Lección en jerusaléN 17






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FRANCISCO CÂNDIDO XAVIER

LÁZARO REDIVIVO

Por el Espíritu Hermano X
Traducción de Teresa

Apreciado Amigo:
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Mucha Paz

ÍNDICE

TEMA - CAP.

LA ESCLAVA DEL SEÑOR 2

LA PALABRA DEL MUERTO 25

ADVERTENCIA FRATERNA 23

ADIVINACIONES 41

ANTE EL AMIGO SUBLIME DE LA CRUZ 1

A LOS ESPÍRITAS 37

A LOS MÉDIUMS 4

ASÍ PASA 14

BUSCANDO LA VERDAD 32

CARTA ABIERTA 3

CARIDAD 19

CON FRANQUEZA DE HERMANO 31

CONQUISTA Y LIBERTAD 8

DEFINIENDO RUMBOS 33

DESPUÉS DE LA RESURRECCIÓN 28

DESAJUSTADO 46

DESMONTANDO ACUSACIONES 43

DULCE NOMBRE 5

EN ACCIÓN DE GRACIAS 7

EN AÑADIDO 34

ESPÍRITU DESENCARNADO 29

ESPÍRITU FARISAICO 18

FILOSOFÍA DE LA DUDA 42

GRAN MÁS ALLÁ 11

IDENTIFICACIÓN DEL ESPÍRITU 27

INTERCAMBIO 30

LECCIÓN EN JERUSALÉN 17

MADRE 12

EN LA EDIFICACIÓN 26

EN LA LUCHA CONTRA LA MUERTE 36

EN EL ESTUDIO DE LA FE 24

EL ÁNGEL DE LA SALUD 45

EL CASO DEL RICO 16

EL DIABLO 10

EL DISCÍPULO AMBICIOSO 48

EL JURADO NEGATIVO 40

EL JUEZ SABIO 22

ORACIÓN DE UN MUERTO POR LOS MUERTOS 50

ESCUCHANDO AL MAESTRO 20

PARÁBOLA MODERNA 47

POR AMOR A DIOS 9

PREPARACIÓN MILITAR 49

PROTECCIÓN Y REALIDAD 21

QUIEN AVISA 6

CUESTIÓN DE PRUEBAS 38

RESPUESTA DEL MÁS ALLÁ 15

RESPUESTA LEAL 44

SE RETIRÓ, A SOLAS 35

ROGATIVA Y ACCIÓN 13

SERVICIO DE INVESTIGACIÓN 39

LÁZARO REDIVIVO
Cuentan que Lázaro de Betania, después de abandonar el sepulcro, experimentó, cierto día, fuerte añoranza del Templo, volviendo al santuario de Jerusalén para el culto de la amabilidad y de la camaradería, si bien con el corazón renovado, alejado de los interminables tejemanejes del sacerdocio.
Al penetrar en el atrio, sin embargo, reconoció la hostilidad general.

Abiud y Efraín, fariseos rigoristas, lo miraron con desdén y clamaron:
-¡Es un muerto! ¡Es un muerto! ¡Ha vuelto de la sepultura, insultando a la Ley!...

Ambos representantes del fariseísmo teocrático se dirigieron a los lugares sagrados, donde se veneraba el Santo de los Santos, en un deslumbramiento de oro y plata, marfil y maderas preciosas, delicados tejidos y perfumes orientales, propagando la noticia. Lázaro de Betania, el muerto que había vuelto del coma, burlando la Ley y los Profetas, venía allí a afrentar con su presencia a los padres de la raza.
Fue lo bastante para revolucionar filas completas de adoradores, que oraban y sacrificaban suponiéndose en las buenas gracias del Altísimo.
Escribas acudieron apresuradamente, pronunciando largos y complicados discursos; sacerdotes llegaron, furiosos y rígidos, lanzando maldiciones; y aprendices de los misterios, con celo de vestal, llegaron con los puños cerrados, expulsando al irrelevante.
-¡Fuera! ¡Fuera!

-¡Vete para los infiernos, los muertos no hablan!...

-¡Hechicero, la Ley te condena!

