La otra cara del sol en la Red. Víctor Nogal, Red Cantaclaro






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28 de Marzo de 2011

Año. VII Número 63

La verdad, solo es útil si se comunica”

La otra cara del sol en la Red.




Víctor Nogal, Red Cantaclaro



Traición e Hipocresía, La traición es la acción más vil que el ser humano, en su condición social puede llegar a cometer. La traición ha marcado muchos momentos de la historia, siendo factor determinante en su curso y en los acontecimientos que de allí se generan. En el conocimiento de la gran mayoría en el mundo occidental, una de las más antiguas y famosas traiciones fue la sufrida por el revolucionario de Judea, Jesús de Nazaret quien en su pasión final según las escrituras bíblicas, fue vendido por 30 monedas por quien fuera uno de sus discípulos. Mas cercano a nuestras raíces, la vivió nuestro Libertador Simón Bolívar, quien fue desterrado y perseguido por quienes sintió un profundo respeto y amistad, pero que no vacilaron en traicionarlo destruyendo la esperanza forjada en los campos de batalla, ellos, Francisco de Paula Santander y José Antonio Páez, fueron la causa de la desintegración de la Gran Colombia y origen sin duda de la tragedia Latinoamericana. La traición, puede trascender el hecho cotidiano convirtiéndose en una acción bastarda en donde, Un sindicalista vende a sus compañeros de Clase por prebendas personales o un líder étnico, social, político, se vuelve verdugo de sus propios hermanos por los valores culturales asimilados del capital.
Sin duda todo traidor requiere de una condición para poder desarrollar su plan. Esta condición o acto es la Hipocresía, por la cual el individuo finge una actitud o comportamiento con el objetivo de engañar a alguien. Noam Chomsky, en su articulo “Distorted Morality: America's War on Terror?” de Febrero 2002, conceptualizando la actitud criminal del gobierno de USA en su Guerra contra el terrorismo, como un acto de Hipocresía, agrega al concepto, la acción de hacer a alguien lo que no harías contigo. Sorprendentemente podemos ver que en la lógica capitalista los actos de un Hipócrita, son perfectamente justificables si con ello logra alcanzar sus objetivos.
Los acontecimiento que se viven en Libia, donde el Imperio Corporativo de USA, apoyado por los desechos de decrépitos imperios como Inglaterra y Francia , son producto de la Gran Hipocresía del capital que traiciona los principios pregonados en sus constituciones y los estatutos de la inoperante ONU. A este teatro asisten la China “Socialista” y la Rusia “Neoliberal”, quienes a pesar de estar en la capacidad de vetar estas acciones criminales, se conforman con el pedazo que les corresponda en el reparto de la Riqueza petrolera de nuestros hermanos Libios. Todo esto ocurre mientras en Yemen y Bahrein son asesinados los manifestantes que reclaman el fin de gobiernos dictatoriales o el estado Fascista de Israel continua sus bombardeos indiscriminados sobre la población Palestina.
Traición e Hipocresía, son partes de un todo, con el cual el Burócrata torpedea las acciones del Gobierno Revolucionario, enlodando el avance del Proceso hacia el Socialismo Bolivariano, con las excusas y practicas inherentes a la podrida estructura burguesa que se mantiene en el estado. La demolición de esas estructuras solo será posible con el empoderamiento del pueblo.
La Victoria se concede al trabajo, constante y consciente.
Patria Socialista o Muerte, estamos venciendo.
“La independencia es otro nombre de la dignidad”
Por: Eduardo Galeano
Quiero dedicar este homenaje a la memoria viva de dos Carlos: Carlos Lenkersdorf y Carlos Monsiváis, amigos muy queridos que ya no están, pero siguen estando.
***

Y empiezo por decir gracias: Gracias, Marcelo, por este regalo, esta alegría. Te digo gracias en nombre propio y también en nombre de los muchos sureños que jamás olvidarán su gratitud a México, el país de su exilio, refugio de perseguidos en los años de mugre y miedo de nuestras dictaduras militares.

Y quiero subrayar que México merece, por eso y por muchos otros motivos, toda nuestra solidaridad, ahora que esta tierra entrañable está siendo víctima de la hipocresía del narcosistema universal, donde unos ponen la nariz y otros ponen los muertos, y unos declaran la guerra y otros reciben los tiros.

