Aún, me despierto Daniel Diez Crespo






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Aún, me despierto

Daniel Diez Crespo





A esos duendes que se despiertan junto a mí,

ya sea en sus mentes, en la mía, o

bien en cuerpo presente.


A 8 de febrero de 2001.

1

Despierto




Los ojos despiertan cansados a pesar de que escasea el sueño. Mi cama se hunde ante mis más de setenta kilos. No estoy gordo para mi edad. El silencio es roto por los coches, que aunque no pitan porque pueden aún circular demasiados dormidos, sí comienzan ya a darle larga vida a sus aceleradores. También se pueden oír niños corretear, se pueden oír autobuses, y se puede oír mi respiración y la cadena COPE sonando en mi pequeña radio despertador que compré hace tantas mañanas. Mis pies calzados de varios calcetines intentan moverse y zafarse de las sábanas pegajosas. Y me quito la manta de mi arrugado y algo chocho cuerpo. Me quedo sentado en mi cama, en mi ya solitaria cama, débil, y con las ojeras de haber dormido poco.

Mi mujer murió hace dos años, después de aquello mi vida se basa en un cúmulo de circunstancias que, parece que mi existencia es demasiado normal para la edad que tengo. Y de eso trata esta historia que decidí empezarla justo con el segundo aniversario de la muerte de mi esposa. Tengo el cuerpo harto demacrado, mis tobillos sufren en cada paso, aunque aún puedo acercarme hasta la biblioteca y leerme varios periódicos. Y puedo ir hasta la cafetería de enfrente y desayunar, porque no sé cocinar, nunca lo supe; Carmen hacía todo, yo sólo me preocupaba de alimentarme. Y ahora, sé que ella era más del cincuenta por ciento de mi vida.

Me levanto con el esfuerzo natural de un viejo de sesenta y siete años. Camino suave hasta el cuarto de baño. Las maderas del suelo rugen como si a ellas también las hubiera despertado. Entreabro la puerta de tono vainilla del ya citado servicio. Dentro, abro uno de los grifos; ya me da igual que sea agua caliente que fría. Me da igual ducharme con agua fría que caliente, creo que mi cuerpo ha dejado de sentir el frío y el calor. A veces no distingo. La ruleta de pétalos del agua fría hoy está atascada, pero hago un pequeño esfuerzo más y la giro. El agua sale a borbotones hasta coger un ritmo continuo. Estoy allí con mis manos juntas, ambas recogen agua y me la lanzan a la cara. Me quito las legañas, seguidamente cojo un peine y me dibujo una raya hacia la derecha, dejando entrever un atractivo ya casi muerto, puede decirse que bastante herido.

Estoy de pie, con mis dos calcetines blancos, deportivos los dos pares. Unos calzoncillos de talla extra grande. Unas perneras oscuras y blandas, y arrugadas. Una espalda delgada, débil. Unos hombros caídos, mi pelo canoso íntegramente, un poco largo. Y no es que me inquiete cortarme el pelo, porque rememoro que una vez, tuve el valor de coger las tijeras que Carmen usaba para arreglar un descosido o para poner un parche a cualquier jersey o pantalón, y me fui hasta el cuarto de baño, donde me moje la cabeza y comencé a meterme una pila de tijeretazos hasta quedar hastiado. Me quedó el pelo como cualquier chico joven, de esos que suelen llevar los pantalones prietos, cadenas, llevan perros también, pero lo que más gracia le hace a uno es que los chicos llevan más cadenas que el propio perro. Y a veces huelen peor que sus perros, aunque para eso habría que tener un “medidor de olor”. Porque los habrá, imagino que los habrá, como los hay para el sonido los habrá para los olores.

