Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman






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Silvia López Sexualidad en la frontera

El psicoanálisis se ocupa de estudiar la frontera y el borde en relación a las psicosis, la teoría y la clínica focalizan casos donde la estructura es dudosa, poco clara y es necesario establecer un diagnóstico. Sin embargo Freud, además de abordar la línea divisoria en la estructura, sobre todo entre neurosis y psicosis, añade a las cuestiones de la psicopatología otros elementos, por ejemplo el factor temporal. Para este autor −que sabe a través de los casos clínicos pero también a través de los mitos y la literatura−, los momentos de pasaje, el antes y después, la asunción de un lugar, ciertas etapas como la infancia y pubertad, resultan ser a veces factores desencadenantes, marcas que podrían determinar el devenir del sujeto o puntos de fijación. Lo cito: “Muchos enlaces singulares y algunos trágicos destinos, parecen explicarse por la fijación erótica”. Freud ubica la virginidad en una frontera y estudia el componente moral que la convierte en objeto de tabú.

Los textos que nos reúnen en esta mesa, hacen referencia puntual a esa frontera, no en lo relativo a la estructura, pero sí en relación a la sexualidad femenina. En mis lecturas encontré a la niña con ojos de siete años recién cumplidos que estrena el capítulo de Elecciones primarias, la deliciosa novela de Silvia Hopenhayn. La niña protagonista de esta novela expresa que hay un hombre único, un solo varoncito tieso que parece de mármol, al que ella intenta de todas las maneras posibles conmover. ¿Para qué está ese único chico entre treinta niñas, convertido en estatua, ofrecido al nuevo plan del establecimiento escolar que comienza a ser mixto? ¿Está ahí en función de mostrar la diferencia de los sexos? Ellas están justo en el momento, saliendo de la indefinición para encontrar la diferencia, justo en el borde. El niño de mármol no se siente aludido cuando la niña pronuncia bajito su nombre. Por eso ella lo ubica como piedra en la frontera de su pubertad. Tendrá que llegar al acto de fin de curso para hacerse ver, para conmover al menos la mirada del niño que supone inerme. ¿Qué pasa con la niña que juega a ser varón? Imita al varoncito, su forma de pararse, su manera de masticar chicle. ¿El niño es en verdad una piedra? Ella sabe que una piedra no mastica chicle, no iza la bandera. Por ahora el niño es de mármol en lo relativo a la sexualidad. ¿Qué piensa mientras tanto el chico? ¿Qué las niñas le hacen daño? ¿Qué son abusivas? Ninguna le pide nada, no traspasan los temores que le suponen a su beatitud. Sólo quieren su mirada. El varoncito tendrá que dejar de ser una piedra para que la púber asuma el deseo que la habita. Tendrá que mirarla para que se convierta en mujer. ¿Y la sangre que ocupa un lugar en este punto? No hay que olvidar que Freud enlaza el enigmático fenómeno sangriento del ciclo menstrual al primer coito y su consecutiva mancha de sangre. De aquí proceden también aquellos ceremoniales incorporados a las religiones y enlazados a la iniciación de todo asunto nuevo y al comienzo de cada período de tiempo. Pero ceremonial es también el baile que describe Briante y la siesta con la Vasca, cerca del río, donde los jóvenes ponen a prueba el acercamiento. De nuevo la frontera se emparenta con la sexualidad cuando la Vasca, tensa como un alambre tirado por las puntas, le dice a Pablo que no. Aunque la están avivando las chicas de su grupo, para que cruce la frontera con condiciones, la Vasca llega al límite y dice no. ¿Será que lo convierte en piedra? ¿Será que prefiere salir con los ricos del pueblo? ¿Será que se acerca un bote, un auto que los interrumpe? Una noche la luz los aplasta contra el portón y la Vasca no cruza, se abrocha la ropa. Es tan fundamental la sexualidad en la frontera, que Freud se ve obligado a estudiar los escollos. ¿Cómo cruza la niña maltratada? ¿Qué ocurre con la servidumbre sexual? Su idea fundamental es que el hombre primitivo estableció un tabú donde temía un peligro. El primitivo se defiende, por medio del tabú de la virginidad, de un peligro acertadamente sospechado, si bien meramente psíquico. ¿Pero qué ocurre cuando el peligro es real? Como se observa en otra niña, la que descubrimos en la impactante novela de Ana Arzoumanian, la chica de pechos planos, que no mira a nadie. La chica sin sexo, entregada al otro que la abusa y hasta le inventa nombres. La niña ultrajada, cortada, maltratada, separada del resto. ¿Reaccionará? ¿Qué frontera deberá cruzar para adueñarse de su cuerpo? ¿Cómo interviene el factor moral? El hecho es que la niña cruza, clava con gusto la hoja filosa y espera el charco. Ante este vuelco de posición, cualquier analista se preguntaría: ¿por qué ahora? ¿Por qué no pudo hacerlo antes? ¿Por qué la niña sometida que todo lo soporta decide clavar la lanza y abandonar así la posición sufriente? ¿Masoquismo? ¿Necesidad de castigo? Ser maltratado es la fantasía que más se cerca a la posición sexual femenina. Cito nuevamente a Freud: “En el curso de la evolución que separa paulatinamente al sujeto de los padres, va borrándose la importancia de los mismos y a las imágenes de ellos restantes se agregan luego otras: maestros, autoridades, héroes elegidos por él como modelos. Pero la última figura de esta serie que comienza con los padres, es el Destino, oscuro poder que sólo una limitada minoría humana llega a aprehender impersonalmente”. En esta dirección Freud abre la puerta al estudio de la moral, la tentación de cometer el acto pecaminoso que luego habrá de ser castigado con los reproches de la conciencia. Nos dice incluso, que así lo encontramos expuesto en la literatura rusa. La novela de Ana, que no es literatura rusa, nos enfrenta en este punto con otro cruce de frontera: la moral en el porvenir de la pulsión de muerte, la significación de un componente erótico y la destrucción de uno mismo o de los otros que no puede tener efecto sin satisfacción.

