Materias dispuestas Juan Villoro ante la crítica José Ramón Ruisánchez y Oswaldo Zavala (ed)






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títuloMaterias dispuestas Juan Villoro ante la crítica José Ramón Ruisánchez y Oswaldo Zavala (ed)
fecha de publicación28.10.2015
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Materias dispuestas

Juan Villoro ante la crítica

José Ramón Ruisánchez y Oswaldo Zavala (ed)



Candaya Ensayo 5

ISBN 978-84-938903-1-5


480 págs.; 21x14 cm

PVP 24 €

 

Un libro fundamental para entender

la obra de Juan Villoro



Este libro propone un acercamiento íntimo y riguroso al singular universo literario de Juan Villoro, uno de esos autores que, como dijo Javier Marías, “siempre da extraordinarias sorpresas”.

Materias dispuestas: Juan Villoro ante la crítica recoge algunas de las reflexiones que la obra de Villoro ha suscitado en otros escritores contemporáneos: Balza, Skarmeta, Martínez de Pisón, Enrigue... y las lecturas de críticos tan destacados como Juan Antonio Masoliver Ródenas, Cristopher Domínguez, Mihály Dés o Ignacio Echevarría. Las semblanzas más personales y emotivas de amigos y maestros como Roberto Bolaño, Sergio Pitol o Alejandro Rossi; los ensayos académicos escritos especialmente para la presente edición y las valiosas aportaciones del propio Villoro, que conversa con Ricardo Piglia y algunos de sus lectores, completan la biografía literaria de este fascinante escritor mexicano, al que Javier Cercas definió recientemente como “el hombre de letras más importante de mi generación”.

“Relatos excepcionales con ese raro poder que tiene el escritor mexicano no para asomarse al abismo sino para permanecer en el borde del abismo, durante mucho rato, balanceándose y por lo tanto haciéndonos balancear a nosotros sus lectores con movimientos que surgen de la duermevela o tal vez de una lucidez extrema. Sus cuentos están entre los mejores que se escriben hoy en lengua española” (Roberto Bolaño).

José Ramón Ruisánchez (Ciudad de México, 1971) estudió letras hispánicas en la UNAM y la maestría en Literatura Comparada y el doctorado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Maryland. Es assistant professor del departamento de Hispanic Studies de la Universidad de Houston. Ha publicado, entre otras, la novela Nada cruel (2008).

Oswaldo Zavala (Ciudad Juárez, México, 1975) enseña literatura latinoamericana en el College of Staten Island, City University of New York (CUNY). Obtuvo el doctorado en letras hispánicas en la Universidad de Texas en Austin y en literatura comparada en la Universidad de París III, Sorbonne Nouvelle. Es autor de la novela Siembra de nubes (2011).

Incluye Villoro en Villoro (31'), un documental dirigido por Juan Carlos Colín.

Críticos y amigos de Juan Villoro –incluida su hija Inés, de diez años de edad– conversan con el autor sobre su arte poética en uno de sus restaurantes favoritos de Coyoacán, el barrio de la Ciudad de México donde reside. Villoro se convierte en materia dispuesta para que sean otros los que intenten ahora, dentro y fuera de este libro, la experiencia infinita de la lectura.

Fragmento del prólogo de José Ramón Ruisánchez y Oswaldo Zavala

(...) Cuando, con implacable vigor, la ciudad logra abolir todos sus perímetros imaginables, su desmembramiento es inevitable. Se convierte en un tejido multicéntrico: una serie de ciudades colindantes pero que poseen sus propios poderes, comercios, pequeños cines, restaurantes, escuelas y parques. Esa ciudad que rebasa cualquier posibilidad de abarcamiento como el logrado por Balzac y Pérez Galdós, como el intentado por Fuentes.

Villoro revela como nadie esta imposibilidad, ya que justamente escribe sobre esta ciudad hidra, salida del cascarón de tezontle y cantera de su fundación colonial, en sus dos primeras novelas El disparo de argón (1991) y Materia dispuesta (1996). En ambas aparecen ya los barrios que ni logran ser suburbios norteamericanos ni desdoblar los aciertos de las viejas ciudades españolas. Villoro entiende los placeres de la radiografía social pero también comprende que se han desmoronado las condiciones de posibilidad del muralismo. Contra los frescos del pasado, lo que hay es una ciudad que se encierra a ver(se en) televisión. Esta es la siguiente etapa de nuestra peculiar versión de la modernidad: con el fundacional personaje de la vasta e importante novela de Fernando del Paso, Palinuro de México –de cuyo imaginario y prosa el mejor Villoro es un aplicado, pero también renegado estudiante–, ha llegado a un nuevo despertar civil después del ensueño neobarroco anterior al 2 de octubre de 1968.