A paso firme regreso a mi alcoba, con la cara seca, y con una camiseta de tirantes de la mano; la he cogido del suelo. Me la debí quitar ayer a la noche antes de acostarme, no recuerdo, sinceramente. El armario es de color oscuro. De dos puertas, de madera con un golpe en la parte inferior izquierda de una patada que Carmen otorgó hace muchos años. Justo cuando la vida no nos iba tan mal, y cuando nuestra única hija Cristina vivía con nosotros. Cristina me dijo el día del entierro que vendiera mi piso y que me fuera a vivir con ella. Me puse como una fiera, enfadado con ella. Ya casi no sé nada de ella. Y en un día de esos en los que Cristina rezongaba con mi esposa ya fallecida, Carmen arreó una patada al aire, aunque ese aire fue a topar con el armario. Ahí quedó todo, porque aunque ambas procuraron ocultar aquello, les fue tarea harta imposible. No consiguieron nada antes de que yo compareciera al acto. Yo aparecí y lo vi, y me enfadé, y nada hubo que hacer. Y dentro, una barra atraviesa todo el armario. A la derecha siguen los vestidos de Carmen, no los puedo ni tirar, ni retirar de ahí, ni quemar. Los dejo colgados, y cada mañana me reprimo viéndolos; recuerdo y añoro su presencia. Si bien he de seguir, así que me cojo unos pantalones del mismo color que la puerta del cuarto de baño; beige. Una camisa de cuadros, también gorda, verde, roja y negra. Un jersey de lana de color verde oscuro. Lleva una línea horizontal de color negro que atraviesa todo el jersey. Tiendo la ropa en la cama, me pongo la camiseta que tenía de la mano, luego el pantalón. Alcanzo un cinto que es de color marrón, tiene el cuarto agujero ya muy cedido, está desgastado, pero aún sirve para sujetar mi vestimenta. Me pongo la camisa con tranquilidad, aún suena la radio, hablan y hablan y de vez en cuando, escucho:

No me gusta el fútbol, odio el fútbol, pero lo veo. Este sábado jugaron el Real Madrid y el Barcelona. Al parecer, la polémica del penalti no pitado y el fuera de juego sí pitado, todo siempre desfavoreciendo al Barcelona, aún colea. Yo estoy de acuerdo en que realmente no fue penalti, pero el gol fue clamoroso. En el minuto ochenta y nueve. Normal que tengan esa cólera, pero se les pasará cuando la semana que viene o la siguiente favorezcan al Barcelona. ¡Lo veréis!

Mi cuarto tiene las paredes blancas, Están llenas de pegotes negros, manchas que fueron surgiendo a través de los años y no recuerdo ni cómo ni porqué. Un Cristo en lo alto de la cama, una mesilla a la derecha de la misma, más a la derecha, todo frente a la puerta, el armario. La ventana colgada a mano izquierda, y, en la pared que se adhiere a la puerta tengo esto: el pequeño escritorio y el ordenador que me compré hace cinco años ya. Nunca he aprendido mucho a usarlo. Tan sólo lo justo para escribir cartas a periódicos, relatos y poesías que antes de tener ordenador escribía a tinta de bolígrafo. Ésta es mi primera Novela, o boceto de ella. Antes, ya participaba en el periódico de mi pueblo contando historias que me habían pasado con el paso de los años; artículos cotidianos. Llegué a entrar en el periódico gracias a mi vecina, que un día me dijo:

-¡Oye! Con tu verborrea... ¡Umm! ¿No serás tan bueno con la pluma?

-¿Qué pluma? –Le pregunté asustado.

-Escribiendo, quiero decir, -me dijo sonriente.

-¿Por?

-Porque podías escribir para el periódico historias, estaría genial.

Yo al principio me negué. Pero al de varios despertares, me pasé por un comercio de ordenadores, y entonces, cuando la chica joven se acercó a mí, empecé a convencerme que no tenía marcha atrás.

-¿Qué desea?

-Quería un aparato de estos, un ordenador, ¿verdad?

-Sí, ¿qué es para su...?

-¡Para mí! –Interrumpí de manera jovial.

Sabía que la chica podría darme gato por liebre, sabía que tampoco quería nada del otro mundo, meramente quería aprender a usar aquel chisme ahora que estaba jubilado. Yo llevaba toda mi vida frente a un ordenador, pero jamás había llegado a teclear con los nuevos modelos; los de las ventanas. Tampoco sería tan difícil. Y lo más importante, quería poner las cosas claras ante aquella chiquilla antes de que se hiciera historias mentales en su cabecilla y hubiera males entendidos.

-Joven, escucha: El ordenador es para mí, entiendo perfectamente de que van estos aparatos, así que, lo único que quiero es un ordenador de lo más normalito, que me valga para escribir cartas e historias, lo demás te lo guardas. –Casi temblando por la zozobra creciente, no pude más que mirarla dos segundos; encorvado ligeramente, y sin pestañear. Nos invadió un silencio que irrumpía la respiración del ordenador y, finalmente le pregunté.- ¿Qué le parece, joven?

Sonó todo aquello muy firme. O en cualquier caso, yo y ella nos lo creímos, y...

