Antonio José Ponte / José M. Fernández Pequeño Efraín Rodríguez Santana / Ismael González Castañer / Luis Marcelino Gómez / Rito Ramón Aroche / Enmanuel Castells / Carlos Esquivel Ronel González / Yunier Riquenes




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títuloAntonio José Ponte / José M. Fernández Pequeño Efraín Rodríguez Santana / Ismael González Castañer / Luis Marcelino Gómez / Rito Ramón Aroche / Enmanuel Castells / Carlos Esquivel Ronel González / Yunier Riquenes
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Revista de Literatura

2 / 2006





Antonio José Ponte / José M. Fernández Pequeño Efraín Rodríguez Santana / Ismael González Castañer / Luis Marcelino Gómez / Rito Ramón Aroche / Enmanuel Castells / Carlos Esquivel Ronel González / Yunier Riquenes

Nuvia Estévez / Irela Casañas

Gabriel Pérez


revista Bifronte / número 2 / 2006

coordinadores

Luis Felipe Rojas / Michael Hernández Miranda

asesor

P. Olbier Hernández

redacción y correspondencia

Yosbani Anzardo Hernández

Calle 20, número 1303, San Germán, Holguín, Cuba

e-mail

revbifronte@yahoo.com

Publicación literaria trimestral.

Los trabajos firmados expresan la opinión de los autores, no necesariamente coincidentes con el criterio de los coordinadores.

INDICE
¿Y por qué Bifronte? / 4
dossier

Algunas voces, otras ficciones / 5

Blasfemia de un escritor

Enmanuel Castells / 6

Cíclope

José Fernández Pequeño / 9

No dejes que te presten nunca un cuento de Hemingway

Gabriel Pérez / 11

Límites de Alcanía

Rito Ramón Aroche / 12

El pan y los cuervos

Carlos Esquivel / 18

Dragón rosado

Ronel González / 19

Ser

Luis Marcelino Gómez / 23

Monólogo en el inodoro

Yunier Riquenes / 26

Apuntes a Zuagzwang

Efraín Rodríguez Santana / 28

La forma de la espada bajo otra circunstancia

Karell Maldonado O´Ryan / 30
la entrevista

Sigue en pie el miedo a la polémica”. Un diálogo con Antonio José Ponte

Michael Hernández Miranda / 32
el versolibre

Lunes de la pascua vida

Ismael González Castañer / 35

La belleza de los condenados

Irela Casañas / 38
re-ciclos

Sobre las relaciones entre el Estado cubano

y la Iglesia católica

Juan Gualberto Gómez / 41
Contra poesía

Iosmar López / 44

Un megavatio de poesía cubana

Luis Felipe Rojas / 46

¿Conozco a un hombre?

Nuvia Estévez / 47
Mensajería / 48

¿Y por qué Bifronte?
En lo simbólico, por el mito del dios Jano, ese ser tan singular dotado de una rara capacidad: ante sus ojos acudían lo pasado y lo presente, y por ello su figura se representaba con dos rostros. Se dice que en Roma su templo siempre permanecía abierto mientras había guerras y a él acudían vencedores y vencidos. Creemos que a ambos acogía sin necesidad de preguntar cuál era el triunfador.
Porque nos alienta re-leer el pasado de nuestra cultura, sin perder el nexo con el hoy que sufrimos ni recurrir a torpes confrontaciones, tan comunes actualmente.
Porque apreciamos la circulación del pensamiento y el movimiento de ideas en torno a la literatura y la espiritualidad como una senda de doble sentido, que parte de nosotros, en tanto sujetos de un fenómeno particular, y a nosotros llega.
Y también por aquella enigmática frase de Wittgenstein: Casi todo es otra cosa.

d o s s i e r

Algunas voces, otras ficciones


Bifronte dedica las páginas que siguen a la narrativa, atendiendo a un fenómeno literario que rebasa el entorno creativo y ficcional y no merece ser pasado por alto.

No lo mereció nunca, en verdad. La narrativa cubana, escrita dentro y fuera de la Isla, ha gozado siempre de recurrente vitalidad, más allá de la pertinencia y el éxito probable de algunos nombres y obras.

Alguien graficó una vez con los vaivenes del péndulo el singular desarrollo del cuerpo narrativo cubano, especialmente después de 1959. Si cabe seguir fatigando esa imagen, sería oportuno considerar a este péndulo letrado el más inquieto de todos, azuzado como está hoy ese cuerpo por las tentaciones del mercado, la diasporización del discurso, los silencios oficiales, el canon, el contracanon y la angustia de muchas influencias tardías.

También la narrativa cubana actual ha querido dialogar con el presente (y a veces evadirlo), incidir en el entorno, ser reflejo de agonías reiteradas, denunciar lo que la oficialidad calla. Se le ha exigido, igualmente, acaso mucho más de lo que ella debe, puede o está llamada a dar.

