No es posible comenzar un poema sin una parcela de error acerca de sí mismo y el mundo, sin una brizna de inocencia en las primeras palabras”




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Excesos

Luis Carlos H. Delgado

No es posible comenzar un poema sin una parcela de error acerca de sí mismo y el mundo, sin una brizna de inocencia en las primeras palabras”

René Char, “La palabra en archipiélago”


Capítulo I
Se le habían adherido sentencias
¿Qué es el amor, mi amor?”

Mi amada amada, no usaré la palabra amor excepto para decirte que te amo.”

Quién camina una legua sin amor camina amortajado a su propio funeral.”
De la primera no recordaba el origen, su resonancia redundante satisfacía la expresión de un anhelo y del sentirse misteriosamente preso de su necesidad. La segunda provenía de un film bélico, donde un soldado intenta hacer llegar un postrer sentimiento a quién esperará inútilmente su retorno.

La última era de Walt Withmann y solía utilizarla como admonición. Ciertamente creía imposible vivir sin amor. Todas trataban del amor humano.

Existían otras sentencias
Amaos los unos a los otros.”

Ama a tu prójimo como a ti mismo.”

Ama a tu prójimo como yo los amé.”

Ámame porque yo te amo.”

No tendrás otro Dios más que a mí”
A pesar de la exacta comprensión del clamor celestial, su alma no terminaba de encontrar allí su ruta, Cumplía con el prójimo pero el amor profano lo distanciaba de una conformidad con el amor divino, experimentando la tensión de ese alejamiento.

Negar a Dios era un a priori que su razón no permitía. Le bastaba pensar que si existiera, habría de tener bien maquinada la complejidad del Universo.

Como hijo estaba reconciliado, por lo que no le resultaría difícil, de existir, acomodarse a la magnificencia de un padre semejante.

Lo que disparaba su incredulidad era la sospecha por el exceso con que nos carga la vida en su indudable designio de perseverar y acrecentar mecanismos de perdurabilidad, no de sus criaturas o formaciones individuales, sino de ella misma; en un sentido antropomórfico figurado: ciega, sorda y muda a intereses particulares que no le competen ni le importan. La vida sería simplemente un hallazgo cósmico de estabilidad frente al caos y posterior acrecentamiento.

A nivel humano son obvios sus recursos de anudamiento para proseguir su marcha: exceso de sexualidad, erotismos, ternuras, enamoramientos, dependencias, rivalidades, solidaridad; su notable exuberancia habría conducido también a que el individuo, asimilado al imperio de sobrevivir, se preocupara por las acciones negativas de sus semejantes e impusiera, para resguardo de la continuidad, el imperativo de una organización social, ya sea mediante la pacificación de pulsiones instintivas, el control de bienes, la sanción por la sexualidad disolvente y la agresividad destructiva.

Recursos inconsecuentes para la configuración estable de la cultura, de lo que resultaban estallidos que denunciaban la volubilidad e imperfección de la naturaleza humana librada a su albedrío.

Las funciones del poder y la Ley implicaron el filicidio del primogénito, el tabú del incesto, la castración, la circuncisión, la potestad paterna; códigos, penalidades y en sus formas domésticas el culto, la función pastoral, la del docente laico y la del positivista.

La prodigalidad de lo vital, avanzando con un único propósito generativo, complicaba la trama vincular y hacía sospechosa de inanidad la relación humana, como no fuese para satisfacer el designio evolutivo, independiente de algún derecho o posibilidad instituido de los individuos para amarse y trascender.

Estaba convencido que la Vida reedita con exceso la pulsión que perpetúa especies y que con ello frecuenta la muerte, que es su pivote de ensayo, cambio y evolución.

De allí que concluyera que tal programa, por énfasis y exceso, fuera perverso: desprovisto de miramientos o piedad por la conmoción que promueve en cada sujeto que lanza al mundo, maleando la orientación amorosa hacia el otro en el breve instante de su vivir. Fugitiva la ocasión de gozar y ser gozado, que es al fin perdido el goce, desear o ser deseado. Constructora de instantes de individualidad e intersubjetividad perturbados por la improvisación, que apenas hay lapso para un aprendizaje o adecuación, ya que rápido los devora el tiempo.

Examinaba opciones.

Acaso la Vida fuera lanzada por un Alfa que nos recoge en su Omega de infinitud, para juzgarnos, corregirnos, reprendernos o perdonarnos.

