Al recibir el Premio Nacional del Periodismo






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fecha de publicación10.11.2015
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Discurso de Juan Bolívar Díaz *

Al recibir el Premio Nacional del Periodismo
Excelentísimo señor presidente, Lic.Danilo Medina

Lic. Carlos Amarante Baret, Ministro de Educación

Lic. Gustavo Montalvo, Ministro de la Presidencia

Lic. José Ramón Peralta, Ministro Administrativo de la Presidencia

Lic. Olivo de León, presidente del Colegio Dominicano de Periodistas

Juana Santana (mi madre) Ada Wiscovitch (esposa), hijos y hermanos

Amigos y compañeros entrañables que me honran con su presencia
Vengo poseído de la mayor gratitud a los funcionarios del Ministerio de Educación y a los dirigentes del Colegio Dominicano de Periodistas que auspician este reconocimiento anual de estímulo a los que ejercemos lo que Gabriel García Márquez definió como el mejor oficio del mundo. Agradezco especialmente a los miembros del jurado que me honran con el Premio Nacional de Periodismo 2014.

No puedo obviar la eterna gratitud a doña Juanita Santana, que nos sacó a tiempo del batey, a costa de quedarse soltera para siempre con cuatro hijos, lo que en su época era casi un suicidio de mujer. O a mi compañera Ada Wiscovitch con la que acabo de celebrar 30 años de hermosa convivencia.

Tendría que dar gracias a Dios y a la vida por todos los premios que me han dado en una existencia que se aproxima peligrosamente a la curvita resbaladiza de los setenta. Tendría que dar gracias a tanta gente que es imposible identificarlas, como a todas las compañeras y compañeros del ejercicio periodístico de ya 46 años. Es que desde mis orígenes he querido vivir acompañado, en proyectos colectivos, ya que no me ajustan los botes salvavidas individuales. Convencido como José Agustín Goytisolo de que “un hombre solo/ una mujer/ así tomados de uno en uno/ son como polvo/ no son nada”.

Si lo que hoy se me reconoce generosamente es el trabajo y un ejercicio profesional respetuoso de la ética y consagrado a los principios fundamentales de la comunicación, que empiezan por hacer común los bienes, los sueños y las luchas de los seres humanos, entonces este premio tiene muchos propietarios.

Lo que he podido ser y hacer se lo debo en gran medida a mis orígenes junto a “la caña, la yerba y el mimbre/ con los desfiladeros de miel y cristales marineros/ de los pueblos pequeños y vírgenes, que certificó el poeta nacional Pedro Mir. De esos carriles y sus cicatrices salió mi impulso inicial. Y si sigo habitado por la insatisfacción y la decisión de luchar por lo que entiendo el bienestar colectivo, debe haber sido por herencia de la rebeldía que corrió por la llanura oriental en la sangre de aquellos que, como Gregorio Urbano Gilbert, dieron ejemplo de auténtico sentimiento nacionalista. Aunque los manipuladores de la historia los llamaron gavilleros.

Me forjaron los ejemplos familiares, los maestros y sacerdotes que me tocaron, y aunque me hostilizaron en el seminario Santo Tomás por persistir en escuchar, sí religiosamente, las charlas radiofónicas de Juan Bosch, de allí salí con lo mejor del cristianismo, dispuesto a militar en el equilibrio de los dos mandamientos, amar a Dios y al prójimo.

El compromiso definitivo me lo impuso la revolución constitucionalista. En ella dirigí mi primer periódico, cuando apenas culminaba el primer año universitario estudiando filosofía y educación, el semanario Diálogo, mediante el cual los jóvenes católicos defendimos los anhelos democráticos de nuestro pueblo y la soberanía mancillada por la invasión extranjera. De aquella sangre, de esos días aciagos de dolor e impotencia, nacieron y se reprodujeron las energías libertarias de la generación periodística de la que sería parte, la de la década del sesenta, de tantas rebeldías y cambios en el mundo.

El México de todos los exiliados del universo, puso ingredientes importantes en mis esencias, especialmente cuando caí en su más antigua Escuela de Periodismo, la Carlos Septién Garcia, fundada en 1949 por periodistas del progresismo católico, comprometidos con un ejercicio ético y social. En el bosque de Chapultepec escuché a León Felipe, el sublime poeta español del éxodo y del llanto, predicar: “nadie fue ayer/ni va hoy/ni irá mañana hacia Dios/por este camino que yo voy/para cada hombre guarda/un rayo nuevo de luz el sol/y un camino virgen Dios”.

