La conversión de k la diatriba ideológica del poder






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La conversión de K

La diatriba ideológica del poder

jl Monzantg


La conversión de K

La diatriba ideológica del poder

Derechos reservados según la Ley sobre derechos de autor

la conversión de k la diatriba ideológica del poder

2009 jl Monzantg

2009 Pierre Menard, Editor ISBN: Depósito legal:

Diseño de portada: Nubardo Coy

Ilustración de portada: www.andaluciaimagen.com Molino de viento: http://www.tiradecontacto.net/molinoviento.jpg

Impresión: Imprenta Internacional, C.A. Maracaibo, Venezuela

Telf. (0261) 7886306 / Telefax: (0261) 7884106

para mi amigo K

Todo se mueve a la derecha

José Saramago

Su seguridad sólo es posible a causa de su necedad

Franz Kafka

Ni siquiera comprendes cuando te digo que no comprendes

Philip Roth

pero la estupidez dura para siempre

Aristófanes

ue alguien afirme que no tuvo «ninguna ideología» durante su infancia, sino que la adquirió «en la universidad», responde, las más de las veces, a la ideología de turno. Fue aquello lo que escuché al abuelo de K a principio de los años ochenta, en su casa de los alrededores del viejo mirador donde «acuatizaban» los primeros hidroaviones.

De todo esto hablaba el abuelo de K, incesantemente, incansablemente, a riesgo de no ser escuchado, sabiendo como se sabe que cuento de viejo es repetido. Novedoso todo esto para mí, sin embargo, creyente fiel como he sido de estar obligado a escuchar a viejo parlanchín, guardé en la memoria sus anécdotas y aun algunos de sus desenfrenos seniles. El abuelo de K nació y

creció cuando la cara política del capitalismo en Venezuela eran las dictaduras militares de derecha de Juan Vicente Gómez, primero, y de Marcos Pérez Jiménez, más tarde.

Desde 1958 en adelante, la democracia fue algo a lo que el viejo se acostumbró sin traumas de mayor envergadura. Que esto mío es Perogrullo dirá él, que verdad sabida es simpleza decirlo y tiene razón, lo apoyo y digo más, digo que vivir en libertad es atributo humano, es cosa que forma parte de los instintos más recónditos y «primitivos» de nuestra animalidad, de esa mezcolanza de las vísceras con el alma que nos hace gritar y brincar por la libertad y por el espacio individual que toda criatura humana reclama para crecer en sociedad. No obstante, cansado ya de vivir humanas repeticiones y con la autoridad que el «sentido común» y los años parecen dar a toda palabra dicha por viejo, el abuelo de K dirá que los seres humanos a todo se acostumbran y más si lo que sigue es anhelo de muchos.

Siendo que en este asunto soy quien gasta tinta sobre papel, sin palabras no podría quedarme, máxime si desde mediados del siglo veinte –sobre todo después de terminar la segunda guerra mundial– el mundo venía «decantándose» políticamente hacia la democracia, no siempre con

los mejores resultados, es cierto, pero el cambio no dejaba de ser prometedor, aun sabiendo que se trataba de parte del expediente político de Estados Unidos –como principal vencedor de la guerra– para diferenciarse económica y políticamente de la vieja URSS, para confrontarla y sacarle ventaja hasta contribuir a su desaparición ya en los estertores de la década del ochenta.

El capitalismo necesitaba cambiar su máscara política. Un rato soy dictadura, un rato soy democracia, alguien podría decir. Forma y figura pues, pero eso sí, sin confusiones posibles, siempre «políticamente correcto», siempre por la diestra. Las dictaduras pueden ser militares o civiles, según los vientos vengan más del norte, más del sur; según los pueblos exijan más, según regateen o negocien menos. Las democracias, más parlamentarias, más presidencialistas, han de guardar el ceremonial electoral que les da «nombre, vida y esencia», pero igualmente por derecha, siempre por derecha. Lo que interesa al capitalismo recae en la «ideología liberal», no en la democracia. Lo prueba la recurrencia de las dictaduras de derecha, dictaduras abocetadas y apuntaladas en todo el mundo por Estados Unidos hasta que ya no les son útiles; por empresarios y gobernantes estadunidenses, que es

como decir lo mismo. Fue el caso del general Pérez Jiménez en Venezuela, según me insistía Antonio Soto, viejo profesor en mi paso por la facultad, más tarde compañero de la mesa 15 en la fuente de soda Irama.

