Escritor y novelista estadounidense. Llegó a Pamplona, por primera vez, el 6 de julio de 1923 en calidad de corresponsal en Europa del semanario canadiense






descargar 112.62 Kb.
títuloEscritor y novelista estadounidense. Llegó a Pamplona, por primera vez, el 6 de julio de 1923 en calidad de corresponsal en Europa del semanario canadiense
página1/4
fecha de publicación24.10.2015
tamaño112.62 Kb.
tipoDocumentos
p.se-todo.com > Ley > Documentos
  1   2   3   4
ERNEST HEMINGWAY.- (1899-1961).

Escritor y novelista estadounidense. Llegó a Pamplona, por primera vez, el 6 de julio de 1923 en calidad de corresponsal en Europa del semanario canadiense Toronto Star. Sus crónicas periodísticas y su novela “Fiesta” favorecieron la divulgación internacional de las fiestas de San Fermín.

Hemingway fue galardonado en 1954 con el Premio Nobel de Literatura. Visitó los Sanfermines en un total de nueve ocasiones; la última de ellas en 1959. Se suicidó en el año 1961 en vísperas de los Sanfermines. Ernest Miller Hemingway, nació el 21 de julio de 1899 en Oak Park, Illinois (Estados Unidos). Fue el segundo de seis hermanos.

En su adolescencia mostró interés por el boxeo, por la caza y por la pesca, aficiones las dos últimas que nunca abandonaría. Dejó los estudios para ponerse a trabajar como periodista en el rotativo “Kansas City Star”, un trabajo efímero, pues la primera Guerra Mundial cambió el rumbo de su vida.

En 1920 Hemingway retomaba su dedicación al periodismo colaborando con el semanario canadiense “Toronto Star Weekley”. Este periódico le envió a Europa de corresponsal; se afincó en París con su primera esposa, y allí creó su propio círculo de amigos (John Dos Pasos, Gertrude Stein, Scott Fitzgerald, James Joyce, Ford Madox, y Ezra Pound) a los que se conoció como la “generación perdida”.

Durante su estancia en París compaginó su labor periodística con la escritura de poemas, cuentos y narraciones cortas, lo que derivó en una interesante evolución del periodismo hacia la literatura narrativa.

Hasta Canadá llegaron noticias de que en una pequeña ciudad del norte de España, junto a los Pirineos, los mozos corrían en la calle delante de los toros. El “Toronto Star”, ante esta noticia tan curiosa, decidió enviar a Pamplona a su corresponsal en Europa; y es así como en 1923 Ernest Hemingway visitaba por vez primera las fiestas de San Fermín.

De la experiencia vivida en sus primeros Sanfermines salió su primera novela importante: “The sun also rises” (“Fiesta”, en su traducción al español).

A partir de ese momento vemos al escritor norteamericano inmerso en una carrera literaria que alcanzaría su punto más álgido en 1954 con la concesión del Premio Nobel de Literatura. Entre medio quedaban, entre otras muchas, obras de la envergadura de “Adiós a las armas” (1929), “Muerte en la tarde” (1932), “Las verdes colinas de África” (1935), o “El viejo y el mar” (1952), novela esta última con la que ganó el Premio Pulitzer.

Toda esta obra literaria tiene su base de inspiración en su pasión por las corridas de toros, la caza, la pesca, o experiencias de vida como su participación como corresponsal de guerra en la contienda española de 1936-1939, o en la II Guerra Mundial.

Está considerado como uno de los mejores novelistas y narradores del siglo XX. Falleció en Ketchum (Idaho), el 2 de julio de 1961, tras dispararse con una escopeta.

