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AUTOPISTAS DE LA PALABRA
CUARTAS JORNADAS DE LITERATURA Y PSICOANÁLISIS
LO SIEMPRE NUEVO: IMPOSIBILIDADES, CONFLICTOS, CREACIONES
Biblioteca Nacional de la República Argentina

Dirección: Liliana Heer / Arturo Frydman

Comité asesor: Silvia Hopenhayn / Nicolás Peyceré / Ana Quiroga

Américo Crsitófalo / Carlos Dante García

Coordinación: Macarena Cordiviola


18 y 19 de Septiembre de 2010

Entrada libre y gratuita

Se entregan certificados

informes: autopistasdelapalbra@gmail.com


Declaradas de Interés Cultural por el Honorable Senado de la provincia de Buenos Aires en 2005 y por la Secretaría de Cultura de la Plata en 2010.

En memoria de Nicolás Casullo y Nicolás Rosa

ÍNDICE
Programa 4

Auspicios 6

Carta de la Fundación Hábitat y Salud Urbana 7

“Habiendo transformación, habrá futuro ” por Liliana Heer 8

Mesa 1: Rosa - Perlongher 12

Mesa 2: Cristófalo - Monteleone 33
Mesa 3: González - Gombrowicz 53

Mesa 4: Klein - Andruetto 71

Mesa 5: Marechal - Cortázar - Hernaiz 93

Plenario: ¿Habrá tiempo en el lenguaje para lo siempre nuevo? 114
C.V. de los participantes 133

Programa Autopistas I 139

Programa Autopistas II 141
Programa Autopistas III 143

LO SIEMPRE NUEVO: IMPOSIBILIDADES, CONFLICTOS, CREACIONES
Sábado 18 de Septiembre de 2010
12 hs Apertura: “Habiendo transformación, habrá futuro” por Liliana Heer
12.30 hs Video

Fragmento de una entrevista a Nicolás Rosa por María Pía López
13 hs Mesa 1

Tratados sobre Néstor Perlongher de Nicolás Rosa

Un barroco de trinchera, cartas a Baigorria de Néstor Perlongher

Panelistas: Laura Estrin / Adrián Cangi/ Ana Meyer / Carlos Dante García Articula: Roberto Retamoso
14.30 hs INTERVALO
15.30 hs Mesa 2

Metafísica, ilusión y teología poética. Notas sobre la poesía argentina 1940/1955” de Américo Cristófalo

200 años de poesía argentina de Jorge Monteleone

Panelistas: Fernando Murat / Anahí Mallol / Perla Sneh / Luis Erneta

Articula: Daniel Freidemberg
17 hs INTERVALO
17.30 hs Mesa 3

El arte de viajar en taxi de Horacio González

Diario argentino de Witold Gombrowicz

Panelistas: Ana Quiroga / Alejandro Pidello/ Lucía Blanco / Nicolás Peyceré

Articula: Silvia Hopenhayn
Domingo 19 de Septiembre
12 hs Mesa 4

Fornicar y matar - El problema del aborto de Laura Klein

La mujer en cuestión de María Teresa Andruetto

Panelistas: Susana Aguad / Guillermo Saavedra / Ernesto Perez / Silvia Bonzini

Articula: María Pía López
13.30 hs INTERVALO
14.30 hs Mesa 5

Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal

"Un Adán en Buenos Aires" de Julio Cortázar

Adán Buenos Aires la armonización tutelada” de Sebastián Hernaiz

Panelistas: Ricardo Coler / Susana Cella/ Carlos Gustavo Motta / Mary Pirrone

Articula: Mario Goloboff
16 hs INTERVALO
16.30 hs Nicolás Casullo por Guillermo David

Video: fragmento de una entrevista a Nicolás Casullo por María Pía López
17.30 hs Plenario

¿Habrá tiempo en el lenguaje para lo siempre nuevo?

