“Vivir. Es ese el oficio más difícil y el más reparador. No el de crítico; no el de ensayista; no el de narrador. El oficio de aprender a vivir, en el cual




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título“Vivir. Es ese el oficio más difícil y el más reparador. No el de crítico; no el de ensayista; no el de narrador. El oficio de aprender a vivir, en el cual
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“Vivir. Es ese el oficio más difícil y el más reparador. No el de crítico; no el de ensayista; no el de narrador. El oficio de aprender a vivir, en el cual puede que clasifique…”

Tales palabras me las expresó Rufo Caballero hace casi exactamente tres años, en febrero de 2010, a propósito de una entrevista que le hice con motivo de la publicación de su extraordinario libro sobre arte cubano titulado Agua bendita. Pero mi querido amigo, el enjundioso intelectual cubano, el que se enfrentó a todo tipo de amenazas e injurias por su honestidad y firmeza en el espinoso y agudo ejercicio de la crítica, apenas llegó a la mitad de ese fatigoso camino que es el de la vida, el de aprender a vivir, como dijo él mismo.

En menos de un mes se nos fue Rufo, el gran hombre, el gran intelectual, el gran revolucionario que afirmó: “Nadie espere nunca de mí un gesto que lastime a Cuba. Nadie. Soy crítico, muy crítico, la complacencia me cuesta; pero por mis venas anda Cuba, con sus aciertos, con sus torpezas, con su arte”.

Y hoy recuerdo una frase del eminente periodista y escritor mexicano, Carlos Fuentes, fallecido el pasado año: “Qué injusta, qué maldita, qué cabrona la muerte que no nos mata a nosotros sino a los que amamos”. La irreparable pérdida de Rufo, en su mayor efervescencia humana y artística, es un hecho real, y como tal hay que asumirlo, ya sin lágrimas, sin dolor, sino con el dulce recuerdo de que en nuestros corazones siempre estará presente aquel para el que, parafraseando el célebre pensamiento del Apóstol, la muerte nunca será verdad, porque supo cumplir bien la obra de la vida...

Cárdenas acoge en su seno nuevamente a Rufo, al maestro, al pensador empeñado, al jodedor, al bailador de salsa y de reguetón, al admirador empedernido de Cuba, de su cultura y de su gente, como él mismo afirmó. Pocos aquí quizás conozcan de cuánto amó y bendijo este pedazo de Matanzas, de Cuba, pero nunca le alcanzaba el tiempo suficiente para dedicarle un buen homenaje a su pueblo. Hablamos, entre tantos y tantos proyectos que quedaron truncos, de acometer juntos aquí un programa en beneficio de los jóvenes, de su formación integral, y para bien de la cultura.

Hoy siento especial emoción al constatar que en esta histórica ciudad de la que es hijo, y donde su querida madre Nidia se ha encargado de promover su obra, se le rinde merecido homenaje póstumo. Él, donde quiera que esté, y seguramente ahora mismo está aquí, sentirá orgullo y a la vez pena, porque siempre prefirió la sencillez y la modestia antes que el mejor y el más grande de los reconocimientos sociales.

“Ningún pudor me impedirá afirmar que Rufo Caballero ha sido y es, en mi opinión, la voz crítica más sobresaliente del universo artístico en Cuba durante los últimos veinte años”, expresó la destacada intelectual María de los Ángeles Pereira en la contracubierta del libro Agua Bendita. Y es que, en tan pocos años de vida y de creación, él dejó profundas huellas en el arte y la literatura.

Como pocas figuras de las letras en todo el mundo, a los 43 años de edad había obtenido decenas de premios y reconocimientos nacionales e internacionales, así como dos doctorados y prestigiaba con su magisterio los principales centros de altos estudios de La Habana sobre arte, cine y literatura, en muchos de los cuales era ilustre Profesor titular y a pesar de su corta carrera, su obra crítica y ensayística forma parte del patrimonio más valioso de la nación. img_0026.jpg

Su extraordinario afán investigativo y su capacidad de análisis sobre diversos temas socio culturales, también le permitían realizar profundos juicios que por igual se extendían a fenómenos de la sociedad cubana, tales como la fanática masividad en el béisbol — él era implacable industrialista— o a las más recientes “preocupaciones” de sus coterráneos por las nuevas medidas que en el ámbito laboral se generaban en la Isla. Cada intervención suya era de “culto” —como él mismo calificaba las exquisiteces de los demás—, magisterio de quien sabía dirigir el diálogo y convencer.