Bea Lunazzi La frontera ilusoria

“- ¿Cómo frontera muerta?

- Una frontera que no preocupa. Delante hay un gran desierto.”

Dino Buzzati, El desierto de los tártaros.

Toda frontera incluso la ilusoria o la ignorada es una zona de contacto. Raspa. Es el borde expuesto por donde circula el intercambio: “(…) la realidad era una pieza cortante que nos rozaba filosa nos hacía de todo sin que nos diésemos cuenta.” dice Silvia Hopenhayn en Las elecciones primarias simulando la voz -que la memoria reconstruye- de una niña de los 70 en el Buenos Aires de la muerte de Perón, las bombas, de las cárceles clandestinas; del primer destello del amor y la rebeldía.

“Me propuse ser varón” dice cuando le cortan el pelo por estar invadida de piojos y de historias inventadas, tanto que ya no se reconoce. Se ha corrido de lo que se espera de ella, aunque la maestra las ate para que hagan silencio. Quiere ser “una fuera de lugar” como el discurso que la nombra, con sus propios puntos, fuera de la convención, encabezado por capítulos donde no se corresponde el signo numérico con la palabra; como las lecturas de Alejandro, el niño extranjero, que se desentendía de la puntuación, sin énfasis ni pausas. “A veces probaba escribir mal” enfatiza ella, “términos exiliados de la gráfica”. Intuitivamente atrapa lo vital (“yo estoy viva y la lengua también”); en un frasquito junta insectos y la realidad se cuela aunque intente inmovilizarla. Escucha: quejidos de grillos/gritos de detenidos.

La maestra de música se casa para “escuchar” el Canon de Pachelbel, la pieza musical que más variaciones y versiones tiene. “Me hubiera gustado casarme con un intérprete” les confiesa. Alejandro era finlandés y el único varón del aula. No reconocía las palabras. La maestra forma un coro con los chicos de la villa; ellos festejan los goles con bellas voces entrenadas: incursiones, desplazamientos, zonas de inclusión; barreras móviles. Simulacros que salvan. Como el de su bisabuela judía perseguida por los cosacos, salvada por representarse tuberculosa con espuma de jabón. Salvada por un equívoco, por una mirada corrida. Alejandro también la mira al revés: “Estar al revés me pareció mejor que ser varón”.

Ser mujer es estar fuera de la norma.

“Yo soy la de afuera” hace decir Ana Arzoumanian a uno de sus personajes femeninos mientras que en “La Vasca” de Miguel Briante el que está afuera es el que vuelve y queda descolocado. Pablo, vive en la capital pero pasa todas las vacaciones en el pueblo de su infancia. Hasta que “ese verano” de sus 16/17 años descubre en sí mismo la insatisfacción de lo que antes lo conformaba y ya no. El pueblo es el lugar del encierro, de la endogamia, de las fuertes diferencias sociales; solo en el río que lo circunda es libre, como en la infancia que ya es el pasado irrecuperable.

El río divide el pueblo, a los hijos de los estancieros de los hijos de los locos y los borrachos. Separa a los que hablan diferente:

“-Callate -dijo la Laver poniéndole una mano en el hombro y marcando la elle-, anarquista. Y cuidado porque se te está pegando la “ye” alargada que tanto me criticás.”

