Las corrientes de este libro son profundas y se originaron en el “Curso de lectura y escritura” del






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Llantos infinitos

Al amanecer, cuando llegaron a medio camino, sus lágrimas todavía fluían. Ana Cotenda descubría por primera vez esa sensación liberadora que le procuraba llorar. Su madre le había contado que cuando nació no gritó ni lloró. El médico había mirado con inquietud aquel ser tan pequeño, su piel viscosa y sus ojos azules, tiernos y serenos pero sin una pizca de curiosidad, como si no fuera la primera vez que había nacido. No parecía tener ningún problema de salud. Entonces el médico le dijo con solemnidad:

- Su hija es muy especial, señora Márquez, cuídela.

Pero no la cuidó tanto…

Durante su infancia, cuando su madre le pegaba por algo, y eso ocurría a menudo, le gritaba «¡Que no te vea llorar! ¡Si tu padre te oye te mata! ¡Odia que los niños griten!». Y entonces ella reprimía con fuerza esa ola de llantos que le subía de los pies a la garganta, pero que no iba más allá. Temía que su padre la matara. No lo conocía mucho. Era un hombre en cuya presencia debía callarse y obedecer sin preguntar. Hablaba poco y no sabía casi nada de su hija. Para él, una niña era cosa de mujeres. Además, durante los fines de semana, Ana Cotenda no salía de su habitación porque su padre se volvía peligroso después de haber bebido un montón de botellas de vino. Entonces sí lo creía capaz de matarla si la oía llorar. Aunque al final, en cierto modo, la mató…

Ahora no sabía cómo pensar en todo aquello. Al recordarlo, sus labios se apartaban y le asomaban dos hoyuelos en las sonrosadas mejillas. No es que se le dibujara una sonrisa sino que le brotaba la sombra del despecho, de la rabia y de la rebelión que habían teñido su infancia y juventud y que el tiempo había extinguido, aunque le dejara la amargura del recuerdo.

Cuando se pararon por segunda vez para pagar en la autopista, el sol ya brillaba más que nunca y Ana Cotenda lloraba todavía.

- ¿Pero, qué te pasa Ana? Por Dios, para de llorar, sabes que eso no va a ocurrir nunca. ¡Te quiero, mujer! Con tantas lágrimas puedes regar Doncamón, ¡que ya lo necesitaría! -le dijo su marido bromeando para hacerla reír.

Pero lo que no sabía él era que ella se había olvidado de por qué lloraba y de que sólo se dejaba llevar por aquella sensación agradable de desahogo; tenía la impresión de que sus lágrimas limpiaban su interior, su cuerpo y también su alma, incluso los rincones más sucios y oscuros. Sentía como si llorara por todas las cosas por las que debía haber llorado pero por las que no había llorado.

Recordó que a los dieciséis o diecisiete años, cuando veía películas de amor con sus amigas, ellas siempre lloraban al final, o bien porque era un desenlace demasiado feliz o bien porque era demasiado triste. Ana Cotenda se conmovía, su corazón se comprimía, o se inflaba, o ambas cosas a la vez, hasta creer que le iba a explotar... Pero no vertía ni una lágrima.

Sus amigas la calificaban de «corazón frío», de «insensible» o de «corazón de piedra» y se burlaban de ella, por lo que acabó viendo las películas sola o con su perro Wally, que parecía oír los inestables y temblorosos latidos de su corazón conmovido. Cuando Wally murió, sintió que el perro se había llevado con él, al otro mundo, un trozo de su alma solitaria. A causa de su tristeza, incluso perdió la voz durante tres días, pero no vertió ni una sola lágrima. Así fue en todos los momentos difíciles de su vida, y eso me parecía increíble, perdía la voz, la vista o el tacto durante los días en los que su corazón sufría más…

No entendía por qué los recuerdos que se hallaban más escondidos en la oscura profundidad de su memoria resucitaban de golpe… Cerró los ojos un instante… Vio entonces a una niña flacucha muerta de miedo abrazando una almohada…

La niña tiene los cabellos negros largos y desordenados, lleva un pijama desgastado y con sus ojos lívidos mira fijamente la puerta cerrada de la habitación. Su corazón le late tan intensamente que hasta le duele. Alguien intenta abrir la puerta, empuja el picaporte con fuerza y luego hasta con violencia.