Sin embargo, tal vez pocos conocen que detrás del crítico audaz estaba el amigo fiel, el niño que disfrutaba con cambiar los nombres de cuantos conocía por extraños rejuegos de palabras, el que sonreía con los cuentos y chistes de los amigos, el que ante las adversidades invocaba la razón, el que encontró en mi caballo Tico recurrentes motivos de humor… “no voy a perderme la oportunidad de pasearme en tu corcel por la gran ciudad”, me decía

Y es que Rufo sabía ubicarse a la altura de su pueblo, sentía especial preferencia por las gentes del barrio para las que también —y mucho— pensó como comunicador. Con ellas, en tiempos de festividades populares, andaba el gran maestro, en un baile al ritmo de los Van Van o junto a la muchedumbre que iba detrás de una arrolladora conga por el Barrio de Jesús María.

También podía vérsele lo mismo en un concierto de música sinfónica, en una función de ballet , en un espectáculo de reguetón o en una fiesta entre amigos, muchas veces acompañado de su madre, a la que, por esas actitudes extrañas de los seres humanos, no solía expresarle verbalmente el infinito amor que por ella siempre profesó; sin embargo, Nidia la mayor de las veces estaba en el centro de sus preocupaciones, temeroso de que enfermara, de que padeciera o sufriera, espantado ante la terrible posibilidad de perderla… Y, cruel destino de la vida, le tocó precisamente a la madre cerrar sus ojos, perder al único hijo, al motivo esencial y orgullo de su existencia….

Así era Rufo Caballero, el afanoso trabajador de la cultura del que siempre se aprendía algo nuevo, e hizo trascender convincentes juicios a favor de algunos de los movimientos artísticos y culturales de entre milenios, recibidos con cierto recelo por determinadas zonas de la sociedad.

Y no quiero que mis loas den una imagen angelical de Rufo. Todo lo contrario. Humano al fin, junto a sus brillantes cualidades, también convivía el tipo terco que solía incomodar a los que estábamos más cerca de él, con intransigentes y caprichosas decisiones, asumidas desde la altura de quien “podía” predecir emociones y conducir sentimientos. Si bien es cierto que se alegraba ante un gesto o una acción que denotara inteligencia, podía ser hiriente, contundentemente duro ante una expresión de mediocridad, ante la mentira, la falsedad, y la adulonería.

Rufo era mucho Rufo, como me decía Nidia. A veces apacible, otras diabólico, solía incitar al diálogo animoso y alegre de la misma manera que imponía el respeto, el orden, y la lógica… He ahí la grandeza de este hombre que amaba tanto, pero tanto a la vida, que no se percató con suficiente tiempo de la cercanía e inevitable llegada de la muerte…

Mucho nos queda por estudiar sobre el legado de Rufo Caballero, y buena parte de esa tarea bien valdría la pena que la asumieran los jóvenes especialistas y estudiantes de Cárdenas.

Su súbita desaparición física no le dio tiempo para organizar su numerosa papelería y los cientos de apuntes, proyectos e ideas que quedaron inconclusos en su ordenador. Pero las enseñanzas, nobleza y capacidad del intelectual que prestigió con su firma casi todos los periódicos y revistas nacionales, amén de su prestigiosa presencia en la mayoría de las publicaciones artísticas y culturales de Cuba, y de otras latitudes del orbe, quedarán como valiosos documentos para las futuras generaciones y su obra constituirá, por siempre, un modelo de pensamiento y un legado estético que abrió nuevas perspectivas para la socialización del arte y el enriquecimiento estético de sus conciudadanos de la Isla y del mundo. img_0017.jpg

La vida es una oportunidad que por lógica existencial nos arrebata la muerte. Algunos, aunque perduren los tan anhelados 120 años, desprecian el efímero y hermoso acontecimiento de vivir, Rufo logró, en muy poco tiempo, como lo hizo Martí en tan breve espacio, hacer de su vida un culto a la humanidad e inmortalizó su nombre, para bien del hombre, de la cultura y de la nación.
Hasta siempre, hermano, amigo…

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