Las corrientes de este libro son profundas y se originaron en el “Curso de lectura y escritura” del






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Rkia OKMENNI





Autobiografía

Mi encuentro con la lengua española fue fortuito y tuvo lugar en un instituto internado a unos cuatrocientos kilómetros de mi pueblo. Y desde hace treinta y siete años este idioma sigue amparándome.

Como cualquier ser humano, viví a lo largo de mi existencia hechos dramáticos, como también tuve momentos de felicidad, pero siempre encontré en la lectura y la escritura un medio de expresión que me ayudó a ver con suficiente distancia y relatividad los acontecimientos de la vida. Gracias a ello, intento vivir cada día en armonía conmigo misma y con los demás, a la vez que mantengo una actitud filosófica hacía la tontería humana. No sé cuál es el valor literario de mis poemas, pero estoy segura de que voy a seguir escribiéndolos.

Me llamo Rkia, es también el nombre de mi abuela paterna. Nací en un oasis y descubrí la ciudad a los quince, pero dentro de mí, las huellas del desierto, de la arena y del palmeral del sur, permanecen y permanecerán para siempre indisociables de mi personalidad, como el fondo de un retrato.

ÀÀ À
Ida sin regreso
Más tarde o más temprano, yo también iré al Paraíso.

Porque echo de menos a mi hermano. Jugábamos juntos, a juegos de chicos, y lo pasábamos muy bien. No me aburría con él. Aunque tenía dos años menos que yo, nunca sentí la diferencia de edad. Said era tan listo y tan imaginativo, que yo, con mis ocho años, parecía tonto.

Un día, no pudo despertarse, ni ir a clase conmigo como solíamos hacer cada mañana. Mi padre telefoneó para comunicar su ausencia en el trabajo; en cuanto a mi madre, lloraba en silencio. Yo me fui con la vecina y sus dos hijos a la escuela.

En el camino, anduve de memoria sin ver por dónde iba. Quería regresar a casa corriendo, pero mis pasos me seguían llevando hacia adelante. Al menos sabía que, como de costumbre, las clases iban a transcurrir sin sorpresas, con cosas de clase: gramática, lectura, historia y luego matemáticas, nada más. Llegamos y, como todos los días, las lecciones empezaron. Yo no podía ni escuchar a la maestra ni seguir las explicaciones. Mi corazón se hinchaba dentro de mi pecho y sentía una opresión que no me dejaba respirar.

Luego, otra vecina me llevó a su casa mientras me explicaba que mis padres estaban todavía en el hospital con Said.

Dormí en casa de la amiga de mi madre dos noches más. Al día siguiente, mi padre vino a decirme que mi hermano se había ido al Paraíso. Le pregunté para saber más detalles, pero él no me respondía y miraba en mi dirección como si yo no estuviese allí. Cuando llegamos a casa, observé que la puerta de la entrada estaba de par en par abierta y que había una hilera de sillas a ambos lados. Había mujeres que entraban mientras otras salían. Todas me abrazaron llorando. En cuanto a mi madre, que no lloraba ni hablaba, me abrazó muchas veces pero no me dijo nada.

Durante los días siguientes, no deje de pensar en Said ni en todo aquello que le encantaba. Me bastaba cerrar los ojos para verlo con sus ojos brillantes frente a una rana, un gusano o un pajarito en el jardín. Gritaba mi nombre desde abajo y no paraba hasta que yo iba a compartir con él su nuevo descubrimiento. Todos en casa estaban muy atentos conmigo y no podía permanecer solo sin que uno de mis padres no viniera a controlar si estaba estudiando o si, por el contrario, estaba rebuscando entre los tesoros de mi hermano. Luego, me instalaron la cama en otra habitación, con una tía materna que estaba viuda y que vivía con nosotros. Mi padre me explicó que aquello era mejor para mí. Mi madre quería conservar la habitación que compartíamos juntos tal y como la había dejado mi hermano: su ropa, sus libros, sus zapatos, incluso su cama… Entonces, cada noche, cuando todos estaban dormidos, iba a escondidas hasta allí y esperaba su regreso. Le imaginaba a mi lado y hablaba con él. Una mañana, mis padres me encontraron dormido en la cama de Said. Luego, cerraron la puerta y no obtuve permiso para volver allí.