Graciela Musachi / Jorge Chamorro / Horacio González / Noé Jitrik

Auspicios
Biblioteca Nacional - Secretaría de Cultura Presidencia de la Nación - Subsecretaría de Cultura de La Plata - Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina - Escuela de la Orientación Lacaniana - Fundación Descartes - Fundación El Libro - Cámara Argentina de Publicaciones - Centro Cultural

de la Cooperación - Embajada Argentina en Perú - Audiovideoteca de Buenos Aires - Ciudad Abierta - Editorial Planeta - Grupo Editor Latinoamericano -

Bajo la luna - Paradiso Ediciones - Editorial Mansalva - Editorial Catálogos - Ediciones Colihue - Alianza Francesa (sede Fortabat) - La mujer de mi vida - Pensamiento de los Confines - Las ranas - Librería La Barca - Librería Norte - Librería Lilith - Librería del Mármol - Centro de Estudios Superiores en Psicoanálisis y Psiquiatría - Portal elpsicoanalisis.net - Subjetividad de la

Época - Radio Capital del Sur

CUARTAS JORNADAS DE LITERATURA Y PSICOANÁLISIS

LO SIEMPRE NUEVO:

IMPOSIBILIDADES, CONFLICTOS, CREACIONES

Carta enviada por FU – Fundación Hábitat y Salud Urbana:

18 de septiembre de 2010

La Fundación Hábitat y Salud Urbana - Fu agradece la invitación que nos han hecho para participar de las Cuartas Jornadas de Literatura y Psicoanálisis. Lo siempre nuevo: Imposibilidades, conflictos, creaciones; organizada por Autopistas de la palabra y dirigida por Liliana Heer y Arturo Frydman. Queremos estar presentes expresando nuestros mejores augurios a todos los participantes de las Jornadas y es nuestro deseo que en el futuro nos encontremos realizando iniciativas mancomunadas.

En esta oportunidad lamentamos no poder estar presentes debido a compromisos preexistentes.

Nuestros cordiales saludos.

Clara Schor - Landman, presidenta, y miembros de la Fu

APERTURA

Habiendo transformación, habrá futuro

Liliana Heer
Estas jornadas están dedicadas a la memoria de Nicolás Casullo y Nicolás Rosa, artistas del engendramiento de nuevos conceptos, nuevas formas de pensar la realidad literaria y política. A ellos, por haber compartido con nosotros sus experiencias siempre actuales con una generosidad potente y subjetivamente comprometida.
Las autopistas atraviesan imaginarios, conjugan fraternidades y adversidades, se expanden convirtiendo la aridez en territorio previsible. Están ahí, pero estar ahí es insuficiente, no alcanza descubrir. Nada está dado. Habrá que inventar, dar sitio con entusiasmo al esfuerzo y al azar. Este es el desafío que nos convoca, cruzar lo aparentemente incruzable. Torcer, exprimir, violentar facilitaciones, volver exasperante el circuito del pensamiento.

Los actos continúan. Paso a paso y a los saltos la fuerza de los hechos nos impone formas inéditas de lectura, tomas de posición, atajos palpables frente a ciertos estancamientos. Difícilmente habríamos concebido un presente como el actual, con algunas supuestas constantes y numerosas variables pródigas en quebrar certidumbres.

Basta de boleros, de embustes, de tributos. Una interpretación que circule en el plano asociativo comete el error de omitir la discontinuidad. Salvada la pausa, los intervalos multiplican el menú, incluyen perspectivas excluyentes, paradojas, combinatorias.
La identidad en fuga -crisis Argentina del año 2002-, tema de nuestras primeras Jornadas, parece haber dado lugar a un orgullo largamente contraído por la vergüenza de pertenecer. El cómo seguimos de Argentina Relato -año 2005- estuvo orientado por una mirada de búsqueda contra las políticas despistantes. Estábamos frente a dos líneas opuestas, no sólo a nivel temporal.