Pero me pregunto, porque hay que preguntárselo, porque hay que responderlo, ¿qué hay en el tránsito cotidiano –político y económico– entre dictadura y democracia?, ¿qué liga los pensamientos y las acciones del hombre con la dictadura hoy, con la democracia mañana, con la dictadura pasado mañana?, y así, interminablemente, mientras sea útil y necesario. Las más de las veces, el cambio de la corbata política es para el capitalismo asunto nada más que accesorio, cosa de relaciones públicas y de marketing, cambio de «imagen corporativa» y de cultura organizacional: «reingeniería empresarial» también le llaman los entendidos. Los aires que mudan el rostro de la «empresa» son algo así como rejuvenecimiento acompasado, una moda que viene y va sin alterar esencias ni trascendencias.

Dictadura, democracia; anverso, reverso. Nada irreconciliable media entre ellas, siendo como son personal de servicio de un mismo patrón. Empleados llegan, empleados se van; los que

se van a veces regresan. Algunos, como era del común en los tiempos del abuelo de K, se quedan para siempre, hasta morirse; la empresa y sus patronos también permanecían incólumes, eternos. En el mundo que conocemos lo invariable es el capitalismo, al que más de una vez llamaremos «el sistema», y no tanto para ponernos a derecho con la «literatura especializada» como para dar rienda suelta al enseñoramiento del sinónimo en lengua escrita. Los cambios, si pocos, si muchos, son digeridos con prontitud por «el sistema» siempre que sean políticos y decir políticos es como decir aparentes, a veces artificiales, en ocasiones inexistentes.

Forma y figura, pues, y me repito, el mismo viento en un ciclo sin fin. La democracia no resuelve los problemas que genera el capitalismo; la democracia es únicamente y por siempre su ropaje político más prometedor. Las desigualdades económicas en dictadura son las desigualdades económicas en democracia; hambrunas del barrio y hambrientos seguirán existiendo. Causa sencilla: no son problema de diseño político. Son, con mucho, con todo, prerrequisito de arquitectura financiera, de operatividad económica y productiva, y por qué no, parte añeja y centenaria del decoro del capital.

Lo que realmente cambia es la ficción, la sensación de libertad y de búsqueda de oportunidades que «antes» no había, y esto se debe a que mientras la democracia permanezca amarrada a las paredes del capitalismo, la democracia servirá apenas como fábula de disputa «civilizada y moderna» para mejor resolver los problemas a no resolver. Lo que me interesa entonces es lo que sostiene toda esta entelequia moderna de las formas políticas y del fondo económico, y esto es, al tiempo, la ficción misma: la ideología.

Los académicos –siempre los académicos en su útil hacer nada– repiten, palabras más, palabras menos, como si de copistas se tratara, que la ideología es conjunto o sistema de ideas que garantizan y conservan el funcionamiento de un orden económico, político y sociocultural. Siempre con más palabras de las necesarias, hablan de conceptos, razonamientos, lugares comunes y discursos; visiones, versiones y concepciones del mundo, argumentos, sentido común, juicios y prejuicios, mitos, verdades, creencias, dogmas religiosos y científicos que tiene un colectivo, un partido político, una comunidad académica o escuela científica, un movimiento social, religioso o político, una clase social o un pueblo.

Cuidados con la academia no están de más. Colectivo uniforme y eficientemente ideologizado, la academia es sujeto de crítica permanente.Verse en sus linderos con miradas vagas es cosa de cautela; mirarla como miramos al mentiroso incorregible que nos jura una vez y la otra que ya no miente, es resabio de viejo receloso, como lo diría el abuelo de K, como él lo haría. Para curarnos en salud, lo mejor es dudar de definiciones crepusculares y poner en movimiento el mazo de la ciencia.

Lo que viene pues, prontamente, sin demora, es golpe y porrazo, que no otra cosa es la ciencia o al menos así es como la voy asumiendo. Como catequesis bien aprendida –aunque sin las comillas de santo rigor– recuerdo lo que Luis Vargas dice en La ciencia en Marx: la ciencia es destructiva, corrosiva; el trabajo del científico consiste en destruir el conocimiento habido para producir conocimiento recién llegado, no por moda ni por el solo morbo de hacer ni de obedecer, sino porque de otra manera el conocimiento se enmohece mientras la realidad sigue su cauce irrefrenable hacia ninguna parte, hacia alguna parte.

