Resumen: Multiples experiencias, iniciativas y políticas de comunicación popular actuales en Argentina encuentran un contexto favorable a partir de la discusión de la nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual.






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Título: La comunicación popular en Argentina. Releyendo clásicos de la comunicación latinoamericana desde la nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual.

Autor: Fernando Daniel Bustamante

Universidad de Málaga, Universidad Nacional de Salta.

chacotadelnorte@gmail.com, fbustamante@uma.es

Resumen: Multiples experiencias, iniciativas y políticas de comunicación popular actuales en Argentina encuentran un contexto favorable a partir de la discusión de la nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. En este trabajo se abreva en autores clásicos de los estudios de comunicación en América Latina para extraer aprendizajes y reflexiones en torno a las experiencias mencionadas.

Palabras Clave: Comunicación popular, lo popular, Argentina, América Latina
Este trabajo se escribió desde Argentina, en un nuevo y desafiante contexto para el campo de la comunicación, que se vincula con la movilización social en torno a la nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, en el que vuelve a hablar de comunicación popular, aunque con sentidos resquebrajados. Esa ligazón esgrimida entre la comunicación y lo popular entraña quizás la intuición de que allí, como una pequeña brasa en las muchas cenizas, reside el énfasis en la politicidad de la comunicación.

Se pretende aquí rastrear algunos aprendizajes que dejaron los estudios de comunicación en América Latina y su relación con lo popular, para los actuales procesos que se desarrollan en Argentina. Para ello planteamos los nudos temáticos comunicación y masas, comunicación-pueblo, comunicación/cultura, paradigma de las mediaciones y mediatización de la sociedad, oportunamente señalados por María Cristina Matai.
Comunicación y Masas

En este recorrido, uno de los autores que se constituye en una referencia insoslayable es Antonio Pasquali, a través de su libro Comunicación y cultura de masas. El aporte de Antonio Pasquali parte de la base de una profunda relación entre tipo de sociedad, saber y medios comunicantes (Pasquali, 1972, 42). Es sugerente el lugar central en el que pone a la comunicación en la dinámica social, y por lo tanto, como lugar de entrada a cualquier intento de transformación social. Sin embargo, Pasquali es enfático en una distinción, los medios masivos nunca pueden ser de comunicación, sino solo de información. La relación comunicacional –también llamada diálogo- solo puede existir cuando se da una dialéctica entre dos polos transmisores y receptores a la vez, “en una relación biunívoca del tipo del con-saber” (Pasquali, 1972, 43), donde ese con-saber es lo constitutivo de lo social, y se construye por síntesis entre los polos de la relación (Pasquali, 1972, 57). Es decir que ambos polos participan en la construcción del con-saber, y por lo tanto de lo social común.

La información, por el contrario, supone al receptor como un objeto, que solo recibe un sentido intacto, tal como salió del transmisor. Es un discurso unilateral, una notificación, donde una parte niega a la otra. Está en la lógica de los medios de información de masas, mandar a callar (Pasquali, 1972, 58), porque desaparecen las posibilidades materiales de responder en pie de igualdad. Esto conduce a la frustración y represión colectiva (Pasquali, 1972, 61).

Aún hoy retomamos en nuestras prácticas de comunicación popular con grupos comunitarios esta distinción establecida por Pasquali entre información y comunicación. Estas definiciones, que están en profunda coincidencia con los planteos de Paulo Freire, todavía hoy logran hacer síntesis de la relación entre comunicación y poder, como un cruce fundamental a la hora de construir experiencias comunitarias. Digo todavía hoy como un reconocimiento del contexto de la comunicación en América Latina en el que se produjeron estas ideas. Me refiero al contexto en el que el concepto de dominación, posteriormente discutido y matizado, era predominante.

Volviendo a Pasquali, la intensión de sus reflexiones era aportar a la subversión del orden de los medios dominantes, que los intelectuales debían motorizar. Mientras tanto, las prácticas de comunicación comunitaria -que retoman sus conceptos- consistían en muchos casos en el énfasis en la comunicación interpersonal o local.