- ¡Abre, maldita, si no echaré la puerta abajo!

La niña está paralizada y no puede ni siquiera respirar. La puerta sucumbe, y es un hombre gigante y borracho el que entra.

- ¿Adónde pensabas escaparte, eh?

Ella no se mueve, aprieta la almohada con más fuerza y cierra los ojos. Quiere que todo pase muy rápido, quiere despertarse de esa pesadilla. Una mano húmeda y arrugada se desliza bajo su pijama. Ella piensa en otra cosa, su cerebrito da mil vueltas sin poder detenerse en nada… Finalmente, piensa en la escuela, en el ejercicio de matemáticas del viernes, si tres regalos cuestan 225 euros y el primero de ellos cuesta 25 euros más que el segundo y el tercero cuesta…. Pero no puede concentrarse… Un dolor insoportable le hiela el cuerpo y el alma… Veinte más cincuenta, setenta; ciento treinta y cuatro más ochenta, doscientos catorce; más setenta y ocho, doscientos noventa y dos; más… se acabó… Abre los ojos, pero no ve nada, todo está negro, oscuro… Ha perdido la vista…

Recuerdos horribles… Pero nunca nada de aquello le hizo llorar en el instante en que sucedía… Sin embargo, todavía no entendía qué le había pasado el día anterior. Ana Cotenda y Alfonso Viña estaban pasando las vacaciones con su suegra, Doña Obdulia. Pasaron una semana con ella. Una semana negra para Ana Cotenda. Era su suegra una mujer poderosa, autoritaria, estricta, antipática, que se comportaba con sus sirvientes como si fueran unos esclavos. Cada mañana se hacía besar la mano derecha por las tres criadas de la casa y el jardinero. Ellos la soportaban porque sabían que su dignidad era el precio que debían pagar por una comida y un techo… Y le besaban la mano derecha, el corazón ardiendo de odio, maldiciéndola mil veces. Por su parte, Doña Obdulia odiaba a Ana como habría odiado a cualquier mujer que su hijo hubiera elegido. La trataba mal y sin respeto alguno. Desde su llegada, Ana había hecho todo lo que su suegra había querido, se había encargado de la cocina con las criadas y hasta de la limpieza de la casa, sin quejarse nunca. Su marido la trataba casi con desprecio, salía con su madre a solas y ella se quedaba en casa. Pero, por la noche, cuando se iban a dormir, la abrazaba, la besaba y le pedía mil perdones.

- ¡Perdóname, mi amor! Se me rompe el corazón en mil pedazos cuando te trato así… Yo mismo no lo soporto… Y te echo de menos, te echo tanto de menos… ¡Ojalá estos días trascurrieran en tan solo un segundo!

- Tranquilo, cariño, no pasa nada… Esto pasa una vez al año y estamos de acuerdo en esta comedia desde el principio, yo la he aceptado. Sufrimos, pero evitamos problemas con tu madre. No soportaría vernos así abrazados y diciéndonos palabras tiernas, le daría un ataque -le respondía ella riéndose.

El último día, mientras Ana ordenaba con impaciencia la ropa en la maleta, oyó que su suegra le decía a su marido «Tienes que pensar en dejar a Ana, no te merece, y además es incapaz de darte un hijo. Llevo esperando desde hace años y mi paciencia tiene un límite. La hija de la señora Mildred es muy guapa y muy distinguida. Es de una familia numerosa, seguro que es fértil. Te doy no más de unos meses para arreglarlo con Ana», y le tendió su mano derecha para que la besase y se fue. En aquel instante, a Ana se le cayó la maleta, la ropa se le desparramó por el suelo y sintió que le subía nuevo con una fuerza irrefrenable aquella ola poderosa hecha de ira, de decepción, de rabia, de tristeza y de rebelión. Sabía que su marido la quería más que a todo, pero también sabía que no podía negarle nada a su madre. Y esta vez la ola no se detuvo en su garganta, sino que subió más allá y hubo una explosión de lágrimas. A pesar de todo, Ana logró esconder sus lágrimas y su rabia para respetar la tradición impuesta por su suegra: al despedirse, le besó la mano derecha. Pero, desde entonces, sus lágrimas no cesaron.