Desde luego la lectura agudísima del agrietamiento del ciclo de Fuentes y de las provincias que ya no supo convocar, sería imposible sin la revisión de uno de los escritores cruciales surgidos precisamente del movimiento estudiantil de 1968 y su represión militar: Carlos Monsiváis, quien lee al primer Fuentes con una agudeza pocas veces superada, y que si decide incorporarlo a su propia genealogía lo hace con una operación peculiar. Monsiváis enuncia en el lugar de la indecisión de los géneros, en una crónica que es, siempre y de manera simultánea, un ensayo sobre el momento que se narra y, al mismo tiempo, el mirador desde donde se re-examina el pasado con una perspectiva inexistente, pues solamente surge merced a la narración del acontecimiento. La posición inestable en la prosa de Monsiváis, obliga a una variación de los puntos de vista y exige una recepción que pesque una cita e inmediatamente después se ría de un chiste, para luego repensar una mentira oficializada y, antes de que termine el párrafo, comprenda los reacomodos causados o revelados por una manifestación, un concierto, un partido de futbol.

Juan Villoro no es sólo un cronista notabilísimo, que tersa el caos estratégico de Monsiváis, sino que se permite trasladar los hallazgos de éste a sus otras materias –notablemente a la novela– donde enriquecen las posibilidades del género, cimentando la urgencia de contar el presente, la expansión de la ciudad, el quiebre del país, las costumbres resistentes o cambiantes como posibilidad de comprensión. Villoro lee al cronista Monsiváis no sólo como un renovador de su género, sino como un precursor de la narrativa de las generaciones posteriores. De pronto, las crónicas de Monsiváis se convierten en promesas, en exigencias de novela, en un reto para quien tenga los poderes suficientes. Hay que seguir narrando la ciudad, pero ya no la ciudad de Fuentes. A la pregunta de qué ciudad, Monsiváis acude con la respuesta: la ciudad nueva con su mal gusto y sus errores, pero también con su imaginación política y estética (premeditada o improvisada) que origina la imposibilidad de la ciudad antigua o las preguntas que inquietan lo que siempre se dio por sentado.

Ahora bien, si Monsiváis exige y establece una forma de repensar la historia desde el acontecimiento popular, el mecanismo que Juan Villoro privilegia de José Emilio Pacheco es la mediación subjetiva entre el presente y el pasado. En Pacheco hay siempre alguien que recuerda, alguien que se recuerda para ser más preciso, que vuelve a hacerse niño en la página. Así, la canción de experiencia es una evocación melancólica de la canción de inocencia.

Villoro es el mejor heredero de estos procedimientos de memoria, y por eso por sus libros pasan niños y muchachos entrañables, y por ello también sabe narrar para niños y muchachos con pasión y precisión ejemplares, con tristeza ejemplar, con humor ejemplar. Su mirada está en ese lugar equidistante de la agudeza profesional del observador sociológico y del gozo y del susto de la primera vez. Si, como dice Walter Benjamin, la labor de la infancia es dejar que entre lo nuevo en el mundo, la tarea que se impone con éxito Villoro consiste en renovar el archivo de sus imágenes; encontrar nuevas maneras de contarse individualmente y, al hacerlo, abrir posibilidades a la memoria de los otros.

Finalmente hay que agregar a Sergio Pitol, quien inaugura una heterodoxia de la lectura, un gozo de los personajes esperpénticos pero que, releído desde Villoro, muestra un rasgo central importante y afín a Pacheco: el camino de la memoria es tortuoso, uno no recuerda lo que quiere sino lo que puede, sólo desentrañamos el misterio que nos corresponde. La figura del exiliado –que es nítida en El testigo (2004), pero que se va ya dibujando a lo largo de toda la ficción anterior de Villoro– es crucial en esta posibilidad de releer el par que forma con Pitol: aparece en los dos un estar dislocado, adentro y afuera, en una diferencia que es una manera de mirar, una lógica del presente y de la memoria. El exiliado es otra clase de niño, que debido a su estar entre países, entre culturas, entre definiciones incompatibles, acaba creando una estética de lo no definitivo, del permanente misterio, de una cifra que no termina de revelarse, pero cuya inquisición descubre algo más importante y que modifica para siempre al detective (por usar una palabra cara tanto a Bolaño como a Piglia).

En este lugar, Villoro nos obliga a releer la tradición central de la narrativa mexicana. La que va de Manuel Payno a Martín Luis Guzmán a Carlos Fuentes, pasando por el inframundo de Juan Rulfo, de un modo inevitablemente heterodoxo. Del mismo modo como la ciudad se dispersa en su crecimiento imparable y se convierte en nuevas ciudades acaso ilusoriamente autosuficientes y peculiares, el país de Villoro también abandona su centralismo y se cuenta de manera brillante en relatos, crónicas y en El testigo como un federalismo podrido, el reverso pesadillesco de sus anhelos liberales. Muerto Pedro Páramo, cada una de sus piedras funda una casa de espanto.

