Las corrientes de este libro son profundas y se originaron en el “Curso de lectura y escritura” del






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Secuencia de vida cotidiana
Echó una ojeada a su Rolex y constató que era casi medianoche. Le quedaban aún cientos de kilómetros aunque hacía más de tres horas que conducía. Esa noche llovía a cántaros y él estaba cansado. Los arcenes estaban inundados y la línea continua parecía una serpiente sin cola ni cabeza.

A la vista del letrero luminoso de un restaurante de camioneros, decidió pararse y tomar un café. No estaba acostumbrado a esos lugares, pero mantener la prudencia en la carretera era de buen augurio. Al entrar, el ruido y el humo de los cigarrillos lo repelieron, al contrario del olor de la comida. Una vez servido, con su tajin bereber entre las manos, no era capaz de hallar una mesa libre. Acabó por pedirle permiso a una mujer que estaba sentada sola para poder compartir su mesa.

Era una joven de entre veinticuatro y veintiocho años, aunque parecía tener más. Llevaba una ropa ligera y exhibía un maquillaje vistoso. Después de un saludo de cortesía, la joven le pidió al hombre que la llevara con él. Él se disculpó argumentando, por un lado, que estaba casado y que tenía hijos y, por otro lado, que era un responsable regional y que la compañía de una mujer guapa y joven podía ser perjudicial para su reputación y su futuro político. La mujer arguyó que viajarían de noche, que llegarían de madrugada y que, por tanto, nadie tendría ni idea de aquello. Añadió que, en cualquier caso, se bajaría del coche en cuanto él se lo ordenara.

Ya sentada a su lado, le fue contando anéctodas y chistes, de manera que el viaje se le hizo más corto. Apreció su compañía y pensó que había tenido suerte. Pero tuvo que desilusionarse rápidamente. Al llegar a las inmediaciones de la ciudad, paró su berlina y le pidió que se marchara. La mujer se negó enérgicamente. Le explicó que debía darle una buena cantidad de dinero -diez millones exactamente- porque, si no, diría que él había abusado de ella y que la había violado. “¡No y no…! -pensaba el hombre-. Es verdad que tengo bastante ahorrado, pero el dinero es importante y no se ofrece, sino que se gana”. Se volvió, observó a la mujer y le dijo:

- Pero me habías prometido que te bajarías antes de llegar a la ciudad y sin condiciones.

- Es verdad -dijo la mujer-. Pero es que, con esta crisis, tengo contados clientes y no tengo ni un duro.

Tras una hora de regateo y riña, se pusieron de acuerdo en someter su litigio a un juez, a una persona razonable.

- Vamos a ver a un amigo mayor que vive no muy lejos de aquí -le dijo él.

- Si me condena a bajar del coche –añadió ella-, bajaré; si le condena a usted a pagarme, usted pagará.

El coche se detuvo enfrente de una finca situada a casi diez kilómetros de la entrada de la ciudad. Un hombre viejo y que caminaba con dificultad abrió el gran portal. Su respuesta al relato de los dos protagonistas fue clara:

- En los tiempos en que era niño, yo participé en su educación. Después, desde el principio de su carrera, le serví con gran abnegación. En aquella época en que le era útil tenía derecho a todo tipo de agradecimiento y a todo cuanto necesitara. Ahora que tengo una edad avanzada y que he perdido la salud, me ha alejado de él y me ha abandonado aquí. Oblíguele a pagar el máximo dinero posible y haga que se le salgan los ojos de las órbitas.

Se fueron y se dirigieron a la casa de la secretaria del hombre, situada en un barrio de las afueras. Tocó al timbre de una planta baja. Una mujer de mediana edad apareció. Su juicio no fue diferente del primero:

- Llevo más de veinte años al servicio de este hombre. Mientras era guapa mantuvimos una relación íntima, por lo que en determinada ocasión me quedé embarazada. Dado que él no aceptaba aquel embarazo, me vi obligada a abortar. Ahora que he perdido el encanto y el brillo de la juventud, puede ver usted misma en qué estado me ha dejado. No hay otra justicia para él que la que usted le imponga: hágale pagar lo que puede pagar, eso me produciría un verdadero placer.

- Ahora ya tenemos dos juicios -dijo la mujer-. ¿Para qué vamos a someter una vez más nuestro desacuerdo? ¿A donde quiere ir todavía?

- Le preguntaremos sólo a una persona más –dijo él.

- De acuerdo –accedió ella-. Pero, en cualquier persona a quien nos dirijamos, usted encontrará en su arbitraje las consecuencias de su propio comportamiento.

El hombre pensaba que lo mejor era elegir una persona con quien no hubiera tenido ninguna relación ni contacto. De repente, vio la silueta de una niña campesina de unos doce o trece años que andaba en la penumbra de la madrugada. Decidió pedirle que hiciera de juez, confiando en su ingenuidad y en su credulidad.

