Este libro se lo dedico al hombre que me estuvo enseñando, durante casi dos años, todas las técnicas militares que han hecho posible que saliera airoso del




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DEDICATORIA


Este libro se lo dedico al hombre que me estuvo enseñando, durante casi dos años, todas las técnicas militares que han hecho posible que saliera airoso del acoso federal. Él es, o era, (esto no lo sé) un militar ejemplar al que yo le tengo mucho cariño. Él me enseñó a tomar las posiciones enemigas sin producir ninguna víctima, algo que habréis podido comprobar en este libro. A pesar de las situaciones difíciles que se me han presentado, no hay en él ningún muerto ni herido. Aún resuenan en mis oídos aquellas palabras:

-Sarmiento y Parra, demostrarles a estos, como se toma aquella posición enemiga sin producir ninguna víctima.

-Parra y Sarmiento salían disparados hacia aquel nido de ametralladoras, eran dos ametralladoras que no dejaban de disparar. Lanzábamos dos botes de humo, a continuación cuatro bombas de mano, estas las lanzábamos a gran distancia y fuera del ángulo por el que nosotros corríamos, eso permitía que las ametralladoras dispararan hacía el lugar por donde veían las explosiones. Una vez rebasada esta cortina de humo se repetía la acción y así hasta que llegábamos al nido de ametralladoras. Aquí el peligro para nosotros ya era nulo. A continuación sacábamos, con la máxima rapidez, los dos huesos hinchables que cada uno de nosotros llevábamos, y los introducíamos por los huecos de las ametralladoras, no sin antes haberle inyectado, la pócima hinchable.

Esperábamos unos treinta segundos y el nido de ametralladoras reventaba por la acción de estos (aparentemente inofensivos) huesos. A continuación les poníamos las esposas a todos los enemigos, que medio atontados, iban saliendo por el túnel de salida y los mostrábamos.

Estos huesos eran de largos como un bolígrafo y algo más gruesos, se les inyectaba una sustancia, y en pocos segundos se iban hinchando y soltando un olor a rosas que casi dormía a la gente. La hinchazón era tal que acababa en breves minutos reventando las paredes de hormigón del nido de ametralladoras.

He querido traer a esta dedicatoria este tipo de táctica, para que el lector se haga una mejor idea de lo que era Miguel en aquellos tiempos. Su graduación era de teniente, su trato era afable y educado. Su máxima era esta: -Los mejores resultados en el mínimo tiempo posible y sin víctimas.

También le dedico este libro al General Máximo. No se si llegó a Capitán General, pero si no lo logró no sería por no merecerlo, con toda seguridad se lo merecía. Leí la noticia en el periódico El País. Lo relevaban del mando de Baleares y se hacía cargo de la División Acorazada Brunete en Madrid. Estos dos hombres, refundidos con el tiempo en uno solo, han sido mi ideal, para poder superar tantos y tantos peligros en mi vida.

También se lo dedico a Jesucristo, hombre y Dios a la vez. Él siempre me dio la fuerza para superar, tantas y tantas tentaciones como he tenido en mi vida. Además, por que tal vez, sin merecerlo, me dio el título de Capitán general. (Leer el libro: Lo que Dios me dijo. Capítulo: El Capitán General, página 394)

Vaya por delante mi admiración y obediencia a ambas personas de la historia de este mundo.

AGRADECIMIENTO


Mi mayor agradecimiento a Guillermo, el jefe federal, por no haber hecho caso, cuando en Almerimar, recibió la orden de matarme. Se lo agradezco de todo corazón que tomara la decisión que tomó. Ello me permitió descubrir su calidad como persona, y su gran sentido del deber y del humor. Recibe desde estas páginas mi reconocimiento.

EL PAQUETE MISTERIOSO


-Oye Daniel, -dijo mi amigo Rafael- ¿Puedes llevar esta caja a Almería? pasarán a recogerla.

-Mañana es cuando voy a Almería, pero hasta pasado mañana no llego al herbolario.

-¿Dónde está ese herbolario?

-Debajo de Regiones, en la barriada Nueva Andalucía.

-Dame el teléfono del herbolario y que mi hermano llame allí.

-Toma nota, además, tu hermano ya sabe donde es el herbolario, otra vez recuerdo que le llevé un paquete.

-Sí, llevaste un paquete, pero no fue para mi hermano, fue para mi tío. ¿Ha vuelto a ir mi tío por allí?

