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El Arte de Morir
OSHO

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MA GYAN DARSHANA

Osho_library@gruposyahoo.com

Capítulo 1



El Arte de Morir

Cuando el rabino Bimham yacía en su lecho de muerte,

su esposa se echó a llorar.

El le dijo, «¿Por qué lloras?

Toda mi vida no ha sido otra cosa que un aprender a morir».
La vida es vivir. No es una cosa es un proceso: No hay otra forma de conocer lo que es la vida más que viviendo, estando vivo, fluyendo, discurriendo con ella. Si buscas, el significado de la vida en algún dogma, en una determinada filosofía, en una teología, da por seguro que te perderás lo que es la vida y su significado. ­

La vida no te está esperando en ninguna parte; te está sucediendo. No se encuentra en el futuro como una meta que has de alcanzar, está aquí y ahora, en este mismo momento, en tu respirar, en la circulación de tu sangre, en el latir de tu corazón. Cualquier cosa que seas, es tu vida y si te pones a buscar significados en otra parte, te la perderás. El hombre ha estado haciendo esto durante siglos.

Los conceptos se han vuelto muy importantes, las explicaciones se han vuelto muy importantes y lo real ha sido olvidado por completo. No vemos lo que de hecho ya está aquí, queremos racionalizaciones.

Oí una hermosa historia.
Hace unos años un americano de renombre tuvo una crisis de identidad. Buscó la ayuda de la psiquiatría, pero no resolvió nada porque no encontró a nadie que pudiera revelarle el significado de la vida, que era lo que él deseaba conocer. Poco a poco se fue enterando de la existencia de un venerable e increíblemente sabio gurú que vivía en una misteriosa y casi inaccesible región de los Himalayas. Llegó a creer que solamente ese gurú le podría revelar lo que la vida significaba y cuál debía ser su destino.

De modo que vendió todas sus posesiones y empezó su búsqueda del gurú que todo lo sabía. Estuvo ocho años yendo de pueblo en pueblo por todos los Himalayas, buscándole. Y un día acertó a encontrarse con un pastor que le dijo dónde vivía el gurú y cómo debía llegar a ese lugar.

Tardó casi un año en encontrarle, pero lo consiguió. Se presentó a ese gurú, que desde luego era venerable y tenía más de cien años de edad. El gurú accedió a ayudarle, especialmente cuando escuchó todos los sacrificios que el hombre había realizado buscándole. ­

«¿Qué es lo que puedo hacer por ti, hijo mío?», le preguntó e lgurú. ,

«Necesito conocer el significado de la vida», le contestó el hombre. ­

A lo que, sin dudar un instante, replicó el gurú, «La vida», dijo, «es un río sin fin».

«¿Un río sin fin?», dijo el hombre con asombro. «¿Después de recorrer todo este camino para encontrarte, todo lo que tienes que decirme es que la vida es un río sin fin?»

El gurú se quedó estupefacto, anonadado. Se enfadó mucho y le dijo, «¿Quieres decir que no lo es?»
Nadie puede darte el significado de tu vida. Es tu vida y el significado ha de ser también el tuyo. Los Himalayas no te servirán de ayuda. Nadie más que tú puede encontrarlo. Es tu vida y solamente es accesible a ti. Solamente con el vivir te será revelado el misterio.

Lo primero que me gustaría decirte es: no lo busques en ninguna otra parte. No lo busques en mí, no lo busques en las escrituras, no lo busques en inteligentes explicaciones; son sólo justificaciones, no explican nada. Simplemente atiborran tu mente vacía, no te hacen consciente de lo que es. Y cuanto más está la mente atiborrada de conocimiento muerto, más torpe y estúpido te vuelves. El conocimiento hace a la gente estúpida, adormece su sensibilidad. Se atiborran de él, cargan con él, refuerzan su ego con él, pero no les aporta luz y no les indica el camino. No puede hacerla.

La vida ya está burbujeando en tu interior. Solamente puedes contactar con ella allí. El templo no está en el exterior; tú eres su santuario. Por eso lo primero que has de recordar, si quieres saber lo que es la vida, es: nunca la busques en lo exterior, nunca trates de descubrirla en alguien. El significado no puede ser transferido de este modo. Las Maestros más grandes nunca han dicho nada sobre la vida, siempre te han devuelto a ti mismo.

Lo segundo que has de recordar es: una vez que sepas lo que es la vida sabrás, lo que es la muerte. La muerte es parte del mismo proceso. Por lo general creemos que la muerte llega al final, por lo general creemos que la muerte se opone a la vida; por lo general creemos que la muerte es el enemigo, pero la muerte no es el enemigo. Y si consideras a la muerte como el enemigo esto simplemente demuestra que no has sido capaz de saber lo que es la vida.

La muerte y la vida son dos polaridades de una misma energía, del mismo fenómeno, el flujo y el reflujo, el día y la noche, el verano y el invierno. No están separados y no son opuestos ni contrarios. Son complementarios. La muerte no es el fin de la vida; de hecho es una culminación de una vida, la cresta de la vida, el clímax, el gran final. Y una vez conoces tu vida y su proceso, entonces comprendes lo que es la muerte.

La muerte es una parte orgánica, integral de la vida y es muy amistosa con ella. Sin ella la vida no puede existir. La vida existe debido a la muerte, la muerte le da un trasfondo. La muerte es, en efecto, un proceso de renovación. Y la muerte sucede a cada instante. En el instante en que inhalas y en el instante en que exhalas, ambas se dan. Al inspirar, la vida entra; al expirar, viene la muerte. Por eso al nacer un niño lo primero que hace es inspirar; entonces la vida empieza. Y cuando un viejo muere, lo último que hace es exhalar; entonces la vida se va. El exhalar es la muerte, el inspirar es la vida. Son como las dos ruedas de una carreta. Vives tanto debido a que inspiras como a que expiras. El exhalar es parte del inhalar. No. puedes inhalar si dejas de exhalar. No puedes vivir si dejas de morir.

El hombre que ha comprendido lo que es su vida, permite que la muerte suceda, le da la bienvenida. Muere a cada instante y a cada instante resucita. Su cruz y su resurrección suceden continuamente como un proceso. Muere al pasado a cada momento y nace una y otra vez al futuro.