O pudiera ser la obra consentida de un rebelde de las internas angelicales, que intenta probar al Creador la inutilidad cósmica de la existencia.

Tampoco hacía falta una razón sobrenatural para explicar la maldad de los malvados.

Puede que el Eterno haya deseado contentarse con sus criaturas, productos azarosos de la libertad que ha consentido, puede que le hicieran felices los niños, que fuese capaz de amor, como nosotros mismos, o que haya puesto como exigencia y condición de su amor, el ser-amado, la comunión con él y en su defecto, nuestra condenación o aniquilamiento.

O como en la hipótesis de P. H. Gosse, que el tiempo fuera una ilusión concedida por la magnanimidad de Dios que recién acababa de crear el mundo.

Concluía, al fin, que una deidad de inconmensurable autonomía no necesitaría del amor humano, no podía adolecer de esta falta, a menos de ser un desamparado o haberlo sido durante su Encarnación en la Tierra, abandonado a los infiernos para compartir la condición del pecador.
Contra tanta herejía su interlocutor, que era un creyente, le contestó.
- Ser-amado y ser amado es el plan de Dios. Fuera de ello, la cuestión es que donde hay una cosa hay otra y otra más al lado, y el hombre explora la superficie extrayendo de ellas el saber relativo que ofrecen, pero perdiendo la verdadera esencia de la totalidad.
Era habitual entre ellos sostener estas conversaciones apoyados en una mesa del salón. Tenían la misma edad y una amistad de decenas de año, tantas, que estaban muy cerca de completar su tiempo. Para uno, no cabía duda que ganaría con su fe y su práctica religiosa. Para el otro, la vida no se sustentaba más que en sí misma hasta que agotara su impulso, dejando mientras tanto mortandades a su paso sin rescate alguno.

Los diálogos podrían resultar extraños en ese ambiente de tránsito de la estación de servicio, que a esa hora de la tarde, sin embargo, resultaba tranquila y acogedora.

… En cuanto amar, la diferencia entre ambos no era tan grande.

Estaban de acuerdo que para un hombre bondadoso la figura de Cristo acompaña. La cuestión se complicaba al considerarlo Hijo de Dios. Allí estaba la fe, de la cual uno de ellos carecía. En la inmanencia del vivir, el Cristo era para este último un singular maestro que caminó, no milagrosamente sobre el mar, sino entre los hombres, predicando el amor al prójimo y la piedad

Fue el martes siguiente que narró su sueño.
Creí incorporarme del lecho siendo Machado. Salí y me encaminé decidido y mal calzado hacia un área del barrio, figurando edificios de arquitectura ibérica que remedaban los de Sevilla o de Castilla.

Mi mujer se extrañó de mi partida y a poco de andar, cuando su gesto a mi espalda se hacía borroso, advertí y obedecí la señal de regresar.

Era lo adecuado. Retomé mis pasos y volví a su lado.

A fin de explicar mi salida le ofrecí repasar unas notas escritas minutos antes. Para mi asombro, descubrí que consistían en unas pocas palabras repetidas e incoherentes que no explicaban nada, lo que me llevó a suponer que estaba soñando. El ensueño continuaba con visos de realidad dándose un diálogo que al fin se desvaneció con el auténtico despertar.”
Había intentado interpretarlo;
-¿Por qué Antonio Machado?

No es extraño. Hombre en duelo a quién la muerte le arrebató a Leonor, su ser-

amado que le amara. Penetrar su obra y sentimientos incorporó en mi pensamiento identificaciones que surgen espontáneamente en mi trabajo y vida personal.

A ultranza buscaría en el sueño sumergirme aún más en su existencia emparentando angustias, cuya develación ya estaba ocurriendo.

Pero se me escapa el diálogo revelador del cual retengo mis demandas y el conato de su desamor.

Sólo me queda forzar imágenes e interpretaciones para profundizar el sentido:

Yo me alejo y ella me llama.”

Señalo que ya no me ama y ella casi lo confirma.”

No lo soporto y me despierto.”

Aún así conmocionado al despertar, fuerzo la continuidad del diálogo.”

Me pierdo en el intento y asocio excesos culposos por las que me siento su deudor y comprendo angustiado el merecimiento de la defección de su amor“
Al narrar un sueño es utilizan palabras insuficientes para revelar su contundencia.