Así pueblo y capital, adolescencia y juventud, mujeres experimentadas y chicas inocentes, ignorancia y conocimiento son dos caras de una misma moneda que pugna por revelarse, por encontrar alguna certeza.

“-Así que te preguntó eso –me dijo (Ricardo)-, como si no hubieran sido ellas las que se encargaron de informar a los pocos que no lo sabían que vos eras el hijo del loco Iriarte.”

El descubrimiento, como cuando se sale a la superficie después de tocar fondo, es ver que en la orilla nada ha cambiado: los mismos ritos, prejuicios, el mismo estancamiento de siesta. Rótulos que aplastan, inmovilizan. El deseo se dilata; se aplaza el sexo prometido por Elena, la Vasca. La condición para acceder al cuerpo de las chicas amigas es pasearlas por la rambla “como novios”, a la vista de todos; bajo la mirada aprobatoria, habilitante. Ellas “…se hacen las que no saben que uno se tira de vez en cuando a una negrita, con tal que las respetés a ellas. Yo voy a buscar lo que no me dás, le dicen éstos a sus noviecitas, y ellas contentas”.

“Las mujeres no deben mostrar sus dones. Deben guardarse” aconseja una de las mujeres de La mujer de ellos de Ana Arzoumanian. “La mujer debe guardar sus ojos”, “su cuerpo es para ellos”, “su cuerpo quieren (…) su cuerpo que no ven, su cuerpo saqueado, su cuerpo infame, extranjero, solo para la descarga.”

La novela/el largo poema se inicia con un contrato de esponsales; en todo caso, la mujer es la mercancía, el objeto de permuta. No tiene soberanía sobre su propio cuerpo, como los extranjeros no tienen dominio sobre la nueva lengua, la de los otros. Las varias voces que conviven en “Ella” se van desplegando con la lógica del sueño y la memoria, urden una estructura de cabellera rizada, que va y vuelve en el tiempo y el espacio, que cruza puentes, fronteras, circula por las miradas. Son mujeres despatriadas, a quienes se les ha quitado su origen, su idioma, su identidad… “tiraron su equipaje en alta mar”…

“Ella” es la mujer botín, la silenciada. La que escribe en su cuerpo enfermo las señales del abuso. También la que reacciona: la loca, la criminal. La que no tiene fronteras, la que se repite en su vientre (niña madre de una niña) y se refuerza, la que es adentro y afuera: la íntima (primera persona) y la contada (tercera persona). La que crecerá desmesurada porque carece de contorno definido: como las diásporas, como las infecciones que se extienden y estallan cuando se las presiona. “Ella pierde el control” y enloquece, se dispone a clausurar el contrato. “Ellos dicen que estoy trastornada. Pero soy princesa”.

Como Antígona, como Judith, que seduce y corta la cabeza a Holofernes, el opresor de su pueblo o Yael la heroína hebrea; “Ella” desafía las leyes, la autoridad.

Como Pandora, como Eva introducirá el mal entre los hombres. “Ella” clava la mirada para hacer un tajo sobre el hombre dormido. Y cruzará la frontera.

Vanina Muraro Mitos cruzados

En mi intento de poner a conversar estos textos: Elecciones primarias de Silvia Hopenhayn, La mujer de ellos de Ana Arzoumanian y “La Vasca” de Miguel Briante, con los ejes propuestos para estas Autopistas, recorrí el paisaje en busca de las fronteras que delimitan el territorio por el que transcurren sus páginas. Me fui de excursión y en las extremidades de los textos encontré tres fronteras muy nítidas. Menos al modo de límites y más al modo de umbrales que se cruzan para ya no poder volver atrás siendo él mismo como nos enseña la doctrina del acto. Doctrina inspirada en la voz de todos los hombres llamados Horacio: “Un hombre nunca cruza dos veces el mismo río”, porque el río corre y ya no es el mismo; porque el hombre se transforma y ya es otro.

La primera frontera, aquella imborrable que Lacan se ha encargado de denunciar contra cualquier ilusión: la de los sexos, dos que nunca harán uno. Hombres y mujeres como pertenecientes a dos especies diversas, habitantes de submundos irreconciliables.

En “La Vasca”, las mujeres ríen fuertemente e indagan con malicia o defraudan las expectativas de algún encuentro furtivo. Con voz despectiva: “Ya sé lo que vos querés. Eso sí que no, chiquito”. Incomprensibles cambios de opinión, aparición-desaparición, lo que era aceptado se troca de pronto en rechazo.