Esposas:

Hadley Richardson (1920)

Pauline Pfeiffer (1927)

Marta Gelhorn (1940)

Mary Welsh (1946)

Su obra literaria

Tres relatos y diez poemas (1923)

En nuestro tiempo (1924)

Fiesta (The sun also rises) (1926)

Hombres sin mujeres (1927)

Adios a las armas (1929)

Muerte en la tarde (1932)

El que gana no se lleva nada (1933)

Las verdes colinas de África (1935)

Las nieves del Kilimanjaro (1936)

Tener y no tener (1937)

La quinta columna (1938)

Por quien doblan las campanas (1940)

Hombres en guerra (1942)

Al otro lado del río y entre los árboles (1950)

El viejo y el mar (1952)

Poemas completos (1960)

París era una fiesta (Moveable Feast) (1964)

Enviado especial (1967)

Islas en el golfo (1970)

El jardín del edén (1986)

HISTORIA COMPLETA DE HEMINGWAY EN PAMPLONA

1923

Los relatos referidos a Pamplona, que llegaban hasta América en el año 1923 eran tan fantasiosos que se imponía la publicación de una relato veraz y documentado. Hasta se había llegado a decir que en Pamplona los toros corrían sueltos por las calles, y que los pamploneses, con gran valor, se atrevían a correr delante de ellos. ¿Quién podía creerse semejante falacia?.

Para clarificar todo esto, y dejándose llevar por el prestigio internacional que iban adquiriendo los Sanfermines y sus encierros, el semanario canadiense Toronto Star decidió enviar a Pamplona, desde París, a su corresponsal en Europa, el periodista Ernest Hemingway, que ya ese año había mostrado en España su interés por el arte de la tauromaquia, acudiendo en Madrid, por vez primera, a una corrida de toros. La escritora norteamericana Gertrude Stein, famosa entre otras muchas cosas por su amistad con Picasso, fue quien despertó en París el interés de Hemingway hacia el mundo de los toros.

Este encargo del Toronto Star coincidía, además, con los deseos expresados por Ernest de venir a Pamplona para completar en esta ciudad una serie de doce breves reportajes cuya redacción había apalabrado a su amigo Bill Bird. Como se suele decir: se juntó el hambre con las ganas de comer.

La tarde noche del 6 de julio de 1923, Ernest Hemingway, acompañado de su esposa Hadley Richardson, llegó a Pamplona en el tren procedente de Irún. Nadie sospechaba entonces la trascendencia que para Pamplona y para sus fiestas iba a tener este momento.

El ómnibus de la estación les subió hasta la Plaza del Castillo, dejándoles en la puerta del Hotel La Perla, en donde había una habitación reservada para ellos. Ese primer contacto con el céntrico hotel, al que años después retornaría el escritor con una economía mucho más saneada, no resultó satisfactorio. Ernest se encontró con unos precios muy superiores a los que con su sueldo de periodista se podía permitir. Sin embargo, la misma dueña de La Perla, doña Ignacia Erro, a la que él definió posteriormente como una señora “gordita y simpática”, les solucionó amablemente el problema y les buscó un dormitorio mucho más barato en el último piso del número 5 de la calle Eslava, en el que Ernest y Hadley pasaron su primera noche sanferminera. Hemingway, en posteriores visitas al Hotel La Perla, expresó siempre su agradecimiento a aquella primera ayuda que se le prestó en este establecimiento, en el que encontró, en su dueña, la primera cara amable y la primera intérprete de la que se sirvió para hacerse entender en no pocos sitios, pues no hay que olvidar que Ernest y Hadley desconocían totalmente el idioma, y que en Pamplona la lengua inglesa era la gran desconocida. Él mismo escribiría poco después en una de sus crónicas: “según mis noticias, fuimos los únicos individuos de habla inglesa en Pamplona durante la feria del pasado julio”.

De aquella primera noche José María Iribarren relata en su libro “Hemingway y los Sanfermines” que tras una noche desvelada por tambores y chistus, Ernesto y su mujer madrugaron para ver el encierro en la Plaza de Toros desde la balaustrada de los palcos. Empezaba entonces la popular carrera a las seis de la mañana, y en poco se parecía, en cuanto a gentío, a la actual.

