Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman






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Juan Laxagueborde Asociación libre

I

Me toca articular los cuatro comentarios de esta mesa, ensamblando piezas que, con intención o no, quienes forman parte de ella se encargaron de desordenar. Los cuatro han hecho de las novelas esquirlas para tratar de pensar varios temas como la frontera, claro, el contrabando, sin dudas, pero también la idea de ficción, el mito, la lengua y por qué no la deserción o la violencia. Quizá lo que hayan hecho en mí como articulador es haber logrado que alguno de los perdigones me pegue y genere algunas inquietudes. Voy a tratar no de comentar las novelas, sino más bien de hacerme cargo de las reflexiones, poner a prueba lo que a mí me generaron y luego derivar en un texto propio que parece acumular todas estas variables que estoy anticipando.

II

Flavia Soldado advierte que hay fronteras más allá del territorio. Serían terrenos sonoros que nos habitan y que habitamos. Son las palabras. Probablemente las palabras sean fronteras simbólicas que en el lenguaje llano llamamos metáforas. Pero nunca le decimos “metáfora” a las palabras. Pues bien, las metáforas, sabía Borges, unen lo distinto, acercan lo insondable ¿Qué acercan las palabras? ¿A dónde nos acercan cómo dictantes de mundo a través de ellas? Por caso, los lugares literarios tienen vocación nominativa, pero una nominación sonora: Cracovia, como dice Perlongher. En algunos nombres pueden invocarse imágenes con profundidad de campo. En la lengua, como en el desierto, la llanura es ilusión. La literatura es por accidentes y relieves. Es materia tangible. De hecho, la frontera, para La Mamacoca y para la afección de Soldano, es mucho más que una línea ínfima. Es el escenario de la aventura en puja. O escenario de “desconcierto de frontera”, como afirma para la novela de Demitropulos y Ema, la cautiva. Claro: toda la literatura de Aira puede ser una frontera porque cruza la sacralidad de la tradición con el patetismo que proviene de verla desde afuera, siendo nombrada por otros, en este caso Aira como escritor ¿Cómo es la frontera vista de cerca? puro contrabando, cruces, pujas, roce ¿Pero vista de lejos? “La frontera es laberinto de fronteras”. Porque todo puede ser una frontera. “Los mapas son ficciones mal escritas” porque no alcanzan a convencer en su intento de embrujo para definir verdades.

En su intervención, Amalia Sato inicia con una crítica política a Aira, pues este se olvidaría de contar la historia de la zanja de Alsina, zona donde transcurre Ema. Efectivamente no explica de dónde vienen esas zanjas. O si, y dice Aira: “quién sabe en qué antiguas perturbaciones geológicas”. Para Sato sería una definición naif de frontera con nulo asidero histórico. Nos preguntamos aquí por qué debería tenerlo. O más allá: la zanja se cava sobre una tierra mil veces arada por vientos, indios, animales, tiempo, sol y la pura omnipresencia pampeana como un mal facúndico.

Los relatos persiguen la idea de terminar siendo atemporales, míticos. Estas ideas propaga en su texto Carlos Dante García. La de la lengua como triunfo que atraviesa civilizaciones. Aira trabaja con el mito y está a la altura. Sabe de lo ficticio de todo relato y le agrega invención loca. Con la frontera y el desierto reescribe, retrabaja, reconstruye. Da un sacudón al mito. Demitropulos hace que la historia irrumpa en el presente, sobre su imaginería, y explique sus sentidos últimos y contradictorios: llegar al mito. El pasado está vivo en su presente. Escribe sobre regiones que no conoce, pero en las que el psicoanálisis cree que siempre estuvo. Le interesa el registro de quienes pelean en lo que se dice. En Szwarc aparece la idea de que el que se atreve a modificar el relato que nos estructura como sujetos se llama poeta, el que desenreda las trenzas de un relato. Szwarc nombra las cosas sin que las palabras mismas, pura sintaxis arbitraria, sepan el nombre de las cosas. Hace trenzas de relatos existentes, los teje de nuevo.

