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De un incierto articular

Roberto Retamoso
En el programa de estas Cuartas Jornadas de Literatura y Psicoanálisis que hoy nos convocan se lee lo siguiente:
Mesa 1 - Tratados sobre Néstor Perlongher de Nicolás Rosa

Néstor Perlongher: Un barroco de trinchera. Cartas a Baigorria
Panelistas: Laura Estrin / Adrián Cangi

Ana Meyer / Carlos Dante García
Articula: Roberto Retamoso
Si programa, etimológicamente, significa “anunciar por escrito”, ese sentido sin duda está presente en este enunciado de este programa. Porque se trata precisamente de eso: avisar, hacer saber, de qué trata -de qué se trata- esta mesa.

Tal como allí leemos, esta mesa trata, ha tratado, de dos libros, uno de Nicolás Rosa sobre Néstor Perlongher, y otro del propio Perlongher que contiene las cartas que enviara a Osvaldo Baigorria.

Quienes han tratado estos libros son cuatro lectores: Laura Estrin, Adrián Cangi, Ana Meyer y Carlos Dante García. Y una quinta figura debe articular sus lecturas, en un rol que me ha sido encomendado.

Rol o tarea ciertamente inciertos, si se me permite el juego de palabras. Porque los textos, todos los textos que debería articular, se leen bajo la forma de lo centrípeto antes que de lo centrífugo. Son, por así decirlo, una serie de fuerzas que, lejos de confluir alrededor de algún eje común, se dispersan a partir de un umbral indeterminado constituido por los dos textos tutores.

Leemos, así, el movimiento de una dispersión. Ese movimiento está generado, sin dudas, por una contigüidad que no deja de sostenerse en un equívoco: porque si el libro de Nicolás Rosa habla sobre Néstor Perlongher, no habla sobre el mismo Perlongher que reconocemos en sus cartas.

No me refiero con esto al escritor Perlongher, a la persona de Néstor Perlongher, sino al nombre propio Perlongher, que en los libros deviene en un signo que identifica, designándola, a una cierta escritura. Es en ese particular sentido, entonces, en el que afirmo que el Perlongher del que habla Nicolás Rosa es otro Perlongher que el que reconocemos en sus cartas.

Por ello, no se trata de articular un texto-objeto con un meta-texto, una obra poética con su crítica o comentario. Por el contrario, se trata de articular dos textos que nunca se cruzan y que, por lo tanto, no dialogan expresamente entre ellos. Sin embargo, las ponencias que hemos escuchado se proponen ese movimiento, la traza de un vínculo que por múltiples razones permite conectar lo que, en principio, no se muestra conectado. Intentaremos, en consecuencia, leer ese movimiento, articular ahora otro nivel de escritura -el que inscribe las lecturas de los textos tutores- en un ejercicio que duplica el suyo: juego de espejos y de cajas chinas, donde debemos vincular lo que estos lectores han escrito.

Dijimos que las ponencias que acabamos de escuchar intentan articular los textos de Rosa y de Perlongher. Lo interesante y al mismo tiempo dificultoso es pretender dar cuenta del modo en que cada una lo hace: intentaremos superar esa dificultad sabiendo que nuestra lectura no es más que un posible dentro de un universo indeterminado de posibles lectorales.

Hecha la salvedad, comencemos diciendo que la ponencia “Perlongher: insatisfecho, tratado, mártir” expuesta por Carlos Dante García, podría caracterizarse como una lectura “pragmática”, esto es, como una lectura que se orienta hacia las figuras de los sujetos situados en los extremos del circuito de la comunicación discursiva. Es sabido que la pragmática constituye un campo de investigaciones que repone aquello que la lingüística y la semiología inspiradas en Saussurre habían soslayado: los roles, las competencias y las operaciones discursivas que practican aquellos que intercambian los textos. Así, la ponencia de García se centra en la figura del escritor Perlongher, caracterizando los diversos modos en que puede ser reconocido en sus escritos poéticos o epistolares.

Esa perspectiva, notoriamente, es la que guía además su visión de los Tratados de Nicolás Rosa, a quien le cuestiona el hecho de practicar una crítica literaria que, apoyándose en gran parte en la teoría de Lacan, no siempre articula con precisión sus fuentes teóricas. Al respecto, García propone una serie de ejemplos que ilustran el uso inapropiado que habría realizado Nicolás Rosa de diversos tópicos y conceptos lacanianos, para arribar a proposiciones conclusivas como la que afirma que “desde el psicoanálisis, en la poesía distinguimos la satisfacción del que escribe de la del lector”.