Ese mismo año el Toronto Star (el nombre completo de esta revista era The Toronto Star Weekly) publicaba el 27 de octubre un artículo titulado “Pamplona en Julio” y firmado por Ernest Hemingway en el que éste explicaba su primer contacto con la Plaza de Toros de Pamplona: Nos fuimos entre la gente, y llegamos ante la plaza de toros. La bandera española, roja y gualda, ondeaba en la brisa de la mañana. Una vez dentro subimos a la parte alta, y nos situamos en las balconadas que dan a la ciudad. El palco cuesta una peseta. Las localidades más bajas son gratis. Había allí fácilmente unas veinte mil personas...

Esa misma revista canadiense, para quien vino a trabajar nuestro hombre, recogía en otra ocasión, de su pluma, la descripción de la cogida de un mozo pamplonés; Hemingway la narró así:

Un muchacho de blusa azul, faja roja, alpargatas blancas y la inevitable bota de vino colgada al hombro, tropezó cuando iba embalado por entre las vallas. El primer toro bajó la cabeza y le dio una sacudida, lanzándole a un lado. El muchacho fue a chocar contra los maderos y quedó allí tendido, pasando la torada junto a él. La multitud chilló.

Así, de esta manera, Ernest Hemingway comenzaba, sin él saberlo, a dar a conocer a todo el mundo cómo eran los Sanfermines, las corridas de toros y, sobre todo, el encierro pamplonés. Él marcó su propio estilo literario, frecuentemente exagerado y tremendamente sensacionalista en la mayoría de las ocasiones. Sin ir más lejos ese mismo año escribía en el Toronto Star:

En Pamplona, donde tienen seis días de toros cada año, desde el 1126 de la era cristiana, y donde los toros corren por las calles de la ciudad a las seis de la mañana, con la mitad de la población corriendo delante de ellos. (...) Pamplona, donde todos los hombres y jóvenes de la ciudad son toreros amateurs y donde hay una lidia amateur cada madrugada que es esperada por 20.000 habitantes, en la que los toreros amateurs van todos desarmados y donde hay una lista de accidentados por lo menos igual que en una elecciones en Dublín. (...).

Ese mismo año el Hotel La Perla alojó en una de sus numerosas habitaciones con balcón a la calle Estafeta al prestigioso periodista Francisco Grandmontagne, quien días después publicaba en El Sol de Madrid, su particular relato del encierro de los toros que pudo ver desde el balcón de su habitación:

El encierro de los toros pone los pelos de punta. La operación se verifica al amanecer. Sólo un instante dura la terrible escena. Delante de las fieras, y a todo correr, va la muchedumbre por la estrecha calle de la Estafeta. De pronto tropieza alguno; en éste se enredan los pies de los demás y, sobre el montón de los caídos, pasan los toros, los mansos y los vaqueros. La algarabía es formidable. Los balcones y ventanas se llenan de fantasmas. La gente ha saltado de la cama y, envuelta en sábanas y toallas, presencia el truculento espectáculo que pasa como una exhalación. El confuso conjunto de hombres y fieras, las embestidas, los cencerros, los gritos de la calle y los alaridos de los balcones, evocan algo así como las huestes de Atila. Son verdaderamente unos bravos los que preceden a los toros en su marcha al encierro.

Era obvio que Hemingway no era el único sensacionalista, aunque también hay que entender, sin necesidad de justificarles, el impacto emocional que suponía para un forastero la visión en directo de un espectáculo, francamente emocionante, del que nunca habían visto ni tan siquiera una imagen. Si hoy impresiona a los primerizos, y aún a los veteranos, a pesar de conocerlo los primeros a través de la televisión o de verlo en seleccionadas fotos... ¿qué no podía impresionar a aquellos periodistas que lo descubrían in situ?.

