Capítulo 8 del libro "la cocina de la escritura" de daniel cassany






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fecha de publicación04.01.2016
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Javier Pozón Ortega

1º Magisterio de Primaria, Grupo B-4

Lengua y su didáctica

Profesora: Isabel Pérez Jiménez



CAPÍTULO 8 DEL LIBRO "LA COCINA DE LA ESCRITURA" DE DANIEL CASSANY

8. LA PROSA DISMINUIDA (Forma de cuento...)

Érase una vez un capítulo que trataba sobre la prosa. En ciertas ocasiones el estilo presentaba grietas y resquebrajaduras que hacían tambalear su construcción; todo escrito que comenzaba presentaba muchos errores que de alguna manera le restaban calidad al mismo. Por otro lado, debilitaba su fuerza expresiva, su sinuosidad sintáctica, los vacíos semánticos, así como las ambigüedades que arriesgaban la comunicación en sí.

Por eso, un día, se dio cuenta de que lo primero que tenía que hacer era identificar los errores importantes de redacción, para posteriormente limarlos y no caer más en ellos a la hora de escribir.

El primer error general al que hizo referencia fue a los llamados solecismos. Ella sabía que los definían como barbarismos léxicos, calcos sintácticos de otras lenguas, frases incoherentes, la falta de concordancia, en definitiva, cualquier falta que estuviese en contra de la normativa de la lengua.

Entonces de repente, la prosa empezó a nombrar y a entender cuáles eran los solecismos más habituales que solía tener ella.

Primeramente se refirió a la silepsis. Este solecismo se definía como "comprensión" y consistía en hacer concordancia con la palabra de la frase y no con la forma gramatical. Al leer esto, ella misma se dio cuenta de que había veces que los mismos lectores que la leían, no la comprendían...

Después empezó a nombrar al anacoluto como frases rotas en las que la segunda parte de la frase, no acompañaba a la primera o incluso en muchas ocasiones, no se correspondía con ella. Él se empleaba mucho de manera genérica, como sinónimo de su "colega" solecismo, para referirse a todo tipo de incorrecciones sintácticas.

La prosa entonces pensó: Debo poner más cuidado a la hora de redactar frases, ya que tendré que tomar muy en cuenta que si escribo dos frases, las dos deben corresponderse entre sí, una con la otra...

Seguidamente se dio cuenta de que el anantapódoton se parecía mucho al anacoluto, ya que únicamente se exponía uno de los dos elementos correlativos que tenían que aparecer en la frase, pero ella misma sabía que en ciertas ocasiones era algo complejo diferenciar un anacoluto de un anantapódoton, ya que ambos rompían el curso lógico oracional. Por eso opinó que con este tipo de solecismo debía prestar mucha más atención que con los demás, de lo contrario, empezaría a redactar incorrectamente desde el principio.

Uno de los errores que no agradaba mucho a la prosa era la zeugma, ya que al servir de unión, de enlace entre palabras, esta expresaba en uno de ellos y había de sobreentenderse en los demás... Algo positivo que sacaba del zeugma era que al ser un tipo de elipsis, evitaba las repeticiones innecesarias, pero podía a su vez dar lugar a regímenes irregulares y discordancias gramaticales.

Según continuaba leyendo la prosa, se detuvo de forma muy rápida en el pleonasmo. Según él, era uno de los errores más numerosos, ya que se asociaba con la redundancia y el énfasis y que por muy sorprendente que pareciera, se oponía a la elipsis.

Básicamente consistía en emplear en la oración uno o más vocablos innecesarios para el recto y cabal sentido de ella, pero con los cuales se daba gracia o vigor a la expresión.

La prosa por su parte supuso entonces que el concepto de pleonasmo era claro y que resultaba de utilidad para mejorar la redacción, pero en cambio, no estaba muy definida la frontera entre lo que debía censurarse y lo que podía tolerarse. Por eso pensó que dijeran lo que dijeran las gramáticas, los escritores que redactasen decidiesen por ellos mismos si escribir una escritura tensa o permitirse el lujo de incorporar unos pleonasmos redundantes.