En La mujer de ellos, los hombres muelen, medican, untan, penetran, golpean… una lista interminable de verbos que hacen de la mujer una marioneta forzada, muñeca blanco de violencia arrojada a un final bíblico.

Mundo es masculino: un hombre vale dos mujeres, rara contabilidad que condena a la protagonista a una eterna minoría. Una extranjeridad que se arraiga en su diferencia, otro cuerpo, otra lengua por eso: “No la dejan hablar con extraños. La traducen. No puede comunicarse en su idioma original”.

Las elecciones primarias, en cambio, transcurre en el universo eminentemente femenino de la escuela, habitado por alumnas, maestras, directora y muñeca. De los hombres no queda más que el recuerdo del director barbudo e incendiado. La hija de desaparecidos, la niña loca y genial, más consciente que ninguna de la locura que afecta a todos, la hija de profesionales que denuncia la impotencia materna, Cecilia que todo lo sabe, enferma por agradar y ser querida que de tan simpática parecía mercenario; Gladis que desata presurosa a la amiga maniatada; Esthercita, la judía y la narradora-niña entre acrobacias.

Universo negativo de Vargas Llosa, Coetzee y Musil, como escribe la autora pero, sin embargo, atravesado por otras violencias. Apenas un único varón quebrando la opresión de tanto mujererío, “estatua macho”, Alejandro, compañero sin voz que a la hora de cantar sólo mueve los labios pero a la hora de leerse revela caballo desbocado: marcas que heredará la escritura.

La segunda frontera, la del tiempo que nos separa de la infancia, universo que puede evocarse en el relato pero que se encuentra inevitablemente perdido. Perdido el sabor del río, perdido el verano, perdidos los caramelos pintalabios de glucosa roja, perdidos los hermanos y aquellos sonidos.

La tercera frontera, la del espacio, separa el adentro del afuera, el pueblo de la ciudad, la patria de origen de aquella en la que se es inevitablemente extranjero.

Delimitado el territorio gracias al trazado de estas fronteras, quisiera detenerme en dos mitos malditos.

El primero de ellos, se refiere al que reza desde los pasillos de los hospitales con una señorita con un dedo entre los labios: “El silencio es salud”.

Dirá la protagonista de Las elecciones primarias:

“Por esos tiempos salió una campaña publicitaria a favor del silencio que decía ‘El silencio es salud’ yo pensaba que era por las bocinas de los autos no sabía que era un mensaje cifrado una orden subrepticia que se abría como un desplegable en la mente de lo que estaba pasando pero la piel se me erizaba en algunas esquinas por donde se filtra el miedo en ese tipo de silencio promocionado”.

En La mujer de ellos:

“El silencio es un agujero que perfora y hace arder. Más y más profundo. Y hace arder como un contorsionista que se traba en el último acto, en el trasfondo yuxtapuesto de la noche, como animales estrujados en la longitud rectangular de un mosaico”.

En “La Vasca” el silencio cobra forma de “secreto a voces”, nada se dice pero todo se sabe. En un pueblo-panóptico, apenas un cuchicheo, una mirada y no hay forma de esconder un nuevo amorío, menos aún un padre loco dotada de un nombre idéntico.

El mito del silencio convive con un segundo mito, mito que se asemeja a una condena y que ha sido repetido hasta el cansancio, sustentado desde discursos irreconciliables que parecen coincidir en esa apreciación de fundamento dudoso: los argentinos no tienen memoria. Mito enigmático por referir el olvido a uno de los pueblos más inclinados al psicoanálisis, es decir, a la práctica de bucear por los recuerdos y los saberes no sabidos que nos determinan.

Uno de los valores de estos textos es que nos invitan a contradecirlos: “El silencio de lo que se callaba afuera se nos metía bien hondo en la realidad era una pieza cortante que nos rozaba filosa nos hacía de todo sin que nos diésemos cuenta…” (Elecciones primarias) por eso la lectura de esta novela quita el aliento pero devuelve la memoria.

El relato de Briante, “La Vasca” es un volver al pueblo en el recuerdo: territorio donde el goce parece siempre estar en otra parte, en la Capital, en las estancias, fuera de ese escenario al borde del envejecimiento, cada año, al volver todo resulta un poco más extraño.

La mujer de ellos resiste al olvido de su propia tierra, porque “Ella no nació acá. Otro olor tenía el aliento de su tierra, otro clima. Tenía otro dolor el rostro de su hermano. Otros muertos”. Pero, aunque ya casi no recuerda porque han modificado sus documentos y reescrito su apellido, el final de la novela la revela menos alienada y más propia: no hay venganza si no hay memoria.
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