3 generalidades sobre el nuevo testamento






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3.- ESTUDIO BÍBLICO: NUEVO TESTAMENTO


El Nuevo Testamento, esa colección de veintisiete libros que paulatinamente se fueron añadiendo a la Biblia judía, surgió en el seno del naciente cristianismo como expresión y prueba de una convicción revolucionaria: los primeros creyentes en Jesús Resucitado, judíos como él, estaban persuadidos de ser el nuevo Pueblo con el que Dios había establecido la esperada y definitiva Alianza; cuanto les hablara de otra Alianza anterior, se convirtió para ellos en Antiguo Testamento.
Ello no obstante, como creían cumplidas las esperanzas del antiguo Israel en lo acontecido en Cristo Jesús, les resultaba lógico acudir a las Escrituras Sagradas para entender, a la luz de Dios, cuanto sabían sobre Jesús de Nazaret: muerte y resurrección, primero (cf. Lc 24, 25-27. 44-45), ministerio público (cf Lc 4, 16-21) o nacimiento (cf Mt 1, 21-23; 2, 5-6), después, fueron explicados según las Escrituras. Y eso es la que predicaron a judíos (Hch 2, 14-36), lo mismo que a paganos (l Cor 15, 1-11).
Esa predicación primitiva., que narraba hechos históricos de la vida de Jesús interpretados como intervención de Dios en favor de su pueblo, está en el origen del Nuevo Testamento; es su tema y su causa. El Nuevo Testamento no es más que el eco de la voz de esos primeros predicadores, testigos presenciales de lo sucedido y garantes únicos de su sentido último.
De hecho, la mayoría de sus libros (22 entre 27), y con independencia de los géneros literarios utilizados (cartas o tratados, homilías o apocalipsis), es genuinamente palabra apostólica, pensada y dirigida a comunidades cristianas; reforzar la fe que ya se confesaba y la vida común que ya se vivía era su principal objetivo. Sólo cinco de los escritos del Nuevo Testamento {los cuatro evangelios y los Hechos de los Apóstoles) son memoria apostólica de la vida de Jesús y de vida de las primeras comunidades cristianas.

3.1.- GENERALIDADES SOBRE EL NUEVO TESTAMENTO

Iniciamos esta introducción sobre el Nuevo Testamento repitiendo lo mismo que se dijo al comienzo del Antiguo Testamento: el carácter unitario de ambos Testamentos (p. 97). El AT sin el NT habría sido una frustración. Todo el AT, sobre todo a partir de los Profetas, es una mirada hacia adelante, en la espera de un Mesías, de una liberación, de una nueva Jerusalén. De no haber surgido un Mesías, una nueva alianza, todas aquellas promesas se habrían desvanecido. Es cierto que los judíos que no han admitido a Jesús siguen esperando, pero ¿es razonable esa espera?
Y el NT sin el AT tampoco sería suficientemente comprendido. Es cierto que lo definitivo es Jesús. En rigor, su presencia en medio de la humanidad habría podido producirse sin necesidad de una preparación, como un meteorito que impensadamente cayera sobre la tierra; pero de hecho no ha sucedido así. Jesús quiso ser esperado, deseado; la forma más adecuada de reconocerle es comparar lo que él fue con lo que, con anterioridad, se había dicho de él. Y esto es lo que precisamente vemos a lo largo del NT: la Biblia que cita Jesús, la que citan los hagiógrafos cristianos es el AT: Pedro, Pablo se apoyarán en el AT para afirmar que Jesús es el Mesías

.

Al adentramos, pues, en el NT no digamos un adiós definitivo al AT .Es cierto que la salvación está en el NT, pero la mismo que toda historia tiene su prehistoria, y la mismo que el hombre maduro presupone al niño y al adolescente, también la historia de salvación, definitiva en Jesús, se inicia ya con el comienzo del AT.