***

Este acto generoso me honra por venir de quien viene. La ciudad de México está a la vanguardia en la lucha por los derechos humanos, en un amplio abanico que va desde la diversidad sexual hasta el derecho a respirar, que ya parecía perdido.

Y mucho me honra recibir esta ofrenda, porque mucho tiene de desafío: en nuestros países la independencia plena es todavía, en gran medida, una tarea por hacer, que nos convoca cada día.

***

En la ciudad de Quito, al día siguiente de la independencia, una mano anónima escribió en una pared: Último día del despotismo y primero de lo mismo.

Y en Bogotá, poco después, Antonio Nariño advertía que el alzamiento patriótico se estaba convirtiendo en baile de máscaras, y que la independencia estaba en manos de caballeros de mucho almidón y mucho botón, y escribía: Hemos mudado de amos.

Y el chileno Santiago Arcos comprobaba, desde la cárcel:

–Los pobres han gozado de la gloriosa independencia tanto como los caballos que en Chacabuco y Maipú cargaron contra las tropas del rey.

***

Todas nuestras naciones nacieron mentidas. La independencia renegó de quienes, peleando por ella, se habían jugado la vida; y las mujeres, los analfabetos, los pobres, los indios y los negros no fueron invitados a la fiesta. Aconsejo echar un vistazo a nuestras primeras Constituciones, que dieron prestigio legal a esa mutilación. Las Cartas Magnas otorgaron el derecho de ciudadanía a los pocos que podían comprarlo. Los demás, y las demás, siguieron siendo invisibles.

***

Simón Rodríguez tenía fama de loco, y así lo llamaban: El loco. Decía locuras, como éstas:

–Somos independientes, pero no somos libres. La sabiduría de Europa y la prosperidad de los Estados Unidos son, en nuestra América, dos enemigos de la libertad de pensar. Nuestra América no debe imitar servilmente, sino ser original.

Y también:

–Enseñemos a los niños a ser preguntones, para que se acostumbren a obedecer a la razón: no a la autoridad como los limitados, ni a la costumbre como los estúpidos. Al que no sabe, cualquiera lo engaña. Al que no tiene, cualquiera lo compra.

Don Simón decía locuras, y hacía locuras. Allá por mil ochocientos veinte y pico, sus escuelas mezclaban a los niños y a las niñas, a los pobres y a los ricos, a los indios y a los blancos, y también unían la cabeza y las manos, porque enseñaban a leer y a sumar, y también a trabajar la madera y la tierra. En sus aulas no se escuchaban los latines de sacristía y se desafiaba la tradición del desprecio por el trabajo manual. Poco duró la experiencia. Un clamor de indignadas voces exigía la expulsión de este sátiro que ha venido a corromper a la juventud, y el mariscal Sucre, presidente del país que ahora llamamos Bolivia, le exigió la renuncia.


A partir de entonces, anduvo a lomo de mula, peregrinando por las costas del Pacífico y las montañas de los Andes, fundando escuelas y formulando preguntas insoportables a los nuevos dueños del poder:

–Ustedes, que imitan todo lo que viene de Europa y de los Estados Unidos, ¿por qué no les imitan la originalidad, que es lo más importante?

Este viejo vagabundo, calvo, feo y barrigón, el más audaz y el más querible de los pensadores de América, estaba cada día más solo, y solo murió.

A los ochenta años, escribió:

–Yo quise hacer de la tierra un paraíso para todos. La hice un infierno para mí.

***

Simón Rodríguez fue un perdedor. Según la escala de valores de este mundo, que sacraliza el éxito y no perdona el fracaso, los hombres como él no merecen memoria.

Pero, ¿acaso no está vivo don Simón en la energía de dignidad que hoy recorre nuestra América de norte a sur? ¿Cuántos hablan por su boca, aunque no lo sepan, como hablaba en prosa aquel personaje de Molière que no sabía que hablaba en prosa?

¿Acaso don Simón no nos sigue enseñando, un siglo y medio después de su muerte, que la independencia es otro nombre de la dignidad? Es verdad que todavía pesa, y mucho, la herencia colonial, que aplaude la copia y maldice la creación y admira, como denunciaba don Simón, las virtudes del mono y del papagayo. Pero también es verdad que son cada vez más los jóvenes que sienten que el miedo es una cárcel humillante y aburrida, y libremente se atreven a pensar con sus propias cabezas, sentir con sus propios corazones y caminar con sus propias piernas.

