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Argentina, entre la risa y el poema

Perla Sneh
Sobre

Prólogo a 200 años de poesía argentina – de Jorge Monteleone

Metafísica, ilusión y teología poética – Notas sobre la poesía argentina: 1940-1955 de Américo Cristófalo
Autopistas de la palabra: caja china de lecturas, imprevisto talmudismo criollo que viene a comentar los comentarios de lo comentado. Se me ocurre otra manera de decirlo, menos alentadora: pasadas del pasador del pase del pasante. Ojalá que no: psicoanálisis, si cabe, será en estas líneas un modo de ensayar una lectura, de plantarse ante las palabras del otro, de no desentenderse de las propias; un modo de leer que no quiere renunciar al azar de la ocurrencia. Porque si bien hay una autopista, no por eso hay zorros grises. O, para decirlo en términos doctrinarios: nada de hacerse el psicólogo ahí donde el poema abre un camino.

Propongo leer este cruce como irrupción política en el seno de una lengua que, al igual que el país donde prospera -o no-, se dice con un gentilicio de circunstancia literaria, un nombre de raigambre poética que termina por imponerse a todos los nombres que fue proponiendo la prosa oficial: argentina.

Esto afirma Ángel Rosenblat, filólogo, argentino de lengua madre ídish, quien, extraña e imprevistamente, al apostar a la pregunta por el nombre, encuentra sin buscar lo que Lugones, agobiado de diccionario, desespera de encontrar, eso que, abismado en figuración del origen, se le pierde en su persecución del ser nacional: una poética argentina.

Argentinas son muchas cosas. Nabokov –o quizás su traductor- habla de un azul argentino. ¿Se referirá a un azul plateado o aun azul fanfarrón? ¿Un azul destellante o uno en riesgo de muerte en caso de caerse de su ego? Argentinos también son el dulce de leche y los desaparecidos. Argentina es una tradición y también la manera en que un poeta recrea sus versos: Yo nací en Dniepopetrovsk / No me importan los desaires /con que me trate la suerte. Sabemos cómo sigue: hasta la muerte.

Argentino también es este cruce -literatura y psicoanálisis- en una lengua donde psicoanálisis también viene a querer decir leer como Masotta lee a Arlt, como Germán García lee a Macedonio. El nombre que imaginaron los hombres de Mayo también le cabe, pues, a esta autopista, que bien puede ser ocasión de una lengua, de una historia, de una práctica.

Argentina, en fin, es la pregunta por la lengua que nos toca.

¿Qué leemos, entonces, en estas escrituras que recorren los poemas, escrituras que no rehuyen la lengua crítica, críticas escritas con poemas a cuestas? ¿Un dispositivo retórico? ¿Una ficción escrita con palabras de otro? ¿Una guía? ¿Un canon? ¿Una lista de in/exclusiones?

Puede que la pregunta pertinente no sea por qué éste y no aquel -¿por qué sí Olegario Andrade y no Luis Almirante Brown?- sino ¿qué le hacen estos textos a la poesía dicha argentina, si tal cosa puede decirse?

Aventuremos: la ubican, la interrogan, incluso la modelan y hasta la crean. Estos textos son, entonces, actos críticos. Distintos, muy distintos. He aquí una pequeña bitácora de esas diferencias.

Que los poemas que estos textos leen se extiendan por doscientos años o por apenas quince, que señalen un fenómeno rítmico en un vacío o un vacío en el ritmo, que se ubiquen en un canon escrito en el agua o en el mármol, no parece ser aquí la diferencia decisiva. Hasta puede que ambos estén escritos - con más o menos mármol- en el agua.

Pero las aguas se parten. Y de muchas manera. Porque quizás el agua donde navegan los amplios criterios de inclusión de Monteleone –que compone (y el énfasis es en lo musical) una constelación de poemas para legar a futuros poetas- no sea la misma que aquella donde hunden sus patas los poetas cuyas ausencias señala Cristófalo, que interpela a los poetas actuales al subrayar lo que la teología poética excluye.

Los recorridos posibles para Monteleone son muchos y diversos: la lengua poética como fenómeno rítmico en un vacío sin límite donde viene a fundarse una voz; el poema como constructor del Estado, donde la declamación sublime puede, incluso, hacer tronar el escarmiento en contrapunto con la conjetura y la parodia de un héroe rotoso y más vencido que vencido; los grandes relatos políticos que retornan sobre utopías abandonadas y suturan el desgarramiento de la derrota; la lengua culpable de la punición que, “como mudo que canta”, sostiene lo que no se puede ver; los espacios imaginarios: río, luz, hojarasca, ciudad; el vaivén de los ritmos del poema, cada uno con su modelo de mundo. También, la voz del gineceo, ausencia y tajo, fusiones de lo materno, voces femeninas, que, curiosamente, coinciden con poemas de mujeres aunque ¿no habla Macedonio en femenino cuando dice Esto es muerte: ¿olvido en ojos mirantes? También están las máscaras; los dobles, lo que está ante los ojos. Son muchos, decía, los recorridos posibles. El generoso texto de Monteleone ofrece incluso aquellos que no incluye y deja en manos de lectores por venir.

