Las corrientes de este libro son profundas y se originaron en el “Curso de lectura y escritura” del




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Abdurabeh
Mi padre le saludó con un manifiesto respeto, a pesar de que el hombre viejo se había quedado sentado sobre su gamuza. Yo, desde lo alto de mi casi un metro y orgulloso de mis siete años, intentaba esconderme detrás de mi padre. Fue mi primer contacto con aquel hombre, el Fakih, el gran sabio, el maestro del Msid, la escuela coránica de nuestro barrio.

Tras un breve intercambio de cortesía, mi viejo insistió en su esperanza de verme recitar correctamente, y tan pronto como fuera posible, los versos del Corán. El Fakih le aseguró que él haría todo lo que dependiera de sus capacidades, pero que el resultado dependería de mis aptitudes para aprender de memoria. Al despedirse, mi padre insistió en sus expectativas de éxito para conmigo en un futuro próximo y le lanzó al Fakih: “En lo que se refiere a Abdurabeh, usted degüelle y yo despellejaré, usted mate y yo enterraré”. Y se marchó dejándome frente a una montaña cubierta de varias capas de tela y en cuya cumbre apenas se podían ver dos ojos negros justo encima de una larga barba blanca y tupida.

Cuando volví en mí, estaba sentado en la segunda fila del Msid, que era una sala rectangular con pocas y pequeñas ventanas situadas cerca del techo. El Fakih, que reinaba sentado sobre una tarima, dominaba las hileras organizadas según el tamaño y la edad de los alumnos. Yo, entre mis manos, sujetaba una luha, algo parecido a una pizarrita, sobre la cual figuraban los versos de “Surat Al-fatiha”, que es el primer texto del Corán y que todo musulmán debe saber.

La última frase de mi padre resonaba todavía en mi cabecita como si se tratara del tambor de la víspera del 27 del Ramadán: “Usted degüelle y yo despellejaré, usted mate y yo enterraré”. La imagen de un flujo de sangre surgiendo del cordero degollado acosaba mi mente. ¿Mi padre me tomaba por un cordero? ¿Quizás no tenía suficiente dinero para comprar uno cada año? ¡Debe de costar mucho un cordero! Pero yo era su único hijo, su hijo querido, su Abdurabeh que había conseguido después de años y años de espera y tras varios embarazos desafortunados. Me imaginaba tendido en el suelo, con las manos y los pies atados y un gran cuchillo afilado sobre mi garganta. “Dios es grande”…. Y el cuchillo que…

Un pequeñito golpe sobre la cabeza me hizo volver al mundo real del Msid. El inmóvil y gordo Fakih tenía palos de diferentes longitudes a su alcance, a fin de llamar al orden a los alumnos que hubieran olvidado que siempre había una autoridad suprema. Por eso, empecé a imitar a mis compañeros de fatigas y a trazar idas y vueltas de cabeza y de tronco y a cuchichear para fingir ser un aprendiz serio. Tenía verdadero miedo y sentía subir en mí un rechazo o, mejor dicho, un odio a esa forma humana, a ese montón de carne envuelta en la chilaba de lana gruesa. Parecía como si aquello no tuviera labios, ya que sólo una débil voz salía de su barba para perderse entre el gran estrépito emitido por el tropel de mis congéneres.

Usted degüelle y yo despellejaré, usted mate y yo enterraré”. ¡Usted degüelle y mate! Al fin entendí: mi padre era incapaz de degollarme o de matarme, ya que desde siempre me había querido. Por eso, el Fakih se encargaría de degollarme en el momento adecuado. ¿El Fakih? Esa gran masa que hablaba pero que no andaba. ¡Oh…! Una idea surgió en mí, se distinguió y me dio un poco de tranquilidad. Como el Fakih no era capaz de andar fácilmente, si de repente algo sospechoso me llamara la atención, yo podría salir corriendo. Con esa reflexión pasé ya el resto del día con menos angustia.

En cuanto llegué a casa, me eché en los brazos de mi madre y le pregunté

- ¿Cuántos meses nos faltan para la llegada de la Fiesta del cordero?

- Dos meses y dos semanas, creo. Es decir, justo cuando empieza la escuela. ¿Por qué? ¿Tienes ganas de algo: carne asada o callos?

Tras una breve vacilación, contesté que no y me alejé corriendo. Así supe cuánto tiempo me quedaba para vivir tranquilamente.