Sin embargo, en estas ciudades periféricas y asiladas, en estas puntas del país, está una verdad necesaria, un hallazgo acumulativo que Juan Villoro aumenta con cada nuevo libro, desde los más fantásticos como Albercas (1985) o sus Crónicas imaginarias (1986) hasta su periodismo y al ya vasto territorio de su ensayo literario.

En su estilo está el genio de Monterroso, las cadencias de la oralidad de José Agustín y la curiosidad sistemática por la extrañeza de lo propio, la familiaridad de lo lejano de Octavio Paz. Villoro se erige entonces en una manera de lectura que supera la esterilidad de antiguas polémicas, a partir de diálogos que (re)instauran la convivencia, la simultaneidad, el equilibrio renovador entre amigos y enemigos tradicionales del campo literario mexicano. Y no sólo mexicano, como se verá en lo que sigue.

Í N D I C E

Introducción
9 José Ramón Ruisánchez y Oswaldo Zavala: “El malabarista: las genealogías de Juan Villoro”
I. Villoro ante sus testigos literarios
31 Juan Antonio Masoliver Ródenas: “Juan Villoro: los itinerarios de la invención”

66 Roberto Bolaño: “Recuerdos de Juan Villoro”

68 Javier Marías: “Un espía austríaco en México”

70 Sergio Pitol: “La insufrible desenvoltura del joven imberbe”

73 Jorge Herralde: “Juan Villoro, México-Barcelona-México-Barcelona-México etcétera”

79 José Agustín: “Una literatura navegable”

82 Alejandro Rossi: “La casa gana”

87 Ignacio Padilla: “Otros motivos de luz”

91 Fabio Morabito “Materia Dispuesta: Curarse de la adolescencia”

97 José Balza: “Villoro: Materia dispuesta”

103 Hugo Hiriart: “Trofeos y otras prendas”

108 Ignacio Martínez de Pisón: “El que pierde gana”

112 Antonio Skármeta: “Julio en México”

116 Carlos Fuentes: “Valiente mundo nuevo”

120 Sergio González Rodríguez: “El safari cotidiano en esplendor”

124 Álvaro Enrigue: “Expiaciones”

129 Martín Kohan “Crónicas de lectura”

134 Vicente Leñero: “Camino al teatro”

140 Manuel Vilas: “Juan Villoro y los terremotos reales”
II. Villoro ante la crítica cultural
147 Mihály Des: “Juan Villoro: paisaje del post-Apoca-lipsis”

162 Fabienne Bradu: “Albercas de Juan Villoro”

167 Luis Ignacio Helguera: “Fábula para Zíper y guitarra”

169 Ignacio Echevarría: “Lo que empieza cuando la gasolina se acaba: La casa pierde de JV”

173 Federico Patán: “La humildad de la existencia: La casa pierde de Juan Villoro”

190 Christopher Domínguez: “La vitalidad histórica de los muertos mexicanos: El testigo de JV”

197 Laura Emilia Pacheco: “La memoria asesina: El testigo de Juan Villoro”

202 Chris Andrews: “Un postmodernismo discreto y seductor: El testigo de Juan Villoro”

206 Elena Santos: “Los culpables”
II. Villoro ante la crítica académica
El escritor en la era neoliberal
217 Ignacio Sánchez Prado: “Los afectos de la ciudad neoliberal: Llamadas de Amsterdam entre la crónica y la comedia romántica”

227 Oswaldo Zavala: “La mirada exógena: Villoro, López Velarde y la modernidad periférica en El testigo”
La visión del cronista
247 Jaime Marroquín: “Montaigne y el futbol: estrategias filosóficas renacentistas en Dios es redondo”

261 Brian Price: “Talking About My Generation: Juan Villoro y la crónica del rock”
Nación e identidad alternas
291 Sarissa Carneiro: “La (pos)moderna Tenochtitlan: notas sobre la ciudad en Materia dispuesta de Juan Villoro”

307 Ryan Long: “El espacio y sus restos en la obra de Juan Villoro”

337 Tamara Williams: “Los (dos) lados de la toalla: masculinidad, sexualidad y nación en Materia dispuesta”
Desplazamientos culturales
367 Sarah Pollack: “Las traducciones literarias y culturales de Juan Villoro”

387 Irma Cantú: “Villoro y la escritura de viaje: Palmeras de la brisa rápida y Safari accidental y la mirada periférica”

409 Jorge Carrión: “El extranjero como caricatura. La crónica de viaje según Villoro”
IV. Villoro, materia dispuesta
419 “La voz que vuelve sobre sí misma”: Piglia y Villoro conversan en Madrid

444 Juan Villoro: “Las fases de la luna” (discurso de aceptación del premio Xavier Villaurrutia)
451 Bibliografía esencial de Juan Villoro
455 Obras citadas en la presente edición
465 Colaboradores del volumen
477 Agradecimientos

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