Llevaba horas llorando. Había acabado todos los pañuelos que había en el coche, sus mangas estaban mojadas y también toda su ropa. Ahora quería dejar de llorar pero no lo lograba. Y las lágrimas seguían fluyendo y mojándolo todo. Tenía enrojecidos los ojos y le dolían. Llegaron a casa y nada cambió. Ana se fue a la cama, pero sus lágrimas mojaron la almohada y luego las sábanas y el colchón. Ella ya no intentaba secar sus lágrimas, aquello ya no servía de nada. Sentía que su piel se iba secando, necesitaba beber agua. Pero bebía y bebía y no lograba estancar su sed. Su marido estaba preocupado y no sabía qué hacer. Quiso llevarla al médico porque lo que le pasaba no era normal, pero Ana le dijo que no se iba al médico por una cuestión de lágrimas. En aquel momento sonó el teléfono y Alfonso fue a cogerlo. Cuando volvió, su cara estaba blanca y sus ojos perdidos.

- Mi madre está muy enferma, quiere tenerme a su lado.

- Pero no tenía nada hace veinticuatro horas…

- No sé Ana… Dicen que es grave. Tengo que irme, ¿me acompañas?

- No, Alfonso, no en este estado, te voy a esperar. Ten cuidado y conduce despacio, por favor.

- No te preocupes… Cuídate, come algo y ¡por Dios, detén esas lágrimas!

Le dio un beso en la frente y se fue. Ya en el coche se sintió tan desgarrado como siempre por hallarse entre las dos mujeres de su vida, su madre y su esposa. Las quería muchísimo, a cada una a su manera. Pero su madre quería ser dueña del corazón de su único hijo. Así que él hacía lo que podía para esconder su amor por su mujer delante de su madre. Era incapaz de contradecirla o enfadarla, como cuando era niño. Yo siempre le decía que el amor y el temor se le confundían en la relación con su madre. Pero lo que le había pedido esta vez era demasiado difícil… ¡Dejar a Ana! La amaba y no podría vivir sin ella. Se preguntó si aquellas locas lágrimas ya habrían cesado… Cuando llegó a la casa materna, reinaba un ambiente lúgubre y un silencio de muertos. Las persianas estaban cerradas y todo estaba muy oscuro. Una sirvienta le dijo que Doña Obdulia estaba en su habitación.

- Señor Alfonso… La señora tuvo una especie de alergia, nos ha dicho el doctor… Se le puso rojísima la mano derecha y al principio se le infló, luego la inflamación se propagó por el resto del cuerpo… Bueno, señor, sólo quería prepararle… No está nada bien…

- Vale, Celena, gracias.

Al abrir la puerta, Alfonso descubrió una criatura que no se parecía en nada a la mujer alta y delgada que era su madre. Esta tenía todo el cuerpo rojo y lleno de horribles pústulas. Incluso el rostro. Sus ojos se habían vuelto tan pequeños y estaban tan hundidos que apenas se veían.

- ¿Qué te ha pasado, mamá? - le dijo, acercándose a ella asombrado y asustado.

- No sé, Alfonso… No sé… -y empezó a llorar.

- Cálmate, mamá... Todo irá bien, voy a hablar con el médico.
Cuando llamó al médico, éste le dijo que era la primera vez que veía aquella variedad de alergia que venía Dios sabía de dónde y que le había invadido el cuerpo entero a tanta velocidad.

