19-27 de diciembre de 2005




descargar 130.26 Kb.
título19-27 de diciembre de 2005
página4/4
fecha de publicación24.12.2015
tamaño130.26 Kb.
tipoDocumentos
p.se-todo.com > Historia > Documentos
1   2   3   4
captatio benevolentiæ de libro derivó el ajustar el paso a la benevolencia impropiamente dicha del tribunal, lo cual hizo brillar en el corazón de los miembros la chispa del consuelo por la insuficiencia de no haber leído la tesis como Dios manda. Confesó que si le hubiera llevado a ella la tesis en vez de a Porter, habría «salido», «quedado», de otra manera. Cuando se va por el territorio subterráneo de los matices, procurando que se disculpe una obra que no tiene de qué disculparse, el verbo da igual.
Palmira fue mi adarga; pedí prestada la correlación y la trasladé a telefónico requiebro: «Si tú eres mi adarga antigua, yo seré tu galgo corredor». Mi obra la cautiva, lo sé. Vamos a ser grandes amigos, también lo sé. El doctor Gim Gom dijo que se la veía temblar como una madre, «sufría oyéndote hablar», me dijo en la cena del jueves 22 en el Delirium. Pero, por la sinceridad que se deben en todo momento los amigos, ESO NO ME GUSTÓ. No me gustó y lo digo. Lo digo y no pasa nada.
Varios se sumergieron en la doble realidad de lo bien que había intercedido y lo atinada que había estado, entre ellos Joma, el pintor y diseñador del grupo de La Cúpula. Hubo uno en especial −uno de muchas patas− que lo hizo a sabiendas de que había sido salvado por el tino de Palmira de expresarse con más coraje y objeciones más dignas.
Cometí una gran equivocación, no podré lavar su pasado cuando me encuentre en el futuro pensando que cada vez está mejor compuesta. La equivocación fue contestar a las bagatelas que me proponían. Malbaraté el turno de las réplicas, dejándome arrastrar al tipo de respuesta a objeciones basadas en el comentario, un comentario que no era más que la coartada del yoquepierdismo de quienes habían hecho de la tesis una lectura irregular, epidérmica.
Por ejemplo, respondí a Minguet, y no por ello aquieté su curiosidad, que había querido ser doctor inducido por el Agapito, que como motivo no era el mejor que tenía ni el que podía solicitar vara de justicia, y para dar alcance a unos cuantos seres queridos y enrostrarles que había llegado por lo menos a un sitio de todos los posibles a los que no llegaría, habiendo tenido ellos la magnanimidad de sentenciar: «Tú nunca llegarás a nada».
El momento más delicado, quirúrgicamente hablando, fue el de descubrir otro camino para hablar de Porter, explicar por qué no figuraba en los agradecimientos (1029-1035) y decir parte de la verdad sin que la mentira se llevase el resto.
La omisión daba el cante.
Jondo.
Estaba dispuesto a reconocer lo que había habido en los nueve años de su presunta dirección y, por otro lado, no quería traicionar mis principios. Era difícil, estando Anna Casanovas, que esperaba una adhesión de los 409 de Francisco Solano López que murieron con él en Cerro-Corá, lo que consideraba, y otros con ella, un deber de doctorando que, a ciencia cierta, no se sabía por qué estaba pendiente.
La verdad podía poblar por sí misma una altiplanicie. El viejo no me dio orientaciones sobre cómo debía escribir la tesis, no me pidió que le llevase veinte hojas por mes, un capítulo cada dos, no me hizo nada parecido a un «seguimiento». No recuerdo que me haya llamado alguna vez por teléfono. No se interesó, se desvinculó completamente de mí.
Le hablé, cuando la estaba redactando, de la banda sonora y esa sola vez me recomendó un libro, el de su amigo Manuel Valls Gorina y el colaborador Padrol.
Para la encuesta del capítulo IV me «indemnizó» con el travelling óptico, que no sirvió para nada.