- Por el amor de Dios, niña -dijo el hombre-, hace falta que me hagas justicia con esta mujer. Me pidió que la llevara a la ciudad. Lo hice. Pero ahora ya no quiere bajarse del coche si no le doy dinero, y me amenaza con montar un gran escándalo.

- No puedo. Sus leyes no son las mías -dijo la niña.

- ¿Y por qué no tienes las mismas leyes que nosotros? -le preguntó la mujer.

- Porque no -dijo la niña.

- No, no… -insistió la mujer-. Toma la decisión que te parezca mejor y háznoslo saber.

- El caso es que… -dijo la niña-, al contrario de nosotros, los adultos son altos. Para producir una impresión más seria, deben ustedes sentarse enfrente de mí y colocarme a mí sobre el coche. El juez está siempre sentado en un sitio más alto en comparación con los demandantes.

- ¿Es pues a mí a quien usted se refiere? -preguntó la mujer.

- Perfectamente -respondió la niña-. Si en efecto usted quiere obtener justicia, debe usted descender del coche con el fin de que yo pronuncie mi sentencia. Y después usted hará como le parezca mejor.

De este modo la mujer se bajó del coche.

- Y ahora –le arrojó la niña al hombre- he aquí a la mujer fuera de su coche. Y también tiene usted un palo en la mano… ¿Qué espera?

El hombre de inmediato golpeó a la mujer. Cuando la vio sufriendo y sin dejar de huir, se inclinó hasta la niña y le dijo:

- Eres una niña inteligente. Voy a llevarte conmigo para que te consagres a mis hijos.

- ¿Es verdaderamente indispensable que vaya con usted? –le pidió la niña.

- Absolutamente -dijo el hombre.

- En nombre del cielo… -suplicó la niña-. Es que tengo padres, y usted conoce bien los derechos que tienen sobre nosotros. Tiene que acompañarme a verlos.

- De acuerdo -aceptó el hombre- y se fue con ella.

- Llegaron a la entrada de una chabola en la cual no había luz y que estaba rodeada de espinos.

- Por favor -rogó la niña-, debe ayudarme… Mis padres piensan que no tengo aún capacidad para trabajar como asistenta o criada. Basta que les diga que voy a trabajar para que me causen dificultades. Tiene que esperar aquí, el tiempo necesario para informarles y prepararles. Dentro de cinco minutos, empuje la puerta y entre.

En el momento acordado, el hombre empujó la puerta del seto y de repente fue atacado por cuatro perros enormes que le mordieron. La niña, que los seguía, obtuvo la grata sorpresa de contemplar cómo se alejaba el trasero de aquel hombre a toda velocidad.

- ¡Y he aquí -exclamó la niña- cómo cada uno recoge lo que ha sembrado!

(Adaptación moderna de un cuento tradicional marroquí:

El hombre, la víbora y el erizo)

Si no es esto, será forzosamente otra cosa
¿Somos los mismos? ¿Quién eres tú? ¿Cómo puedo reconocerte? ¿Tu nombre, tu dirección o tu número de seguridad social? Parecía una broma, pero me quedé asombrado, boquiabierto en frente de esa avalancha de preguntas inusuales. El responsable era un amigo que no había visto desde hacía más de una década y que encontré por casualidad durante un paseo una noche de otoño. Era un hombre alto, delgado y pelado. Tenía la cara ovalada, los ojos verdes oscuros y la nariz recta. Su frente ancha y el brillo de sus ojos indicaban una inteligencia incuestionable y un espíritu creativo. Con él uno podía tener una idea clara de lo que era un individuo sincero que se mostraba tal y como era. Su encanto, su entusiasmo y su fantasía arrastraban a los demás.

Aunque aparentaba buena forma física, descubrí también una ligera preocupación en su cara. Mi curiosidad innata y las ganas de enterarme de todo me empujaron a invitarle a tomar algo. El calor del reencuentro y la suave música de la recepción del hotel acabaron prolongando nuestra charla. Me enteré de que había logrado un gran éxito en su trabajo y que había llegado a ser un pilar fundamental, una persona imprescindible e ineludible. Pero la naturaleza de sus ocupaciones le exigía discreción absoluta, lo cual le había amargado intensamente. Por culpa de esa gran presión, acabó agotado y cansado de todo. Reconoció que al final había estado interno en una clínica de lujo y que había tomado tranquilizantes, no porque estuviera enfermo sino simplemente para descansar. Aunque entonces pretendía aparentar que se sentía mejor, afirmó que no tenía ganas de volver ver a sus compañeros ni tampoco a sus jefes. Su franqueza me constató la impresión de que seguía siendo una persona directa y sincera, a quien no le costaba nada decir la verdad.