Aníbal Villa Segura: el límite, a diferencia de la frontera, es imaginario. Esto es un hallazgo hermoso. Y reparte comentarios. Libertad Demitropulos: jujeña, peronista “de las de siempre”. La Mamacoca es un tratado simbólico/político sobre la Triple Frontera (qué pasa, digo yo, cuando es TRIPLE). Nos advierte que las fronteras, más allá de la razón, logran borrar las huellas de los que pasaron. Szwarc: por qué volvemos siempre al pueblo ¿Acaso nos fuimos alguna vez? ¿Nos podemos ir de algo en algún momento? O está siempre todo en nuestra mochila. Aira: marcado con los sellos del mestizaje como género (Mansilla, Echeverría y Flaubert), hace del lenguaje una ecuación lírica que importa más que la historia. Es un relativizador de la dicotomía civilización-barbarie hasta hoy, como en una de sus últimas novelas, Entre los indios. Y es el siguiente un buen corolario parcial, que afirma Villa Segura pero está en todo esto que venimos hablando y me conmueve a mí. Hay que volver sobre las marcas de herencias y legados, pues permite una ética de la alteridad que haga del Otro lo presente en mí, completándome.

III

Martín Fierro cruza la frontera, derrota las condiciones estancas de una vida servil, ingresa a la barbarie, vuelve y nos narra las bondades de la civilización. Aprendimos esta explicación escéptica de nuestro mayor intérprete, Ezequiel Martínez Estrada, y las oímos con mayores detalles y vehemencias en las palabras escritas a martillazos de David Viñas.

El periplo converso de Fierro es cabalgar y cabalgar la pampa. Nada, dice Sarmiento. Nada, dice Martínez Estrada. No hay nada. O sí y bien argentina: la soledad. Por eso, agrega el autor de Qué es esto, quien describe demasiado un paisaje abúlico como el pampeano no hace más que boquear. El poeta le inventa vida al campo. Hay que desconfiar del elocuente paisajista. Son modos y artilugios retóricos que le agregan cartón pintado a un hierro candente cubierto de pasto duro. Para sentir la frontera, todo el malevaje humano, mineral, botánico y zoológico que de ella proviene, hay que “mirar con todo el cuerpo” porque, como el cuerpo, “el campo es un lugar de residencia”. Niezstcheano hasta el tuétano, Martínez Estrada se aproxima a la idea de que a la locura se le escapa encontrando el dolor.

El gaucho, protagonista del bandolerismo cuchillero del Martín Fierro es, para Martínez Estrada, y aún a costa de las ideas de Hernández, un producto cabal del mestizaje, que es lo mismo que decir de identidad fronteriza. El gaucho es un personaje fronterizo que habita las fronteras. Cuál es el efecto de esta suma es lo que Martínez Estrada parece preguntarse. La cruza siempre es abigarrada, de fermento amargo e indócil al tacto. Nunca a la manera positivista del híbrido renovador. No, los gauchos son lo concreto de una tragedia nacional, hijos de indias esclavas y españoles aposentados. Se revela en ellos la marca de una disputa. Y agrega Martínez Estrada: “Esa gota de sangre ofendida es inmortal”. La violencia no es otra cosa que el matiz de una sociedad mal concebida. En la pampa se dice malparida. El gaucho odia porque es mestizo, porque está condenado a vengar. Es pura energía reprimida por un padre abstracto. Deforma el idioma, habla como habla, en plan de distinción y odio paternal. Hace una lengua mestiza, cruzada por el facón, abreviada. Borges no creía lo mismo. El gaucho nace de mujer india en la ciudad, o de mujer civilizada en medio del desierto, hecha cautiva. Esta es otra de las intuiciones en las que convergen Martínez Estrada y León Rozitchner, pero es más oblicua la cruza cuando sabemos que para Martínez Estrada el ejército usufructuaba el odio visceral gauchesco para reclutarlos, ponerlos contra sí mismos simbólicamente. Algo así pensaba Rozitchner con respecto a Perón. Reducir a soldado es usar las fuerzas subjetivas de lo humano contra sí mismo y a favor de gobernar. No puede haber mayor advertencia libertaria.

