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MESA 4

Fornicar y matar - El problema del aborto de Laura Klein

La mujer en cuestión de María Teresa Andruetto

Susana Aguad
De un hecho como el que cambia la vida de Eva Mondino, se infiere, a través de la construcción de un procedimiento semejante a la instrucción de un caso judicial, el comportamiento de una sociedad sumergida en el miedo en la que todo parece moverse en aguas turbias, nada se dice como cierto, nada es una certidumbre ni siquiera el personaje sobre el cual caben hasta el final múltiples interrogantes. La Mujer en cuestión de María Teresa Andruetto pone en boca del informante - que para el lector puede ser quien instruye un sumario, o reúne evidencias para un tercero, o simplemente se propone llegar a la descripción de un perfil relativamente objetivo de la protagonista – el hilo de la narración a través de testimonios, y de esta manera lo sugestivo desde la primera página es el lenguaje neutro, la no-opinión, la anodina personalidad de este narrador omnipresente que está tan compenetrado con su rol y es tan cauto en las entrevistas que se diría una mente en suspenso, pendiente de cada palabra, de cada interpretación de los hechos pero ocultándose para no revelar a quién responde, ni porqué ha emprendido su intrincada tarea.

¿Cómo presenta el narrador a Eva Mondino y se las ingenia para iluminar como con un reflector que recorre todos los rincones el clima social en el momento en que la protagonista es detenida, los miedos, la maledicencia popular, la vida de los parientes, de los amigos? La voz del narrador no es en absoluto inocente a pesar de su prescindencia. El escoge lo que debe consignar y quienes deben figurar en sus notas.

El libro finaliza con la ordenada mención de la documentación obrante y testimonios colectados como rindiendo cuentas sobre las fuentes a ese mandante oculto al que se refiere de un modo incierto el informante.

Como quiera que sea el recurso estilístico logrado, lo cierto es que consigue situar a la materia, al tema, en el interior de este reprimido narrador que recorre la vida de Eva, preocupado por los resultados de su búsqueda, por las contradicciones de los testimonios, y por la falta de objetividad en quienes dicen conocerla y la describen conforme a la mentalidad desarrollada en un ambiente tenso, represivo y meticulosamente hostil. ¿Qué lo preocupa? Saber quién es, quién fue y cómo fue esta mujer enigmática en las diversas etapas de su vida.

Pero ¿corresponde forzar una interpretación sobre las consecuencias de la desaparición de su primera pareja, de la detención y tormentos que sufrió en el campo de la Ribera, y sobre la pérdida de su hijo que nació en cautiverio? ¿De quién es este hijo, de su primera pareja, de una relación circunstancial con un hombre al que debía un favor o con un sujeto importante del campo de la Ribera de quien nunca conoció nombre ni apellido?

Sin duda, la mujer que sufrió cárcel y torturas no es la misma que después se aisla en un ostracismo deliberado. No estamos condenados a ser siempre los mismos, y con mayor razón Eva que se ha desligado de su pasado. Ello no nos impide seguir el curso de la novela a nuestro arbitrio, e incursionar en las decisiones que pudo haber tomado Eva Mondino en los momentos más difíciles sometida como estaba a una situación límite en la que se jugaba su vida.

Si tuviéramos que interrogarla a despecho de la encomiable labor emprendida por el informante le preguntaríamos:

- Si no hubiera sido Aldo Banegas, su primera pareja, del cual confiesa haber estado enamorada, el padre de su hijo nacido la noche del 29 de octubre de 1976, sino que el embarazo fuera el fruto de una relación como la que mantuvo con el profesor Milovic, o con algún individuo influyente del campo de la Ribera o de relaciones accidentales sin importancia, ¿habría sufrido la sustracción del niño como una pérdida? Y si realmente estaba convencida de que era el hijo de Banegas, ¿no fue esto suficiente para que después de reinstaurada la democracia se preocupara por saber, inquirir, averiguar cuál fue el destino de su hijo?

- Laura Klein en el prefacio de su libro “Fornicar y matar” afirma que no se puede hablar o entender el aborto sin reflexionar sobre la maternidad. La maternidad de Eva Mondino no aparece como dato cierto, ni mucho menos, a pesar de que tuvo a su hijo sobre su pecho por lo que sabía que era varón, hecho objetivamente verificable, pero si nos situamos en la génesis de su embarazo allí sí corresponde la pregunta : ¿Ese hijo era deseado, quería Eva tener un hijo?

