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El régimen de los selectos y la pobre especie

Fernando Murat
Las antologías, más aún las que asumen la consolidación del canon unidas al calendario patriótico, pueden tener el valor de cualquiera de las liturgias que nos animan, como las celebraciones, los premios y las fiestas familiares: sabemos las operaciones de construcción que las constituyen, conocemos y estudiamos sus mecanismos, pero vamos hacia ellas dominados por un acto de fe, de pertenencia institucional, de inclusión en un sistema con atribuciones de absorción y expulsión. La antología es punitoria porque une en ese valor instancias jurídicas y económicas, un régimen de réditos y ganancias y un espacio de sanción, soporta las pérdidas porque son la estructura de su economía, pertenece a ese espacio que consolida, que es el régimen de los selectos, porque no nos dice sólo a quién leer, sino cómo leer, y nos deja un aviso sobre lo perdurable. Recorta el pasado y le da la consistencia de una totalidad, se para en el presente con la expectativa de la consagración y nos previene sobre el futuro, nos deja prevenidos sobre los modos de leer.

La antología intenta desentenderse de este régimen y se nos presenta más que como un sistema de selección como una consecuencia de la selección natural, como si estuviese posicionada más en una zona de recolección y ordenamiento de lo que perduró, que como una operación de opciones y exclusión para definir lo perdurable. Esa acción gobierna a la antología y es la que le permite legislar, como otros espacios institucionales de la literatura, para definir al menos tres veces los vínculos entre las palabras estado y literatura: un estado de la literatura, el estado en la literatura y la literatura como estado, con su división de poderes y sus leyes. La antología nos permite imaginar un consenso por afuera de las disputas sobre lo que debe ser la literatura y las garantías del valor.

Uno de los puentes entre los textos que nos ocupan hoy de Jorge Monteleone y Américo Cristófalo , Leónidas Lamborghini, que con El solicitante descolocado estaba por afuera de las expectativas, en lo que la literatura no esperaba para sí ni de sí, escribió sobre la lucha de las especies en el idioma de los argentinos: “No son todos los que están/no son todos los que son/mi pobre especie/son/ los no antologados” (pág. 17). La pobre especie, en un texto que abre un régimen de voces que confluyen, colisionan y se distribuyen en el drama de las relaciones entre estado y literatura, y encuentra, como escriben Cristófalo y Hugo Savino, su nervio en la historia y en un contexto en el cual la historia le provocaba nervios a la literatura y la reenviaba en esa nerviosidad demasiado alto, con la fantasía de que en esas alturas la historia podía no alcanzarla. Este combate que propuso Lamborghini con lo que llamó el “lirismo trasnochado que no se hacía cargo de la historia ni de la política” , lo imaginó también como un choque entre voces, con algo que liga a la payada y a la parodia, que es el recurso que recupera Monteleone, pero que no agota el efecto Lamborghini.

Estamos muy cerca de los problemas que plantea Cristófalo en la lectura de los poetas del 40 y el giro que permite leer a Lamborghini, y de la guía que conduce la construcción de la antología de Monteleone, que define en el prólogo su instrumental, con figuras -el mármol y el agua- y categorías -constelación y canon- sin abandonar la voluntad pedagógica e institucional de la antología de trabajar un régimen de inclusiones y exclusiones, elecciones y clausuras.

El texto de Monteleone señala la dinámica de la crítica y acepta la resignación del antólogo, con otra figura, que llama el fantasma de la totalidad, que intenta atenuar lo que es en verdad la voluntad de fijación de una totalidad, de intervención jurídica, en este caso aún más decisiva por los afanes de consolidación que abre el Bicentenario. La antología es un acto crítico, escribe Monteleone, pero es necesario agregar: es un plan de acción estratégico que nos acerca, como otras zonas de sedimentación institucional, a una figura jurídica de la crítica que tiene valores de sentencia e impugnación, y fija las condiciones de la literatura. Por eso es un plan de acción y de intervención, porque establece, como otra de las figuras a las que recurre Monteleone, el libro de lectura, o al menos es el anhelo que la sustenta, lo que debe ser leído, lo que debe perdurar como estado de la literatura y como estado en la literatura. La jurisdicción de lo que debe ser leído, el estado jurídico de la literatura.