-Alguna vez ha venido, pero hace tiempo que no lo veo. ¿Meto el paquete en el coche o lo dejo aquí?

-No, mételo en el coche.

De esta forma tan sencilla y simple un paquete emprende viaje en mi coche rumbo a Almería, sin que yo sepa su contenido.

Hoy madrugué más de lo acostumbrado. A las seis y media me levante y a las siete puse en marcha mi “bólido” que por carreteras de montaña me llevarán hasta cerca de La Rábita. Desde aquí enfilaré la nacional 340 que me llevará hasta el punto primero de mi recorrido, esto es, Santa María del Águila.

Hagamos una pausa y analicemos lo que pasó aquí en este pueblecito. Este pueblo está situado a unos cinco kilómetros de El Ejido, y se encuentra en plena expansión. Gentes de todas partes acuden aquí para trabajar en los invernaderos, motivando una enorme expansión de construcción de viviendas. Desde la parte alta de este pueblecito se divisa el llano existente entre la nacional 340 hasta el mar. Todo este llano, integro, se encuentra cubierto de plástico, ya no me impresiona este paisaje, las primeras veces quedaba muy impresionado, al ver lo que yo denomino “mar de plástico”.Llego a la calle Navarra puntual, como siempre, diez minutos antes de comenzar la consulta. A poco de estar escribiendo se acerca la dueña del Herbolario, y un poco nerviosa me dice:

-Me da mucho apuro haberle hecho madrugar y esta mujer sin venir.

-No se preocupe ya estoy habituado.

-¿Quiere un pitillo? -dice esto la joven dueña- alargándome un cigarro, a la par que me mira expulsando el humo lentamente.

Me quedo mirándola un momento y me doy cuenta que esta señorita desea conversar conmigo, pues su cara refleja un poco a la mujer seductora y algo aburrida; le digo:

-No, gracias, pero relájese, póngase cómoda. Digo esto dejando mi bolígrafo encima de la mesa.

-Es que no son serias las personas… ¡Mira que decirme que estarían aquí a las nueve!... son casi las diez y aún no han venido. Dice esto expulsando el humo del cigarro hacia arriba y a la par mirándome de reojo.

-¿Ha hecho algo de lo que le dije el otro día?

-Algo si…, las hierbas y eso otro, pero la alimentación no.

-Ya ve, eso suele pasarle a los demás, hacen algo, pero se olvidan de lo principal.

Esta muchacha conversa un ratito hablando de sus familiares. La madre está mal de los nervios, tiene sueños raros y miedos, su padre murió hace un mes de cáncer etcétera.

Estoy acostumbrado a estas historias tristes, yo mismo las he padecido cuando aún era muy joven.

Por fin llegan las dos visitas siguientes y las atiendo aconsejándolas: -Han de modificar su alimentación de lo contrario no saldrán de su atasco. Esto es lo que les digo, pero yo se que el 40% no hace caso de estos consejos. Llamo desde aquí a Roquetas de Mar y Almería, no hay nada y solo en el Zapillo me confirman que hay una visita a las seis de la tarde.

¡Vaya hombre…! Tenerme que quedar por esta visita, me dan ganas de volverme para casa –esto lo comento para mis adentros. De todas formas tengo que seguir hasta Almería, ya que llevo el paquete de mi amigo Rafael, después de pensármelo un poco decido seguir mi recorrido.

-Bueno, me marcho, iré a darme un bañito en Almerimar.

-¿A Almerimar va…? ¡Y a bañarse…! que bien -Comenta la joven dueña.

-Sí, me gusta aquella playa, está solitaria y tranquila, tiene una vista preciosa, siempre voy allí desde que la descubrí.

-¡Quien pudiera ir allí ahora…! ¡Con el calor que hace daría gusto!

-Pues cierra la tienda y vente en mi coche.

-Ya me gustaría el poder hacerlo, pero tengo que cuidar de mi madre y eso no puede esperar.

-Bueno, hasta otro día y dale un saludo a tu madre de mi parte y que se mejore.

Doy por terminada la conversación y enfocando mi “bólido” hacia la nacional, tuerzo a la derecha y a unos cinco kilómetros tomo la carretera que me llevará a Almerimar, mi playa favorita. No hay prisa -comento para mis adentros- son la una del medio día y hasta las cinco de la tarde que me pasaré por Roquetas, no tengo nada que hacer.