En el 2007, se convocó bajo el concepto Las parejas y el poder. Arte mayor y menor, como en las ficciones de intriga el duelo está en otra escena, en una secuencia por venir. “Imagínenselo…imaginen…imaginémoslo” frasea Murena al retratar a José Hernández escribiendo Martín Fierro. Las garantías de verdad son inesperadas, aún así la experiencia se doblega ante el lenguaje, oye su arrullo, los martillazos, la sugestiva vertiente del cómo, del algo más.
Voy a hacer un paneo de los libros y artículos que se trabajarán hoy y mañana. Una versión andante del amor por ciertos autores en los que la voluntad de resistir desencadena transformaciones. La doble fidelidad a la causa literaria y psicoanalítica implicada en este dispositivo hizo que concibiéramos lógicas de lectura en asíntota, lecturas siempre imposibles de colmar, próximas y distantes, emancipadas.
Nicolás Rosa -sin necesidad de encuadrar- trata el estilo de Perlongher, su urticante contrapunto místico revolucionario de cara a lo inefable. No la vía del silencio -Wittgenstein, Rimbaud-, la saturación de oleajes político-eróticos. Ratio desmadrada, los brillos del fetiche: un cambio de agujas precipita el tiempo en el cuerpo merced al desenfreno de la letra. Por apres coup los faroles de la tradición anteceden al tráfico. Las cartas de Perlongher llegaron al destinatario, Osvaldo Baigorria se interroga sobre el destino público de esos dones. Un barroco de trinchera, de frontera, de caminos nevados, lejanías, confesiones, riesgos y lucha. “En el pico del desvelo”, con el original de Alambres enviado a un par de editores, “¿Qué hacer?” Nadie recibe dones para no huir, para potenciar sobreabundancia y carencia.
Los aniversarios merecen. Una antología de dos siglos permite saborear tonos, descubrir huellas, situar contextos, acceder a una lectura crítica de la historia literaria argentina, seguir como en una novela de suspenso la diversidad de efectos. Construcción, división, desplazamientos. Del “Oíd el ruido de rotas cadenas…” al Himno de Leónidas Lamborghini: “…oíd lo roto, lo mortal en libertad, la libertad mortal…”. Aquello que emerge errante -pura pureza sanguínea- se estiliza, desaparece y retorna en repetición paródica. ¿Quién escribe? Juegos en clave, sabiduría que acaricia, penetración, hostilidad: "abre tus piernas / país idolatrado hasta la estupidez..." Paco Urondo, abril 1973. Uno por uno y una y otra y otros, nunca todas, nunca todos. Entonces, la protesta, los yo hubiera, los por qué. De incluidos, de excluidos. Jorge Monteleone enfrentó ese imposible, herida antológica conspirante en la dimensión falta de la falta.

Los cortes enfrentan otro reto. Líneas melódicas estriadas por el azadón. Cristófalo -muy lejos de ser un encantador de serpientes- elige capturar una franja de la poesía argentina y carpir los jardines mimetizados de lirismo cantarín. Abundancia de abono angélico, luz, delicadeza, verdad, la voz, la voz del corazón contra otras vísceras. Incluso bajo el salvoconducto de la ingenuidad o el recato, los ideales están embichados. Poner en la carretilla las piedras esotéricas implica dar lugar al desafuero, al discontinuo indisimulable del alegrón popular: la igualdad, el voto femenino, los gritos, la carcajada. Implica a la vez cuestionar el lado oscuro del lenguaje cultural de una época en su reflujo expansivo.

“¿A quién prefieres? ¿A Dios o a Adán?” –se pregunta Gombrowicz ante un óleo de la bóveda Sixtina peleando con su pragmatismo estético- “¿Prefieres los veinte o los sesenta? Porque no hay un hombre único…”

También hay tendencias. Los adversativos pueden ser tomados por las astas cuando el temor a ver la violencia agónica de la arruga es aligerado por una afirmación que enroca Dios por París y Adán por Argentina. ¿Dónde reside la necesidad de eliminar conjunciones? Ya en la vieja Francia, Witold medita acerca de ambos países, narra su seducción por aquella pampa fastidiosa sin poder precisar el señuelo. “¿Su juventud? ¿Su inferioridad?” y concluye enunciando una de sus ideas capitales: “la belleza es inferioridad”.

