“Cuando en el balneario apareció Marisa por primera vez, yo comencé a experimentar la desazón, la zozobra y la dulzura del primer amor, un combate entre el dolor y el deseo”




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título“Cuando en el balneario apareció Marisa por primera vez, yo comencé a experimentar la desazón, la zozobra y la dulzura del primer amor, un combate entre el dolor y el deseo”
fecha de publicación31.12.2015
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Verás el cielo abierto Manuel Vicent



Verás el cielo abierto Manuel Vicent


TEMAS
. Los recuerdos, la memoria

. El tiempo (la rueda del tiempo, el paso de las estaciones)

. La vida

. La muerte

. La sensualidad

. La iniciación sexual

. El amor

. La libertad

. La religión

. La figura del padre

. La pasión por la lectura

. El oficio de escribir

. El arte de navegar

. La cocina y la gastronomía

. El Mediterráneo, el mar

De entre los temas recurrentes que aparecen en la obra Verás el cielo abierto de Manuel Vicent me gustaría comentar los que con frecuencia aparecen insistentemente en sus escritos. Son tópicos universales que el escritor tamiza con su suave melancolía para permitirnos entrar en nuestros propios recuerdos al tiempo que se descubre y se muestra con el único objeto de comprenderse mejor.

1. El amor
Es curioso comprobar que en Verás el cielo abierto las grandes pasiones son siempre platónicas. Como las que despertaba Amparín Ranch, una belleza de La Vilavella que tenía muchos enamorados en el pueblo y algunos en Valencia. Con los calores del verano, Amparín se bañaba en una alberca rodeada de limoneros y naranjos en un huerto cerrado que sus padres tenían en las afueras del pueblo. Allí, al otro lado de la tapia, y sin ver nada, un corro de jóvenes se agazapaban para oír las risas y los chapuzones e imaginar a Amparín en traje de baño. También surge Marisa, personaje importante en su Tranvía a la Malvarrosa, una niña de Valencia que pasaba los veranos en el pueblo de Vicent y a la que no duda en definir como “la niña de ojos verdes que había suplantado en mi corazón el amor a la Virgen”.
Ahora bien, el amor de Marisa, desde que se la presenta la hija menor de los Ranch, Rosamari, una tarde de domingo, supone el inicio de una esquizofrenia amorosa que se materializará unos años después cuando comienza a salir con ella, ya en Valencia, en la época de estudiante cuando residía en el colegio mayor Pío XII. “Cuando en el balneario apareció Marisa por primera vez, yo comencé a experimentar la desazón, la zozobra y la dulzura del primer amor, un combate entre el dolor y el deseo”. Según confiesa Vicent, “Marisa era la parte pura de la esquizofrenia en que yo me debatía” La parte oscura, las otras chicas a las que acompañaba ( y algo más) a los lugares propicios para los escarceos amorosos que conllevaba la edad.
Grandes amores sin el menor contacto carnal. ¿Quiere ello decir que Dante tenía razón?
(Recordemos que Dante, el gran precursor del dolce stil nuovo,-nombre que recibe la poesía en lengua vernácula en la Florencia del siglo XIII- asentó la base de un nuevo concepto del amor: el amor platónico sublime e idealista, pero que insinúa una elevada espiritualidad muy próxima al misticismo).
dolce stil nuovo (estilo poético aparecido en Italia, en Toscana, a finales del siglo XIII, heredero de la poesía de los trovadores provenzales y que veía el amor como una virtud que sólo podían experimentar las almas y corazones nobles y que suscitaba la belleza de la dama.”Amor y buen corazón son la misma cosa”, escribía Dante en su obra Vida nueva En esta obra Dante logra que su historia de amor con Beatriz se convierta en el factor de elevación espiritual que le conduce al paraíso, y que la figura de Beatriz sea la mediadora entre el mundo terrenal y celestial, entre la experiencia sensual del amor y la creación poética. Por cierto que el acontecimiento más importante de la juventud de Dante Alighieri, según su propio testimonio, fue conocer, en el año 1274, a Beatriz, la mujer a quien amó y a la que exaltó como símbolo supremo de la gracia divina, primero en la Vida nueva y, más tarde, en su obra maestra, la Divina Comedia.

