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Cantaclaro en la Red, es un órgano informativo de la Fundación Cantaclaro

19 de Septiembre de 2010

Año. VI Número 57

La verdad, solo es útil si se comunica”

La otra cara del sol en la Red.
Víctor Nogal, Red Cantaclaro
Para cambiarle la cara a Septiembre, La carga Final, Toda revolución vive y necesita, momentos de choque y combate. Estos, mantienen activa la conciencia popular y potencian el avance constante hacia la conquista de un nuevo estadio, que para la humanidad podemos llamar, Socialismo. En el cambio de época que vivimos los pueblos de Latinoamérica, la Revolución Bolivariana es punta de lanza en la batalla por la liberación de nuestros pueblos. Como hace 200 años cuando desde estas tierras los gritos y sueños se hicieron armas en Hombres y Mujeres tras la Espada del Libertador Simón Bolívar, hoy en un escenario distinto en donde la estrategia se mueve dentro de la paz y la institucionalidad, las batallas electorales son el momento para demostrar, el grado de madurez y espíritu de lucha de nuestro pueblo.
En esta recta final, arrecian los ataques de la canalla pitiyanki que como MUDa (MUD, siglas políticas de los opocisionistas), calla y silencia los logros de la revolución, que en apenas 10 años, trajo a la luz a mas de Millón y Medio de personas que Vivian la oscuridad del analfabetismo y nos convirtió con Cuba y ahora Bolivia en territorios libres de este mal colonial. En esta revolución bonita, por primera vez el país cuenta con un plan y una infraestructura de asistencia medica que permite, llegar hasta el mas lejano rincón de la selva, montaña, llano o ciudad, a la par que forma un ejercito de “Batas Blancas”, hombres y mujeres que se preparan como médicos socialistas, teniendo como prioridad la vida y no el dinero. En esta década de luchas y en especial en el último lustro la revolución se ha ido a los campos para con su pueblo tomar y construir la infraestructura económica, financiera e industrial, que permita alcanzar la soberanía alimentaría a la par que rescata los territorios fronterizos. Después de diez años, como no nombrar, El rescate y Fortalecimiento del Ejercito Bolivariano en sus doctrinas y capacidad de defensa, La planeacion y construcción de la Red Ferroviaria nacional que permita liberar los costos ocasionados por el manejo ineficiente de mercancías a través de camiones, La conformación de Empresas y Redes Comerciales Socialistas, modelo inicial para el rescate del valor del trabajo como valor de uso y no como mercancía. En fin paremos de contar algunos de los logros alcanzados y que debemos preservar, para dar vida al sueño Bolivariano, dar al pueblo la mayor suma de felicidad posible.




Vamos de nuevo, a enfrentar a nuestros enemigos históricos, los mismos que hace 37 años asesinaron el primer proyecto socialista por la vía democrática en el Chile de Allende. Esa misma derecha que apoyo y se enriqueció con Pinochet, es la misma que aplaudió a Carmona y sus decretos en los trágicos días de Abril de 2002. Esa derecha que siempre se disfraza de democrática o pacifica, esperan con ansias, poder desde el parlamento, como hicieron con Zelaya en Honduras, inyectar su veneno para asesinar a la revolución.
Estamos ante una nueva batalla, un nuevo compromiso y como el 13 de Abril de 2002 o el 15 de Agosto de 2004, el pueblo es nuevamente el protagonista. En honor a los caídos, vamos a darles un Septiembre Glorioso, con la victoria en la asamblea.
La Victoria se concede al trabajo, constante y consciente.
Patria Socialista o Muerte, estamos venciendo.
Nueve años, dos guerras, cientos de miles de muertos y nada aprendido
Por: Robert Fisk, The Independent
¿Acaso el 11 de septiembre nos vuelve locos a todos? Nuestra conmemoración de los inocentes que murieron hace nueve años ha sido un holocausto de fuego y sangre…

