Hace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó






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títuloHace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó
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CAYETANA GUILLÉN CUERVO

17/01/2015

A pesar de todo

HACE HOY dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó. Porque parece que la vida siempre debe seguir al mismo ritmo. Y que detenerse es un error. O una respuesta a algún problema. No paramos hasta que algo nos frena en seco. Una enfermedad, un accidente, una mala noticia. Algo importante que nos hace conscientes de la fragilidad de los pilares, de las bases, de la rutina, de los referentes, de la impunidad de ese Dios que creó al hombre a su imagen y semejanza, y le otorgó el libre albedrío desde el que el hombre asume constantemente su culpa de haber elegido el otro lado, el lado equivocado. ¿Qué opinará Dios de la nueva portada de Charlie Hebdo? ¿Él, que no se pronuncia, qué valor le dará a esa libertad de expresión por la que morimos todos, lentamente? Mi hijo llena el suelo de su habitación con regimientos de soldaditos del Risk, que pelean por conquistar su territorio. Mueren una y otra vez por la misma causa. Y una y otra vez caen en el mismo error. Luchar por lo que creen que es suyo. O que debería serlo. Los levanta, los tira, los levanta. Ahí no hay libre albedrío. ¿Pero saben ustedes de algo más determinado que un ser humano? Por el contexto, las costumbres, los genes, el terror, las expectativas, los planes, el sistema, la familia. Y ese gran enemigo: uno mismo, siempre tiritando ante los cambios, ante el horizonte de lo desconocido. Sacar las cosas de contexto es redefinirlas. Desorientarlas. Y si la libertad de expresión no debería tener límites, lo que está claro, es que sí tiene consecuencias. Porque la percepción de las cosas es una y muchas, tantas como seres humanos en su contexto, con sus costumbres, con sus genes, sus miedos, sus planes, su familia, su sistema y sus expectativas. Y si el sentido del humor es un arma que ayuda a de-construir para poder construir la sociedad, el entorno del chiste es clave para que se entienda. Pensaba en mi padre, en la viñeta, entre las nubes, mirándonos desde arriba. Recibiendo a los que llegan con la serenidad del experto, dando consejos, y repartiendo los rincones de un cielo lleno de buena gente. Nos miran perplejos. Porque conocen el final. Y no entienden por qué nosotros, que también lo conocemos, siempre lo ignoramos. Y sufrimos cada día, constantemente. Por casi todo. Dice el Papa Francisco que si te metes con su madre, él, seguramente te la devuelve. No sé. Quizá la verdadera sabiduría, visto lo visto, está en perdonar. A pesar de todo.

El último tren

CAYETANA GUILLÉN CUERVO

LA MUERTE de Máximo me ha trasladado a rincones reconocidos. Donde el dolor se expande como una onda de energía brutal. Consciente de los pasos por los que iban caminando sus hijos en un terreno en el que avanzas muy torpemente. El desamparo. Te lo han robado de un zarpazo. A tu padre. Ni más ni menos. Máximo San Juan, con sus dibujos, supo dar otro punto de vista de las cosas. Y eso tan valioso que es el talento, y que tanto nos ayuda a sobrevivir, sobrevuela las conciencias de los seres humanos dispuestos a sonreír, a pesar de todo. Se nos van yendo. Se nos va una generación que es mucho más que un referente. Porque ha sido, sencillamente, nuestra manera de vivir. Y dudo que nuestras aptitudes supongan un relevo de la misma categoría. Hace pocas semanas, rodando un exterior de la serie El ministerio del Tiempo, crucé, en plena hora de la cena, por el comedor de una residencia de ancianos. Se trataba de llegar a coger un ascensor, así que di la vuelta y anduve despacio por aquel pasillo, entre las mesas, sujetando mi ritmo hasta acercarlo al suyo y tratando de comprender. De entender el sentido de la vejez. Ellos no me miraban. Porque ni siquiera me veían. Inmersos en una rutina de analgésicos, antiinflamatorios, paseos, algo de higiene y algunos alimentos, pasan sus horas como si no fueran las mismas. El tiempo, digo, es otro. Ya es otro. Porque las ilusiones, las metas, los afectos, en un cuerpo que te responde y reconoces, tiene el mismísimo valor de la vida. Pero si el cuerpo es otro. Y los demás son otros. Y tú eres un desconocido que arrastra como puede su dependencia y su fragilidad entre los que ahora deciden por ti, te vas dejando tus recuerdos por los pasillos, mientras cruzas, poco a poco, al otro lado del espejo. Porque la imagen que éste te devuelve es tan distinta a la tuya, que no llegas a acostumbrarte. Es una realidad tan lejana, y a la vez tan nuestra, tan cercana, que debe enloquecer. ¿Cómo explicar quién eres? ¿Cómo transmitir lo que quieres? ¿Y a quién? Tres de enero. De un año nuevo que comienza lleno de esperanza, de ganas de sentirnos mejor, de sentirnos bien. Porque si la vida es ese viaje en tren en el que van quedando asientos vacíos, los que seguimos, debemos asumir la responsabilidad de cuidar a los que nos cuidaron. De hacerles sonreír. De que tengan a alguien a quien poder mentir.