Cristófalo, en cambio, se centra en deshilar una reiterada constante: la dominancia del lenguaje grave, altisonante, de proyección sublime; el giro a la grandilocuencia, la seriedad, la afectación aún si la ciudad poética habla otra lengua; el reiterado rechazo por los hechos y la apología alquímica de lo invisible; en fin, la teología poética: afán de culto, de lenguaje que trascienda la representación, de presencia original del ser en el poema, de fusión del nombre con la cosa como garantía de la verdad del ser. Y esto puede ser o no con tonos de recato, de vacilación educada, de resonancias esotéricas e inclinación lírica, tonos avivados por el pathos poético de un alma bella que excluye violencias y dramas de la poesía, portadora de la verdad del mundo, pero siempre será con el énfasis de un moralismo metafísico que captura a las vanguardias no menos a la poesía social, donde la magia poética reina a diestra y siniestra, con su aspiración de eternidad y salvación, su santificación emblemática del poeta, su lírica amorosa que une a jefes y fieles en el tiempo y más allá de él.

Si Monteleone multiplica recorridos, las ausencias que recorre Cristófalo se reducen a una sola, que son todas: la risa. No la suave ironía conceptual, no el humorismo moderado, sino una verdadera risa poética: el choque con el conjunto de hábitos, discursos y proyectos de una época; la risa que desbarata la solemnidad metafísica, que hace estallar los privilegios de la idea y del espíritu; la risa disonante, que sangra por la herida, la risa que, franca o cavernosa, celebratoria o desesperada, germina en la parodia, en el grotesco. La risa que ya “mancillaba” –diría un descolocado- la lengua en lejanas Causeries –hablamos de carcajadas, no de linajes-; una comedia de la época que ponga en evidencia la impostura del mito poético, la insipidez de la costumbre; la mezquindad de las ideologías de la industria, el trabajo y el progreso. Una risa, que –vaya - también podemos llamar argentina.

Hay una zona en ambos textos donde la diferencia es máxima, zona comandada por una pregunta rectora: Mientras Monteleone pregunta ¿quién habla en el poema?, Cristófalo pregunta ¿a quién le habla el poema?, pregunta que puede leerse con entonación viñesca: ¿a quién le hablás, che...?

Si Monteleone armoniza en claves múltiples los avatares de un yo que puede variar entre la hipertrofia y la negación, criticado, atacado, socavado pero siempre triunfante, encarnado como nadie por Lugones (aún –y sobre todo- en el suicidio), Cristófalo tararea un bajo continuo que insiste con la misma, indispensable, reverberante, nota, tomándole un poco el pelo a las inflaciones del yo y sus anhelos de fusión.

Pero ambos textos se encuentran en un placer que no disimulan, desplegando lo que sin duda podemos llamar lectura performativa: no refleja, construye; no describe, invoca. Ambos reclaman una lectura demorada, lectura que dé aire a estos poemas argentinos. Es decir, una lectura política, es decir, una lectura que instale el enigma ahí donde reina el fenómeno de masa.

Lecturas diferentes, sin duda, y sin embargo, son las diferencias las que los reúnen, porque ambos textos se componen por una lectura que escribe y actualiza en la escritura una acumulación de ruinas, de trazos que están, que parecen haber estado siempre pero que, también sin duda, aparecen en el gesto mismo de leerlos, de disputárselos a los nombres consagrados, a los anaqueles institucionales, a los guardianes de la ley o las vanguardias.

¿En estos tiempos de palabras degradadas no es esto un acto ético? ¿Podemos decir, una ética como poética? ¿Y, para colmo agregar: argentina?

Lo político y la excepción

Daniel Freidemberg
"está la cultura/ que forma parte de la regla/ está la excepción/ que forma parte del arte/ todos dicen la regla/ cigarrillos/ computadoras/ remeras/ televisión/ turismo/ guerra/ (...) es propio de la regla/ querer/ la muerte de la excepción/ (...) organizar la muerte/ del arte de vivir/ que florecía/ aún a nuestros pies."

