Las corrientes de este libro son profundas y se originaron en el “Curso de lectura y escritura” del






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Awatif AIT EL HAJ



Autobiografía
En mi infancia, descubrí la lectura cuando aprendía a descifrar las letras del alfabeto. Siempre y en cualquier lugar en donde encontraba una secuencia de letras, respondía a su llamada aunque no entendiera su mensaje. Pero no me importaba porque estaba segura de que mis palabras balbuceadas marcaban el comienzo de una relación amorosa entre mi persona y la lectura, a quien juré fidelidad eterna.

En mi adolescencia, la lectura me ofreció el placer, la libertad, la evasión y la compañía. Ésta tenía la capacidad de hacerme olvidar todas mis penas, mi soledad, mis preocupaciones, me reconfortaba con sus brazos abiertos y me permitió descubrir un mundo de sueños donde no existía lo prohibido. Por estas razones, yo consagraba todo mi tiempo libre a la lectura, la cual me permitía viajar por el tiempo y el espacio, a la vez que disfrutaba de varios papeles sin complejos ni castigos. Por otra parte, mi relación con la escritura era por entonces muy tímida aunque me diera la oportunidad de expresarme libremente. Cuando estaba preocupada, confiaba todos mis pensamientos a una hoja virgen que tenía la elegancia y la delicadeza de no interrumpirme ni traicionar mis secretos. Las palabras transmitían todo su contenido y aliviaban su conciencia en un baile endiablado entre mi bolígrafo y la hoja.

En mi madurez, sin darme cuenta, las visitas a mis dos amigas, la lectura y la escritura, se fueron distanciando y los intrusos y los celosos de nuestra complicidad se aprovecharon de los acontecimientos para asestar un golpe fatal a nuestra amistad. Afortunadamente, nuestra relación renació de las cenizas después de mi matriculación fortuita en un curso de lectura y escritura.

La reconciliación no ha sido fácil, pero ha merecido la pena porque echaba de menos el placer de navegar a través las ideas, el tiempo y los personajes en un mundo imaginario que me ofrece un viaje de evasión lejos de este mundo materialista.

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El viaje de los descubrimientos


Hacía ya dos años que Inés esperaba la ocasión de participar en algún viaje, organizado por una agencia turística, a Tailandia. En efecto, desde que su hermana Rosa había traído una cinta con los instantes más importantes de su estancia en Tailandia, le había entrado una envidia insaciable por descubrir ese país de sueño.

Desafortunadamente, al cabo de un año, Tailandia fue declarada foco de gripe de la epidemia de la gripe aviar y, por prudencia y precaución, las agencias cancelaron los viajes a dicho destino. Por tanto, debía ser paciente como mínimo un año para llevar a cabo su proyecto.

Esperó en vilo hasta el momento en que su novio Roberto le propuso que viajaran juntos con la agencia Tierra de la esperanza, que organizaba una estancia de unos quince días en Tailandia a principios de verano. Preparó con gran entusiasmo su maleta y, desde luego, no se olvidó de meter su cámara, su inseparable compañera de viaje.

Fue un viaje largo y agotador, que duró más de veinte horas y en el que necesitó realizar un tránsito en el aeropuerto de Abu Dhabi, puesto que no existía un vuelo directo desde Madrid hasta Bangkok. A la llegada, los pasajeros olvidaron su cansancio cuando una encantadora muchacha les colgó en el cuello un collar de orquídeas rosas entre muchas reverencias para darles la bienvenida mientras, por supuesto, un fotógrafo los acompañaba para consagrar este momento. Había viajado mucho hasta entonces, pero ésta era la primera vez que alguien le había brindado una recepción tan cálida.