A PIE DE CAYE

Pánico escénico

LA ETERNA pesadilla. La que te deja en blanco sobre la cuerda floja y te hace verte desde fuera. La que mata la magia. La que quita el sentido a tu presencia encima de un escenario y delante de una cuarta pared, que en realidad, está repleta de seres humanos con criterio, y a quienes por nada del mundo deberías decepcionar. Ni a ti mismo. Porque tienes una imagen de ti tan definida, que no te puedes permitir golpearla como si nada. Tú no. Y si por un momento te asalta la consciencia de entender que te escuchan, que corean tus canciones, que te miran, que tienen una opinión de ti, si el código que sueles recitar de memoria no sale, y tu mente se detiene, y pasas de volar a estamparte contra el suelo, de latir a caer por un abismo negro que te arrastra hacia lo más profundo de la tierra, si el terror de no poder ser el que todos esperan, te paraliza, y la angustia te roba la respiración, ese instante, es como pisar el mismísimo infierno. Pánico escénico. Esa expresión tan nuestra, que Jorge Valdano utilizó para hablar de los miedos de sus jugadores en el campo, y con la que yo he convivido desde que era niña. El pavor a quedarte en blanco encima de un escenario. A que te falle algún resorte del cerebro, posibilidad que siempre está al acecho detrás de la genialidad, de la inspiración, de las horas de ensayo, del esfuerzo. Joaquín Sabina. El poeta. Nuestro Sabina. Grande. Sabio. Inmortal. Siempre enamorado. Tuvo que acortar un concierto porque la tierra se abrió delante de sus narices. Y habló de ello con tanta sinceridad que yo, de corazón, se lo agradezco. Por acercar a los demás los misterios que ocupan nuestra fragilidad. Nuestra impotencia ante la realidad de saber que el material que manejamos al crear, el que agita las alas y nos deja volar por este mundo, se puede quebrar en cualquier momento. Paradojas. ¿Verdad? Alguien que llena estadios a lo largo y ancho del planeta, que ha salvado vidas del desamor, y de la desesperanza, que ha logrado ordenar ideales y ondear banderas, cantar nuestras historias al oído de quien ama, que alguien como él, tenga tanto miedo a decepcionar. La presión es tan grande, que los sueños se olvidan. Y tus deseos pasan a ser de otros. Y tú también, muy poco a poco. Es difícil gestionar una vida que, de alguna manera, es de todos, para que vuelva a ser tuya. No son frivolidades. Se lo aseguro. Es algo muy serio. De lo psicológico a lo físico. Pero Sabina, una vez más, ha ganado la partida.

'El Bonanno'