¿Acaso el 11 de septiembre nos volvió locos a todos?
¡Qué ajustado (en una extraña, alocada manera) que la apoteosis de esa tormenta de fuego iniciada hace nueve años tenga que ser la de un predicador desquiciado amenazando con otra tormenta de fuego; o la de una quema estilo nazi del Corán; o la de la edificación de una supuesta mezquita a dos cuadras de “zona cero”!
Como si el 11-S hubiera sido una arremetida sobre cristianos adoradores de Jesús, en vez de sobre el occidente ateo.
¿Pero por qué deberíamos estar sorprendidos? Nada más miren a esos otros desquiciados que eclosionaron con las secuelas de esos crímenes de lesa humanidad: el medio-enloquecido Admadineyad, el insoportable Gadafi post-Guerra Fría, Blair con su alocado ojo derecho y George W Bush con sus prisiones y torturas “en negro” y su lunática “guerra al terror”, y ese espantoso hombre que vivió (o vive todavía) en una cueva afgana, y los cientos de “al-qaedas” que él creó, y el Mulá tuerto, sin mencionar los canas lunáticos, las agencias de inteligencia y los matones de la CIA que nos han fallado –completamente- el 11 de septiembre porque estaban demasiado inactivos o demasiado estúpidos como para identificar a 19 hombres que iban a atacar a los EE.UU.
Recuerden una cosa: incluso si el Reverendo Terry Jones mantiene su decisión de retroceder, algún otro de nuestros chiflados va a estar listo para tomar su lugar.
Ciertamente, en este sombrío noveno aniversario (y que el cielo nos libre el año que viene del décimo), el 11-S parece haber producido no paz, o justicia o democracia, o derechos humanos… sino monstruos. Estos monstruos han merodeado por Iraq (tanto la especie occidental como la variedad local) y han masacrado 100.000 almas, o 500.000, o un millón, y… ¿a quién le importa? Han matado decenas de miles en Afganistán, ¿y a quién le importa?
Y a medida que la enfermedad se extendía a lo largo de Oriente Medio y luego a lo largo del globo, ellos (los pilotos de la fuerza aérea y los insurgentes, los marines y los suicidas con bombas, los al-Qaedas del Magreb y los de Jalij’, los del califato de Iraq y los de las fuerzas especiales, los muchachos del apoyo aéreo táctico y los degolladores) han arrancado las cabezas de mujeres y niños, de viejos y enfermos, de jóvenes y sanos, desde el Índico al Mediterráneo, desde Bali al subte de Londres.
¡Vaya un memorial para los 2.966 inocentes que perecieron hace nueve años! Hecha en nombre de ellos, aparentemente, ha sido nuestra ofrenda de holocausto de fuego y sangre, sacralizada ahora por el demente pastor de Gainsville.
Ésta es la pérdida, por supuesto. ¿Pero quién ha sacado la ganancia?
Bueno, los vendedores de armas, naturalmente. Y también Boeing y Lockheed Martin y todos los muchachos fabricantes de misiles y “drones” (aviones no tripulados) y las plantas de fabricación de repuestos de F-16 y los despiadados mercenarios que acechan las tierras musulmanas en nuestro nombre ahora que hemos creado 100.000 enemigos más por cada uno de los 19 asesinos del 11-S.

Los torturadores la pasaron bien, puliendo su sadismo en las prisiones ilegales de EE.UU (sería apropiado que el centro de tortura de EE.UU en Polonia se revelase en este noveno aniversario), y también lo hicieron los hombres (y las mujeres, me temo) que perfeccionaron los grillos y las técnicas de “submarino” con las que ahora peleamos nuestras guerras. Y (no nos olvidemos), cada religioso delirante en el mundo, sea de la variedad Bin Laden, los groupies barbudos del Talibán, los verdugos suicidas, los predicadores “mano de garfio”, o nuestro propio pastor de Gainsville.