Se pasa sin misericordia, sin remordimiento, de lo viejo a lo nuevo.Y dados a lo que nos ocupa, el

afán nos lleva a disponer de todos los sentidos al ocuparnos del asunto de la ideología para –si acaso a eso es posible llegar en algo tan contradictorio como lo es la naturaleza humana– contribuir con su destrucción, con la destrucción de la ideología. Si tan solo entreverla es ya tarea pública afanosa, en ocasiones ingrata, imagine usted lo que implica llamarla con nombre y apellido, algo así como «ideología capitalista liberal de derecha», «ideología socialista marxista de izquierda».

Mientras esto transcribo los primeros días de enero, llega mensaje nuevo a mi gmail, según puedo ver en mi viejo monitor AOC de veinticuatro pulgadas que mucho espacio ocupa en mi mesa de trabajo y que mucho me recuerda, no se crea, a los televisores de «tubos al vacío» que miraba, empedernido, enardecido, hasta principio de los años ochenta. Se trata de una respuesta a algo que había publicado en Rebelión tiempo atrás.

Antes de incluir esa respuesta se me hace conveniente reproducir la publicación en cuestión, y que en su momento escribí con el propósito de deslindar fronteras conceptuales tan engorrosas, tan caprichosas y maltratadas, pero sobre todo para recordar que «izquierda y derecha» son conceptos

vigentes, son ideas y prácticas económicas y sociopolíticas que no han perdido correlato real, y no únicamente fantasías o fósiles políticos y económicos de los tiempos del abuelo de K, como mi buen amigo ahora pretende.

La derecha invisible

Ya estoy más viejo que joven. La aclaratoria es urgente para ofender menos o nada. Lo digo porque la tendencia de los viejos es emigrar hacia la derecha. Esta es la tesis, no la central sino la secundaria pero la estoy mencionando primero y eso también hay que aclararlo.

Saramago –sentencioso pero bien hablado– pontifica que cuando los izquierdistas van hacia el centro es porque caminan en realidad hacia la derecha (y tenemos que dejar dicho que tratándose de él, de Saramago, pues mucho es lo que parece saber de lo que habla). Que alguien considere, en cualquier caso, que ir hacia la derecha es síntoma de evolución o de retroceso, de involución o progreso; que sea más o menos despreciable, dignificante o

envilecedor, pues ya eso es otra cosa y como dice Sergio Ramírez en Adiós muchachos, en los gustos también se manifiesta la libertad. En los gustos y en la imaginación, acierta el nicaragüense.

Yo soy de izquierda, siempre lo he sido, por convicción, por formación y hasta por uso electoral. Los izquierdistas tenemos la mala costumbre de andarlo gritando. Nos confesamos, nos acusamos como si de un peso se tratara. Esto –y ahora soy quien sentencia– es un ritual ciudadano, un gesto ético, un hecho rebelde de jóvenes y de viejos; de recién llegados a la vida o a la izquierda; pero también de quienes van ya de salida de este mundo, como los escritores José Saramago y Mario Benedetti, como el filósofo Gianni Vattimo y los sociólogos Atilio Boron y James Petras, permanentes críticos como son de la economía y la política en América Latina y el mundo, y de la política exterior de Estados Unidos.

Pero también los hay jóvenes como Rosa Noriega, Fidel Madroñero, Eric Sáenz, Nelson López y Carlos Aranguren, estudiantes de la facultad; todos con las hormonas en ebullición, instante tan propio de los veinte años que los lleva a gritar, una y otra vez, «yo soy de izquierda», como si de un distintivo se tratara,

dejando en ese momento esa mezcla de orgullo y de dignidad que resulta de correr el riesgo de la confesión política.