***

Yo no creo en Dios, pero sí creo en el humano milagro de la resurrección. Porque quizás se equivocaban aquellos dolientes que se negaban a creer en la muerte de Emiliano Zapata, y creían que se había marchado a Arabia en un caballo blanco, pero sólo se equivocaban en el mapa. Porque a la vista está que Zapata sigue vivo, aunque no tan lejos, no en las arenas de Oriente: él anda cabalgando por aquí, aquí cerquita nomás, queriendo justicia y haciéndola.

Y fíjense ustedes lo que ha ocurrido con otro perdedor, José Artigas, el hombre que hizo la primera reforma agraria de América, antes que Lincoln y antes que Zapata.

Hace casi dos siglos, él fue vencido y condenado a la soledad y al exilio. En años recientes, la dictadura militar del Uruguay le erigió un ampuloso mausoleo, queriendo encerrarlo en cárcel de mármol. Pero cuando la dictadura intentó decorar el monumento con algunas de sus frases, no encontró ninguna que no fuera subversiva. Ahora el mausoleo tiene fechas y nombres de batallas, y ninguna frase. Involuntario homenaje, involuntaria confesión: Artigas no es mudo, Artigas sigue siendo peligroso.

Cosa curiosa: con tantos vivos que hablan sin decir, en nuestras tierras hay muertos que dicen callando.

***

Bienaventurados sean los perdedores, porque ellos cometieron la insolencia de amar a su tierra, y por ella se jugaron la vida. Pero está visto que el patriotismo es el honorable privilegio de los países dominantes: sólo los que mandan tienen el derecho de ser patriotas. En cambio, los países dominados, condenados a obediencia perpetua, no pueden ejercer el patriotismo, so pena de ser llamados populistas, demagogos, delirantes: nuestro patriotismo se considera una peste, peste peligrosa, y los amos del mundo, que nos toman examen de Democracia, tienen la mala costumbre de conjurar esta amenaza a sangre y fuego.

Bienaventurados sean los perdedores, porque ellos se negaron a repetir la historia y quisieron cambiarla.

Bienaventurados sean los perdedores, y malditos sean quienes confunden el mundo con una pista de carreras y lanzados a las cumbres del éxito trepan lamiendo hacia arriba y escupiendo hacia abajo.

Bienaventurados sean los indignados, y malditos sean los indignos.

Maldita sea la exitosa dictadura del miedo, que nos obliga a creer que la realidad es intocable y que la solidaridad es una enfermedad mortal, porque el prójimo es siempre una amenaza y nunca una promesa.

Bienaventurado sea el abrazo, y maldito sea el codazo.

***

Sí, pero… Cuántos perdedores, ¿no?

Cuando algún periodista me pregunta si soy optimista, yo contesto, sinceramente: A veces. Depende de la hora.
Siempre me parecieron más bien inhumanos los optimistas full time.
Creo que el desaliento es un derecho humano, y de algún modo es también la prueba de que somos humanos, porque no sufriríamos el desaliento si no tuviéramos aliento.
Hay que reconocer que no es muy alentadora la realidad, que tiene la jodida costumbre de recompensar a los exprimidores del prójimo y a los exterminadores de la tierra, el agua y el aire. Y en cambio, las más apasionantes aventuras de transformación de la realidad suelen quedarse a mitad de camino, o se extravían y se pierden, y muchas veces terminan mal.
Hay que reconocerlo, digo, pero también cabe preguntar: Cuando esas lindas experiencias colectivas terminan mal, ¿de veras terminan? ¿No hay nada que hacer, sólo nos queda resignarnos y aceptar el mundo tal cual es, como si fuera destino? Hace pocos años, se puso de moda la teoría del fin de la historia. Más de uno se tragó ese sapo, a pesar de que el sentido común nos demuestra, con poderosa sencillez, que la historia nace de nuevo cada mañana.
Lo mejor de este asunto de vivir está en la capacidad de sorpresa que la vida tiene. ¿Quién podía presentir que los países árabes iban a vivir este huracán de libertad que están ahora viviendo? ¿Quién iba a creer que la plaza de Tahrir iba a dar al mundo esta lección de democracia? ¿Quién iba a creer lo que ahora puede creer ese muchachito plantado en la plaza durante días y noches, cuando dice: “Nadie nos va a mentir nunca más”?
Al fin y al cabo, cuando la historia dice adiós, o eso parece decir, ella nos está diciendo, o al menos murmurando: hasta luego, hasta lueguito, nos estamos viendo.
Y yo me despido de ustedes, ahora, que ya es hora, como la historia me enseñó, diciéndoles gracias, diciéndoles: hasta luego, hasta lueguito, nos estamos viendo.
“La Historia es el único maestro infalible, y la revolución la mejor escuela para el proletariado. Ellas asegurarán que las "pequeñas hordas" de los más calumniados y perseguidos se conviertan, paso a paso, en lo que su visión del mundo les destina: la luchadora y victoriosa masa del proletariado socialista y revolucionario.” (Conferencia Nacional de la Liga Espartaquista)