CAYETANA GUILLÉN CUERVO

DICEN QUE 20 años no es nada. Pero son 20 años los que lleva El Bonanno entre nosotros, con sus puertas abiertas de par en par, escuchando historias desde el otro lado de la barra, poniendo las mejores cañas, las mejores tapas, su mejor sonrisa. Conocí a Toni la noche de mi cumpleaños. Era el alma de algún local del centro para el que trabajaba, y lo llenaba siempre, de gente que, sobre todo, buscaba su carisma. «Niña, felicidades». No me conocía de nada. De sangre siciliana y ojos azules, Toni reparte amor por donde pasa. Y me cuidó como si fuera la última noche de su vida. Sin más. Y hasta hoy. Inmigrante, de familia italiana, echó raíces aquí y creó, para Madrid, el bar entre los bares. El Bonanno. El Rastro, La Latina, la plaza del Humilladero, la Plaza de la Paja, las Fiestas de la Paloma y de San Cayetano, cantan en su ventana poemas de amor. Porque ha llevado por allí a media España. Porque los bares son la esencia del barrio. Y de sus gentes. Y El Bonanno es como Madrid, que acoge a quien se acerque. La soledad concurrida del que busca compañía sin conversación. O con ella. Y Toni siempre está. Para todos. Para la estrella, para el desconocido, para el vecino, para sacudirte la tontería y ponerte el mejor jamón. Porque sabe de lo que habla. De la vida, digo. Que le ha tratado mal y bien. Pero él ha decidido avanzar siempre entre las sombras, pase lo que pase, y sea quien sea quien le ponga la zancadilla. La salta. Y de paso, si puede, mete gol. Es un superviviente. Y su casa un refugio para escapar de ti mismo. Será por eso. Porque nuestro país le abrazó el día que decidió escapar de algún lado, y él responde con otro abrazo largo y cálido. Para quien quiera recibirlo. Un buen ejemplo de que seres humanos somos todos, allá donde vamos, con nuestra identidad, cruzando fronteras. Y que el camino se hace en alguna parte, y se llena de quien te cruzas. Que los derechos son, y están, y hay que mimarlos, porque todos podemos vernos en la piel de un extraño que por empatía, ya no lo es tanto. Es cuestión de actitud. Y de mirar a los ojos del otro. Vidas cruzadas que definen tu propia historia. Tus propios pasos. ¿O es que podemos caminar solos, por las calles, por el colegio, por los desiertos, los mercados, los lutos, la desesperación, la plenitud, los sueños? Ni solos, ni mal acompañados. Y hay rincones del mundo donde te sientes bien. O al menos, un poco mejor. Como El Bonanno.

A PIE DE CAYE

Cayetana

LA PÉRDIDA. Ese abismo al que nos asomamos sin experiencia. Con la extrañeza de tocar lo desconocido, y de tratar de intuir un nuevo mundo sin ellos. Sin ellos. ¿Cómo se vive con la ausencia de quien te ama? Con la ausencia de quien llena tus días con su voz, con sus consejos, con sus preguntas, con sus sueños compartidos y sus puntos de vista, enredados a los tuyos. ¿Cómo se vive, después de ellos? Es otra vida. Una rutina en la que ya no está repartir tu amor y tu atención entre los mismos. Y el desgarro de la ausencia exige la suficiente intimidad como para tratarlo con cuidado. Porque la incomprensión te encierra en el dolor. No se digiere. Buscas algún argumento que te libere del peso del absurdo, de pensar que pasamos por aquí para luchar y parir y negociar y discutir y lamentarnos y seguir y caernos y levantarnos, y poco a poco desgastarnos y entrar en la impotencia de la vejez y depender y gritar y desesperarnos, y que un día, se acaba todo, como si algo de lo anterior adquiriera algún sentido. La desolación es entender que no, que no lo tiene. El personaje público, en su extensión, nos pertenece a todos. Y entre todos le decimos adiós. Les puedo asegurar que el afecto del mundo, alrededor, te llena el corazón. Que hay mensajes sinceros de quien, a su manera, llora contigo. Y es muy reconfortante sentir que algo queda. Sevilla entera se agolpaba ayer frente a la catedral, querían acompañar a la duquesa hasta el final, y dentro, mucho más allá del protocolo y las banderas, estaba el llanto de quienes la querían de verdad. De verdad. Profundamente. Porque ese personaje que asociamos al resto de las cosas, es también la abuela de Tana, la mujer de Alfonso o la mamá de mi querida Eugenia, ayer tan frágil, tan pequeña, y a quien esa ausencia provoca ya una herida abierta que no se cerrará. Porque para ti, que estás ahí, de pie, tiritando de frío, ese féretro es una imagen que hasta ahora pertenecía a los demás. No a ti. Que hoy pasas de puntillas por una pesadilla indescriptible. Cayetana de Alba. 14 veces Grande de España, icono, imagen, historia amada, odiada, envidiada, admirada, cuestionada, libre y capaz, te llevas lo que dejas entre los tuyos. Y los tuyos ayer lloraban tu ausencia amargamente. Porque no te verán más. Y porque tampoco se lo esperaban. Siempre acostumbrados a tus órdagos, vieron tus cartas. Y otra vez ganabas tú. Te fuiste con una sonrisa. Serena. Y en casa.