¿Qué es lo que resuena de los planteos de Pasquali cuando en la actualidad se habla de comunicación popular? ¿La subversión del sistema de medios predominante? ¿La búsqueda de modelos horizontales de comunicación? En primer lugar, desde entonces, las experiencias históricas han establecido que la dominación no necesariamente desaparece luego de un proceso revolucionario, con la toma de espacios de poder por nuevos actores revolucionarios, oprimidos o subalternos. Esperar que de allí surjan modelos horizontales de comunicación de por sí, parece, cuando menos, una idealización. Además, no parece posible hacer desaparecer los medios masivos por el hecho de encarnar una estructura autoritaria, como decía Pasquali. Tampoco parece estar en la voluntad de los actores transformadores actuales. Por lo tanto, subvertir el sistema de medios establecido debe entenderse, a mi modo de ver, en términos de establecer lógicas de producción y formas de apropiación de las audiencias que encarnen la superación de la comunicación como mercancía, a favor de la comunicación como derecho. Y eso no puede ser tarea solo de intelectuales, como proponía Pasquali, que en América Latina históricamente han corrido detrás de las prácticas populares de comunicación.

Este es el primer rasgo que quiero señalar, para tener presente quienes habitamos las actuales evocaciones de la comunicación popular.

Alicia Entel y otros autores, en su texto “La Escuela de Frankfurt en América Latina”, señalan que tanto Antonio Pasquali como Heriberto Muraro fueron dos de los lectores de la Escuela de Frankfurt en América Latina. Sin embargo, sus trabajos no pueden asimilarse a otros del marxismo más ortodoxo e incluso economicista, a los que se llamaron estudios “denuncistas” de la comunicación.

Heriberto Muraro retomaba tesis de la Escuela de Frankfurt, pero a diferencia de los autores alemanes, pretendió contrastarlas con investigación empírica. En el tercer capítulo de su libro Neocapitalismo y comunicación de masa, publicado en 1974, contrastaba las tesis de Marcuse con investigaciones de Lazarsfeld (Entel y otros, 1999). Esta decisión epistemológica y metodológica constituye un gran salto respecto de los trabajos de Frankfurt, en los cuales puede interpretarse un rechazo por el empirismo. Esa opción de Muraro por la contrastación supone que está implícita la posibilidad de que se den condiciones en las cuales la manipulación no logra su cometido. De hecho, la conclusión de Muraro sostiene que la manipulación no se logra cuando se topa con organizaciones populares. En esta misma línea van estudios de Michèle Mattelart y Mabel Piccini sobre la recepción de telenovelas en sectores populares, entendida como posibilidad de actos cotidianos de resistencia, ligada a la organización popularii (Vinelli, 2006).

Pero volviendo a Muraro, el autor discute que los medios sean los únicos que realizan la “dominación neocapitalista”, siendo necesarios para la unidad del sistema, además, el aparato de represión física y el de distribución de los beneficios económicos de la explotación del trabajo (Entel, 1999: p.6).

Si bien, según Entel, es reduccionista la interpretación de Muraro sobre Marcuse, Muraro abre el camino para los estudios sobre economía política de la comunicación. En Neocapitalismo y comunicación de masas, Muraro retoma la cuestión de la manipulación del receptor. La propuesta teórica de Muraro consistía en construir “una teoría histórica de los medios de comunicación de masa que nos permita explicar de manera sistemática en qué condiciones los hombres son convencidos (…) y en qué condiciones logran escapar a las demandas (de los medios)” (citado en Grimson y Varela, 2002). La teoría de la manipulación falla, para Muraro, en dos aspectos: confunde el público con una masa informe, y por otro lado, pierde de vista que los sujetos manipulados tienen muchas veces intereses convergentes con los de los monopolios de comunicación.