Los especialistas han identificado a Bice di Folco como la noble florentina Bice di Folco Portinari, que murió en 1290, con apenas 20 años. Dante sólo la vio en tres ocasiones y nunca habló con ella, pero eso fue suficiente para que se convirtiera en la musa inspiradora de casi toda su obra. Encarta, 2006)
¿Quiere ello decir que Dante tenía razón?
Por supuesto. Dante en babuchas preguntando a Beatriz qué hay de cena, imagínate el panorama. A no ser que Beatriz fuera una cocinera como la Nicolasa. La literatura amorosa es producto de la frustración, de la imposibilidad, de un sueño, de la timidez, de la impotencia. Por aquellos chapuzones de la adolescente de oro oídos desde detrás de una tapia inalcanzable se puede dar la vida desde el punto de vista literario. Los amores vulgares también se vuelven dorados cuando los has perdido y el tiempo ha caído sobre ellos y los recuerdas, a ser posible borracho, estribado en una barra de bar contándolos a un camarero imperturbable”.
Para terminar este tópico inagotable en la obra de Vicent una reflexión que propone el autor de este libro hecho como él afirma “con material de derribo” y que le viene a la mente después de la renuncia para siempre a Marisa como un ideal inalcanzable: “Fue mi primer amor y a medida que me fui haciendo adulto se multiplicó en las mujeres que amé, porque el amor es lo eterno y no lo amado. Un día escribí su historia, llamada Tranvía a la Malvarrosa”.
2. La muerte

Bueno, la muerte es un tema literario de primera clase, si se administra bien. Es el misterio por excelencia. Cuando llega, tú ya no estás. Y mientras no llega, aún estás vivo”.

Así se expresaba Vicent en una entrevista con motivo de la presentación de su novela.
En este relato, el misterio es fundamental. Creo que la muerte está tratada, con ternura, con cierta ironía y en tono sentimental. Desde la primera que aparece en el libro, la de su abuela Ventura, que murió antes de que el doctor que la visitó en La Vilavella llegara a Valencia, la de su tío Manuel, que ante las preguntas de Vicent en su agonía sólo pudo acordarse de cuando partían aceitunas juntos a mitad de septiembre, la de su madre, cuando estaba en la “mili” y hubo de regresar precipitadamente a su entierro desde Málaga.”Murió con tu nombre en los labios”, le dijo su hermano José María. Impactante el relato del entierro, el viático de primera clase. Confiesa Vicent que durante mucho tiempo convivió con el trauma de que su muerte fuera debida al dolor que le había causado el que él no hubiera dedicado su vida a cumplir los deseos de su padre. Aunque la llamada que le hizo su madre en el umbral de la muerte la interpretase como si hubiera querido decirle todo lo que calló en vida, que lo quería, que aunque no lo había acariciado nunca, aunque nunca le diera un beso, aunque sólo tuviera ojos para su padre, le quería.

Más tarde la de su padre, muerto en 1982, los momentos que pasa junto a él, solo, en su lecho de muerte. Su padre , de moral católica estricta, autoritario pero honrado, expira ante él y éste piensa en esos momentos mientras contempla su respiración entrecortada que “El placer y el dolor tienen el mismo sonido, la risa y el llanto dibujan en el rostro el mismo gesto, la vida y la muerte, unidas por el mismo sudor, forman parte de la misma ficción”

En esos momentos experimenta una sensación, un sentimiento de ternura y de amor hacia su padre: “Tal vez había quemado inútilmente su vida en la hoguera de la fe, me había inoculado el sentido de la culpa, no había sido capaz de manifestar ningún afecto hacia mí, pero lo quería”.