Decíamos entonces que el texto de Monteleone trabaja entre la ilusión de transformación del crítico y las ilusiones perdidas del antólogo, y esta resignación, esta doble vía, muestra la desazón del crítico cuando se presenta mixturado con el antólogo e ingresa a otro campo que podemos llamar, tomando una palabra del texto de Monteleone, el régimen de los selectos. Hay una teoría de la evolución que en el texto de Monteleone parece concentrada en una relación temporal, sucesiva, de preservación y transgresión, sostenida con figuras de movimiento que son centrípetas y centrífugas, retornos y reescrituras, cortes temporales en un sistema de agrupación al que llama constelación. Trata de imaginar a la antología como un mapa abierto, en mutación y desplazamiento perpetuos, lo que es su estrategia y su ilusión genuina. Por eso presenta sus recorridos como un guía del idioma de los argentinos y nos deja varios cortes, rutas de acceso, como la historia del yo; el origen de la nacionalidad; la voz, con el tango, la canción y la ausencia notable de los poetas del rock; y uno clave, que es la forma de intersección entre política y literatura, y de ambas con la historia, con una escansión, la dictadura, y una vía central, en la que camina El solicitante y si me permiten un salto más allá del 2000, La risa canalla.

Cristófalo y Savino dicen “Leónidas no tenía la voz de la poesía de su tiempo” y aquí hay que detenerse, porque el instrumental de la poesía de Lamborghini, o en la línea de tres que marca Cristófalo con Discépolo y Marechal, le permite interpelar a los poetas del 40 y pensar de qué materiales estuvo hecha la imposibilidad de leer “El saboteador arrepentido” y su ingreso disruptivo, fuera, como dice Cristófalo, de las teorías de la historia como progreso. Ingresa a la historia, no la comenta, y esta es la forma en que lee al texto de Lamborghini en otra zona, separada de al menos tres: seguro, lejos de las poéticas vinculadas a lo que llama “morada del ser”; lejos también de la risa de la vanguardia; y distante de la poesía social. Para seguir a Lamborghini en una entrevista, “El saboteador” estaba en otra zona, se instalaba en otra voz, al margen de los réditos de la época, que llama lo “elegíaco metafísico” y el “lloriqueo social”. Pero no estamos en Lamborghini sino en el Lamborghini de Cristófalo, donde voz y teatro son las dos categorías que permiten una redefinición de la literatura, o mejor, de lo que llamamos literario, porque con esos dos instrumentos separa a Lamborghini, y más, muestra cómo Lamborghini se separa de la risa hedonista y lúdica de la vanguardia.

En esta zona Cristófalo piensa una teoría de la poesía, cuando provoca el cruce de la representación histórica y el mundo de los hechos con la poesía de tradición neoplatónica, neorromántica, y su zona dominante y de dominio con núcleos órficos, teologales, secuencias de verdad y trascendencia. Pero el eje es el sentido político de la exclusión de la política y la historia, en la moneda que lleva en una cara al liberalismo ilustrado y en la otra la magia poética. Está pensando en Juan Rodolfo Wilcock, en Enrique Molina, en Olga Orozco, en Alberto Girri, pero también en Oliverio Girondo con Persuasión de los días y Campo nuestro, y el cierre de la figura del poeta de la vanguardia del 20 con Espantapájaros. Entonces encuentra la tensión entre las poéticas de idealización neorromántica y el giro de Lamborghini, también por afuera de la literatura social y de la política cultural del peronismo. Se trata de una teoría política en el debate por el idioma de los argentinos: Cristófalo muestra, en definitiva, que la ascesis y el distanciamiento político construyen un lenguaje que llama permeable a las figuras y construcciones que provienen del estado.