De su autismo, egoísmo abajo, probablemente no fui yo el único en sufrir las consecuencias. Su mujer murió antes que él y no quiso vivir más. A partir de esa pérdida −dicen los entendidos− entró en barrena lentamente a un compás de pasotismo en que todo le daba igual. Fue un prócer, salvó el patrimonio fílmico catalán de caer en manos de la burocracia franquista; pero un prócer sirve para intitular un período, no para ayudar a un doctorando. Asistí a sus clases y eran lamentables. Habíamos pagado para oír unas clases y sólo oíamos quejas de pulgón sobre la injusticia que hay en el mundo porque la vid está helada y una letanía de confidencias. Si no eres capaz de cumplir con tu obligación, deja que otro lo haga. No te lleves la pasta de otro.
Habrá quienes aprecien en su pasotismo una adaptación de la hidalguía a la legalidad, la estratagema del que no quiere perderla para siempre. Me he despertado concienzudamente de la veneración a los próceres porque ya no tengo edad y me sobran las experiencias en cuanto a haber levantado ídolos que no pasasen primero por el fuego de la decepción. No excluyo las consideraciones de que ese pasotismo tampoco le venía mal según con quién.
Le había llevado a su casa, una mañana que me quedé a desayunar, la introducción y los tres primeros capítulos (231 páginas) para que me fuera diciendo algo; y no sólo no las leyó, sino que perdió todo. Hablé con su hijo Boris después de su muerte, iban los seis hermanos a vaciar el piso de Sarrià, tenían que tirar «muchos cachivaches», dijo, y temblé.
Nunca se pudieron encontrar esas páginas.
Boris hizo salir a luz la rutina de que por ese piso pasaba mucha gente, que su padre había sido un hombre muy ocupado, y, a estar de dos cosas, me vi forzado a elegir entre el hombre que está cansado pero aun así es responsable y un irresponsable, eso. Le informé de que no era un pedigüeño o alguien de la Erasmus, ni un periodista de Serra d’Or que quería escribir un artículo hagiográfico, sino alguien con quien su padre había adquirido un vínculo conscientemente y que a ver si me podía encontrar las 231 páginas perdidas que era muy grave.
El hijo no sabía nada de la trastada que su padre había hecho y dijo que estaba muy ocupado (por favor, hagan paso a los ocupados) y que se le daba un bledo de mi obra. En vista de su grosería que había reventado, no me anduve con chupaderitos y ahí tengo más: el prócer ya podía ser prócer para toda la nación, que para mí, le solté, también era una mezcla explosiva de negligencia y displicencia.
Cree Palmira que le debo estar agradecido porque me aceptó la tesis sin condiciones y que luego, merced a su prestigio, los miembros del tribunal se la llevaron en cesta de esparto. Nunca lo sabremos; tanto o más puede valer la creencia contraria. La admisión entonces, lejos de ser generosa, hay que ponerla en la cuenta de su pasotismo.
Mi mujer lo conoció en una cena que organizó Montse Soldevila en su palacete de la calle Margenat. Llegó invitado por Agustí Roqué, que era pareja de Montse, escultor, pintor y parroquiano del Monterrey, el bar al que iba el viejo y le bastaba entrar para que le pusieran su farolito de morapio peleón. Cenamos los cinco en el jardín de los Finzi-Contini que tiene Montse; la cena era en su honor, en nuestro honor, para que dirigido y director se viesen las caras. Estuvo silencioso, dejó la iniciativa de la conversación a los demás, lo mejorcito de la ausencia. Debió de ser para septiembre, quizá principio de octubre de 2004, porque todavía hacía bueno y la exposición al aire de la noche no era dolorosa. Le quedaba poco tiempo de vida y lo poco que todavía le quedaba estaba a la venta. Cuando nos retiramos, mi mujer me dijo: «Date prisa en terminar la tesis porque éste no va a llegar».