Si observas lo que es la vida podrás saber lo que es la muerte. Si comprendes lo que es la muerte, solamente entonces serás capaz de comprender lo que es la vida. Forman un organismo. Por lo general, debido al miedo; hemos creado la división. Creemos que la vida es buena, y que la muerte es mala. Creemos que ha de desearse la vida Y que ha de evitarse la muerte. Creemos que, de alguna forma, hemos de protegernos contra la muerte. Esta idea absurda crea interminables desgracias en nuestras vidas, porque una persona que se protege contra la muerte se vuelve incapaz de vivir. Es la persona que teme exhalar entonces es incapaz de inhalar y se queda embarrancada. Entonces simplemente mal vive, su vida deja de ser un fluir, su vida deja de ser un río.

Si realmente deseas vivir has de estar dispuesto a morir. ¿Quién en ti teme a la muerte? ¿Teme la vida a la muerte? No es posible. ¿Cómo puede la vida sentirse asustada por su proceso integral? En ti hay algo más que está asustado: El ego es el que teme en ti. La vida y la muerte no son opuestos. El ego y la muerte sí son opuestos. La vida y la muerte no son opuestos. El ego y la vida si son opuestos. El ego está en contra de los dos, de la vida y de la muerte. El ego teme el vivir y el ego teme el morir. Teme vivir porque a cada paso, al esforzarse en pos de la vida, hace qué la muerte se acerque.

Si vives, te estás acercando a la muerte. El ego teme morir, de ahí que también tema vivir. El ego simplemente mal vive. Hay mucha gente que ni está viva, ni está muerta. Esto es lo peor. Un hombre que está vivo plenamente también está lleno de muerte. Ese es el significado de Jesús en la cruz. Jesús acarreando con su propia cruz no ha sido plenamente compren­dido. Y les dice a sus discípulos, «Tendréis que llevar vuestra propia cruz». El significado de Jesús llevando su cruz es muy simple, no es nada más que esto: todo el mundo a de acarrear continuamente con su muerte, todo el mundo ha de morir a cada momento, todo el mundo ha de estar en la cruz porque éste es el único modo de vivir plenamente, totalmente.
Siempre que te encuentres con un momento de total vitalidad, de repente también verás ahí a la muerte. Sucede en el amor. En el amor, la vida alcanza un clímax, de ahí que la gente tema al amor.

Me siento asombrado continuamente por la gente que viene a mí y que me dice que teme al amor. ¿De dónde proviene este temor al amor? Se debe a que cuando realmente amas a alguien tu ego empieza a desaparecer y a fundirse. No puedes amar con el ego, el ego se convierte en la barrera. Y cuando quieres destruir la barrera, el ego te dice, «Esto se convertirá en una muerte, ¡cuidado!»

La muerte del ego no es tu muerte. La muerte del ego es en realidad tu posibilidad de vida. El ego es simplemente una cáscara sin vida a tu alrededor. Tiene que ser hecha pedazos y tirada. Surge de forma natural, del mismo modo que cuando un transeúnte pasa, el polvo se deposita sobre sus ropas., sobre su cuerpo y ha de darse un baño para limpiarse de ese polvo.

Al movemos en el tiempo, el polvo de las experiencias, del conocimiento, de la vida vivida, del pasado, se acumula. Ese polvo se convierte en tu ego. Al acumularse, se convierte en una cáscara que ha de ser rota y tirada. Uno se ha de bañar continuamente, cada día, de hecho, a cada instante, de forma que esta cáscara nunca se convierta en una prisión. El ego teme al amor porque en el amor la vida alcanza una culminación. Pero siempre que hay una culminación de la vida también hay una culminación de la muerte. Van de la mano.

En el amor mueres y renaces. Lo mismo sucede cuando meditas o rezas o cuando acudes a un Maestro y te entregas. El ego crea toda suerte de dificultades, de justificaciones, para que no te entregues. «Piénsatelo, medítalo, sé inteligente». Cuando acudes a un Maestro, el ego sospecha, se llena de dudas, crea ansiedad porque de nuevo estás volviendo a la vida, estás volviendo a una llama donde la muerte va a estar tan viva como la vida. Recuerda que la muerte y la vida se alimentan mutuamente, nunca están separados. Si estás un poco, mínimamente vivo, en el mínimo; entonces verás a la vida ya la muerte como dos cosas separadas. Cuanto más te acerques a la cima, más se irán aproximando. En el ápice, se encuentran y se funden en uno solo. En el amor, en la meditación, en la confianza, en la oración, siempre que la vida es algo total, la muerte está allí. Sin muerte, la vida no puede ser total.

Pero el ego siempre está pensando en divisiones, en dualidades, Lo divide todo. La Existencia es indivisible, no puede ser dividida. Eras un niño, luego te hiciste mayor. ¿Puedes delimitar cuándo te hiciste mayor? ¿Puedes señalar el lugar en el tiempo cuándo de repente dejaste de ser un niño y te volviste un joven? Un día te vuelves viejo. ¿Puedes indicar cuándo te vuelves viejo?

Los procesos no pueden ser delimitados. Sucede exacta­mente lo mismo cuando naces. ¿Puedes señalar cuándo naciste? ¿Cuándo comienza realmente la vida? ¿Comienza cuando el niño empieza a respirar, cuando el doctor da unos azotes al niño y el niño empieza a respirar? ¿Es entonces cuando nace la vida? ¿O es cuando el niño entra en el útero, cuando la madre se queda embarazada, cuando el niño es concebido? ¿Empieza entonces la vida? ¿O incluso antes que esto? ¿Cuándo comienza exactamente la vida?

Es un proceso que no tiene ni fin ni comienzo. Nunca empieza. ¿Cuándo está muerta una persona? ¿Muere cuando deja de respirar? Muchos yoguis han demostrado científica­mente que pueden dejar de respirar y seguir vivos y luego regresar. De modo que el dejar de respirar no puede ser el final. ¿Dónde acaba la vida?

Nunca acaba en parte alguna, nunca empieza en ninguna parte. Estamos sumergidos en la eternidad. Hemos estado aquí desde el mismo comienzo, si es que hubo alguna vez un comienzo, y vamos a seguir aquí hasta el final, si es que va a haber un final. De hecho no puede haber un principio ni puede haber un final. Somos vida, aun cuando la forma cambie, los cuerpos cambien, la mente cambie. Lo que llamamos vida es solamente la identificación con un determinado cuerpo, con una determinada mente, con una determinada actitud, y lo que llamamos muerte no es más que el salirse de esa forma, de ese cuerpo, de esa idea.
Cambias de casa. Si te identificas demasiado con una casa entonces el cambiar de casa será algo muy doloroso. Creerás que te mueres porque la casa antigua era lo que tú eras; esa era tu identidad. Pero esto no sucede porque sabes que solamente estás cambiando de casa, que tú sigues siendo el mismo. Aquellos que han mirado en su propio interior, aquellos que han descubierto quién son, llegan a descubrir un proceso eterno, sin fin. La vida es un proceso sin tiempo, más allá del tiempo. La muerte forma parte de él.­

La muerte es un revivir continuo, una ayuda para que la vida resucite una y otra vez, una ayuda para que la vida se libre de las viejas formas, para librarse de los edificios desvencijados, para librarse de las anticuadas estructuras de modo que seas capaz de fluir y puedas de nuevo volverte fresco y joven y seas otra vez virgen.
Oí una vez.