Lázaro pudo contemplar el cuadro, sorprendido. Observaba a sus amigos de la infancia vociferando anatemas, a los escribas, a quienes admiraba con sincero aprecio, vomitando palabras injuriosas.
Los compañeros enojados pasaron de la palabra a los hechos. Ráfagas de piedras empezaron a caer en torno al redivivo, y, no contento con eso, el astuto Absalón, vieja raposa de la casuística, lo sujetó por la túnica, proponiéndose encaminarlo a los jueces del Sinedrio para sentencia condenatoria, tras de un sumarísimo juicio.
El hermano de Marta y María, pese a todo, fijó en los circunstantes su mirada firme y lúcida y exclamó sin odio:
-¡Fariseos, escribas, sacerdotes, adoradores de la Ley e hijos de Israel: aquel que me dio la vida, tiene suficiente poder para daros la muerte!
El estupor y el silencio siguieron a su palabra.

El resucitado de Betania se desprendió de las manos irrespetuosas que lo retenían, recompuso sus vestiduras y tomó el camino de la humilde vivienda de Simón Pedro, donde los nuevos hermanos comulgaban en el amor fraternal y en la fe viva.
Lázaro, entonces, se sintió reconfortado, feliz…
En el recinto sencillo, de paredes desnudas, revestidas toscamente, no se veían alhajas del Indostán, ni jarrones de Egipto, ni preciosidades de Fenicia, ni costosos tapices de Persia; pero allí palpitaba, sin las dudas de la Ciencia y sin los convencionalismos de la secta, entre corazones fervorosos y sencillos, el pensamiento vivo de Jesucristo, el que habría de renovar el mundo entero, desde la teología sectaria de Jerusalén al absolutismo político del Imperio Romano.
Hermano X.
Pedro Leopoldo, 22 de diciembre de 1945.
1 - ANTE EL AMIGO SUBLIME DE LA CRUZ
Hoy, Señor, me arrodillo ante la cruz donde expiraste entre ladrones…
Amigo Sublime, ¡dígnate bendecir las cruces que merezco!...
De ti anunció el profeta que te levantarías, junto al pueblo de Dios, como arbusto verde en suelo árido; que no permanecerías, entre nosotros, como los príncipes encastillados en la gloria humana, sino como hombre de dolor, probado en los trabajos y sufrimientos; que pasarías por la Tierra ocultando tu grandeza a nuestros ojos, como leproso humillado y despreciable, pero que, en tus llagas y siguiendo tus pasos, sanaríamos nuestras iniquidades, redimiendo nuestros crímenes; que podrías revelar al mundo la divinidad de tu ascendencia, demostrando tu infinito poder y que, sin embargo, preferirías la suprema renuncia, caminando como oveja silenciosa hacia el matadero; y que, aunque señalado como el Elegido Celeste, serías sepultado como ladrón común… Añadió Isaías, no obstante, que después de tu postrer sacrificio, nuevas esperanzas florecerían en el plano oscuro de la Tierra, a través de aquellos que serían tus continuadores, ¡en la abnegación santificante!...
Y tus lágrimas, Señor, rociaron el desierto de nuestros corazones y las benditas semillas de tus enseñanzas vivas germinaron en el suelo ingrato del mundo.
Más de diecinueve siglos han pasado y todavía me parece oír tu voz compasiva, suplicando perdón para los verdugos…
¡Ah, Jesús, compadécete de mis debilidades y ven, nuevamente, a bañar con tu bálsamo mi corazón herido y desalentado! ¡Enséñame a desnudarme de los últimos ropajes de la mundana esperanza, dame fuerzas para olvidar las últimas ilusiones!
¡Sin que lo merecieses, atravesaste el camino de dolor, soportando el madero de la ignominia!