¿Y Dios? ¿Dónde encaja? Un archivo de citas sugiere que casi todo monstruo creado en o después del 11-S es un seguidor de este redentor quijotesco. Bin Laden reza a Dios…”para convertir a EE.UU. en una sombra del mismo”, como me dijo en 1997. Y Bush le rezó a Dios y Blair le rezó (y reza) a Dios, y todos los asesinos musulmanes y una enorme cantidad de soldados occidentales, y el (honorario) Doctor Pastor Terry Jones y su treintena (o tal vez cincuentena, ya que las estadísticas son difíciles de obtener en la “guerra al terror”) le rezan a Dios.
Y el pobre Dios, por supuesto, tiene que escuchar estas oraciones ya que Él siempre está sentado entre ellos durante nuestras guerras demenciales. Recuerdo las palabras atribuidas a Él por un poeta de otra generación: “Dios esto, Dios aquello, Dios lo otro. ‘¡Dios santo!’, dijo Dios. ‘¡cuánto trabajo!’. Y eso que era sólo era la Primera Guerra Mundial…
Hace apenas cinco años -en el cuarto aniversario de los ataques a las Torres Gemelas/Pentágono/Pennsylvania- una niña de una escuela me preguntó en una conferencia dictada en una iglesia en Belfast si acaso el Medio Oriente se beneficiaría de más religión. ¡No! ¡Menos religión!, aullé como repuesta. Dios es bueno para contemplación, no para la guerra. Pero (y acá es donde nos conducen a los acantilados y rocas ocultas que nuestros líderes quieren que ignoremos, olvidemos y abandonemos) todo este lío de mierda involucra al Medio Oriente. Se trata de pueblos musulmanes que han conservado su fe mientras esos occidentales que los dominan (militar, económica, cultural y socialmente) han perdido la de ellos.
¿Cómo puede ser? Se preguntan los musulmanes. Ciertamente; es una excelente ironía que el Reverendo Jones sea creyente, mientras que el resto de nosotros –por lejos- no lo somos. De allí que nuestros libros y nuestras documentales nunca se refieren a musulmanes contra cristianos, sino a musulmanes contra “Occidente”.
Y por supuesto, el tema tabú del que no debemos hablar -la relación de Israel con EE.UU, y el apoyo incondicional de los EE.UU. al robo de tierras musulmanas por parte de Israel- yace en el corazón de esta crisis terrible en nuestras vidas.
En la edición de ayer del The Independent había una fotografía de manifestantes afganos cantando la consigna “muerte a EE.UU.”
Pero al fondo de la foto se ve a los mismos manifestantes con una pancarta negra con un mensaje escrito en lengua Dari con pintura blanca. Lo que realmente decía era: “El gobierno del régimen sionista chupasangre y los líderes occidentales que son indiferentes [al sufrimiento] y no tienen conciencia, están celebrando el nuevo año derramando la roja sangre de los palestinos”.
El mensaje es tan extremista como vicioso; pero prueba una vez más que la guerra en la que estamos enfrascados es también sobre Israel y “Palestina”. Nosotros podemos preferir ignorar esto en “Occidente”, donde supuestamente los musulmanes “nos odian por lo que somos” u “odian nuestra democracia” (ver Bush, Blair y otros políticos mendaces), pero este gran conflicto yace en el corazón de la “guerra al terror”. Es por eso que el igualmente vicioso Bejamin Netanyahu reaccionó a las atrocidades del 11-S declarando que el evento sería bueno para Israel.
Israel sería ahora capaz de declarar que ellos, también, estaban peleando la “guerra al terror”; que Arafat (éste era el reclamo del ahora comatoso Ariel Sharón) es “nuestro Bin Laden”. Y así los israelíes tuvieron el estómago de reclamar que la ciudad de Sderot –bajo su cascada de misiles de hojalata de Hamás- era “nuestra zona cero”.
No lo era. La batalla de Israel contra los palestinos es una horrible caricatura de nuestra “guerra al terror”, en la que se supone que nosotros tenemos que apoyar al último proyecto colonial en la tierra (y aceptar sus miles de víctimas) porque las torres gemelas y el Pentágono y el vuelo 93 de United fueron atacados por 19 árabes hace nueve años.
Hay una suprema ironía en el hecho de que un resultado directo del 11-S haya sido la corriente de policías y “tabicados” (agentes encubiertos) occidentales que han viajado a Israel para mejorar sus “especialidades anti-terroristas” con la ayuda de oficiales israelíes que podrían –de acuerdo a las Naciones Unidas- ser criminales de guerra. No fue una sorpresa encontrar que los héroes que dispararon contra el pobre Jean Charles de Menezes en el subterráneo londinense en 2005 hayan recibido asesoramiento “antiterrorista” de los israelíes.
Y sí, conozco los argumentos. No podemos comparar la acción de malvados terroristas con el valor de nuestros jóvenes hombres y mujeres que defienden nuestras vidas –y sacrifican las suyas- en la línea del frente de la “guerra al terror”. Pero sabemos que vamos a matar inocentes; nosotros aceptamos de buena gana que vamos a matar inocentes, que nuestras acciones van a crear tumbas masivas con familias, con los pobres, los débiles y los desposeídos.
Por esta razón hemos creado la obscena definición de “daños colaterales”. Como “colateral” significa que estas víctimas son inocentes, entonces “colateral” significa también que somos inocentes de sus muertes. No era nuestro deseo matarlos, incluso si sabíamos que era inevitable que lo hiciéramos. “Colateral” es nuestro eximente.
Esta palabra es la diferencia entre “nosotros” y “ellos”; entre nuestro Derecho Divino a matar y el Derecho Divino de Bin Laden a asesinar. Las víctimas, escondidas de la vista como cadáveres “colaterales”, ya no cuentan más porque fueron masacradas por nosotros.


