta vez en voz baja y como agotado.

Había perdido la llave, pero estaba en la calle que quería. Era de noche. Caminaba sin saber adónde iba. En la esquina de una calle oyó a dos personas que se insultaban. Se acercó. No había luz, pero distinguió un hombre peleándose con una mujer. Quiso intervenir, pero de repente, tras emitir un grito ensordecedor, el hombre cayó al suelo y la mujer escapó. Nuestro amigo corrió hacia el hombre. Éste ya nadaba en un charco de sangre, con un cuchillo hundido en el corazón. No sabía qué hacer. Intentaba arrancárselo cuando un grupo de gente fue corriendo hacia allí para ver lo que había pasado. Lo tomaron por el asesino, y lo entregaron a la policía. Todos los indicios se volvían contra él; además, no tenía documentos y contaba una historia de locos que nadie creyó. Pero lo peor era que había descubierto que no había viajado al futuro sino al pasado, es decir, se había trasladado al «cuatro de abril de dos mil cuatro». La llave no podía atravesar el tiempo, por eso le había lanzado al pasado en lugar del futuro, y de ese modo se perdió entre el presente y el pasado. Se quedó prisionero en el pasado, sin identidad, porque nadie lo reconoció, y prisionero en la cárcel por un crimen que no había cometido.

Ese es el resultado de intentar lo prohibido… Pero ahora es demasiado tarde para pensarlo, para pretender nada… no sé qué… agua… no merece la pena… frío… maldita marroquí…

Empezó a delirar, llamé al guardia. El hombre se moría y necesitaba un médico. En el momento de llevárselo, se volvió hacía mí y logró decirme con gran dificultad:

- Para que no dudes más, acuérdate: «veintiséis de diciembre de dos mil cinco». Un tsunami horrible devastará Indonesia y muchos otros países hasta el sur de África, las costas somalíes y tanzanas. Adiós.

Ya nunca volvió.

Pasaron los días. Yo pensaba a menudo en la llave azul flotando entre dos dimensiones. Transcurrieron los meses y el recuerdo del hombre febril se fue haciendo lejano y se confundía con los sueños cada día un poco más. Al cabo de un periodo le olvidé.

En la cárcel teníamos derecho a media hora de informativos de la radio dos veces por semana. Una mañana en que escuchaba sin gran interés las noticias, oí que un horrible terremoto había despertado las olas del océano, las cuales se abatieron sobre Indonesia y continuaron su desenfrenada carrera hacía los países cercanos.

Le pregunté al guardia de seguridad:

- ¿Qué día es hoy?

- 26 de diciembre de 2005.

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