No me acuerdo exactamente cuándo tuve la idea de ir al paraíso. Sé que pensé que si lograba un día no despertarme, seguro que me llevarían al hospital y luego iría al paraíso, como mi hermano. Entonces empecé -cada noche, en mi cama y bajo las mantas- a cerrar mis ojos, y sobre todo a bloquear mi respiración pensando con fuerza en el próximo encuentro con mi hermano, pero cada vez me acababa doliendo la cabeza, me faltaba aire y no podía seguir haciéndolo.

Ahora, estoy en el hospital. Mis padres con los ojos llenos de lágrimas están cerca de la cama. Mi padre tiene mi mano en la suya y mi madre acaricia mi pelo con cariño. Mi tía llora con ruido repitiendo mi nombre y el médico me aclara que he estado dormido durante tres días.

Seguro que he visitado a Said, pero no pienso intentarlo otra vez.

ÀÀ À
Reencuentro
Salí de la casa. Me detuve como de costumbre para alcanzar con la mirada, tan lejos como era capaz de ver, cierto color rubio o, mejor dicho, casi un color de zanahoria.

Mis dos hermanas, que me acompañaban aquel día, me dijeron que me diera prisa para que pudiéramos salir de compras, tal como habíamos previsto un momento antes.

Estaba cruzando la calle cuando, de repente y a medio camino de la acera de enfrente, había visto lo que tanto había buscado.

-¡Minino! -grité.

Minino era el gato de mis hijos, pero ahora es mi gato. Hace tiempo -ocho meses o un poquito más- que lo encontraron medio muerto en la calle, estaba deshidratado y las hormigas ya le subían por el cuerpo. Lo alimentaron con pan mojado y leche. Sobrevivió. Pero, desde entonces, se quedó casi ciego y ya sólo contaba con el oído y el olfato. Si salía, yo temía por él y por el peligro que suponían los coches.

Al cabo de unos días, yo ya me había acostumbrado a su presencia en la casa. Como todos los gatos, era jugador y cariñoso, y solía esperarme detrás de la puerta. Yo lo llevaba hacia arriba hablándole y acariciándolo, para luego continuar con el ritual de su comida. Mientras él se alimentaba, yo iba y venía in iniciando mi monólogo. Un día, no lo encontré ni detrás de la puerta ni en ningún otro lugar en la casa.

-¡Mininoooooo! -repetí otra vez, pero con musicalidad en la voz.

Mi gato, al que yo andaba buscando por el barrio desde hacía seis días, se detuvo y movió las orejas para localizarme. Luego, se dio media vuelta y se dirigió hacia mí, corriendo a tanta velocidad como si fuese un perro.

Al alcanzarme, se frotó contra mis piernas. Hablé con él mientras le acariciaba su lomo. Luego, abrí la puerta, le di de comer y de beber y regresé para salir con mis hermanas que me esperaban riéndose de mi comportamiento. Me reía con ellas, pero de alegría, pensando: ¡Hoy es realmente un buen día!
ÀÀ À
Plato de conejo
Omar era un joven de veinte y siete años, licenciado pero en paro desde hacía tres años. Era amable, culto y cariñoso. Por eso vivía con su madre, que se había quedado sola en la gran casa familiar después del casamiento de sus seis otros hijos e hijas.

El hijo y la madre tenían sus costumbres. Casi todos los días, Omar solía sentarse con su taza de café en la gran mesa de madera de la inmensa cocina tradicional a charlar con su madre, mientras ella iba y venía preparando el almuerzo. De vez en cuando, era él mismo quien cocinaba bajo el ojo crítico de su madre que le ayudaba dándole algunos consejos.

Un día caluroso de verano, su madre murió. Se quedó muy triste y no aguantaba estar solo en aquella casa. Era soltero, no tenía responsabilidades ni ataduras. Decidió, entonces, irse a una gran ciudad costera. Allí, en breve tras su llegada, empezó a trabajar en un restaurante del puerto.