@cayetanagc

Relatos salvajes
CONTENIDOS. Callados. Aterrorizados. Temerosos de perder lo poco que nos queda. Aguantando humillaciones, presiones e impotencias. Hostilidades de un sistema, que nos obliga a arrastrarnos por lo más mínimo. Por lo que, supuestamente, era incuestionable. Culpables por todo. E infinitamente agradecidos por ese trabajo y esa vivienda dignos que protege la Constitución. Porque si la Constitución no cambia, lo que sí cambia es el significado de las cosas. Porque siempre puede ser peor. Eso sí. Siempre. Y la dignidad, como decía nuestro añorado Fernán Gómez en aquél viaje a ninguna parte, tiene mucho que ver con el bienestar. Y un estado de supervivencia, a menudo, no es digno. Porque no llega a conquistar lo básico, lo que nos reporta la armonía que nos permite respirar y disfrutar de vez en cuando de las cosas. Damián Szifrón, joven director argentino, e iluminado, nos ofrece la posibilidad de explotar con él en Relatos salvajes. Qué gusto. El placer de cruzar el límite entre lo cotidiano y lo aterrador, la tragedia, el sueño de escupir posibles consecuencias y más responsabilidades, y por fin, estallar. En un momento en que todo el mundo se pregunta por qué no pasa algo, algo gordo, algo de verdad, algo que responda a la impotencia, a la injusticia, a la impunidad, a la ausencia total de moral y a la esperanza de encontrar soluciones, Szifrón consigue arrastrarnos a la locura de poder enfrentarnos a cualquier cosa. La gota que colma el vaso es otra, siempre es otra. Pero cuando el vaso estalla en mil pedazos, la bola del estómago se descompone en un cierto sosiego, en una cierta paz. Violenta y deslumbrante, divertida y cruel, nos arrebata. Porque todos querríamos maquinar nuestra propia venganza. Ricardo Darín será Bombita en Argentina durante mucho tiempo, y Bombita es quien se atrevió a cumplir lo imposible, enfrentarse a Goliat. Y ganó, a su manera. Porque el sistema le arrebató la vida y la sonrisa, pero él sí tuvo fuerzas para recuperar la dignidad. La del alma al menos, antes que la del bienestar. Seis historias corrientes, que terminan por ser excepcionales. Porque cruzaron la frontera. Porque se atrevieron a no mirar atrás, a transgredir lo insoportable. Sales del cine con la espalda más ancha y a un palmo del suelo. No tardarán mucho en bajarte. Pero al menos, por un momento, lo soñaste.

@cayetanagc
CAYETANA GUILLÉN CUERVO

  • 11/10/2014



  • Very important person

  • EL ARTE. La excelencia del talento. Aquello que va un paso más allá de la realidad racional, que lo analiza y lo controla todo. Manifestaciones del alma y el corazón que tratan de conectarnos con un plano más sutil de las cosas. Y, a veces, mucho más claro. Qué sería de nuestra evolución sin sus conclusiones, sin las reflexiones de quien nos filtra la vida desde otros puntos de vista. Te sientes menos solo. El Joglars lleva más de medio siglo metiendo caña a todo lo que se mueve. Hoy, sin Boadella y bajo la batuta de Ramón Fontseré, pasa de las altas esferas y se centra en nuestro entorno cotidiano. El más reconocible. Y desde donde nadie se atreve. VIP te pone el espejo en las narices y te sacude hasta la ganas de llorar. De risa. Y de estupor. Porque a través de la parodia y el ceremonial que imita la vida misma nos recuerda que, quizá, estamos creando monstruos. Sí, como suena. Pequeños dictadores que juegan con nuestra eterna culpabilidad y nos someten a infinitas pruebas que sorteamos, casi siempre mal. Sobreprotección, abundancia, exceso, falta de disciplina y complacencia, construyen una personalidad déspota y tirana. No siempre, claro. Pero para eso está la parodia, para exagerar. Sin olvidarnos del contexto, los padres, agotados por gastos, impuestos, presiones y horarios interminables, sucumben a los caprichos sin pestañear, y en la ausencia de límites, crece a sus anchas una personalidad peligrosa. Con un umbral de frustración cero, no aceptan el error como algo necesario y nuestro, sino como un castigo. Y a la vez, no saben lo que significa el castigo como concepto, y mucho menos como efecto de una causa equivocada. Una nueva dictadura que, como no andemos atentos y dispuestos a afrontar, se nos encarama a la chepa. En fin, medida por medida, como diría Shakespeare, cada cual con su papeleta, el tema es peliagudo. Porque hay que orientar el péndulo hacia el equilibrio, que hemos pasado del tortazo a la sumisión, y eso no es sano. Entre cruzarles la cara y hacerles reverencias, enfermos de necesidad de aprobación, va un trecho. Y por él debemos caminar, paso a paso. Els Joglars reproduce situaciones más que reconocibles, en las que toda la sociedad colabora. Gran trabajo. El suyo, digo, sobre las carencias del nuestro. Muy recomendable. Espejo deformante en el que la inteligencia marca, una vez más, la diferencia..