Esta conclusión lo coloca como antecedente de los estudios de recepción. Para él, es necesario explicar los hábitos de los sujetos, no en los medios de comunicación, sino en la estructura más profunda de la sociedad capitalista. Los sentidos que emergen de la recepción de mensajes mediáticos se relacionan a la posición en la estructura social que se ocupa y a una dimensión ideológica. Las conclusiones de Muraro en torno al rol parcial de los medios de comunicación masiva para la dominación, fueron muchas veces olvidadas en las miradas comunicacionales posteriores, ya sea para postular el poder absoluto de la ideología dominante, ya sea en la creencia de que en los proyectos de comunicación popular residía la clave de la “liberación”. A la revisión de esto último se llegó con la derrota de los movimientos populares de los años 80 (Bruno y Uranga, 2001). Si Muraro sostuvo el rol parcial pero complementario de la comunicación masiva en un sistema de dominación, en la actualidad argentina, esto ha sido dramáticamente puesto en la escena pública por juicios contra crímenes de lesa humanidad, donde se revela la relación material entre dictadura y consolidación mediática monopólica. Los procesos sociales y políticos detrás de lo que hoy se nombra como comunicación popular en Argentina reconocen implícitamente la materialidad de la relación entre la comunicación y el resto de las áreas del sistema social al postular, por ejemplo, que el fortalecimiento democrático debe tener correlato en la democratización de la comunicación. Sin embargo, masivamente hablando, la experiencia cotidiana de los sujetos apenas si comienza a cambiar, quizás más como condición de posibilidad que como experiencia concreta, a partir de la percepción de descrédito de las empresas mediáticas establecidas. Sin embargo, aunque no tenemos espacio aquí para desarrollarlo, es importante considerar, con Muraro, la posibilidad de coincidencia de intereses entre los receptores y los medios masivos de comunicación.

Comunicación - Pueblo

El nudo comunicación-pueblo remite a un momento que le da carácter específico a los estudios de comunicación en América Latina.

Juan Carlos Portantiero se refirió a la “desviación latinoamericana”, y la definió como la particularidad de los procesos de constitución de los sectores populares como pueblo. Esto se dio por procesos de participación política, pero no debido al desarrollo de organización autónoma de clase, sino debido a la crisis política estatal, en la que los sectores populares tuvieron un rol equilibrador. Esto obliga a replantear las concepciones desvalorizadoras de los populismos como procesos estatales, y considerarlos como “experiencias de clase (…) que les otorgó ciudadanía” (Portantiero, citado en Martin Barbero, 1987).

Los llamados populismos, como modelos de procesos políticos originales de la región, tienen su correlato de originalidad en los estudios de comunicación que reconocen en lo popular el espacio desde donde producir conocimientos, impulsados por Jesús Martin Barbero. Paradójicamente, al final de esta década, entrará en declive junto con los movimientos populares latinoamericanos, la denominación de pueblo, y la de comunicación popular, esta última entendida como la comunicación asociada a un proyecto político de los sectores populares.

Grimson y Varela señalan que el hito que constituyó el Seminario de CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales) Comunicación y Culturas Populares, en 1982, a la vuelta de los procesos dictatoriales latinoamericanos, reedita la importancia de la instancia pueblo como preocupación de la época. Para los autores, durante la década del ochenta, algunos debates, como aquel en torno a la manipulación, pierden importanciaiii, pero los planteos de Muraro se adelantan a dicha década, en la cual la discusión teórica sobre el rol del receptor implica muchas veces la discusión política sobre el lugar de lo popular. La capacidad de los receptores para desviar o invertir el sentido de los mensajes mediáticos fue interpretada como un espacio de poder de la cultura popular. Los estudios de recepción, en algunas de sus versiones, constituyeron un espacio donde reponer el conflicto social.

En este momento, aparece como una figura central, Jesús Martín Barbero quien había propuesto -y a mi entender sigue siendo necesario, aunque no del mismo modo- atender a la comunicación desde lo popular (Martín Barbero, 1987). En la década de los ochenta, a la vuelta de las dictaduras latinoamericanas y con el repliegue de los movimientos populares y las izquierdas regionales, quedaba abonado el terreno para un revival positivista que propuso recortar las zonas problemáticas del campo de la comunicación y despojarse del “lastre ideológico”. El paradigma informacional se planteaba como una teoría que permitía delimitar y avanzar, dejando de lado preguntas y demandas sociales debido a las dificultades epistemológicas y metodológicas que estas planteaban. Y donde la coherencia analítica se convirtió en justificación para tomar distancia del conflicto.