El arroz con leche debía dispensarle su protección, porque durar, duró mucho. A principios de ese año había tenido una larga hospitalización por problemas respiratorios, pero se le hacía ininteligible cuidarse y, padeciendo una ensalada de Parkinson y enfisema, seguía fumando sin parar y bebiendo. La tríada con John Huston y Robert Mitchum. Me di toda la prisa que podía porque me había tomado en serio que él sería mi director hasta el final. Me equivoqué. Cuando murió, sentí que el suelo me faltaba bajo los pies. Me equivoqué de sensación. Ahora sé que su desaparición fue necesaria y providencial. No sólo perdió parte de mi obra, no le importaba mi obra y no le importaba yo. Había barajado, para integrar el tribunal, el nombre de José Enrique Monterde, una cobra del departamento, un enemigo de él, del enfoque que tiene la tesis y del estilo con que está escrita.
Ciertos son los toros que Porter me iba a dejar en las astas de uno.
No me iba a defender como hizo Palmira, como suben las montañas los que las suben, por aproximaciones. De haber vivido Porter, no habría superado el primer filtro.
Murió a tiempo para que lo reemplazara Palmira. Stella lo cree también y asegura que mi verdadera directora aportó al proceso «la energía y la confianza de la comadrona».
Todo esto lo pensaba, pero ¿cómo lo iba a decir? Por lo demás, sin excusarme de todo lo que he dicho y sigo pensando, hay aspectos del pasotismo de Porter que no todos conocemos y que están ahí, en la tumba, diluyéndose con él.
Pero de honrarlo y agradecerle más de la cuenta, ¡ni hablar! Dije que lo que me atrajo de él fue su innata repugnancia prolongándose desde el exterior del separatismo rojo. También me habían atraído otros dos profesores en mi carrera, Pilar Manero Sorolla y José María Valverde. Ese estado terrible de cosas, lo que puede hacerme quedar como un ingrato y un panarra, se lavaba en su desencanto político y éste… ¿las manos? (otra cosa que nunca sabremos). Porter no creía que hubiese habido «transición». Lo que habían hecho era lubricar las bisagras para que la puerta quedase bien cerrada a los cambios.
El balance de las réplicas fue, por consiguiente, un fiasco. Había llevado la mesa al terreno que me convenía, el de la exageración y el de la emoción, en el que ellos no hacían pie, pero lo había hecho colándose un desacierto: al permutar el terreno estrictamente elefantino-académico en el que ellos hacían pie por el que me convenía, pasó la oportunidad de ceñirme a puntos concretos de la tesis. Conseguí hacer girar las baterías y que se instalara lo que había coloreado María José con un rocío de calidez jocosa: «El pelotón de fusilamiento ha sido fusilado por su tesis». Los de La Cúpula y El Pato y algunos más pusieron de manifiesto que «el examinado había pasado a ser el examinador» y, en verdad, Minguet parecía confundido, todo el tiempo me decía «José Carlos», y a la salida, Anna me dijo textualmente: «¿Sabes qué voy a hacer? Irme a casa a dormir veinticuatro horas. He quedado exhausta con tu tesis».
El objetivo que me fijé, sin embargo, no lo pude alcanzar. Quería redargüirlos con su propia desaprobación intelectualmente «leal», disipar la impresión facilona de que no había hilo conductor. No supe plantear la confrontación, seguir con el dedo las páginas, aumentar el campo de tiro de malsufrido arcabuz yendo al número de página en la que aquello que se criticaba podía ser encarado y devuelto. Había soñado con una cacería en la línea del frente, hostilizándolos con cañón y fusilería.
Después de la prisa que me metió Lluís, yo mismo me pisé los pantalones bajados, trastabillé y acabé pronto. Acabé con un “That’s all, folks!” que corría la cortina de los dibujos animados de la Warner. Fue un ladrillo macizo que rebasó la vigilancia que ejercía sobre el exabrupto.
