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UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO

FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS

COLEGIO DE LENGUA Y LITERATURAS HISPÁNICAS

UN ACERCAMIENTO DESDE NUESTRA HISTORIA AL FANTÁSTICO “COCODRILO” DE FELISBERTO HERNÁNDEZ.

POR: TORRES DÍAZ ALBERTO.

MÉXICO, UNAM, 2003.

El día en que América Latina cumpla su destino revolucionario, cualquiera leerá a Felisberto con la familiaridad que hoy falta en muchos lectores; habremos entrado entonces en una dimensión humana que no necesitará distinguir con artificios retóricos esas zonas de contacto que en escritores como él anuncian la verdadera tierra del hombre y de la vida.

Julio Cortázar.

Introducción

Así como José Martí pudo contener toda una crítica hacia el naciente imperialismo estadounidense en sólo una frase de su “Prólogo” al Poema del Niágara y, al mismo tiempo, forjar un paradigma para la historia de las ideas estéticas en América Latina, al sentenciar: “Una tempestad es más bella que una locomotora”, en el presente trabajo referiré la similaridad de la crítica que Felisberto Hernández hiciera - en su cuento “El cocodrilo” adscrito a la literatura fantástica y utilizado por Ana María Barrenechea en su “...Tipología de la Literatura Fantástica"1- a la tecnificación engañosa y a ultranza que presenciara en su Uruguay y la contigua Argentina.

De un modo harto próximo a Martí, que elaborara una crítica amplia y recíproca de lo literario a lo sociocultural en el citado “Prólogo” al poema de Juan Antonio Pérez Bonalde, fue Julio Cortázar quien presentó, también en un par de prólogos, su admiración por Felisberto Hernández, algunas apreciaciones sobre el género fantástico y, lo más importante: los asideros tangibles de la realidad histórica que soportarían la función social2, crítica y comprometida, en la fantástica literatura de Felisberto.

Vale reseñar, a semejanza de Julio Cortázar en “Del sentimiento de lo fantástico” 3, la experiencia personal, a guisa de hipótesis, e incluso suscribir como propia la explicación de que “el sentimiento de lo fantástico no es tan innato en mí”. Lo que yo creo, desde que tengo uso de memoria -y esto de la memoria, como acto conciente, puede excluir recuerdos infantiles de tan largo alcance como los de Julio- es que la realidad ha de dejar a la zaga, más temprano que tarde, cualquier género literario y la imaginación que lo sustente. Para ejemplificar, recurramos a un famoso Julio anterior, el Verne de –por decir algo- las 20 mil leguas de viaje submarino a quien la realidad actual, científica y tecnológicamente, no sólo le ha dado alcance, sino que desde hace bastante lo superó.

Es claro que Julio Verne y su ciencia ficción estaban influidos por los avances de la Revolución Industrial, extensivos en su tiempo a la Europa imperialista y subdesarrollante, pronto imitada y superada –particularmente en lo referente a la tecnología bélica- por los Estados Unidos de Norteamérica, que no se quedaron en los Nautilus (los desastres con submarinos nucleares siguen perteneciendo a la Rusia ex Soviética, único y autodisuelto oponente, cuando era URSS, en los viajes espaciales y, claro, en la carrera armamentista); ni en las vueltas al mundo -para el despliegue rápido de sus tropas- en cada vez menos tiempo, sino que han mantenido una inquebrantable decisión para hacer de nuestra capacidad de asombro un Ave Fénix.