El Martín Fierro narra la vida de los fortines, que están tan lejos de la indiada como de la urbe. Que son un mirador ambidiestro: para un lado la reconocida mesura civil que no pocas veces se presenta bárbara. Para el otro la pura indeterminación de algo tan desconocido como aterrador. El fortinero gira sobre sí y puede verlo todo, está en el ojo del huracán. Pero la frontera es inconmensurable, plástica, movediza ¿Cuándo termina una frontera? Quizá la vida argentina sea en el fondo una ancha frontera: “Los habitantes flotan en esa línea divisoria sin arraigo material ni moral. Son seres fronterizos, especie de mestizaje de dos formas de vivir más que de dos razas”. El mercadeo de destinos que propone la frontera nos tienta con una vida contrabandeada, con la zozobra del deslímite. En la página 131 de la edición que tengo de La Mamacoca aparece nítida la imagen onírica que la frontera proyecta en quienes están atentos. Y dice: “Quien se atreve a cruzar la frontera desprecia el paraíso. Tenemos un ansia amorosa por el infierno, tenemos el gusto por el sabor. Para nosotros las fronteras existen y el infierno no está solamente del otro lado. Es necesario cruzarlas, morir y transfigurarse para recobrar la lucidez, la embriaguez de lo múltiple”. O el sistema orgánico y causal del orden moral moderno, o la deformidad del desacato heroico. Esas opciones trazan quizá un dilema trágico ¿Qué vida se quiere vivir?, la espera del progreso o el virtuosismo extasiado del cuerpo en ascuas. ¿Hay otra opción? Esta no es una pregunta retórica.

Plenario Los pliegues del suspenso

Graciela Musachi Azú lunala

Se ha caracterizado el modernismo literario por la ruptura de límites entre la ficción y la realidad, entre el espacio interior y el exterior, por el juego entre la orientación y la desorientación, la repetición sin fin, la representación dentro de la representación, la sucesión infinita, los temas del hueco y la incorporación, del extrañamiento. Es que su surgimiento ocurre al compás del surgimiento de la topología que hace existir esas superficies completamente cerradas sobre sí mismas pero que no tienen ni interior ni exterior al autoatravesarse. La topología no hace sino descubrir los encantos del lenguaje que gira en redondo, equivale a una recta infinita y sin embargo tiene su límite, produce un vacío que nosotros, salvajes, incorporamos para colmarlo con nuestra dicha y nuestro tormento.

Así las cosas, las fronteras son ilusorias, incesantes, las ceremonias no tienen desenlace, en la orilla nada cambia y por suerte no debemos escoger. Se dice en lengua Ema.

Las oposiciones son dos caras de la misma moneda, revés y derecho y las ratas son de biblioteca: no se ha traspasado ningún borde más que el borde de gala: uno solo, continuo, cerrado, terso. Sin cortes

Por eso se nos aclara, con toda justicia, que las transformaciones son cosa del sujeto y su singularidad y nosotros aclaramos que esa cosa es de río, de litoral -latín litera, letra, escritura por donde se fuga el sentido aunque haya hueso en la entraña de la letra como dice Heer refiriéndose a la letra hecha cuerpo, o sea: una heterogeneidad entre la letra que hace murmullos silenciosos en el cuerpo y lo que hablo sin saber lo que digo.

Aun así hay cortes en la vida de los serdicentes, hay antes y después (¡incluso sin la intervención del autor y ni siquiera del analista!). Se ha retenido la fórmula: “Cruzar el Rubicón”. Julio César puede ser personaje de Hopenhayn: un sujeto elige sin saber qué consecuencias tendrá dando ese paso y se convierte en el que será: a eso llamo acto. Una niña dice sí o no y es otra o la misma (clava un cuchillo, dice que no al acto sexual, queda fijada a unos roces azarosos del cuerpo).

El tedio y la angustia, la vida sin sobresaltos ¿empujan o no al acto? ¿es romántica la idea de que la poética es un acto? Que Aira haya pasado, en medio del río de Ema, de cierto realismo al gótico país de los faisanes con su teatro de apariencias ¿transformó a Aira? Y el pasaje a la novela de Negroni y López ¿las convirtió en otras?

Y para peor (o mejor) el acto sexual no es un acto ya que sólo elegir entre un sí y un no recorta de otro modo el litoral entre el cuerpo del saber y el cuerpo murmurante de la dichosa letra.

“No hablo de género sino de palabras”

Sneh quiere dar a entender que la feminidad no es un género, que, al hablar, cualquiera muestra su feminidad al palo, algo a situar en ese litoral.

El género es política y, de no ceder al arrebato, es política de un estado del desierto de orientación ya que, revés y derecho, obliga a elegir entre la ley y su desafío, entre bien y mal, entre corrección e incorrección, entre el límite y lo ilimitado, En vez, las metáforas de la extranjería, de la otra lengua, del malentendido que hace surgir la comedia en el drama de los islotes solitarios, las metáforas de la violencia hecha al discurso corriente introducen la feminidad que hablamos: un modo singular de gozar de la lengua y, por lo tanto, del cuerpo. ¿De eso se quiere privar Aira según Sato? Debemos aclarar enfáticamente que no acordamos con ella en que la zanja de la que se priva sea la inversa de la muralla china.