A mí debió de verme un interés creciente y por eso decidió abrirse conmigo en una velada interminable. Contó que había llegado a formar parte de una empresa de nuevas tecnologías dado que se había diplomado en uno de los grandes institutos franceses cuyos titulados se venden al mejor postor. Le tentaron con un buen salario y un plan de carrera muy atractivo. En su trabajo, logró salir siempre de todos los desafíos técnicos sin desperfecto alguno. Le gustaban las peleas con el ordenador, el espíritu de competición, el compromiso total. Se sentía en su salsa, como pez en el agua, en su medio ambiente. Todo aquello le recordaba su infancia: el deporte, el desafío, el echar un pulso con los compañeros de antes.

Avanzó rápidamente superando un obstáculo, allanando una dificultad, colocando un trozo de puzzle en su hueco. No tenía ninguna visión de conjunto del proyecto. No se había fijado una meta y no se hizo preguntas a sí mismo. Lo que le importaba era una producción abundante, sinónimo de una eficacia real.

Escaló puestos y fue nombrado varias veces en diferentes grados de responsabilidad. Al final, acabó por dominar los pormenores del proyecto. Éste consistía en fichar a todo el mundo, todos los datos de cada persona. Datos personales: nombre y apellido, padres, hijos, miembros de su familia, amigos de antes y de ahora, relaciones. Datos biológicos: ADN, código genético, grupo sanguíneo…. Datos médicos: enfermedades de la infancia, vacunas, defectos de salud. Datos políticos: afiliación a un partido, adhesión a un lobby o grupo de presión. Datos económicos: ingresos, rentas, créditos, gastos e impuestos.

La recuperación de estos datos se hacía a través de un potente ordenador central dotado de poderosos programas, concebidos y sometidos a diferentes tests para ser bien operativos. Venían de los distritos y municipios, de los centros de salud: dispensarios, centros de maternidad, hospitales de asistencia médica, psiquiátricos y centros de la seguridad social, de los varios servicios de la policía o de la guardia civil, de los archivos de la justicia… etc. Increíble: todos los datos convergían en el mismo punto sin que persona alguna se diera cuenta de lo que se estaba haciendo. Él mismo, como todos los otros miembros del equipo, debía guardar mutismo absoluto, bajo una amenaza real y palpable aunque poco definida.

- Me decían que la realización de esa tarea capital se inscribía en una política global que apuntaba a la erradicación definitiva de los fraudes y el establecimiento de un sistema justo de la gestión social. Al principio, creía en este discurso aunque se asemejaba mucho a un discurso de una campaña electoral, no a una argumentación real y práctica. Y el seguimiento del mismo me dio la razón.

A esa altura nada quedaba explicado, pero era algo que podía prescindir de explicación. Su relato, aunque bien claro, era asombroso. Me relató que el proyecto tenía varios niveles, de los cuales tan sólo el primero concordaba con la política anunciada. Pero además no sólo los otros no estaban declarados, sino que también se hallaban fuera del alcance de la mente del ciudadano. ¡Asombroso! Poco a poco fui admitiendo que su historia merecía todo mi interés.

- En los primeros tiempos, la informatización había sacado una clasificación transparente de varias categorías, diferentes clases, grupos y niveles, permitiendo una explotación racional de la información. Pero ésta última había generado, a medio plazo, un control total de la sociedad civil, lo cual implicaba una multitud de posibilidades para orientar sus elecciones políticas, económicas y culturales, según la voluntad de los responsables del proyecto. Dado que yo era apolítico, cerré los ojos, y también mi mente, para seguir desarrollando el proyecto.

Empecé a sentirme inmerso en la lógica de una película de ciencia ficción como Matrix u otras semejantes. Pero su voz grave volvió rápidamente a rescatar mi atención.

- Deja de mirarme con esos ojos. Lo verdaderamente importante eran las secuencias. Yo mismo fui incapaz de imaginar la finalidad real del proyecto, ni siquiera por un breve lapso de tiempo. Y es que lo descubrí por pura casualidad. Un día, alguien me llamó desde la recepción y tuve que abandonar mi despacho cinco minutos, y allí se quedaron el director y uno de sus colaboradores cercanos intentando extraer informaciones claves del ordenador central. Cuando volví la puerta estaba abierta y el despacho vacío, pero la conexión activada. Era una posibilidad única para entrar libremente a todos los documentos, los estudios y los informes más secretos. A pesar de que una voz interior reclamaba mi ética profesional, no pude resistir las ganas de saber, de aprovecharme de la oportunidad de pertenecer a la elite. Todo ocurrió como en un solo acto: ojeé rápidamente los documentos archivados con el nombre de confidencial. Al entrar, me quedé petrificado.