- La verdad es que los medicamentos que le he dado no le han dado resultado, y temo que mi modesta experiencia no sirva de nada para su madre… Lo siento, de verdad…

En el pueblo no había muchos médicos, y Alfonso pensó en llevársela a la ciudad, pero su estado no se lo permitía… A su madre le dolía tanto el cuerpo que no podía ni moverse. Volvió a su lado y observó que tenía dificultades para respirar y que seguía hinchándose. A las cuatro de la madrugada, el grito desgarrador de Alfonso anunció a todo el mundo la muerte de la dueña de la casa.

Los funerales tuvieron lugar al día siguiente. Toda la gente del pueblo acudió, pero más por consideración a Alfonso que por otra cosa. Él se fue al anochecer, con el corazón destrozado, pensando en Ana. El camino le pareció interminable. La carretera estaba bloqueada, no pudo pasar por la autopista y acabó tardando más de dos días en llegar a Doncamón. Cuando por fin subió al apartamento, no encontró a Ana. No había nadie. Fue entonces a ver a la vecina francesa del bloque, la Señora Bonmatín. Ésta, al abrirle la puerta, pareció muy sorprendida.

- Pero ¿dónde diablos se había metido usted? Intentamos contactar con usted, pero nadie sabía dónde estaba…

- Pero Ana lo sabía… ¿Dónde está ella?

Entonces lo supo. Ana Cotenda había muerto deshidratada a las cuatro de la madrugada de hacía tres días. Fue la señora Bonmatín quien la descubrió. Cuando subía a su piso, vio que corría un hilo de agua por las escaleras. Pensó que había una inundación o un escape en la casa de Ana. Fue para avisarla o ayudarla pero, cuando pulsó el timbre varias veces, nadie le respondió. Llamó al portero y este forzó la puerta. Descubrieron a una Ana Cotenda mil años envejecida, con la piel muy arrugada, pegada a los huesos; los ojos habían perdido su color azul y todo a su alrededor estaba mojado. Ellos no comprendieron lo que le había pasado. Pero Alfonso Viña sí… Las lágrimas no habían cesado, y ella había perdido toda el agua de su cuerpo…

Cuando salió a la calle, porque ya no pudo volver al apartamento, ni siquiera se dio cuenta de que había una dulce llovizna y de que niños y grandes saltaban de alegría, porque era la primera lluvia de los últimos quince años.

Lo que nadie sabía aún era que allí la llovizna no cesaría nunca más.

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Melodía de Tiempos
Había una vez, en un tiempo muy lejano, cuando las madres todavía daban el pecho a sus niños, cuando los coches circulaban sólo sobre la tierra, y cuando las abuelas contaban cuentos e historias a sus nietos… había una joven tan bella que sólo podía ser descrita por palabras que hubieran tocado las alas de un hada. Se llamaba Melodía de Tiempos y tenía dieciséis años. Su padre había muerto hacía un año como consecuencia de un cáncer de pulmones, ya que fumaba demasiado, como muchos en aquellos tiempos. Su madre, todavía joven y guapa, pero sin ingresos suficientes y seguros, había aceptado casarse con el alcalde de la ciudad, el señor Caries de Dientes.

Ella no había aceptado que otro hombre tomara el sitio de su querido padre, pero no le había dicho nada a su madre para no entristecerla. Sabía que esto tampoco era fácil para ella y, además, Caries de Dientes se mostraba simpático con ella. A veces demasiado simpático. Un día le regaló un vestido muy bonito, cortito y ajustado. Y cuando ella se lo puso, la contempló con una mirada tan viciosa que le dio miedo. Pero se dijo a sí misma que se lo había imaginado.

Sin embargo, esa noche mientras dormía, sintió de repente una mano sobre su pierna. ¡Qué sobresalto! Era su padrastro. Intentó besarla, pero ella le amenazó con gritar y, finalmente, él se fue. Caries de Dientes lo repitió todavía otras dos veces. Y le avisó de que, si se lo decía a su madre, él sería muy malo con ésta, le crearía problemas y otras muchas cosas horribles.

