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Diario Taxi: Un ida y vuelta entre Gombrowicz y González

Lucía Blanco.
Dos viajeros nos cuentan sus dislocadas peripecias, sus Altos y Bajos, sus Retiros. Uno es polaco, el otro argentino. Un diario de viajes y un diario viaje, al modo de síntomas, que nunca son privados aún cuando sean particulares (Javier Aramburu). Si a pesar de las apariencias, el de Gombrowicz tiene igual derecho a la existencia que un poema, el de González bien puede aspirar a comic, véase en la caricatura de tapa a un Horacio driver.

La forma de merodear de ambos en el ejercicio de una antropología de la vida cotidiana, indica senderos y calles que se juntan y se apartan buscando su propia salida, menos preocupados por el empalme, menos temperados, al modo de un collage, evocan la falta.

Los escritos en las piedras de Tandil: “Delia y Quique, verano de 1957”, “Loor y gloria a los mártires de Nuremberg”. El graffiti propio y ajeno. Distancias que no se salvan, más bien se aprovechan para ver ¿cuál es?

La enunciación permite articular voces, maneras y experiencias. Un Gombrowicz medio Sócrates que veía a los argentinos emperrados en una seriedad funeraria y a la joven América empecinada en asimilar los pecados de la vieja y loca Europa. Entonces se ponía protestón y enturbiaba el agua para ver mejor. Consuena con una pregunta que Lacan formula en El Reverso del psicoanálisis ¿por qué se deja uno comprar por el rico? Porque lo que te dá participa de su esencia de rico. Si le comprás a un rico, a una nación desarrollada, creés que sencillamente vas a participar del nivel de una nación rica. Sólo que en todo este asunto, lo que perdés es tu saber, que te confería tu status. Este saber, el rico no lo adquiere de propina. Simplemente no lo paga.

Lo anómalo de estos libros es que poseen un matiz bloggero, de auto identikit, una planificación poética del lugar y el lazo. El cuerpo, las poses, los codazos. El “algo anda mal en esta cultura” que vocifera Gombro: ¿Dé donde saca este pueblo la insolencia? ¿Por qué la gente no es metafísica asirio babilónica como Borges, monumentalmente castiza como Larreta y orientalmente árabe como Capdevila. ¿Eh?

Ambos libros tratan la urbanidad, los modos de comportarse, cómo hacerse al ser. (Germán García). Sabiendo que la cosa no está ni en usted ni en mí. Nos hacemos. No somos dos, somos “entre” y dado que finalmente la sacamos barata (Schopenhauer), conviene saber de que estofa están hechos nuestros ideales. Dejarse tomar también por lo que fastidia, conversar y alojar la chispa, el fluido eléctrico como el que sucede al acariciar un gato a contrapelo.

La pampa inacabada, sus restos, la inconclusa charla que como la construcción de felicidad, se arma con fragmentos de otras vidas, cuyos bordes nunca coinciden exactamente (César Aira). Aún conversamos. Genio y la lógica de la sospecha, aún sabiendo que la lectura es el viaje de los que no pueden tomar el tren (Croisset).

Navegar a la deriva y de tanto en tanto, situar, con oxímoron y quiasmo, obsesiones y descansos.

La filiatría que niega y reinventa la herencia, la traducción, los valores. Buscando lo potencial de la alegría ajena, juvenil. Esa alegría implica una videncia. No sólo un amor, sino también, un sentimiento de lo real. En la alegría lo real se presenta tal como es, idiota, sin los colores de la significación (Clement Rosset). Atisbando que sólo el azar es necesario.

El buen uso de los diminutivos como “patitas del sol”. La oportuna guasada. Y el verbo se hizo carne ¿quién agotará toda la drasticidad en esta frase? Invita Gombro.