El presente muestrario recoge cinco piezas narrativas de José M. Fernández Pequeño, Luis Marcelino Gómez, Carlos Esquivel, Ronel González y Gabriel Pérez, así como un fragmento de novela de Rito Ramón Aroche. Dos de ellos, Fernández Pequeño y Gómez, residen fuera de la Isla. Se incluyen además artículos y reseñas de libros con visiones no necesariamente divergentes entre sí, que, a su manera y con evidente signo crítico, arrojan algunas luces sobre aspectos puntuales del fenómeno.

Pretendemos que estos textos contribuyan en algo a tomar el pulso, ya sea mínimo ante los ojos de los lectores, a la actualidad de un fenómeno capaz de renovarse cíclicamente.
d o s s i e r

Blasfemia de un escritor
Enmanuel Castells Carrión
Voy a correr el riesgo de cometer el más hermoso pecado al tocar epidérmicamente un tema que merece páginas de un preciado ensayo antológico. Conjurar y convocar a la reflexión, preguntándome a quién le interesa la narrativa cubana, quizás provoque miradas o acercamientos en busca de un sólido hallazgo poco anunciado. Pero debo confesar que no. Seremos sencilla y profundamente humildes.

Una constante continuidad en el tema, ha llevado que desde todas las épocas de la cultura nacional, algunos especialistas le hayan dedicado tiempo al estudio de nuestra narrativa, desde Espejo de Paciencia hasta la última línea de ahorita.

Citar nombres no es mi objetivo ni demorarme en lo que ya ellos han establecido o polemizado. El tema que me ocupa se encierra en algunos vicios repetitivos a lo largo de 47 años, donde las voces oficiales de la política interna han proclamado todo tipo de revoluciones en el amplio y complejo sistema que vivimos polisémicamente.

Casi todos los narradores de mi generación, los que me antecedieron y los que me preceden se han detenido alguna vez a evaluar la salud de nuestra primada escritura. Los mayores cuestionamientos han estado en las temáticas planteadas por etapas y grupos generacionales. Es harto conocido que en los año 70 se inscribieron varios nombres en la llamada literatura de la violencia, que reflejó a diestra y siniestra, la realidad (y ficción) de los días iniciales del nuevo proceso revolucionario cubano. Esa etapa, como también se ha ido conociendo poco a poco, y no de un modo más sistemático, tuvo sus conflictos ideológicos y de cuestionamientos ¿dudosos? sobre el papel y la actitud de algunos escritores que a la larga (¿superada la amarga experiencia?) devinieron iconos, figuras primordiales del panorama narrativo cubano. Algunos se quedaron nadando dentro de la isla, otros siguen prolíferos fuera de ella.

Todavía para entonces era difícil encontrar una historia de amor en esos libros hasta que Manuel Cofiño lo consiguiera de un modo más global con su archifamosa novela La última mujer y el próximo combate. Novela tildada de realismo socialista, con un superhéroe revolucionario, que transita desde los parajes de la pequeña burguesía, hasta su consagración por el nuevo país en construcción, eclipsado en una muerte dignificada por la maestría del autor.

Cofiño (que en paz descanse) abrió una brecha y mezcló a los héroes de la clandestinidad con los muslos y las tetas de mulatas y guajiras, señoronas o prostitutas convertidas en dependientes de una cafetería revolucionaria. A todo eso también se le llamó “realismo socialista” porque reflejaba el nuevo proceso transformista que ejercía la Revolución en el ciudadano cubano.

Enemigo como soy de las terminologías, los estudiosos del curso que seguía tomando nuestra prosa cotidiana, advirtieron que lo político- ideológico había sembrado una serie de pre-actitudes en los jóvenes que estigmatizaba su mundo de complejidades adolescentes. De cierta abundancia poligráfica en ese período, los narradores se movían en varios terrenos que mezclaban temas relacionados con la nueva sociedad, la virginidad mutua, el machismo, la campaña de la alfabetización, el obrero y la emigración (tan mal mirada, Dios mío), hasta que en los años 80 se rompieron las costuras a ese prejuicio, sin dejar de ser mirado como un acto de alta traición a la Patria.

Se publicaba mucho, pero pocas cosas alcanzaban verdadera celebridad. Nombres como Jesús Díaz, Eduardo Heras León, Norberto Fuentes o Antonio Benítez Rojo, entre otros, resultaban ser escritores conocidos (quizás por irreverentes, contestatarios o amantes de la fama o la publicidad, cualquier demonio, amen de que sus libros eran (¿lo siguen siendo?) bien recibidos.

El noventa por ciento de los análisis ensayísticos sobre la vida y muerte de la narrativa cubana, están relacionados con el perfil ideológico de la isla, con su política interna y con el desgarrador estado existencial– vivencial de su gente. Historias sórdidas, amargas, crudas, cínicas, hirientes, altruistas y esperanzadoras que hablan sobre el destino de nuestras almas. De eso están llenos casi todos nuestros libros.