Omar era un hombre agradable, la sonrisa no se le borraba del rostro, además estaba siempre de buen humor y conocía a muchos de los clientes por sus nombres. Desde la madrugada, se ocupaba de todo: las compras, la cocina, la higiene del lugar y sobre todo de la organización. Al poco tiempo, después de su llegada, diez meses exactamente, el propietario, un pescador retirado después de un grave accidente en el mar, confió en él y decidió dejarle gestionar el restaurante. Sólo iba de visita una vez cada mes.

El joven pensó que tenía que cambiar el menú o al menos añadir algo especial para aumentar los ingresos y sobre todo atraer a más clientes. Tuvo, para empezar, la idea de cocinar platos originales para diferenciarse de los otros restaurantes del gran puerto. Se preparó y, poco tiempo después, cambió el contenido de la pizarra negra y escribió: aves, conejo, pescado, marisco.

Desde aquel día, el restaurante permanecía lleno, tanto de día como de noche, y a penas podía descansar. Pero, un día, tuvo un problema por la escasez de conejos. Entonces, uno de sus camareros le informó de que su tío tenía una finca no muy lejos de la ciudad con conejos y otros animales de granja. Así, el problema quedó resuelto y el congelador desde entonces estuvo siempre lleno de conejos.

Un día, un sin techo, casi siempre borracho, se detuvo delante del restaurante en donde todas las mesas estaban ocupadas por los clientes. Se llamaba Rashid y todos en el puerto lo conocían sin que nadie pudiera llegar a decir desde cuándo vivía allí. Omar lo vio y le dio de comer, en primer lugar porque solía hacerlo con muchos necesitados; y en segundo lugar, para evitar el espectáculo del borracho a sus clientes. Cuando aquel acabó, ya a punto de irse, se detuvo y le dijo con una voz fuerte y casi metálica, alterada por el uso del alcohol: “Omar, eres mejor cocinero que yo. Yo nunca he logrado preparar ninguna receta de carne de gato como tú”.

A pesar de la música y del mucho ruido, algunos clientes pararon de comer… Omar no dejó ni por un instante que la sorpresa se asomara a su rostro, pero de repente se explicó la desaparición de la mayoría de los gatos del puerto. Decidió borrar la palabra “conejo” de su pizarra lo más pronto posible e investigar el asunto.




Abdellah EL HASSOUNI





Autobiografía
Me gusta jugar, me gusta mucho. Pero, es verdad que no es un vicio nuevo. Juego desde que era un feto escondido en la matriz materna. Ya en mi más tierna edad contaba con toda una panoplia para jugar. Pero durante la adolescencia los juegos fueron volviéndose un poco más delicados. En mi juventud, todo lo que ponía en juego tenía que ver con los desafíos, el futuro, las aspiraciones, las probabilidades, las matemáticas, el pragmatismo y el relativismo; en resumen, con la vida. A la edad de la sensatez, hubo que poner más atención, dado que el sujeto contaba ya con tres hijas angelicales.

Ahora sigo jugando, pero con letras, con las palabras. Un juego del espíritu, del cerebro, de la reflexión y del ingenio. Sumergirse en el papel del héroe de una novela o trasladarse al mundo privado del otro siguiendo sus pasos, respirando el perfume de las flores de su jardín íntimo y saboreando cada adjetivo, cada palabra, cada coma hasta el punto, el punto final de su historia.

El viaje literario no es una prueba sin riesgos. Cuando se sale victorioso, surge el corazón ardiente del juego; pero si se revela la derrota, se trata de prueba difícilmente superable.

Por tanto, no diré nada más e imitaré al gran poeta árabe que era incapaz de declarar su amor y pronunciaré sus versos:

Temo decirle a aquella a quien amo que la amo…

Porque siempre pierde cualidades el vino de la jarra

cuando se derrama”.


La vaca y el perro
Era un día maravilloso el día en que la vaca encontró al perro. Ya habían hablado mucho de tantas cosas y cosas cuando, de repente, la vaca empezó a jactarse de poder volar:

- Si tienes alguna duda, mírame. Le dijo la vaca al perro, que no parecía creerle.