DOBLE REALIDAD
Lo mismo que la expresión AT, también NT sugiere una doble realidad. El AT y el NT consisten en los libros que, en nuestras Biblias, se encuentran catalogados bajo esos epígrafes; pero AT y NT significan también la vida, la historia a la que están refiriéndose esos libros. Así el AT abarca toda la historia, con sus vicisitudes, del pueblo de Israel, con su alianza y sus rebeldías, con sus fracasos y esperanzas. Igualmente, por NT, además del conjunto de libros que lleva ese nombre, hemos de entender toda la nueva alianza inaugurada por Jesús, su vida y enseñanzas y la vida de la Iglesia fundada por él. En este sentido, el NT sigue siendo realidad, estamos viviendo el NT, aunque los libros del NT quedaron concluidos en el siglo I.
Si bien es cierto que lo que da pie a nuestro estudio, es el NT en cuanto escritos, sin embargo, lo importante no son los libros sino la realidad de la que hablan. Lo importante es Jesús y la salvación por él traída, independientemente de que ello hubiera quedado o no consignado en unos libros. Pero agradecemos el que existan esos libros, ya que, a través de ellos, nos resulta más fácil conocer a Jesús y su evangelio.
Al igual que en el AT, para recorrer los diversos libros, nos atenemos al orden en que están consignados en la Biblia, no al orden cronológico de su composición.

3.1.1. LOS LIBROS DEL NT

Si echamos un vistazo al índice de nuestras Biblias, observamos que los 27 libros del NT se encuentran distribuidos en 4 bloques, fundamentalmente diferenciados por razón del género literario empleado: Evangelios (4 libros), Hechos de los Apóstoles (1 libro), Cartas (21 libros) y Apocalipsis (1 libro).
¿Cuál es el género literario empleado en cada bloque?.
Se ha pretendido catalogar a nuestros Evangelios en alguno de los géneros literarios preexistentes, pero desafortunadamente. Los Evangelios constituyen en realidad un género literario propio y exclusivo. Su contenido son los hechos y dichos de Jesús, pero no ordenados como en una biografía, sino organizados más bien con fines catequéticos y litúrgicos. La intención no es informar, relatar acontecimientos, sino suscitar la fe en Jesús, según se afirma en el final del evangelio de San Juan: “Estas (señales) han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 31).
Los Hechos son una monografía histórica, parecida a otros libros similares llamados praxeis” = hechos, que recogían hechos de hombres célebres. No se trata de una historia de los apóstoles, sino de una selección de cuadros o relatos representativos, con una intención apologética, misional, propagandística y edificante.
Las Cartas, según se dijo en los géneros literarios, contienen exposiciones doctrinales y exhortaciones dirigidas a colectividades o individuos, con la intención de adoctrinar, exhortar, corregir; son una evangelización a distancia.
El Apocalipsis contiene visiones con el objeto de levantar los ánimos en medio de la persecución que comienza a arreciar.

3.1.2. MARCO GEOGRAFICO

El marco geográfico correspondiente a los libros del NT continúa siendo, en un principio, Palestina. Es Palestina donde se desarrolla la vida de Jesús, concretamente en Galilea, a temporadas en Judea, y, de paso, por Samaría y regiones limítrofes: Perea, Decápolis, Tiro y Sidón, etc. Los apóstoles, de acuerdo con el encargo de Jesús: “seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8), amplían el marco. Los Hechos y las cartas testimonian esa expansión, si bien sea ello con una cierta parcialidad, ya que no recogen la actividad de todos los apóstoles. Los viajes y cartas de Pablo nos llevan hacia Roma, en un desplazamiento de dirección noroeste, atravesando Siria, Asia Menor y Grecia. Pero también podemos vislumbrar otros destinos: San Pablo, en su carta a los Romanos, habla de su intención de ir a España (Rm 15, 24), y al principio de los Hechos encontramos el episodio del etíope, que ciertamente se convertiría en apóstol en su tierra; otros indicios nos sugieren también que el evangelio se extendió igualmente por la costa norteafricana: Alejandría, Cirene... Podríamos decir que a finales del s. I el evangelio, de alguna forma, había llegado ya a casi todas las provincias del imperio romano.
Sobre la geografía de Palestina, escenario de la vida de Jesús y, en gran parte, de la vida de los apóstoles, puede verse algún mapa. Se trata de un terreno muy variado, en el que se pueden distinguir cuatro zonas, más o menos paralelas: la zona costera mediterránea, la región montañosa palestina, la depresión del Jordán y la región montañosa de Transjordania.