Sabía que reclamaba acongojado el amor, consolidado por el vínculo hasta allí teóricamente indestructible. De pronto, el apagamiento de ella, por el cual descubre que ya no posee el comando de los sentimientos. El alejamiento que en ella se insinúa parece inabordable e irreversible. Lo asume culposamente.
- Me invadió la culpa: por el sueño asumo mis excesos y el no merecerla. Agotó mi exceso su donación de amar y hace que pierda sentido mi demanda de cariño.
Su alejamiento es como la propia muerte.

Morir de amor es una tarea solitaria e inacabable que requiere haber amado.

La culpa, consecuencia de la responsabilidad por la pérdida de ser-amado.

No es sin razón ni sin causa que se pierde el amor. Después: ¿Qué?
­- Psicóticamente, el abandonado mata y se suicida. Iguala. No dispone ya de otro recurso de amor que no sea un réquiem, el grabado en una lápida que pretende inútilmente compartir.

Ante la realidad de la pérdida puede uno rescatarse con su narcisismo, simulando seguir viviendo.

Hasta pudiera renovarse el amor como si se tratara de una primera vez.

O tal vez, resignado y con naciente sabiduría, admitir que su oportunidad de amar acabó y delegar el amor a vidas nuevas.

Yo, Machado, me encaminaba mal calzado hacia una escena presentida. Una atmósfera. Pesaba sobre mi marcha la consabida melancolía de ayer, hoy y mañana; el hombre enjuto, desaliñado y triste en que me había transformado.

Fui un exceso, me han expulsado del Paraíso. Un gesto percibido en ella me trae de vuelta para reencontrarme con la razón de mis culpas y el fracaso.

Pero la escritura extraña del escrito, que revela su condición onírica, reflota la esperanza de un perdón que me despierta filo de la angustia.
Le transmitió al amigo todo lo que pudo de sus asociaciones. Éste, con tino, señaló que la mujer no se había movido, que fue él quien en cierto momento se alejó

Tenía lógica: el fenómeno onírico que pone en escena la ausencia del objeto amado tiende a transformar esta ausencia en prueba de abandono.
Aprovechó, el amigo la observación para remarcar su doctrina.
- Dios está siempre con nosotros... Es el hombre quien lo olvida.
- Es posible- debió admitir no convencido.
Su certeza era la seguridad de morir, certidumbre que le ayudaba a forjar su existencia en lo inmanente y le otorgaba capacidad para conllevar la muerte como un proceso lógico e inevitable, aunque tantas veces sorpresivo o inesperado, pero como no renegaba de la fe del otro, hizo un esfuerzo de introspección y acercamiento. Solamente consiguió repetirse:

-No soy ateo, porque negar a Dios es un a priori. Pienso además que no puede demostrarse su inexistencia, aunque se tratase de un absurdo. Por otra parte estoy muy lejos de la soberbia de suponer que si el Señor, de existir, depositara toda la data de la creación en mi cerebro, yo pudiera integrarla. Estallaría mi cabeza al instante. Pero creo en la fe de los otros.
Resonaba un poema en su interior: hubiera sido más justo decir que lo conmovía la fe de los otros.1 Por otra parte, le pesaba suponer que la fe en Cristo no fuera la confianza en Cristo sino el sólo el reconocimiento de la verdad de su prédica.

Capítulo II

Un primo solía decir, más sincero que burlón: “La vida es un biógrafo.”

Biógrafo era en argot la sala para la proyección de las películas preparada para ser vistas por los espectadores. Ese primo supondría que la vida no era otra cosa que el conjunto de las historias que se suceden en la pantalla.

Al menos, al escucharlo, tenía de cierto para sí que su existencia individual y social estaba enlazada desde temprano con la cinematografía.

La historia de su vida, su biografía, implicaba un deslizamiento fílmico que lo forzó a una preocupación por lo que el cine pudo alimentarlo, confundirlo y condicionarlo con su latencia conductista.

En su pasado y en su presente había más horas de cine que de iglesias.

Acuñado por los hábitos individuales, la memoria de los hechos, dueño todavía de un margen de reflexión y crítica frente a un mundo de relatos, sería posible esclarecer las influencias sobre su personalidad para reforzar y ajustar la hipótesis sobre el exceso en el plan de la vida.