Pero la interpretación psicoanalítica no solamente puede operar sobre el sujeto empírico que produce un texto: también puede operar sobre el texto mismo. Es así que la ponencia “El periplo de la lengua en Néstor Perlongher” de Ana Meyer propone otro registro de lectura. Allí, Meyer se pregunta: “…¿Qué me evoca el texto Néstor Perlongher un barroco de trinchera?, para responder de inmediato que “…a modo de jeroglífico, el autor desaparece con cada personaje, no es él, es la lengua que fluye como un río atravesada por la no relación sexual, un lenguaje poético que le permite a Perlongher decir su deseo sin trabas, alcanzar lo real de la lengua, lo ominoso como lo imposible de decir, donde sólo la poesía puede alcanzar ese punto sin llegar a tocarlo”. La poesía y en ocasiones “la ficción crítica” como la misma Ana Meyer designa, citándola, a la escritura de Nicolás Rosa, también ella una inscripción donde el autor desaparece y queda una lengua díscola que permite “transmitir aquello que no puede ser dicho”.

De manera que las lecturas van mutando su registro, sugiriéndonos a nosotros, el incierto articulador, que estas, como todas las lecturas, suponen diversas focalizaciones y por lo tanto diversas interpretaciones de los textos leídos.

No poco tiene que ver con ello el subtítulo de este encuentro: “Cuartas Jornadas de Literatura y Psicoanálisis”. Porque ese sintagma nominal copulativo puede sugerir diversos sentidos de la conjunción que vincula ambos nombres: el de la conectividad aditiva, el de la conectividad problemática, el de la conectividad imposible. O también: el de posiciones jerárquicas entre los términos de la relación.

Sin adentrarnos ahora en tales cuestiones, digamos simplemente que así como los textos de García y Meyer hablan desde el discurso del psicoanálisis, los de Cangi y Estrin hablan desde un lugar discursivo menos acotado y de fronteras más lábiles: por momentos ensayísticos, por momentos autobiográficos, pero en ambos casos modulados por una palabra donde se reconoce de manera inequívoca un decir literario.

Así, el texto de Adrián Cangi articula en su lectura los dos textos tutores por medio de un estilo donde el paralelismo y la metáfora son los instrumentos que posibilitan la articulación: “…Entre los Tratados sobre Néstor Perlongher (1997) de Nicolás Rosa y Un barroco de trinchera (2006), correspondencia de Néstor Perlongher a Osvaldo Baigorria (1978-1986); entre el falso tratado y la correspondencia como crónica, la mirada se yergue percutante sobre la tierra y se desfonda anular en el arrabal, buscando un suelo para el pensamiento y una visión para la libertad…”

Mirada homóloga, mirada dual, que hace del intervalo temporal y escriturario el espacio imprescindible donde situar la perspectiva común que sostiene ambos textos. Diríase que para Cangi su vinculación resulta obvia, cuando nos dice al final de su ponencia: “…Nicolás Rosa fue el maestro-amigo que me introdujo en los tránsitos hacia la letra del poeta. Néstor Perlongher, el que cursó el impulso hacia tierras y lecturas inesperadas…”, introduciendo en su texto un sentido claramente autobiográfico.

Ese sentido se despliega aún más en la ponencia de Laura Estrin, escrita desde el afecto que inflama el recuerdo. Ese afecto provoca, de forma notoria, un efecto de escritura: en su texto reverbera una pasión por la letra que es la misma pasión trasmitida -legada- por el discurso de Nicolás Rosa. Discurso por momentos oral y por momentos escrito, ya que el texto de Estrin es tan pródigo en evocaciones de diálogos con Nicolás Rosa y sobre Nicolás Rosa, como en citas y reminiscencias de su particular escritura.

Así, la lectura de los Tratados sobre Néstor Perlongher forma parte para Estrin de una (auto)biografía que atraviesa escenas y lugares anclados solamente en la memoria, y que vuelven con nítida insistencia a propósito de escribir esta ponencia. En esas escenas y en esos lugares reaparece Nicolás Rosa como lector de Perlongher, en una semblanza entrañable que rescata lo mejor del Nicolás Rosa lector.

Al respecto, Laura Estrin nos recuerda: “Nicolás era mimético y ahí se fundía y renacía en otro”. Semejante darse, salirse de sí como significa etimológicamente la palabra éx-tasis, es lo que le permite conjeturar: “Creo que Nicolás amó la obra de Perlongher, la necesitó para ver de otro modo lo que él ya sabía: una historia literaria argentina brillante pero arrumbada, encarnecida, arrastrada, y la puso allá arriba”.