Hemos nombrado el Jordán, eje vital de esta geografía; nace en las faldas del Hermón, forma en su recorrido los lagos el-Huléh y Genesaret y desemboca en el Mar Muerto. Linealmente su longitud es de unos 200 km, pero en realidad, debido a su curso zigzagueante, es mucho mayor. La fosa geológica, por la que discurre, da lugar a que realice la mayor parte de su curso a niveles inferiores respecto del mar Mediterráneo; ya que el lago de Genesaret se encuentra a 208 m bajo el nivel del mar, y a su llegada al Mar Muerto, a 387.
El lago de Genesaret, centro de la actividad de Jesús en Galilea, es un lago de unos 150 km2, con una longitud máxima de 21 km por una anchura máxima de 12. Su profundidad, en el centro del lago, es de unos 45 m. Sus aguas son claras y ricas en pesca, pero fáciles para el encrespamiento. Está rodeado de montañas y bordeado por pueblos de pescadores.

3.1.3. MARCO HISTORICO

Los sucesos a los que hace referencia el NT están encuadrados por un triple ambiente: el judío en el aspecto religioso, el romano en el aspecto político y el helenista en el aspecto cultural.
El pueblo judío destaca en la antigüedad por su fuerte sentimiento de raza que le impulsa a luchar por su libertad sin desfallecer, no asimilarse a los imperios que le dominan y renacer siempre de cualquier desastre.
Una gran parte de los judíos -5 a 6 millones -vivían dispersos, principalmente en Mesopotamia, Siria y Egipto. Otra parte -1'5 a 2 millones- en Palestina. Todos ellos formaban, sin embargo, una unidad étnica, religiosa y moral.
En tiempo de Jesús, el país de los judíos llevaba unos cincuenta años ocupado por Roma, desde el 63 a.C. La política romana se centraba en imponer gobernantes nativos en las colonias. En esta época Herodes el Grande era el Rey de los judíos; mantuvo la paz y el orden, aun- que a base de duras represiones, y su reinado fue próspero en el aspecto económico.
Fue un gran constructor, restauró ciudades y fundó otras; levantó palacios y hasta – para atraerse a los judíos- emprendió la reconstrucción del Templo de Jerusalén, símbolo para los judíos del sentimiento de su raza, de su fe monoteísta y de sus tradiciones. Todos los judíos, donde quiera que residieran, contribuían a sus gastos.
El pueblo, sin embargo, nunca le tuvo simpatía; de origen árabe, hijo de un idumeo y de una cananea, no era considerado un judío de raza. Era, además, de un despotismo exagerado y, por ganarse el favor de Roma, recaudaba grandes impuestos al pueblo judío. A su muerte, sobre el 4 a.C., el trono es disputado por sus hijos, algunos de los cuales van a Roma para confirmar su posición. Mientras tanto en Palestina una revuelta se extendió por todo el territorio. La respuesta romana no se hizo esperar: asolaron Galilea, incendiaron Séforis y vendieron a su población como esclavos. Las legiones se dirigieron más tarde a Jerusalén quemando aldeas y pueblos a su paso, capturando y crucificando a más de dos mil rebeldes. Mientras tanto, una embajada judía fue a pedir a Augusto que disolviera el reino. Éste, forzado a tomar una decisión rápida, confirmó la última voluntad de Herodes: el reino se divide entre sus tres hijos:
- Herodes Arquelao (4 aC.-6 dC) era el hijo mayor de Herodes; Augusto lo ratificó como etnarca de Judea, Samaria e Idumea. El emperador le había prometido hacerle rey si se mostraba digno sucesor de su padre. Arquelao demostró ser un gobernante inepto, injusto y cruel. Había heredado todos los vicios de su padre, pero ninguna de sus virtudes, y gobernó con completo desprecio por los sentimientos y bienestar de su pueblo. El año 6 d.C. fue destituido y desterrado a la Galia, por acusaciones de los mismos judíos. Fue sustituido por un procurador romano.