- Abortar es una experiencia compleja que hay que pensar cada vez y su sentido es ambivalente incluso para quien lo decidió. Aquí Laura Klein parece estar diciéndonos: puesta en la piel de Eva Mondino seguramente ella hubiera preferido abortar antes que tener su hijo en cautiverio. Pero como no estaba en condiciones de saber lo que le ocurriría después a esa criatura ni tampoco podía plantearse una condición distinta de la que estaba padeciendo, Eva debe sufrir el parto, y entrar en contacto con su bebé una sola y única vez.

- Resolver la interrupción de una vida implica incursionar sobre dos temas gemelos: el erotismo y la sexualidad. Pero aquí se impone otro no menos importante: el de la libertad, el derecho a decidir de cada mujer. Eva era una mujer libre para su época, la libertad significaba dejar de lado la gazmoñería y las inhibiciones. Pero a partir de su detención no puede tomar ninguna decisión.

- Por eso, y seguimos el pensamiento de Klein “El debate sobre el aborto ya no tiene la forma clásica de la moral sexual, ahora se plantea como conflicto entre el derecho a la vida o el derecho a la libertad. La libertad, se entiende, de personas que pueden ejercerla .

- Por cierto, en ese pueblo de Córdoba, Arroyo Algodón, Eva estaba condenada moralmente, pero la pesada carga de contenido del libro de Andruetto, permite constatar las diferentes ópticas con que cada cual hubiera reaccionado en el caso de que la protagonista hubiera ocultado su embarazo. El genocidio perpetrado por la dictadura militar del 76 involucró a los niños desde antes de su nacimiento. Ya estaba planificado que las madres morirían y los hijos serían sustraídos. El caso Eva Mondino lo ilustra, la madre se salva, ¿cómo? ¿resistió a la tortura? ¿se entregó a uno de su victimarios para salvarse?

- La situación de las mujeres embarazadas en cautiverio no les permitía elección. Tendrían a sus hijos en ese infierno, alumbrarían en la oscuridad de esas celdas. Y no verían ni tocarían el cuerpo de esos pequeños seres, destinados por los genocidas a ser otros, a tener otra identidad.

- Para hacer hablar a la Esfinge, hay que interrogar la lógica discursiva de los derechos humanos- dice Klein- En un país como la Argentina esto es difícil.
Cualquier intento de cuestionarlos puede ser leído ambiguamente como una justificación de los genocidas. Los derechos humanos no tienen sexo ni edad. No toleran matices que el sentido común reconoce entre perder un embrión y perder un hijo. Digamos que esta reflexión nos permite tener en cuenta que la mujer es la titular de un derecho inalienable, el de su libertad. Y que todo intento de despenalizar el aborto debe partir del hecho de que la persona por nacer es de una personalidad condicionada al hecho de su nacimiento por lo que el embrión no es todavía persona y la interrupción voluntaria del embarazo durante las primeras doce semanas del proceso gestacional debe ser legalizada en lo inmediato.

Que tengas tu cuerpo

Guillermo Saavedra
En una intersección posible entre La mujer en cuestión de María Teresa Andruetto y Fornicar y matar de Laura Klein, está el cuerpo de la mujer. Pero es una intersección parcial, problemática, porque lo que se juega en ella es el cruce de lo individual y concreto, que suele ser la materia de una novela, y lo general y en cierto modo abstracto, que es habitualmente el horizonte del ensayo, géneros en los que se inscriben, respectivamente y con deliberada reticencia respecto de los marcos de cada uno de ellos, las obras de Andruetto y de Klein.

Si, como alguna vez dijo Ricardo Piglia, todo texto puede ser sometido al pacto de lectura del relato policial, puede convenirse en que ambas obras aquí consideradas son, cada a una a su manera, pesquisas, investigaciones acerca de algo que la realidad escamotea y se busca develar.