La argentina cautiva de las ideas salvajes que la arrojan al arte de la frivolidad de la mirada o a la melancolía de la repetición, encuentra el gozo en un pozo dice el refrán. Quizás ese borde diga algo de por qué estamos aquí entre la literatura y el psicoanálisis de Jacques Lacan, el francés que se adentró en la pampa y nunca supo en qué se convirtió.

María Pia López

La autopista tiene que ver con la circulación, el cruce, ir de un lugar a otro, y en las jornadas tuvo que ver con ir del psicoanálisis a la literatura o a la inversa. Me dio la impresión que en los trabajos que estuve leyendo y escuchando en estos días pasó algo un poco distinto: hubo abigarramiento, más zona fronteriza y no tanto circulación de un lugar a otro. Algo del orden del trasvasamiento o de la equivalencia o de la analogía. Daniel Millas ayer tomó una idea de Lacan sobre la cercanía entre el acto analítico y la poética. Perla Sneh vinculó la poética y la ética como modos del acto. Y en ese sentido, a partir de este tipo de articulaciones o de esas zonas donde las que las cosas se funden, se enlazan más que dejar en lados opuestos, es que tengo la impresión de que la idea de frontera resignifica un poco la de autopista. Lo que hicimos en estos días no fue solamente algo del orden de las autopistas sino de la frontera. Silvia Hopenhayn hoy mencionaba el interés de leer cómo otros leen libros que leímos y esta composición es del orden del palimpsesto, vamos yendo por capas y esas capas se van fundiendo con otras y se va produciendo la disidencia o un desvío pero sobre eso que se va produciendo como maceración. En esa lectura sobre lectura, en ese discurso sobre discurso, en esos planos que se van volviendo abigarrados, encontraría una de las fronteras posibles. La idea de lo abigarrado como frontera frente a la idea de lo que lleva linealmente de un punto a otro. Liliana Heer se preguntaba si en lugar de imaginar que somos sujetos que atraviesan una frontera, nos pensamos como frontera.

Me gustaría partir de ahí para pensar la frontera como desgarramiento complejo y también como fundación de un imaginario nacional en la Argentina. Y me parece que sobre este imaginario nacional se versa y se reversa en muchos de los textos que estuvimos visitando. Es decir, son textos que en cierto modo leen estas lecturas que se hicieron sobre las imágenes nacionales y míticas; pensaba ahí en dos escenas que son especialmente fronterizas, que están en la literatura argentina. Una es muy conocida: la escena temblorosa de Mansilla en Una excursión a los indios Ranqueles, Mansilla yendo a la toldería, al toldo de Mariano Rosas, está yendo a discutir con Mariano Rosas y el cacique le dice: Usted me está engañando, ustedes quieren la tierra para hacer pasar los ferrocarriles. Y Mansilla le dice: ¿Cómo va a creer eso? Somos amigos. Rosas le muestra el archivo, saca el arcón y de ahí saca los diarios La Tribuna y le dice: acá en La Tribuna está todos los artículos en los cuales ustedes declaran que están preparando la traza del ferrocarril. Esa escena es poderosísima porque muestra esa frontera donde Mariano Rosas es el lector del archivo y es el que construye sus juicios a partir del conocimiento de la opinión pública letrada, frente a quien en esa escena Martínez Estrada llama “el taimado Mansilla”. El que va con astucias y amaños.

La otra es en la toldería. Figuras de la literatura argentina, el fortín y la toldería. Modos de la frontera. La otra escena que también me resultó tan inquietante como ésta que es una escena que narra Piglia, que toma de las memorias del Coronel Baigorria. Manuel Baigorria es un coronel unitario que se pasa al lado de los indios escapando a Rosas, es decir, no se va al exilio montevideano sino que se va a vivir en las tolderías. Baigorria le pide, cuando salen a malonear, que le traigan libros. Y entre esos libros que le traen, hay un ejemplar de Facundo al que le faltaban algunas hojas. Baigorria cuenta que armó un rincón en la toldería para leer todas las tardes una y otra vez el Facundo.