- Herodes Antipas (4 a.C.-39 d.C.) era el segundo hijo de Herodes el Grande. Fue ratificado como tetrarca de Galilea y Perea. Como su padre, fue un gran constructor (ciudad de Tiberiades, reconstruyó Séforis, ...) Cambió la política hostil de su padre hacia los árabes nabateos, y trató de asegurar las fronteras de Perea casándose con una mujer de su familia real. Respetuoso al principio con la religión israelita, durante sus últimos doce años mantuvo relaciones con Herodías, la esposa de su hermano Filipo (¡ojo! No confundir con Herodes Filipo). La oposición a este hecho fue lo que le costó la vida a Juan Bautista. El año 39 promovió intrigas para obtener el título de rey. Fue destituido y desterrado a la Galia.
- Herodes Filipo (4 a.C - 34 d.C), hijo de Herodes el Grande y de Cleopatra, pasó a ser tetrarca de Iturea, Batanea, Gaulanítide y Traconítide, zonas al norte y al este del mar de Galilea. Era la parte más pequeña del reino de Herodes, regiones septentrionales donde los sirios y los griegos superaban a la población judía. Fue un gran constructor como su padre (Cesarea de Filipo y Betsaida). Careciendo de la ambición y crueldad de su progenitor no se mezcló en los asuntos judíos y a su muerte (año 34) dejó un grato recuerdo.

La zona de Judea y Samaría sobresalía por su conflictividad ante el poder romano. Los procuradores, nombrados por Roma, tras la deposición de Arquelao a petición del pueblo, eran representantes del emperador y tenían poderes civiles, militares y judiciales. Entre sus funciones estaban las de ratificar las sentencias del Sanedrín y la recaudación de impuestos y contribuciones; ésta era realizada normalmente por funcionarios romanos, pero las aduanas e impuestos indirectos eran arrendados a particulares judíos y cobrados por los publica- nos. De ahí que fuesen mal vistos, porque quitaban el dinero al pueblo para dárselo a los paganos.
La dominación romana se traducía, sobre todo, en la opresión económica, y en concreto, sobre el “tributo” que las provincias ocupadas debían pagar. No existía, por otra parte, ningún problema de tránsito entre unas regiones y otras. y la ocupación militar no llegaba a 3.000 soldados romanos para una población de unos dos millones de habitantes.

