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MESA 3

El arte de viajar en taxi de Horacio González

Diario argentino de Witold Gombrowicz

Con los libros se encuentra o se choca.

Un caso con Witold Gombrowicz y Horacio González

Alejandro Pidello
Si es difícil poder asegurar que los residuos radioactivos no sean tocados por descuido o ignorancia en los próximos 50.000 años o que el que los toque esté suficientemente alertado de su peligrosidad, más difícil va a ser con los libros. Y será para bien, ya que todos los libros, incluso los permanecidos en una franca somnolencia, deberán alguna vez, ser totalmente cruzados, puestos en tensión, mostrar los ejes de las mitologías nacionales . Se compondrá, entonces, un mutante escenario biológico que almacene en alguna parte las cómicas, profundas, elocuentes, y arbitrarias características principales de lo viviente. Y entre ellas las del arte del relato, las de las arquitecturas con la palabra perdida, las del juego cognoscitivo y de la belleza en las escaleras poéticas que se bifurcan.

Diario argentino es el arte de un viaje por un territorio humano que puede en ciertos casos moverse como un taxi. Como si Witold Gombrowicz estuviera quieto. Y taxi sería en este caso, como se acepta normalmente, una apócope, un automóvil de alquiler, pero con muchos conductores, provisto de taxímetro. Los personajes conductores conducen a Gombrowicz llevando automáticamente la indicación del camino recorrido y el precio que el creador polaco debía pagar y a veces, lo que ellos debían pagar por conducirlo.

Los quince relatos de Horacio González sobre El arte de viajar en taxi, sugieren que la especificidad de lo diario escrito en cualquier lugar, también se extiende con un particular valor hacia zonas móviles, con ruedas, ruidos, olores a desodorantes de autos, a perfumes de personas recién bañadas, a personas no bañadas, en fin, particularidades o incidencias diarias, relevantes o no. No obstante lo aparentemente simple y conveniente de esta visión, y en realidad justamente por eso, quizás debería ser reemplazada por una visión sustituta, levemente superadora, que privilegiara la precisión, como un Diario de guerra, por ejemplo, ya que un viaje en taxi puede ser, y Horacio González lo muestra en varias oportunidades, una relación de acontecimientos y decisiones que va adjuntando informaciones que revistan cierta moral, un conjunto de precisiones que definen finalmente una especie interesante de arte en taxi.
La convicción de la inmadurez
¿Qué hubiera hecho Witold Gombrowicz, si en 1939 no hubiera recalado en Argentina? Por ejemplo, si esa invitación inaugural del barco Chrobry lo hubiera hecho recalar, junto con la inauguración de ciertos conflictos personales irreversiblemente crecientes juventud-inmadurez-forma, en Brasil o en Australia. ¿Hubiera escrito un Diario australiano? ¿Qué papel tuvo su interacción con la argentina social, la argentina del campo y la del campo literario o la del campo político, todo o casi todo confuso, misterioso y excitante , en formas incipientes o débiles de afirmación, que terminaba en alguna forma de conflicto con casi todo o todo su bagaje de herramientas existenciales?.

También me he preguntado si el Diario argentino no es en realidad un protocolo de combate para probar los límites de su convicción-camino, incluido el viaje al fin de la noche de la belleza de la inmadurez. Lo de argentino, en este caso, casi sería solo una precisión necesaria para definir el escenario de la puesta del protocolo de combate.

En los aspectos referidos a la clasificación de recorridos, se podría decir que Gombrowicz relata viajes para adentro y para afuera. En relación con los primeros, se enumeran disquisiciones de amplio espectro, que serían el resultado de los chispazos de ciertos acontecimientos existenciales con el núcleo duro de sus sub-convicciones. A título de ejemplo, destaco dos: Simone Weil y Roby Santucho. Casi no tengo ninguna evidencia en contra de que los acercamientos con Weil y Santucho no fueran otra cosa que casualidades que respondían a su feroz e in-claudicable actitud para realizar acercamientos exploratorios, surgida de una necesidad de sobrevivencia en los escenarios en los cuales Gombrowicz caía, llevando, obviamente como podía, sus pensamientos más o menos decantados, su historia e imágenes a la europea de Polonia, sus conflictos y su gran capacidad analítica. Lo de casual lo digo porque se acercó a Weil realizando una crítica obligada de su libro La Pesanteur et la Grace. Evidentemente, si durante ese trabajo se encontró con frases como la vulnérabilité des choses précieuses est belle parce que la vulnérabilité est une marque d´existence o la beauté séduit la chair pour obtenir la permission de passer jusqu´à l´âme, su sensibilidad excitable debía ponerlo en combates imprevisibles. Encendido por una mezcla de provocación y de curiosidad, estaba obligado a contestar: “a través de su presencia creciente junto a mí, crece la presencia de su Dios”. Cuando Weil decía: Le désir, orienté vers Dieu, est la seule force capable de faire monter l'âme, Gombrowicz reflexionaba: “observo a Simone Weil y mi pregunta no es: ¿Dios existe?, sino que la contemplo con estupor y digo: ¿de qué manera, por qué magia logró esta mujer tal ajuste interior que le permitiera enfrentarse con lo que a mí me destroza? Al Dios encerrado en esta vida lo siento como una fuerza puramente humana, independiente de cualquier de cualquier centro extraterrestre, como a un Dios que ella creó en sí por su propio esfuerzo. Ficción. Pero si esto ayuda en la agonía…”. Gombrowicz cree en los que pueden crear, en el juego de todas las conciencias superiores e inferiores que se mueven lejos del paralizante ambiente de la madurez. No puede para nada quedarse tranquilo con las aristocracias porque siempre parcelan.