Lluís preguntó si había algún doctor en la sala que quería añadir algo. Transcurrieron unos segundos en que creí que todo el heroísmo derrochado en El Pato no iba a merecer el gasto de una módica suma allí. Hablaron consecutivamente sus dos doctores, primero el 8000 y a continuación el Johnny.
El 8000 estuvo particularmente ejemplar y avieso. Observó que no había ninguna necesidad de extender el engolamiento pseudocientífico al arte, y menos al cine. Pensé, entre mí, en algunas páginas de Casetti, de lo que habla y recopila, y en todas las de Monterde. Las páginas especializadas de los dos suelen arrojarse luz abstrusa mutuamente.
El Kid de la Verneda se dirigió en catalán a la mesa y apeló al pecado de dar crédito: ya que la tesis era «extra-ordinaria», pidió para ella el premio «extra-ordinario». Todos nos hicimos cargo de que resaltaba ostentosamente el prefijo.
Pero fue la intervención del profesor Pereira el 8000, James Bond contra el satánico Doctor Yo, la que rozó ocasionalmente las crestas que ya habían sido picadas. Minguet, ya casi desvaído, reaccionó al desvalijamiento académico, a la interpretación denigrativa del 8000 de la «ciencia» del cine. Por alusiones, se metió María José y hubo de yapa otro picarse las crestas. El billete de lotería de la enganchada a tres bandas propició la segunda de mis grandes satisfacciones de ese día: sobrenadaba los discursos un veranillo de motín lustroso, de linchamiento, de joda-jolgorio (María José ponderaría después que «si no te dábamos el cum laude, yo temía por mi integridad física»), y si hubiere aquello durado un poco más, habría saltado por los aires el «formato». Estoy convencido de que unos cuantos querían intervenir y habría cundido el valor del debate amistoso, degenerado la solemnidad en tertulia.
El presidente se levantó, no sé si por táctica que deja a otros o porque tiene largas las narices de perro perdiguero y sabe de estrategia −Martín Díaz, en 13 días de combate: Belchite 1937, recoge que «la táctica consistía en el ataque de frente, y la estrategia, en el ataque por la espalda»− o porque tenía ganas de ir al baño, pero esa pequeña reorganización en disimulo dio ocasión a Minguet de hacerse con la barra del timón. Sin demora, imprimió el giro de Copérnico al público, recordándole que debía abandonar la sala para la deliberación, y reencauzó la solemnidad.
Entre quince, veinte minutos, duró la deliberación, que se hizo leve por la romería de murmullos y risas enredadas de los que se daban un filo a la lengua en el vestíbulo de la segunda planta. Iba de un grupo a otro, en las trincheras recién abiertas de la sociabilidad, recibiendo felicitaciones y orientando las acusaciones de cobardía que llovían sobre los doctores, quienes no habían hecho más que cumplir con su deber, que es defender el corsé del «formato». Algo parecido al pudor me coartaba agradecer esa unanimidad que no era la mejor prueba de templanza de los que ese día se comportaban como banderizos.
A decir verdad, no sentí esos quince, veinte minutos, aunque tampoco había sentido las cuatro horas que duró el proceso de exposición, crítica, defensa e intervenciones.
Por fin llamaron a alguien −a mí no− y hubo una gentil estampa de arreo otra vez hacia la sala, arreo en el que entré de los últimos. Espero no ser el muerto en mi entierro.
Entramos, y todos de pie, cruzados de brazos o mano sobre mano, como si fueren a tomarles juramento para adquirir la nacionalidad norteamericana, el zabazoque o almotacén Izquierdo leyó el veredicto, midiéndolo y pesándolo:
El tribunal ha valorado con calma y atención