  • @cayetanagc

CAYETANA GUILLÉN CUERVO

  • 20/09/2014



  • El que no se reconoce

  • NO SÉ. Supongo que es normal. La sensación kafkiana de que alguien está detrás, controlando tus pasos. Porque eres culpable de algo. Porque algo has hecho mal y deberías salir corriendo. Porque aunque corras hasta el final del camino, te estarán esperando. Observándote desde algún rincón, un movimiento en falso, un bostezo, una ironía. Pero cómo te atreves a salirte de la ruta. Cómo te atreves a sentirte diferente de un grupo, que en silencio, vive mejor. Más acorde a las expectativas. Cómo te atreves a desordenarlo todo. Avanzaban callados, con las manos en los bolsillos, y se te ocurre tararear esa canción. Esa música que les recuerda a algo bueno. A algún sueño, a algún juego, a alguna idea. Recuerdan vagamente lo que fueron alguna vez, en libertad, cruzando fronteras. Y ahora que se habían olvidado, llegas tú y pones el mundo patas arriba. Pero quién te crees que eres. Con esa sonrisa. Cállate. Retira la mirada. Traga saliva y no respires. Piensa lo que has hecho. Lo que has hecho mal. Que nosotros estamos aquí para ayudarte. Para decirte lo que tienes que hacer. En cada instante de tu vida. Vas a enredarte en una madeja sin salida, un laberinto con algún rincón en el camino para que puedas descansar. Y cuando entornes los ojos te susurraremos unas cuantas cosas al oído. Y sentirás que son tus propios deseos, esos que vas a perseguir hasta que ya no tengas fuerzas. Hasta que mires atrás y comprendas que te hemos engañado. Que te has pasado la vida persiguiendo lo que a nosotros nos interesa que persigas. Tú. Sí, tú. El que no se reconoce. El que se ha echado a llorar con esa canción tan estúpida. ¿Te gustaría desaparecer, salir corriendo, tirar esa mochila que te hemos cargado a la espalda y gritar? Pues no lo vas a hacer, porque no puedes. Porque nosotros no te dejamos. Mira a tu alrededor. Quizá encuentres una buena persona. Alguien que, a pesar de todo, tenga capacidad para amar a los demás y para darles algo a cambio de nada. Busca, busca bien. Porque ese va a ser el que te dé algo de esperanza. Ese va a ser el que sea amable contigo, porque sí, sin motivo, sin trueque. Un ser humano. Y por él vas a seguir avanzando. Sobreviviendo a esta guerra en la que nosotros ya hemos ganado. Abrazaos entre vosotros. Será el único rincón de calor que encontraréis entre las bombas que destruirán todo lo que creíais que habíais construido. Qué tontería. Si es que no se os puede dejar solos.