La moral de la vida, la suerte moral, el apólogo de los escarabajos y cuando cejar, porque la moral es imposible si se trata de cantidad, la moral no es continua sino granulada. Una vez, en la Clark University, Freud concluyó una conferencia con el siguiente cuento cuya moraleja dejó a cargo de la audiencia. Los habitantes de Schilda poseían un caballo de cuyo vigor para el trabajo estaban muy satisfechos, y sólo una cosa tenían para reprocharle: consumía demasiada avena, avena cara. Resolvieron quitarle esa mala costumbre benévolamente, reduciéndole día tras día su ración en varios tallos hasta habituarlo a la abstinencia total. Por un tiempo todo marchó a pedir de boca. El caballo se había deshabituado a comer, salvo un solo tallo diario, y por fin al día siguiente trabajaría sin avena ninguna. Esa mañana hallaron muerto al alevoso animal; los pobladores no pudieron explicarse de qué había muerto. Nos inclinaremos a creer que murió de hambre y que lo mejor es enemigo de lo bueno.

Huir de lo definitivo, Hitler como uno de sus nombres. Radio 10 y su Baby, con ese sentimiento de intimidación que emana de la propiedad. Mundo viril, con autoridades indiscutidas. El reconocimiento de que una tiranía de lo impúdico nos conquista, un deseo de saber cómo puede haber maltrato y sordidez tan elaborados. El cómo sí y el cómo no. El problema es ser en exceso. Árboles que huyen y el encuentro con los Santuchos, perros indios, de armas tomar. Las virtudes, la liberación que puede aportar el sexo en su diferencia. Buscarse enemigos, volverse ajeno de si mismo, aprendiendo la lengua del otro. Cuestión de método.

Un González que cual Hamlet al borde del agujero, dice: Soy el director de la Biblioteca Nacional. Ante las solapadas ganas de hacerse pasar por el actor Lito Cruz (menudo apellido) y cambiar de bando, ¡ay! nuestro pobre individualismo. Se trata de adentrarse y no de “entrismo”.

A la final, hebillas abandonadas, somos, de aquél cinturón de seguridad. Viajamos para ver si es posible una redención. Centauros y centauras, nostalgiados por la gran animalada, celebrando lo lenguajero.

Dos autores:

Horacio González, El arte de viajar en taxi.

Witold Gombrowicz, Diario argentino.

Nicolás Peyceré
Un amigo fotógrafo, sacaba imágenes en un subterráneo. Un desconocido le habló mientras lo observaba. Estamos en “Un no lugar”, comentaban ambos, refiriéndose a un concepto del sociólogo Marc Augé. Los dos parecían personas agudas. Atendían a lo inesperado, el detalle, lo que suscita. Pensé entonces en otros escritores, que ven principalmente lo que debe verse, lo cotidiano, acaso las vulgaridades. ¿Es un taxi “Un no lugar”, acaso nada más que un perímetro? ¿Es la literatura Argentina, y también el país todo, “Un no lugar”, vulgar?

También es mérito desviarse de la agudeza, de la mirada en detalles, de la insignificancia, de lo que indica el estilo, según Roland Barthes. Por dejarnos entrar en el relato sufrido de las vulgaridades. Como un modo de vagar allí entre palabras comunes, trastornos habituales, padecidos. Como en una flânerie, un errar, un colocarse en un solo territorio. Así, un errar en el perímetro estrecho de un automóvil taxi. Así, errar con las buenas costumbres propias, en la casa de escritores de buenas costumbres. Y una segunda característica es la de ser en la escritura, nómadas. Auténticos nómadas que viajan por sitios, pero en un sólo territorio; en un no lugar.

Nos dice Gombrowicz que la Argentina es una masa que no llega a pastel. Que las palabras, Obra maestra, allí carecen de sentido. Que entonces él escribe su Diario, sin ganas. Y en los conciertos del teatro Colón, más que música se escuchan galopes. Y se pregunta, ¿Puede haber alguna convivencia con la literatura de los argentinos? Tal vez su estadía en el país, como refugiado polaco, sea nada más que un vagar en esos no lugares. Qué cabría esperar de Victoria Ocampo, una aristócrata de muchos millones, cuenta Gombrowicz, con sus majestuosas amistades y el uso de los millones. Y habla del tufo de ese dinero que pica en la nariz. También relata de su hermana la escritora Silvina, casada con el escritor Bioy Casares. Y de la cena que tuvo en casa de ellos, en la que estuvo presente Borges. Cuáles eran las posibilidades de comprensión con esa Argentina estética. Así terminó la cena; en nada.