Tal vez no fue tan doloroso. Tal vez morir por un avión no-tripulado es una partida más suave de este mundo; un descuartizamiento causado por un misil aire-tierra modelo AGM-114C fabricado por Boeing-Lockheed es menos doloroso que una muerte causada por los fragmentos de una mina improvisada en el camino o por un cruel suicida con un cinturón de explosivos.
Por eso sabemos cuántos murieron el 11-S: 2.966 (aunque el número puede ser mayor), y por qué no hacemos “cuenteo de cuerpos” de aquéllos a quienes matamos. Porque ellos –“nuestras” víctimas- no deben tener identidad, ni inocencia, ni personalidad; no deben tener una causa o creencias, y porque nosotros hemos matado muchos, muchos más seres humanos que Bin Laden y los talibanes y al-Qaeda.
Los aniversarios son eventos para la televisión y los diarios, y pueden tener el hábito horripilante de aunar a la gente en el marco de una funesta conmemoración.
Así conmemoramos la Batalla de Britania -un episodio caballeresco en nuestra historia- y el bombardeo de civiles británicos por parte de los alemanes llamado Blitz en la segunda guerra mundial (un progenitor del asesinato masivo, por supuesto, pero un símbolo de la valentía inocente) tal como conmemoramos el comienzo de una guerra que ha destrozado nuestra moralidad, ha convertido a nuestros políticos en criminales de guerra, a nuestros soldados en asesinos y a nuestros despiadados enemigos en héroes de la causa antioccidental.
Y mientras en este sombrío aniversario el Reverendo Jones quería quemar un libro llamado el Corán, Tony Blair trató de vender un libro llamado “Una travesía”. Jones dijo que el Corán era “malvado”; algunos británicos se preguntaron si el libro de Blair no debería clasificarse como “crimen”.
Ciertamente, el 11-S se vuelve fantasía cuando el reverendo Jones puede acaparar la atención de los Obama y de los Clinton, del Santo Padre y de las incluso más santas Naciones Unidas.
Quem deus vult perdere, dementat prius…
(Aquéllos a quienes destruirán los dioses enloquecen antes. De la obra Medea, de Eurípides. Nota del traductor )
http://www.independent.co.uk/opinion/commentators/fisk/robert-fisk-nine-years-two-wars-hundreds-of-thousands-dead-ndash-and-nothing-learnt-2076450.html

El diablo se esconde en los detalles
Por: Uri Avnery, gush-shalom.org
Se cuenta una historia sobre un hombre que hizo testamento. Dividió generosamente sus bienes, los distribuyó entre sus familiares, recompensó a sus amigos y no se olvidó de sus sirvientes.

Terminó con un breve párrafo: "Si fallezco, este testamento queda anulado y sin efecto".
Mucho me temo que un párrafo similar se acabe añadiendo al “acuerdo marco” que Benjamin Netanyahu se ha comprometido a firmar en el plazo de un año tras honestas y fructíferas negociaciones con la Autoridad Palestina desarrolladas con la mediación de Hillary Clinton a la mayor gloria del presidente Barack Obama.
Al cabo de 12 meses habrá un acuerdo sobre un marco perfecto. Todos los "temas centrales" quedarán resueltos: creación del Estado palestino, fronteras sobre la base de la Línea Verde, división de Jerusalén entre dos capitales, medidas de seguridad, asentamientos, refugiados, reparto del agua. Todo. Y luego, la víspera de la impresionante ceremonia de firma en el césped de la Casa Blanca, Netanyahu pedirá que se añada un breve párrafo: "En el momento en que se inicien las negociaciones para el tratado de paz permanente este acuerdo será nulo de pleno derecho".
Un “acuerdo marco” no es un tratado de paz: es lo contrario de un tratado de paz. Un tratado de paz es un acuerdo final. Contiene los detalles de los compromisos que se han logrado tras largas y agotadoras negociaciones. Ninguna de las dos partes quedará completamente satisfecha con los resultados, pero cada una sabrá que ha logrado mucho y que puede vivir con ello.
Tras la firma vendrá el momento de aplicar el acuerdo. Dado que todos los detalles han sido elaborados en el propio tratado, no habrá más controversia salvo algunos tecnicismos insignificantes que serán resueltos por el árbitro estadounidense.
Un acuerdo marco es todo lo contrario. Deja abiertos todos los detalles. Cada párrafo del acuerdo permite al menos una docena de interpretaciones diferentes, ya que el acuerdo trata de sortear diferencias fundamentales mediante compromisos verbales.
Se puede afirmar que las negociaciones para un acuerdo marco no son más que el prólogo de las verdaderas negociaciones, un pasillo que conduce al salón.
Si un acuerdo marco se alcanza en el plazo de un año —¡bienaventurados los crédulos!— las verdaderas negociaciones para el tratado final pueden durar cinco años, diez años, cien años, doscientos años. Pregúntenle a Yitzhak Shamir.
¿Qué cómo lo sé? Ya he presenciado antes esta función.
La "Declaración de Principios" de Oslo, que fue firmada hace 17 años menos dos días, fue un acuerdo marco.
Entonces lo tildaron de acuerdo histórico, y con razón. La solemne ceremonia en el jardín de la Casa Blanca estaba completamente justificada. Su importancia derivaba del acontecimiento que lo precedió el 10 de septiembre (que casualmente coincidió con mi cumpleaños), cuando el líder del movimiento de liberación palestino reconoció formalmente al Estado de Israel y el Primer Ministro de Israel reconoció formalmente la existencia del pueblo palestino y su movimiento de liberación.