Las aguafuertes pasajeras -ficción sobre el a boca de jarro- recorren a humor subido diversos prejuicios dócilmente naturalizados. Ahí donde una frase es parte de la colección blablablera que engorda el reservorio rumiante, González sitúa la fuente, calibra el chorro, sacude la usina lenguaraz. Las estrategias se renuevan en cada capítulo bajando bandera, desatando moños y torciendo el cogote al más y al menos pavo “para ver si es posible”.
Se escribe sobre otra escritura aun cuando esta doble pertenencia resulte conflictiva o como diría Bataille: Cuanto más riguroso es el pensamiento más se intensifica la amenaza. Defender la legalización del aborto no supone propiciarlo sino repudiar el aborto clandestino. Preguntas, dardos, arpones dirigidos al traga sapos de la repetición argumental a favor o en contra. Klein hace visible lo paradójico del simultáneo derecho a la vida y el derecho a la libertad, impugna la barricada entre placer y reproducción -estandarte de chupa cirios y otras conservas.

Punto común el cuerpo, coyuntura indigerible. El imperio de las esencias es disoluto, niega las construcciones que fabricó. Una suerte echada: lo femenino. El montaje se desencadena en La mujer en cuestión. Peso, altura, color de ojos, cabello, hija de, casada con… datos sumados como escamas; testigos sin atisbos de autocrítica ni emoción informan, detallan, evocan. Múltiples declaraciones vertidas ante un escriba que -gracias al uso de paréntesis y guiones- garantiza una tajante objetividad. Andruetto, con matices kafkeanos vuelve presente la Dictadura, el abuso de poder en esplendor, su resonancia en discursos cómplices. Brecht Siglo XXI.
Marechal escribía sabiendo -como Freud- que el inconsciente habla más de un dialecto. Artista en conciliar antagonismos. Buenos Aires se hace risible para Adán, si bien a lo largo de la novela se cuenta que al niño que fue Adán le era grato llorar por la noche convocando fantasmas por pura vocación de llanto. Es que en las antiguas teogonías el espíritu de la visita está íntimamente entrelazado con la muerte de algún familiar. Vocación contrapuesta a una intensa práctica mutante. Angustia, hastío, náusea, deriva, carne penitencial sedienta de frescos panes, sintaxis del exceso. Marechal exhala formalmente huellas heterogéneas, impone múltiples inscripciones: una manera alternativa de cabalgar hacia lo real. Hernaiz contempla el uso de los signos, el valor productivo del relato como usina de un modo de leer inédito “renovando identidades colectivas”. Cortázar en el momento justo -abril de 1949- supo reconocer el extraordinario acontecimiento, anticipó la fuerza viva de esta obra en el futuro de las letras argentinas.
Como la raíz cuadrada de menos uno, fórmula espectral y al mismo tiempo imprescindible a los matemáticos, espero con ilusión que las ideas en marcha encuentren nuevas pistas.

MESA 1

Tratados sobre Néstor Perlongher de Nicolás Rosa

Un barroco de trinchera, cartas a Baigorria de Néstor Perlongher

Laura Estrin
Dedicatoria: este trabajo lo quiero dedicar a los que quieren en silencio a Nicolás Rosa, como Oscar Blanco y Sandra Expósito, y a los que quieren a los gritos a Nicolás Rosa, como Milita Molina y yo… Perlongher -dice Baigorria-, en un volante, había escrito condenando a “los que no aman porque para ellos el amor es una exageración y una ridiculez”…
… Y yo tenía un fuerte recuerdo, una cantinela, con Tratados sobre Néstor Perlongher: para mí, Nicolás, ahí, hablaba en primera persona… Y recuerdo habérselo dicho muchas veces. Nicolás siempre fruncía el rostro cuando me escuchaba, o miraba hacia otro lado. Fruncía el seño para enseñar. Golpeaba para amar: “El uso singular, ni particular, ni universal, es el uso de una película que se usa para enseñar a los discípulos la esfumatura de los cuerpos…” –dice en esas páginas-.
Uno tiene una perspectiva sobre un amigo, sobre un autor. Esa es la que da vueltas, y perdura. Nicolás una vez me empezó a decir amiga, cuando me regaló una foto suya y Nicolás quiso ser un autor. Casi lo escucho en ese deseo. Confiaba en la escritura y se largaba a ella como a un río que pocos hoy pueden leer. También confiaba en la poesía, había heredado de sus lecturas románticas alemanas un lugar de privilegio para ese discurso desaforado, que viene de antes, como una ´reliquia´ y, a la vez, es una política. La poesía es el privilegio del pensar lo no permitido -dice. Nicolás así, nunca abandonó el pensar social de la literatura: los tratos, las cegueras, los enceguecimientos de las instituciones se fueron constituyendo en su decir.