Y sigue hablando de la burguesía plañidera. Del aburrimiento en la ciudad de Tandil. Pero a veces aparecen puntas dramáticas, cuando pregunta: ¿Por qué ustedes los ateos, adoran las ideas; por qué no adoran a los hombres? Y vuelve su crítica a la muerte de los jóvenes en las guerras.

En una parte dice: ¿Qué Argentina? Nada; un fiasco. Los argentinos, una gente supliciada. O el malestar del refugiado polaco de hallarse en esas ausencias de lugar. Si un enunciado no dice el sentido sino que lo muestra. Lo presupone. Si el refugiado polaco va mostrando lo que es apenas un margen interior. Podríamos expresar como el premio Nóbel, Imre Kertész :

Was wussten sie, wer er war. Qué sabían ellos, quién era él.

Hay guardados en los relatos conmovedoras dedicatorias a los chauffeurs de los taxis. Hay conmovedoras dedicatorias a la literatura de los argentinos. Los dos autores son redactores, autónomos, contingentes, sentidos. Usan una vulgaridad democrática. Colocados el primero, en modo general, en una sociedad democrática. El segundo como refugiado, después de las dos invasiones bárbaras y simultáneas, de alemanes y de rusos a su país Polonia.

Acaso, como opuestos con algo de rutinario, a una literatura aristocratizante, refugiada en lo excepcional. En contra de los que llaman “burgueses bien pensantes”. Y en espíritu de diatriba. No son intelectuales específicos, como denomina Foucault a aquellos que se concentran en una especialidad determinada; extendiéndola hacia límites. Son más bien de miradas complejas o contradicciones sobre unas colocaciones en “sin lugares”. Y contra los dispositivos de represión. Y siempre atascados por las cualesquiera políticas. Aunque es posible que también ellos mismos empleen un lenguaje que aplaque y empareje. Escriben, ambos, con necesidad de objetos aptos. Y tal vez con cierta perversión y cierta melancolía; como en dos extrañas fidelidades. Luchan por un arte de vivir. A veces con un escondido hedonismo, que no alcanzan, o no logran decir por su nombre. Se encuentran también con alguna moral que no logra emanciparse. Hay rabias para mantenerse a distancia de los estéticos, aristócratas, extravagantes, o aún disciplinados. Cómo encontrar un estilo auténtico para la emancipación. Emancipación, oh, la palabra incomprensible.

Estas son preguntas y preguntas. Lluvia de preguntas. O temperaturas de lluvias. O lluvias discontinuas. O aun vanas.
El arte de viajar en taxi, de H. González / Diario argentino, de W. Gombrowicz

Lecturas de: L. Blanco – A. Pidello – N. Peyceré – A. Quiroga

Silvia Hopenhayn
ARTICULAR tiene algo del arte del auricular, o del artífice de lo circular. La circulación de lo que hemos escuchado. Me gusta desarmar un poco una palabra cuya misión es armar, vincular, hacer que encaje lo que une en detrimento de lo que desune, propiciando, como escribe Lucía Blanco, en cita de Aira, “aquello que se arma con fragmentos cuyos bordes nunca coinciden exactamente.”
Se trata de dos viajes, verdaderos trips. Las tripas de la ciudad. Tanto González como Gombrowicz, (los dos gongs que suenan en esta mesa) ofrecen el itinerario de sus miradas en Diario argentino y El arte de viajar en taxi. Uno con ganas de engullir, el otro de sustraerse. Uno viaja desparramándose por la ciudad, el otro envuelto en un cubículo llamado taxi, haciendo que el recorrido ingrese en ese espacio.

A su vez, en este maravilloso montaje de lecturas que son las autopistas, Lucía Blanco, Nicolás Peyceré, Alejandro Pidello y Ana Quiroga, convierten al viaje en una parada obligatoria.

Para empezar a circular, advierto que me ha tocado una autopista poblada. Como habrán notado, fueron cuatro los intervinientes (en la mayoría de las meses hay tres). Es prácticamente una colectora.