Un hombre estaba mirando antigüedades en un anticuario cerca del Monte Vernon cuando se encontró con un hacha aparentemente antigua.

«Tiene una gran hacha antigua aquí», le dijo al anticuario.

«Sí», le contestó el hombre, «perteneció a George Washington».

«¿De verdad?», le replicó el cliente, «Se conserva en muy buen estado».

«Desde luego», le dijo el anticuario, «Se le ha cambiado tres veces la empuñadura y dos veces la hoja».
Pero así es como es la vida, se cambian las empuñaduras y las hojas. De hecho parece que todo cambia y aun así hay algo que permanece eternamente igual. Tan sólo observa. Eras un niño, ¿qué es lo que queda ahora? Solamente un recuerdo. Tu cuerpo ha cambiado, tu mente ha cambiado, tu identidad ha cambiado. ¿Qué subsiste de tu infancia? Nada queda, sólo un recuerdo. No puedes saber si realmente ocurrió o si lo soñaste o si lo leíste en un libro o si alguien te lo dijo. ¿Fue tu infancia o fue la infancia de alguien? Hojea el álbum de viejas fotos. Simplemente observa; ése eras tú. No podrás creértelo de tanto que has cambiado. Todo ha cambiado, las empuñaduras, las hojas, todo, pero aun así en lo más profundo, en alguna parte, algo sigue como una continuidad; algo que testifica, sigue ahí.

Hay un hilo, por invisible que sea. Y todo va cambiando, pero ese hilo invisible sigue siendo el mismo. Ese hilo está más allá de la vida y de la muerte. La vida y la muerte son las dos alas de «eso» que está más allá de la vida y de la muerte. «Eso» que está más allá continúa empleando a la vida y a la muerte como a las dos ruedas de un carro, como complementarios. «Eso», vive a través de la vida, «Eso» vive a través de la muerte. La muerte y la vida forman su proceso, como el inspirar y el expirar, pero hay algo en ti que lo trasciende. «Eso eres tú...», «Eso» que lo trasciende. .

Pero nos hallamos identificados en exceso con la forma. Esto crea el ego. Esto es lo que llamamos «yo». Por supuesto que el «yo» ha de morir repetidas veces. Por esto está constantemente atemorizado, temblando, agitado, siempre asustado, protegiéndose, asegurándose.
Un místico sufí llamó a las puertas de un hombre muy rico.

El era un mendigo y solamente quería comer algo.

El rico le gritó y le dijo, «¡Nadie te conoce por aquí!».

«Pero yo me conozco a mí mismo», le dijo el derviche.

«¡Qué triste sería si lo contrario fuera cierto! Si todo el mundo me conociera, pero yo no fuera consciente de quien soy. ¡Qué triste sería! Estás en lo cierto. Nadie me conoce, pero yo me conozco a mí mismo».
Esas son las dos únicas situaciones posibles y tú estás en la triste. Puede que todo el mundo te conozca, que sepa quién eres, pero tú desconoces por completo tu trascendencia, tu verdadera naturaleza, tu auténtico ser. Esta es la única tristeza en la vida. Puedes encontrar muchas excusas, pero la auténtica pena es ésta: no sabes quién eres.

¿Cómo puedes ser feliz sin saber quién eres, sin saber de dónde provienes, sin saber adónde vas? Mil y un problemas surgen de esta ignorancia fundamental.
Un grupo de hormigas salió de la oscuridad de su hormiguero bajo la tierra, en busca de comida. Era el amanecer. Acertaron a pasar cerca de una planta cuyas hojas estaban cubiertas de rocío matutino.

«¿Qué es eso?», preguntó una de las hormigas señalando las gotas de rocío. «¿De dónde provienen?»

Unas contestaron, «Vienen de la tierra».

Otras dijeron, «Vienen del mar».

Pronto se entabló una disputa. Un grupo sostenía la teoría del mar mientras que el otro grupo afirmaba la teoría de la tierra. Solamente una, una hormiga sabia e inteligente, perma­necía observando. Dijo, «Dejemos esto por un instante y busquemos indicios, porque todo sufre una atracción hacia lo que es su origen. Y, como se dice, todo regresa a su origen. No importa lo alto que lances un ladrillo, siempre cae al suelo. Todo lo que tiende a la luz, debe, en su origen, ser luz»

Las hormigas no se sintieron totalmente convencidas y estaban dispuestas a reanudar su disputa, pero entonces el sol ya había salido y las gotas de rocío estaban desapareciendo de las hojas, ascendiendo, subiendo hacia el sol y fundiéndose en él.
Todo regresa a su fuente original, ha de volver a su fuente original. Si comprendes la vida, también comprenderás la muerte. La vida es un olvidarse de la fuente original y la muerte es recordarla de nuevo. La vida es alejarse de la fuente original; la muerte es regresar a casa. La muerte no es algo repugnante, la muerte es hermosa; Pero la muerte es bella solamente para aquellos que han vivido la vida sin inhibiciones, plenamente, sin represión. La muerte es hermosa solamente para aquellos que han vivido su vida de forma bella, que no se han sentido asustados de vivir; que han tenido el coraje suficiente para vivir, que han amado, que han bailado, que han gozado.

La muerte se convierte en la celebración suprema si tu vida ha sido una celebración. Déjame que te lo diga de este modo: lo que tu vida ha sido, la muerte lo desvelará. Si has sido un desdichado en la vida, la muerte revelará esa desdicha. La muerte es el gran revelador. Si has sido feliz en tu vida, la muerte revelará esa felicidad. Si solamente has vivido una vida de comodidades físicas y de placeres físicos, entonces por supuesto, la muerte será algo muy desagradable e incómodo porque has de abandonar el cuerpo. El cuerpo solamente es una morada temporal, un refugio en el que pasamos la noche y que dejamos por la mañana. No es tu morada permanente. No es tu casa.