La prosa entonces, empezó a ponerse cada vez más nerviosa, ya que se estaba dando cuenta que había muchísimos errores a los que no estaba acostumbrada a identificar.

Seguidamente continuó leyendo y le aparecieron faltas que si bien no incidían contra la normativa de la lengua, eran también algo molestas.

Así pues, empezó a entender el significado de la anfibología, que no era otro que la ambigüedad, es decir, las frases que se podían interpretar de dos o más maneras distintas. Por este motivo, la prosa expresó que era muy recomendable actuar con cautela, ya que se debía leer atentamente el texto varias veces y anticiparse a las posibles reacciones del que leyera el escrito...

Por otro lado, al leer la palabra cacofonía, le resultó (a la prosa) desagradable repetirla hasta dos veces para asegurarse lo que estaba expresando, pero precisamente era eso, una repetición reiterada de algunas letras o sílabas que producían un sonido desagradable.

Al leer la palabra "repetición" la prosa se dio cuenta de que ella misma solía repetir o reflejar rutinas verbales (tics personales). Cosas como palabras concurrentes de aquí y de allá, frases exactamente calcadas, párrafos con el mismo patrón de fondo. Aquí es cuando se dio cuenta de que nadie (ni siquiera ella) dominaba el infinito caudal léxico de la lengua, pues todos cargaban con limitaciones expresivas.

Por eso, cuando estas ocurrencias adquirían relevancia alguna, podrían llegar a empobrecerla a ella ( a la prosa), definiéndose como tics o vicios de redacción. Estos son personales, imprevisibles, a menudo inconscientes y, a veces, difíciles de detectar.

Ella sabía de alguna manera lo monótona e insulsa que podía ser, por eso, ella misma intentó aclarar los tics que podían afectar a la redacción misma:

  • Repetir una palabra o expresión.

  • Abuso de alguna escritura sintáctica (gerundios, antepuestos, frases comparativas, subordinada...)

  • Estructuras calcadas en párrafos y textos (empezar con una misma palabra o frase, abusar de los marcadores textuales, cerrar siempre los párrafos...).

  • Usos poco corrientes o personales de puntuación (exceso de incisos con paréntesis o guiones, uso frecuente de dos puntos, punto y coma...).

Al leer todo esto, la prosa tenía claro que el mejor antídoto contra esos tics era la supervisión estilística y formal de ella misma, ya que los mismos tics sintácticos se camuflaban tanto detrás de la variación léxica como también en esta musiquilla reiterativa que provocan.

CAPÍTULO 9 DEL LIBRO "LA COCINA DE LA ESCRITURA" DE DANIEL CASSANY

9. JUEGOS SINTÁCTICOS (Forma de cuento...)

Érase una vez un escritor al que le encantaba jugar con la frase y tratarla como si de un gato se tratara. Él decía que había que perderla el respeto y ejercitar nuestras destrezas sintácticas en más de una ocasión...

Gracias al desarrollo de la flexibilidad y a la fluidez del texto, él escritor podía "divertirse" con las frases.

Aunque él aconsejaba que las frases debían ser de menos de 30 palabras, a él también le encantaba jugar en ciertas ocasiones y exagerar las oraciones, de modo que las hiciera interminables para engordar los componentes de una frase simple, con todo tipo de complementos escogidos libremente, hasta formar una oración larga y compleja.

Este escritor tenía una manía muy virtuosa a la vez que defectiva, y es que le encantaba aconsejar a los demás. Por eso él opinaba que para redactar frases tremendamente exageradas, la gente debía recordar algunos consejos importantes:

  • Los circunstanciales de tiempo y lugar pueden ir al principio.

  • Juntar los adjetivos y ordenarlos con criterios semánticos, pudiéndose anteponer al sustantivo y dejar la parte de atrás para las relativas adjetivas.

  • Ordenar los complementos desde el punto de vista de la comprensión del lector.

Por otro lado, la creatividad sintáctica de este escritor era deslumbrante, ya que era capaz de escribir una misma frase con otras palabras, pero manteniendo el mismo significado. Le encantaba escoger libremente las palabras dependiendo de la ocasión que le surgiese, pero también opinaba que la gente que solo sabía escribir una versión de sus escritos, era esclava de sus propias limitaciones expresivas; algo que le apenaba enormemente.