(Aquí conviene observar que el acuerdo de Oslo de 1993 se fraguó a espaldas de los estadounidenses, igual que la iniciativa de Sadat de 1977 se gestó a espaldas de los estadounidenses. En ambos casos se hizo historia sin la participación de EEUU y, de hecho, temiéndola. Anwar Sadat decidió realizar su vuelo sin precedentes a Jerusalén sin que el embajador estadounidense en El Cairo lo supiera, y los negociadores de Oslo se cuidaron mucho de mantener en secreto sus actividades. La participación norteamericana no comenzó hasta muy tarde en el proceso, cuando ya había un hecho consumado).
¿Qué ocurrió después de que las dos partes firmaran el marco de Oslo con fondo de trompetas? Se iniciaron las negociaciones.
Negociaciones sobre todos los detalles. Hubo controversia sobre todos los detalles.
Por ejemplo: el acuerdo decía que entre Cisjordania y la Franja de Gaza se abrirían cuatro "pasos seguros". Israel cumplió esta cláusula del siguiente modo: a lo largo de las vías propuestas los israelíes instalaron llamativas señales de tráfico con el siguiente mensaje escrito en los tres idiomas: "A Gaza". Esas señales, ya oxidadas, aún se pueden ver aquí y allá. ¿Y los pasajes de tránsito? Los israelíes nunca los abrieron.
Otro ejemplo: tras arduas negociaciones Cisjordania fue dividida en tres zonas: A, B y C (desde que Julio César comenzara su libro sobre la conquista de la Galia con las palabras: "La Galia se divide en tres partes", los hombres de Estado no han sabido resistirse a la tentación de dividir cada territorio en tres partes).
La Zona A fue entregada a la Autoridad Palestina, que se constituyó como tal en virtud del acuerdo. El ejército israelí la invade sólo de vez en cuando. La Zona B está formalmente gobernada por la Autoridad Palestina, pero en la práctica es Israel quien la controla. La Zona C, la más grande, se mantuvo firmemente en manos de Israel, que actúa en ella como le place: expropia tierras, construye asentamientos, muros y vallas, y también carreteras para uso exclusivo de los judíos. Por otra parte, se declaró que Israel se retiraría ("replegaría") en tres etapas. La Etapa 1 se ejecutó, y lo mismo se hizo —más o menos— con la etapa 2. La Etapa 3, la más importante, ni siquiera se inició.
Algunas disposiciones han dado lugar a situaciones bufas. Por ejemplo, no hubo acuerdo sobre si el título oficial de Yasser Arafat sería sólo de "chairman", como exigía Israel, o de "presidente", como exigían los palestinos. A falta de acuerdo se dispuso que en las tres lenguas se lo llamaría "rais", un término árabe que expresa tanto la idea de “chairman” como la de “presidente”. La semana pasada Netanyahu se dirigió a Abu Mazen llamándolo "Presidente Abbas".
O el largo debate sobre el pasaporte palestino. Israel exigía que fuera solamente un "documento de viaje", mientras que los palestinos exigían que fuera un "pasaporte" a todos los efectos, como corresponde a un Estado real. ¡Finalmente se acordó que en su parte superior dijera "documento de viaje" y en la parte inferior "pasaporte"!
Israel aceptó la creación de una Autoridad Palestina. Los palestinos querían llamarla "Autoridad Nacional Palestina". Israel se negó. Cuando los palestinos, contrariamente a lo acordado, imprimieron sellos que contenían la palabra "nacional", tuvieron que destruirlos e imprimir otros nuevos.
Según el acuerdo de Oslo, las negociaciones sobre las cuestiones centrales —fronteras, Jerusalén, refugiados, asentamientos, etc.— debían comenzar en 1994 y terminar con un tratado de paz permanente en un plazo de cinco años.