El acercamiento con los hermanos Santucho también fue casual. La señorita Canal Feijóo “recibió muy amablemente mi petición de facilitarme contactos con los literatos” de Santiago del Estero. Gombrowicz buscaba escritores en todos los lugares geográficos donde lo llevaba su cuestión con el asma. Los acontecimientos que se derivaban luego de esos asentamientos lo hacían escuchar, mirar y perseguir quimeras o por lo menos perseguir imágenes construidas y a confrontarlas con ese bagaje deliberadamente lo más inmaduro posible que transportaba siempre con él. El encuentro con Francisco René Santucho (fundador de la revista Dimensión en 1956), Gombrowicz lo presenta contaminado con observaciones sensuales que intercala con los enunciados políticos del hermano grande Santucho. Pareciera que estaba en un escenario que lo atraía mayormente por su exotismo. El contacto con Roberto, el menor de los hermanos, transcurrió a partir de la llegada de éste a Buenos Aires. El joven militante le molesta, a partir probablemente de una familiaridad invasiva y una cierta soberbia intelectual. Lo compara por su fervor o entusiasmo con Stefan Żeromski (dramaturgo y novelista polaco; 1864 – 1925), pero lo considera “presuntuoso y omnisapiente”. Estas características, probablemente típicas de las maduras aristocracias, son marcas negativas para W. Gombrowicz, y probablemente lo bloqueaban como receptor objetivo para cualquier mensaje.

En relación con los viajes para afuera, Gombrowicz funciona como una máquina fotográfica ávida y critica, en un escenario súper propicio para tal funcionamiento. Para él, la Argentina es una mezcla de niño y de dama amarga, o sea de inmadurez potente, juvenil y carnal y de “relajamiento de comisuras amargas” de las intolerables aristocracias. Otra foto sería el “yo-nosotros” de los argentinos. El “yo funciona en los niveles inferiores de la existencia. No saben introducirlo en el nivel superior: en el de la cultura, el arte, la religión, la moral, la filosofía. En este nivel pasan siempre al nosotros. Si el individuo está por decir yo, entonces ese nosotros turbio, abstracto y arbitrario le quita lo concreto o sea la sangre, destruye lo directo, por poco lo derriba y lo sitúa en una nebulosa”. O sea, ya sea en Tandil, Mar del Plata, obviamente Buenos Aires, Santiago, Rosario y tantos otros lugares, aparece siempre un muestrario de seductora y raquítica inmadurez y de intolerable y raquítica madurez.
La epistemología de los taxímetros
Tomando una discutible definición – entre todas las definiciones discutibles – de epistemología, me siento tentado a decir que “la epistemología de los taxímetros” sería la ciencia de los taxis pensándose a sí misma, tratando de precisar algunos de los procedimientos mentales que utilizan los taxifílicos, que tienen una reverencia casi romántica a los taxis y que son de dos tipos: los dueños (o empleados de los dueños) y los que los utilizan los taxímetros. Horacio González, se ubica entre estos últimos, aunque empleando herramientas de otras ciencias, lo que le permite un ejercicio interdisciplinar y transdisciplinar. Probablemente este recurso le posibilita acceder a los aspectos más abstractos de una disciplina sobretodo conocida por una diversidad más descriptiva que conceptual.