Una de las cosas que más apreciaba este novelista era modelar la información, es decir, trabajar con los datos.

Él disfrutaba muchísimo cuando poseía una idea y tenía la capacidad de desarrollarla, de ampliarla, comprimirla o incluso cambiar el punto de vista.

Una vez nos contó que su amigo Felipe, el cuál era periodista, era todo un maestro de estirar, encoger y retocar la información, ya que podía hablar durante cinco minutos sobre una noticia que no llegaba a las tres frases.

Felipe le contaba que solían parafrasear mucho, incorporaban circunloquios, eran capaces de mencionar las circunstancias y de valorarlas desde puntos de vista comunes... ¡Vamos, unos maestros que estaban hechos!

Este autor comentaba que debido a los límites espacio-temporales que cada día eran más frecuentes en los textos escritos, tanto su amigo Felipe, como congresistas o incluso él mismo, se obligaban a contar lo mismo que antes cuando escribían en más espacio, pero con menos líneas o palabras, ya que según decía: ¡El tiempo y el espacio cuestan dinero!

CAPÍTULO 10 DEL LIBRO "LA COCINA DE LA ESCRITURA" DE DANIEL CASSANY

10. NUEVE REGLAS PARA ESCOGER PALABRAS (Forma de cuento...)

Había una vez una serie de reglas que debían seguirse cuando los escritores fueran a elegir las palabras precisas para elaborar su escrito.

Estas reglas eran sumamente útiles en la selección léxica y se estructuraban en nueve normas:

1.No repetir

Nuestra amiguita "repetición" pensaba que si se volvía reiterada muchas veces una palabra, podía provocar monotonía y aburrimiento a los lectores.

2. Evitar las muletillas

"Muletillas" opinaba que a menudo algunas expresiones actuaban como auténticos clichés lingüísticos, ya que se empleaban para tapar agujeros o articular una frase coja, pero también pensaba que se abusaba mucho de ellas sin razón alguna.

3. Eliminar los comodines

El "pequeño comodín" quería dejar claro que se definían como nombres, verbos y adjetivos de sentido genérico, pero que su función principal era la de ayudar al escritor a situarse en el texto cuando a este no se le ocurriesen otras palabras que emplear en él. Así pues, ellos (los comodines) eran muy renombrados en el texto escrito, ya que se podía decir que servían para todo.

4. Preferir palabras concretas a palabras abstractas

Se consideraba a "palabras concretas" mejores que a "palabras abstractas", ya que las primeras se referían a sujetos tangibles, es decir, que el lector era capaz de descifrar fácilmente una palabra porque las asocia a una imagen.

5.Preferir palabras cortas y sencillas

"Palabras cortas y sencillas" eran las favoritas de los escritores pues gracias al nivel de comprensión que poseían, hacían más fácil la lectura del texto que estos estaban redactando.

6. Preferir las formas más populares

Aunque la lengua ofrecía dos formas posibles en aspectos fonéticos, ortográficos y morfosintácticos, "formas populares" ganaban por goleada, ya que se las consideraba mucho más llanas y recomendables para su uso en la lengua.

7. Evitar los verbos predicativos

"Ser y estar" algunas veces cargaban innecesariamente la frase; pero en cambio los verbos con predicación completa eran muchas veces más enérgicos y claros.

8. Tener cuidado con los adverbios en -mente

"Adverbios -mente" eran empleados sobretodo en registros formales, pero no había que abusar de todos ellos, porque recargaban la prosa y se hacía pesada su lectura.

9. Marcadores textuales

"Marcadores textuales" eran definidos como señaladores de los accidentes de la prosa: la estructura, las conexiones entre frases, la función de un fragmento... Ellos pensaban que tenían forma de conjunciones, de adverbios o locuciones conjuntivas; su labor era la de ayudar al lector a comprender el texto.

Gracias a todas ellas, se pudo distinguir claramente entre una palabra poco adecuada, reiterativa o vacía...


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