Y así fue -sin duda fue voluntad de Dios-. Nuestra mágica vaca se elevaba hacia el cielo… Pero, como era bastante gorda, no pudo quedarse mucho tiempo en el aire y, de pronto, volvió a la tierra. Plaf.

Desgraciadamente, al caerse, se le rompieron tantos dientes que las ganas de volar se le quitaron para siempre. Por lo que desde aquel día la mandíbula superior de la vaca presumida quedó desprovista de dientes.

El perro, que lo vio todo, se echó a reír a carcajadas para burlarse de la pobrecita vaca. Reía, reía y reía… Rió hasta que se le agrietó la mandíbula. Pero, aún así, él siguió riéndose mucho, tanto que se le abrió completamente la mandíbula hasta las orejas. Por eso, desde ese día, el perro tiene la boca más grande del mundo, agrietada de oreja a oreja.

(Adaptación de un cuento tradicional hindú)
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Un hombre, una imagen


Durante nuestra vida, hay hechos, acontecimientos o encuentros que se graban en la memoria para siempre y que de vez en cuanto reaparecen o salen a flote sin que nosotros sepamos por qué. Para mí, la historia de Aziz, la cual me apetece contaros, es un buen ejemplo.

Hace más de treinta años, vivía en un barrio tradicional de una ciudad antigua cuyas raíces estaban bien escondidas en el pasado. Esta ciudad tenía sus piernas acariciadas por las olas de la costa atlántica y su cabello se mojaba en la desembocadura del río Bu Regreg. Su historia y su gente hacían de ella un hogar tranquilo, modesto pero caluroso. En esta ciudad la vida era sobre todo casera. La gente estaba habitualmente en su casa o iba a visitar y tomar unos vasos de té con amigos o familiares para escuchar la música andalusí, una música típica de algunas ciudades antiguas. Les gustaba mucho el cotilleo pero poco el trabajo.

El barrio, el mío, había sido construido alrededor de una mezquita, la más grande de la ciudad. Por eso, los habitantes educados y en general muy amables eran bastante creyentes y reservados. Además, todas las familias que poblaban nuestro barrio se conocían y tenían relaciones amistosas.

En el fondo de una callejuela estrecha, umbría y bien fresca del barrio llamado Driba, estaba situada mi casa, al lado de aquella de Mulay Sharif, un vecino amigo de mi padre. Mulay Sharif –o Padre Sharif- era un saharaui puro nativo de Tafilalet y, de ahí, las dos palabras de su nombre Mulay y Sharif. Mulay significa “señor” y Sharif, un “descendiente del profeta Mohammed o de su sobrino Ali”. Sharif trabajaba como jardinero en el foro romano de la Shellah, que domina desde Rabat la desembocadura del Bu Regreg. Era delgado, alto y muy moreno, pues tenía el color de piel de los hombres del sur. Poseía también una manera muy especial de sentarse: las plantas de los pies contra el suelo y las piernas plegadas sin que las nalgas tocaran la tierra. A menudo, se quedaba así, sin una palabra y buscando con su mirada el horizonte. Cuando caminaba, sus andares llamaban la atención: su tronco tieso se elevaba como una vela y sus dos brazos se balanceaban como dos péndulos.

Este hombre, cuya cara reflejaba todas las horas pasadas bajo del sol y el viento, me había fascinado siempre por su dignidad y generosidad, arrogancia y simplicidad, severidad y amabilidad. Con el brillo de sus ojos marrones y su sonrisa sincera te transmitía el sentimiento de que eras un antiguo conocido. Tenía el tic de arreglarse frecuentemente su raza -el turbante- que te dejaba ver su frente ancha, sinónimo de inteligencia. Por otro lado, no actuaba de forma racional sino de manera intuitiva, instintiva, espontánea, improvisada y con mucha naturalidad. Se manifestaba tal y como era, evitando complicarse la vida.

Cada año, por la misma época, Sharif viajaba al sur, a su pueblo, a su parcela de tierra, para ver sus palmeras y coger sus ablouh –dátiles-. Eran un tipo de dátiles especiales, un poco secos, un poco duros, pero muy azucarados. A mí me apasionaban y esperaba cada año que él regresara de su viaje para que mi boca disfrutara de aquellas delicias.