El primer texto, en El arte de viajar en taxi, finaliza con un mensaje moral, o sea relativo a las reglas de la conducta. Esta manera vinculante entre las características del arte de estos viajes con las reglas de la conducta aparece en casi todos los relatos. En el segundo hay referencias al pasar a luchas sociales, al “turbinado” brasileño de los taxímetros (que muestra la significación que puede tener un pequeño aparatito dentro de aparatos mayores como el automóvil de alquiler con conductor, y de nuevo referencias a la moral esta vez “acongojada y resignada”. Todo producto de calmas observaciones u operaciones racionales objetivas, descriptas mediante oraciones que hacen volar hasta la carrocería del mismo taxi:”una bajada de banderita con sede en las profundas bóvedas espirituales de ese hombre” (el taxista). Al fin, se van esbozando las bases conceptuales, los principios organizadores que rigen el arte de viajar en taxi, o más bien que lo enmarcan y que parecieran que conducen a definirlo como aquello que es objetivo sin concepto y relacionado con las reglas de la conducta. Un enfoque interesante y amplio que tiene múltiples aplicaciones. No se bien por qué, cuando Horacio González habla del tachero como “personalización picaresca de las relaciones sociales que vinculan tiempo, viaje y dinero”, no podía dejar de recordar esas fantásticas imágenes de La Nuit de Varennes de Ettore Scola, obviamente en relación con el viaje en ese gigantesco carruaje colectivo que llevaba a un talentoso viejo Casanova picaresco, que miraba y la pasaba lo mejor posible junto con Ettore Scola. Sigo con otra imagen que me viene de lejos a partir de las palabras de un ex-chofer del nazismo: “ser chofer no es un trabajo, es la única relación extramatrimonial en la que no ganas nada” (¡Tan lejos, tan cerca! filmada en 1993 por Wim Wenders).

En el relato 3ro y 4to también hay cosas de moral pero con un gran ritmo, además en el 4to relato aparece Etchecopar, tan claro como los taxis de derecha, bajo un sol estrellado y multifacético de Buenos Aires. González habla de los símbolos obvios que embanderan los taxímetros, y uno puede reflexionar sobre la diferencia entre símbolos y signos en el mundo de los taxis, y su aplicabilidad al teatro social. En los relatos que siguen aparecen los parecidos entre los pasajeros comunes con pasajeros más mediáticos, y su significación frente a los pasajeros o tacheros que no son ni lo uno ni lo otro. Las peleas, el mundo social, porque puede aparecer el pasajero como un inagotable alimento del imperio tachero (¿corporación de taxistas?), como componente coloreado de la sociedad de Buenos Aires y como máquina guerrera. También la reconciliación del cosmos urbano, que en esta ocasión sería una suma teológica de reglas de cortesía, concepto al que yo adhiero con una especial sensibilidad porque posibilita la asociación con una o unas cuantas formas de organización que indudablemente se presentan en los más diversos estados de perfección. La importancia de las calles laterales, que nos conduce imperceptiblemente a preguntarnos ¿cuántos son los lados abordables del cerro Torre, o de cualquier wild land del mundo?, por ejemplo. En la nouvelle del taxista, género a caballo entre el conductor y el pasajero, presentada en el capítulo número 11, se muestra que la intensidad y la economía de los relatos junta al partenaire social en una excelente interacción bidireccional. Probablemente predomina una dinámica de payada y la exposición del taxista, que al fin conduce el objeto móvil del arte, resulta totalmente pertinente, ya que un arte, un arte moral, un arte de conductas, nunca puede estar pautado por un solo artista. Creo que este es el mensaje epistemológico de Horacio González.
Epílogo

Witold Gombrowicz y Horacio González buscan a través de un diario o de un breviario de arte, ordenar, o sea murmurar sin ceder terreno en ningún frente que comprometa socialmente hablando el mayoritariamente inútil servicio de la belleza de las construcciones de la cabeza. Y lo logran, a veces uno déguise en conde y el otro reconociendo su parecido con Lito Cruz.

Ana Quiroga
Tanto en Diario argentino de Witold Gombrowicz como en El arte de viajar en taxi de Horacio González encontramos la búsqueda de códigos que nos expliquen al otro; al otro como país y como paisaje, en Gombrowicz (un ser nacional -el argentino- que al autor de Ferdydurke le llevará años desentrañar: “a veces un argentino a la defensiva puede ser verdaderamente descortés”, expresará con incomodidad) y al otro como ese desconocido casual, ese extraño con el que se deben compartir acaso veinte minutos, que maneja un sinfín de claves sutiles, códigos urbanos mutando en forma asidua y que será necesario conocer, más correcto aún sería decir “descifrar”, para que el viaje llegue feliz a destino. Y si antes las cosas eran distintas ¿Cuándo fue que todo cambió? se pregunta, ahora que los taxis se han modernizado, el observador de estos ademanes y leyes de la calle que no están escritos en ningún manual para viajeros.