Cinco días después aparecieron en casa con gran cantidad de cajas. Los dos mozos no instalaban sin cobrar, por lo tanto, les tuve que pagar dos mil pelillas para que me instalaran todo. No me dijeron nada más. Me dejaron allí, con la pantalla encendida, con un fondo verde, y con dibujos que ahora llamo iconos; en uno ponía mi PC, en otro mis documentos, papelera de reciclaje... ¿Qué es esto? Carmen estaba detrás de mí con una sonrisa en la cara. Me besó en la mejilla y me dijo: ¡Ay Miguel, ay en que líos te metes!

Durante diez días estuvo apagado, hasta que mi vecina otra vez apareció con su proposición, y ella fue quien me ofrendó con las suficientes clases. Me enseñó a cliquear, y en dos atardeceres o tres, atrapé el truquillo. Es como todo, ¿no? Me sonrío ella una vez hubo recibido mi primera historia.
Mis pasos ahora, ya con unas botas marrones de cuero falso, me han llevado hasta la cocina. Estoy ahí, mirando por la ventana sin apartar las cortinas. Hay niños como decía; siguen ahí. Unos corren porque llegan tarde, otros ríen, otros tienen sueño, y todos, van al cole. Es época de ir al cole. Yo quiero ir al cole, yo quiero tener once años y corretear por el patio, y jugar al balón. Yo quiero vivir mis doce mis trece, catorce... todos esos años que ahora creo que son mucho mejores que lo que fueron los míos.

Abro una nevera de uno sesenta, blanca. Tiene imanes de frutas. Los colocaron hace meses mis nietos durante los últimos quince días que estuvieron aquí. Tengo dos nietos. Los dos niños, y no sé si los volveré a ver algún día. Espero que sí, pero no lo creo. En la nevera tengo un zumo de piña, en un frasco de cristal. Lo sacó y vuelco parte del brebaje en un vaso que saco del armario blanco con tonos amarillentos, colocado justo al lado de la misma nevera. Los vasos no están muy limpios, y es porque aún me cuesta hacer esas tareas. Aún me cuesta cocinar, (solamente cocino durante la cena) aún me cuestan tantas cosas; como ir a hacer las compras, como sentarme a ver la tele sin sentir el continuo ronroneo de la respiración de Carmen. Entraño hablarle un poco de lo que veíamos en la tele. Siempre me gustaba decirle lo que iba a pasar, aunque luego no pasara. Siempre le contaba todas esas cosas; ¡mira! Le decía, ese es el malo, y ahora le va a dar estopa al otro, ¡ya verás! ¡Atenta! ¡Carmen no te duermas! Lo añoro mucho.

Cojo las llaves cuando me he tomado el zumo. Me aferró al abrigo que cuelga de la percha de madera de la entrada. Una entrada que también tiene una mesilla donde reposan las llaves, cartas, y mucha publicidad escrita: supermercados, aprenda inglés, compre muebles baratos, masajes, aprenda inglés de otro modo diferente, plan de pensiones, etcétera. Una entrada recta que va dejando habitaciones a los lados de manera continua. Primero la cocina a la derecha, frente a ésta el salón. Y así continúa: La ya desierta cama de Cristina (mi hija) a mano izquierda, a la derecha un baño, y a su vera, la que fue nuestra gran alcoba nupcial. Finalmente al fondo, un cuarto que convertimos en una zona de estudio, y desván.
Con las llaves entre los dedos, doy dos giros a la cerradura y salgo para dirigirme a la cafetería; allí es donde yo siempre desayuno. Las escaleras de madera suenan al ritmo de mis pasos. La barandilla de madera me ayuda a bajar. Poco a poco. Mi vecina habla con su niña pequeña que divaga con preguntas.

-¡Buenos días Miguel!

-Buenos –contesto ante la mirada de la chiquilla.- ¿Vamos a aprender mucho hoy?- Le pregunto mientras inclino un poco más mi cuerpo.

La niña me mira y luego mira a su madre. Ha levantado la cabeza girándola hacia la izquierda. Está intimidada, no sabe bien, si contestar o no hacerlo. No lo hace

-Hoy parece que se ha levantado un poco enfurruñada, no sé porqué. ¡Vamos anda! –le termina diciendo a la niña mientras le tiende el brazo.

La madre se aleja. Yo me quedo en lo alto del portal y miro bien alrededor. Siento el frescor de las casi ocho de la mañana. Abrigado con mis seis botones de este abrigo negro, con mis zapatos marrones y mis pantalones beige. Allí, ante el constante paso de muchos niños, madres, autobuses, y el suave viento deslizándose por mi rizada cara no afeitada esta mañana, observo el panorama y pienso en la historia de esta semana para el periódico.

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