19-27 de diciembre de 2005






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19-27 de diciembre de 2005
Quiero que me recuerden como el emperador de Vallecas.
Poli Díaz, boxeador fundido

Tenía que pronunciar una especie de discurso inaugural con el cual se iniciaría la ceremonia de la defensa. Stella Maris, la sombra tras el mono, se sentó conmigo y me dio una mano para ayudarme a redactarlo, acampado como me hallaba yo, próximo a las aguas quietas de la falta de inspiración. Cada uno se ha retirado emocionalmente de un tema, un trabajo, y el deber de regresar a recuperarlo forma como una ensenada. Se necesita alguien que lo remolque. Pero resulta que, una vez redactado, hinchado con citas como les gusta, como se hincha el hueco de la escalera de no sabemos qué que asusta el retorno, Stella lo leyó con voz acompasada, lo cronometramos… y sólo daba para quince minutos. La directora de la tesis Palmira González nos solicitó y nos recordó que el espacio de tiempo cubierto debía ser de media hora a tres cuartos. Stella lo invocó al pie de la letra y los días previos me estuvo dando humo en las narices con que le metiera el matute de unos cuantos lingotes más.
El día anterior, el jueves, se fue en una llama: no recuerdo qué hice ni en dónde estuve sepultado.
Con la exactitud de los procesos automáticos, comenzó a trenzarse lo que llamo, sin describir, «preñez de tormenta». Lo que tenía que decir antes de leer lo que estaba escrito debía subir y formarse en mi cabeza. Había que decirlo simplemente para llenar la media hora requerida. Nada más. La imposición era nítida y a la vez incomprensible. Si no hubiere mediado la satisfacción institucional de un relleno, lo escrito, cronometrado en longitud y controlado en contenido, habría sido lo único que el tribunal y el público escucharan y no habríamos corrido el riesgo de la improvisación que, conducida por su filigrana detrás de la inspiración, se hace incontrolable.
Podría haberlo escrito, no fuera del todo mala idea, pero por mi fe que no quise. Stella me insistió varias veces para que se lo mandase a Palmira y que ella diese su parecer. Me lo censurara, ¿de dónde pues? La directora me había llevado por un largo vía crucis de recomendaciones, por teléfono y por mail, en cuanto a que «no me pasara un pelo» en la presentación y el turno de la réplica. Ella y Stella me cortaron en un medallón que reservase la dicacidad para otro momento, las citas cultas con obscuros propósitos de burla prepotente y el pontificar con una subestimación del peligro, todo lo cual podía contener un acertijo de interpretación por parte de la mesa sin las correcciones necesarias y volverse contra mí. A los recaudos se sumó la carta astral que elaboró Carmina Zarza para ese día en concreto, en la que distinguía «una figura emboscada».
−Tú contesta correctamente a lo que te pregunten, pero procura ser sumiso.
La tarde del jueves 15, de cara a las espléndidas vísperas de respeto al artículo 2 del reglamento anejo al cuarto convenio de La Haya con la categoría de combatiente, repasando el material y embutiéndomelo como en el ánima de un cañón, con atacador, recibo una llamada con agua suficiente para el sediento de predestinación. Escucho la voz de rosa fría, de la tertulia de El Pato Loco, excitada en grado sumo de frialdad y segura de mi lealtad para lo que se me viene encima. Si tenía alguna duda acerca de si podía caber algún malentendido con la improvisación que pensaba pronunciar sin haberla escrito primero y si debía someterla a la justificación de mi directora, ella la disipó. Me dijo, con una convicción extraña, que «sólo me debía a la tesis». Supongo que una serpiente habló por ella (bueno, en ella, la que una vez le detectaron, arrollada como el zumbel al trompo para hacerlo bailar y escondida en ese organigrama cavado en la piedra berroqueña que tiene por corazón).
Me desperté a las seis de la mañana, el viernes. En seguida coloqué en mi zurrón mental un puñado de frases y la alucinación empezó a invadir la casa.
Me lavé la cabeza con agua mineral, sosteniendo en alto la garrafa de cinco litros y aguantando el chubasco helado y sedoso. La cal mal disimulada en el agua de Barcelona es ampliamente responsable del aspecto de taller que tienen los pelos de sus ciudadanos. Cuando saqué un pie de la bañera, el cabello, que me llega ya a los omóplatos, había pasado por lo que podríamos llamar método macroanalítico de investigación de las cabelleras de Sansón y Buffalo Bill.