Tanto sus avances tecnológico bélicos –los conocidos, de tercera o cuarta generación- como su “diplomacia” –encarrilada a destruir cualquier cauce político que la humanidad se procure, verbigracia la ONU- nos roban el aliento con barbaridades increíbles que creemos irrepetibles, pero que luego ellos mismos -digamos un Bush, un Rumsfeld, un Cheney o un Wolfowitz.4- superan, haciendo renacer nuestro asombro cada vez que creemos haber visto lo peor. En fin, que decía Cortázar, como género o como sentimiento: “No hay un fantástico cerrado, porque lo que de él alcanzamos a conocer es siempre una parte y por eso lo creemos fantástico.”5

Una aproximación a la teoría


Con el final de la introducción anterior podemos entrar en materia y esclarecer una aparente contradicción de Julio Cortázar cuando dice que:

La calificación de “literatura fantástica” me ha parecido siempre falsa, incluso un poco perdonavidas en estos tiempos latinoamericanos en que sectores avanzados de lectura y de crítica exigen más y más realismo combativo. Releyendo a Felisberto he llagado al punto máximo de este rechazo de la etiqueta ‘fantástica’; nadie como él para disolverla en un increíble crecimiento de la realidad total, que no sólo contiene lo verificable sino que lo apuntala en el lomo del misterio...6
Lo cierto es que ni son explicaciones opuestas e irreconciliables, ni Julio se refiere a otra cosa que a las “amenazas para el género” y a los apocalípticos augurios sobre su desaparición -por ser escapista y obsoleta- tratados por la autora del “Ensayo de una Tipología de la Literatura Fantástica...”. Luego de cuestionarse sobre el destino del cuento fantástico y el debilitamiento o desaparición del género, Ana María Barrenechea concluye que posiciones como las de Lukács, Cortázar o Umberto Eco abren “al género otras posibilidades bajo el signo de lo social, siempre que lo fantástico sea una puesta en cuestión de un orden viejo que debe cambiar urgentemente.”

No sobrará, para cerrar esta cuestión, citar la definición de literatura fantástica hecha por Barrenechea como aquella que “presenta en forma de problema hechos a-normales, a-naturales o irreales. Pertenecen a ella las obras que ponen el centro de interés en la violación del orden terreno, natural o lógico, y por lo tanto en la confrontación de uno y otro orden dentro del texto, en forma explícita o implícita.”7 Quedan así superados tanto el reducido período histórico al que Tzvetan Todorov restringía la literatura fantástica “pura” (fines del siglo XVIII a fines del XIX), como la necesidad de una explicación sobre los hechos, es decir, la duda como condición sine qua non de lo fantástico.8

Barrenechea agrega que hay diferentes “modos de destacar el carácter central de subversión del orden racional, con sentido problemático”9, y aclara que este tipo de obras pueden desarrollarse en tres distintos tipos de órdenes, de los que sólo atenderé al primero (donde: “Todo lo narrado entra en el orden natural: Felisberto Hernández, ‘El cocodrilo’...”10), sin perder de vista que los casos en que hay mezcla de los dos órdenes (a-normal, a-natural o irreal y terreno, natural o lógico) “no traen inconvenientes para su clasificación dentro de lo fantástico.”

El punto merece ser concluido con lo dicho por el Cortázar de La vuelta al día en ochenta mundos: “Cuando lo fantástico me visita (a veces soy yo el visitante […]) me acuerdo siempre del admirable pasaje de Víctor Hugo: ‘Nadie ignora lo que es el punto vélico de un navío; lugar de convergencia, punto de intersección misterioso hasta para el constructor del barco, en el que se suman las fuerzas dispersas en todo el velamen desplegado.’” Y, más importante aún, la condición

necesaria: hacerse una idea muy especial de las heterogeneidades admisibles en la convergencia, no tener miedo del encuentro fortuito (que no lo será) de un paraguas con una máquina de coser. Lo fantástico fuerza una costra aparencial, y por eso nos recuerda el punto vélico; hay algo que arrima el hombro para sacarnos de quicio. Siempre he sabido que las grandes sorpresas nos esperan allí donde hayamos aprendido por fin a no sorprendernos de nada, entendiendo por esto no escandalizarnos frente a las rupturas del orden.11
Los ensayos de Barrenechea han de complementarse entre sí, y ambos con los tres textos de Cortázar12 para mostrar los lazos estrechos que la literatura latinoamericana en general, no sólo la fantástica, tiene con la realidad histórica. A partir de esto será necesario explicitar –no obviar- la diferencia entre verdad y realidad, clarificada en los textos de la argentina Ana María, y aun desde el de Tzvetan Todorov que ella comenta, critica y complementa; en síntesis: que los hechos presentados por la literatura fantástica, si bien pueden contrastar con los de la naturaleza conocida extratextualmente, de la misma manera pueden ser abordados sin reparar en eso que para la realidad (el extratexto) sería sobrenatural o a-natural.13
El cocodrilo” y nosotros