El cine es también diversión y pasatiempo, por lo que no era necesario ponerse muy serio en el análisis de estas cuestiones; un lógico placer depara recuerdos, comentarios y apuntes que compartía con otros fanáticos iniciados en estos menesteres.
El 28 de diciembre de 1895 nace el cine en París. A un franco la entrada, en el sótano del número 14 del Boulevard des Capucine se ofrece un espectáculo de 20 minutos. “Venid a ver la prodigiosa invención de los hermanos Lumiere” No más de treinta personas ocupan la sala. Sobre una pantalla blanca imágenes en movimiento muestran el gag del “Jardinero regado”.

Los antecedentes de estos sucesos se remontan al conocimiento que ya poseían los griegos sobre ciertos principios ópticos de la luz, tal el fenómeno de la cámara oscura. Arquímedes lo conocía, Siglos después lo describió detalladamente Leonardo Da Vinci. Eran ámbitos con un pequeño orificio que dejaba pasar la luz diurna y permitía proyectarla sobre una hoja de papel. Gerolano Cardano construyó una caja opaca en la que una cara era de vidrio esmerilado. Juan Bautista Della Porta dejó instrucciones precisas en el Siglo XVI incrustando una lente. La imagen procedente de la lente fue a su vez reflejada por un espejo sobre una superficie de vidrio sobre el cual se poyaba el papel y se dibujaba.

La apariencia arqueológica de los datos no resultaba tan lejana en su experiencia.

Conservaba muy fresco el recuerdo del sorpresivo descubrimiento que hiciera una mañana en la quinta.

La ventana de su habitación le resguardaba por las noches cerrando las persianas rebatibles. Construidas con tablas de madera ancha llevaban una perforación circular de pulgada y media en su tercio superior. Al despertar, inmerso en la suave luminosidad que esos orificios permitían, vio una primera vez, sobre la pared blanca del cuarto, proyectado el paisaje exterior. El césped, las copas de los damascos, la profundidad del parque más allá de los troncos blanqueados con cal, la tranquila vibración del follaje, no sé si el cielo. Ese pasaje invertido fue por entonces una función cinematográfica matinal que prolongaba su infancia desde el lecho y que aún podía reproducir con una ligera concentración.

Nadie más se había hecho cargo de esta emoción del descubrimiento. Se trataría de la exclusiva ubicación de su cuarto. Acaso al despertar su hermana o los primos durmieran o fuera el último en levantarse. Retenía la emotiva soledad de la vivencia, el misterio de la luz y las imágenes. Era el espectador cinematográfico, alimentado por juegos de luz y sombras.
Platón ubica en su caverna a hombres engrillados obligados desde niños a una pantalla donde un fuego proyecta un pésimo film. Quien es liberado, descubre la fuerte luz del fuego, encegueciéndose más frente al mismo sol. No sabe aún que lo que cree real son sombras, pero siente compasión. El dar la vuelta, periagogé, hacia la luz es doloroso e implica la verdadera vocación de una verdad, pero enceguecido por la luz hace el ridículo con sus compañeros desconociendo los fantasmas de sombra de esa vieja realidad que ya no lo contienen.”2

Por inmadurez del espíritu científico no encontró razón para investigar el fenómeno, ganó en cambio el exceso de romanticismo y la actitud contemplativa que reforzaría su sensibilidad en los años posteriores.

Tras la cinematografía, la otra vertiente de sus elucubraciones fueron rudimentos científicos.

La vida se habría iniciado frente al caos como una realización cibernética destinada a acrecentarse. La molécula de ADN capaz de replicación, desarrollaba la notable capacidad de rodearse de una envoltura protectora y adaptativa contra el resto del Universo. Plantas, animales, el hombre mismo pasarían fugaces sobre la Tierra pero los genes persistían casi inmutables.

Estos conceptos empalmaban con las investigaciones de Alexsander Oparín, quien estimulado por la lectura de la teoría de la evolución de Darwin comenzó a desarrollar en 1924 una investigación acerca del origen, consistente en el desarrollo de la evolución química espontánea de la atmósfera primitiva a partir de la cual pudieron formarse sustancias orgánicas y que Stanley Miller Harold y Clayton Urey reprodujeron en un balón de laboratorio.