¡Ayúdame, pues, a soportar el madero de lágrimas que merezco, en el rescate de mis inmensos débitos!
Amigo Sublime, que subiste el monte de la crucifixión, redimiendo el alma del mundo, enseñándonos desde la cima el camino hacia tu Reino, ayúdame a bajar al profundo valle del anonimato, a fin de que yo vea mis propias necesidades, en la soledad de los pensamientos humildes.
Maestro ¿qué representa mi dolor, ante el tuyo? ¿Quién soy yo, mísero pecador, y quién eres Tú, Mensajero de la Luz Eterna?
¿De cuántas llagas necesita mi frágil corazón para expurgar los abscesos seculares del egoísmo, y cuántos azotes necesitaré para exterminar el orgullo impenitente?
¡Ábreme la puerta de tus consuelos para que me renueve a la luz de tu bendición!
No te pido, Señor, como el rico de la parábola, permiso para volver al mundo a fin de anunciar, a aquellos que amo todavía, la grandeza de tu poder; en cambio, ruego tu auxilio para que no me falte visión en el camino redentor. No puedo precipitarme en el abismo que separa mi fragilidad de tu magnificencia; pese a ello, puedo atravesarlo, paso a paso, como peregrino de tu misericordia. Con el corazón oprimido y cansado por las sombras de mi propia alma, ¡permite que me deshaga, sin que me cueste, de los postreros engaños, antes de seguir más firmemente a tu encuentro! Despojado de mis transitorios tesoros, manos limpias de las joyas que se me escaparon de los dedos trémulos, ¡concédeme el bordón de los peregrinos, aparentemente sin rumbo, porque su destino son los países ignorados del Cielo!
Me rindo ahora, sin condiciones, a tu amor infinito, te confío mis ansiedades supremas y mis sueños más tiernos de luchador, y ya que es necesario abandonar mi viejo cántaro de fantasías, ¡cámbiame la túnica de las últimas vanidades literarias por el hábito humilde del viajero, interesado en alcanzar la cuna distante, pese a los atajos difíciles y pedregosos!
¡Llena la soledad de mi espíritu con tu luz, como has llenado de perdón, un día, la noche de nuestra ignorancia! ¡Desvéndame tu voluntad soberana, para que yo me retire, sin esfuerzo, de las rejas infelices del capricho terrestre! Aunque yo no pueda divisar todos los recodos de la nueva senda, dame tu claridad misericordiosa, para que mis ojos imperfectos no anden apagados.
¡Maestro, atiende al peregrino solitario que te habla, al pie de la cruz, con dolor sin rebelión y con amargura sin desesperación!
Amigo sublime, Tú que has preferido el madero del sacrificio, entre el mundo que te repelía y el Cielo que te reclamaba, por amor a los hombres y por obediencia al Padre, ¡oriéntame en la jornada nueva! Si es posible, desprende de la cruz tu diestra generosa, que hemos clavado en el leño duro de la ingratitud con nuestras maldades milenarias, ¡y dame tu bendición para el largo itinerario que he de recorrer!
¡Tengo el alma sombría y aterido el corazón!
Y mientras pasan, inquietas, las multitudes ociosas del mundo en un torbellino de polvo, dime, Señor, como decías a los paralíticos y ciegos de tu camino: -“¡Levántate y vete en paz! ¡Tu fe te ha salvado!...”


2 – LA ESCLAVA DEL SEÑOR
Cuando Juan, el discípulo amado, vino a estar con María, anunciándole la detención del Maestro, el corazón materno, consternado, se recogió al santuario de la plegaria y rogó al Señor Supremo que preservase al hijo querido. ¿No era Jesús el Embajador Divino? ¿No había recibido la notificación de los ángeles, en cuanto a su condición celeste? Su hijo amado había nacido para la salvación de los oprimidos… Ilustraría el nombre de Israel, sería el rey diferente, lleno de amoroso poder. Curaba leprosos, ponía en pie a paralíticos sin esperanza. La resurrección de Lázaro, ya sepultado, ¿no bastaría para elevarlo a la cima de la glorificación?

Y María confió al Dios de la Misericordia sus preocupaciones y súplicas, esperando su providencia; entretanto, Juan volvió en breves horas, para decirle que el Mesías había sido encarcelado.
La Madre Santísima regresó a la oración en silencio. Bañada en llanto, imploró el favor del Padre Celestial. Confiaría en Él.
Deseaba enfrentar la situación sin miedo, acudiendo a las autoridades de Jerusalén. Pero humilde y pobre, ¿qué habría de conseguir de los poderosos de la Tierra? Y, ¿acaso no contaba con la protección del Cielo? Ciertamente, el Dios de Bondad Infinita, que su hijo había revelado al mundo, habría de salvarlo de la prisión, restituirle la libertad.
María se mantuvo vigilante. Alejándose de la casa modesta en que se había recogido, salió a la calle e intentó penetrar en la cárcel; sin embargo, no logró ablandar el corazón de los guardas.
Siendo noche ya alta, velaba suplicante, entre la angustia y la confianza.
Más tarde, volvió Juan, comunicándole las nuevas dificultades surgidas. El Maestro había sido acusado por los sacerdotes. Estaba solo. Y Pilatos, el administrador romano, dudando entre las disposiciones de la ley y las exigencias del pueblo, había enviado al Maestro a la consideración de Herodes.
María no pudo contenerse. Lo seguiría de cerca.
Resuelta, se abrigó con un manto discreto y volvió a la vía pública, multiplicando las rogativas al Cielo, en su maternal aflicción. Naturalmente, Dios modificaría los acontecimientos, tocando el alma de Antipas. No dudaría ni por un instante. ¿Qué había hecho su hijo para recibir afrentas? ¿No acataba la ley? ¿No distribuía sublimes consuelos? Amparada por la convertida de Magdala, alcanzó los alrededores del palacio del tetrarca. ¡Oh, infinita amargura! Jesús, por ironía, había sido vestido con una túnica y ostentaba en las manos una caña, a modo de cetro y, como si eso no bastase, también había sido coronado de espinas.