Bella panorámica desde la cantera, circulo despacio recreándome en el bello paisaje que se me ofrece, una curva más y enfilo la hilera de invernaderos, al otro lado unos pinos bajos dan una sombra baja envuelta en arena. Pienso… ¿Me quedo un ratito en esta sombra? No, adelante hasta la playa; ¡Cuidado que te pasas…! me avisa mi descuidado instinto, un viraje de volante y diviso el mar. Está bastante tranquilo -comento en mi soledad. A mi derecha veo las instalaciones del Camping Mar Azul y a mi izquierda solo veo arena fangosa con sal, los pinos se han quedado atrás y los invernaderos a mi espalda. Mi mirada vaga en el aire divisando el vuelo de una gaviota. ¡Cuidado…! El coche se precipita sobre un torreón de arena que me corta el paso, el mar se oculta y aquí es donde se ponen a prueba mis nervios de acero; hay que tomar una decisión de esas que ni siquiera pasan por el cerebro…doy un golpe de volante a la izquierda y quedo como por encanto en medio de la carretera, al filo del banco de arena. El mar queda oculto y así seguirá hasta que pare el coche en el lugar habitual.

¿Por qué este lugar y no otro? Hay varios kilómetros de playa, pero siempre vengo a este lugar. La playa es grande sí, pero hay pocos sitios donde uno pueda estar tumbado y estar viendo el coche al completo.

En Málaga, ya se me llevaron un maletín del coche, mientras comía en un restaurante con mi hija Carmen y su esposo. Esta vez también mi hija se quedó sin documentación y alguna ropa. Otra vez, en el Zapillo, mientras me bañaba se me llevaron una cazadora preciosa que tenía en el coche; estos bólidos se abren con suma facilidad. A partir de entonces llevo una bolsa en vez de un maletín, pienso que llama menos la atención en caso de descuido. También esta vez llevo el misterioso paquete envuelto en unas mantas bastante bien camuflado, “ojos que no ven corazones no quiebran”. Otra cosa, siempre me gusta poner el coche en posición de poder salir rápido, sin tener que maniobrar en frío. La parte trasera, la pongo mirando al mar, de esa forma vigilo mejor donde va la bolsa y el paquete.
¿QUE PASÓ EN ALMERIMAR?


Un momento, miro para todas partes y solo veo un coche que está a más de cuatrocientos metros, en la playa no se ve un alma… ¿Vale? Si…vale. Me quito el bañador y me baño empelota, así es mucho mas agradable el baño, después me gusta estar con el bañador seco. Octubre no es julio ni agosto, he dado unas vueltas nadando y el agua está muy rica a pesar de lo avanzado del otoño. Me he puesto el bañador y me voy un ratito al coche, abro la trampilla de arriba y así el sol lo inunda todo y en un momento me calienta.

Seguí tumbado dentro del coche, y es así como fui sorprendido por el ruido de un motor. Rápidamente me incorporo y miro hacia la pista. Un carruaje de un extranjero pasa junto al bólido. Del carruaje sale un hombre fornido con pantalón corto y me pregunta:

-¡OH…camping…clos…caravana…nou….!

¿Que querrá este hombre? ¡Dios mío…! ¿Qué le digo yo? Yo con el español me basto y este hombre parece que con su idioma debe tener suficiente. Le señalo la urbanización, y en un castellano andaluzado le digo:

-Pruebe por allí a ver lo que le dicen.

Debió entenderme bien, pues dio media vuelta y se fue para el lado contrario que yo le indicaba. Problemas de la Torre de Babel de eso no cabe la menor duda.

Voy a recostarme un poco, cuando en esos momentos llama mi atención un coche con una lancha motora en la vaca, circula a toda velocidad en dirección al mar. Sí… ¡Creo que se precipitan coche y todo en el mar como no frene ya! Frena justo al lado del otro coche. Este parece es de color amarillo y debe ser un mil quinientos o algo así, la distancia no permite mas detalles. Con una rapidez envidiable los tres hombres bajan la lancha y se suben a la misma perdiéndose en unos minutos mar adentro. Los dos coches parecen quedar abandonados sin ocupantes dentro.

En esos momentos decido comerme un membrillo tumbado en el coche, antes de terminar oigo el ruido de un helicóptero. ¡Caramba…! Si que viene bajo. Pasa a unos diez metros de altura sobre las aguas y se aleja pasando a escasos metros del “bólido”. Sin lugar a dudas pueden verme con toda claridad, incluso fotografiarme.