La rotunda afirmación no deja de recordarnos que muchos leen reconociendo sentidos, pero pocos lo hacen descubriéndolos, inventándolos, inscribiéndolos de manera acaso decisiva. Laura Estrin sitúa al Nicolás Rosa lector de Perlongher en ese lugar privilegiado, y lo hace desde un diálogo imposible que conmueve por su intensidad dramática.

Retórica prosopopéyica, podría decirse, repitiendo a Derrida en sus Memorias para Paul de Man. Y también: alta retórica, noble retórica, que apela al tropismo artificioso de hacer hablar al ausente, al muerto, como el modo amoroso de conjurar su falta recuperando, imaginariamente, la plenitud de su palabra.

MESA 2

Metafísica, ilusión y teología poética. Notas sobre la poesía argentina 1940/1955” de Américo Cristófalo

200 años de poesía argentina de Jorge Monteleone

La poesía, ¿démodée?

Anahí Mallol
He leído dos artículos de crítica literaria, por lo demás, brillantes, brillantes porque precisamente brillan en su diferencia. Un capítulo de La historia social de la literatura argentina dirigida por David Viñas, escrito por Américo Cristófalo, que abarca la producción poética de los años 40 y 50 en la Argentina, y por otro, el prólogo a los Doscientos años de poesía argentina, de Jorge Monteleone. A los dos, los felicito, grandes y sagaces lectores que abren camino en la maleza, a golpe de ideas, sensibilidad e ingenio, para darnos a leer materiales diversos, para abrir, con el pensamiento, un espacio posible para la poesía.

Y sin embargo los dos me han dejado, por un momento, triste, hasta dolida. ¿Será que siento menoscabado mi aprecio, casi fascinación, por Olga Orozco, al verla en serie, y con justicia, con poetas que hacen de la poesía una sublimidad extraña, esotérica, de la que siempre he desconfiado? ¿Será porque otro tanto me pasa cuando leo que mis poetas tan amadas, Rosenberg, Bellessi, están aparte, apartadas, como diosas del gineceo, en una lectura global de la poesía argentina, y no como poetas a secas, como las deseo?

Ambas lecturas remiten por momentos, y el dato no es menor, los poemas, la ideología sobre el poeta y la poesía que ponen de relieve con mayor o menor fortuna a cada caso, a sus momentos de emergencia en un marco histórico general, estético y político. Como si algunos datos del contexto dijeran algo valioso acerca de la posición de los poetas o del sentido de los poemas. Nada más cierto. Pero entonces parece que cierta poesía no fuera sino algo démodée, siempre superado, y que se revisita con una ligera ironía cómplice. Pero por suerte y gracia ambos saben que ese sentido contextual e ideológico no logra saturar lo que puede ser dicho sobre los poemas. En lo absoluto. Todo lo más, los sutura. Y por eso, al leerlos nuevamente, descubro lo magistral y lo mágico (casi como un ejercicio de prestidigitación que nos permite ver lo que no estaba desde el inicio allí, es decir lo que no es obvio, es decir lo más creativo, tal vez lo más valioso) de ambas operaciones críticas. Dejar un resquicio por donde la sutura supura. Lo dije, buenos lectores de poesía, lectores amorosos, saben que el camino que proponen no es ni puede ser sino una orientación, un merodeo amoroso por esos cuerpos nada angélicos que son los poemas hechos de una materia tan concreta y tan evanescente a la vez como el lenguaje. Y en su rendido homenaje a la poesía, dejan leer otras cosas.

Que la poesía escrita por mujeres en el siglo XX en la Argentina contiene mucho de lo mejor que se ha escrito y se sigue escribiendo en las voces nuevas, que Olga Orozco llevó a su culminación una voz propia que aún reverbera, porque detrás del tono ceremonioso pasado de moda aún se juega su dimensión lúdica en diversas reescrituras.

La tristeza del contexto me hizo creer por un momento que la poesía podía ser démodée, lo que quiere decir que habría que leerla siempre en relación con su contexto estético, ideológico y político, para que continúe diciendo algo, para que algo diga, bajo peligro de cooptar si no la poesía a convertirse en una rama esotérica, mistificada, de los juegos de lenguaje.

Entonces hay que construir legibilidades, organizar esa gran masa de textos, a sabiendas de que lo que se logre, será siempre una empresa fallida de antemano en la medida en que no se va a poder apresar jamás a ese, el más huidizo entre todos los animales, el erizo, el poema. Porque en efecto, ¿Cómo hablar de poesía? Ellos se lo han preguntado, lo saben: sólo se puede hacerlo dando muerte en gran medida a lo poético.