Perlongher fue casi un ejemplo de todo lo que Nicolás quería mostrar y lo hacía siempre con las manos, con el dedo, como nos enseñan que no hay que señalar. Nicolás Rosa no se asustaba con nada, no le daba vergüenza ninguna tontería teórica, las domeñaba hasta hacerles decir lo que él quería, doblaba las palabras: en vez de canon, linaje, en vez de remedio, fármaco o veneno, directamente. Le gustaba atreverse con las palabras, enumeraba listas donde la “mierda” y todas las sustancias bajas –como también solía llamarlas- se agregaban ufanas a sus saberes lingüísticos o freudianos o de hijo de taximetrista, como le encantaba contar que era. La escatología y la basurología, que repitió muchos años, le di-vertían y no hace falta decir que partía en dos esa palabra cuando hacerlo ya era una farsa teórica.

Nicolás contaba historias, a veces las traía del cine, y eran siempre las mismas películas, pero nunca se explicaba. Siempre rondaba la paciencia y la exasperación con los bajos fondos que extendía a nuestras letras, lo que otros no querían ver, ni oír, y menos, leer. Tal como se dijo de Barthes, leyó como un señor el discurso de Sade y como un ácrata (es su propio término) a Flaubert. Picó la vanguardia hasta hacerla decir su aire viciado, sucio e inútil y me hizo amar el naturalismo.
Leí los Tratados sobre Néstor Perlongher en esos folletones que publicaba la Gandhi –qué género éste, el de los recuerdos… como el de los Tratados: géneros informes los he llamado, géneros que se salen del negocio crítico, que se vuelven insoportables, imperdonables, quizá porque son formas tristes para la teoría que es siempre utopía esperanzada, y Nicolás con estas formas arrumbadas, viejas, armó series: medallones, retratos, causeries, anécdotas, papeles amarillos como sus apuntes de clases, los que nunca nos dejó ver, los que tenían seguramente mapas, índices, programas, todos falsos… como el barroco que él muestra en Perlongher. Pero entre ellos, entre sus papeles y sus vociferaciones, se le escurrían sin darse verdadera cuenta hermosas frases, en este libro dice: “los ensayos de Perlongher no son su poesía, son la página de enfrente del libro que intentó escribir en su vida”. Nicolás quiso tocar la vida con la escritura, un afán imperdonable para un provinciano de las letras como le gustaría saberse pensado. Baigorria en el prólogo a las cartas de Perlongher insinúa que el barroco, las formas, los géneros, son históricos, quiero decir que se usan para decir lo que no se puede decir de otro modo en determinado momento… Pero los autores van siempre más allá de la historia… se diría que vienen del futuro.
Leí los Tratados sobre Néstor Perlongher en esos folletones que publicaba la Gandhi, mucho tiempo después en Fulgores del simulacro donde ya estaba casi todo… Quiero decir que esa librería larga de donde partió mucho de lo que más amé ya no existe, donde también encontré Indicios terrestres de Tsvietáieva. A Nicolás le hubiera gustado eso de Indicios Terrestres, le gustaban las palabras con un dejo de ciencia, de lejanía, de dificultad. Las degustaba con esa garganta que se le fue carcomiendo, y que roída agitaba locamente sólo como puede hacerlo un comediante. Hay un diccionario de palabras que Nicolás gozaba: coruscante, bables, chucherías, glótico. Perlongher en las cartas a Baigorria dirá: “Los mil(agros) del idioma, de la manutención de este estirado balbuceo… Tampoco yo sé dónde queda Cracovia, ni me importa: es nada más por el crujir de esas consonantes que las invoco”… Y era tal vez en el mismo sentido dislocado en que Nicolás se engolosinaba repitiendo, supongo que siempre