Salgo a la playa y me tumbo mientras el helicóptero se aleja haciendo el semicírculo que forma el terreno, recorre toda la playa y se pierde en la lejanía. ¿Qué querrá este helicóptero? Pasa por segunda vez. ¿Sabes que la mañanita se presenta un poco intranquila? Esta vez da la vuelta y pasa a unos cinco metros escasos de mi cabeza. ¡Abrase visto…! ¡Por pocas me rasca la piel! Sin hacerle caso sigo tumbado en la arena. No pasan ni cinco minutos cuando el ruido de otro coche me saca de mi medio sueño. Este nuevo coche queda aparcado junto a mi “bólido”. Un hombre rubio, de mediana estatura, se acerca a él y lo revisa minuciosamente sin tocarlo, mira su interior a través de los cristales, pero no lo toca; me saluda con la cabeza, mira para todas partes, parece muy inquieto, busca algo o a alguien, de eso no cabe la menor duda. Decide marcharse, pero no muy lejos, mete el coche junto a la pista frente al camping en plena arena y de frente al mar. A mi juicio es poco experimentado, en caso de tener que salir rápido puede atascársele el coche. El hombre baja a la playa pero no se mete en el agua, sube de nuevo al monte de arena y sigue desde allí vigilante, no lo oculta.

¡Que es esto…! Otro coche color blanco se queda junto al bólido. De este coche sale otro hombre joven, inquieto, y ávido que también mira para todas partes, este se larga pronto sin saludos. El joven de barbas rubio sigue vigilante. El del vehículo blanco se acerca a los dos coches aparentemente abandonados y los revisa a fondo desde fuera sin tocarlos. Mira las ruedas, debajo, encima, los laterales etc. al final abandona el lugar y lo pierdo de vista. Me siento vigilado y no estoy a gusto, decido poner tierra de por medio.

Me baño de nuevo y me seco y… ¡Caracoles! La caca quiere salir de mi cuerpo y aquel pelirrojo mirando. ¿Qué hago? Decido ponerme a cubierto de la mirada del pelirrojo agachándome en la arena junto al bólido, abro rápido un agujero en la arena y pronto sale de mi cuerpo lo que quiere salir. Agachado, desnudo y haciendo caca, es como el otro personaje del coche blanco me sorprende. De un par de saltos se clava en medio de la playa a menos de diez metros de mi improvisado water. ¿De donde sale este hombre y que hace tan cerca? La pregunta queda sin respuesta, nos miramos, yo sigo agachado como si estuviera semisentado en la arena. Este joven no quita su mirada de mí y yo no me siento libre, seguiré así hasta que se vaya o venga. La caca ya ha salido a velocidad supersónica, tal vez empujada por la necesidad del momento. Las miradas siguen fijas y ninguno de los dos decidimos hacer nada. Petrificado, sorprendido in-fraganti, desnudo y solo, maniatado moralmente, no se que hacer. Al fin la solución viene dada por la lógica del momento; pienso que hay que aguantar hasta que este tío se vaya de aquí, después que venga si quiere y huela lo que ha salido. Así ocurrió, este joven debió de quedarse también sin saber que hacer, quizá esperaba otra cosa y tardó en reaccionar, pero al final decidió marcharse sin decir nada. Yo me levante y dándole una patada a la masa de arena tapé aquella parte de algo que había salido de mi cuerpo, y que ya era mejor que estuviese oculto para siempre.

Me levanté, me vestí a toda prisa, me subí en mi bólido y me fui lejos de aquel “tranquilísimo” lugar. Cuando subía hacia la cantera pude observar una furgoneta que estaba en posición de cortarme el paso en caso de necesidad. No cabe duda que buscaban algo y toparon conmigo, que en ese momento me bañaba y quería estar tranquilo como tantas veces lo había estado en este idílico lugar.

Ya respiro hondo, no me gusta que me importunen tanto, busco los sitios tranquilos para solearme, orar y bañarme dejando vagar mi mente por los espacios vacíos del firmamento. Mucho ajetreo hoy, pero ya voy alcanzando la cantera y esto me llena de buen humor, tuerzo a mi derecha y me deslizo raudo por el asfalto, no sin antes echar un vistazo al bello paisaje que se me ofrece a mi derecha. Atravieso el paseo de las palmeras y enfilo la carretera de los invernaderos. Hago un alto en el viso del ciprés, hay que observar desde aquí la urbanización, las palmeras, su puerto, su hermosa playa, las aguas azuladas, los barcos veleros; todo esto queda hundido en el fondo como un sueño de otoño.