El acercamiento a los relatos de Felisberto nos resulta a la vez extraordinario y familiar. Al tiempo que pudieran ser costumbristas las situaciones extraordinarias, fantásticas o superrealistas -como la mujer que desciende de espaldas por una escalera que el recién “cocodrilo” no vio colocar; que el narrador ni se toma la molestia de explicar desde dónde se colocaba, o por qué una escalera se colocaría al revés de lo normal, para descender de “un muro de enredaderas”-, se camuflan en una narrativa asequible y sin rebuscamientos: ni es la súper erudita, que requiere de la enciclopedia cada dos renglones, ni las situaciones nos son extrañas o ajenas.

Esa narrativa se vale de frases familiares, hechas y redichas, que por comunes y frecuentes desatendemos en general a su aparente sinsentido, o su carácter poético: “seguí viendo por un momento, en la oscuridad…” pero, ¿se puede ver en la oscuridad?; este fragmento de un diálogo conocido y reiterado, y aunque nada poético, sí sorprendente: “-Yo hago lo que puedo, ¡pero no me voy a poner a llorar para que me compren!”, la respuesta es “clásica”, “-hay que hacer cualquier cosa, y también llorarles…”; o “Hacía un rato que yo estaba llorando cuando vi que de arriba del muro venían bajando dos piernas de mujer con medias ‘Ilusión’ semibrillantes” ¿sólo las piernas? En “La casa inundada” hay un pasaje elocuente que describe una hoja que: “anduvo un rato en la superficie [del agua] y en el momento de hundirse la señora Margarita oyó pasos sordos”.

A los anteriores podemos sumar otros ejemplos que propician un efecto de independencia y vitalidad (muy surrealista) en las cosas descritas por el autor: “media ciudad estaba enlutada”; “la bombita se asomó debajo de la pantalla como el globo de un ojo bajo un párpado oscuro.” O, hacia el final de “El cocodrilo”: “Yo había puesto los ojos en sus piernas; después los saqué y se me trabaron las ideas […] debajo de aquella cortina rubia, las manos se movían como si huyeran.” Toda esa poesía, explicación falsa de sus cuentos,14 es sólo la envoltura de situaciones transgresoras de la norma y la lógica, pero que por muy literarias y poéticamente descritas en los cuentos, están también tomadas con profética (pre)claridad de una realidad tan del Sur como de toda la América mestiza.

La realidad del pianista cuentista, su angustia, a pesar de una cultura vasta, por no tener garantizado el sustento son tan fieles y actuales como virulentas, es decir, que así como facilitan su transmisión, se extienden en nuestra América –y también en la sajona- alcanzando simas como la protagonizada en fechas recientes por Argentina y Uruguay15. “Basta iniciar la lectura de cualquiera de sus textos para que Felisberto esté allí, un hombre triste y pobre que vive de conciertos de piano en círculos de provincia, tal como él vivió siempre, tal como nos lo cuenta desde el primer párrafo.” Cortázar, a su vez, “le cuenta” a Felisberto con algo entre sorpresa, miedo y nostalgia, a cerca de un epistolario en el que el uruguayo comenta datos a un amigo suyo sobre una gira musical por Buenos Aires (26 de diciembre de 1939):