De modo que si has vivido solamente una vida corporal y no has conocido nunca nada más allá del cuerpo, la muerte será algo muy, muy desagradable, doloroso. La muerte será angustiosa. Pero si has vivido un poco por encima de tu cuerpo. Si has gustado de la música y de la poesía, si has amado y si has contemplado las flores y las estrellas y algo de lo perteneciente a lo que no es físico ha penetrado en tu conciencia, entonces la muerte no será tan mala, entonces la muerte no será tan dolorosa. Podrás llevarla con ecuanimidad, pero aún no será una celebración.

Si has acariciado algo de lo que hay de trascendental en ti, si has penetrado en tu propia vacuidad en el centro, en el centro de tu ser, donde dejas de ser un cuerpo y dejas de ser una mente, donde los placeres físicos quedan lejos y donde los placeres mentales - tales como la música, la poesía, la literatura y la pintura,- quedan muy lejanos. Donde tú eres simplemente pura consciencia, un puro estar alerta, entonces la muerte se convertirá en una gran celebración, en una gran comprensión, en una gran revelación.

Si has conocido algo de lo trascendental que hay en ti, la muerte te revelará lo que de trascendente hay en el universo. Entonces la muerte no será más una muerte, sino un encuentro con Dios, una cita con Dios.

Podemos encontrar tres expresiones de lo que es la muerte en la historia de la mente humana.

Una expresión es la del hombre corriente que vive apegado a su cuerpo, que nunca ha conocido nada superior al placer del comer y del sexo, cuya vida no ha sido nada más que comer y sexo, que ha disfrutado del comer, que ha disfrutado del sexo, cuya vida ha sido muy primitiva, cuya vida ha sido burda, que ha vivido en la antesala de su palacio sin haber entrado nunca en él y que siempre ha creído que eso es todo lo que la vida es. En el momento de morir tratará de aferrase. Se resistirá a la muerte; luchará contra la muerte. La muerte se le presentará como su enemigo.

Por eso, en todo el mundo, en todas las sociedades, la muerte ha sido presentada como algo oscuro, diabólico. En la India decimos que el mensajero de la muerte es muy feo, oscuro, negro, y llega sentado en un búfalo enorme. Esta es la actitud corriente. Esa gente se lo ha perdido, no han sido capaces de conocer todas las dimensiones de la vida. No han sido capaces de llegar a las profundidades de la vida y no han sido capaces de ascender a las alturas de la vida. Se han perdido la plenitud, se han perdido la dicha.

Luego hay un segundo tipo de expresión. Los poetas, los filósofos a veces han dicho que la muerte no es algo malo que sea sólo un descanso, un gran descanso; como un sueño. Esto es mejor que el primero. Al menos esa gente ha conocido algo más allá del cuerpo, han conocido algo de la mente. No han vivido solamente del comer y del sexo, su vida no ha sido simplemente un comer y reproducirse. Poseen algo de la sofisticación del alma, son algo más aristocráticos, más cultos. Ellos dicen que la muerte es como un gran descanso. Uno se encuentra cansado y se muere y descansa. Es reponedor. Pero ellos también están lejos de la verdad. ­

Aquellos que han conocido la vida en su centro más interno, afirman que la muerte es Dios. Que no es solamente un descanso; sino una resurrección, una nueva vida, un nuevo cornienzo. Una nueva puerta se abre.
Cuando un místico sufí, Bayazid, se estaba muriendo, la gente que se había congregado a su alrededor, sus discípulos, se vieron sorprendidos de repente, porque cuando llegó el instante final, su rostro se volvió radiante, tremendamente radiante. Tenía una hermosa aura.

Bayazid fue un hermoso hombre y sus discípulos siempre habían percibido un aura a su alrededor, pero nunca habían visto nada como esto, tan radiante.

Le preguntaron, «Bayazid, dinos qué es lo que te ha sucedido, qué es lo que te está sucediendo. Antes de que nos dejes, entréganos tu último mensaje».

El abrió sus ojos y dijo, «Dios me está dando la bienvenida, voy a su encuentro. Adiós». Cerró sus ojos y dejó de respirar, pero en el momento en que dejó de respirar hubo una explosión de luz. La habitación se inundó de luz y luego esa luz desapareció.

Cuando una persona ha conocido la trascendencia en sí mismo, la muerte no es más que otra cara de Dios. Entonces la muerte es una danza en su honor. Y a menos que seas capaz de celebrar la muerte misma, recuérdalo, te habrás perdido la vida; Toda la vida no es más que una preparación para esta culminación.

Este es el significado de esta bella historia.
Cuando el rabino Bimham yacía en su lecho de muerte,

su esposa se echó a llorar.

El le dijo, «¿Por qué lloras?

Toda mi vida no ha sido otra cosa que un aprender a morir».

Toda su vida había sido simplemente una preparación, una preparación para aprender los secretos del morir.

Todas las religiones no son nada más que una ciencia, o un arte, para enseñarte cómo morir. Y el único modo de enseñarte cómo morir es enseñarte cómo vivir. No están separados. Si conoces el modo correcto de vivir, sabrás cuál es el modo correcto de morir.

Por eso lo primero, lo más fundamental es cómo vivir. Déjame decirte unas cuantas cosas. Primero, tu vida es tu vida, no es la vida de nadie más. No permitas que nadie te domine, no dejes que otros te dicten lo que has de hacer. Eso es una traición a la vida. Si dejas que otros te digan lo que has de hacer, sean tus padres, la sociedad, tu sistema educativo, tus políticos, tus sacerdotes, sean los que sean, si te dejas dominar por los demás, te perderás tu vida. Porque el dominar proviene del exterior y la vida está en tu interior. Nunca se encuentran. No te estoy diciendo que tengas que ser alguien que siempre diga no a todo. Eso tampoco sirve.

Hay dos clases de gente. Una pertenece al tipo obediente, dispuesto a entregarse a cualquiera. No poseen en su interior un alma independiente. Son inmaduros, infantiles, siempre buscando la figura del padre, buscando a alguien que les diga lo que han o lo que no han de hacer. No son capaces de confiar en sí mismos. Esa gente forma la mayor parte de la población mundial, las masas.

Luego, en oposición a esa gente, existe una pequeña minoría que rechaza la sociedad, que rechaza los valores de, la sociedad. Ellos creen que son rebeldes. No lo son; son sólo reaccionarios. Tanto si escuchas a la sociedad como si rechazas la sociedad, si la sociedad permanece siendo el factor determinante, entonces eres dominado por la sociedad. Déjame que te cuente una anécdota.
Una vez Mulla Nasrudin había partido de viaje y al regresar a su ciudad llevaba una gran barba. Sus amigos, naturalmente, bromeaban sobre la barba y le preguntaban cómo se había decidido a dejársela tan larga. El Mulla empezó a quejarse y a, maldecir la barba en unos términos no muy claros. Sus amigos se sorprendieron por el modo en que estaba hablando y le preguntaron la razón por la cual seguía llevando la barba si eso no le gustaba.