En cualquier caso, en esto, como en tantas otras cosas, lo que más vale es la primera impresión, es decir, el primer relato que hace Ernest Hemingway para su revista, en donde esboza una curiosa descripción de los Sanfermines de obligado repaso. Es el relato, además, de su primer contacto con Pamplona. Y decía así: “Las calles eran una masa sólida de gentes danzando. La música era algo que golpeaba y latía con violencia. Todos los carnavales que yo había visto palidecían en su comparación. Un cohete reventó sobre nuestras cabezas con una explosión radiante, y la caña cayó a nuestros pies zumbando. Los danzantes, repiqueteando los dedos y llevando un ritmo perfecto entre la multitud, chocaron contra nosotros antes de que pudiéramos descargar las maletas del autobús...”

Aquéllos Sanfermines Ernest tuvo oportunidad de reencontrase de nuevo con las corridas de toros. Doña Ignacia Erro, acostumbrada a conseguir entradas para los clientes de su hotel, no tuvo reparo en poner en contacto al matrimonio norteamericano con Leandro Olivier, empleado municipal (archivero) que habitualmente, por encargo, se encargaba de gestionar y reservar las entradas a los forasteros que lo pedían.

Como muy bien recuerda Iribarren y reflejan las hemerotecas locales, las fiestas de aquél año resultaron algo accidentadas, pues la naturaleza, siempre caprichosa, quiso mostrar a nuestros visitantes lo más selecto de las inclemencias meteorológicas: “Se celebraron las tres primeras corridas –narraba Iribarren-, pero hubieron de suspenderse las de los días 10 y 11, porque llovió espantosamente, sobre todo el 10 a la tarde. Aquella madrugada se sintió en toda Navarra una sacudida sísmica, y el temporal de aguas hizo que nuestros ríos se desbordasen”. Estas circunstancias no fueron suficientes para evitar que Hemingway disfrutase de aquella feria taurina, muy especialmente de la corrida del día 13 tantas veces reflejada posteriormente en sus obras.

Ernest Hemingway, periodista y apuesto galán, quedaba aquél año de 1923 marcado e impresionado para siempre por los días vividos en la capital navarra. A partir de entonces esta experiencia condicionaría en buena medida su vida, su obra y sus éxitos, especialmente los que ha cosechado, y sigue cosechando, después de su fallecimiento.

1924

En un claro preludio de la importante presencia de extranjeros que con el paso de los años iba a acarrear la presencia de Hemingway en Pamplona, aquél año de 1924 nuestro hombre no se conformó con traer a las fiestas de San Fermín a su mujer, sino que convenció con sus relatos periodísticos a un pequeño grupo de amigos para que se acercaran a conocer la fiesta más impresionante que jamás habrían de volver a ver. Entre aquellos amigos, según pudo recoger Iribarren, se encontraban Chink Smith, el editor Bill Bird con su esposa, el también editor Robert MacAlmon, George O’Neil, el periodista Donald Ogden Stewart, y el famoso escritor John Dos Passos, amigo éste último que acompañó a Hemingway en numerosas giras por Europa y con quien compartía la afición por el esquí.

Días antes de venir a Pamplona, Ernest Hemingway tuvo oportunidad de conocer en Madrid a Rafael Hernández, crítico taurino de “La Libertad”, quien aconsejó a su colega norteamericano que cuando fuese a Pamplona se alojase en el Hotel Quintana, en la Plaza del Castillo, por ser su dueño un gran aficionado a los toros.

Este hotel había sido inaugurado unos años antes por Juanito Quintana quien, merced a su entusiasmo por la fiesta de los toros había logrado atraer a su establecimiento a algún matador. En aquellos años era el Hotel La Perla, en la misma plaza, y el Grand Hotel, en la Plaza de San Francisco (perteneciente este último al primero), quienes acogían mayoritariamente a las figuras del toreo que acudían cada año a los Sanfermines, siendo habitual que las figuras más destacadas de sus cuadrillas (fundamentalmente los banderilleros) se alojasen en el Hotel Maisonnave, ubicado entonces en la calle Espoz y Mina, mientras que el resto de acompañantes se repartía entre las numerosas fondas y pensiones que salpicaban el callejero pamplonés. Y es que en la tauromaquia, como en tantos otros ambientes, las clases sociales estaban perfectamente definidas. Tuvo que ser el mítico Manolete quien, unos años después, no permitiese que su cuadrilla se alojase en establecimientos de inferior categoría.