Cuando en tu carta le decís a Destoc que la discusión para que te aceptaran y te pagaran el concierto se libró junto a una mesa de billar, no me enseñás nada nuevo porque en ese club todas las cosas se libraban así. Muy de cuando en cuando, a regañadientes pero obligados a cuidar la fachada de las actividades culturales, los dirigentes accedían a un concierto o a una velada presuntamente artística, que pagaban mal y sin ganas y que escuchaban apoyándose en el hombro de sus nobles esposas.16

Constatamos que sus cuentos refieren hechos y sentimientos en carne y alma propias, pues el autor-narrador dice en “El cocodrilo”: “las horas de dicha habían sido escasas, pues vivía en la angustia de reunir gentes que quisieran aprobar la realización de un concierto”. Quién, si no el dirigente de Chivilcoy -del que Cortázar comenta en su “Carta” a Felisberto-, sería el tiranuelo real de donde Felisberto toma este pasaje inicial de su cuento: “En esta misma ciudad me habían puesto pretextos poco comunes: el presidente del Club estaba de mal humor porque yo lo había hecho levantar de la mesa de juego...”

Por otro lado, las proyecciones psicológicas están a la orden del cuento, pues los temas no son exclusivos de un sujeto: autor, narrador o personaje, ni de una región: el Uruguay o el Río de la Plata (“hablo del Uruguay y de la Argentina como de un mismo país, porque lo son mal que les pese a los nacionalistas”17), sino constantes tanto de la llamada tradición Occidental, como de las sociedades y sus culturas, resultantes en amplia medida del proceso de conquista y colonización (más tardío o más próximo: por europeos o por estadounidenses) en toda América Latina.

Esto nos aproxima más a Felisberto Hernández, y como decíamos, a las problemáticas tradicionales de los herederos de la tradición hispánica. Tal es el caso de la “actividad” de llorar, función tradicionalmente identificada y hasta asignada a las mujeres más allá del México machista.

Una desafortunada tradición en la viciada sociedad moderna, mediante la cual viciamos también nuestras relaciones de pareja, por decir algo, es la no muy atendida violencia psicológica ejercida desde el “sexo débil” a través de lo que aquí llamaremos “chantaje moral”. Sin embargo, el feminista Felisberto Hernández, que parodia la situación e ironiza con las funciones impuestas a cada sexo, ofrece también una carga crítica a la cotidiana violencia de nuestra realidad que, si subrepticia en lo social como en lo cultural, no por cotidiana es menos real ni menos violenta.

Pero la realidad intratextual descrita por Felisberto en “El cocodrilo” no es a los mexicanos a quienes más debería sorprender: ¿no fue en nuestro país donde el gerente de la empresa18, lo que antes conocíamos como presidente, lloró ante un público más nutrido que el del personaje-vende medias Ilusiones de Felisberto, jurando “defender el peso como un perro”? En nuestra literatura nacional hay antecedentes un tanto más verosímiles, con Rodolfo Usigli, de esos gesticuladores-cocodrilos, aunque de muy otro tipo que el descrito por el uruguayo Hernández. Además es muy cierto que “Si algo tienen los cuentos de Felisberto es que no son insólitos, en la medida en que su infaltable protagonista es también infaltablemente fiel a su propia visión…”19

El propio hecho de proyectarse la historia personal del autor en el narrador (en primera persona), que a la vez es el protagonista, confiere al autor una verosimilitud extrema, que, como hemos dicho, subyace a hechos verídicos que por insólitos que son, pueblan efectivamente la tierra de lo “real maravilloso” por venir, y al que contribuirá Felisberto. Al respecto dice Ana María Barrenechea en su “Literatura fantástica: función de los códigos socioculturales en la construcción de un tipo de discurso”:

en la transformación diacrónica de la literatura fantástica se va acentuando un proceso de cambio en la utilización de los códigos. […] Así se nota en muchos una subversión de la tradición mimética y del respeto a las reglas de verosimilitud, seguidas anteriormente aun en la literatura fantástica. Estas anuncian en Hispanoamérica una nueva redistribución tipológica de lo fantástico y lo maravilloso (complicada en algunos por la corriente del absurdo), que tiende a concretarse en el llamado “realismo mágico” o realismo maravilloso, con nombre y caracterización que ha favorecido las confusiones y no ha logrado aún una formulación totalmente convincente.
Así, una discusión hay que deberá quedarse en el tintero, aunque ya abordada por Ana María Barrenechea: La conjunción de opuestos como problema. No podemos, sin embargo, omitir una cita más -de su antedicho ensayo- con la que Barrenechea da en el clavo: “Lo que ocurre es que las creencias de una sociedad no suelen ser homogéneas y lo admitido como normal por unos (especialmente en el ámbito sobrenatural) resulta anormal para otros.” Y viene el problema: sí hay ¡¡claro que hay quien quiere, quienes han querido homogeneizar, blandiendo superioridades raciales o destinos manifiestos, y amenazan la riqueza –cultural y natural- y la supervivencia misma de nuestro planeta!! Lo que confiere responsabilidad no únicamente a los literatos o humanistas, sino a todos los humanos con un mínimo de perspectivas futuras.

Nuestro autor, Felisberto Hernández, conocía la realidad de su entorno más amplio: un estado tapón creado junto a divisiones artificiales más absurdas que las geográficas para el beneficio de la potencia hegemónica en turno. La nada casual industrialización del granero del mundo (Argentina) y de su establo ad latere (Uruguay) no redundaron en el beneficio social extenso y aún pendiente. He aquí otra evidencia de proximidad entre el Felisberto pianista, cuentista, vendedor de medias ilusiones, y su personaje estudiante-periodista20-pianista y vendedor de medias “Ilusión”; además, se siente la cercanía entre ellos y nosotros, y se desdibujan las fronteras entre lo sobrenatural y lo llanamente real y hasta cotidiano.

La crítica acérrima al más obsoleto, asesino y probadamente inviable sistema económico-“político”, al capitalismo imperante imperialista, es el melodioso fondo de los cuentos de Felisberto. Esa música melancólica, detrás de una letra irónica y sarcástica es preludio de la cruenta realidad realmente existente en Uruguay, Argentina y más acá. Ese Uruguay y esa Argentina -para no ir más lejos- de la prisión “Libertad”, o de los más de treinta mil desaparecidos, países prisiones todos ellos (no sólo ellos) prefigurados sin decir patria, libertad, exilio o revolución, y dilucidados ya como excluyentes –como los excluyentes que todavía no dejan de ser- por Felisberto Hernández.

Y es momento en que vale reconsiderar aquélla hipótesis de partida, porque esta literatura es exigente. Ésta, como otras literaturas de las que es heredera, y de entre las que descuella la de José Martí, incumben a e inciden en -transgrediendo y revolucionando- la realidad: su marco referencial extratextual.

Hay que insistir, pues, en el paradigma martiano, que para referir y forjar su dimensión estética no rebuscó las más elevadas rimbombancias, ni el preciosismo cerril e impoluto, cargado de los “qué bello” y los “¡oh!...: sublime”, ni, en fin, lo delicadamente exclusivo y para iniciados. Ahí está la grandeza de nuestro universal Martí: en la proximidad magistral-magisterial de su obra vital toda, en su ejercer ese magisterio desde su indeclinable claridad de conciencia, en la que primaba un bien definido prójimo: “... los pobres de mi tierra...”.

Al Felisberto no menos nuestro, a quien Cortázar le platicaba miedos y nostalgias por encuentros frustrados, también hay mucho que aprenderle; hallarle sentidos diversos a cada cuadro costumbrista de una realidad que creemos conocer, pero que desde su narrativa nos echa en cara muchas verdades cuando él la cuenta.