Cuando Cristófalo establece el corte, que es de 1940 a 1955, y hace desprender de ese corte un paradigma donde se combinan metafísica, ilusión y teología poética, y le define un trasfondo, un continuum en el modernismo hispanoamericano, lo hace con la escansión de dos instrumentos institucionales de la literatura, el premio y la revista, para pensar a la literatura en una política de clase y en los vínculos con las concepciones de la historia y de la política. El canto, que es la figura, el recurso central con que piensa la poesía del 40, es clave en la tensión con las voces de Lamborghini, y Cristófalo, que conduce de manera solapada una crítica central a Borges y la decantación de las vanguardias, encuentra allí, en el Lamborghini de El Solicitante, la dinámica en futuro de la literatura, en la especie de los no antologados, porque está pensando en la irrupción de Lamborghini como una llegada a destiempo, no necesariamente como un adelantado, sino como alguien que está escribiendo en un tiempo simultáneo pero en espera, en el espacio de las voces sociales y las representaciones históricas, en el mundo de los hechos, con la disonancia de las voces. Esta tensión encuentra posición cuando El solicitante pone cada cosa en su lugar y permite entender al idealismo lírico en la secuencia del liberalismo ilustrado. Cristófalo abre este espacio y cita a Mastronardi para señalar que la mitología y el jardín son los dos espacios de la poesía de Wilcock, que en El Solicitante son las voces en el mundo de los hechos y el basural. Esa tensión, en lo que parece como ilusión conciliadora en los programas poéticos del 40, como naturaleza perdida y alianza trascendente para la recomposición de la verdad, tributa en la restitución de las voces del basural en Lamborghini y lo que aparece en El Solicitante como libre de la complicidad con lo poético. Estamos muy cerca de Rodolfo Walsh en las operaciones de restitución de las voces borradas, las voces de los basurales, y la posición de la verdad como un bien político de restauración.

Resonancias

Luis Erneta
A los autores de los textos que voy a comentar les agradezco que su lectura me haya envuelto en una paradoja, que al mismo tiempo de aumentar el vacío de mi ignorancia en materia literaria, contribuye a mitigarla; soy lo que se dice un “lector salteado”. Mi práctica es el psicoanálisis de la orientación lacaniana y en esto soy un lector un poco más aplicado. Haré sucintos comentarios que a mi modo de ver puedan tener alguna resonancia en el psicoanálisis. Resonancia es un término que tiene su lugar en la obra de Jacques Lacan, aunque con otros fines que literarios.

Algunas afirmaciones que me impone mi práctica.

1- La relación literatura –psicoanálisis está afectada, en su eventual intento de conjugación, de una imposibilidad estructural, aunque ambas prácticas se determinen en la palabra y en la escritura.

2- Tanto Freud como Lacan han marcado siempre la literatura como predecesora del psicoanálisis pero acuerdo con Ricardo Piglia cuando afirma que el psicoanálisis se ha beneficiado con la literatura pero que la literatura también se ha beneficiado del psicoanálisis. Lacan exige que el psicoanalista debe ser letrado. Lo dice así: “Puesto que se trata de captar el deseo, y puesto que sólo puede captárselo en la letra, puesto que son las redes de la letra las que determinan, sobredeterminan su lugar de pájaro celeste, ¿cómo no exigir que el pajarero sea en primer lugar un letrado?” Tanto Freud como Lacan poseyeron una vasta cultura literaria. Es paradójico que Lacan cite a Borges y para afirmar que está en el hilo de su discurso; es a propósito del universo y para refutar la concepción misma de universo y la categoría de universal.

El título mismo de Américo Cristófalo nos atrae sobre sus términos, dos de los cuáles podrían resonar en el psicoanálisis. Metafísica no; nada más lejos de nuestra práctica, orientada por lo real – un real que no es el de la ciencia – un real que es el nudo duro del síntoma.

Ilusión: que se repercute a todo lo largo de su texto, aunque en una metonimia que se desliza en él bajo diferentes nombres, texto crítico, por cierto, enuncia una proximidad al texto conocido de Freud, “El porvenir de una ilusión” (1927). En este trabajo se da una paradoja, puesto que mientras aparece como enemigo acérrimo de la religión, que considera una ilusión, avizora el psicoanálisis como una ciencia. Es la ilusión de Freud.