Por último imagina su propia muerte
Para entender un poco su posición, volvemos a las últimas páginas del libro donde se lee: Nada envejece tanto como ser un fugitivo: huir de uno mismo cuando te persigue por dentro la enfermedad, renunciar a un amor por no causar daño a otros. Toda deserción deja en el rostro unas huellas muy marcadas. (hacer referencia al artículo de Alfons Cervera sobre la crítica que hace al libro)
Y continúa: ¿Puede este verano feliz, con las pasiones neutralizadas, devolver el brillo a los ojos, el esplendor a la piel y las entereza a mi ánimo?

En medio de la gloria del mediodía, este verano me he visto a mí mismo huyendo hacia el fondo de un paisaje de muertos en cuyo horizonte se extendía una muralla muy difícil de saltar por muy larga que fuera la tarde. (...) ¿Cuántos años me quedan de vida? Sin duda morir también será para mí dejar de escribir. La muerte son todas las renuncias y las derrotas que he sufrido. A estas alturas sólo la edad es la enfermedad crónica que me llevará al fondo de esta agua azules que ahora navego.

(...) Aprendí leyendo a Marco Aurelio que la vida consiste en ir muriendo y sólo se alcanza la sabiduría cuando uno incorpora la muerte a los placeres de cada día.

El sentido hedonista de su existencia. Vicent siempre a favor del placer.

Escuchen una pregunta y su respuesta en una entrevista a este respecto:
Para mí ese hedonismo que destilan muchas de sus columnas es una respuesta sabia: tu paz personal es la mejor garantía de tranquilidad para tu vecino.
El hedonismo es el resultado de una conquista. Ver la vida desde su lado placentero es un ejercicio ejemplar, la forma más moderna de proselitismo* contra la violencia y la muerte.

(*) Celo en ganar partidarios
Algunas citas Sobre la muerte Manuel Vicent
De momento la inmortalidad sólo la han conseguido el plástico biodegradable y las prótesis que se llevan los muertos a las tumbas.


Las desgracias ajenas pueden incluso desarrollar nuestras lágrimas, pero en el fondo ayudan a soportar el infortunio que todo el mundo arrastra, y aunque la castástrofe de otros despierta nuestra compasión, también nos provoca una secreta alegría morbosa por habernos librado esta vez.


Siempre he soñado que una manera elegante de acabar con este baile sería sentarse en una mecedora blanca con un sombrero de paja junto al Mediterráneo y guardar un silencio definitivo durante muchos años mirando el horizonte sin mover una pestaña.


Vamos a estar tanto tiempo muertos que no hay por qué precipitarse.



Y ahora toda una declaración de vida que hace Vicent:

Sé perfectamente que el día en que me muera no echaré de menos los grandes acontecimientos que pude haber vivido, sino el perfume del café con tostadas y algunas pequeñas sensaciones, por ejemplo, estirar la pierna hacia el lado fresco de la sábana en las madrugadas de primavera cuando cantaba el mirlo en el jardín. Si me da un poco de pereza morir es porque ya no podré ir por las mañanas a comprar el periódico ni contemplar de camino en la parada del autobús los rostros frescos de las adolescentes que tienen aún todo el amor por delante. Mi lucha por la existencia consiste en que a la hora del desayuno sea mucho más importante el aroma del café que las catástrofes que leo en el periódico abierto junto a las tostadas. También es muy placentero llamar por teléfono a algún amigo a media mañana para que te cuente los últimos rumores. Por un lado está la Crítica de la razón pura, de Kant, y por otro están los chismes. Supongo que los chismes de las tertulias será lo último que uno recuerde con una marca más indeleble que cualquier filosofía, y junto a ello estará la suavidad de un paseo vespertino, algunas puestas de sol, las lecturas de noche en la cama con la amorosa luz de la mesilla. Quisiera saber qué hace llorar a los moribundos más sabios. Sin duda, sus lágrimas no se deben a los triunfos que consiguieron ni a las grandes tragedias que soportaron sino a los sencillos placeres que experimentaron, a la gente buena que conocieron, a los alimentos que degustaron con parsimonia entre amigos. ¿Qué es la muerte? Tal vez la muerte consiste en no tomar ya más un cruasán crujiente con el café por las mañanas junto al ventanal ni enterarse ya nunca jamás de los resultados del Campeonato de Liga cada domingo. Al final de todas las religiones y filosofías, en medio de tantos dioses, héroes y sueños, resulta que la vida no es sino un conjunto de chismes y un nudo de aromas, una pequeña costumbre cuyos pilares tan sólidos son de humo y salen de ciertas tazas frente a las cuales uno ha sido feliz.