Al día siguiente mi padre me llevó contra mi voluntad al Msid. La mañana fue en cierto modo similar a la precedente: cada alumno con su luha, su balanceo de tronco y de cabeza, e intentando introducir en su frágil memoria -sin entender ni una palabra- los versos que el Fakih le había atribuido. La compañía de los alumnos sentados a mi alrededor atenuaba mi pavor por el Fakih y mi temor por recibir uno de los palos sobre la cabeza. Lo mismo ocurrió con la frase de mi padre: se había escondido en un rincón de mi memoria. De este modo, todo fue deslizándose normalmente en espera del viernes, el día festivo.

Pero la jornada del jueves fue espantosa. Al llegar, cada uno de nosotros debía dar al Fakih la paga semanal y algo más: comida, azúcar, aceite, arroz, cuscús o -mucho mejor-un pollo tomatero. Después, vino el desfile de los alumnos para recitar lo que habían aprendido durante la semana. El espectáculo fue al principio ameno y divertido, aunque acabó siendo pasmoso. La falaka -el suplicio de aquellos que presentaran un trabajo mal hecho- era el temor y la obsesión de todos y cada uno. Además, era hiriente, humillante y rebajaba al castigado frente de los demás. Consistía en colgar de los pies al pobre alumno -con la ayuda de los dos o tres alumnos más fuertes y mayores del Msid- a una anilla que, a su vez, estaba atada a una cuerda que pendía de un gancho que se fijaba al techo. Empezaba entonces el sufrimiento y los gritos pidiendo la piedad del Fakih y de Dios. El número de golpes variaba según el alumno, su trabajo y sobre todo lo que había regalado o añadido a la paga semanal: cinco, diez, quince o más. La herramienta para azotar era un tallo de olivo o de espino y a menudo una cuerda trenzada y mojada. Debía doler, hacer sufrir y reflejar el poder y la voluntad de nuestro emir, nuestro Fakih. Algunos acababan con los pies tan heridos que no eran capaces de andar ni de mantenerse en pie. Además de las lágrimas y la humillación…

Aquel jueves yo estaba dispensado dado que era mi primera semana. Pero todo me recordaba el proceso del sacrificio del cordero: el gancho, los pies atados, la cuerda, la muchedumbre, los gritos… Y la frase “Usted degüelle y yo despellejaré, usted mate y yo enterraré” surgió de nuevo, provocando mi miedo y un gran sentimiento de inseguridad en aquel lugar y en presencia de aquella forma humana que era el Fakih. Pensaba que iba a vivir una semana llena de pesadillas.

Así llegó el jueves siguiente. Fue un día horrible, un día que me marcó para siempre. Yo me quedé entre los últimos que debían presentarse frente a este Fakih, idéntico a sí mismo: algo gordo, blanco y mal definido. Constató que mis piernas no eran capaces de aguantarme, que mi lengua se había escondido en el fondo de mi garganta y que en los pasillos de mi memoria sólo el viento soplaba muy fuerte. Vi cómo los ojos del Fakih se le salían de sus órbitas, cómo se acercaba a mí y empezaba a bailar en círculos a mi alrededor, y vi dos lazos surgir de sus costados para abrazarme fuertemente. Sentí correr entre mis piernas algo muy caliente y un charco nauseabundo apareció. Una cueva surgió en medio de la barba del Fakih y una lluvia fina de saliva empezó a caer sobre mi rostro. Su voz grave me arrojaba todos los calificativos posibles dado que estaba obligado a cambiarse de ropa antes de la oración del Moghreb. Grité y grité otra vez. Grité con los ojos cerrados y también con los oídos tapados. Y rechacé abrirlos y destaparlos por temor al Fakih, a la cuerda y al gancho, por temor a ser degollado, matado y despellejado como un cordero del Aid. Y seguí gritando, gritando hasta mi desmayo.

Cuando me desperté, estaba entre los brazos de mi madre. ¡Oh, querida madre! Rogué a mi padre que no me enviara otra vez al Msid y gané el pleito. Mi padre nos informó de que el Fakih tampoco deseaba volver a verme en su Msid. Y yo volví a pasar todo mi tiempo jugando con el resto de niños de nuestra callejuela.

Una semana después, mi padre nos anunció el fallecimiento del Fakih. Pero yo les aseguro a ustedes que no estuve implicado en modo alguno en aquel asunto. Créanme. Se lo aseguro.