La etapa de los 80, antes de hablar sonadamente de la emigración (que partió nuevamente a la familia cubana en dos pedazos y la volvería a partir 14 años después) se publicó mucho sobre los problemas que enfrentaba la juventud. Recuerdo una colección de Letras Cubanas nombrada Espiral que dio a conocer nombres como Arturo Arango, Reinaldo Montero y Francisco López Sacha, los cuales, entre otros, mostraban ese mundo de las descarguitas, los 15, las fugas, la primera hombría, la masturbación. Pero para mí, el libro emblemático de esa etapa se llama Los otros héroes, de Carlo Calcines, suma y resumen de lo que era (¿lo sigue siendo?) una escuela al campo, la beca, ese espacio de tizas, agricultura, tractores, fraudes, senos incipientes y semen prematuro. Y de otras cosas más, por supuesto.

Algún crítico definió aquellas escrituras como la literatura de las escuelas al campo. La inicial de los 60, la de la violencia quedaba atrás hasta que en esa misma época de los 80 nos metieron en otra guerra que nadie mandó a buscar: la de Angola. Pero yo no quiero hablar de eso, aunque haya libros de mi generación llenos de epopeyas magníficas.

El pulso de la mayoría de la prosa cubana después del 59 tiene un denominador común: el miedo, o el atrevimiento, o el riesgo de contar una historia que vaya en contra de lo que rige el pensamiento político- ideológico de la nación. Miles de libros podrán publicar historias de amor, fantásticas, surrealistas, policíacas, eróticas, etc... pero nada que toque esa llaga lacerante. Muchas veces, tan arraigado se hace el encierro a la expresión, que se fabrican fantasmas en vez de ver luz. Fue pecado durante mucho tiempo nombrar dentro de la literatura cubana verdades como el divorcio entre religión y política, o hablar de marihuana, drogas o música psicodélica, hablar de homosexuales o peor: decir que un maricón declarado formara parte de las honrosas filas del Partido.

Estas meditaciones resumen diez años de temáticas con que llegamos a los 90 y despedimos el siglo XX. Pero ese decenio trajo otras amargas verdades en el sentir popular al ver y padecer una crisis económica y de valores que dio al traste con todo tipo de sueño posible, amen de que para entonces todavía quedaran sueños por consumir. Las jineteras, los proxenetas, el turismo internacional, la nueva emigración, la diáspora, el hambre, la nostalgia, entraron de a lleno en las historias narradas por los escritores cubanos dentro y fuera de la isla. El caso más destacado por el alcance internacional que llegó a tener, fue el cuento de Senel Paz: El lobo, el bosque y el hombre nuevo, trasladado al cine de su mano bajo el nombre de Fresa y Chocolate, única película cubana que ha pisado la nómina del trajinado premio Oscar.

Y con este devenir del tiempo, en el cual también entramos en el mundo llamado Internet, algunos autores de la más nueva narrativa cubana comienzan a despertar una verdadera preocupación.

Toda época de cambio supone rupturas, pero las llamadas técnicas narrativas hay que saberlas emplear en pos de querer escribir de un modo nuevo o diferente. Sería largo entrar a analizar lo que algunos semióticos han definido como la “nueva era” o la “nueva edad”, pues desde codificaciones, simbologías y todo cuanto se le haya ocurrido nombrar en el mundo informático, la narrativa cubana más contemporánea (hablo de la generación post 1980) está pecando de falta de originalidad, organicidad y coherencia a la hora de contar una historia por muy breve, simple, enraizada o profunda que sea. ¡Cuidado con los jeroglíficos escriturales!, sería el cartel de advertencia. No se consigue mayor importancia ni es muestra de talento creativo por más raro o difícil de entender que resulte la historia contada.

Para suerte, esta desmotivación se salva cuando vemos que no son todos y cuando concursos y revistas que prestigian al género, aún no se dejan seducir por la nueva era y publican o premian, en su mayoría, historias bien contadas, bien armadas desde la madeja que resulta ser el laberinto de las ideas y las palabras.

He saltado voluntariamente argumentos que me permitieron entrar en un análisis más detallado de nuestra narrativa, sin mencionar lo que han sido para la literatura cubana figuras como Carpentier, Lezama, Onelio y otros grandes, debido a que ellos singularizan un estilo del decir muy propio, con una atmósfera atinada de adjetivos, sinónimos y poéticas bien establecidas que rigen a la verdadera y buena literatura universal. De ellos y otros renglones (incluyendo otras voces en esa nómina) se ha publicado con cierta regularidad.

Para mí, el problema mayor de nuestra narrativa no radica específicamente en otros lamentos históricos como la falta de promoción, la escasez de publicaciones, los desajustes de las ferias, etc... Consiste en el fantasma recurrente de las limitaciones, la censura o incluso la prohibición de esparcir libremente sobre la cuartilla, cualquier inquietud humana acaecida bajo este mismo cielo y dentro de esta misma tierra en cualquier terreno de esta milagrosa vida que vivimos. No todas las puertas están cerradas y no es tampoco absoluto el castigo por decir verdades.