En un caso hay, literalmente, una mujer en cuestión: una mujer con nombre y apellidos (Eva Mondino Freiberg) y una peripecia personal determinada, que es por sí sola la cuestión, el asunto –o, mejor aún, la materia– de la novela, pero también el objeto de todas las preguntas, el centro de los cuestionamientos, a través del paciente asedio de un informante que echa mano de procedimientos burocráticos de escritura para dejar constancia de sus indagaciones, a pedido de un mandante cuya identidad sólo se alcanza a vislumbrar.

En el otro, dos poderosos verbos en infinitivo –fornicar y matar– sintetizan, con cruda objetividad y un tono inequívocamente alusivo a dos mandamientos incumplidos, los actos que enmarcan la comisión del aborto y anuncian el despliegue de un exhaustivo e incómodo análisis de los diferentes aspectos involucrados en esa práctica.

Así como el informante de la novela va consignando en su informe intolerablemente aséptico –que es, al fin y al cabo, la novela misma– los resultados de sus inquisiciones, la filosa lucidez de Klein interroga con una escrupulosidad siempre crítica los diferentes discursos generados por un acto que, como afirma Pasolini, citado en el Prólogo de este libro, “es una culpa aunque la práctica aconseja despenalizarla”.

En la novela de Andruetto, el cuerpo de Eva Mondino Freiberg es lo sustraído, violado y torturado; y, también, sucesivamente deseado y desestimado, a causa de su deterioro por acción del tiempo y de las injurias recibidas. Desde ese punto de vista, la novela es la historia no tanto de una violencia ejercida por particulares y, sobre todo, por miembros del aparato de un Estado represor, como de las consecuencias de esa violencia en la propia Eva. Pero muchos de esos efectos quedan también fuera del alcance de las averiguaciones del informante y, por lo tanto, del lector.

En el ensayo de Klein, el cuerpo de la mujer es el escenario empírico y legal en donde tiene lugar una discusión que es política, pero también jurídica, científica, religiosa y, en última instancia, filosófica acerca del aborto. Pero lo que se sustrae, y por eso mismo es investigado por la autora, es el significado último de ese acto en el que se oponen la libertad individual (de la mujer embarazada) y el derecho a la vida (del embrión), en un enfrentamiento de difícil solución. Y aquí el ensayo es la historia de otras violencias que su autora, en el Prólogo, llama calamidades y que podrían resumirse en una sola, expresada con precisión por la propia Klein: “que los principios resistan la experiencia no dice nada contra los principios, sino más bien contra la experiencia”.

Sin dudas no es casual que, en uno y otro libro, lo que queda fuera de los discursos, lo que los discursos nunca llegan a comprender literalmente del todo, sea precisamente la dimensión de la experiencia. Nada puede reponer al entendimiento del informante y los destinatarios de su trabajo el alcance de lo vivido por Eva Mondino Freiberg durante su detención ilegal ni, mucho menos, los efectos que esa situación vivida provocó en ella. Y, de un modo análogo, ningún discurso a favor o en contra del aborto es capaz de contener lo experimentado por una mujer embarazada que, por las razones que fueren, se haya sometido a un aborto.

En uno y otro caso, pues, la experiencia parece ser, como para los soldados que volvían de la Primera Guerra Mundial, según observó Walter Benjamin en su célebre ensayo sobre Leskov, algo que está más allá o más acá del lenguaje, algo inenarrable y paradójicamente empobrecedor.

Dije al principio que en la intersección de ambos libros está el cuerpo de la mujer. El cuerpo biológico y sobre todo simbólico, la construcción cultural que coloca a la mujer, incluso después de las batallas del feminismo, las luchas de las organizaciones por los Derechos Humanos y todos los discursos progresistas que proclaman un igualitarismo sin restricciones, en un lugar de sospecha, de ambigüedad o de incertidumbre. Desde la intolerable opacidad del goce femenino hasta la intransferible experiencia de la maternidad, el cuerpo de la mujer se plantea como un enigma insoluble que es motivo de idealización o de condena, si es que ambas cosas no rubrican una misma intención descalificadora.

Nunca sabremos –porque así lo ha establecido el pacto narrativo de María Teresa Andruetto– si Eva Mondino Freiberg tuvo un hijo ni, mucho menos, con quién lo tuvo. En todo caso, esa ignorancia permite a la novela recordar que las mujeres secuestradas y desaparecidas por la última dictadura militar sufrieron un daño que ningún hombre debió padecer: parir en inhumano cautiverio y, en muchos casos, sufrir la pérdida de sus hijos, apropiados por los mismos secuestradores.