Un día en que ya no pudo mas, cogió el poco dinero que tenía y se fue de casa tras dejarle una nota a su madre en la que le decía que iba a pasar una temporada con su tía Estrella del Sur.

Su tía vivía en las afueras de otra ciudad. El viaje duró tres días. Fue en tren. Cuando llegó, estaba muerta de cansancio y de hambre. Su tía primero ni la reconoció porque no la había visto desde hacía diez años o más. Se alegró y la hizo entrar. Pero luego, cuando comprendió que su sobrina quería quedarse con ella, cambió de actitud, le habló de problemas de espacio en la casa, de problemas financieros y de cosas así. A la mañana siguiente le dio unos euros y le aconsejó que volviera a su casa.

Melodía de Tiempos le dio un beso, una sonrisa y se fue sin decirle nada. No era tonta, había comprendido la verdadera causa por la que su tía la había rechazado. Su sobrina era tan guapa que temía que su marido, todavía joven, se enamorara de ella. Pero, a pesar de todo, no iba a regresar a casa.

Decidió explorar la ciudad. Caminó todo el día. Una o dos horas antes de la puesta del sol subió a un autobús. Observó a la gente: una madre con sus niños que no dejaban de pelearse, un hombre leyendo el periódico, unos jóvenes en el fondo cantando y tocando la guitarra… Todo el mundo tenía una casa, un techo, una cama y una familia que le estaba esperando. De repente, vio a un hombre sentado delante de ella. Era feo y viejo, calvo y tenía la barba blanca. No le quedaban dientes y su nariz era demasiado grande, pero su mirada verde era fascinante. Llevaba ropa usada, parecía pobre. No llegó a comprender lo que le pasó en aquel instante, pero lo cierto era que Melodía de Tiempos deseó acariciar su cráneo. Quiso abrazarlo, darle de comer, darle cariño, cuidarlo… Una ola de ternura inexplicable la invadió. ¿Y por qué no podía hacerlo? ¿La gente pensaría que estaba loca? ¿Y qué le importaba? No conocía a nadie allí.

Acarició el cráneo del hombre viejo, y entonces él se volvió hacia ella, sonriendo, con la cara alumbrada por un sol de arrugas alrededor de los ojos. Ya algo los unía.

- Hija mía, te llevaré a un lugar seguro, ¡sígueme!

- Es que yo… no…

- No importa, confía en mí, Melodía.

Bajaron en la estación siguiente. Y caminaron un rato, sin hablar. Cuando se detuvieron, estaban delante del «Hostal de las siete enanas». Entraron.

- ¡Hola, amigo! ¡Pero qué belleza nos has traído!

- Es Melodía de Tiempos, os la confío. ¡Presentaos, chicas!

- Yo soy Página y Pluma ¡Bienvenida, Melodía! ¡Voy a enseñarte el arte de leer y escribir!

- Yo soy Buena Comida, ¡Bienvenida seas a nuestra casa! ¡Yo voy a enseñarte el arte de cocinar!

- Yo soy Bondad Extrema, ¡Encantada de conocerte, hija! ¡Eres buena, sé que seremos amigas!

- Yo soy Soñadora ¡Bienvenida Mely! ¡Te lo enseñare todo sobre los sueños!

- Yo soy Gruñona, ¡Hola! Dicen que me quejo mucho pero, si me conoces, me querrás.

- Yo soy Solfa, ¡Encantada! ¡Yo voy a enseñarte música!

- Y yo soy Tímida, ¡Bienvenida Mely!

La mayor, Página y Pluma, era delgada, tenía el pelo corto y los ojos marrones. Llevaba unas gafas finas, una falda larga y un jersey amarillo de lana.

Buena Comida era gordita, llevaba los cabellos recogidos en un moño y tenía los ojos grises. Lucía un delantal blanco alrededor de su talle y se ponía constantemente las manos sobre las caderas.

Bondad Extrema se parecía mucho a Buena Comida, pero sus ojos eran más grandes y azules que los de ésta.