De regreso al país, al comenzar el 1968, se me abrieron generosamente los caminos. Los periodistas profesionales eran solo unos puñados salidos apresuradamente de la escuela de periodismo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, y yo era el primer dominicano que había completado una carrera de periodismo en el exterior.

Apenas tomaba el pulso al país cuando tuve mi primer tropiezo con el poder, el primero de julio cuando el presidente Balaguer celebraba la mitad de su primer gobierno propio. En una rueda de prensa televisada en vivo se me ocurrió recordarle sus dos compromisos básicos de campaña, que devolvería la paz al país y reduciría el costo de la vida, indicándole que los continuos asesinatos políticos y la elevación del costo de la vida me inducían a preguntarle si alcanzaría sus dos objetivos básicos “en los dos años que le quedan”. El mandatario reaccionó golpeando la mesa y tratando de aplastar al joven desconocido y atrevido. Creo que lo que más le molestó fue la impertinencia de decirle que le quedaban dos años de gobierno. Aquel incidente me lanzó de repente al estrellato periodístico, porque me paré dos veces para sostenerle un animado diálogo, y al día siguiente muchos andaban preguntando de dónde salió el muchacho, 23 años tenía, que sacó de quicio a Balaguer. René Fortunato en su documental La Violencia del Poder sintetizó el impasse, que me dejaría un sello. De ahí algunos derivan los dos atentados que sufrí en 1970.

Debo reconocer aquí que durante casi todos los años de sus gobiernos, Joaquín Balaguer ofreció ruedas de prensa, a veces hasta dos por semana, y con frecuencia se le planteaban cuestiones conflictivas. El presidente Medina batea para un anémico promedio de una en dos años, la de ayer y parece que no le fue mal, por lo que debería multiplicarla siquiera a una por mes.

Aquellos años fueron muy difíciles para el ejercicio del periodismo, y para la libertad de expresión. En un ensayo que escribí en los 80 para un seminario internacional de periodistas, sobre la contribución del periodismo nacional a la democratización del país, sostuve que el arrojo de los periodistas que mantuvieron la libertad de información y opinión fue determinante de que la nación no cayera definitivamente en otra dictadura. Recuérdese que en aquellos años se llegó a prohibir entrevistar a Juan Bosch, Francisco Peña Gómez y Rafael Casimiro Castro, por radio y televisión. Y no había libertad sindical, ni de manifestaciones políticas, ni elecciones plurales. Con cientos de asesinatos y presos políticos, miles de exiliados, con fuerzas armadas y policiales politizadas y un férreo control del Congreso y la justicia, sólo una relativa libertad de ejercicio periodístico fue la diferencia con la dictadura absoluta.

Aún cuando casi siempre realizaba labores ejecutivas, primero en la radio y luego en periódicos y televisión, nunca abandoné la militancia en el Sindicato Nacional de Periodistas Profesionales (SNPP), que en realidad era una asociación de profesionales. En esos años no levantábamos reivindicaciones laborales, y los conflictos en las empresas fueron más bien por razones éticas y del ejercicio periodístico.

Eramos tan celosos de la ética profesional que en una asamblea en el patio de la Librería Dominicana destituimos la directiva del SNPP cuando trascendió que sus principales integrantes habían recibido apartamentos del ensanche Honduras de Balaguer. En el Segundo Congreso Nacional de la Prensa, en 1974, lanzamos la plataforma de la profesionalización y colegiación de los periodistas y de un código de ética profesional.

El reconocimiento del periodismo como profesión se había generalizado en el mundo occidental, y los colegios de periodistas habían contribuido a consolidar la libertad del ejercicio profesional y a elevar el nivel profesional y de vida de los periodistas. Convivían con los empresarios de la comunicación.

Aquí hubo una oposición tan absoluta que dividió a los periodistas y a los periódicos, y durante años el sector no fue modelo de diálogo, hasta que tras la democratización que se inició en 1978 los aires de la pluralidad obligaron a transar. La ley original de colegiación fue una transacción pactada, que luego fue denunciada por la parte empresarial. Nunca hubo ningún elemento que impidiera la libre expresión ni obstruyera la difusión. Sólo se condicionaba a la graduación universitaria el ingreso como reportero o redactor. No así a ningún cargo ejecutivo, y jefes de secciones, a los articulistas, columnistas y colaboradores.

Lo que predominaba, especialmente en los que habíamos tenido el privilegio de la formación académica, era elevar la condición profesional, comenzando con los que estaban en ejercicio. No era exclusión, sino inclusión y superación, con normas éticas. Y además lo acompañamos de una pequeña contribución del 1 por ciento del ingreso publicitario de las empresas para programas de superación profesional y un instituto de protección social.