Paul Valéry, quien no fue sólo un destacado poeta francés, sino también un teórico lúcido de la poesía, escribió en sus tiempos: “por más que contemos los pasos de la diosa y anotemos su frecuencia y longitud media, no deduciremos el secreto de su gracia instantánea” .

No se trata en este caso de la asunción de una postura decadente y deísta, común a sus contemporáneos. Al hablar de poesía, Valéry no se refería a un más allá de la poesía, un misterio, una mística, es decir, lo que Derrida englobó bajo el rótulo de “metafísica occidental” o “logocentrismo”, sino a un más acá de la poesía: su materialidad significante como cuerpo opaco. Como diría Gertrude Stein, una rosa es una rosa es una rosa, lo que quiere decir también: un poema es un poema es un poema.

Pero entonces si la poesía es, desde una posición formalista, aquel texto en el cual se da como principio constructivo la preponderancia de la proyección del principio de equivalencia del eje de la selección sobre el eje de la combinación , lo que no equivale sino a decir que en él, el lector en su relación con el texto debe poner en acto todas las posibilidades fónicas y semánticas del mismo, o al menos la mayor cantidad posible de ellas, o si la poesía es aquel texto que condensa la mayor cantidad de información en el mínimo de espacio , o más aún, si la poesía no es sino el más autorreflexivo y el más tradicional de los géneros , entonces podría afirmarse, señalando una nueva tensión que subtiende a las anteriores, que la crítica sobre poesía no puede eludir como un momento de su verdad la adopción de los modos del ensayo (para poder desplegar todas esas posibilidades semánticas, que se darán en relación con la actualización del texto por parte del lector y también en relación con sus circunstancias, su contexto, su competencia literaria).

Sólo de ese modo puede imaginarse una salida para el cul de sac de la crítica que plantea Derrida en “¿Qué cosa es la poesía?” Si la poesía es aquello que se manifiesta cuando se la repite de memoria/con el corazón (par coeur) porque se realiza en su ritmo, y cuando se pregunta qué es la poesía, “’¿qué es...?’ llora la desaparición del poema –otra catástrofe. Al anunciar eso que es tal como es, una pregunta saluda el nacimiento de la prosa” entonces la poesía es aquello de lo que no se puede hablar sin destruirlo, volviéndose este habla en torno a la poesía, además de destructivo, superfluo. A menos que se lea desde otro lado, o se le asigne a este discurso sobre el discurso otra función o, para decirlo mejor, otra modalidad, otro género en los bordes de la ley del género, es decir a partir de la práctica de una asunción, deliberada o no, pero en todo caso manifiesta, de una voz menor, de una poética menor.

En cada caso, una invitación al juego, a un más acá de las palabras, en que el ritmo vital, ritmo del cuerpo, que acunara como presemiótico la existencia primera, se transforma en el ritmo de la respiración (el ritmo) en el poema, cosa que ni Cristófalo ni Monteleone dejan de resaltar, en los que destaca, el detalle mínimo que se agranda hasta ocupar todo el cuadro, o el ritornelo o estribillo que se vuelve casi un ritornelo existencial, es decir, basta con que no se olvide que el poema es, ante todo, ritmo.

Es suficiente con recordar el maravilloso poema del maestro cubano Nicolás Guillén, uno de los preferidos de Nazareno, mi niño:
Sapito y Sapón

son dos muchachitos

De buen corazón

El uno, bonito

El otro, feón;

El uno, callado,

El otro, gritón

Y están con nosotros

En esta ocasión

Comiendo malanga,

casabe y lechón.
¿Qué tienes, Sapito

Que estás tan tristón?

Madrina, me duele

La boca, el pulmón,

La frente, un zapato,

Y hasta el pantalón

Por lo que me gusta

Su prima Asunción.

(¡Niño!)
Y a ti, ¿qué te pasa?

¿Qué tienes, Sapón?

Madrina, me duele

Todo el esternón,

La quinta costilla

Y hasta mi bastón,

Pues sé que a Sapito

Le sobra razón.

(¡Pero niño!)

Sapito y Sapón

Son dos muchachitos

De buen corazón.
(De: Por el Mar de las Antillas…, en Ramb, Ana María (selección y prólogo) Si ves un monte de espumas… Versos y cuentos cubanos para niños).
Cada vez que mi niño recita encantado por la rima y el ritmo este y otros poemas, puedo tener la alegre certeza de que a cierto nivel la poesía no es, nunca podrá, ser démodée. Gracias, mi niño, y gracias a estos dos grandes lectores de poesía.
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