Por respeto al culto judío, las tropas romanas no enarbolaban las enseñas con la efigie del emperador en la ciudad de Jerusalén. De todos modos, los judíos nunca se resignaron a este poder extranjero.
El procurador romano que gobernaba Palestina en tiempos de la muerte de Jesús era Poncio Pilato, que fue administrador de la zona desde el año 26 al 37 d.C. Al contrario de cómo lo pintan las narraciones evangélicas, Filón nos dice de él que era cruel por naturaleza y no se detenía ante ningún obstáculo. En el año 37 perdió el cargo por haber matado a un grupo de samaritanos reunidos en el monte Garizín.
El año 66 el procurador Gestio Floro pidió la entrega de una gran suma del tesoro del Templo. La población organizó un motín pero fue sofocado. Nerón encargó a Vespasiano la conquista de Jerusalén (67 d.C.); éste envió a su hijo Tito que asedió la ciudad (70 d.C.) y, tras un sitio de cinco meses, la dejó totalmente destruida.
Judea pasó a ser provincia romana, distinta de Siria, con un legado, cambió su nombre “Iudaea” por el de “Palestina” que significa “tierra filistea”.
Los judíos fueron deportados y vendidos como esclavos; el Sanedrín fue suprimido, el sumo pontificado desapareció; el Templo, símbolo religioso-nacional, quedó totalmente destruido...Más tarde, en su lugar, Adriano erigió un templo a Júpiter Capitolino.
El judaísmo, efectivamente, con su problemática religiosa, repercute poderosamente sobre el cristianismo. El drama de Jesús, que desemboca en su pasión y muerte, lo mismo que las primeras persecuciones y dificultades en el apostolado, provienen del judaísmo. Este es el primer obstáculo para la difusión del evangelio.
El marco histórico de Occidente en tiempos de Jesús estuvo marcado por el Imperio Romano. Roma era, en aquel momento, más fuerte que ningún otro de los imperios había sido: era el centro del mundo. En el siglo I a. C., la pequeña ciudad de Roma es ya un imperio que domina casi todos los países del Mediterráneo.
Al morir Augusto, año 14 d.C., el Imperio Romano había casi alcanzado ya su máxima extensión. Por el oeste comprendía: Lusitania, las dos provincias de Hispania (Bética y Tarraconense), las Galias y Germania hasta el Rhin. Por el este: las provincias de Retia, Nórico, Dalmacia, la Panonia y Mesia hasta el Danubio. Por el sur: la península de los Balcanes (Macedonia y Acaya), la península de Anatolia (Asia, Galacia, Cilicia, Bitinia y Ponto,...), Siria, Palestina, Egipto, Cirenaica, Africa proconsular (Cartago y la Tripolitania), Numidia. Posteriormente, se añadieron más aún: las Mauritanias (Tingitana y Cesariense), Britania y, en un último intento expansivo, Trajano anexionó la Transjordanía (Arabia) y la Dacia.
Este gigante (alrededor de 3 millones de kilómetros cuadrados) tenía una población aproximada de 50 millones de habitantes, de razas variadísimas. Las mayores concentraciones se daban en las ciudades de Roma (llegó a alcanzar 1 millón de habitantes), Alejandría (700.000 hab.) y Antioquía (300.000 hab.). Roma mantenía una política de respeto con los pueblos con- quistados por lo que cada uno conservaba generalmente sus costumbres y sus tradiciones.
Había, al mismo tiempo, un intenso intercambio entre ellos: cultural, religioso y sobre todo comercial.
Grandes calzadas cruzaban el Imperio por tierra. Por mar, la flota del Estado y los barcos mercantes surcaban el Mediterráneo en todas direcciones. Las ciudades más importantes eran Roma, Alejandría, Antioquía, Éfeso, Esmirna, Tarso, Corinto.