3. La gastronomía
Los olores son básicos en toda la literatura de Vicent, asociados con la tierra y sobre todo con la comida, otro elemento esencial en sus obras. En Verás el cielo abierto hay todo un compendio de sabiduría culinaria rural, desde las aceitunas amargas sazonadas con tomillo, ajedrea, limón y ajos machacados que preparaba su tío Manuel con un ritual que rayaba en lo sagrado, hasta recetas sencillas y sabrosas. (“También he tomado unas patatas y tomates al horno que sobraron de ayer. Las preparé yo mismo según una vieja receta de mi tía Pura. Pelé las patatas, las lavé enteras y las corté en rodajas de medio centímetro; después lavé los tomates, los corté también en rodajas y les quité las semillas. Unté con aceite de oliva una cazuela de barro y en ella coloqué una capa de patatas y otra de tomates, puse sal y pimienta, añadí orégano y albahaca y lo regué todo con aceite hasta que se acabaron los ingredientes y puse la cazuela al horno a 165 grados durante una hora”). Sabores que son el fundamento de la melancolía de los sentidos, ese estado de ánimo desde el que parece surgir este relato literario.

Si al escritor le bastan una sardina y un tomate compartidos con los amigos para ahuyentar a la tristeza, otra fórmula infalible es darse un paseo por el Mercado Central de Valencia: 8.000 metros cuadrados construidos en los años veinte del pasado siglo, joya modernista en plena restauración y con todo tipo de ofertas en frutas, verduras, pescados y carnes, servidos por unas espléndidas damas que ofrecen los pepinos con la pícara sensualidad que estimula su forma: “Cariño, mira qué duro está”, mientras lo acaricia con delectación. Sus cúpulas, vidrios y columnas son un sinónimo de las catedrales. Es el gran templo de la sensualidad, de los olores y sabores, coronado por una veleta con una gran cotorra, al lado de la iglesia coronada por el famoso pardalot, el águila de San Juan, frente a la maravillosa Lonja con sus columnas de estrías en espiral o en rosca a las que tanto debe el afamado Calatrava, dueño y señor de las nuevas edificaciones, alguna de las cuales –como el recientísimo Palau de les Arts– es de una notable fealdad, prepotente y desmesurado.
Contemplando esos puestos con la fruta brillante, limpia, perfectamente ordenada; esos colores auténticamente fauves, salvajes; los penetrantes olores, los delantales almidonados de las fruteras…, y dejándose llevar por tanta sensualidad natural se comprende la permanente fascinación del escritor por su tierra y sus gentes.
En un momento del relato (p.107) puede leerse:
Con gran sentido del humor, mi psicólogo me ha pedido la receta del arroz caldoso con pollo y alcachofas. La incluyo en este informe para que no se me olvide que estoy todavía a favor del placer. Se pone el aceite en una cazuela de barro y, cuando esté bien caliente, se sofríe la carne hasta que esté bien dorada y seguidamente se añade el tomate limpio, pelado y picado, que también se sofríe. A continuación se añade el agua, la sal y el azafrán. Cuando rompe el hervor, se añaden el arroz, los guisantes y las alcachofas, troceadas y pasadas con limón para que no se ennegrezcan; se rectifica de sal y en dieciocho minutos el arroz está listo. Como su nombre indica, este arroz tiene que quedar caldoso”.
Resulta curiosa la fe en el psicoanálisis, en la ayuda ajena. ¿Cree de verdad en su eficacia?- le pregunta el periodista.
No se trata de la ayuda ajena, sino de estar tumbado ante un señor al que tienes que pagar y oírte decir en voz alta tus obsesiones, manías, neurosis. Hasta ese momento te lo oías contar a ti mismo a través del tabique craneal con el susurro subacuático que es la conciencia. Ahora es tu voz que rebota entre las paredes y vuelve a ti como la de un desconocido y penetra por el pabellón auricular. De pronto entiendes que lo que le pasa a ese tipo que eres tú no es tan importante como creías y entonces ves volar las mucosas por el espacio y las reconoces. Sales de la consulta como de joven salías del gimnasio o del campo de deporte recién duchado y con los poros abiertos dando caladas a un cigarrillo cuyo humo te llegaba hasta el fondo de las patas”.