Me puse la corbata con diamantes rojos y la claymore de los Grant en la solapa, que es el componente sádico más prometedor junto a la biografía de Charles Baudelaire, libro gordo que también llevé, ambos talismanes y bocinas poderosas en la presente crisis del racionalismo duro de oído.
Llegamos a toda prisa a la facultad en el cochecito del Minaya, repitiendo la compleja coincidencia de horarios con el alquiler de los kilts en Escocia y la llegada a tiempo a la plaza, y ello debido a que un día antes me habían enviado de la Secretaría de Estudiantes y Docencia un impreso que había que rellenar para que lo tuviese la UNESCO. Ese impreso había que entregarlo antes de la defensa. Se encimaban la entrega del impreso, la hora de la defensa y la llegada de los invitados a la defensa, de nuevo. Tener todo esto a la vista es otra prerrogativa más para una apreciación realista de la mala suerte.
Esperaba una oleada y había unos pocos en la cafetería. Rosa fría había sido la primera en llegar, inoxidable en su excitación, alta como una arruga en forma de pata de gallo en una esquina del rebumbio estudiantil, tubo de vidrio graduado con sus zapatos bajos de suela de crepé. La perdí de vista cuando me fui a desayunar. Al dirigirme después hacia el lavabo, la vi en la mesa. Ya había llegado el Doctor Yo, nombre de sensatez. En la cola para pagar en caja estaba el Octópodo, quien, con la insidia que le entusiasma, me dijo:
−Sabía que ibas a venir con corbatita…
A las once menos cuarto no había subido nadie. Pensé que habría quienes no podrían encontrar el lugar. La Facultad de Geografía e Historia se levanta en un lugar aislado, rodeada de volátiles playones de aparcamiento con una aglomeración típicamente china, a trasmano, en donde el volumen de los edificios dispersos −en rigor, bloques− se presenta mecanografiado contra un cielo que eventualmente está arriba pero que podría ocupar el espacio abajo, de tan vacío.
El escenario parecía haber sido escogido cuidadosamente para que los que estaban de viaje o trabajando alegaran todo tipo de graves prioridades, y los que venían, que tenía bemoles la cosa como para desalentarlos. No fueron pocos los que, con sus palabras, me dieron a entender que algunos pasajes de la invitación que les había cursado, como, por ejemplo, «detrás del campo del Barça», eran particularmente vagarosos y que la Facultad de Geografía e Historia no estaba en el camino de Santiago de las otras facultades.
La sala de juntas veíase arrinconada al final de un pasillo en la segunda planta; facturan allí las oficinas de la Secretaría de Estudiantes y Docencia, la casa de los muertos en donde se enmarillecen los expedientes de los alumnos. La calefacción era totalitaria, así que lo primero que hizo Stella al entrar fue abrir las ventanas para clarificar el ambiente que esperaba por el doctorando, también cuidadosamente malsano. Sobre la mesa que deslucía el recinto, embrutecida en su grandiosidad y de una circularidad que no habían escatimado, Palmira había tenido la precaución de colocar la botellita de agua preceptiva para la ocasión y la forma más dura de boca seca en la cultalatiniparla.
No sólo de la botellita se había ocupado.
Ella fue quien, de un solo vistazo que llega al tuétano de una situación, se percató de que la distribución inicial, la de los ordenanzas, tal como iban a sentarse todos, favorecía al tribunal. Se preocupó de la protección de su doctorando y la cambió toda. Lo supe después, cuando ya había pasado y me lo confió, risueña, por teléfono. Al alejarse de la ortodoxia del papel de una directora de tesis de las que se llevan, hay que reconocerle dotes de estratega con arreglo a un Clausewitz o el mutilado Sun Bin, discípulo del Maestro del Valle del Demonio.
Situó a los doctores de espaldas a las ventanas y el cortinaje, y a mí frente a ellos. Dispuso los asientos para que los grupos quedasen apiñados detrás de mí. Lograba de ese modo varias ventajas, algunas cruciales. Los grupos de invitados quedaban emparentados en cuanto a componer una fuerza rival de la presión ejercida por los miembros del tribunal que, frente a mí, tenían que juzgarme. Mientras cada uno de ellos estuviese hablando, no dejaba de alzarse ante él aquel compacto frente de ametralladoras, miradas disparadas y recogidas como testimonios por sus sentidos, lo cual, si no amenazaba, su poco cohibía. Con respecto al doctorando, es cierto que no podía mirarlos para, digamos, tomar aliento, pero tampoco podían distraerlo, que era lo que quería impedir la directora. La distribución, con la puerta a mi izquierda, era conveniente también para evitar ser distraído por los retrasados, los que no habían podido llegar a tiempo −caso del pez raya sombra de los océanos, Ferran Comajoan−, y la puerta cerrada les hacía vacilar entre pasar o quedarse fuera a esperar un cuarto intermedio.