El Rimkok Resort Hotel de Bangkok ofrecía todas las comodidades de un establecimiento de lujo de cinco estrellas. Además, pronto empezaron las sorpresas. Cerca del hotel, había un banco en donde pudo ver cómo los empleados, antes de empezar la jornada laboral, celebraban una ceremonia de culto doméstico reservado a los espíritus del lugar. En efecto, había unas casitas consagradas a los espíritus e instaladas enfrente de los edificios o tiendas; allí, los tais rezaban a los espíritus y les hacían ofrendas tales como collares de flores o comida. Estos espíritus estaban representados por unas estatuas de Buda que simbolizan el origen del budismo de Theravada, que es practicado por el noventa y cuatro por ciento de la población tai. Al principio, Inés creyó que las estatuas de Buda tenían la misma posición, pero la guía le explicó que existían más de sesenta posiciones y que cada una poseía una significación particular. Lo más extraño era que, por respeto a Buda, nadie debía hallarse en una posición que sobrepasase la altitud de su estatua y, por eso, todo el mundo debía inclinarse en su presencia.

Mientras visitaban algunos templos, la guía les explicó que los monjes se ponían ropa roja o amarilla según su orden, que andaban con los pies desnudos y que renunciaban a toda comodidad viviendo austeramente en monasterios. Ofrecían sus servicios para ayudar a la gente, y a las seis de la mañana ya buscaban su comida entre los habitantes y los comerciantes. Tras visitar los templos y el Palacio Real, la guía le anunció al grupo una sorpresa para la cena de la noche siguiente.

Todos se mostraron impacientes por descubrir el contenido de aquel menú especial, más aún tras pasar todo el día al aire puro en el campo, lo cual les había dado gran hambre. Pero debían esperar todavía unas horas antes de probar la comida tai que les prometía la guía. Finalmente, se quedaron desconcertados ante el variado abanico de platos compuestos de varios insectos asados tales como cucarachas, saltamontes, escorpiones, gusanos... Tras digerir la sorpresa, la curiosidad de Inés la empujó a probar un gusano cuyo sabor semejaba el de una patata frita crujiente. En ese momento se dio cuenta de que había roto la barrera psíquica que consistía en rechazar algo sin haberlo probado tan sólo porque le daba asco, aunque confesó que no tenía suficiente ánimo para probar el resto de insectos.

Además, en el viaje a Tailandia, Inés aprendió a superar su miedo por los animales feroces, tales como los cocodrilos y los tigres, con quienes se hizo inolvidables fotos durante su visita al zoo de Chang Mai. Al principio le escandalizó ver cómo los imprudentes turistas se fotografiaban acariciando aquellos animales que deambulaban libres en un espacio sin barreras. Pero, cuando vio que sus compañeros se arriesgaban del mismo modo, les imitó por el placer de la aventura y se sorprendió una vez más por haber traspasado otra frontera psíquica, por haber superando su miedo y por haber vivido sensaciones tan fuertes y excitantes. En comparación con aquello, el paseo en elefante por la selva de Chang Raï había sido un juego infantil.

Además, ya se sabe que Tailandia es famosa por sus masajes que, por supuesto, habían sido incluidos en aquel viaje. El masaje resultó ser de relajación intensiva y lo llevaban a cabo especialistas de un gran instituto estético que le gustó mucho a Inés. Por ello mismo, le sorprendió oír cómo Roberto se quejaba junto con algunos compañeros de viaje: no estaban satisfechos de aquel servicio ya que no se parecía en nada a los masajes que les hacían las mujeres de su país en los típicos establecimientos de prostitución encubierta. Por cierto, allí Inés tuvo que reconocer que Tailandia era famosa también por su turismo sexual. En efecto, en Pataya, una isla tai, se podía llegar a contemplar un espectáculo pornográfico en directo en numerosos cafés donde ciertas personas intentaban atraer a los turistas. Le dejó atónita tanta libertad y tanta tolerancia frente a la prostitución. Pero lo que de verdad no le gustó descubrir fue que a Roberto le eran familiares ciertos ambientes.

Una noche, la guía les propuso ver un espectáculo de danza de una compañía de mujeres en un gran teatro de Pataya. El espectáculo fue un gran éxito y las artistas, con sus magníficos vestidos, bailaron con soltura y elegancia durante una hora. En la pausa, la guía les sorprendió al informarles de que todas las artistas eran realmente hombres, solo que travestidos. Fue un golpe para el grupo, porque en su sociedad los travestidos eran considerados como personas marginales mientras que en Tailandia eran aplaudidos y reclamados por el público. A pesar de ello, ciertos hombres, como Roberto, acabaron haciendo cola para sacarse fotos con aquellos artistas.