«Odio esa maldita cosa», les dijo el Mulla.

«Si la odias ¿por qué no te la afeitas y te libras de ella?»; le preguntó uno de sus amigos.

Un destello diabólico brilló en los ojos del Mulla mientras le respondía, «¡Porque mi esposa también la odia!»
Pero eso no te hace libre, Los hippies, los Yupies y esa gente, no son realmente unos rebeldes; son unos reaccionarios. Han reaccionado en contra de la sociedad. Unos cuantos son obedientes, otros son desobedientes, pero el centro de la dominación es el mismo. Unos pocos obedecen, otros pocos desobedecen, pero nadie mira el interior de su propia alma.

Una persona realmente rebelde es aquella que no está ni a favor, ni en contra de la sociedad. Aquélla que simplemente vive de acuerdo con su propia comprensión. Si va en contra la sociedad o si va a su favor es irrelevante, no importa. Puede que a veces vaya a favor de la sociedad, a veces puede no ir a favor de la sociedad, pero ése no es el tema a considerar. Vive de acuerdo a su propia comprensión, de acuerdo a esa pequeña luz. Y no estoy diciendo que se vuelve muy egoísta con res­pecto a eso. No, es muy humilde. Sabe que su luz es escasa, pero que esa es toda la luz que posee. No es altanero, es muy humilde. Dice, «Puede qúe esté equivocado, pero por favor, permíteme que esté equivocado de acuerdo conmigo mismo». Esta es la única forma de aprender. El cometer errores es la única forma de aprender. El actuar según la propia compren­sión es la única forma de crecer y madurar. Si buscas siempre a alguien para que te dicte lo que has de hacer, tanto si obedeces como si no lo haces, carece de importancia. Si buscas a alguien para que te dirija, para que decida a favor o en contra, nunca serás capaz de conocer lo que es la vida. Ha de ser vivida y tú has de seguir tu propia y diminuta luz.

No siempre existe una certeza sobre lo que hay que hacer. Te encuentras muy confundido. Deja que sea así, pero descubre una salida para tu confusión. Es muy fácil y cómodo escuchar a los demás porque te pueden suministrar dogmas sin vida, te pueden dar mandamientos: no hagas esto, haz lo otro. Y están muy seguros de sus mandamientos. La certeza no es lo que se ha de buscar. La comprensión es lo que se ha de buscar. Si buscas la certeza serás víctima de alguna trampa. No busques la certeza, busca el comprender. La certeza se te puede dar fácilmente, cualquiera puede dártela, pero a la hora del análisis final serás un perdedor. Habrás desperdiciado tu vida tan sólo para permanecer en la seguridad y en la certeza; y la vida no es una certeza, la vida no es segura. .
La vida es inseguridad. A cada momento se dirige hacia una inseguridad mayor. Es un continuo apostar. Uno nunca sabe lo que va a suceder. Y es hermoso que uno nunca lo sepa. Si fuera predecible, no valdría la pena vivir la vida. Si todo fuera como te gustaría que fuese y si todo fuera una certeza, no serías un hombre, serías una máquina. Sólo existen certezas y seguridades para las máquinas.

El hombre vive en libertad. La libertad necesita insegu­ridad, incertidumbre. Un hombre verdaderamente inteligente siempre está dudando porque no posee dogma alguno en el que confiar, en el que descansar. Ha de observar y responder.

Lao Tse dice, «Dudo y me muevo por la vida estando alerta porque no sé qué es lo que va a suceder. Y no tengo ningún principio que seguir. He de decidir a cada instante. Nunca decido de antemano. He de decidir cuando llega el momento». Entonces uno ha de tener la capacidad de responder. Eso es lo que la responsabilidad es. La responsabilidad no es una obli­gación, la responsabilidad no es un deber, es una capacidad de respuesta. Un hombre que desea saber lo que es la vida ha de saber responder. Eso es lo que no ocurre. Siglos de condicionamientos te han hecho similar a las máquinas. Has perdido tu humanidad, la has cambiado por seguridad. Estás seguro y confortable y todo ha sido planeado por los demás. Y ellos lo han puesto todo en el mapa, lo han medido todo. Esto es una absoluta estupidez porque la vida no puede ser medida, es inmensurable. Y no es posible tener ningún mapa porque la vida está en un constante flujo. Todo cambia. Nada es permanente excepto el cambio. Dice Heráclito, «No puedes entrar dos veces en el mismo río». Y los modos de la vida son muy zigzagueantes. Los modos de la vida no son como las vías de un tren. No, no va sobre vías. Y esa es su belleza, su gloria, su poesía, su música. El que siempre sea una sorpresa.

Si buscas seguridad, certeza, tus ojos estarán cerrados y tú te irás sorprendiendo cada vez menos y perderás tu capacidad de maravillarte. Una vez has perdido tu capacidad de asombro, has perdido la religión. La religión es abrirse a tu corazón que­ se asombra. La religión es una receptividad hacia lo mara­villoso que nos rodea.

No busques la seguridad, no busques consejo sobre cómo vivir tu vida. La gente acude a mí y me dice, «Osho, dinos cómo deberíamos vivir nuestras vidas». No estás interesado en conocer lo que es la vida, estás más interesado en construirte un modelo fijo. Estás más interesado en acabar con la vida qué en vivirla. Deseas tener una disciplina impuesta sobre ti.

Existen, desde luego, sacerdotes y políticos en todo el mundo dispuestos, expectantes, por ayudarte. Acude a ellos y ­ellos estarán listos para imponer sus disciplinas sobre ti. Ellos disfrutan del poder que proviene del imponer sus propias ideas sobre los demás.

Yo no estoy aquí para esto. Yo estoy aquí para ayudarte a ser libre. Y cuando digo que estoy aquí para ayudarte a ser libre, me incluyo a mí. También estoy aquí para ayudarte a que te liberes de mí. Mi sanyas es algo muy paradójico. Te entregas a mí para poder ser libre. Yo te acepto y te inicio en el sanyas para ayudarte a que te liberes de todo dogma, de toda escritura, de toda filosofía, y yo estoy incluido en eso. El sanyas es tan paradójico - debería serlo - como la vida misma. Entonces sí está vivo.