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¡Abajo las semejanzas!
Por fin he llegado. El viaje ha sido largo y agotador, varios miles de kilómetros, pero el panorama desde esta colina me ha cautivado y tengo la sensación de que voy a traspasar la puerta del paraíso. Un sueño camino de su realización.

El amplio espacio está ocupado. Miles, decenas de miles, cientos de miles, quizás más, no sé cuántos. Un par por aquí, un par por allá. Un grupo esperando por este lado no sé qué y una multitud volando en varias direcciones, dando todos la impresión de querer ganar una carrera a contrarreloj. Simplemente estupendo. Jamás había visto nada igual. A pesar que son numerosos, parece que se coordinan perfectamente. Todos están atareados y cada uno se dedica a sus quehaceres sin prestar atención a nadie, ni a los demás ni a mí mismo, el recién llegado.

Si le presto atención únicamente a uno, me parece algo estrambótico; pero cuando contemplo el enorme grupo, se escenifica un espectáculo que quita el aliento. Son altos, esbeltos y de cuello largo, de una envergadura respetable, lo cual les facilita ser buenos deportistas: corren y nadan muy bien. Además, andan de forma majestuosa, manteniendo un porte elegante que exhibe una belleza innegable. Pero sus miradas furtivas por encima del hombro y arrojadas desde la altura del cuello, expresan cierta indiferencia mezclada con un desprecio apenas simulado. No entiendo por qué, sobre todo porque no hay razón alguna para un enfrentamiento. Por lo que respecta a la alimentación, si al menos hubiera algunas afinidades en común… Por ejemplo, al igual que me sucede con los caracoles, soy incapaz de engullir crustáceos, moluscos o gambas, tal y como ellos hacen. Jamás he conseguido pelarlos correctamente. ¡Bah! Siempre he preferido una dieta basada esencialmente en carne fresca, pescado y pollo, ya que no me gustan las verduras ni las plantas.

En verdad, son más que rosados. Son de un color más intenso, tanto que podría llegar a ser rojo caramelo, lo cual los convierte en muy llamativos, más que todos los demás (los otros no son tan altos y también proceden, como ellos mismos, del Este del Viejo Continente y, para ser más exactos, de mis semejantes naturales de África). Su color me recuerda que a algunos de ellos ya los había visto antes. Habían venido a tomar el sol a las orillas de nuestro lago y a disfrutar de la brisa fresca y húmeda que se levantaba por la tarde. Y yo había llegado a creer que eran blancos y que el color rosado era un reflejo de las puestas de sol. Fue una trampa, un engaño. Más tarde, he llegado a comprender que el más rosado de entre ellos es el más deseable como compañero.

Su color contrasta con el mío: blanco y negro o negro y blanco. En realidad, no lo sé. Cuando les echo un vistazo a mis extremidades superiores, por ejemplo, me encuentro bien con esa dominación del negro y me siento bello y viril. También observo que a mi compañera el negro le da un aspecto respetuoso, una belleza discreta y oscura, un algo más excitante. Por el contrario, siempre asocio el color rosa a las gambas y el rojo caramelo, a la sangre. Por eso, no comprendo por qué sus jóvenes, que al principio tienen un color gris con manchas marrones y rosas, cambian de aspecto y adoptan ese ridículo color.

Puedo decir que mi primer contacto con ellos me produjo un auténtico asombro. Estoy acostumbrado a que todos cuantos me rodean cogen la vida por el lado bueno. Además, me suelo pasar las horas calurosas del día o de la noche descansando, con la cabeza echada hacia atrás o con la nariz metida bajo las axilas. En cuanto bajan las temperaturas, me gusta cantar en voz alta manteniendo el ritmo y la repetición. Cuando se nos oye juntos a todos los miembros de nuestra pequeña colonia, cualquiera podría creer que formamos una orquesta de jazz. Y no es que residamos muy cerca, pero tampoco nos perdemos de vista. Para nosotros, el espacio personal es una cuestión vital. Todos mis vecinos, que no son tantos, viven a una distancia relativa de mi hogar, situado a una buena altura y desde donde se puede disfrutar de un amplio panorama de los alrededores. Eso sí: todas nuestras residencias, construidas de manera artesanal son imponentes, aunque un poco frágiles, y ofrecen espacio suficiente para una descendencia de tres, cuatro o cinco miembros. ¡O quizás más! Porque… ¿no somos el símbolo del nacimiento y de la maternidad? ¿No somos los precursores de la felicidad, la prosperidad y la buena suerte? Por eso me impactó ver que esos rosados crían de forma muy irregular, y a menudo no solamente una cría, sino ninguno. Es verdad que son monógamos y que pueden vivir mucho (no es nada extraño encontrarse con grupos de viejos), que la unión entre parejas es muy fuerte y que suelen permanecer muchas veces juntos durante mucho tiempo. Pero, a pesar de eso, criar o no para ellos depende principalmente de la cantidad de recursos y de la influencia que puedan tener los futuros jóvenes sobre la vida de los adultos. Para nosotros, tener descendencia y criar a nuestros hijuelos es importante, más importante que cualquier otra cosa. Es la esencia de la vida, por lo que la fidelidad a nuestra pareja pasa a un segundo plano. Al contrario que ellos, somos fieles incondicionalmente al hogar que hemos construido y que mejoramos de vez en cuando, ya que es el símbolo del nacimiento. Por ello, no es raro que surjan con cierta frecuencia conflictos matrimoniales, cruentas discusiones de las que algunos individuos salen sangrando o en las que otros incluso mueren.