En una entrevista digital realizada en El País en noviembre de 2006, unos internautas preguntan a Vicent:
Una curiosidad personal: ¿Escribió "Verás el cielo abierto" por recomendación de su psicoanalista?
Por mi propio psicoanalista que es mi perro.
¿Piensa que realmente es una buena forma de hacer una autobiografía realizar un recorrido por todo lo que ha ingerido a lo largo de su vida? ¿Somos lo que comemos? Mañana mismo busco su libro. Un saludo.
En efecto, somos lo que comemos y también en compañía de quienes lo hacemos
Sr. Vicent, ¿qué sería lo que más le dolería que le prohibiese el médico comer?
Una tostada con aceite virgen extra de oliva.

“Gozar de la sucesión de los presentes- decía- Camus- es el Ideal del absurdo”.
Por cierto escuchad lo que sabe Vicent de este exquisito y tradicional bocado

La coca del faraón

La rebanada de pan con aceite es el alimento más primitivo y terrestre de nuestra cultura. En Denia suelo tomar uno de sus derivados, que he bautizado con el nombre de coca del faraón. Sus ingredientes son humildes y esenciales: harina de trigo amasada con aceite de oliva y sal, con una austerísima anchoa o sardina encima y puesta al horno de leña de monte, con espinos, zarzas y aliagas, que la dejan perfumada de fuego silvestre. Esta vianda tiene más de tres mil años de antigüedad. Está pintada en las paredes de las mastabas de Menfis y de otras tumbas en el Valle de los Reyes en tiempos de Ramsés II y también apareció petrificada dentro de una copa de oro del tesoro de Tutankamón. ¿Qué más se necesita para comerla con absoluta devoción? […]

¿Cuál es la manera más eficiente para acabar con la hambre mundial?

Cuando la solidaridad sea rentable.
Cuando acabar con el hambre genere beneficios económicos a los países ricos
Ya que tengo esta estupenda oportunidad me gustaría preguntarle qué es para usted el amor como persona y como escritor. ¿Se puede concebir el amor sin dolor?
Como persona es lo más parecido a un encantamiento. Como escritor, es un mar difícil de navegar, porque uno puede hacer el ridículo en cuanto baja la guardia. El amor sin dolor no existe, porque solamente se ama lo que no se posee del todo.

En sus artículos y novelas defiende un punto de vista hedonista sobre la vida, sobre los placeres cotidianos como una especie de salvación o de freno a la locura. ¿Cree que en estos tiempos de uniformes en todas partes (en el pensamiento, en la palabra, en las obras), es todavía posible esa salvación?
Por supuesto, creo que todavía la columna más firme donde agarrarse sigue siendo un tarro de mermelada o la memoria de aquél potaje que guisaba la abuela.