Jean-Luc Godard

Aquello que tiene que ver con el lenguaje, con lo que como lenguaje se concreta y al concretarse establece algún tipo de tensión o presencia. Sonido, escansión, significados, reverberaciones de lo que suena y reverberaciones de las significaciones. Y de los silencios también. Lo que en el lenguaje tiene que ver con la entonación, con el grano de la voz, con la estructuración nunca soslayable de la frase. Las figuras retóricas que organizan el discurso, lo que el lenguaje dice o rezonga o ronca o susurra cuando va a decir otra cosa. Todo lo que hace que lo real halle una brecha para mostrarse. ¿Lo real? ¿Estamos hablando de psicoanálisis o de poesía? Yo estoy hablando de poesía, o lo intento, pero no puedo dejar de pensar en el psicoanálisis cuando digo esto que estoy diciendo para hablar de algo que llamo “poesía”, en este lugar y a esta hora.

Lo real: no me autoriza a decir qué es “lo real” para el psicoanálisis lo que de psicoanálisis conozco. Pero ese núcleo urdido en tres sílabas, “lo real”, me pide que hable de poesía. Y lo que aquí importa es que lo pide al leer cómo Luis Erneta se anuncia psicoanalista: “nuestra práctica, orientada por lo real –un real que no es el de la ciencia– un real que es el nudo duro del síntoma”. Si esa, la orientada por lo real, es la práctica del psicoanálisis. ¿La nuestra no? “Palabra que dice lo que calla y calla lo que dice”: poesía, según José Ángel Valente y Juan Gelman, grandes poetas y grandes lectores de los místicos, como más de un psicoanalista. ¿Poesía es eso? No sé si, al asumir la palabra “poesía”, estos seis trabajos suponen más o menos lo mismo.

En todo caso, sí es lo que más me lleva a hablar cuando me toca hablar de poesía. Erneta escribe sobre la voz, conceptualizada por Lacan, dice, como “objeto inaudible, salvo para la alucinación verbal, cuando se pone a hablar y el sujeto sufre lo indecible cuando esas voces, venidas de lo real, le hablan y de las más horrendas maneras. Así hablar y escribir, nos permite mantener en silencio esas voces, hasta cierto punto.” Hablar no sé, pero en cuanto a escribir: ¿no será “poesía” el escribir en que voces como esas encuentran cómo despegar del silencio? Claro que Erneta dice “mantenerlas en silencio hasta cierto punto”. ¿Habría un punto al partir del cual ya, en todo hablar y escribir, el silenciamiento de esas voces cede? Y cuando el punto de silenciamiento, en la palabra escrita, es más bajo: ¿a eso llamar “poesía”? Algo de eso parecía saber Platón, no tanto el de La República como el de El Banquete y Fedro, menos interesado en las conveniencias del buen gobierno que en la locura de los dioses. Nada que ver, al menos del modo en que lo estoy pensando, con la “teología poética” que pone a la vista Américo Cristófalo.

“Alude sutilmente a la política”, postula Erneta del texto de Cristófalo. Hace política, estoy tentado a decir. Quiero suponer, aunque no sé si es ese el sentido que quiso darle, que a algo de eso apunta la frase de Jorge Monteleone, que además subraya Erneta: “La poesía de Juan Gelman fue política en un profundo compromiso con la lengua”. Político en tanto una escritura remueve o revuelve aquello que políticamente se supone que la lengua es, o que le toca hacer a la lengua ante una comunidad. “Antes que hablar, el sujeto es hablado, siempre, sin saberlo”, apunta Erneta, y tal vez la diferencia entre el hablar hablado de otros y el hablar hablado de quien escribe poesía, es que el poeta es menos inocente: sabe que es hablado, aun cuando no sepa que lo sabe, o al menos trabaja como si lo supiera. Trabajar en la escritura algo que no es lo que corrientemente llamamos hablar y que en esa escritura habla, es trabajo del que escribe poesía, y no pueden dejar de ser en algún punto políticas las decisiones que se toman al hacerse uno cargo de lo que pone a hablar sin saber bien qué es.