Por esto lo primero es: no le pidas a nadie como deberías vivir tu vida. La vida es muy valiosa. Vívela. No te estoy diciendo que no cometas errores; los cometerás. Recuerda solamente una cosa: no cometas los mismos errores una y otra vez. Con eso hay suficiente. Si puedes descubrir un nuevo error cada día, comételo, pero no repitas los errores. Eso es una estupidez. El hombre que es capaz de encontrar nuevos errores que cometer cada día, estará creciendo continuamente. Ese es el único modo de aprender, ésa es la única forma de descubrir tu propia luz interior.
Oí una vez.

Una noche el poeta Awadi de Kerman, un gran poeta musulmán, estaba sentado en su porche inclinado sobre un cubo. Shams-el- Tabrizi, un gran místico sufí acertó a pasar por allí.

Shams-el-Tabrizi miró al poeta y lo que hacía. Le preguntó al poeta, «¿Qué es lo que haces?»

El poeta le contestó, «Estoy contemplando la luna en un cubo de agua».

Shams-el-Tabrizi empezó a reír; con una tremenda carcajada, con una risa loca. El poeta empezó a sentirse incómodo. Una multitud se congregó.

Y el poeta le dijo; «¿Qué es lo que ocurre?¿Por qué te ríes tanto? ¿Por qué me estás ridiculizando?»

Shams-el-Tabrizi le dijo, “A no ser que te hayas roto el cuello, ¿por qué no miras directamente a la luna en el cielo!”
La luna está allí, la luna llena está allí y ese poeta estaba sentado junto a un barreño con agua y contemplaba en el barreño de agua el reflejo de la luna.

Buscar en las escrituras, buscar la verdad a través de las filosofías es mirar el reflejo. Si le pides a alguien, cómo deberías vivir tu vida, estás pidiendo un mal consejo porque ese hombre solamente podrá hablar sobre su propia vida. Y nunca, jamás, hay dos vidas que sean iguales. Sea lo que sea que te pueda decir o impartir será algo sobre su propia vida, y eso solamente si es que él ha vivido. Puede que él también haya preguntado a algún otro, puede que él mismo haya sido un imitador. Entonces es un reflejo de mi reflejo. Y los siglos pasan y la gente sigue reflejando el reflejo del reflejo del reflejo, y la verdadera luna llena está siempre en el cielo esperándote. Es tu luna, es tu cielo. Mírala directamente. Hazlo directamente. ¿Por qué pedir prestados mis ojos o los ojos de alguien? Se te han dado ojos, hermosos ojos para ver, y ver directamente. ¿Por qué pedir comprensión prestada? Recuérdalo, puede que sea comprensión para mí, pero desde el instante en que la tomas prestada, se convierte para ti en conocimiento. Deja de ser comprensión.

Comprensión es eso que ha experimentado uno mismo. Puede que sea comprensión para mí, si yo he mirado a la luna, pero en el instante en, que te lo digo a ti, se convierte en conocimiento, deja de ser comprensión. Entonces sólo es algo verbal, es pura lingüística. Y el lenguaje es una mentira. Deja que te cuente una anécdota.
Un avicultor descontento con la productividad de sus gallinas decidió usar un poco de psicología con ellas. Compró un loro parlanchín de vivos colores y lo puso en el gallinero. Sin pensárselo, las gallinas se encariñaron de inmediato con el atractivo extranjero; con gozosos cloqueos le mostraban los mejores bocados para que él se los comiera y le seguían por todo como un grupo de quinceañeras persiguiendo a una nueva estrella de la canción. Para contento del granjero incluso sus capacidades ponedoras mejoraron.

El gallo del gallinero, naturalmente celoso al ser ignorado por su harén, se echó sobre el atractivo intruso, le empezó a picotear y clavarle los espolones, arrancándole las plumas rojas y verdes una tras otra. Con lo cual el asustado loro se puso a gritar vehementemente, «¡Déjelo señor! ¡Le pido que desista! ¡Después de todo, sólo estoy aquí como profesor de lenguaje!»
Mucha gente vive su vida como profesores de lengua. Esa es la clase de vida más falsa. La realidad no necesita de lenguaje alguno; está a tu alcance a un nivel no verbal. La luna está ahí, no necesita ni de cubo, ni de agua, no necesita de medio alguno. Solamente has de mirar hacia ella. Es una comu­nicación no verbal. La totalidad de la vida está disponible; solamente has de aprender a comunicarte con ella de un modo no verbal.

De eso es de lo que trata la meditación. Del estar en un espacio donde el lenguaje no interfiera, donde los conceptos aprendidos no se interpongan entre tú y lo real.

Cuando ames a una mujer, no te preocupes por lo que los demás han dicho sobre el amor, porque esto se convertirá en una interferencia. Amas a una mujer, el amor está ahí, olvídate de todo lo que has aprendido sobre el amor. Olvídate de todos los Kinseys, de los Masters y los Johnsons, olvídate de los Freuds y de los Jungs. Por favor, no te conviertas en un profesor de lengua. Simplemente ama a la mujer y deja que el amor exista y deja que el amor te muestre sus más recónditos secretos, sus misterios. Entonces serás capaz de saber lo que es el amor.

Y lo que los demás digan sobre la meditación carece de sentido. Una vez me encontré con un libro sobre meditación escrito por un monje jaina. Era realmente bonito, pero había algunos pasajes en los que podía ver claramente que aquel hombre nunca había meditado, pues si no, esos pasajes no estarían allí. Pero eran pocos y escasos. El libro en su conjunto, casi en el noventa y nueve por ciento, era perfecto. Me gustaba el libro.

Luego me olvidé de él. Durante diez años viajé por todo el país. Una vez en un pueblo del Rajastán, ese santo vino a verme. Su nombre me resultó familiar y de repente me acordé del libro. Pregunté al santo que porqué había acudido a mí. Me contestó, «He venido para conocer lo que es la meditación». Yo le dije, «Me acuerdo de tu libro. Me acuerdo muy bien porque me impresionó grandemente. Excepto por unos pocos defectos que delataban que tú nunca habías meditado, el libro estaba perfectamente bien, en un noventa y nueve por ciento bien. Y ahora vienes aquí para aprender sobre la meditación. ¿No has meditado nunca?»

Me miró con cierto embarazo porque sus discípulos estaban también presentes. Le dije, «Sé franco, porque si me contestas que sabes lo que es meditación, entonces no hablaré de ella. ¡Se acabó! No hay porqué. Si me dices con franqueza - al menos sé franco por una vez - Si me dices con franqueza que nunca has meditado, solamente entonces te conduciré a la meditación». Era un chantaje, por eso tuvo que confesar. Dijo, «Sí, nunca se lo he dicho a nadie. He leído muchos libros sobre meditación y todos los textos antiguos. Y he estado enseñando a la gente, por eso me siento avergonzado ante mis discípulos. He estado enseñando meditación a miles y he escrito libros sobre ello, pero yo nunca he meditado».