En mil novecientos cincuenta y nueve, cuando yo tenía siete años, Sharif trajo de su peregrinaje anual por el sur un carnero pequeño de la especie fertas. Los carneros de esta especie son corpulentos y tienen un cuello corto y los cuernos aplastados contra la cabeza. A aquél le dimos el nombre de Aziz, que significa “querido” y en pocos días llegó a ser nuestro juguete favorito. Corría detrás de éste o de aquél o comía entre las manos de un tercero. Sustituía todos nuestros juegos habituales, como el de las canicas o el de las peonzas. Por eso formaba parte de la pandilla de críos de nuestra Driba.

Sharif tenía la costumbre de darle a Aziz una ración de dátiles, por lo que aquél crecía cada día más. Al cabo de pocos meses, ya era capaz de dar cabezazos de vez en cuando y Sharif decidió encerrarlo por razones de seguridad. Para ello fue acondicionado un espacio al aire libre en la terraza de la casa de Sharif. Nosotros no entendíamos su decisión y nos quedamos tristes durante un rato… Los críos a esa edad aman rápidamente, pero también olvidan muy rápidamente.

Yo y Mulay Hachem, el hijo menor de Sharif, que tenía casi la misma edad que yo, conservábamos el privilegio de visitar y jugar con Aziz. Pero nuestro interés por Aziz empezó a disminuir con el tiempo y tras el descubrimiento de nuevos juegos: una bicicleta con ruedas que no podían pincharse y que mi padre me había regalado, y una jaula para la cría de palomas.

Dos años después, Aziz, que seguía viviendo en la terraza, era ya un carnero bien respetable. Su piel era blanca y sólo dos manchas pequeñas adornaban su pata derecha delantera. Para nosotros, entonces, ya no era objeto de nuestros juegos sino una fuente de miedo. Con su masa corporal habría sido capaz de arrojarnos varios metros en la lejanía. Sin embargo, aún de vez en cuando lo visitábamos para darle una pequeña ración de su comida preferida, los dátiles de Sharif, que nos procurábamos de la reserva habitual cuando éste partía a la mezquita.

Un día, recibimos la novedad como un trueno, una catástrofe, un hecho imposible de concebir. Sharif nos había dicho que tenía la intención de degollar a Aziz al día siguiente, para la fiesta. “¿Cómo es posible?” “¿Por qué debe hacerlo?” “¿Por qué no puede pagar otro?”… Todas esas preguntas y otras les hicimos a Sharif con mucha agitación y con voz temblorosa. Sharif no contestó, se encogió los hombros y se alejó con sus andares particulares sin una palabra de más.

Por la tarde, se lo conté todo a mi padre y le rogué que hablara con Sharif y que le persuadiera de no matar a Aziz. Tras un momento de silencio, mi padre me explicó que Sharif debía, como todo musulmán, degollar un carnero en esa ocasión y que, como era un hombre modesto, no contaba con mucho dinero para comprar otro. Además, Sharif había tenido desde siempre la intención de hacerlo y precisamente por eso lo había cebado. Incluso mi padre se mostraba totalmente hermético ante toda argumentación, por lo que acabé llorando a lágrima viva. Pero, frente a aquel desconcierto, me propuso que visitáramos a Sharif por la noche y que le hiciéramos una propuesta para intentar salvaguardar a Aziz.