Cuatro intervenciones en el sentido artístico: intervienen los textos. Lucía Blanco, como agitadora de palabras, prepara un buen cóctel con lo que lee. Podríamos llamarlo, con sus palabras, “lenguajero”. En la línea lacaninana de los neologismos, este lenguajero, tanto en Gombrowicz como en González es un sonajero de la lengua, despierta a la existencia. O es el agujero de la lengua al que se asoman escribiendo. El ojo de la lengua. Y lo guaso, lo ajeno en la lengua. “Lo propio y lo ajeno, distancias que no se salvan, más bien se aprovechan.” (Blanco)

Ana Quiroga se pregunta: “¿Habrá dos idiomas, uno público y otro privado, en qué hablan aquí?” En todo caso, Quiroga se detiene en ese incesante discurrir, para “llenar el vacío”, según González, o “hablar con uno mismo para que lo oigan los demás”, según Gombrowicz. En la tiranía de lo impúdico, a la que se refiere González y retoma Quiroga, siempre hay otro. Un otro con el que se mira o al que se lo mira o por quien se es mirado. González está con el que se mira, miran juntos, desde el taxi.

Gombrowicz pide cuerpo. “Diré que mi orgullo más grande como artista no estriba en residir en el reino del Espíritu sino precisamente en el hecho de que a pesar de todo no he roto con el cuerpo”. Establece así una relación entre el cuerpo y las palabras más comunes. Como si las otras, las que pertenecen a “la Internacional del espíritu”, -a la que Gombrowicz dice que Borges se afilia-, se distanciaran del cuerpo.
Lo guaso como propio

Nicolas Peyceré rescata lo vulgar de Gombrowicz, ese “vagar entre palabras comunes, errar”. Errar no tanto como dejarse llevar, a lo flaneur, sino más bien llevarse a dejar. Dejarse, abandonarse. Y rebajarse.

Gombrowicz: “Podía ceder la Venus del Milo, el Apolo, el Partenón, la Capilla Sixtina y todas las fugas de Bach, a cambio de un chiste trivial en algunos labios que fraternizaran con el rebajamiento.”

Este canto a lo bajo, este festejo a la inmadurez que aparece en Diario argentino, a lo joven como real, no es meramente pour épater. Si bien Alejandro Pidello pinta al polaco como un conde disfrazado, también lo define como máquina fotográfica ávida y crítica. De allí que Gombrowicz tenga más apetito de imágenes y González esté a la pesquisa de palabras. Uno es un conde disfrazado, el otro, González, también según Pidello, un actor fallido que anda en taxi como si estuviera en el teatro (Lito Cruz, quizá.)

La comedieta, diría Leónidas Lambroghini, es el arte de vivir.

Peyceré agrega: “luchar por el arte de vivir”. Pidello apunta al arte de la guerra, a la calle como puesta de protocolo del combate. Gombrowicz es un dandy enojado pero también André Gide festejando los alimentos terrestres más toscos. Como escribe Lucía Blanco, “buscando lo potencial de la alegría ajena, juvenil. La filiatría que niega y reinventa la herencia.”

Reventar o reinventar, esa es la cuestión

Sin embargo, Ana Quiroga sospecha bien: “No se la pasa mal del todo en ese viaje. Voluptuosidad barata y desprovista de todo riesgo.”

“La vida se mueve a gusto”, escribe González.

Volvemos al arte de vivir. Un arte de vivir que oscila, según Peyceré, entre el hedonismo, la moral y las rabias. Pidello también habla de un arte moral, de un arte de conductas. Lucía Blanco nos dice que ambos libros “tratan la urbanidad, los modos de comportarse.”

Volvemos al arte de circular. Dar vueltas como si la fuga fuera más importante que el centro. Un viaje en la ciudad, un estado de viaje.

Gombrowicz viaja en la ciudad sin saber, buscando. O más bien busca lo no conocido (¿se puede buscar lo no conocido?). Para Ana Quiroga, lo hace “sin dar a conocer demasiado de sí”. El retaceo de esa información ¿es propio del voyeur o es un intento de lidiar con “la tiranía de lo impúdico”? Es un “narrador que todo lo ve y todo lo sabe aunque sin inmiscuirse” (Quiroga).

A Gombrowicz se lo ve frío, más bien solo, rabioso y genial.