El mayor acierto escenográfico, con todo, fue convertir a los miembros del tribunal en siluetas. La fuente de luz provenía de las ventanas y hacía la noche en sus caras. Cuando tuve que dirigirme a cada uno de los cinco en el turno de réplicas, hablé a cavidades. Hallé en ese subterfugio o ese delirio tan bien ocultado por Palmira el servicio de desinhibición para llevar a cabo el ideal de nervios de acero y fervor infantil que había proyectado observar y para estar todo el tiempo en otra parte, cruzando con paso rápido de la sala donde me estaba jugando el grado al plató donde se filmaba un episodio de Perry Mason.
La primera en subir las escaleras, puntual, fue nuestra abogada Mercedes Parra, ex María Dolores, nuestra póliza de incendio ante juzgados o en tratos desiguales con el Diablo que podamos tener. Vino con su mínima familia, su hermana Rosalía y el tío Manolo Tregón Gracia que nos sirve el cava en las fiestas. Entre once y once y diez la gente, que no estaba en ninguna parte, entró toda al mismo tiempo. Nadie protestó, sobre todo los que tenían la capacidad de hacerlo, eso está claro, y mordieron el anzuelo de la ubicación malintencionada, que era desfavorable para los doctores, por las razones antedichas, y ventajosa para mí que la luz me daba en los ojos, por primera vez un inconveniente ventajoso pues bien se sabe desde la atropellada de los nómadas elamitas en Sodoma y Gomorra de Robert Aldrich y Sergio Leone y la carga “into the jaws of Death, / into the mouth of Hell / rode the six hundred” del poema de lord Tennyson que al enemigo hay que «traerlo» a donde el sol pegue de frente.
La suma de los asistentes es obra de Sunny Sunday. El barquito de la sala cabeceaba, se ladeaba mientras iban entrando todos, pero aun así él contó 31. Estaba el culex o Mosquito, que me ayudó con las fotos del Viaducto de Vallcarca, representantes de las tres tertulias, de La Cúpula Hispanos Siete Suiza (el maestro Ari Eidler, violinista; Joma Maya, otro maestro, heredero de Ingres; el doctor Gim Gom en su hogar de Badalona que es mi isla de los mediodías cuando me invita a comer, y Douglas Mecanso), la tertulia de El Pato Loco, los de la bigornia en pleno (Johnny Melenas el terror de las nenas y Licor de Canela, su mujer; Phantom 8000 de la serie Pereira modelo Arcipreste el coche de los Poetas Muertos en dos versiones: diesel con borra y gasolina azul rubendariana; el Octópodo; rosa fría bajo una campana de vidrio esperando una manta eléctrica o un amanecer atómico; la Hamadríade, Petrarquita y Sunny Sunday), esos maleantes que se muerden unos a otros, y un solo terne del grupo de Visconti, Josemari Royo, traductor de Cicerón, cuya madre había fallecido esa semana y él me obsequió con el sinsentido de asistir, Joan Baixas y la Bambi que remeda el grito sin anhelo del hada y el frotamiento de una babosa sobre una hoja muerta, Robert Almuni, Benjie Glaser y el xocoyote de su hijo por no decirle el benjamín, que es lo mismo, pero el padre ya se llama, Robinson Argemí de Viladomat, ansioso de oír bien los nombres que sonaban, no fuera a perderse alguno glorioso, escritor simbolista y mongol germanizado, Joana Mercè (la fundadora del Anuario de Difusora Internacional con Víctor Seix y el viejo Muchnik), una mano rota y en rehabilitación, el doctor Renna, Teresa Garriga, la viuda del Manantial y madre del Melenas, guapa inmunitaria, Enrique Lynch en ropaje kamisino para asistir a pagodas, a quien le prometí hace más de quince años en el Galpón Sur que le avisaría cuando defendiera la tesis y, tercamente, cumplí la promesa de oráculo (Génesis 22:16 y 17), Carmina Zarza con una prima ensombrerada de Madrid…