Y ahora para terminar, dos columnas de Vicent

La cocina

MANUEL VICENT 25/05/2008

La buena cocina ha nacido de la escasez, incluso de la penuria, sin más aditivos que el hambre y la imaginación. Desde el paleolítico, las mujeres han permanecido siempre al pie de los fogones y han realizado el milagro de crear de la nada unos platos suculentos y variados. Pese a esto, apenas sí se recuerdan nombres de cocineras famosas en la historia. La alta cocina moderna ha invertido este prodigio. Ha convertido la abundancia de alimentos en nada. Puesto que ahora en el mercado hay de todo, el mérito está en hacer del exceso un arte conceptual. Gracias a este juego de manos algunos cocineros han alcanzado la celebridad de los más insignes artistas. Sus restaurantes parecen laboratorios de farmacia donde se elabora una comida basada en espumas y emulsiones muy propia para desdentados. En la puerta de esos restaurantes habría que colgar este cartel: "Prohibido entrar con hambre". Porque allí no se va a comer. Son centros de investigación de nuevos sabores y una vez sentado a la mesa lo más interesante es la forma en que el maître susurra los increíbles y metafóricos experimentos de la carta y la cara de alegría, de sorpresa o de idiota que pone el comensal sometido a ese banco de pruebas. Todo comenzó en los años setenta del siglo pasado cuando unos cocineros pedantes de Lyon se creyeron además literatos. Desde entonces las creaciones de la nueva cocina nunca han traspasado las paredes de los restaurantes. A ellos se accede como a un museo del paladar y no imagino a nadie comiendo una tortilla desestructurada o un sorbete de algas despechugado y gritando para que le pasen el porrón, mientras suena el acordeón bajo la parra en un banquete mediterráneo. En la Ciudad Prohibida de Pekín, cien cocineros comenzaban a preparar desde el amanecer para el emperador treinta bocados distintos servidos en platillos minúsculos, en los que se instalaba en cada uno un insólito sabor, hasta formar una sinfonía del gusto renovada todos los días. Nadie ha alcanzado nunca esta cima culinaria. De ese delirio deriva la nueva cocina cuya carta es un alarde de ciencia-ficción. Sólo que hoy el cocinero famoso es un monarca absoluto, tanto si da unas judías con chorizo muy populares como si ofrece raspas de sardinas caramelizadas de diseño.

Receta

MANUEL VICENT 06/07/2008

Fue en Shanghai, en el jardín del templo de Buda de Jade. A la sombra de un sicomoro estaba sentado un monje ciego casi centenario, que dada su avanzada edad parecía estar exonerado de las reglas del monasterio. En ese momento discurría por el claustro una recua de monjes rapados haciendo sonar una esquila. Hasta el jardín emergió poco después desde el recinto del altar el murmullo sincopado de su oración junto con el perfume de sándalo que los monjes quemaban bajo la inmensa barriga del Buda de Jade. Al ver a aquel anciano solo no resistí la tentación de aprovecharme un poco de su sabiduría. Me acerqué. Tal vez por el olfato el monje ciego supo que tenía delante a un neófito lleno de traumas occidentales. Le pedí a la intérprete que le explicara más o menos quién era yo y que le preguntara qué debía hacer para ser feliz el resto de mi vida, una pregunta extraída del manual del turista en busca de una receta para el espíritu muy barata. El anciano centenario se tomó un tiempo. Mientras elevaba sus córneas desvariadas hacia lo alto sin dirección alguna, yo contemplaba su hombro desnudo con la clavícula transparente. Murmuró unas palabras. La intérprete tradujo su respuesta. El monje ciego con cien años de experiencia me había dicho: "No te duelas nunca de las cosas que no has conseguido. No luches por las cosas que sabes que nunca podrás alcanzar". La primera parte del oráculo estaba clara. A los 18 años pensé en fugarme a París. No lo hice. A los 30 me creía capaz de escribir como Scout Fitzgerald. No lo conseguí. A los 50 me propuse cambiar de vida. Me dio pereza. El monje me recomendaba que diera esos sueños por perdidos, pero yo los consideraba como un pasto primordial de la memoria que me mantenía vivo y en realidad aún me sigo alimentado de ellos. Las cosas que no hice en esta vida son mi mejor caudal. En cambio, la segunda sentencia del monje había dado de lleno en mi neurosis. No luchar por las cosas que no se pueden alcanzar me libraba espiritualmente de cualquier esfuerzo. El monje de Shanghai coincidía con la sabiduría de Horacio. Todo se disuelve en la nada. Deja que fluyan los días y aprovecha sus placeres sin más. El monje me adivinó dentro de sus córneas blancas y disolvió su sabiduría en una sonrisa.