En cualquier caso, como bien dice Laura Klein en el final de su lúcido e inquietante libro, “el cuerpo no cabe en el derecho”. Y tanto su ensayo como la novela de Andruetto formulan, cada uno a su modo, un pedido de habeas corpus. Que se devuelva al terreno de la discusión la dimensión de la experiencia, la irrenunciable realidad del propio cuerpo.
Mujeres peligrosas

Silvia Bonzini
¿Cuál es la intersección entre La mujer en cuestión, la novela de María Teresa Andruetto y Fornicar y Matar el ensayo de Laura Klein? ¿Hay convergencia? ¿Entrecruzamiento? ¿Punto de juntura? ¿Dónde?

En el centro de cada uno de estos libros hay una mujer. Cuestionada, en una primera aproximación y de acuerdo a la perspectiva de Andruetto, y en cuestión, en todo caso, para LK.

La mujer cuestionada se llama Eva. La mujer en cuestión: cualquier mujer que se enfrente a la encrucijada que le presenta un embarazo no buscado.

Eva y las otras asisten -un poco de costado- a lo que de ellas se dice, sin entender muy bien de qué se habla. Parecieran no reconocerse allí donde se las sindica como criminales o víctimas, ingenuas o especuladoras. Y es que la experiencia, dice Klein, suele estar en las antípodas del debate de ideas.

Fornicar y matar, el ensayo con el que Laura Klein encara el problema del aborto, es más que un libro, una audacia. Pocos se han atrevido a abordar este tema con la rigurosidad, la hondura y la osadía intelectual de un pensamiento que no da nada por sentado ni se detiene ante nada.

¿Qué pensamos de una mujer que aborta?, ¿nos atreveremos a apoyarla o condenarla no siendo capaces de fundamentar por qué?

Si el debate actual centra el conflicto en términos de “derecho a la vida” o “derecho a la libertad”, la radicalización de estás posturas terminará sentando a la mujer en el banquillo de los acusados.

Ni víctimas ni asesinas, dirá Klein. Tampoco libres. ¿O acaso podrá llamarse libre a esa mujer que, frente a la encrucijada a la que se enfrenta, debe tomar una decisión? Nadie quiere abortar. Una mujer podrá no querer tener un hijo. Llevará adelante su decisión bajo un marco legal o ilegalmente. Pero no habrá ley, sistema ni religión que puedan eximirla del trance angustioso ni de la responsabilidad que implicará el tener que tomar tal decisión.

La amplitud (de cerebro, de miras) posibilita a Klein posicionarse frente a este dilema desde una multiplicidad de perspectivas como si rotase por las distintas caras de un prisma. Los Derechos Humanos tendrán su espacio, el Código Civil, la Iglesia Católica, dirán lo que tengan que decir, la ciencia lo suyo. Klein contesta. Dialoga. Interactúa con cada uno de ellos. Y aun cuando es evidente que no intenta imponer sus ideas, dice lo que piensa. Una amplitud de cerebro -la de Klein- que le permite darse el lujo de hacer lugar a aquellos a quienes, tratándose de un debate que tiene por epicentro al problema del aborto, nunca se les había dado cabida. Así dará espacio, por ejemplo, a aquellos que, “tocados por la gracia del divino azar” llegan al mundo, no como producto de un “deseo responsable”, sino por la alegría “de un golpe de dados” (se refiere, claro, a más de la mitad de la humanidad): “¡Qué alegría no haber sido el único objetivo perseguido por nuestros padres en esa relación sexual donde comenzamos a nacer! ¡Qué alivio el no ser un trofeo, un peldaño más en la agenda de los otros!”.

Si un embarazo no buscado puede hacer lugar a una maternidad deseada. ¿Podrá todo quedar reducido a la voluntad? ¿Voluntad y deseo son lo mismo? ¿Puede hablarse de embarazo forzado? ¿De deseo responsable? ¿No le estaremos haciendo un tackle al deseo si le acercamos tanto la palabra “responsable”?