¿Cómo podemos hablar de frontera en Argentina si no es como algo abigarrado, como algo complejo, como algo que al mismo tiempo que diferencia y pretende diferenciar genera un espacio de lo común, lo ambiguo? ¿Cómo podemos pensar de otro modo pese a todo lo que inventó Sarmiento, esa fórmula dicotómica de la división de esos mundos, de lo que inventó Echeverría, una división más tajante de los mundos, a partir de estas escenas, de La Tribuna en el archivo de Mariano Rosas y está el Facundo en otra toldería, en manos del coronel unitario? Esas visiones fundacionales al mismo tiempo están junto con otras escenas que han sido releídas en los libros que comentamos estos días y su ambigüedad es suprimida en las estrategias de fundación del Estado Nación.

Esa fundación implica separar lo que queda fuera, lo extranjero. Estas escenas tienen que desaparecer del imaginario. Esa constitución de lo extranjero estuvo siendo revisado y releído en estos días, con distintos matices. El extranjero y la cautiva fueron figuras que estuvimos leyendo, de distintos modos: desde el extraordinario libro de César Aira sobre su Ema hasta el cautiverio que narra Ana Arzoumanian. En ese sentido, son modos de leer lecturas, porque se están leyendo los textos en estos días sobre los libros que antes leímos pero también los libros que leímos son libros que leyeron otros libros en esa articulación infinita y proliferante de una literatura en la que hay zonas clásicas, podemos decir que hay zonas fundacionales, pero no son otra cosa que una marca más en un mapa de múltiples nociones, de múltiples lecturas que se fueron leyendo. Cuando Martínez Estrada revisaba el Martín Fierro en tanto hecho fundamental de la literatura, él decía que a partir de ese poema se podía hacer una antropología de la frontera eso es lo que podíamos, lo que estábamos obligados a hacer y hacer una antropología de la frontera, decía Martínez Estrada, tenía que ver fundamentalmente con revisar el crimen original que está en la constitución misma de esa trama ficcional, preguntarnos por ese crimen, decía. El crimen contra el indio, pero también el crimen del indio contra los otros, y pensar ese origen criminal decía, si no lo pensamos en Muerte y transfiguración de Martín Fierro, si no lo vemos, si no somos capaces de mirar de frente a ese hecho original y criminal, estamos impedidos de señalar las injusticias del presente; entonces, no podemos dar cuenta de las injusticias del presente, del carácter de frontera de nuestra vida, si no podemos pensar qué ocurrió en ese otro momento. Y en ese sentido hay algo que reaparece, que habrá que pensar qué grado de equivalencias o articulaciones hay entre esos contornos, del extranjero o la cautiva y sus reescrituras. También su articulación con otro tipo de fronteras que fueron transitadas aquí en estos días que tiene que ver con las diferencias entre las clases y entre los sexos, que aparecieron con toda su dramaticidad. Qué es una frontera de clase y las relaciones conflictivas y hasta mortíferas entre las clases o los sexos. Algunas mesas y conversaciones estuvieron destinadas a pensar estas cuestiones. Quizás la que más se desvió fue la mesa sobre humor. Ahí hubo otro modo de tratar la cuestión de la frontera.

Quiero recordar algo que fue planteado en la mesa anterior: la imagen de frontera como contrabando. Juan Laxaguebor decía: la frontera es contrabando pero es también ficción, mito, lengua, deserción y violencia. Y también afirmaba que hay textos que están a la altura del mito y que son precisamente los que advierten que el mito es una ficción, pero decir que el mito es una ficción es decir que el mito es absolutamente potente. No es algo que podamos descartar rápidamente, desde una ilusión iluminista. Señalo esto porque ayer, ese fue otro de los temas discutidos: cómo considerar el mito, la idea que apareció, ¿somos cautivos o no somos cautivos del mito? ¿Qué significa actuar en relación a los mitos? Los que se toman en serio su carácter ficcional pueden estar a la altura de la deconstrucción del mito. Entonces, frente al mito no habría la idea de una verdad, me parece que es algo que podemos recoger de lo que estuvimos discutiendo, no habría una verdad frente al mito sino más bien una deconstrucción, un desvío, una serie de fugas respecto de las liturgias que prescribe. Algo de eso permite pensar la novela de Bruzzone, ese travestismo que tiene mucho de parodia. Y finalmente la reflexión es que hay de todo lo que se discutió en estos días, es pensar que hay que tener una idea más poética y menos purista en relación a los lenguajes y a los discursos de los cuales cada uno proviene. En ese sentido decía que quizás el nombre que más me interesa para autopistas es el de frontera, es decir, que sea el nombre que reconoce la situación de reconocimiento de que la voz que la constituye es un conjunto de voces políglotas.
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