La mañana del último día de su estancia en Tailandia, Inés decidió regresar con Roberto a un centro comercial para comprar otros recuerdos. Se dieron cuenta de que lo de ir a un sitio tan lejano del hotel no era una buena idea a tan sólo unas horas de su partida, pero el gusto por la aventura fue más fuerte que la prudencia. Cuando llegaron, sin embargo, se quedaron decepcionados al saber que el centro comercial no abría hasta las once y que debían esperar más de dos horas. A las 10.40 se quedaron boquiabiertos al ver cómo los comerciantes cantaban por patriotismo el himno nacional antes de empezar su jornada laboral. La espera empezó a hacerse eterna para Inés y al final perdió las ganas de comprar nada y entendió que aquella escapada había sido una gran imprudencia. Pero Roberto, por el contrario, no renunció a hacer sus compras.

Ya llevaban cierto retraso, así que buscaron rápidamente un medio de transporte y -¡qué alivio!- encontraron uno fácilmente. Se sentaron delante, junto al conductor, pero no le dijeron la dirección. Cuando Inés le pidió a Roberto que le diera la tarjeta del hotel, éste le respondió que debía confiar en él y en sus indicaciones porque se acordaba muy bien del camino. Pero tras un buen rato, Inés se dio cuenta de que el paisaje no le era familiar y que, en lugar de llegar a su hotel de lujo, estaban cruzando un barrio muy popular y pobre. Tuvo miedo y empezó a buscar en su bolso el nombre del hotel. Al final, encontró la tarjeta y se la dio al conductor, intentando indicarle por gestos el camino del mapa que allí se incluía. El conductor se mostró descontento porque el hotel estaba al otro lado de la isla; pero, cuando vio que le pagaban generosamente, aceptó llevarles hasta el hotel. Durante el trayecto se quedaron silenciosos porque iban pensando en la reacción de la guía y del grupo que estaría esperando su regreso. Inés iba contando los segundos que les separaba de su destino y acabó imaginando lo peor: el grupo se habría ido sin esperarles, dejándoles sin billetes de avión ni pasaporte, y con poco dinero, en un país cuya lengua era extranjera para ellos y con un don Juan incorregible. ¡En estas circunstancias, Tailandia perdió todo su encanto! El final de aquella pesadilla llegó cuando avistaron el hotel y a su grupo, que les estaba esperando. Pedieron perdón al guía y a todos por el retraso sin llegar a contar nada de su infortunada aventura.

Para Inés fue un viaje inolvidable, muy instructivo cultural y personalmente, desde la misma llegada a Tailandia hasta el regreso a Marruecos. Gracias a este viaje, entendió que Roberto no era ni el príncipe azul ni la persona responsable que creía. Así que decidió romper con él.

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El millonario pobre
Roberto era el único niño que tuvieron los señores Ramírez que vivían felizmente en una gran y bella residencia cerca del Jardín Botánico, famoso por la originalidad y la diversidad de su vegetación donde se paseaban cada fin de semana y adonde ellos llevaban a su hijo para que jugara con los niños de la misma edad y no sintiera la soledad del hijo único.

El señor Alberto Ramírez era psicólogo y su mujer Nadia era arquitecta, aunque desde que dio a luz a Roberto se dedicaba a su casa y a su familia para cuidar personalmente de la educación de su hijo.

Roberto era un niño hermoso que se parecía mucho a su madre turca por su pelo negro y sus ojos azules. Los señores Ramírez estaban orgullosos de su hijo. Era inteligente, bien educado, alegre y muy admirado tanto por sus compañeros de clase como por sus profesores, por ser el mejor de su clase. Todo el mundo le auguraba una buena carrera.

Un día que llovía a cántaros, mientras iban en coche, sus padres tuvieron un accidente mortal en un terrible atasco a causa de la mala visibilidad. De repente, la vida de Roberto, que tenía diez años, se transformó a una pesadilla porque ningún pariente quería cuidar al niño de la mujer extranjera que se había casado con Alberto sin el consentimiento de la familia Ramírez, una de las familias españolas de alta alcurnia más conservadoras.