Puedes escribir libros sobre meditación y no descubrir nunca el espacio que supone el meditar. Puedes volverte altamente eficiente verbalizando, puedes ser muy ducho en abstracciones, en argumentaciones intelectuales y puedes olvidarte completamente de que todo el tiempo en que has estado envuelto en esas actividades intelectuales ha sido un puro desperdicio.

Le pregunté al viejo, «¿Durante cuánto tiempo has estado interesado en la meditación?» El contestó, «Durante toda mi vida». Tenía casi setenta años. Me dijo, «Cuando tenía veinte años tomé sanyas, me convertí en un monje jaina y durante esos cincuenta años siguientes he estado leyendo, leyendo y pensando en el meditar». ¡Cincuenta años de leer y pensar y escribir sobre meditación, incluso introduciendo a la gente en la meditación, y ni una sola vez había probado lo que es la meditación!

Pero ese es el caso de millones de personas. Hablan del amor, conocen toda la poesía que existe sobre el amor, pero nunca han amado. O incluso aunque piensen que estuvieron alguna vez enamorados, nunca se enamoraron. Eso también fue algo «cerebral», no fue del corazón. La gente vive y sigue perdiéndose la vida. Se necesita valor. Se necesita valor para ser realista, se necesita coraje para ir con la vida dondequiera que te lleve porque los caminos no están cartografiados, porque no existen mapas. Uno ha de penetrar en lo desconocido.

La vida solamente puede ser entendida si estás dispuesto a penetrar en lo desconocido. Si te apegas a lo que conoces te aferras a la mente y la mente no es la vida. La vida es no-mental, no es intelectual, porque la vida es total. Tu totalidad ha de estar plenamente implicada; no puedes únicamente pensar sobre ello. Pensar sobre la vida, no es vivir. Cuidado con eso. Uno piensa y piensa. Hay gente que piensa en Dios; hay gente que piensa en la vida, hay gente que piensa en el amor, hay gente que piensa en esto y en lo otro.
Mulla Nasrudin se había vuelto muy viejo y acudió a su médico. Parecía estar muy débil y el médico le dijo, «Solamente te puedo decir una cosa: Tendrás que reducir tu vida marital a la mitad».

El Mulla dijo, «De acuerdo. ¿A qué mitad? ¿A la de pensar en ella o a la de hablar de ella?»
Eso es todo. No te conviertas en un profesor de lengua, no te conviertas en un loro. Los loros son profesores de lengua. Viven de palabras, de conceptos, de teorías, de teologías y la vida sigue transcurriendo, escapándoseles de sus manos. Entonces un día, de improviso, se asustan de la muerte. Cuando una persona teme a la muerte, da por seguro que esta persona se ha perdido la vida. Si no se hubiera perdido la vida, no tendría temor a la muerte. Si la persona ha vivido la vida, estará dispuesto a vivir también la muerte. Estará casi encantado del acontecimiento que supone morir.

Cuando Sócrates se estaba muriendo se encontraba tan a gusto que sus discípulos casi no lo podían creer, no podían comprender cómo podía sentirse tan feliz de morir. Un discípulo, Credo, le preguntó, «¿Por qué parece que estás tan feliz? Nosotros lloramos y estamos tristes». Sócrates le dijo, «¿Por qué no debería estar feliz? He conocido lo que es la vida y ahora me gustaría conocer lo que es la muerte. Estoy a las puertas de un gran misterio y estoy emocionado. Voy a empezar un gran viaje por lo desconocido. ¡Simplemente estoy expectante! ¡No puedo esperar!» Y recuerda, Sócrates no era un hombre religioso, Sócrates no era en modo alguno un creyente.

Alguien le preguntó, «¿Tienes la certeza de que el alma sobrevivirá a la muerte?» Sócrates le contestó, «No lo sé».

El decir, «No lo sé», requiere el mayor valor del mundo. Es muy difícil para un profesor de lengua el decir «No lo sé». Es difícil para los loros. Sócrates fue un hombre muy sincero y honesto. El dijo, «No lo sé».

Entonces el discípulo le preguntó, «Entonces, ¿por qué te sientes tan feliz? Si el alma no sobrevive, entonces...» Sócrates dijo, «He de verlo. Si sobrevivo no tengo porque tener miedo. Si no sobrevivo, ¿cómo podré tener miedo? Sino sobrevivo, no sobrevivo así que, ¿dónde está el miedo? No hay nadie ahí, de modo que no puede haber miedo. Si sobrevivo, sobrevivo. No hay porqué tener miedo. Pero no sé exactamente qué es lo que va a suceder. Por eso estoy tan expectante y dispuesto a averiguarlo. No lo sé».

Para mí, así es como un hombre religioso debería ser. Un hombre religioso no es un cristiano, un hindú o un budista o un musulmán. Todos esos son sólo modos de conocimiento. Un cristiano dice, «Yo sé». Y su saber proviene de los dogmas cristianos. El hindú dice, «Yo también sé», y su saber proviene de los Vedas y de los Gitas y de sus dogmas. Y un hindú está en contra del cristiano porque afirma, «Si yo estoy en lo cierto, tu no puedes estado. Si tú estás en lo cierto, entonces yo me equivoco». De modo que surge una gran disputa y discusión y debates y conflictos innecesarios.

Un hombre religioso, un hombre verdaderamente religioso - no esa gente a la que llamas religiosa - es uno que dice, «yo no sé». Cuando dices, «Yo no sé», estás abierto, estás dispuesto a aprender. Cuando dices: «Yo no sé», no tienes prejuicios en favor de esto o en contra de lo otro, no posees creencias y no posees conocimiento alguno. Solamente posees consciencia. Dices, «Soy consciente y veré qué sucede. No acarrearé con ningún dogma del pasado».

Esta es la actitud de un discípulo, la actitud de uno que desea aprender. Y disciplina quiere decir simplemente: aprender. Un discípulo quiere decir uno que aprende, uno que está dispuesto a aprender, y disciplina quiere decir apren­dizaje. No estoy aquí parar impartirte dogmas, no te estoy impartiendo conocimiento alguno. Simplemente te estoy ayudando a ver lo que hay que ver. Vive tu vida a cualquier precio. Has de estar dispuesto a jugártela.
Oí de un hombre de negocios. Estaba caminando desde su oficina a un restaurante para almorzar cuando lo detuvo un desconocido que le dijo, «No creo que te acuerdes de mí, pero hace diez años llegué a esta ciudad sin un céntimo. Te pedí un préstamo y me diste veinte dólares porque dijiste que querías dar una oportunidad, a un hombre para que empezará su camino hacia el éxito».