Hubo ausencias más o menos previstas que se pueden imputar al trabajo, a que habían pedido todos los días de vacaciones a cuenta o a que estarían en otra ciudad para esa fecha, lejos de Barcelona. Así, Macías Galloway el Enamorado a Veces, miembro a la distancia de la tertulia de El Pato Loco (en Andorra, donde vive), el Ogro, hermano mayor de Johnny (seguramente de viaje), Horacio Vázquez-Rial (en Madrid), Asun Amelivia, del grupo de Visconti (en un congreso de médicos en Málaga), el Mamut Stockdale, ex montonero, con un hermano y la cuñada desaparecidos (ausencia incomprensible porque hasta me escribió que iría una hora antes «para prepararlo todo»), John Victor Landeris que se durmió (mucho más comprensible, trabaja en el Correo Central en turno de noche), Lluís Cánovas, Henri Désiré Landru, Flyer Jim y el Xavi Garcia (antiguos compañeros de Difusora con los que me encuentro en una «cena de mosqueteros» anual, otras tres ausencias incomprensibles), Carlos Luis Moser Würth, el cirujano que me operó los ojos, el señor Puig que está como personaje en la tesis (el domingo 18 me hizo compartir con reserva el bollo frito de que estuvo toda la semana en cama con gripe y en una corriente intestinal, apelando a lo más bajo de la mentira humana), José María Ponce, un director de cine «porno» que me prometió por teléfono que se llegaría, Marcelo Covián, el Pingüino, director de Ariel en el pasado, Oleguer Sarsanedas, que fue nuestro director en Difusora cuando se fue Barral.
Las de algunos profesores recordados o queridos: el padre Arbona Pizà (Español Coloquial de 2.º), Coloma Lleal (Historia de la Lengua), Enric Bou Maqueda (en la Universidad Brown de Providence), Jacqueline Hurtley.
Hubo otros que me llamaron el sábado para ofrecerme explicaciones y descargos e interesarse por el desarrollo de la defensa: Visconti, Ramon Freixas, el crítico de cine, o Erika Bornay, una de mis profesoras más queridas de los cursos de doctorado que estuvo y se retiró antes de que me diesen la calificación.
A las once y diez dio comienzo el acto. Lluís Izquierdo, en su calidad de presidente, fue el encargado de inaugurar la tumba formal con el chupinazo de fórmula «En el día de la fecha se constituye el tribunal formado por…».
Mientras iba nombrando a los integrantes del tribunal, levanté con cierto esfuerzo olímpico la caja azul, desempaqué la tesis de 1041 páginas sin encuadernar, la puse a mi derecha y volví a dejar la caja en el suelo. Dispuse ante mí dos manojos, uno de apuntes de varios autores y las ponencias de los Seminarios sobre los Antecedentes y Orígenes del Cine celebrados en Gerona, y el otro el de las 17 hojas repletas de abastos para el asalto y contragolpe con la totalidad de la tesis revisada, peinada, en los puntos que me parecieron más débiles y los flancos que creí más expuestos. Coloqué al alcance de mi mano izquierda la voluminosa biografía de Charles Baudelaire, de la Institució Valenciana d’Estudis i Investigació.
Ni fumando un cigarro de Lex Luthor podía estar mejor protegido por todas partes.
Los acontecimientos sobrevenidos permitirán juzgar qué inscripción sepulcral puede atribuirse a nombrar de izquierda a derecha, pero eso es lo que hizo Izquierdo. Y formaban de su izquierda a su derecha como detallo:
Anna Casanovas i Bohigas, del Departamento de Historia del Arte (Universidad Central). La secretaria del tribunal. Especialista en cine ruso del período mudo.
Joan Maria Minguet i Batllori, de la Autónoma (Bellaterra). Segundo vocal. Su tema es el cine de las vanguardias.
Lluís Izquierdo i Salvador, de mi carrera (Filología Hispánica). Catedrático de Estética Literaria de 5.º y poeta de cuño cernudiano.
José Carlos Suárez, de la Rovira i Virgili de Tarragona. Tercer vocal.
María José Sánchez-Cascado Blanco, también de mi carrera. Primera vocal. Especialista en teatro y profesora de Hispanoamericana, una optativa que hice en 5.º, la penúltima de la carrera. Me dejaba dar la clase a mí cuando estaba desganada.
Anna comparte despacho con Palmira y ambas fueron discípulas de Miquel Porter, el primer director de la tesis que me dejó en banda al fallecer el 18 de noviembre de 2004. Es un hueso duro de roer.