Mas relajado y tranquilo subo al bólido y me adentro a escasa velocidad por Tierras de Almería, este mar de plástico, donde se cosechan calabacines, tomates, pimientos, berenjenas, habichuelas, melones, sandias. También veo muchas plantaciones de claveles. Según me informaron, esta grandísima finca pertenece a una empresa denominada: Tierras de Almería. No se si me informaron bien, pero según me dijeron, aquí trabajan unos cinco mil obreros, desde luego el campo de plantaciones variadas es inmenso.

Casi sin darme cuenta aparecen a mi derecha unos equipos de radares, una emisora y un faro que casi toca el mar. Recuerdo que hace unos meses mi curiosidad me llevó hasta allí, me encontré que no podía pasar a la playa; una barrera y un disco de prohibición me lo impedían y algo más. A escasos metros, dos federales rifle en mano observaban mi coche, que sin pensarlo mucho, y como un autómata, dio media vuelta; este coche sabe lo que se hace. -Pensé aquel día: ¿Será esta la base de los helicópteros? ¿Será desde aquí desde donde me observan cuando me baño empelota? No, debe ser desde el faro del puerto, desde aquí eso es imposible a pesar de la altura del edificio. También recuerdo que un día estando en la playa de Almerimar con mi esposa decidimos bañarnos ambos empelotas, ya que estábamos solos. Pues bien, antes de cinco minutos un coche de los federales tomaba posición del aparcamiento junto al bólido. Dijo mi señora:

-¡Ahí están los federales verdes junto al bólido!

Miré de reojo y vi que una pareja de ellos miraba con cierto descaro.

No te preocupes, ya tengo el bañador puesto y con las tetas de las mujeres ya no se atreven.

Aquel día los federales se retiraron en cuanto mi mirada tranquila, pacífica y relajada se cruzó con las suyas.

Por fin la urbanización de Roquetas de Mar. Entro en un restaurante, como, bebo y después me tumbo dentro del bólido, cerca de un edificio en construcción, e intento dormir. No lo consigo, varias gentes en idiomas extraños hablan fuerte, uno de ellos insiste mucho…Abogado…Abogado…Abogado. Yo, la verdad, no se si es que esa palabra se dice lo mismo en todos los idiomas, o que los demás no saben decir más cosas en español. De toda la conversación, yo es la única que entiendo. A las cinco me paso por el herbolario de Roquetas y a las seis y media ya estoy en el Zapilllo. Cerca de las ocho de la noche el dueño me dice:

- Vámonos.

- ¿Puedo dejar este paquete que traigo aquí?

- Claro que sí, deja lo que quieras.

- Tengo que dejarlo mañana en Nueva Andalucía, pero no quiero que duerma en el coche.

- Adelante, déjalo donde te parezca.

- De acuerdo, por la mañana pasaré a recogerlo.

Me marcho, pero observo que antes de entrar en el “Hotel Quiniela” un coche de los federales verdes me sigue a poca velocidad, el coche se detiene y no pasa por delante de este típico “hotel”. ¿Casualidad?…, tal vez.

Paso dentro y me siento a rellenar una quiniela, nunca hago juegos de azar, pero en este “hotel” todo es diferente, por eso tiene este nombre tan especial. Alguien me susurra al oído:

- Debe cambiar su coche de sitio, páselo hacia delante.

Es el dueño del herbolario

- ¡Si no había señales prohibidas!

- Puede ponerlo enfrente, allí no estorbará.

- ¿Qué es lo que pasa? ¿No está bien allí?

- No, sobre las once de la noche ha de entrar en ese local un furgón, y sale a eso de las diez de la mañana.

- Vale, ahora mismo voy.

- No hay prisa, pero quítalo de allí.

Este hombre es un hombre inteligente y jefe de los servicios de seguridad de una cadena de importantes bancos, donde se manejan grandes sumas de dinero. Me limito a obedecer, no me gusta meterme en asuntos de otros. Él sabrá por que, en un local sin señalizar, entran y salen vehículos por la noche.

Después de dejar mi bolsa en la habitación 309, salgo a la calle y avanzo el vehículo unos metros, dejando libre el local indicado. Me vuelvo a mi habitación y me meto en la cama con el propósito de hincharme de dormir, el día ha sido agitado y estoy muy cansado. Duermo como un lirón hasta las siete de la mañana, salvo un descanso para hacer pipi a eso de las tres.
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