Tenían una lengua “común” (la  empleada en el Nuevo Testamento); en las ciudades la comprendían, al menos, tanto los grandes comerciantes como los cargueros de los puertos. En el campo se utilizaba, en cambio, el propio idioma: celta en la Galia, arameo en Siria y Palestina, íbero en Hispania, etc.
En cuanto a la situación social, Roma fue magnánima en conceder la ciudadanía del Imperio a ciudadanos de los pueblos anexionados. Pero lo mismo en los territorios de la antigua Roma como en los conquistados, no todos tenían los mismos derechos. Existía, en primer lugar, la división entre hombres libres y esclavos (éstos casi en igual número que los libres).
Los libres podían ser: A) ciudadanos romanos, en plenitud de derechos (esta ciudadanía podía ser comprada o adquirida como recompensa, y daba derecho, además, a apelar al César ya ser excluido de las penas infamantes); B) ciudadanos: eran miembros de la sociedad y participaban en los asuntos públicos (por ej.: eligiendo a sus representantes); C) libertos: los esclavos que habían conseguido liberarse (no tenían acceso a los asuntos públicos).
Los esclavos no contaban legalmente, aunque los juristas reconocían que eran personas. Lo eran por nacimiento, por miseria (al ser vendidos para pagar sus deudas), o como cautivos de guerra (vendidos en subasta). Sus condiciones de vida eran muy variadas según la latitud y el tipo de trabajo que desempeñasen.
La economía era floreciente en su conjunto. Se basaba en la agricultura y la cría de ganado. Había, además una intensa actividad artesanal en cerámica, tejidos, construcción y metalurgia. Además de la red de calzadas se levantaron grandes templos, gimnasios teatros,... Los ricos se erigían en mecenas que promovía la cultura. Los pobres no solían carecer de trabajo y comida, y el Estado les proporcionaba espectáculos gratis (“pan y juegos”).
El Imperio Romano sufrió en el siglo I a.C. una gran evolución política. Las instituciones tradicionales republicanas no parecían competentes para el ejercicio de sus funciones, el Senado apenas era capaz de controlar a los gobernadores de las provincias, y la violencia se generalizó por momentos. En el año 49, con el enfrentamiento entre César y Pompeyo, estallaron por fin las guerras civiles que duraron hasta el triunfo de Octavio sobre Marco Antonio el año 31.
Después de estos años, el Imperio quedó exhausto. Octavio supo conservar en parte las instituciones antiguas (Senado y magistraturas), pero centralizó en sí mismo, de hecho el poder político, el militar y religioso: el año 27 recibió el título”Augusto” y el año 12, el de “Sumo Pontífice”. Esta ascensión fulgurante al poder fue posible porque el pueblo lo contemplaba como a un salvador y dios.
Sobre este culto al emperador hay que tener en cuenta que en Grecia se daba culto a los héroes, y que el culto a los monarcas como símbolo de la lealtad política ya aparecía en época de los Seleúcidas, a los que se le aplicaban también los términos de “dios” y “salvador”. Los romanos supieron aprovechar estos antecedentes. También Julio César fue honrado como un dios en vida y proclamado como tal al morir.
El Imperio Romano llevó hábilmente a su culminación esta simbiosis político-religiosa, como medio seguro de su unidad. En las provincias se celebraba anualmente el culto al emperador, vínculo sagrado al gobierno central.
Este poder central se relacionaba con las provincias, pero manteniéndose, por lo general, en un gran respeto a la autonomía de las comunidades locales. Los ciudadanos elegían a sus magistrados; en muchos casos conservaban también vigente su propio derecho, por lo que apenas había funcionarios del Imperio, excepto para la recaudación de impuestos.
Augusto dividió la administración de las provincias entre el Senado y él mismo. Las provincias más antiguas, pacificadas hacía mucho tiempo, eran las llamadas “senatoriales” y estaban gobernadas por “procónsules”. Eran diez; entre ellas: Macedonia, Acaya y Asia. En cambio, aquellas en las que había legiones estacionadas por haberse resistido a la dominación durante largo tiempo o ser de ocupación muy reciente, quedaban reservadas a su vigilancia directa; eran las llamadas “imperiales” y estaba al frente de ellas un “legado” del emperador; éste era el caso de Hispania, las Galias, Siria, ...Para los territorios que presentasen un problema especial, la fórmula era nombrar un prefecto o un procurador que dependía del legado de la provincia imperial más próxima. Éste era el régimen de Judea.
La llegada de los romanos a esta zona del Mediterráneo tiene sus raíces en la historia de la vecina Grecia. A la muerte de Alejandro Magno (323 a.C.) sus generales se repartieron el Mediterráneo Oriental. Palestina quedó bajo la hegemonía de los Lágidas, respetuosos con sus tradiciones. Pero el año 200 a.C. Ptolomeo V fue vencido por Antíoco II, con lo que Palestina pasó al dominio seleúcida. Muy pronto, su sucesor, Antíoco IV Epífanes, empezó una política intransigente de helenización por la fuerza. Los judíos ortodoxos no pudieron tolerarlo: es la época de la sublevación de los Macabeos (167 a. C.) que dio lugar a un corto período de libertad para la nación. Roma aprovechó estos enfrentamientos de Palestina con los seleúcidas para emprender con ella una poli- tica de protección, lo mismo que había hecho con Pérgamo o Egipto.
El año 66 a.C ., Pompeyo obtuvo del Senado poderes para realizar una campaña en el Asia Menor, logró anexionar a Roma el decaído reino seleúcida y lo convirtió en la provincia de Siria.
En el año 64 a.C., ante las disensiones de los príncipes de la dinastía asmonea, descendientes de los Macabeos, Roma encontró el pretexto para intervenir en Palestina. El año 63, Pompeyo asedia Jerusalén, le impone tributo, y deja allí a Hircano II como nuevo vasallo. César lo reconoció como etnarca y sumo sacerdote de los judíos. En realidad, el que iba a mandar era su ministro Antípatro.
Palestina, por su situación geográfica estratégica, interesaba mucho al Imperio romano para mantener sus posesiones en Asia Menor y Siria, por lo que siempre obtuvo un estatuto de privilegio: retención de tributos para el Templo, la exención del servicio militar, etc.