Minguet y Suárez fueron «dirigidos» de Palmira, ella estuvo en el tribunal de los dos. Anna y los dos hombres fueron impuestos por la comisión del departamento −el primer filtro, y el más bravo− que consideró que había demasiados doctores de otras ramas humanísticas y pocos de cine. Palmira designó a los tres. Minguet era «el zorro bajo la capa del lacedemonio»: ¿mordería o se quedaría quieto?
Tanto Izquierdo como María José me pusieron matrícula de honor en sus respectivas materias. Me estiman, simpatizamos y no hace falta estudiarles las reacciones para verlo. En teoría eran aliados y por eso los elegí.
Tras unos carraspeos, a cuenta también del chupinazo de fórmula, Lluís me dio la vez.
−El doctorando Sr. Grant tiene la palabra.
−Bien… Bien… −En el hit-parade de las frases que había ordenado esa madrugada y que suponía que tenían que sonar como canciones, me costó, fueron unos segundos de truncamiento en que la correa de transmisión iba sola, sin nada, dirigir la puntería para que las primeras pasaran por la angostura−. Señores doctores del tribunal…
Otra vuelta de soga del desconcierto.
−…público asistente, miembros de las tres tertulias representadas aquí que cubren varios capítulos de mi vida en España, amigos, conocidos, curiosos, muertos, invisibles…
»Se me ha demandado que explique las motivaciones y la metodología de esta tesis y… a la verdad, no estoy acostumbrado a hablar de mi obra en primera persona. Por otra parte, un escritor es alguien que escribe, no que habla, y una obra como ésta tendría que ser suficiente para hablar por sí misma.
»Estoy alarmado…, preocupado… Pensé que se explicaría como en ese prodigio de representación que es la obra de los dos Luis, Luis Alcoriza y Luis Buñuel, se cuela un personaje, que no debía ser el principal, por las rendijas de su presencia escénica extraordinaria… Los olvidados…, cuando en el plano de situación inicial la banda de miserables, los ragazzi di vita del México de los años cincuenta, están hablando de alguien, lo nombran con un hipocorístico o su alias de guerra, pero él no ha aparecido aún. El espectador no sabe quién es, pero, por la inercia de las fórmulas visuales y los presentimientos amaestrados, adivina que en cualquier sitio puede estar, de cualquier sitio puede venir. El espectador no sabe quién es, pero no hace falta explicar lo que es, hay una química suasoria en ese primer plano de situación que anuncia el sexo, la edad y el peligro.
»Y cuando en la secuencia siguiente se ve venir por la calle en un travelling a un muchacho de unos diecisiete años (veinte en realidad tenía el actor cuando la película se rodó) con un mono de mecánico andrajoso y la greña sucia arremolinándosele por el viento veraniego, enamorado salvajemente de la vida…, cadencioso…, pendenciero…, flamante prófugo del correccional…, un verdadero rufiancillo urbano que primero se dirige hacia el vendedor ambulante de tortillas y después hacia su mundo de promiscuidad, miseria y crimen, para adueñarse de él inmediatamente, infructuosamente, y que se cumpla su kairós, «un punto en el tiempo cargado de un significado que se deriva de su relación con el final, en sazón»*, todos sabemos, consultando esa bola mágica, que ése es el Jaibo, interpretado por Roberto Cobo, el Calambres.
»Esta semana le estuve hablando… a esta pila, estas hojas amontonadas…, esta pila que tengo aquí… Bueno, estaban dentro de la caja…, utilizando una figura de la vieja preceptiva, la que se usa para hablar a la lámpara de minero con que se buscan las muchachas en flor que se marchitaron, al mar de mala uva, a un airecillo en soledad junto al cedro, a la hoguera que quema mal, a las fieras y al fantasma…, la figura de la idolopeya, y le dije qué, ¿siempre serás una menor de edad?, ¿siempre me necesitarás a mí para explicarte?, ¿qué harás cuando yo no esté y si no queda testimonio videográfico?, ¿a quién le importará qué timbre de voz tenía y si hacía pausas interfonemáticas al hablar?
»Pero como nada de esto tiene importancia, es sólo una agitación de windsurf en la superficie del flujo de conciencia, he redactado unas pocas páginas inaugurales… que comienzan diciendo así…
Hice una pausa histriónica; casi podía oír cómo habían cesado todas las actividades de respiración, borborigmos, apoyadura del sopor, tos y escucha, podía sentir el complot a mi alrededor, los ojos extirpándome por cirugía los nevus de las sienes, y verme niño burbuja y dueño de la ferretería en la terapia de un aislamiento absoluto. Me serví agua en el vasito de plástico y bebí con lo que creía que debía ser prestigio de bebedor de agua en vasito.
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