Escribirlo no es delito. Publicarlo a veces, resulta ser la blasfemia.


d o s s i e r

CÍCLOPE
José M. Fernández Pequeño


A Marcialito le nació un ojo en la frente. Al principio fue solo una arruga horizontal y persistente, bien rara en un niño de siete años; pero cuando la maestra dio la voz de alarma, alertada por la insistencia con que los demás vejigos querían tocar el fino surco que comenzaba a parecer una quebradura, los padres de Marcialito corrieron hacia el hospital. Los médicos nunca lograron ponerse de acuerdo y, luego de estudios y juntas infinitas, propusieron dos soluciones extremas: coser la abertura en progreso o practicar un inmediato transplante de piel en la frente del niño. Aterrados, los padres de Marcialito decidieron confinarlo en su casa, resignarse a ser ansiosos espectadores de la suavidad con que los labios de aquella extraña herida incruenta se iban arqueando y dejaban ver cada vez mejor la blanca opacidad cristalina donde en su momento despuntó una isla parda, brillante y absolutamente redonda, que los observó con ingenua serenidad. Nada más hubo que esperar el primer parpadeo de las nacientes pestañas para dar el suceso por definitivo y que aparecieran las autoridades, acicateadas por la insoportable sospecha de que intentaban dejarles al margen de algo tan inusual. El debate fue otra vez intenso y prolongado. Por fin los sicólogos impusieron el criterio de que Marcialito debía asistir a un colegio común y corriente pues no presentaba ningún tipo de trastorno mental o discapacidad notoria. De cualquier forma, advirtieron, el proceso de adaptación sería arduo. Y así fue: en la escuela todos miraban aquel ojo supernumerario en la frente sin saber qué hacer ni encontrar una palabra adecuada para decir. Tres profesoras tuvo el aula de Marcialito en menos de quince días. La última, una mulata seca y ojerosa, interrumpió sus explicaciones en torno al sospechoso achatamiento polar de la tierra, recogió sus enseres y salió por el pasillo gritando que un maestro necesitaba tener por lo menos algún lugar confiable hacia donde mirar. A la directora no le quedó más remedio que dar el ejemplo y hacerse cargo personalmente del grupo, aunque todavía hay dudas en torno a si era consciente de los riesgos que entrañaba tal acción. Bastó que el primer día advirtiera a la clase andar a cuatro ojos ante alguna ecuación matemática intrincada y traicionera, para que la totalidad de los estudiantes recostara el peso de su mirada sobre Marcialito y, de un golpe, hiciera estallar la burbuja de estupor que gravitaba sobre todos. Sobrevino entonces una época en que cada expresión, no importa de la naturaleza que fuera, adquiría sentidos inusitados con solo ser pronunciada cerca de Marcialito y su cándida mirada triangular. Que si hacerse el de la vista gorda. Que si mantener los ojos bien abiertos. Que si la vigilancia, tarea permanente de los cedeerre. Que si las miradas de tus ojos son tan sutiles… hasta el día inevitable, ya en un aula secundaria, cuando el plan de clases indicó el estudio del ciego Homero. Polifemo dejó de ser a partir de ese día una mención distante, remontó la odisea del pasado, se hizo presente en todos los registros imaginables: susurrado en la formación escolar, rimado en las canciones de moda, grabado en las paredes de los pasillos, pintado en los pares de las esquinas, dibujado por las nubes que se alejaban en el atardecer... Era imposible decir algo (poli-espuma, poli-éster, poli-cía...) sin que el nombre maldito fuera invocado, al punto que la dirección del colegio consideró necesaria la separación de Marcialito, única forma de evitar que no solo la institución sino toda la ciudad siguiera llenándose de polis, lo que era además una redundancia inadmisible. Y, justo en ese momento, apareció el héroe. Se llamaba Antonio (aunque, no sabemos por qué, desde niño le decían Pose) e interrumpió el discurso de la directora para hilvanar una defensa lúcida y apasionada de Marcialito. A medida que Antonio avanzaba entre las filas e iba desgranando razones, los demás estudiantes sentían que de alguna forma aquellas ideas siempre habían estado dentro de ellos y que eran ellos quienes las exponían con toda esa seguridad y donaire, así que la unánime ovación validó para siempre la pregunta final de Antonio (o lo que es igual, de Pose): ¿Acaso una persona diferente no tiene el derecho de ser considerada normal? Fue tan emocionante, que nadie tuvo la curiosidad de observar a Marcialito y preguntarse por qué era el único que permanecía impasible mientras su ojo frontal registraba cómo sus compañeros vitoreaban y alzaban a Antonio en hombros. Parece increíble, pero una simple voz había logrado algo que un minuto antes nadie habría creído: transferir a Marcialito hacia ese segundo plano definitivo que es la rutina. ¿Qué novedad podía haber ahora en extrañarse por su mirada excedente, si todos andaban ocupados en admirar las nuevas pruebas de inteligencia y bondad que Antonio daba cada día? Pronto fue nombrado representante estudiantil ante la directiva del colegio y, casi enseguida, asesor de Educación Municipal en materia de trabajo práctico-docente. De más está decir que durante los meses siguientes fue propuesto para miembro de honor en cuanta sociedad se dedicara a proteger los caracoles, luchar por la igualdad de los enanos o ayudar a extraterrestres despistados. Pero, no importa cuán pesadas fueran sus nuevas ocupaciones, Antonio jamás descuidaba la tarea de velar por Marcialito. Ante el general reconocimiento, le acompañaba diariamente en el trayecto de la casa al colegio y del colegio a la casa, exigía que fuera el primer invitado a las fiestas que organizaban los muchachos del preuniversitario, le ayudaba a estudiar y hacer las tareas... Por eso los padres de Marcialito no se apuraron en regresar aquella tarde de viernes tan a propósito para aliviar con unos tragos la pesada semana de trabajo. Sabían que, al llegar al hogar, allí estaría Antonio. Lo que no esperaron nunca fue encontrarlo empalado en la vara de asar puercos mientras Marcialito lo hacía girar lentamente, con aquella apacible expresión de suprema felicidad tan suya y que, dado el caso, resultaba un tanto desconcertante si tomamos en cuenta que el humo denso y blancuzco debía de estarle molestando muchísimo en los ojos.