Sería lógico que la vehemencia, la pasión que pone Klein en el despliegue de su pensamiento se traduzca en una escritura de tonos estridentes. Nada de eso. La fuerza del huracán llega al escrito, vital sí, pero con una modulación sugestiva, envolvente, nunca exenta de piedad, de humor o de ironía. Es su estilo. Está muy claro: ella lleva sus ideas al escrito. Pero es el escrito el que la lleva a ella.

En las antípodas “La Mujer en Cuestión” de Andruetto, apelará al recurso de los medios tonos para dar voz a esta apasionante novela que, a medida que contornea (intenta contornear) el perfil de Eva Mondino Freiberg, pone al desnudo el horror y la violencia que devastaron al país en la década del 70. Esos 30 años a lo largo de los cuales se intenta seguirle el rastro a la mujer en cuestión, hablan de la trayectoria de una vida, sí, pero también de la trayectoria de un país. Y si se tolera el desasosiego que acompaña al lector mientras sigue de cerca los pasos de esta mujer podrá entonces llegarse a lo que considero es el hueso de esta novela: ¿qué responsabilidad tuvo la sociedad civil argentina durante la última dictadura militar? ¿Cuál fue la mía? La pregunta está abierta. Tiene más vigencia que nunca.

La novela está organizada como un informe supuestamente objetivo que se articula al modo de un “modelo para armar”. Alguien, un quien manda, ordena una investigación sobre Eva sin que se sepa la razón de su interés. Este desconocimiento instala de entrada en quien lee una inquietud.

Hay un relator- narrador que toma el compromiso de grabar, desgrabar y transcribir los datos almacenados en 21 casettes que recogen los testimonios de gente cercana a Eva (amigos, ex marido, familiares, empleadores, el cura del pueblo, vecinos, la misma Eva) y que imprimirán en la novela ese tono monocorde, metálico, marcadamente contrastante con lo grave de aquello que se dice.

¿Qué se dice de Eva?: poco convencional, progresista, emancipada, hippie, sensible a las injusticias sociales, segura de sí misma, fanática de los Beattles, apasionada bailarina de salsa y de merengue. Si tuviese que decir lo que esto significa, si tuviese que darle un sentido a todo esto antes de darle un sentido, si las partes son más que el todo, diría que Eva es antes que nada, una sobreviviente.

Primer cruce con el ensayo de Klein (en realidad es el segundo, el primero lo voy a decir al final): si la novela está armada al modo de un informe donde una polifonía de voces da cuerpo a la trama de una historia, el ensayo de Klein también reúne una multiplicidad de voces que dan al tema tratado la densidad que tiene. Cuantas más voces, más se desdibuja el personaje, más denso se hace el enigma o –en el caso del ensayo- más insoluble se nos presenta el problema. ¿Quién es esta mujer cuya vida ha sido arrasada por la desaparición de su primer marido, por la expropiación de un hijito nacido en cautiverio, por la muerte de un padre que –transido de dolor- muere dos días después que Eva es llevada a un centro clandestino de detención? ¿Quién es esa mujer que aún después del horror puede decir (en voz baja, avergonzada) que es, “como ráfagas”, “sólo a veces”, feliz?

Hay que poder avanzar por lo oscuro para leer esta novela. Hacer desvíos. Perder el rumbo para desembocar definitivamente en callejones sin salida. Eva es inaprensible. Se escabulle. Se escurre como el agua por entre los dedos de la mano.

Si la suma de los testimonios no sólo no aclaran sino que complejizan al personaje, en cambio permiten entrever que hay algo oculto, no dicho, parte negada de una historia personal que es la de todos. Permiten vislumbrar, por entre la maraña de voces, cómo es que se va haciendo lugar en el entramado social a la construcción de un otro peligroso.

“No es como nosotras”, “no se ajusta a los cánones”, “se sale de lo convencional”. El rechazo que genera “eso que hace a Eva diferente” empieza por expresarse en las mismas madres de esta historia: la propia y la de su marido (como muy bien lo señala Pampa Arán en el anexo del libro). ¡Qué tema!

Si Eva es peligrosa lo es porque es distinta. Lo es también por ese misterio que la envuelve. ¿Cómo hace la mujer en cuestión para seguir viviendo? se pregunta el narrador ¿Cómo es posible (me pregunto) que esta mujer rebelde, combativa, acepte mansamente la increíble versión de que su hijito murió al nacer? ¡Y no lo busque! No puede ser. Algo no cierra. Eva en su inaprensibilidad se nos torna cada vez más peligrosa.