Del acoplamiento de determinadas sustancias orgánicas habría surgido el ADN circunstancia que condujo a los biólogos definir a los seres vivos como sistemas que poseen información codificada y reproducible.

Se asomó también a la teoría termodinámica, cuya primera ley establecía que en un sistema cerrado la conservación de la energía es permanentemente constante. Más específicamente subrayó que la energía no se pierde, sino que se transforma en calor y trabajo.

La segunda ley le aportó la noción de entropía o desorden de un sistema

En los procesos espontáneos la entropía tendía a aumentar. Sistemas ordenados se desordenan espontáneamente. El caos y el cambio son consecuencia de inestabilidades.

Llegó a informarse que el problema del tiempo siempre había preocupado al científico ruso, Ilya Prigogine, quien lo consideraba una dimensión pérdida de la física. A su ver, mientras que la aspiración de los físicos era establecer el progresivo y definitivo desvelamiento de la totalidad de las leyes de la naturaleza que supuestamente habrían regido siempre de manera inmutable, Prigogine señalaba lo paradójico de este anhelo frente a la propia existencia que demuestra inevitablemente cambios en la flecha del tiempo.

Supo que en 1977 mereció el premio Nobel de Química por su trabajo sobre lo que denominara estructuras disipativas o estructuras de no equilibrio, obligando a reconsiderar las leyes de la naturaleza involucrándolas en los conceptos de probabilidad e irreversibilidad.

De sus observaciones y experiencias había deducido que se puede crear orden en el desorden; que el caos era determinista y los fenómenos caóticos impredecibles, que de ellos emergen nuevas propiedades imprevistas e inexistentes hasta entonces. Se constituirían sistemas complejos entre el orden y el desorden que no tendrían sólo adaptabilidad sino la posibilidad de crear aún en la materia.

El tiempo no era meramente medida del movimiento, sino algo transcurrido que manifestaba aspectos distintos al inicial. Alejados del equilibrio, estos no tendrían necesariamente que volver al equilibrio; aparecerían propiedades de alteración desembocándose en la irreversibilidad de la materia. De lo que se concluye que ésta posee temporalidad.

La hipótesis constituía un puente evolutivo que homologaba el orden físico, químico, biológico y sociocultural.

La existencia de una flecha única del tiempo tenía un origen cosmológico. La teoría del caos establecía una formulación nueva de la dinámica de la inestabilidad al nivel probabilístico de operadores de evolución, en tres etapas que podían resumirse en: inestabilidad probabilidad irreversibilidad, series que no excluían la bifurcación de procesos evolutivos.

Aquí sirvió también la literatura: En “El jardín de los senderos que se bifurcan” Jorge Luis Borges adopta narrativamente una estructura similar a la de la ramificación evolutiva. Se refiere a una novela apócrifa, caótica e inextricable de un tal Ts'ui Pên, con bifurcaciones del tiempo, no del espacio, que conducen a Fang, su personaje, a múltiples porvenires y desenlaces.

Asimismo recurrió a la mitología. Milenios atrás las musas habían respondido a Hesíodo su pregunta sobre el comienzo:

Al principio fue el Caos, luego la Tierra con su amplio pecho… y Eros…, y luego todo lo demás.”
C£os se traduce como hendidura, hondonada y deriva en griego de C¡J, bostezo.

Esa forma desmesurada de abrir la boca, oquedad absoluta, sin cielo ni tierra, lo más indeterminado, confuso y neutro, que en la abstracción de Hesíodo por un comienzo, contenía la posibilidad de serlo todo, y ¿por qué no? devorarlo todo.
No sólo el tiempo es ilusión en la conciencia humana, también lo son la materia, el espacio, es decir el Universo o los "pluriuniversos". "La realidad" indica un universo en vertiginosa expansión, con galaxias que se alejan unas de otras a "super-velocidades". Para el humano "todo es pasado" (vivimos en el "cadáver" del universo). Como fantasmas incapaces de "conocer", los humanos "existimos" en una nada ilusoria sin principio ni fin. En realidad habitamos la "incertidumbre" de ser "el no ser", en un mundo que "es" "real" e "irreal" al mismo "tiempo", que no se explica ni con los sistemas, ni la dualidad del caos central y el equilibrio circundante.
Tras esta cita de Prigogine, otra vez la cinematografía, exhumando una composición para un debate de Cine Club sobre “Hiroshima mon amour” de Alain Resnais
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