Soñadora era la más bajita, tenía el pelo corto y los ojos negros. Adoraba cocinar y se ponía roja cuando le decían que tenía manos de hada.

Gruñona era bonita. Tenía el pelo negro y largo, y los ojos verdes. Llevaba un traje oscuro. Se quejaba por cualquier motivo, pero lo olvidaba todo al cabo de un minuto. Lo que más le gustaba hacer era cuidar del jardín. Era experta en el mundo de la flora.

Solfa era muy alegre, no borraba la sonrisa de sus labios y le bastaba escuchar música o tocar un instrumento para que todo estuviera bien en el mundo.

Tímida era la más joven de ellas. Llevaba siempre ropa de color rosa, que era el color de sus mejillas. Tenía los ojos negros, era muy linda y hablaba con una voz apenas audible.

Antes de que el viejo se fuera, Melodía de Tiempos le agradeció su ayuda y le pidió que la visitara de vez en cuando. Él se lo prometió y ella, justo antes de que se fuera le preguntó:

- ¿Cómo te llamas, amigo?

- Arrepentido, me llamo Arrepentido.

Le dieron a Mely una habitación pequeña pero muy bonita. Ella pasaba todo su tiempo con las enanas. Cada una le enseñaba lo que mejor sabía hacer. Y de este modo pasaron tres años.

Arrepentido iba al «Hostal de las siete enanas» casi dos veces por semana. Le gustaba estar con Mely, la adoraba. Ella también lo quería mucho e incluso pensaba en él cuando no estaba. Pero no lo veía como un viejo amigo, sino que sentía por él algo más que no se podía explicar.

Cuando se presentaba allí, era ella misma quien se encargaba de la comida. Después de la cena, Solfa tocaba el piano y Mely bailaba con Arrepentido, mientras ambos se miraban a los ojos como dos enamorados.

Él fue viendo cómo ella se transformaba de niña en mujer. En los últimos días, había embellecido más… Y él no dejaba de pensar en ella, pero no podía decirle nada. Estaba condenado a callar para siempre.

Para ganar dinero y ayudar a las enanas, Mely daba cursos de lengua, de literatura y de matemáticas a los niños del barrio que tenían problemas en el colegio. Era tan buena en ello que en el colegio le pidieron que diera las clases allí. Y fue así que Melodía de Tiempos se hizo maestra.

Un día, dieron la noticia en el pueblo de que al cabo de veinte días habría un concurso. El de la «Mujer más Eficiente» porque un joven guapo y rico quería elegir esposa. La chica que ganara más de cinco premios sería la esposa del bello Falta de Suerte. Hasta ahora, en los pueblos cercanos, ninguna mujer había ganado más de cuatro premios a la vez.

Las siete enanas saltaron de alegría.

- Ganarás el premio a la «Mejor cocinera» -gritó Buena Comida.

- Y el premio a la «Mejor escritora» -voceó Página y Pluma.

- Y el premio a la «Mejor pianista» -cantó Solfa.

- Y el premio a la «Mejor intérprete de sueños» -dijo Soñadora.

- Y el premio a la «Mejor jardinera» -refunfuñó Gruñona.

- Y también a la «Mejor bailarina» -balbuceó Tímida.

Y empezaron entonces los preparativos, los consejos, las nuevas recetas, las nuevas melodías, los nuevos pasos de baile, las nuevas especies de rosas y flores, los nuevos libros de psicología… Al atardecer, Melodía de Tiempos se moría de cansancio y se quedaba dormida como una niña.

Un día, Arrepentido vino y quiso hablar con Mely.

- Por favor, Mel, no participes en ese concurso… ¡Por favor!

- Pero ¿por qué? ¡Estoy casi lista y sé que puedo ganar!

- Te lo ruego, Melodía de Tiempos… no lo hagas…

Vio tanta tristeza en sus fascinantes ojos que lo tomó de las manos y le dijo:

- No sé por qué me pides esto, pero sé que no me vas a decir la razón. Sabes que haré cualquier cosa por ti, pero las enanas han hecho tanto por mí para que participe en ese concurso… ¡No les puedo decepcionar! ¿Me comprendes?