Es así como aquél año Ernest Hemingway se aloja con su mujer y con sus amigos en el Hotel Quintana. Desde entonces, y hasta su fallecimiento, Juanito Quintana y él mantuvieron una férrea amistad aumentada y consolidada con el paso de los años por compartir ambos una gran afición por los toros y, en momentos difíciles, unas mismas ideas políticas.

Como no podía ser de otra manera, Hemingway aquél año disfrutó lo suyo enseñando la ciudad a sus amigos. Comer y beber era para ellos, o al menos para él, casi la razón de su existencia. Y en Pamplona se comía bien, y

se bebía en abundancia sin necesidad de llamar excesivamente la atención. Aprendieron aquellos amigos de su guía lo qué era dedicar varias horas al día a contemplar la Plaza del Castillo y cuanto en ella acontecía desde la terraza del Café Iruña, sentados en sus blancas sillas de mimbre. Este popular café fue el denominador común de cuantos viajes hizo Hemingway a Pamplona. Es, sin duda, el único establecimiento que fue testigo de todas las visitas del escritor. Y es que el Café Iruña era, y es, algo así como el palco de un teatro (la Plaza del Castillo) desde donde se puede ver, cómodamente sentado y con la consumición en la mano, la escenificación de las fiestas.

El día 7, acompañado por su amigo Donald Ogden Stewart, Ernest corre por vez primera en el encierro. No se conocen datos sobre esta experiencia pero es fácil suponer que ambos se limitaron simplemente a estar presentes en el recorrido preocupándose de no correr el mínimo riesgo. Testimonios posteriores que narran la forma de correr del periodista avalan esta hipótesis. En cualquier caso, lo cierto es que aquél día Hemingway vivió de cerca el paso de los toros y, posteriormente participó con su amigo en las vaquillas emboladas que aquella mañana se soltaron en el coso taurino.

Al día siguiente, y como parece que les gustó, repitieron ambos la experiencia. Pero en esta ocasión, como si ya todo estuviese predestinado, durante la suelta de las vaquillas que hubo después del encierro, una de las reses emboladas le dio un revolcón a Donald Ogden Stewart tirándolo por los suelos. En un acto solidario, que le honra, Ernest Hemingway al ver en tan apurado trance a su colega se apresuró en tratar de agarrar a la vaquilla para que no se ensañase más con su amigo, respondiéndole ésta al norteamericano con otro revolcón para que entre ambos amigos no hubiese envidias.

Esta acción, que no tuvo mayores consecuencias físicas para la salud de ambos periodistas según se puede comprobar en los partes médicos de la Plaza de Toros y en las crónicas de la prensa local, al otro lado del charco tuvo una repercusión muy propia del estilo periodístico de Ernest Hemingway. En Toronto se publicó que el periodista Donald Ogden Stewart había sufrido en este percance taurino la fractura de dos costillas, mientras que Hemingway, aquejado de varias contusiones, había sido multado por hacer el gamberro. Ambas informaciones eran falsas.

Por si acaso esto no era suficiente, Hemingway pasó una crónica de aquél incidente a la agencia United Press informando en ella que ambos periodistas habían resultado corneados por un toro. El titular de la noticia que apareció publicada en Canadá decía así: “Un toro cornea a un periodista de Toronto en las fiestas anuales de Pamplona”; un subtítulo añadía: “Su compañero, sin embargo, tuvo dos costillas rotas”.