González viaja en la ciudad sin buscar, sabiendo. A él se lo ve más risueño, indagatorio, cálido. “Conmovedor”, dirá Peyceré. González elige estar con un desconocido para jugar a saber quien es; como señala Pidello, en una “dinámica de la payada”.

El diálogo con el tachero es como el de Jacques le fataliste y su maestro. González lo aggiorna haciéndole decir al taxista: “No soy su psicoanalista. Usted decidió hablar aquí, exponerme lo que considero un balance sobre sí mismo. Aunque no era mi deber llevarlo, escucho lo que tenga para decir, lo que usted proclamó que no podría confiarle a cualquiera. El pasajero González replica: Así que no era psicoanalista? Todo taxista es un cacho psicoanalista. El taxi es un psicoanálisis sin sujeto, se psicoanaliza la ciudad y las propias conversaciones.”

Al bajar se dice al tachero: ¿cuánto le debo?

Pidello rescata el mensaje epistemológico de González: “se trata de un arte que nunca puede estar pautado por un solo artista”.

Hacer un balance sobre sí mismo requiere de alguien con quien balancearse.

El arte de ser argentino

¿Ser argentino es una composición de lugar? En todo caso, implica un recorrido inespecífico que se alimenta de concreciones parciales.

De Peyceré se desprende una diferencia topológica. El no lugar y el sin lugar. Diría que el “no lugar”, más allá de la referencia nominativa a Marc Augé, se relaciona aquí con la negación, con la ausencia; mientras que el “sin lugar” con lo desprovisto; está más próximo a aquel poema espléndido de Rimbaud, en el que el poeta anda feliz por la ciudad con las manos metidas en sus bolsillos agujereados.

Gombrowicz: “¿Qué es la Argentina, es acaso una masa que no llega todavía a ser pastel?” Y agrega “es un país de forma precoz y fácil. Argentina es una belleza joven y baja.” En palabras de Peyceré, luego de leer a Gombrowicz: “La Argentina es un fiasco, los argentinos, gente supliciada.” Pidello también cita a esa “Argentina, mezcla de niño y dama amarga, inmadurez potente.” El elogio a la inmadurez, a lo joven, es casi una apuesta filosófica. A la vida banal y auténtica en Heidegger, la estética, ética y religiosa en Kierkegaard, la existenz en Jasper, entre la libertad y la posibilidad, la vida comprometida en Sartre, Gombrowicz le agrega la esfera de la inmadurez, aclarando: “lo mío es más circo que filosofía”.

Un circo de malabaristas de la palabra. Malabaristas de la autopista. Malabaristas de la autopista de la palabra. En González, como en Gombrowicz, las palabras son pasos. “¿Cómo no emplear palabras anteriormente dichas?”, “¿o hacemos otra cosa que hablar con palabras dichas por otros?”. La idea del viaje en la ciudad, dar pasos sobre los pasos dados, palabras sobre palabras; donde los bordes, como se dijo al principio, no coinciden exactamente. Gombrowicz lo aclama: “Dar nombre a la forma humana que nos une a través de la insuficiencia.” Y sigue, “No ser antes que todo hombre sino un ser humano que sólo en un segundo plano es hombre.” En ambos escritores se trata finalmente de LO VIVIENTE.

A Peyceré no le gusta la palabra emancipar, emancipado, aunque la olfatea en estos textos. Tomemos otra, que me brindó Carlos Dante García: gustar, gustoso.

Y hay una palabra que le gusta a los dos autores, cruzados en lo siempre nuevo; una palabra de la ciudad, de la vida. Apta para la mayúscula y la minúscula. Una palabra que citan, cada uno a su manera, y parece ser el lugar hacia donde tienden (especie de fatalidad del plano inclinado): RETIRO. “A mí me hechizaba la oscuridad de Retiro”, dice Gombrowicz, apuntando a los baños. González se refiere a otro retiro. Con minúscula. Y le cuenta al tachero que está a punto de retirarse. Uno quiere ir a Retiro, el otro está a punto del retiro.

¿Tanto viaje para anhelar sustraerse? ¿El retiro es una forma de dejar de decir?

Retiro lo dicho o reitero lo dicho, parece ser la cuestión.
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