Sentidos, medios y emancipaciones

Por: Ana Esther Ceceña • La Habana

Después de tres o cuatro décadas de neoliberalismo, el mundo se encuentra en muchos sentidos desertificado. La competencia se desplazó del mercado al territorio, y una nueva gran conquista se puso en marcha. El capital disputaba el acceso directo y exclusivo a las fuentes de riqueza y de poder que no podían ser simplemente removidas: las selvas del mundo, las fuentes de agua, los yacimientos de metales e hidrocarburos. La apropiación implicaba un trabajo in situ que propició un cambio de territorialidad.
Los pueblos que ocupaban los territorios deseados fueron violentados de diferentes maneras y obligados a salir a la escena pública. La emergencia de movimientos de pueblos originarios, teniendo en el extremo a ese pueblo amazónico que quiso defenderse de la invasión de avionetas con sus arcos y flechas, fue uno de los llamados a recolocarnos en una historia que es más larga que el capitalismo, y que lo cuestiona y lo contradice.
Fueron décadas de una dura disputa político-cultural en la que las tecnologías del poder trabajaron arduamente para transformar la realidad en una imagen que nadie podía asumir como propia, pero que era insistentemente colocada en los medios de difusión masiva como incuestionable. La historia era un enemigo a vencer y todos los recursos del poder se volcaron a esa tarea. Se intentó desaparecerla, en ocasiones, incluso, desapareciendo a sus portadores, pero la necia memoria tiene demasiadas raíces y estas quedaron a flor de tierra recordando que nuestros sentidos tienen una edad mayor a 500 años. Se intentó rehacerla, y se crearon narrativas que borraban los grandes clivajes del pasado como el genocidio de la conquista con el que se fundó el capitalismo, para producir un cuento corto y manejable. La historia quiso ser convertida en el relato de un presente perpetuo, sin profundidad ni proyección, a través del llamado “fin de la historia”. Las historias culturales particulares y los acumulados de los procesos de emancipación pretendieron ser así expulsados de la memoria colectiva y de los sentidos comunes para hacer posible la apropiación de territorios.
A las regiones geográficas se sumaron los cuerpos y las mentes. Los cuerpos desarticulados de la medicina alopática adquirían una vida fragmentada y eran recompuestos como suma de partes, sin ningún criterio de integralidad. Del mismo modo, las mentes fueron confrontadas con relatos parciales y muchas veces esquizofrénicos que impedían entender la vida como proceso complejo de larga duración.
Las migraciones, expulsiones o exterminios descolocaron los sentidos de realidad y esto fue reforzado con una secuencia vertiginosa de imágenes que no tenían conexión evidente entre sí, y que se producían y se repetían insistentemente. Imágenes que presentaban como realidad paisajes desconocidos y fragmentados, incapaces de referir ningún tipo de proceso.
Se rompieron las narrativas y los territorios (geográficos, históricos, corporales y mentales), se objetivaron y se mercantilizaron (se “commoditificaron”). Los sentidos comunes ya no eran construidos en común, sino producidos y transmitidos. La televisión ocupó el lugar del “concejo de ancianos”.
Pero esta ofensiva del neoliberalismo encontró muchas barreras. Desde los tiradores de flechas envenenadas de la Amazonia hasta los reconstructores de sentidos en todos los puntos de la sociedad y de la geografía.
Nuestra historia, la de los pueblos en resistencia desde hace por lo menos 520 años, tiene que ser rehecha, contada, recuperada, reconstruida. Nuestra historia es nuestra fuerza, es lo que da sentido a la vida y al cosmos. Recuperar y reinventar las cosmovisiones es el modo de orientar el camino hacia las utopías.

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