el trabajo presentado por don * * *.

A pesar de la atipicidad de la tesis,

la comisión reconoce la madurez intelectual

del ya doctor y resuelve, por tanto,

otorgarle la calificación de

sobresaliente cum laude.
Ya era doctor en historia del arte. Ya tengo el grado. Sonaban los aplausos, una voz me decía «En ellos está tu pasado. Respira cada vez que amainen». Tuve que agradecer la benevolencia del tribunal, pero lo hice sin vigilarme, sin amargura, a pesar de que sabía que, al menos dos de ellos, habían hecho dar una vuelta de carnero a sus principios para concedérmelo. Los aplausos de los que estaban en la sala, pudiendo estar en otro lado, hacían que fuesen dos cadáveres tendidos al sol.
Levanté una mano y en aquel recinto que parecía en esos momentos el patio de un cuartel dediqué mi triunfo «a dos amigos que no están entre nosotros pero, de haber vivido, estarían hoy aquí». Nombré primeramente a Pedro Aguerre, Piotr, Kepa Pirú, que tenía el puesto de libros en el mercado de San Antonio, «que murió súbitamente de una parada cardiorrespiratoria hace hoy exactamente un mes y catorce días, y al Manantial, claro, el mariscal de los hombres Álvarez (él habría dicho «¡y de las mujeres Álvarez!»), está bien, Manantial, y de las mujeres Álvarez, que no quede».
Por un ahuizote o brujería me iba salvando de la sensiblería, así que antes de terminar chapoteando en cualquier parte, que es a donde te conduce, anuncié que recitaría en memoria suya la lamentación fúnebre de Zorrilla veinteañero ante la tumba de Larra en 1837. Cabizbajo, repetí y rogué:
Si detrás de ese firmamento

hay una vida como aquí,

dedícame un pensamiento

como el que tengo de ti.



AL LECTOR
Se ha retrasado tanto el envío de la crónica debido al tira y afloja que hemos mantenido la directora y yo hasta el lunes 13 de febrero, cuando la situación arribó a un punto de estancamiento perfectamente razonable.
Los dos aceptamos que la controversia giraba en vago.
Yo quería incluir un alegato del que tenía noticias, el que forzó literalmente que la tesis siguiese el trámite del primero al segundo filtro. Ella se negó en redondo. Para dar una salida negociada al conflicto de pareceres, redactó otro texto que, en principio, iba a substituir al alegato vetado.
Resistí ese segundo texto o pseudoalegato por estar deslustrado con varios defectos graves, de manera que la crónica finalmente llega al lector desnuda del alegato que habría podido hacerle de descanso para el impulso y ejemplo de un heroísmo sigiloso.
Un heredero sabrá sacar provecho cuando ella se jubile o yo no esté, difundiéndolo en dúo −como llave pronta y cerradura en otro sitio, como el payaso y su maquillaje− con esta crónica que sale ahora devaluada.

* * Frank KERMODE, The Sense of an Ending. Studies in the Theory of Fiction.

* * Prostituta de lujo que intentó traficar con las culpas poco originales de algunos gerifaltes del régimen franquista y la mataron de un martillazo en la nuca dentro de un coche en 1949. Se hizo pasar el móvil por un vulgar robo de joyas. En 1990, Silvia Tortosa la personificó para una miniserie de televisión.



1   2   3   4

similar:

19-27 de diciembre de 2005 iconAudiencia Provincial de Asturias, Sección 4ª, Sentencia de 13 Sep. 2005, rec. 289/2005

19-27 de diciembre de 2005 iconDerechos reservados méxico, 2005 Núm de Registro: 03-2005-051312400700-01 autor: americo

19-27 de diciembre de 2005 icon© 2005, Alejandro Jodorowsky © 2005, Ediciones Siruela, S. A

19-27 de diciembre de 2005 iconCarta a Miguel Ángel Mancera solicitando dicte sobreseimiento de...

19-27 de diciembre de 2005 icon20 y 21 de abril, 2005

19-27 de diciembre de 2005 iconTesis 2005

19-27 de diciembre de 2005 iconExamen final 29/11/2005

19-27 de diciembre de 2005 iconCuestionario Colegios 2005

19-27 de diciembre de 2005 iconCuestionario Colegios 2005

19-27 de diciembre de 2005 icon431 palabras 15/02/2005 19: 00




Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
p.se-todo.com