- Si Mely… sí… Ven aquí.

Le dio un fuerte abrazo y se fue.

El día del concurso, todo el pueblo se había despertado muy pronto. A las diez de la mañana, empezaron las actividades. Había muchas chicas, pero Mely estaba tranquila. Pensaba en Arrepentido. Sin gran dificultad, hacía todo lo que le pedían y en un tiempo record. Y finalmente se convirtió en la ganadora. Las enanas se sentían ebrias de felicidad; ella, sin embargo, buscaba a Arrepentido entre la gente sin llegar a encontrarlo.

Ganar significaba casarse con Falta de Suerte, al cual todavía no había visto. Algo le molestaba. Se organizó un gran baile para aquella noche. Las enanas habían confeccionado un vestido negro magnífico para Mely. Cuando se lo puso, fue como si se hubiera convertido en una princesa, con su pelo bien arreglado, los pendientes brillantes y el collar color esmeralda… A Bondad Extrema se le saltaron las lágrimas en cuanto la vio.

Cuando llegó a la sala de baile, todas las miradas se volvieron hacia ella y los «oh» de admiración se escucharon por todas partes. Ella buscaba a Arrepentido. Esta vez lo encontró. Parecía otro con su traje elegante. Y sus ojos verdes brillaban más que nunca. Se acercó a el y le susurró «el primer baile es para ti».

Y bailaron. Él era ágil y sus pasos perfectos.

- ¿Estás contenta de casarte con él?

- No sé, es que no lo conozco, ni siquiera lo he visto

- Es joven y guapo… Pero yo no quiero que te cases.

- Si tienes algo que decir, dilo ahora, Arrepentido.

- No puedo decir nada más…

El primer baile terminó y llamaron a la ganadora para bailar con su futuro marido. Y Melodía fue. Bailó con Falta de Suerte pensando en lo que le había dicho Arrepentido. Cuando su caballero intentó besarla, se alejó corriendo hacia la salida. Empezó a llorar sin saber por qué. Se sentía triste. Una mano sobre su cabello hizo que se sobresaltara. Era Arrepentido. Sin decir ni una palabra, se echó entre sus brazos.

- Te quiero -le dijo Mely-. Y le dio un beso lleno de amor.

Arrepentido se quedó tan sorprendido que no supo reaccionar. De repente, sintió un fuerte dolor en todo su cuerpo y cayó al suelo. El cielo se nubló y se puso a llover.

El cuerpo de Arrepentido se elevó el aire, su pelo se volvió negro y le desaparecieron las canas, su tez morena se quedó sin arrugas ni barba, sus manos se volvieron juveniles… En definitiva, acababa de convertirse en un hombre apuesto como el día. La gente se había agrupado a su alrededor y lo miraba sin poder dar crédito a lo que veían. Melodía de Tiempos se acercó al cuerpo inerte.

- Arrepentido… ¿Eres tú? ¡Respóndeme, por favor!

Lo besó en los labios, las mejillas, la frente… Y él, por fin, abrió los ojos y le sonrió.

Bondad Extrema se acercó hasta ella y le contó la historia de Arrepentido: en realidad se llamaba Sol Radiante. A los dieciocho años ya era todo un Don Juan; les decía a las chicas de su pueblo que le gustaban y que iba a casarse con ellas y después las abandonaba. Un día, el padre de una chica le echó una maldición: se volvería de aspecto viejo y feo hasta el día en que una mujer lo quisiera por lo que era y no por lo que parecía.

Pasaron siete años sin que ni una sola mujer se fijara en él. Él se desesperó, pero al final acabó por acostumbrarse a su nuevo aspecto. Hasta el día en que encontró a esa chica tan especial. Se enamoró de ella de verdad. Y ahora la tenía entre sus brazos.

Bailaron toda la noche, se casaron y tuvieron muchos hijos e hijas.

Y así es cómo, colorín, colorado, nuestro cuento se ha terminado.
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