Ante los conflictos internos por el poder en el territorio judío, Roma, que ya había nombrado tetrarcas a Fasael y Herodes, hijos de Antípatro, concedió a Herodes el título de rey. Éste, con un ejército, en dos años conquistó su reino.
Con el único objeto de mantener su poder, Herodes el Grande prestó sumisión servil a la autoridad romana quienquiera que fuera ésta (Marco Antonio, Octavio,...).
En resumen, miles de kilómetros cuadrados en torno al Mediterráneo de gran esplendor; pero soportando una crisis importante en distintos terrenos: moral, socioeconómico y también religioso.
Y en una esquina de este poderoso imperio estaba Palestina; un rincón de los me- nos conocidos, y también de los más despreciados: el antisemitismo era un fenómeno anterior al cristianismo. Entre las razones de este desprecio y hostilidad, estaba también la cuestión religiosa: un pueblo insignificante que sólo tiene un dios.
El imperio romano es el poder político bajo el que se mueve el cristianismo del s. I. Tolerante con el judaísmo, lo es también con el cristianismo, mientras éste es considerado como una facción dentro del judaísmo. En los primeros tiempos su política podría considerarse como benévola (cf Hechos), pero al final del siglo el Apocalipsis alza su grito frente a la persecución de la nueva Babilonia.
La cultura griega se había extendido a través de todo lo que en aquellos momentos podía ser considerado como el mundo civilizado. Esta cultura estaba propiciando en aquellos momentos una situación de lujo y de miseria, con las consiguientes secuelas de corrupción, contra las que, no obstante, reaccionaba alguna minoría. A través de los Hechos y en las Cartas vemos los obstáculos que esta cultura pagana ofrecía a la expansión del evangelio.
Recapitulando: Cronológicamente el nacimiento de Jesús tiene lugar dentro del reinado de Herodes el Grande, quien gobernaba en toda Palestina desde el año 37 a.C. gracias a la benevolencia de Roma; Jerusalén había sido conquistada por Pompeyo el año 63 a.C. Al frente del Imperio se encuentra Augusto, quien morirá el año 14 de la era cristiana.
Tras Herodes el Grande las diversas regiones de Palestina se van a encontrar, por lo general, divididas entre diversos descendientes de Herodes, de acuerdo con el permiso y los intereses de quien gobierne en Roma. No obstante, Judea y Samaría se verán, la mayor parte del tiempo, bajo jurisdicción directa de Roma. Es lo que sucede durante la vida pública de Jesús: el procurador romano Poncio Pilato reside en Cesarea y Jerusalén, mientras que en Galilea y Perea gobierna el rey Herodes Antipas y en Iturea y Traconítide Herodes Filipo II.
En Roma se sucederán los emperadores: Tiberio (14-37), Calígula (37-41), Claudio (41-54), Nerón (54-68), Galba, Otán, Vitelio (68-70), Vespasiano (70- 79), Tito (79-81), Domiciano (81-96), Nerva (96-98).
El año 70 es aplastada por Tito la insurrección judía, quedando destruidos Jerusalén y el Templo. Con emperadores de la segunda mitad del siglo (Nerón y Domiciano) se inicia la persecución que, de forma alternativa, sufrirá el cristianismo durante los primeros siglos.

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