Después del Isha, la última oración del día, acompañé a mi padre a casa de Sharif. Estaba sentado sobre una gamuza frente a una mesa baja. A su lado había una bandeja con una tetera y algunos vasos bajos y estrechos: como para todos los saharianos, el té, que es muy fuerte, (entre comas) debe ser servido en un tipo de vasos concretos que admiten sólo una pequeña cantidad. Dado que estas veladas estaban -por costumbre- reservadas a los adultos, Sharif había adivinado el objeto de mi presencia. Así que intercambió algunas frases con mi padre y continuó con su ritual. Lo hacía mecánicamente pero con mucho cuidado y precisión. Las briznas verdes de la “buena hierbita”, el kif, como acostumbraban a llamarla, habían sido unidas para ser cortadas con la ayuda de un cuchillo bien afilado. Después de muchas vueltas, de cortes y de mezcla, el olor del polvo llenó la habitación y ascendió por mis fosas nasales. Muchas veces sentí la mirada furtiva de Sharif, ni agresiva ni mala, pero interrogativa. En aquella ocasión, no tuve el atrevimiento de tomar la palabra y decidí dejarle a mi padre que tomara la iniciativa. Sharif cogió un poco del polvo recientemente preparado y llenó el pitorro de un sebsi -la pipa usada para fumar “buena hierbita”-, que a continuación ofreció a su huésped. Fue el primer turno de los muchos que se sucederían entre los dos hombres. En aquel ambiente amistoso, surgió en la charla Aziz. Mi padre le propuso compartir nuestro carnero y salvaguardar a Aziz al menos por aquel año. Sharif respondió que se sentía honrado y fiel a nuestra amistad, pero que -como buen musulmán- debía degollar su propio carnero. Tras un denso silencio, añadió con mucha dignidad que el deber de un padre era siempre honrar a su familia en general y sus hijos en particular con el sacrificio de esta fiesta. Las otras palabras de Sharif siguieron llegando hasta mis oídos pero no me penetraron. De repente, empecé a odiar a aquel hombre tan admirado y tan adorado en el pasado.

Llegó el fatídico día. La mujer de Sharif, mamá Zhor, tal como la llamábamos, había preparado a Aziz para la ceremonia: había untado un poco de hena sobre su cabeza, justo entre los dos cuernos. Sharif -con la ayuda de su hijo mayor- Mulay Ali, ató juntas cada par de patas con una cuerda. Lo tumbaron en dirección a la Meca, después de un considerable esfuerzo. El grueso Aziz estaba muy agitado. Con una voz extraña, Sharif gritó que Dios era grande y luego le pasó el gran cuchillo, en un rápido movimiento, de la oreja derecha hasta la izquierda. Debía de hacerse con una única tajada para que el carnero no sufriera. Un chorro poderoso de sangre nos regó. Mamá Zhor se precipitó con un gran tazón para recoger la sangre caliente. Engulló un poco y pasó el tazón a Sharif, quien a su vez bebió el resto de un trago. A pesar de su movimiento brusco, vi que se tragaba sus lágrimas. Se quedó por un rato boquiabierto, atónito. Mientras se me ponía la carne de gallina y el rostro rojo de ira, sentí un ligero mareo y ganas de vomitar. Salí corriendo y me refugié en mi habitación.

Un montón de preguntas me acosaron: “¿Cómo es posible?”, “¿Tienen una piedra en lugar del corazón?”, “¿Van a comérselo?”, “¿Son caníbales?”, “¿Podemos matar a estas personas anticuadas?”. La voz de mi padre me hizo volver a la dura realidad. Me invitó a asistir a la ceremonia del sacrificio de nuestro carnero. Lo hice con el corazón herido. No pude negarme: yo era su único hijo.

Al año siguiente, los vínculos con Sharif se debilitaron cada vez más. No me gustaba estar en su presencia. Le consideraba como un salvaje, un bárbaro, un personaje indigno de cualquier compañía. Lo evitaba o, bien, fingía no verlo.

De repente, mi padre se puso enfermo y en poco tiempo murió. Sharif le había jurado a mi padre que nos cuidaría. Por tanto, en cada fiesta se aseguraba de que habíamos adquirido un carnero bueno, un carnero que sería degollado por él mismo. Muy a mi pesar, había aceptado este hecho, sobre todo porque insistía en empezar su ronda con nuestra casa, antes de las de sus hijos. Decía que debía cumplir su promesa. Todo tenía lugar como si tuviéramos un acuerdo común: él debía hacer su deber y yo dejarlo tranquilo.

Algunos años después, nos trasladamos a Rabat y abandonamos a Sharif en su casita en el fondo de la Driba. No había cambiado mucho, solo un poco físicamente. Parecía menos alto y el brillo de sus ojos se desteñía. Su dignidad y su orgullo habían quedado inalterables. Parecía siempre un saharaui puro y un hombre entero. Con el tiempo le perdí de vista, pero su imagen quedó grabada en mi memoria eternamente.

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