d o s s i e r
No dejes que te presten nunca un cuento de Hemingway
Gabriel Pérez
–Ven, acércate, ahora deben repetirlo.

–¿Cómo?

–Ya vuelven.

–No oigo nada, hay mucha interferencia.

–No te desesperes.

–Dale un trastazo.

–No.

–Sí.

–Tranquilízate, le voy a poner todo el volumen.

–Te dije que lo rompieras.

–Pero cómo… es el único que tenemos.

–Lánzalo, es una mierda.

–Cuidado.

–Dame un meprobamato.

–No hay.

–Una duralgina.

–No hay.

–Aquí no hay nada, apágalo. ¿Qué emisora es esa?

–Eso qué importa.

–Todo es mentira, cambia de banda.

–Escucha, aquí también lo están diciendo.

–Ahora sí… tú ves, ahora si es verdad, ahorita era mentira.

–Yo me voy a buscar una botella.

–Todo está cerrado, son las 2 de la madrugada.

–Hay que comprar una botella, cueste lo que cueste, pésele a quien le pese.

–Allá tú, la calle debe estar que arde.

d o s s i e r

Límites de Alcanía
Rito Ramón Aroche
(Fragmento de novela)

¿Debo decir que me gustan los tratados? ¿Debo decir que me gustan más bien los falsos tratados?
Supone que me conoce. O finge. Muy simple. Aparatosa a la salida de un baño en un cine (en su tropiezo conmigo se le ha caído un pinta labios y, debajo de mi pie ¿un pinta labios?) me dice (adopta un tono ofensivo) pronto: « Eh, tú, ojihondo.» Supone — o supongo más bien— que más tarde... pero no. ¿El testimonio? Muy simple. Es ella la que inicia: « He visto muchas cosas hoy.» Y ya en un parque toma el bolso del suelo—: «Porque sé cómo fue todo.» Y me dice (adopta un tono ofensivo) ahora, en un puente (el bolso en el suelo, mi vista, el paraguas en la baranda del puente, mi vista, los senos…): «Eh, tú, ojihondo.»
Aparece la figura, aparece la grasienta figura del padre, acodado a la mesa.

Falto de aire. Falto de palabra igual — que de aire.

El padre: «Tú sacas agua de la piedra.»

Largas las manos de mecánico. Las viejas manos sin lavar. Las uñas.

La figura del padre: botas desacordonadas y pantalones raídos. Inmóviles los labios. El padre.

La grasienta figura inmóvil. Acodado a la mesa.
«¿Lloverá hoy?» Y otra vez: baja la cabeza, los codos sobre las rodillas, el bolso entre las manos.

Y no es que no ames ni te sorprendas, sino que te fijaras bien qué te preguntan.

«Que te fijaras bien», le digo.

Y otra vez: las hojas que caen sobre el banco, las sombras. El sol cuando se oculta.

La misma T.: «Es preferible» insiste, viéndome así, y ahora, con ese aroma

y esa cosa fuera: la sombrilla. «La grosera sombrilla», sentenció. « ¿Y que no hieda?» (Sic) fue lo que dijo.
...la oportunidad de conversar en el puente, acodados en el puente, los pies cruzados, el vértigo por la altura o que la altura supone ¿no es, o no sería otro, por así decir, el testimonio? ¿Un pájaro que cruza el río y no un pájaro al que sólo se le ve cruzar el río? El paraguas que apunta hacia un rápido donde, seca, caída, una rama; y una hoja de plátano recién cortada, arrastrada por el agua (mi vista disimulada hacia los senos colgadizos ¿el testimonio?) los árboles, sus copas, al alcance aparente de nuestras manos —del paraguas apuntándolas, apuntando—. Ahí los barrios: de un lado Simba, el Palenque, del otro. Ver la bruma, la boca de las cañerías en el río, o el animal diría (« ¿una rata?») asustadiza, en el agua brumosa —bajando ya el paraguas, dejando de apuntarla ya con el paraguas— olisqueante la rata asustadiza, en la hierba brumosa, en la piedra.
¿el bar Renedy`s? — bocas que inhalaban el humo incoherente de cigarros, las moscas en el ventilador inútil, la mierda de las moscas, el revoloteo de las moscas, había quién siempre dormitaba sobre alguna mesa y ya despierto, alzaba el vaso, ya vacío, y decía, o cantaba («quiero decir, cantaba nada, decir, bueno, decir no decía nada») el orín en la silla, el pantalón, si sostiene o trata con viejas revistas o periódicos, caedizos o casi y entre manos, de entre manos una jaba sucísima en el suelo, el mentón en el pecho, cigarros en el baño, las bocas que inhalaban en el baño, el ruido fatigoso del ventilador («del otro, siempre ese ruido») y el cubilete, las pocas voces, la risa, la gritería de las pocas voces, hay música («una radio más bien») y la cerveza, el ron y la cerveza y los mismos espaguetis («en el baño... que mancha la pared, el vomito, que mancha el urinario») el orín en el piso, colillas en la mierda, papeles, obscenos dibujos en la pared, la voz que dormitaba («longi...») eso, si trata, ronquísima la voz, de entonar o de dormir. Y ante el olor penetrante que vendría del baño, algunos («cierren la puerta») al llegar al Renedy`s eso, o al salir
De vuelta —por aquel callejoncito— oteamos, umbrátiles, en la basura.