Deseaba liberarle la frente ensangrentada y arrebatarlo a la situación dolorosa, pero el hijo, sereno y resignado, le dirigió la mirada más significativa de toda su existencia. Comprendió que él la inducía a la oración, y en silencio le pedía confianza en el Padre. Se contuvo, pero lo siguió bañada en llanto, rogando la intervención divina. Imposible que el Padre no se manifestase. ¿No era su hijo el elegido para la salvación? Le recordó su infancia, amparada por los ángeles…

¡Guardaba la impresión de que la Estrella Brillante, que le había anunciado el nacimiento, aún resplandecía en lo alto!…
La multitud se detuvo de pronto. Se había interrumpido la marcha para que el gobernador romano se pronunciase de modo definitivo.
María confiaba. ¿Quién sabe había llegado el instante de la orden de Dios? El Supremo Señor podría inspirar directamente al juez de la causa.
Tras largas ansiedades, Poncio Pilatos, en un esfuerzo extremo por salvar al acusado, invitó a la turba farisaica a elegir entre Jesús, el Divino Bienhechor, o Barrabás, el bandido. El pueblo iba a hablar y ese pueblo debía muchas bendiciones a su hijo querido. ¿Cómo equiparar al Mensajero del Padre con el malhechor cruel que todos conocían? Pero la multitud se manifestó pidiendo la libertad para Barrabás y la crucifixión de Jesús. ¡Oh! – Pensó la madre atormentada - ¿Dónde está el Eterno que no oye mis oraciones? ¿Dónde permanecen los ángeles que me hablaban de luminosas promesas?
En copioso llanto, vio a su hijo doblegado bajo el peso de la cruz. Caminaba con dificultad, con el cuerpo tembloroso por los latigazos recibidos, y obedeciendo al instinto natural, María se adelantó para ofrecerle auxilio. Pero la contuvieron los soldados que rodeaban al Condenado Divino.
Angustiada, se acordó repentinamente de Abraham. El generoso patriarca, en otro tiempo, movido por la voz de Dios, había conducido a su hijo amado al sacrificio. Lo seguía Isaac inocente; iba dilacerado de dolor, atendiendo a la recomendación de Jehová, pero he aquí que en el instante extremo, el Señor determinó lo contrario, y el padre de Israel había regresado al santuario doméstico en soberano triunfo. Ciertamente el Dios compasivo le escuchaba las súplicas y le reservaba un júbilo igual. Jesús bajaría del Calvario, victorioso, para su amor, y continuaría en el apostolado de la redención; pese a todo, dolorosamente sorprendida, lo vio alzado en el madero, entre dos ladrones.

¡Oh! ¡La terrible angustia de aquella hora!... ¿Por qué no la había oído el Poderoso Padre? ¿Qué había hecho para no merecer la bendición?
Desalentada, herida, oía la voz del hijo, recomendándola a los cuidados de Juan, el compañero fiel. Humillada, registró sus palabras postreras. Pero cuando la sublime cabeza pendió inerte, María recordó la visita del ángel, antes de la Nochebuena Divina. En maravillosa retrospectiva, escuchó su saludo celestial. Una fuerza misteriosa se enseñoreaba de su espíritu.
Sí… Jesús era su hijo, pero ante todo, era el Mensajero de Dios. Ella tenía deseos humanos, pero el Supremo Señor guardaba eternos e insondables designios. El cariño materno podía sufrir, no obstante, la Voluntad Celeste se regocijaba. Podía haber lágrimas en sus ojos, pero brillarían fiestas de victoria en el Reino de Dios. Había suplicado en vano, pero solo aparentemente, por cuanto ciertamente el Todopoderoso había atendido sus ruegos, no según sus anhelos de madre, sino conforme a sus planes divinos.
Entonces fue cuando María, comprendiendo la perfección, la misericordia y la justicia de la Voluntad del Padre, se arrodilló a los pies de la cruz y, contemplando al hijo muerto, repitió las inolvidables afirmaciones: - “Señor ¡he aquí tu esclava! ¡Hágase en mí según tu palabra!”
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