Lo que no es típico, lo que se acerca, novelescamente, categorialmente, a lo fantasmal gótico, a lo fantasmagórico, es que alguien se declare de derecha. Esa confesión no sale en televisión y lo sabemos, ¡lo que no sale en televisión no existe! Por ejemplo, los dirigentes de un joven partido político de la ciudad que tanta cámara agarran, día y noche, noche y día, no se reconocen en la derecha, aunque son de derecha, la extrema derecha, incluso; del mismo modo que son herederos y sucesores del viejo partido socialcristiano de derecha, tanto como los socialdemócratas.Todos caben en un solo paquete: la derecha. Pero no lo dicen, y menos mientras venden sus productos electorales, ni los de ayer ni los de hoy o mañana.

Lo que mi amigo K siempre me pregunta es ¿por qué afirmo que los activistas y simpatizantes de la derecha no se confiesan?, ¿por qué no se muestran esos derechistas, esos antiizquierda, esos conservadores-conformistas, esos anticambios, esos antitodo como usted los llama? Las respuestas son

múltiples, le respondí a mi viejo amigo, pero la más importante es la que me da el título: la derecha es invisible. Claro que nadie dice «yo soy de derecha», si hasta parece un insulto, un disparate, casi «autosuicidio» como dijera el «filósofo de Rubio», de derecha por cierto.

Pero suicidas no son, otra cosa quizá sí, le aclaro a

K. «Yo asumo» no es pronombre que se junte con verbo en la imaginación ni en los gustos ni en el lenguaje ni en la práctica política y gubernamental de los hombres –y de las mujeres– de derecha. Nadie en su sano juicio recorta distancias cuando se trata de siglos de hambre acumulada, de injusticia económica legitimada, institucionalizada, legalizada; de hambrunas que contrastan con la más exquisita opulencia aquí en la ciudad.

En BBC Mundo, en la Radio –canal de derecha como las grandes cadenas noticiosas que conocemos– hay un señor que me recuerda a K, pues se pregunta, con ese tono de buena gente de quien tan sólo quiere que le aclaren alguna duda, añeja al parecer: «¿por qué la izquierda siempre le echa la culpa de todo a la derecha?», pues porque la tiene le diría yo; porque si de culpas se trata, si de historia se trata, la derecha –económica y política,

religiosa, gubernamental y empresarial– es la que ha gobernado el mundo, la que ha producido más, la que más ha consumido y la que más se ha enriquecido en la mayor parte del tiempo y del espacio.

Ejemplo de un viejo exizquierdista que se mudó a la derecha es el de Sergio Ramírez. El escritor y exvicepresidente de Nicaragua fue de izquierda. Ya no lo es, ya desde hace rato él es de derecha, pero aún no lo sabe, y presumo no puede saberlo. Un hombre que comulga con el discurso «Lula y Bachelet son de izquierda», no puede saberlo ni serlo.

Recientemente, Sergio Ramírez estuvo de visita en la ciudad.Vino a hablar de las «Perspectivas de la izquierda en América Latina». Sensato y ético, apenas comenzó su conferencia aclaró que dada su condición de visitante, prefería no emitir juicios sobre la situación política en la ciudad, y del mismo modo no respondería preguntas al respecto, lo cual cumplió. A cambio prometió hablar de su experiencia en la ya mítica lucha sandinista contra los Somoza, de su pasantía como vicepresidente

de su país, y también de su pasión por la literatura. «Tengo más lectores que electores» aclaró que fue el argumento con el cual se convenció de salir de la política, para dedicarse de lleno a la literatura.

Sin embargo, la prensa de la ciudad dio muestras de cómo se comportan en general los medios de comunicación: un periodista publicó que Ramírez vino a hablar sobre cierta coyuntura electoral. Lo más importante de semejante embrollo es que el periodista intentó que el escritor lo hiciera en público, pero no lo hizo.Ya en privado, luego, Ramírez me hizo algún comentario sobre la política local, pero no es eso lo que viene al caso contar.

Por su parte, mientras todo sucedía, uno de los asistentes le preguntó a Ramírez la diferencia entre la izquierda europea y la latinoamericana. No le respondió. No quiso o simplemente no pudo. En lo que a mí respecta, no puede haber diferencia porque no hay nada que comparar; porque en Europa la izquierda no existe –no al menos como la conocemos en América Latina– y la derecha, que allá sí se confiesa, como José María Aznar y Jean-Marie Le Pen, pues ya sabemos que son la extrema derecha, como también lo son George Bush y su equipo elitista y «predestinado» por dios de

neoconservadores straussianos; al igual que Barack Obama y la lánguida izquierda demócrata que dizque lo acompaña.