El Chorro todavía aún más allá. Luego del puente. Mujeres que lavaban. Niños. Las cañerías que desembocan en el río. La espuma jabonosa del agua hacia el río jabonoso. La hierba y la basura. La ropa blanquísima, la ropa, ya en el Chorro, tendida. Nosotros sobre el muro, el musgo. El berro.

«¿Tú crees en la reencarnación?»

Habría poco sol. Miró a los niños.

«Lo que no creo es en la memoria del alma.»

¿Y edenantes? —No hay de otras, no. Por aquel callejoncito, si husmeábamos... Después se supo.
Y qué teníamos que ver allí en el baño. Ella, con aquella indumentaria de mujer barbuda, o yo, desde mis argumentos.

«Pero si tienes barbitúricos — me dice — da igual.»

Pienso: «¿Y las semillas?» Pienso: «¿O eran frutas?»

Ruidos. Doy unos pasos hasta la máquina de escribir. Tecleo un poco.

Tu sueño es —si no es que pienso que podría ser— milagroso.

Apenas eso. No consigo por el resto del día más. Difusa como ha quedado mi mente con esa imagen de —, en tacones de punta y más, con aquella indumentaria de mujer...
Hojea el manuscrito. « ¿Versión cuánta?» Hojea. No lee nada, pero hojea. Viene al librero. Toma un plumón, lo prueba sobre una hoja en blanco y lo deja, quiero decir, los deja, plumón y hoja, en cualquier parte. En verdad todo aquello que toca lo deja donde quiera. Días que tiene así, días que son siempre casi todos los días, y que tiene así. ¿Nerviosa? ¿Intranquila? Sobre la cama unos pasos. Estira la mano hasta el sonajero de huesos: ...del gato que alguna vez fue el gato de casa. Otros pasos. Una historia muy simple. Retrocede. Una historia muy larga... Se sienta. La historia de cómo un gato vino a parar, de manera muy simple, a casa, y de la casa, mucho tiempo después, en sonajero.

«La historia así de simple hasta en los huesos de un gato», le explico.

Y sobre el manuscrito:

«Me gustaría pensar que no había, o no se conocían en esa época las fotos. ¿De verdad que no se conocían?» Poco o casi nada ha leído, y me habla de fotos... La almohada (rota) encima de sus piernas. Vulgar, en fin, sobre la cama rota.
¿bar Renedy`s? — el pie derecho sobre la silla, botellas que podrían ser retiradas, los hombres alrededor de la mesa, las manos grandes que se agitan, el cubilete que también se agita, la risa que se abre, hay los brazos cruzados, y la risa, el cubilete, las manos grandes que contrastan con el traje blanco, el chaleco en el antebrazo izquierdo, la elegancia de la mano derecha que se mueve con/entre los dados del cubilete, la cerveza, el chaleco del traje finalmente en el respaldar de una silla, ahora el pie izquierdo sobre la silla, ágiles sus dos manos, el pecho descubierto, la cadena sobre el pecho («¿una Santa Bárbara?») («grandísima sobre la espalda») también uno pequeño («no sé si un corazón») hundido entre arrugas en el pecho, el humo del cigarro, también el ruido del único ventilador ¿útil? fatigoso («la puerta del baño») se habla de un hombre acuclillado que al parecer no importa a nadie («vomitoso el hombre») ante la puerta del baño, ante la taza del baño... («un hombre vomitoso») un hombre acuclillado entre la mierda ante la puerta del baño.
...debe haber sido hará ya muchos años, primero, él que bajaba ¿errático? («yo diría borracho») por aquel callejoncito... blancos los zapatos y el sombrero, el pantalón blanco, el saco blanco unas veces doblado, en el antebrazo izquierdo, echado sobre el hombro izquierdo el saco, otras («el palillo entre dientes, el palillo entre dientes, o en los labios») habría estado orinando, unos minutos antes, contra alguna pared de zinc o de latón, herrumbrosa pared seguramente, orinando, recostado a algún poste, y luego, cuando ya bajaba... otros pasos, ruidos, un ladrido de perros desde patios vecinos, ruidos, otros pasos, los mismos que se alejarían mucho más rápido, por aquel callejoncito y él, incomprensivo, inclinado casi, de ropa blanca en medio de la noche («no sé si tarareaba, cuando venía, o silbaba una canción») rasgado en medio de las piedras el saco, hacia un lado el sombrero, la luz que los ilumina poco y mal, caído, el sombrero, sobre la corriente de alguna cañería rota, el puño de la mano derecha contra la vieja y mohosa pared de ladrillos, su frente, arrugada cada vez, apoyada irresistiblemente contra el puño de su mano derecha, eso, en tanto habría algo que no podría soportar en el estómago, su mano izquierda justo en el estómago enrojecido, la camisa también enrojecida, el pantalón y la mano y todo, todo, o casi, enrojeciéndose. Después seminclinado, inclinado después, después cada vez más inclinado, arrodillado finalmente frente a la pared («¿caedizo, el palillo entre dientes, o en los labios?») la luz que lo ilumina poco y mal, por aquel callejoncito, umbrátil, hará ya muchos años, de camino hacia el Chorro
« ¿Puedes robar algo para mí?»