La contrapropuesta de Martín Barbero parte de que en América Latina existen una serie de diversas prácticas sociales de comunicación, que se articulan con espacios políticos, estéticos, religiosos, etc., a través de las cuales sectores populares expresan muchas veces réplicas. Estas prácticas desbordan los medios de comunicación masiva e impiden el recorte del campo desde la teoría. Hay vastos ejemplos de cómo las prácticas y experiencias de comunicación popular, en América Latina, antecedieron la reflexión teórica, llamaron su atención, la fecundaron. Martín Barbero propone pensar desde allí la comunicación, de forma de invalidar la linealidad del modelo informacional y las limitaciones de muchos análisis políticos, que restringen lo político a lo partidario y que desestiman lo que hoy podemos llamar la construcción de ciudadanía (Martín Barbero, 1987).

En ese sentido, Martin Barbero señala que la recuperación de la historia popular pasa por la relación de las prácticas comunicativas con los movimientos sociales, que es el modo en que lo popular se inscribe en el análisis de los procesos culturales, pero discutiendo tanto la idea de lo popular como industria cultural, así como lo popular en tanto lo inmediatamente politizado.

Uno de los trabajos salientes de aquel seminario de CLACSO fue la intervención de Nestor García Canclini, que llevó el título “¿De qué estamos hablando cuando hablamos de lo popular?”. La pertinencia de este trabajo consiste en hacerse cargo del componente de conflictividad política que supone lo popular, con el aporte adicional de procesar teórica y metodológicamente las reconfiguraciones que el campo de lo popular experimentaba en la época.

García Canclini señala tres tipos de razones para un renovado interés en lo popular en la década de los ochenta: Socioeconómicas, políticas y de las ciencias sociales. Por razones de interés y de espacio, tomaremos solo las segundas. Entre las razones políticas, rescata el interés en organizaciones políticas por comprender las derrotas y los consecuentes replanteos de sus concepciones clientelistas y economicistas sobre procesos ideológicos de las masas; pero también la pregunta por el comportamiento de todos los sectores populares -no ya solo el proletariado-, además de las razones no políticas que los movilizan políticamente.

En ese momento, los estudios que primero habían abundado en las denuncias de “imperialismo cultural”, y luego pasaron a descubrir en todas partes manifestaciones populares de “impugnación” y “contrahegemonía”, fueron siendo superados debido a nuevas formas de entender los procesos de consumo, comunicación y organización popular.

Es así que a partir del reconocimiento de que las organizaciones y militantes se desenvuelven en medio de las relaciones sociales y de poder que impone “el sistema” (García Canclini, 1987, 32) y participan de prácticas de consumo y disputan simbólicamente en espacios sexuales, barriales y culturales; la propuesta metodológica de García Canclini consiste en estudiar de manera relacionada las formas de hegemonía, las prácticas de consumo -como instancia de disputa por la apropiación de bienes- y las formas propias y condiciones en que se da la organización de los sectores populares.

En Argentina, quizás una de los hechos más auspiciosos en torno a la nueva Ley de SCA, radica en la movilización social generada en torno a su discusión, y, con su promulgación, la proliferación de expectativas de organizaciones sociales por ejercer prácticas comunicacionales. Esos procesos deberían articular experiencias populares adquiridas con reflexiones desarrolladas desde los estudios de comunicación, en un nuevo contexto abierto a la experimentación. A mi modo de ver, hay dos grandes aprendizajes de esta etapa: En primer lugar, que lo popular no es lo inmediatamente politizado, es decir, que la politicidad de lo popular radica en las culturas populares, y no ya en las instituciones políticas. Y en segundo lugar, que los proyectos político-culturales transformadores necesariamente establecerán diálogos y negociaciones con las prácticas de consumo y el individualismo en el que deberán moverse sus integrantes.
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