En El arte de viajar, también está presente la figura del que es de afuera; el extranjero polaco de Gombrowicz en la Argentina es equivalente al observador argentino en Brasil para González: una persona atenta a los gestos y las palabras del otro, en perpetua alerta y comparación. Gombrowicz inquiere, por ejemplo: ¿habrá, quizá, dos idiomas distintos, uno público y otro privado? ¿Cómo reconocerlos?

Los dos textos, pese a ciertas entradas debidas a los viajes de Gombrowicz a la costa argentina, a las sierras de Córdoba o un viaje en barco por el Río Paraná, son esencialmente urbanos (se trata de “urbanistas” dirá González) y, la ciudad, ese “tremendo ruido de una ciudad en plena conmoción”, será tan protagonista como un personaje más de estas consideraciones que, en ambos textos, saltan de un tema a otro de un manera imperfecta, casual y fragmentaria y por eso mismo se vuelven tan subjetivas como originales.

En estos escritos está presente una búsqueda de respuestas a preguntas que aparecen de súbito, con la fuerza de lo espontáneo, con la vertiginosidad de lo que debe ser resuelto antes de que termine el viaje (en Gombrowicz, un viaje de largos años previo a su regreso a Europa; en González, el inmediato viaje de la casa al trabajo o viceversa), palabras a través de un incesante discurrir (“para llenar el vacío”, dirá González; “hablar con uno mismo para que lo oigan los demás”, dirá Gombrowicz) palabras que, en una y otra situación, obligan a penetrar en una profundidad más lejana.

En Diario argentino, Gombrowicz nos habla de un transeúnte pequeño burgués extraviado, por momentos aturdido, fuera de sí, descarrilado, casi ausente, como si no estuviera. “¿Dónde está el Norte?, ¿dónde está el Sur? No sé nada, quizá miro el paisaje al revés”.

En El arte de viajar en taxi, Horacio González nos acerca ese aturdimiento, esa misma perplejidad a través de la crítica hecha con humor: el pasajero, atónito ante el discurso del taxista, ante la radio que éste escucha con devoción (radio en la que se emite un reiterado “relato pornógrafo y bravucón”, una “tiranía de lo impúdico”, inmorales “maltrato y sordidez elaborados”) desconcertado, ese viajero se pregunta: “¿Qué hago, salto del coche, cancelo el viaje?”. A esta pregunta parece responder Gombrowicz con un no rotundo, al que agregará, con feroz ironía: “a veces me asombro conmigo mismo”.

El asombro, la fascinación ante lo maravilloso de las propias acciones y las acciones del otro son una constante en los dos textos. Qué haré ahora, cómo responderé (el planteo permanente de un posible “desdoblamiento de la personalidad” para Gombrowicz; “escucharnos decir lo que no somos –como si otro hablara en nuestra garganta”, expresará González); la aventura del autoconocimiento y la autoindagación: ¿Soy un hombre lúcido y moderno? ¿Carezco de prejuicios? ¿Cómo saberlo? ¿De qué no estoy satisfecho? ¿Qué tensiones, tormentos, alucinaciones y manías me acosan? ¿A qué abismo deseo asomarme para contar a los demás lo que he visto?

De lo que el pasajero resuelva resultarán modificaciones, porque “no se mueve nada en el mundo que no tenga consecuencias”, enuncia González y luego, en otro de sus breves ensayos, a propósito de las indagaciones, le hace decir a su observador, devenido pasajero: “…toda oportunidad es buena para hacer lo que se suele llamar un balance sobre sí mismo”…

Resulta interesante rescatar, a su vez, la imagen del ser anónimo, sin identidad, que peregrina sin darse a conocer, sin hacer saber al otro demasiado sobre sí, en busca de esa omnisciencia del narrador que todo lo ve y todo lo sabe aunque sin inmiscuirse. Gombrowicz nos relata sus múltiples incursiones al bajo Retiro en donde establecerá su escenario para su personalísimo estudio de campo del varón argentino. Para González, mantener el anonimato es una defensa, un desafío, y revelarlo entraña una adversidad: “se cumplía, en realidad, una fatalidad que quizá busqué yo mismo, para percibir la dimensión de mi torpeza o de mis desdicha”; “al descerrajar una escueta verdad, había echado por la borda mis viajes, la etérea condición pasajera”.

En todo caso, tanto Witold Gombrowicz como Horacio González dan la impresión, al final del viaje, de no haberlo pasado mal del todo. Casi podemos imaginárnoslos frente a una copa de vino, compartiendo la ingeniosidad de Gombrowicz al coincidir que, después de todo, advertían que habían malgastado muchos años de su vida sin haber conocido una voluptuosidad tan barata y desprovista de todo riesgo.
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