mal, a Freud: “¿por qué me decís que vas a Cracovia cuando vas a Varsovia y en verdad vas a Cracovia”?... Porque Nicolás se daba el gusto con todas las frases hechas… “carne de cañón” es una de las muchas que están en estos Tratados… Él lo dice: “El mal gusto invertido como felicidad de los significantes: una nueva moral bochornosa”. Y otras las robaba de la literatura o de donde podía: algunas se pueden reconocer: filiforme dice en Tratados, luego, hacia el final, fosiforme, y uno sabe que eso es Gombrowicz: Nicolás dejó un libro sobre Gombrowicz.
Los Tratados vueltos libro en una editorial que presumimos fue creada para ese libro… salieron en 3 entregas en la publicación de la librería, algo así recuerdo, Nicolás amaba los folletines y entre las agoreras frases teórico-gozosas de éste se permite invocar a “Rosa… de lejos”…
Fui una impertinente para él y no puedo no serlo ahora con él. Y, además, como dirá de sus Tratados sobre Perlongher: somos in-tratables, imperiales, como suponía de cierta literatura caballeresca. No juego con las palabras, creo en el sentido, como dice Nicolás que hace Perlongher en los ensayos, siempre se trata de una guerra con el sentido. Es el pacto último de la literatura, un ajuste prieto hasta el dolor, lo sé. Duele lo que falta –decía Nicolás– y en este libro supone: “La mortificación del cuerpo es la meta del alma. La consolación, la del espíritu, el reconocimiento, la del fenómeno”.
Nicolás vuelve, me vuelve. Hablé casi todo un fin de semana de él, sobre la ribera barrancosa del Paraná, para amigos que preguntaban, que no lo conocieron, en mitad de Agosto cuando escribo estas páginas: Nicolás se hacía el gracioso y contaba cosas de su infancia y de su vida en Rosario, debían ser inventadas, mito de origen lo llamó alguna vez… volvía una y otra vez sobre una teoría de los afectos y otra del gusto pero el gusto se le perdía. Se quiso Sarmiento y se quiso Borges… trabajó sobre Perlongher.
Nicolás una vez empezó un Seminario, una clase, mientras se acomodaba en el frío que hace siempre en la Sala Güiraldes del Instituto de Literatura Argentina gritando: “Me tiene re-podrido Néstor Perlongher… Perlongher es una gran atracción… y ahora voy a empezar a hablar de él”. Nicolás fracasó porque triunfaba, así repetía a Kierkegaard y se engolosinaba con el noviazgo con Regina Olsen… y se desmentía: Kierkegaard sólo amaba al amigo al que contaba sus cuitas de amor con Regina… la que se casa con un Shlegel, historias de autores que Nicolás me inculcó soberbiamente, desdiciéndose, negándolo, porque creía fervientemente en la noción de autor mientras se paseaba orondo entre los lugares vacíos que dejó el estructuralismo. Nicolás hablaba de estilo. Presentaba y no representaba, mil veces dijo que la representación estaba en crisis.
Le gustaba marcar geografías literarias, otras veces elegía el tiempo (las ucronías que lo asolaban), a veces el espacio (las utopías a las que volvía) pero quedaba cautivo de los oropeles de una literatura cisplatina, como era la frase con la que insistía para autores como Perlongher y ahí había una elección de brillo, adorno y algazara. Nicolás armaba contrastivas comparaciones que luego se volvían justas: Borges/Perlongher, Lamborghini/Perlongher y se aventura con Pizarnik/Aira, también en estos Tratados. Le gustaban los barrios literarios: los últimos años se los dedicó a Boedo. Creía en las ínsulas y las llevó hasta el límite de su significación, por adyacencias las hizo penínsulas; armaba ahí sus desafiantes series, las que le permitieron un formalismo raro, el más certero: el discontinuo, caprichoso y luminoso.