Las negociaciones no terminaron en 1999 porque nunca comenzaron. ¿Por qué? Muy sencillo: sin un acuerdo final real el conflicto prosiguió en toda su furia. Israel construyó asentamientos a un ritmo frenético para crear "hechos sobre el terreno" antes de la apertura de las negociaciones reales. Los palestinos iniciaron ataques violentos para acelerar la salida de los israelíes, convencidos de que "Israel sólo entiende el lenguaje de la fuerza".
El diablo, que como todo el mundo sabe está en los detalles, se vengó de los que aplazaron la tarea de pulir los detalles. Cada detalle se convirtió en una mina en el camino hacia la paz.
Esa es la naturaleza de un acuerdo marco: permite negociar sobre cada cuestión concreta una y otra vez, empezando cada vez desde el principio. Los negociadores israelíes aprovecharon esa posibilidad hasta la saciedad: cada "concesión" israelí fue vendida una y otra vez en las sucesivas negociaciones. Primero en las negociaciones para la "Declaración de Principios", luego en las negociaciones de los acuerdos provisionales; sin duda se las vamos a volver a vender por tercera, cuarta y quinta vez en las negociaciones de los acuerdos permanentes. Y cada vez se las cobraremos caro.
¿Significa esto que una declaración de principios es inútil?
Yo no diría eso. En diplomacia las declaraciones son importantes aunque no estén acompañadas de actos inmediatos. Resurgen una y otra vez. Las palabras que se han pronunciado no puede ser desdichas, aunque solo sean palabras. El genio no puede ser devuelto a la botella.
Cuando el gobierno de Israel reconoció al pueblo palestino le dio la puntilla a un argumento que había dominado la propaganda sionista desde hace casi cien años: que el pueblo palestino ni existe ni ha existido jamás. "No existe tal cosa", como dijo en repetidas ocasiones la (lamentablemente) inolvidable Golda Meir.
Cuando los palestinos reconocieron el Estado de Israel este hecho provocó en la percepción del mundo árabe una revolución irreversible.
Cuando el líder de la derecha israelí reconoce ante el mundo entero la solución de "dos Estados para dos pueblos", dibuja una línea desde la que no hay vuelta atrás. Incluso si lo dice sin creerse realmente sus propias palabras sino solamente como una treta para salir del paso, las palabras tienen vida propia. Se han convertido en un hecho político: a partir de ahora ningún gobierno israelí puede volverse atrás.
Por eso la extrema derecha tenía razón cuando recientemente acusó a Netanyahu de poner en práctica —¡vade retro!— el “diseño Uri Avnery”. Su intención no es hacerme un cumplido, sino condenar a Netanyahu. Es como acusar al Papa de actuar al servicio de los ayatolás.
Si finalmente Netanyahu se viera obligado a firmar un “acuerdo marco” o una “plataforma de acuerdo” que estipulara la creación de un Estado palestino con las fronteras del 4 de junio de 1967, con su capital en Jerusalén Oriental y con limitados intercambios de territorio, tal cosa marcaría la dirección de todos los procesos diplomáticos en el futuro. Sin embargo, no creo que vaya a firmar algo así, e incluso si lo hiciera tampoco sería garantía de que lo fuera a cumplir.
Así pues, insisto: no debería haber acuerdo sobre un proceso diseñado para abocar a una "declaración de principios" o un "acuerdo marco". Debería haber —aquí y ahora!— negociaciones para un tratado de paz total y definitivo.
El diablo se esconde en los acuerdos marco. Dios vive —si lo hace en algún sitio— en los tratados de paz.

Fuente: http://zope.gush-shalom.org/home/en/channels/avnery/1284192205/

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