A esa irrupción política, Perla Sneh la llama “argentina”: yo no puedo, salvo que a lo “argentino” lo entendamos como un residuo, un regusto o un efecto colateral. No veo otro modo, en todo caso, de detectar “lo argentino” en la poesía, como no veo otro modo en que pueda darse eso que se llama “lo universal”. No son, quiero decir, cuestiones que para mí vengan al caso, porque a hablar de temas o localizaciones lo veo como un esquivar el bulto cuando de hablar de poesía se trata. ¿Qué bulto? El de lo que llamo “poesía”. Temas, localizaciones, adscripciones generacionales o de género: la poesía se esfuma tras los efectos colaterales que arrastra su escritura. Esa desazón que dice Anahí Mallol que la gana “cuando leo que mis poetas tan amadas, Rosenberg, Bellessi, están aparte, apartadas, como diosas del gineceo, en una lectura global de la poesía argentina, y no como poetas a secas, como las deseo”. Mallol está refiriéndose a “Una constelación de la poesía argentina”, de Monteleone, a uno de los efectos de los modos –si no entendí mal– en que Monteleone va constelando, armando figuras, precisamente a partir de temas o adscripciones. ¿Qué dice desear, entonces, y esto es lo que más me interesa, cuando escribe “como poetas a secas, como las deseo”? ¿Qué es lo que pide que emerja? ¿Es dable suponer que eso realmente puede emerger en la introducción a una antología? No estoy hablando de intenciones ni de honestidad intelectual, estoy hablando de los límites que la literatura pone a la poesía, si cuando decimos “literatura” pensamos en una institución, o en “la cultura”. Estoy hablando de eso de lo que habla Godard en la cita del comienzo, poniendo a piacere “poesía” donde Godard dice “arte”. Poner el ojo en la excepción, en lo inconciliable, en lo que hay que descartar o forzar para armar figuras, es para mi gusto el acto en que se juega, además de lo poético, lo más específicamente político de la poesía.

Mostrar el diálogo entre el liberalismo ilustrado y la “magia poética”, como lo hace Cristófalo, es hurgar en el corazón político de la poesía. O cuando Cristófalo nombra una “metafísica” que “propone una moral atenta y confiada en la ilusión conciliatoria de una supuesta verdad interior de los significados y un supuesto horizonte exterior de las apariencias”. Y, aunque menciona la palabra “moral”, no es moral el cuestionamiento que hace a esa metafísica: es político. Al escribir sobre “la idílica eternidad del ángel que canta y tranquiliza”, Cristófalo no puede evitar, ni quiere, la tentación de agregar, en un paréntesis, luego de decir “tranquiliza”: “especialmente a la comunidad poética”. Qué más político que la búsqueda de tranquilizantes que permitan obviar el conflicto político, cuando se está ante un conflicto político en carne viva. Hay una elección de cómo ser hablado, de hasta dónde permitir que “algo más” hable cuando entra a hacerse oír la locura de los dioses platónica, a la que quiero ver próxima a la risa lamborghiniana que propone, combativo, Cristófalo, contra la “teología poética”. La palabra “teología” usada aquí con un fuerte sesgo irónico, paródico. No ante una teología hecha y derecha sino ante un “algo así como una teología” entiendo que estamos cuando Cristófalo apunta sus misiles contra toda ilusión conciliatoria. No debe haber mucho lugar, en verdad, para la locura de los dioses, cuando la ilusión conciliatoria opta por el arrullo, aunque algún lugar, así y todo, suele quedarle, en algunos casos nada desdeñable. A lo que no le queda lugar es a la locura política.

Toda antología es una operación política, o al menos toda antología de poesía argentina actual. La mayor parte de lo que podría decir, en todo caso, de 200 años de poesía argentina y otras antologías, lo encontré en el trabajo de Fernando Murat, con mejores y más exactas palabras que las que podría yo aportar. Puedo, en cambio, decir que también son operaciones políticas las historias de la literatura. Y acá estamos, justamente, cotejando el estudio introductorio para una antología de poesía y un capítulo de una historia de la literatura. Lo que obliga a forzar las cosas y a ser injusto, ante trabajos elaborados con horizontes muy distintos, y no veo modo de comparar lo que me parece incomparable, especialmente si no estoy dispuesto a tributar a ninguna ilusión conciliatoria. De modo que me niego al cotejo, sin ignorar por eso que, así como soy hablado malgré moi, estoy, así y todo, cotejando. Lo que me parece notable, en ese sentido, es que, escribiendo un capítulo para una historia de la literatura, Américo Cristófalo se acerca mucho, inusualmente, a una atención a la poesía que ni de las historias de la literatura ni de las antologías podemos esperar.

En el texto de Anahí Mallol encontré, precisamente, la idea que venía elaborando sobre antologías e historias: “entonces la poesía es aquello de lo que no se puede hablar sin destruirlo, volviéndose este habla en torno a la poesía, además de destructivo, superfluo.” Pero es muy probable que esté haciéndole decir a Mallol algo que yo necesito que diga. Su trabajo, en todo caso, propone un modo de leer historias y estudios introductorios sin destruir la poesía. Puede haber otros, presumo, y los veo pululantes en el trabajo de Cristófalo, y en el de Monteleone brillar como un deseo imposible, o una tarea para el lector capaz de, en trance de recorrerlo, usarlo como atalaya para contemplar las excepciones.
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