Nicolás Rosa tenía un saber de telas, de época, de peinados, de fruslerías, de vestidos, en su casa fue juntando algunas de esas veleidades frívolas que me lo acercaban tanto… como la vez que discutimos en una clase sobre los tapados que V. Woolf iba a hacerse a Londres… Es que a Nicolás le interesaban los cuerpos, los fantasmas, los dobles, los gemelos, los replicantes, autómatas y golems. Él dijo: “que la escritura sea básicamente perversa, no es sólo por razones de fenomenología: de la percepción a la impostura sólo queda el tramo de la memoria alucinada”… Nicolás abría los ojos, simulaba interés, disimulaba encanto.

Nicolás era mimético y ahí se fundía y renacía en otro. Nicolás se buscó siempre, hasta en el neutro: recuerdo el hermoso prólogo al Seminario de Barthes, ahí encontró el tema de la muerte, o la fragmentación o las partes: el delirio de Frankenstein y Drácula lo alucinaron siempre. Accidentes fractales, decía, “La escisión es primaria, la secesión es secundaria”. Su política literaria era una política ornamental y en eso estaba solo. Amar el lujo es desdeñable… Por eso la poesía siempre está sola, rodeada de mar, como una isla desierta, y con amor volvía una y otra vez a Robinson Crusoe.

Componía y descomponía mundos teóricos para probarse y probarnos, no quería llegar a ningún lado, podía usar frases imposibles: “ortofonìa abyecta”, “sistema ortocomplementario”, con la picardía de un chico serio y con la fe en poder decir al menos algo. En sus palabras “infisionaba, itineraba”. Para él no había palabras feas, esa era su “pasión escópica”. Nicolás Rosa era un escritor del ojo: “el ojo por el que me miras es el ojo por el que te veo” y con ese fragmento mal cortado de Angelus Silesius nos atormentaba… De Perlongher dice algo así: “no mira sino que ve”. Esa fue su vigilia: mirar… ser un visionario, eso reclamaba para sí (“¡casamiento entre homosexuales!” –escribe en el ´97).

Nicolás era como sus palabras, díscolo, irrevocable, leía lo que no leía y no leía lo que leía, “pura extenuación de significantes barrocos” –dice en Tratados– o “delirio de licuefacción” cuando va de Rubén Darío a Lezama. Pero siempre fue perfectamente claro: “el trabajo poético es atraído por un centro desorbitado, un centro descentrado, huidizo, pura superficie de la superficie sin hondonadas ni profundidades: un sujeto frívolo, veleidoso y sensual”. Nicolás entrechocaba definiciones, no se organizaba nunca para demarcar, todo en él eran contornos aéreos. La comparación era su reino crítico, su enfrentamiento más veraz, y como el mismo Perlongher así tratado, él se trasplantaba y se traspapelaba en ellas.
Creo que Nicolás amó la obra de Perlongher, la necesitó para ver de otro modo lo que él ya sabía: una historia literaria argentina brillante pero arrumbada, encarnecida, arrastrada y la puso allá arriba. Una ambigüedad estructural construyen sus lecturas: ¿qué dice Nicolás? Dice más de lo que dice pero por sobre todo dice lo que dice. En sus últimos años me enseñó la verdadera fuerza de la literalidad (como cuando en este libro clama casi inerme aunque pocos le crean: “-no sé decirlo de otra manera-” y, a la vez, ve “muy realista a Perlongher”). A esa literalidad increíble la he llamado realismo extremo. Así Nicolás me enseñó el destino de ser un autor. Y se burló un poco del suyo… como se burla esa frase de adjetivos memorables en estos Tratados cuando supone “la cariátide de Don Adolfo Bioy Casares”. Por eso cuando digo que Nicolás era malo pocos entienden, “es sabido que de lo peor se extrae mayor goce” –dice Nicolás volviendo a lo conocido- pero, además, más allá de la maldad que funda el bien, más allá de toda inversión originaria, Nicolás fue un duro maestro, un pertinaz escucha, un gozoso lector.

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