No, no había dicho nada que no estuviera bien, sobre todo a esa altura de su relato. Muy al contrario, acaparó totalmente mi atención, ya que imaginé algo extraño, horrible. Me adherí a su tesis del bien y del mal, dispuesto a luchar a su lado. Él tomó un poco de aire antes de volver a hablar.

- Hasta ahora no sé si escogí la mejor opción: saber o no saber. Lo que descubrí era lo contrario de lo que rigen los principios de la selección natural de la vida, dado que el objetivo era, y creo que sigue siéndolo hasta ahora, el de seleccionar el perfil ideal del ciudadano del mañana y actuar de modo que la sociedad acabe formada en su mayoría por personas de este perfil. Los demás, los que no se incluyan en ese esquema o los que no puedan adquirir las cualidades necesarias, a largo plazo deberían desaparecer definitivamente de una forma o de otra. Además, el perfil también era inesperado: a excepción del uno por ciento de la población, el ciudadano deberá tener un coeficiente de inteligencia medio solamente, de manera que el acceso al saber sea casi limitado y, de este modo, el manejo de la sociedad sea directamente accesible en todas las direcciones. Todo ello debe encaminarse a disminuir los interrogantes, a reducir las reivindicaciones y a acabar definitivamente con las revueltas sociales. En todo ello, la genética representa uno de los pilares principales, ya que se asemeja a una discriminación basada en el código genético. Te das cuenta, ¿no?

Yo me daba cuenta, pero opiné que se pueden tener sueños que no tienen nada que ver con la realidad sino con una imagen idílica del poder y de la sociedad y que, por eso, no cruzan jamás la línea entre el pensamiento y la ejecución.

- Ya sé, no te he hablado más que de las coincidencias visibles. Por ejemplo: la existencia de códigos informáticos especiales, reuniones privadas y el cambio de tema cada vez que alguien entra en contacto con las personas de la elite. Bueno, como quiera. La verdad es que durante esas semanas tuve la oportunidad de acceder a casi todos los documentos confidenciales y después sentí que mis convicciones se intensificaban y, por primera vez, tuve miedo por el destino de mis familiares. Tenía la certeza de que no podían satisfacer, ni ellos mismos ni sus descendientes, las exigencias del perfil elegido. Por lo tanto, comprendí que las huellas de nuestra familia desaparecerían para siempre en un futuro próximo.

Después de algunas semanas, dos ex colegas se echaron a reír cuando les informé de mis descubrimientos, sospechas y temores. ¡Fue insoportable!

Como se callaba, me dejé ir en un análisis de mis familiares para ver lo que podría llegar a sucedernos en aquellas circunstancias. Había empezado a pensar en uno de mis sobrinos. ¡Probablemente será el único elegido! Uno solamente… ¡Qué lastima! No pude seguir aceptando esa lógica y tuve que contradecirle en ese momento. Le dije: “Entonces, ¿estas razones y dudas te empujaron a presentar tu dimisión?

- No, nada de eso viejo. Había una cantidad enorme de trabajo y, dado que éramos un grupo restringido, mis jornadas se habían alargado cada vez más. Se acostumbraron a que yo me encargara de casi todas las tareas y terminaron por admitirme como el pivote principal. Al acabo de tres meses, nos dimos cuenta de que el poderoso ordenador mostraba algunas anomalías cuyo origen podía deberse a un virus informático. Aquello implicaba intercambios parciales de datos entre varias personas lo cual había contribuido a crear nuevos perfiles. Por ejemplo, tu código genético puede ser el tuyo o el de otra persona. En resumen y, en cierto modo, es natural preguntar ¿Quién eres? ¿Cómo puedo reconocerte? ¿Somos nosotros mismos? Después de lo sucedido y, dado mi cargo, recibí un montón de reproches y reprimendas y me pidieron que dejara mi puesto. Sin embargo, ya te imaginarás que en una empresa como la nuestra, donde los empleados entran y salen sin horario fijo, nadie ha sido capaz de determinar quién es el o los responsables de ese problema. ¿Por qué me miras así? ¿He dicho algo que no esté bien?

Vi en sus ojos algo extraño, un brillo, una fiebre que no era del cuerpo, una especie de revelación que podía parecerse a la felicidad. Su rostro reflejaba el éxito, la satisfacción de haber realizado algo capital. De este modo, de nuevo un pensamiento sobre mis parientes cruzó por mi mente.

Éramos los últimos clientes y el camarero apagó las luces. Nos separamos y me marché con la mente cargada mientras todas las partes del relato iban resurgiendo en una extraña mezcla. No sabía qué debía pensar: creer o no, tener miedo o no.

Al final, decidí olvidarlo todo diciéndome que si no es eso, forzosamente será otra cosa.
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