Terminada la conferencia le dije a Ismael Rojas, quien antes había hecho la pregunta, que si eso que ha llegado al poder en Europa es izquierda, entonces Lula y Bachelet serían radicales, mientras Tabaré Vázquez, por su parte, no llegaría ni a «europeo». Fue en ese momento cuando se me ocurrió responderle a mi amigo Ismael –como decantando ideas– que la derecha es invisible.

Pero «¿por qué la derecha es invisible?», insiste en preguntar mi buen amigo K. Porque como dios, el hambre y las enfermedades, la derecha está en todas partes, en todo tiempo presente desde que el mundo es mundo. La derecha es invisible por cotidiana, por generalizada, casi absolutizada; por fingida, por simulada, por el solo hecho de no ser atacada ni elogiada con nombre y apellido en los grandes medios de comunicación, algo así como «los partidos políticos de derecha», «los grupos empresariales de derecha», «los fundamentalistas de derecha».

Eso se traduce en lo que alguien llamó la «invisibilidad de lo evidente», en dejar de ver –por saturación– lo que vemos todos los días. Así como en esos grandes medios son reiterados los conceptos «negro» e «izquierda», en sentido crítico y asociados a eventos cuestionables, reprochables; los conceptos «blanco» y «derecha» no existen. Difícilmente escucharemos que un hombre «blanco» pisó la luna o robó un banco o ganó el Nobel de la paz, o que los gobiernos «derechistas», «conservadores» y «neoliberales» de George W. Bush y Álvaro Uribe, de Barack Obama y Álvaro Uribe, redefinieron y ampliaron el Plan Colombia hasta México abarcando toda Centroamérica, con el interés político y geoestratégico de liberalizar el mercado laboral mediante la creación de un enclave centroamericano de empresas «maquiladoras»; y también redefinieron la puesta en escena de nuevas bases militares en Colombia para controlar a toda América del Sur vía aérea y terrestre, y en cuestión de minutos, pero sobre todo a Brasil, siendo como es el «Gigante del Sur» el verdadero rival económico de Estados Unidos en la región, y otro de sus potenciales aliados o enemigos políticos, según se muevan los tiempos.

Pero sí dicen las grandes cadenas noticiosas que fueron «negros» o «de color» los manifestantes que en Estados Unidos interrumpieron el tránsito terrestre; y de «izquierda», «radical», «fundamentalista» o «revolucionario» el gobierno latinoamericano responsable del aumento desmesurado de la inflación. Los blancos y los derechistas son invisibilizados –sin comillas tipográficas, sin confesiones ni acusaciones, sin énfasis gestual ni verbal– como para construir consenso acerca de su «normalidad» y lo construyen, lo logran; en cambio los negros e izquierdistas son destacados, subrayados, mortificados, machacados mediante un sistema publicitario coherente, permanente, sugerente y sugestivo, que en nada tiene apariencia de ser pagado.

«¿Por qué los viejos se derechizan?», me increpa mi viejo amigo, aunque lo hace como mirando para ninguna parte, como si quisiera decirme que no es a él a quien le interesa alguna respuesta. Según lo veo, le dije, lo hacen básicamente porque idealizaron la izquierda y sus posibilidades; quizá

porque no conocen en realidad la naturaleza humana, el alma; porque creyeron ciegamente, catequísticamente, que la utopía encarnaría durante su espacio-tiempo vital, no después; porque se decepcionaron, porque en el terreno de lo político vivieron más de sensaciones y de intuiciones que de realidades y desconocen, en definitiva, algo tan sencillo como que «para analizar lo político hay que pensar políticamente», no moralmente, no ética ni religiosamente. No, desde ningún punto de vista, a partir de la «filosofía política», con la cual se pretende decretar un futuro bienestar económico, político y moral, antes que estudiar la realidad como quiera que ésta haya sido.

Pero la causa fundamental de la derechización de quien en su juventud fue convulso revolucionario de universidad pública, es el bienestar alcanzado después de comenzar a percibir los ingresos que sustentan su nuevo estatus social. Como alguna vez me dijo mi buen amigo Antonio Soto, aquí puede producirse un sofisma: «si yo pude lograrlo, entonces cada quien puede y debe lograrlo».

Las palabras de Soto me recordaron una película de Will Smith,
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