Aquel hombre se lo pensó un rato y entonces le dijo, «Sí, recuerdo el incidente. Sigue con tu historia»:

«Bien», dijo el desconocido, «¿quieres seguir apostando?»
La vida te plantea la pregunta una y otra vez, «¿Quieres seguir apostando?» Nunca hay nada seguro. La vida no tiene seguros, es una pura apertura, una tremenda apertura, una caótica apertura. Puedes construirte una casa a tu alrededor, segura, pero entonces se convertirá en tu tumba. Vive con la vida.

Y hemos estado haciendo esto de muchas formas. El matrimonio ha sido creado por el hombre; el amor es parte de la vida. Cuando creas el matrimonio en tomo al amor, estás creando seguridad. Estás haciendo algo que no puede hacerse; el amor no puede ser "hecho" legal. Estás tratando de hacer lo imposible y si, en este esfuerzo, el amor muere, no tienes que sorprenderte. Te conviertes en un marido, tu amada se convierte en una esposa. Dejáis de ser dos personas que están vivas. Sois dos funcionarios. El marido tiene una determinada función, la esposa tiene una determinada función. Tienen ciertos deberes que realizar. Entonces la vida ha dejado de fluir, se ha congelado.

Observa a un esposo y a una esposa. Siempre verás a dos personas congeladas, sentadas una junto a la otra, sin saber lo que están haciendo ahí, sin saber porqué están ahí sentadas. Puede que no tengan sitio alguno adónde ir.

Cuando ves amor entre dos personas, algo está fluyendo, moviéndose, cambiando. Cuando hay amor entre dos personas, viven en un aura, hay un constante compartir. Sus vibraciones se intercambian, están radiando su ser entre ellos. No hay paredes entre ellos, son dos y no son dos. Son también uno.

El marido y la esposa están tan lejos como es posible estarlo; incluso aunque estén sentados el uno junto al otro. El marido nunca escucha lo que la esposa le está diciendo. Hace tiempo que se ha vuelto sordo. La esposa nunca ve lo que le está sucediendo al marido. Se ha vueito ciega para él. Ambos se dan por conocidos, se han convertido en cosas. Han dejado de ser personas porque las personas están siempre abiertas, las personas no tienen certezas, las personas están siempre cambiando. Ahora se tiene un papel fijo con el que cumplir. Murieron el día en que se casaron. Desde ese día dejaron de vivir.

No estoy diciendo que no te cases, pero recuerda que el amor es lo verdadero. Y si él muere, entonces el matrimonio pierde su valor.

Y lo mismo es válido para todo en la vida, para todo. O bien puedes vivir, y entonces tendrás que vivir con esta duda sin saber lo que va a suceder al momento siguiente, o puedes convertido en una certeza.

Hay gente que ha adquirido tal grado de certeza en todo, que nunca se sorprenden. Hay gente a la que nunca podrás sorprender. Y yo estoy aquí para entregarte un mensaje que es muy sorprendente; no lo vas a creer. Lo sé. No vas a poder creértelo, lo sé. Estoy aquí para decirte algo que es absolutamente increíble: que vosotros sois dioses y diosas. Lo habéis olvidado.
Deja que te cuente una anécdota.

Harvey Firestone, Thomas A. Edison, John Burroughs y Henry Ford se detuvieron en una gasolinera en su camino hacia Florida para pasar el invierno.

«Queremos bombillas para los faros», dijo Ford, «Y, por cierto, éste que está sentado en el coche es Thomas Edison y yo soy Henry Ford».

El encargado de la gasolinera ni siquiera levantó la cabeza, tan sólo escupió un poco de tabaco con obvio desdén.

«Y», dijo Ford, «nos gustaría comprar un neumático nuevo si es que los tienes Firestone. Y ese otro del coche es Harvey Firestone en persona».

El encargado siguió sin decir nada. Mientras estaba montando el neumático en la rueda, John Burroughs, con su larga barba, sacó su cabeza fuera de la ventanilla y le dijo, «¿Cómo estás forastero?»

Por fin el viejo encargado volvió a la vida. Echó una mirada a Burroughs y le dijo, «Si me dices que eres Papá Noel, maldito seré si no te rompo la cabeza con esta llave inglesa».

No podía creer que en el mismo coche fueran Harvey Firestone, Thomas A. Edison, John Burroughs y Henry Ford. Todos ellos eran amigos y solían viajar juntos.
Cuando te digo que vosotros sois dioses y diosas, no te lo crees porque has olvidado por completo quién es el que está viajando en tu interior, quién es el que está sentado en tu interior, quién es el que me está escuchando; quién es el que me está mirando. Te has olvidado por completo. Te han suminis­trado unas etiquetas desde el exterior y has confiado en esas etiquetas, en tu nombre, en tu religión, en tu país. ¡Todo mentira! No importa si eres un hindú o un cristiano o un musulmán si no te conoces a ti mismo. Esas etiquetas no tienen valor alguno a parte de servir para algo específico. ¿Qué importa si eres un hindú, o un cristiano, o un musulmán, o un indio, o un americano, o un chino? ¿Cómo va a importar, cómo te va a ayudar a conocer tu propio ser? Todo esto es irrelevante porque el ser no es ni indio, ni chino, ni americano, y el ser no es ni hindú, ni musulmán, ni cristiano. El ser es sencillamente puro «ser».

Al puro «ser» es a lo que llamo Dios. Puedes comprender tu propia divinidad interior si has comprendido lo que es la vida. En caso contrario, es que todavía no has sido capaz de decodificar la vida. Este es el mensaje. La vida entera está señalando la misma cosa, continuamente: que vosotros sois dioses. Una vez lo has comprendido, entonces la muerte deja de existir. Entonces has aprendido la lección. Entonces, al morir, los dioses regresan a su hogar.
Cuando el rabino Birnham yacía en su lecho de muerte,

su esposa se echó a llorar. El le dijo, «¿Por que lloras?

Toda mi vida no ha sido otra cosa que aprender a morir».
La vida entera... tan sólo un aprendizaje de cómo regresar a casa, de cómo morir, de cómo desaparecer. Porque en el instante en que desapareces, Dios aparece en ti. Tu
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