Me quemé en esas luchas, pues me tocó presidir la Comisión de Profesionalización y Colegiación del SNPP desde su constitución en 1974 hasta la ley 148 de 1983. Pero los méritos fueron colectivos, como los de haber recorrido el país haciendo cursillos de tres días en fin de semana para elevar la capacitación de los periodistas y corresponsales.

Rindo homenaje a la memoria del padre Alberto Villaverde, al también jesuita José Luis Sáez, y a los colegas Rafael Núñez Grassals y Emilio Herasme Peña, que justicieramente me precedieron en este premio nacional, así como a Juan Manuel García y al entonces nóbel Manuel Quiterio Cedeño que me acompañaron firmemente en esa misión formativa completamente honorífica. Casi todos coincidíamos en el mismo propósito desde las aulas de la UASD, como lo atestiguan cientos de egresados que se multiplicaron en la medida en que el periodismo era reconocido como profesión y varias universidades abrieron la carrera.

Se alcanzó la profesionalización, pero en gran medida hemos perdido la batalla por la prevalencia de los principios éticos. Hoy el periodismo está afectado por graves confusiones y dependencias de las relaciones públicas, incentivadas por partidos y gobiernos y por sectores empresariales. No es sólo en la información sobre los poderes públicos y los partidos, sino que se extiende también a los ámbitos deportivos, del arte y hasta en las sociales. Una proporción demasiado significativa de los periodistas y comentaristas de los periódicos, televisión y radio son asalariados del gobierno central, los ayuntamientos, las instituciones descentralizadas y autónomas del Estado, y de una amplia gama de empresas.

Los periodistas son pluriempleados, con dobles y hasta triples jornadas de trabajo, porque la remuneración empresarial se quedó muy distante de la pública. Una encuesta realizada por el profesor Adalberto Grullón y alumnos, con una muestra bien representativa de los periodistas de los diarios y principales canales televisivos, muestra que el 39 por ciento tiene dos empleos formales y el 4 por ciento tres. El 29 por ciento trabaja 12 horas diarias y otro 20 por ciento algunas más. El promedio salarial de reporteras y reporteros de televisión es de 20 mil pesos. Pero cientos de ellos ganan entre 30 y 150 mil pesos en instituciones estatales.

Con la paga de las empresas periodísticas muy pocos pueden vivir dignamente, y el pluriempleo los empuja a la superficialidad y dificulta la investigación. Con todo, muchos periodistas pluriempleados hacen esfuerzo por cumplir su misión profesional.

La libertad de información y prensa están en grave aprieto por esta situación, que debe ser abordada francamente por los ejecutivos y propietarios de los medios y el Colegio de Periodistas. Ello limita enormemente la autoridad moral de los medios y los periodistas para reclamar principios éticos en el ejercicio estatal.

Ruego excusas por haberme extendido y haber quitado su precioso tiempo a nuestros anfitriones, comenzando por el presidente Danilo Medina, quien tiene suficiente sensibilidad para entender el alcance de estas preocupaciones.

Como ven, tienen razón los que dicen que soy un caso perdido, porque hasta en ocasiones de alegría como este reconocimiento, planteo problemas y conflictos. Reconozco que soy un ser humano apasionado, y que eso se refleja en mi ejercicio profesional. Pero soy coherente con lo que pienso. Los que desfilaron por mis aulas saben que nunca hemos predicado neutralidad. Creemos, eso sí, en la objetividad, en el reconocimiento de la realidad más allá de nuestras preferencias, en el compromiso por desmenuzar los problemas y conflictos sociales, en el respeto por el derecho a la información, en la pluralidad y la diversidad. Pero proclamamos que todo comunicador tiene que promover la institucionalidad democrática, la justicia, la equidad, la inclusión social y en consecuencia poner su hombro del lado de los excluidos.

Presumo que me están reconociendo con mis virtudes y limitaciones. Agradezco infinitamente este premio que dedico a la legión periodística de los 60, especialmente a sus mártires Orlando Martínez y Gregorio García Castro, y que hayan tenido la paciencia de escucharme. Aunque espero vivir unos cuantos años más, estoy comenzando el retiro, por lo menos del cargo ejecutivo que hace más de 27 años ejerzo en Teleantillas, del que ya solicité mi relevo. Y adelanto que no pienso envejecer ante las cámaras.

Permítanme concluir con León Felipe:

. Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.
Pasar por todo una vez, una vez solo y ligero,
ligero, siempre ligero.
Sensibles a todo viento
y bajo todos los cielos,
poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo
ni la flor de un solo huerto.
Que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros.


Palacio Nacional

Agosto 20 del 2014





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