Dejando a un lado tan fantasiosos relatos que a Hemingway, por presumir, no le gustaba desmentir; la cogida que si fue real aquél año de 1924 es la que tuvo lugar en el encierro del día 13 cuando un toro de la prestigiosa ganadería de Santa Coloma corneó en el callejón al joven Esteban Domeño, un muchacho sangüesino de 20 años, que falleció al día siguiente a causa de esta mortal cornada. Este joven, albañil de profesión y residente en Pamplona, se convertía en la primera víctima mortal del encierro. Pero lo que Esteban Domeño nunca hubiese imaginado es que el relato de su muerte fuese posteriormente leído en todo el mundo porque un escritor, Ernest Hemingway, lo plasmó en su novela Fiesta, publicada dos años después.

El día 14 Ernest y Hadley, como ya habían hecho poco antes Bill Bird y su esposa Bob MacAlmon, se desplazaron a Burguete para descansar unos días de la vorágine sanferminera. Allí se juntaron los cuatro, incorporándose al siguiente día el resto del grupo, dedicando unas jornadas a practicar la pesca en el río Irati. Esta excursión la habría de repetir Ernest en varias ocasiones durante los años siguientes.

  1   2   3   4

similar:

Escritor y novelista estadounidense. Llegó a Pamplona, por primera vez, el 6 de julio de 1923 en calidad de corresponsal en Europa del semanario canadiense iconMovimiento cultural nacido en Alemania y extendido por Europa en la primera mitad del S. XIX

Escritor y novelista estadounidense. Llegó a Pamplona, por primera vez, el 6 de julio de 1923 en calidad de corresponsal en Europa del semanario canadiense iconFallece Xavier Batalla, periodista de rigor internacional Llegó a...

Escritor y novelista estadounidense. Llegó a Pamplona, por primera vez, el 6 de julio de 1923 en calidad de corresponsal en Europa del semanario canadiense iconImpresionante: Por primera vez en Tucumán un colegio abrió sus puertas...

Escritor y novelista estadounidense. Llegó a Pamplona, por primera vez, el 6 de julio de 1923 en calidad de corresponsal en Europa del semanario canadiense iconEl Romanticismo es un movimiento literario que se dio en Europa en...
«Volverán las oscuras golondrinas» de Gustavo Adolfo Bécquer. ¿Te parece un estilo difícil? ¿Hay muchas palabras que no conoces?...

Escritor y novelista estadounidense. Llegó a Pamplona, por primera vez, el 6 de julio de 1923 en calidad de corresponsal en Europa del semanario canadiense iconDe George Orwell, fue edi­tado por primera vez por Secker & Warburg...
«La libertad de prensa», pero no lleva fir­ma alguna. Escrita a lápiz sobre el título, y con letra de Senhouse, consta esta indicación:...

Escritor y novelista estadounidense. Llegó a Pamplona, por primera vez, el 6 de julio de 1923 en calidad de corresponsal en Europa del semanario canadiense iconPor primera vez, la Xunta de Galicia retransmite un evento internacional...

Escritor y novelista estadounidense. Llegó a Pamplona, por primera vez, el 6 de julio de 1923 en calidad de corresponsal en Europa del semanario canadiense iconTraducción de Jaime Zulaika anagrama
«McEwan es un clásico, pero absolutamente original. Expiación no es la obra de un novelista que se deleita en las consoladoras incertidumbres...

Escritor y novelista estadounidense. Llegó a Pamplona, por primera vez, el 6 de julio de 1923 en calidad de corresponsal en Europa del semanario canadiense iconAlguna vez, el periodista Julio Scherer García le pidió a Ernesto...

Escritor y novelista estadounidense. Llegó a Pamplona, por primera vez, el 6 de julio de 1923 en calidad de corresponsal en Europa del semanario canadiense icon“Cuando en el balneario apareció Marisa por primera vez, yo comencé...

Escritor y novelista estadounidense. Llegó a Pamplona, por primera vez, el 6 de julio de 1923 en calidad de corresponsal en Europa del semanario canadiense iconConceptos
«vehículo avanzado de transferencia») con los que Europa rompe el monopolio estadounidense y ruso de acceso a la Estación Espacial...






Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
p.se-todo.com