Lívida se encoge. Yo, ante la máquina de escribir. O, con sequedad:

« ¿Qué?»

Y vi que se encogía un poco más:

«Tiempo. Robar un poco de tiempo para mí.»
De cuando salía, o saltaba, abotonándose por el costado de la fábrica («irrespirable aquel olor a lejía») blanquísima la ropa (« ¿lo hacía siempre?») o casi, abotonándose, agilísimo como era, alto, el saco blanco en el antebrazo izquierdo, la ropa sacudiéndose ¿asustado? ¿satisfecho? ¿entre asustado y satisfecho?

(«pero si hubo relación o no entre la pistola encontrada en el baño, y los tiros a tu madre...»)

Pausa.

(«o a lo mejor no... dios sabe»)

de ropa blanca, sus saltos por encima de las cercas, o por la zanja cruzando, velocísimo, entre ladridos de perros y revuelos de gallinas, o por el Chorro, y de noche («a lo mejor...»)
Bebía su infusión. Pensaba. Yo: «Puso un muro.» Algodones muy raros. ¿Algodones manchados, restos, de algodones muy raros en el bolso?

La policía...

Yo: «La idea fija.» El bolso suspendido, al principio, de una cuerda en el pozo...

Yo, con esa pesadilla anoche de no saber cómo es posible que todavía haya quien se atreva a besar en el preciso momento en el que se podría sostener algo pérfido en la mano: un cuchillo, unas tijeras...

La misma T., besándome otro día en salida de baño y tacones de punta, con esa indumentaria de mujer... ¿T., con algo pérfido en la mano?
Me muestran, en la penitenciaría, fotos, supuestas fotos de un viejo al que no he visto nunca. Sospechan.

Yo: «Me entero ahora»

Hay un antiguo aparato de amolar en otra. Un tablón...

«¿Y el juego?» me preguntan.

En una bolsa de nylon (eso me muestran) una sábana. Supuesta sábana, eso me dicen... Y señalan foto de algún albañil y un testigo que dijo haber escuchado en el solar yermo: «Ponlo distinto» La policía...
¿Y ahora? —Me exigen una posición que valga, convincente.

Me exigen, primero, y ante los interrogatorios: ¿Quién es T.?

Segundo: Retrato hablado.

Tercero: Escribir en una hoja en limpio el día preciso, la hora precisa, el lugar exacto en que nos conocimos.

¿Otros? : Señalar en un plano exacto ese lugar preciso.

Cuarto: ¿Con quién se relaciona? ¿Qué lugares visita?

Quinto: Y entre muchísimas fotos identificar foto. Se sobrentiende: identificar foto(s) de T.

Entonces uno intenta (¿ubicar?) ese Relato cuasi desde el borde. Tan sólo que lo intenta. Y es el momento en que sale y cree, y no es que sienta, que podría. Lo que sería no una imagen, si no un-efecto: sentada, con esa gorra de marino en el (...) o en un parque. Vaya pasaje. Los dos junto al muro del cementerio, mirando aquel mural, contadas desde aquel mural las tumbas, las estatuas contadas. Siempre he creído en historias que podrían, por supuesto, no ser esta. Ideas que son efectos que no un re-cuento, así de simple. Y que uno siente o, que ya no aceptaría ¿tanto? desde el momento en que salimos y nos asomamos, que un Relato o, que una no-historia, pudiera tener ese, su mero comienzo, en cómo, de hecho, podría vérsele ubicada: el codo sobre la rodilla, la frente sobre la mano.

¿Y el bolso?

¿Ya una vez en un pozo suspendido, en un cesto de basura... ya una vez? Que una cosa pueda ser incluso así:



¿Veré a T.? Había pensado, hará no mucho, en un método para comunicarme, quise decir, especialmente, ¿con alguien? — con T., quise decir.