Tras la muerte de sus padres, Roberto, que estaba acostumbrado a una vida llena de comodidades, tuvo que contentarse con un orfanato, en donde residían otros numerosos huérfanos en un espacio estrecho, sencillo y muy austero. Al principio, Roberto tuvo muchos problemas para adaptarse al cambio radical que le deparó la vida. Además, debía renunciar a sus actividades de ocio favoritas, que eran la música y el tenis, y se limitó al baloncesto que era el único pasatiempo del orfanato. Afortunadamente, no se desanimaba fácilmente y continuó teniendo buenas notas en clase.

A los dieciocho años, Roberto fue obligado a irse del orfanato y a encontrar un trabajo para ganarse la vida. Pero sin diploma… ¿qué podría hacer?

Un día de verano, cuando buscaba trabajo de empresa en empresa, oyó de repente el grito de socorro de una muchacha que había sido asaltada por dos ladrones tan sólo a unos metros de la parada de autobús donde él se hallaba esperando. Sin dudar ni un instante, los persiguió, los alcanzó, los redujo gracias a su buena condición física y les forzó a devolverle el bolso de la chica. Ésta se lo agradeció y le pidió que lo acompañara hasta la empresa de su padre que estaba al otro lado de la calle. Era rubia, tenía el pelo largo, los ojos verdes, los labios carnosos y una piel diáfana. Para Roberto, era un ángel con un par de alas, con su cara pálida y su vestido blanco y ligero. Fue un flechazo.

Cuando llegaron, la chica, que se llamaba Mónica, le contó a su padre, el señor Rodríguez, su desventura y le dijo que su salvador merecía bien una recompensa. Roberto, que era muy orgulloso, rechazó el dinero que pretendían darle, pero a cambio le pidió trabajo como portero y a ser posible en su empresa. Así, empezó la vida laboral de Roberto desde los más bajos escalones de la jerarquía.

Roberto, que era ambicioso e inteligente, entendió que necesitaba continuar sus estudios si deseaba mejorar en la vida y realizar el deseo de sus padres de verlo llegar a presidente de una multinacional. Era consciente de que el camino era arduo y muy difícil pero no irrealizable. Gracias a sus buenos resultados en el colegio logró obtener una beca para matricularse en la Facultad de Derecho de una gran universidad. Pero, ¿cómo llegaría a conciliar el trabajo y los estudios?

Decidió hablar de sus proyectos con su jefe, el señor Rodríguez, que le felicitó, le ofreció su ayuda y le dio su permiso para que cambiara al horario nocturno. En cierto modo, el señor Rodríguez sentía una secreta admiración por aquel chico que tanto le recordaba a él mismo de joven.

Roberto estudiaba de día en la universidad y de noche trabajaba como portero en la empresa. Ese ritmo de vida no le permitía disfrutar de la vida como lo hacía la gente de su misma edad, pero no le importaba en absoluto porque sabía que necesitaba hacer ciertos sacrificios para alcanzar sus ambiciones. Por casualidad, Mónica estaba estudiando Economía en la misma universidad. En su tiempo libre, le hacía compañía a Roberto y poco a poco se fue volviendo su confidente.

Para Roberto, Mónica era un dulce sueño fuera de su alcance. Sus gritos de socorro eran semejantes a la flecha de Cupido. En el fondo, vivía solamente a la espera de sus encuentros con Mónica, que alumbraba su lúgubre vida. Había grabado en su mente su retrato hasta con los más mínimos detalles y su sonrisa le sonaba a una canción romántica. La echaba de menos ya en el momento en que se despedían y contaba los segundos hasta la próxima cita. De todos modos, se esforzaba en ocultar aquellos sentimientos.

Mónica, por su parte, al principio consideraba a Roberto como su héroe y su salvador. Pero un día, cuando esperaba a Roberto en la cafetería de la universidad, lo vio por la ventana hablando con una chica que lo miraba con una gran admiración y que le dio un beso antes de irse. Mónica se sintió mal y entendió que no soportaba que su amigo Roberto se relacionara con otras chicas. ¿Podía ser que estuviera celosa? ¿Era posible que pensara en Roberto más como en un príncipe azul que como en un amigo? Debía reconocer que Roberto, sin su timidez, gracias a su hermosura, su cuerpo atlético, su estatura y su amabilidad, podía tener mucho éxito con las chicas que buscaban su compañía con cualquier pretexto.