Hay que vencer el miedo y andar a solas. ¿Quién más habría de pretender imponer los “tipos sociales”? Así ha sido desde que el mundo, Nuestro y “Nuevo”, como otro y desconocido, fue temido por el mundo autodenominado Viejo, y hubo una primera independencia. Así, envueltos en andrajos y despreciando lo que pretenden ignorar, aciertan en esperar de nosotros, los nadies21 y los más, un nuevo impulso independentista y renovados anhelos libertarios, manifiestos en todos los ámbitos y procurados por todos los medios. La historia no ha muerto y nuestra “Patria Grande” ha de contribuir a la caída del actual tirano, superpotente insuflado.

La dimensión estética, codo a codo con la imaginación son puntales de las utopías. Las hay, también en América, utopías reaccionarias, con adeptos a sueldo y diásporas cipayas. Pero he querido hasta aquí hablar y estudiar, más que de esas otras, de los ejemplos que en nuestra América viven y resisten, próximas a la sociedad de la que pueden dar cuenta.

1 Ana María Barrenechea, “Ensayo de una Tipología de la Literatura Fantástica (A propósito de la literatura hispanoamericana)”

2 Esto responde a lo que Ana María Barrenechea llamará “códigos socioculturales” en un ensayo posterior titulado precisamente “La literatura fantástica: función de los códigos socioculturales en la constitución de un tipo de discurso”, y del cual, por no considerar ya a Felisberto Hernández y para no saturarme de información y referencias, apenas citaré lo mínimo indispensable.

3 En La vuelta al día en ochenta mundos, España, Ed. Debate, 1991.

4 Apellidos del presidente y otros personajes relevantes en el gobierno de los E.U.A. Para mayor información seria y ágil al respecto de tan singulares y peligrosos personajes, una buena opción es la columna “Bajo la lupa” del Dr. Alfredo Jalife-Rahme que aparece miércoles y domingo en el diario La Jornada.

5 Ídem p. 68. El subrayado es mío.

6 Julio Cortázar, “Prólogo” a La casa inundada y otros cuentos, p. 7.

7 Barrenechea, “Ensayo de una tipología...” p. 393.

8 “Tanto la incredulidad total como la fe absoluta nos llevarían fuera de lo fantástico: lo que le da vida es la vacilación.” Tzvetan Todorov, “Definición de lo fantástico”, en “Introducción a la literatura fantástica”.

9 Barrenechea, Op. cit., subrayado mío, p. 396.

10 Ídem, p.397.

11 J. Cortázar, “Del sentimiento de lo fantástico”, Op. cit. p. 71. El subrayado es mío.

12 El “Prólogo” a La casa inundada y otros cuentos, la “Carta en mano propia” y “Del sentimiento de lo fantástico”.

13 Barrenechea, además de ofrecer una serie de subcategorías, sí menciona la equivalencia entre su a-natural y el primer sobrenatural de Todorov.

14 En la “Explicación falsa de mis cuentos” Felisberto revela: “... debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tengan hojas de poesías; o algo que se transforme en poesía si lo miran ciertos ojos.”

15 Apenas a finales de 2001, el 19 y 20 de diciembre,se produjo el “Argentinazo”. La depauperada población argentina depuso a más de un presidente. Con todo, a partir de entonces las noticias sobre la región del Río de la Plata y las imágenes de niños desnutridos y adultos buscando en los basureros desperdicios para sobrevivir, evidenciaron a un Uruguay y una Argentina desconcertantes, reales y descarnados.

16 Julio Cortázar, “Carta en mano propia”, en Felisberto Hernández. Novelas y cuentos, p. X.

17 Julio Cortázar, “Prólogo” a La casa inundada y otros cuentos. p. 9.

18 Fox dixit: gobierno “...de empresarios, por empresarios y para empresarios”.

19 Cortázar, Op. cit. p. 7.

20 “Además yo tenía que estudiar y escribirme artículos en los diarios.” Dice al inicio de “El cocodrilo” su protagonista y narrador.

21 Al respecto de los nadies, ver el lacónico cuan impactante “Los nadies” de Eduardo Galeano en El libro de los abrazos.

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