Y había pensado: Divina T. o, Querida T., etc., etc., específicamente.
Perentoria. ¿Hay una pregunta? ¿Quedaría todavía por hacer una pregunta?

«Bueno, no es un método querido ni divino. No es un método»

De separarnos en el mismo punto en el que parecíamos unirnos.

« ¿Allí?»

«Pierdes un poco»

Por un presunto intento en el (...) ¿y de homicidio? ¿o de ahorcamiento? Con una sábana en el baño, o en el pozo.

«Son tantas las visiones...»

«Versiones tú querrás decir. En verdad —pierdes un poco.»
Y si fuera que no recordaras bien, o un poco, luego, de algunas sesiones (sesions) en que leíamos un tanto, un poco, hasta la noche; en que evitábamos mirarnos y, cualquier cosa, evitábamos. Qué distintos y seguros a la mesa al ver, muy distintos, cómo es que ya empieza a decolorársenos el pelo. Tú dices: «No puedo controlarlo» dices, con aquella indumentaria... Y claro, pues quería creer —no sé cómo lo dirías tú— que te referías a cierta música vana y estridente de por esos días. Sólo dije lo que unos versos que tomé y no traduje, te imaginas, de un poeta rumano: «Mă — închin la soarele — înţelept, / că sufletu — i fîntînă — în piept.» ¿Te imaginas? Pues eso dije.

Hundida en el (...) Las manos en forma de bocina grita, me grita, contiene.

Desnuda, con ese cadáver a rastra y que citara ¿recuerdas? de A. P.:

Fue en el puente. Yo estaba desnuda y llevaba un sombrero con flores y arrastraba mi cadáver también desnudo y con un sombrero de hojas secas.

¿Resolvería esa historia del hijo de puta de su vecino que no le dejaba dormir, con el ruido incesante de una llave de agua, abierta, durante toda la noche?

Desnuda. Las manos en forma de bocina — contiene.

Sin contenerse, también entre los oxidados hierros de una grúa.
Volver a oír lo que nunca. «¿Con el fonógrafo? ¿A través del viejo y destartalado fonógrafo? ¿Por el fonógrafo?» Ya tú viste: «No le veo la gracia.» A esa hora ¿3 a.m.? Puede que fuera con ese trasto, maldito, condenado aparato. O puede que te muestre así, aunque no quieras, unas doscientas placas que nunca llegarías a oír... que pone y quita y, todas o casi todas, de 75 r.p.m. ¿el resto de 78? Con ese indicio de scrach que espanta y enruidece: «Que envilece, tú dirás.» Bueno, a esa hora ¿3 a.m.? Tú sabrás. ¿La policía justo —a esa hora?
Muy confuso, es cierto, era abrir (ya para entonces un poco maloliente) ese bolso. Y no es que la policía... Revertir el instante, verla, de presentadora ocasional en aquel programa, 5$ la entrada, en sala y escenario improvisado (la sala no, la sala es la de mi casa) para algunas de sus muestras. Y me diga: «Lo hago sólo para ti, querido.» Y lo diga, no con voz ronca (su voz) si es que lo dice, y lo diga con un tono impostado.

«Podrían venir los de casa y... » Intento precisar, lo cual no parece importarle; lo cual no parece para nada importarle.

Y así es que va y lo resuelve todo con un gesto —ese gesto— el gesto que la haría irrefrenable. E improvisa.

Yo: « ¿Es sólo ocasional?»

O ella: « ¿Y no serán estas frutas...?»

Irrefrenable, sí, con una rodaja de tomate en los senos o en los labios, poco aseguro (y es lo que sospecho) que podría levantarme y dar, si tocan a la puerta, una imagen de mí compuesta y favorable, acaso, una imagen serena.
¿Subiría la picuala ya más de lo que habría hecho? ¿Al pozo y el solar yermo, definitivamente, los cubriría? ¿Ante plantas que invaden y la areca vecina, el caisimón que también invade? Se solía escuchar en ese entorno bien la voz de algún albañil:

«Ponlo distinto.»

«Mi idea era bajar un poco la ventana, y que alguien tranquilamente pudiera, ver.»

Tiemblo al considerar la idea.

Y es que con las lluvias debieron haber llegado aquí (T., no especifica) rojas, verdes, incluso blancas, entre cacharros y trastos en el patio. ¿Frutas o semillas?
Sello con una masa de pan aquel punto de hormigas en la ventana. A continuación escribo — no, diría que más bien fijo — una escala, una idea.

Esta es la hora en que no pueden escapársete ¿volar? Salir a trancos.

Escribo: Sello la cueva.

Paso los labios por el borde del vaso, vacío, de T., claro. Lo aspiro, claro. Y si todo esto es, y ha sido, es (será) ¿quién lo sabría...?

Y abro, sin pensarlo ya más algún boquete en el (...)

Escribo: Sé que puedo (si es que no sello la cueva, vamos) mirar un poco las hormigas, esa fila inconclusa, apta. En la ventana — esa fila imprecisa.
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