  • @cayetanagc

  • CAYETANA GUILLÉN CUERVO

  • 02/08/2014

El mismísimo infierno

UN RINCÓN en el mundo del que nadie habla, porque nadie se acuerda de él. Sólo las desgracias nos susurran cosas al oído y nos recuerdan que allí, también viven seres humanos con sueños y ganas de enamorarse alguna vez en la vida. Yo estuve allí. En uno de los lugares más azotados del planeta. Y comprobé cómo la suerte puede revolverse contra los más frágiles sin más razón que el lugar de nacimiento. La suerte. Qué misterio. Lo puedes tener todo, o nada. Yo estuve allí, colaborando con el misionero javeriano Chema Caballero, que ayudaba a la reinserción en la sociedad de los niños soldados, los que habían pertenecido a la guerrilla, y querían volver a nacer. Porque los arrancaban de sus familias y cortaban cualquier cordón emocional para que dependieran del rango de valores que la guerrilla les imponía, y eso era, como mínimo, quedarse completamente solos, empuñar un arma y empezar a matar. Chema los cuidaba, y les devolvía la confianza en la vida para poder seguir andando, para poder volver a relacionarse con alguien, para volver a hablar. Conocí a Shiaka, un guerrillero que se enamoró de una chica entre trincheras, y quiso sacarla de allí. Chema les ayudó a quererse y a construir una familia. Y tuvieron a Carmen, un bebé con los ojos abiertos como platos que lo observaba todo alrededor. Sin pestañear. Como si en cada uno de esos segundos pudiera llegar a entender algo. Me pregunto qué será de ella hoy, que vuelvo a leer sobre Sierra Leona por la epidemia de ébola que arrasa el África Occidental y ha obligado al país a declarar el estado de emergencia sanitaria. Es una región con gran densidad de población y un activo movimiento entre fronteras. Han cerrado escuelas y han declarado comunidades enteras en cuarentena. Freetown, la capital, tiene entre sus tristezas un campo de amputados en el que vive parte de una sociedad duramente marcada por la brutalidad de la guerra. Sin pies, sin brazos, sin manos, sin esperanza. Y es duro acumular una epidemia más a un historial lleno de gritos e historias de terror. Parece mentira. Que entre las nubes haya quien decida sobre el bien y el mal y no procure equilibrar el pan de cada día. Que siempre son los mismos. Y el infierno no da para más. Ojalá Carmen se abra camino entre las llamas. Ojalá haya oportunidad para quien quiera huir de la nada. Ojalá no le arranquen las alas.

@cayetanagc
CAYETANA GUILLÉN CUERVO

Falta de costumbre

SUPONGO que es eso. Supongo que la decepción es como el duelo, una sensación de desesperación casi serena que te acompaña a cualquier parte. Y lo tiñe todo del mismo color. De la misma tristeza que se instala en tu mirada. Pero a veces, dentro de la espiral, ocurre algo que te hace detenerte a mirar con cierta esperanza, con un poquito de interés. La impotencia que hoy nos sacude a todos se despeja un instante, una palmada, una llamada de atención que cambia el paso y el ritmo de la respiración, porque no es fácil. Ni habitual. Ni nada. Susana de la Sierra, hasta ayer directora general del ICAA (Instituto de la Cinematografía y las Artes Audiovisuales), ha dimitido. Ha dejado su cargo porque se siente incapaz de avanzar en una pelea que no era suya pero que se ha ido convirtiendo en algo casi personal. Porque los cargos públicos, si los vives con sinceridad, te atrapan. Y lo que pides para los demás lo pides con la convicción que da tener consciencia de lo que es injusto. Para la buena gente, luchar por los objetivos de los demás, de aquellos a los que representas, es una responsabilidad sin más salida que ofrecer respuestas. Y si vas comprobando que no las hay, debes sentirte muy ridículo. Cuando Susana de la Sierra, profesora en la Universidad de Castilla-La Mancha, en Toledo, asumió su cargo, el presupuesto para el fondo del cine era de 49 millones de euros, que se redujeron a 39 en 2013 y que han llegado a ser 33,7 millones un año como este, en el que los responsables de las 14 federaciones a las que pertenecen los empresarios culturales, escribieron al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, para explicarle que no se trata de un llanto baladí, si no de un grito profundamente preocupado y sincero, porque ese 21% de IVA que debe soportar la industria, puede herirla de extrema gravedad. Puede incluso matarla.

En un mundo de locos en el que todo vale y nadie pide perdón, en el que casi todo está prohibido y una sonrisa es casi un gesto de museo, en una tierra que no aplaude el talento ni las mejores voluntades, en la que se empuja al otro por la escalera para ver si en su ruina te sientes tú algo menos desgraciado, algo mejor, el gesto de quien decide abandonar su pequeño rincón de lucha y privilegio porque su esfuerzo no obtiene el resultado necesario que legitima sus movimientos, es inevitablemente, una luz. Porque responde a una coherencia a la que no estamos acostumbrados.
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