Por intuición y por la manera de mirarla, Mónica sentía que Roberto no era indiferente a su belleza, pero sabía que debía dar el primer paso para confesarle su amor destruyendo así las barreras sociales que a él le impedían a declararle su amor. Mónica intentaba demostrar discretamente sus sentimientos ante Roberto, el cual al momento le rechazó porque creyó que Mónica sentía más lástima por él que el amor que él pretendía y que no merecía. Sin embargo, Mónica no se desanimaba y decidió invertir su tiempo en convencer a Roberto de la sinceridad de su amor y de la poca importancia de sus condiciones materiales. Al final, Roberto que no podía vivir sin estos momentos de felicidad que le procuraban las citas con Mónica, le pidió perdón por su reacción y reconoció que había sucumbido a su amor apasionado desde la primera vez que la vio.

La felicidad de Mónica y Roberto fue breve porque su jefe, que no apreciaba que su única hija tuviera una relación amorosa con su portero, lo despidió y le pidió de no se acercara a Mónica, puesto que ambos pertenecían a clases sociales distintas. Humillado y decepcionado, Roberto se prometió a sí mismo que, desde aquel momento, no iba a permitir a ninguna persona que le insultara a causa de su pobreza y que un día el señor Rodríguez iba a pedirle perdón por su comportamiento irrespetuoso.

Gracias a su diploma de Derecho y las recomendaciones de sus profesores, Roberto encontró fácilmente un trabajo en una agencia especializada en consulta jurídica. Su sueldo le permitió matricularse en una escuela de estudios de postgrado especializada en gestión de empresas. Se privaba de las mínimas comodidades de la vida por su carrera y particularmente para merecer el amor de su Dulcinea y alcanzar el respeto del padre de aquélla.

A pesar de todas las dificultades, Roberto era optimista y paciente. Confiaba en que un día sus sacrificios le aportarían el éxito profesional y social. Todo aquello llegó cuando logró obtener un puesto de director de asuntos jurídicos en una multinacional.

Al mismo tiempo, a pesar de su firme resolución de no establecer contacto con la familia Ramírez, que le había rechazado sin vergüenza alguna cuando era niño, decidió exigir su herencia recurriendo a la justicia. Al final, recuperó la residencia de sus padres y su fortuna, la cual había aumentado por haberse hallado el capital en el banco durante más de veinticinco años. Con este dinero compró muchas acciones de la multinacional donde trabajaba y en donde se promocionó como presidente.

Mónica, que no había renunciado a su amor por Roberto, a pesar de la oposición de su padre, continuó apoyándole hasta que él le pidió su mano a su padre, quien finalmente les dio su bendición y le pidió perdón a Roberto por su indigno comportamiento.

Vivieron felices, tuvieron muchos niños y fueron famosos por la gran ayuda que siempre prestaron a los huérfanos.
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ÍNDICE:

PRÓLOGO ............................... 5
Fatine SEBTI
Autobiografía ............................... 6

Ali ............................... 7

La primera vez ............................... 9

La llave azul ............................... 11

Llantos infinitos ............................... 16

Melodía de tiempos ............................... 23
Rkia OKMENNI
Autobiografía ............................... 30

Ida sin regreso ............................... 31

Reencuentro ............................... 33

Plato de conejo ............................... 34
Abdellah EL HASSOUNI
Autobiografía ............................... 36

La vaca y el perro ............................... 37

Un hombre, una imagen ............................... 38

Abdurabeh ............................... 43

¡Abajo las semejanzas! ............................... 47

Atasco ............................... 51

Secuencia de vida cotidiana ………………………. 52

Si no es esto, será forzosamente otra cosa................. 56
Awatif AIT EL HAJ
Autobiografía ............................... 62

El viaje de los descubrimientos ............................... 63

El millonario pobre ……………………… 68



Instituto Cervantes

Rabat, 2009




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