4. El mar (Mediterráneo)
Sin duda, el Mediterráneo es para usted algo muy especial. ¿Cómo soporta la vida en una ciudad como Madrid tan distinta de lugares como Valencia? ¿No utiliza ese pequeño sufrimiento como forma de inspiración?

 

El Mediterráneo se tiene cuando se pierde. No existe hasta que no lo conviertes en un mar interior, y está incontaminado mientras tú seas limpio.”

El Mediterráneo en realidad no existe. Es una categoría de la mente. Un ejercicio ineludible en la vida de cada persona".

"Ulises, el navegante, es el creador del individuo occidental. Porque navegar es enfrentarse al caos, luchar contra lo imprevisto, tomar decisiones...".

"Fue el poeta alemán Hölderlin, desde Tübingen [Alemania] quien creó el mediterráneo como lugar ideal. Allí, por el frío y la tristeza, comenzó a imaginar un lugar idílico donde había ninfas, moscatel, acantilados de mármol blanco...". Vicent cortó de cuajo las ensoñaciones del poeta. "Pero el mediterráneo es un mar ensangrentado. Todas las guerras se deben a la lucha de las tres religiones monoteístas". Y recordó las palabras de Sánchez Ferlosio: "Nada cambiará mientras no cambien los dioses".

: "Las estatuas griegas, sin manos, sin pies, sin sexo, son perfectas. Las reconstruimos con la mente: el mar azul lo tenemos dentro, es nuestra imaginación".

Vientos

MANUEL VICENT 06/04/2008

Sólo hay tres clases de hombres, los vivos, los muertos y los que navegan, pero cualquier navegante del Mediterráneo se volverá loco si trata hoy de encajar con la realidad los nombres de los vientos que rigen en ese mar. Según su origen, el gregal es el viento que viene de Grecia; el siroco, de Siria; el lebeche, de Libia; la tramontana, de tras los montes. El gregal es un noreste y allí no está Grecia; el siroco es un sureste y allí no está Siria; el lebeche es un suroeste y allí no está Libia; la tramontana es un norte y los montes están en todas partes. Existe también el mistral o viento maestro, que proviene del noroeste. En la Provenza hay una región con ese mismo nombre, aunque la Provenza tampoco está en el noroeste. Cuando se dice que el levante sopla del este, de donde se levanta el Sol y el poniente llega del oeste, de donde se pone, sólo es verdad los dos únicos días de equinoccio, porque el Sol va derivando hasta 30 grados al norte o al sur el resto del año. Para resolver este enigma hay que encontrar un punto en el Mediterráneo donde el nombre y la dirección de los vientos encajen. Ese lugar existe y su elección fue producto de un consenso entre pescadores sicilianos, mercaderes genoveses y catalanes, navegantes tunecinos, corsarios y piratas berberiscos, que surcaban esas aguas en el medievo. Por supuesto no se decidió durante las travesías. Cuando se navega no se pueden hacer demasiados cálculos, ya que a los tripulantes sólo les separa de la muerte los cuatro dedos de espesor del casco de la nave. La decisión de someter la veleidad de los vientos a la lógica fue tomada a través de la experiencia de los marineros en las tabernas portuarias en largas conversaciones al calor de un aguardiente. Sólo hay una isla en medio del Mediterráneo donde los nombres de los vientos responden a su dirección. Esa isla es Malta. En La Odisea se la llama Ogigia, el ombligo del mar. Allí permaneció siete años Ulises en brazos de la ninfa Calipso. Pero en literatura el viento es una ficción. Por eso en cualquier latitud donde uno se halle, el gregal llegará de Grecia; el siroco, de Siria; el lebeche, de Libia, siempre que el viento sea una forma de poderosa locura que, unida a la marea del tiempo, al final te lleve a Ítaca.

Aula abierta 2008-2009 FPA El Villar Leer un libro Miguel Deltoro Balaguer


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