Y acá encuentro un tercer cruce con el texto de LK. En el último capítulo de su libro habla del poder de las mujeres: las que deciden son ellas. Ellas son dueñas de la decisión y la experiencia. Este poder no es reconocido y en él reside la fuerza que hace valer la lucha por la legalización del aborto. Y dice entonces Klein: “Quienes rechazan esa fuerza niegan la parte de la leona que las mujeres tenemos en la experiencia, desconocen ese poder como si fuera peligroso. Y lo es.”

Klein no dice palabras al boleo. La leona no es un animalito doméstico Tal vez pueda asociárselo a “la leona y sus cachorros” o a “La parte del león” a quedarse con la tajada más grande. Pero es seguro que cuando Laura Klein dice al final de su ensayo, la parte de la leona, está diciendo más que eso. Dice felino, ojos verdes, bella, salvaje. Así son las mujeres de Klein Y Eva también.
Dos pequeños aportes, desde el psicoanálisis.

Jacques Lacan dice que la mujer es siempre lo Otro. El punto de partida es el Uno. Lo Otro es lo diferente. Lo desconocido. Todo aquello que se nos desdibuje de una mujer (digo nos porque la mujer es Otro incluso para si misma) podrá entrar a formar parte de este matiz desconocido y entonces amenazante. Peligroso.

Hay algo, entonces, en la marginación de las mujeres, que tiene su razón de estructura. Hay algo de ellas que está fuera del reconocimiento y de la presencia social. Muchas veces el cuerpo social tiende a hacer de eso diferente un chivo expiatorio. El concepto de chivo expiatorio dice que para que todos sigamos juntos uno deberá quedarse afuera. Y eso es el fundamento de la discriminación.

La otra cosa que dice Lacan tiene que ver con algo que tiene consenso y asidero popular. Si yo digo: “las mujeres somos locas” sabemos de qué hablo. Hay múltiples dichos del acervo popular que dan cuenta de esto: “loca como tu madre”, por ejemplo. Las mujeres solemos andar por un carril, medianamente enmarcadas, encuadradas, cuerdas, hasta que…. dejamos de serlo. Y eso que todo el mundo sabe lo dice también Lacan: las mujeres son locas. Pero cuando lo dice no está emitiendo un juicio de valor ni una apreciación moral. Se trata también de una cuestión de estructura.

Ser hombre o mujer no es un derivado de la anatomía sino una cuestión de posición. A cada posición (hombres y mujeres) corresponde un goce: fálico para el hombre y fálico también para la mujer. Pero no- todo fálico. Hay Otro goce. Y ese Otro goce al cual solo accederán aquellos que se ubiquen del lado femenino, es incontable. Se puede experienciar pero no decir.

Entonces en la posición femenina habrá esa parte que siempre escapa, imposible de decir, imposible de atrapar por el universo simbólico, imposible de encuadrar dentro de un determinado discurso.

¿La Eva de Andruetto y las mujeres de Klein, no dicen, cada una y a su modo, de lo imposible de decir? Me deslumbro frente a esa capacidad, (¿habilidad?, ¿arte?) para –frente a lo imposible- poder dar un paso más.

Y les cuento ahora la primera intersección que encontré y que une los textos esta vez por un hilo invisible y sin otra lógica que aquella que podría otorgarle… ¿el azar? …¿la magia?

La descripción física que se hace de Eva y que aparece ya en las primeras páginas de La Mujer en Cuestión, es la de una mujer que se aproxima a los 50 años, de pelo largo en cataratas cayéndole sobre los hombros, un poco hippie en su modo de vestir, y cuyo rasgo más destacable (dice) son: “unos ojos verdes notables por su tamaño, brillo e intensidad de la mirada”.

Conozco a Laura Klein desde hace 30 años. Si tuviera que describirla diría: es una mujer que se aproxima a los 50 años, de pelo largo en cataratas cayéndole sobre los hombros, un poco hippie en su modo de vestir, y cuyo rasgo más destacado son unos ojos verdes notables por su tamaño, brillo, e intensidad de la mirada.
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