De Olga Orozco destacamos las expresiones “descenso del yo al corazón…derechos de propiedad sobre el lenguaje , unidad entre el nombre y la cosa” que se oponen decididamente a nuestra práctica. En cuanto a Enrique Molina se hace hincapié entre la expresión del sueño y el “inconsciente”. Ignoramos qué concepción tiene Molina sobre la relación – que en Freud es estrecha – entre sueño e inconsciente. Además de decir “confort de la castración”, inaudita para nosotros. La teología, si en general la tomamos en relación al nombre de Dios, recordaremos que en Lacan se afirma que “Dios es inconsciente”. “Moisés y el monoteísmo” , de Freud, lo trata de otro modo. Nos pareció que el texto de Américo Cristófalo alude sutilmente a la política, inevitable dado el período que ciñe. La política toma su lugar; en Freud en “El malestar en la cultura”, y en Lacan, en que la práctica es ordenada según una política, en referencia a lo que el analista ha de pagar en su ejercicio.

En cuanto a “Una constelación de la poesía argentina”de Jorge Monteleone, es ya poético en su escritura. Se deja ver lo que en el psicoanálisis llamamos el bien-decir, categoría de Lacan para la práctica psicoanalítica; es lo que puede producirse en la interpretación como efecto de creación. Acuerdo en que toda ontología es un acto crítico, subrayando lo de acto, como lo es el de escribir. “Toda antología es incompleta o arbitraria…y forma parte de su retórica. …”sistema de ausencias porque lo acosa el fantasma de la totalidad”. No hay entonces universo en una antología, porque está abierta al vacío estructural de la lengua. Por eso es que siempre podrá agregarse una antología más en la serie, infinita, y “estará constituida por nuevos vacíos”. Aserto: la totalidad sin duda es un fantasma. El canon literario, que él prefiere escrito como fluir, va creando sus precursores. Ver “Kafka y sus precursores” de Jorge Luis Borges, en el que resuena. Hay modos de elegir y de leer y así opera el analista orientado en la enseñanza de Lacan. El psicoanalista lee y procura que un decir se escriba en el analizante. No puedo sino acordar con la fórmula “la antología implica implica la interpretación metonímica de un corpus idealmente total”. Su copiosa constelación de autores elegidos es su modo de lectura. Elección y modo de lectura implica ya un corte, una escansión, en ese fantasma de totalidad. Algunos párrafos y expresiones nos han detenido para hacer un necesariamente sucinto comentario de algunos de ellos. “Sarmiento se preguntaba que había más allá de lo que se ve” y el psicoanálisis le respondería que más allá de lo visto hay la mirada, como objeto invisible a la percepción. El marco de este acápite es la voz, que Lacan conceptualiza también como objeto, inaudible, salvo para la alucinación verbal, cuando se pone a hablar y el sujeto sufre lo indecible cuando esas voces, venidas de lo real, le hablan y de las más horrendas maneras. Así hablar y escribir, nos permite mantener en silencio esas voces, hasta cierto punto. Antes que hablar, el sujeto es hablado, siempre, sin saberlo. Cualquier lapsus lo revela. Cuando Fierro dice “yo no soy cantor letrao”, es por obra del autor, letrado. Lo peor de la política – la dictadura- le hace decir que la poesía de los sesenta “se esforzó en suturar el desgarramiento trágico de la derrota, sublimar la circunstancia en recuerdo histórico o examinar una experiencia traumática sin el recurso al cinismo.” Categorías freudianas que tienen una especificidad mucho más complicada que el sesgo cuasi alegórico con que son empleadas acá. Preferimos, en cambio la afirmación: “La poesía de Juan Gelman fue política en un profundo compromiso con la lengua.”

Sobre el acápite “Una historia del yo”, me limitaré a señalar que para el psicoanálisis el yo y el sujeto no se equiparan ni se homologan: el yo es lugar de desconocimiento y el sujeto es enunciación vacía, sin sustancia y sin género. Tal vez es congruente que Macedonio Fernández negara el yo. Así como mujer no se equipara a simple maternidad, aunque Alfonsina Storni fuese valiente en realizarlo contra la moral de la época. El tiempo me impone que no diga más. Sólo, para terminar, una resonancia particular en mí, al ver que se incluye a Carlos de la Púa y su único libro de poesía: La crencha engrasada. ¿De dónde me vino ese berretín por el tango y luego por el lunfardo? Seguramente el barrio, los bailes donde aún se bailaba tango- y que ahora hace furor en la juventud- y la parentela oriental que formaba parte de mi familia. Que Monteleone haga brillar en su constelación la estrella de Carlos de la Púa me regocija.
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