Sí, empiezo a entender que los rosados son sorprendentes. Sus maneras de actuar o de pensar contrastan con las nuestras, lo cual me desagrada. Por ejemplo, el comportamiento que mantienen con sus parejas, parece derivar de la educación en su juventud. Para ellos, y después de que los jóvenes hayan abandonado la idea de arrastrarse entre las patas de sus padres, se crean grandes guarderías que incluso llegan a contar con tres mil retoños. Esas guarderías -pues no se las puede llamar de otra manera- son atendidas por unos cuantos adultos alternativamente. Por la tarde, en estos grandes grupos, los padres son capaces de encontrar sin problemas a sus crías, a quienes reconocen por su reclamo, semejante al de las trompetas. Para nosotros, dicha organización sería impensable, inconcebible e imposible. Cada pareja cuida sola de sus criaturas y el único contacto que éstas tienen con el mundo exterior es la voz de sus primos y primas que viven más cerca.

A pesar de todo ello, dicen que somos dos familias pertenecientes al mismo orden. ¿Somos parientes realmente? No lo creo.

A mí, la orgullosa cigüeña, no me gusta tener como parientes a esos estúpidos flamencos rosados. Es más, clamo contra las comparaciones y grito “¡Abajo las semejanzas!”.

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Atasco


Casi nos parecemos en todo a una hilera de hormigas: avanzamos disciplinados en fila, mostramos una paciencia impuesta y soñamos con una jornada larga de trabajo. Pero ahora… me he atascado en una fila entre cuyos pies me he perdido y su cabeza se me ha confundido con el horizonte.

Mis ojos están clavados en el trasero de quien está delante de mí. Lo que piensa o haga me interesa. Cuando avanza, lo sigo. Cuando para, me doy prisa por hacer lo mismo, poniendo cuidado en no golpearlo. Al cabo de un rato se establece cierta relación, sobre todo forzados por las circunstancias que nos unen a compartir un buen trecho. Su color, su forma, e incluso su zumbido llegan a ser íntimos y pienso que debe ser un hombre simpático. Una mujer, no. Las mujeres al volante llaman más la atención: belleza o miedo, nadie lo sabe. Pero a mí los que me ponen nervioso son esos de grandes dimensiones, de gran altura y que echan un humo nauseabundo. Me impiden ver de lejos, ver la cabeza de la cola, observar el horizonte. Me siento asfixiado, oprimido. Cuando me cruzo con ellos, pierdo la razón e intento pasar a la fila de al lado y después adelantarlos. Y eso me produce la impresión de volver a respirar de nuevo.

Es hora punta. Aprieto el botón número cinco. La voz habitual, rápida y entrecortada, llena el espacio. Escucho a medias. A menudo tengo la impresión de que ya lo he oído: “Los responsables están poniendo todos los medios para superar los problemas y existe una gran esperanza de llegar en un futuro próximo a una cierta solución que satisfaga a todos los protagonistas” o “Un accidente de tráfico ha causado el fallecimiento de trece adultos y un niño recién nacido” o “Parece que no va a llover”. En resumen, me dicen que no hay que preocuparse de nada. A pesar de que he escuchado este discurso más de mil veces, una voz interior me empuja a seguir el consejo.

¡Uf! El penúltimo semáforo, el paso subterráneo, el embotellamiento enfrente de la escuela francesa y, después, la carretera que se abre sobre la plaza. Y con la búsqueda de un aparcamiento finaliza el viaje cotidiano de cada mañana.
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