Diez años han transcurrido desde aquel despertar trágico del 19 de septiembre de 1985. La Ciudad trastocó su geografía, mudó altivos edificios por melancólicas






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títuloDiez años han transcurrido desde aquel despertar trágico del 19 de septiembre de 1985. La Ciudad trastocó su geografía, mudó altivos edificios por melancólicas
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CICATRICES DE LA CIUDAD
Diez años han transcurrido desde aquel despertar trágico del 19 de septiembre de 1985. La Ciudad trastocó su geografía, mudó altivos edificios por melancólicas plazoletas como desolados recordatorios de la voluntad de la tierra. Desvalida, la Ciudad de México se desgajó y miró obligada su entraña lacustre, sus batallas y palacios empalmados, sus oquedades, su valle desnudo hecho de lodo y montañas. Se supo frágil, a merced de los procesos geológicos: vulnerable.
Desde entonces, no somos los mismos. Sujetamos las vivencias que nos atan a la ciudad con las astillas del recuerdo, ya no con las mojoneras del paisaje. Incorporamos una conciencia de protección a nuestra vida cotidiana y un vocabulario a fin: alerta roja, alerta verde, evacuar. (Los niños de hoy saben meterse bajo el pupitre y desalojar aulas en 30 segundos.) El pasado 14 de septiembre, al cierre de este número de la revista, como un recordatorio incisivo, un sismo de gran magnitud agitó a la capital mexicana desde la costa de Guerrero. No hubo daños. Hubo miedo, dolor y un luto renovado. La certeza de que las cicatrices de la ciudad nos poseen por dentro.
¿De qué manera se ha reconstruido la ciudad, cómo se ha replanteado el uso del espacio defeño y la vida de barrio? ¿Cuáles son los métodos de medición y alerta? ¿Cuál ha sido el aprendizaje de la sociedad civil después de esa dura experiencia? Diferentes puntos de vista son abordados por un grupo de investigadores y profesores de la Diviisón de Ciencias y Artes para el Diseño de la UAM-Azcapotzalco.
M.L.


Ciudad de México: modernización y pobreza a diez años del sismo
ANDRÉS CASTELÁN
Tras la reconstrucción de 1985, el proceso de crecimiento de la Ciudad de México continuó con los dos rasgos que le han sido característicos: la "modernización" y la pobreza.
Una mañana de septiembre de 1985 nos despertó bruscamente ofreciéndonos un nuevo panorama de nuestra ciudad capital; una estela de muerte, desolación, destrucción y dolor se venía a añadir a sus ya crónicos y tradicionales males urbanos.
Si bien algunos de los resultados inmediatos fueron la expropiación de predios (una vez realizadas las labores de rescate, salvamento y albergue provisional) y la tarea de reconstrucción a través de un programa ejemplar y único por muchos conceptos, los principales problemas derivados del crecimiento urbano desmedido prevalecieron.
Múltiples aspectos merecieron atención a raíz de las enseñanzas dejadas por el sismo: la rigidización y actualización del Reglamento de construcción del D.F., la incorporación del análisis del problema de zonas de riesgo en la planificación urbana, la creación de instituciones para el estudio e investigación para la prevención de desastres (cenapred) y sobre todo la conciencia de la vulnerabilidad de nuestra ciudad.
Sin embargo, la dinámica urbana no se vio cualitativamente afectada, el proceso de crecimiento de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México con continuó con los dos rasgos que le han sido característicos: la "modernización" y la pobreza. Éstos se ven acentuados por la crisis económica derivada del modelo neoliberal y los desastres en la política económica.
Pero quizás el aspecto crucial es el de la necesidad de una auténtica desconcentración de la vida económica, social, cultural y política, lo que va más allá de la estrategia diseñada para el Distrito Federal o para la Zona Metropolitana de la Ciudad de México. Dicho de otra manera, el problema de la alta concentración urbana es nacional. Su solución pasa por los incentivos a los centros que constituyan verdaderos ejes de un desarrollo regional que haga contrapeso a la gran atracción que la metrópoli sigue ofreciendo.
Este fenómeno de atracción que representa la ciudad se da no sólo a nivel nacional sino también a nivel internacional, siendo el objetivo del capital trasnacional, asociado con su contraparte local, apropiarse de los sitios estratégicos para un desarrollo inmobiliario típico de la "modernización" urbano-arquitectónica (Proyecto Santa Fe, Frente Polanco, Corredor Periférico Sur) caracterizado por edificaciones de oficinas, comercios, centros financieros, etc., prototipos de lo que se ha dado en llamar el "posmodernismo".
Estas edificaciones propias de cualquier ciudad en el mundo conllevan la utilización de tecnologías y materiales de "punta" en su construcción y se encuentran en boga en países altamente industrializados. Dichos alardes arquitectónicos coexisten con una urbanización precaria que ocasionalmente se ubica, a sólo unos cuantos metros o bien en extensas áreas impropias, desde el punto de vista técnico, para el desarrollo urbano y habitadas por los pobres de la ciudad.
Los contrastes entre una zona "moderna" y extensas áreas de pobreza, identifican no sólo a la Zona Metropolitana de la Ciudad de México sino a todas las grandes capitales latinoamericanas y del tercer mundo, y se ven agudizados por las crisis endémicas de nuestros países.
Otra característica del proceso de urbanización de nuestra ciudad es el deterioro físico del Centro Histórico, la zona más afectada por los sismos de 1985, en donde aún podemos apreciar los huecos de edificios colapsados o demolidos, o las construcciones abandonadas por los daños sufridos y por la imposibilidad de su reparación, o los campamentos "provisionales" levantados hace diez años para albergar a los damnificados que siguen habitándolos porque no lograron ser sujetos de crédito o porque no pudieron pagar otra vivienda.
A este deterioro físico se agrega la amenaza de proyectos urbanos arquitectónicos elaborados en despachos extranjeros (en algunos casos con la complicidad de "mexicanos") del capital trasnacional, que haciendo tabula rasa de los valores culturales, históricos y humanos, pretenden acabar manzanas enteras para construir torres y bloques "posmodernistas" con fines netamente comerciales y especulativos. Huelga decir que estos proyectos no se insertan en ningún programa de desarrollo urbano integral y nada tienen que ver con los instrumentos de planificación aprobados para la ciudad.
Por otra parte, las experiencias de Londres con The City, de París con La Défense o de Nueva York con Wall Street, nos muestran lo artificioso de los «hormigueros diurnos" pero "desiertos nocturnos" en que suelen transformarse los proyectos de esta naturaleza, y que contrastan con las "ciudades dormitorio" ubicadas generalmente en la periferia de las conurbaciones desde donde los habitantes tienen que hacer largos recorridos hasta sus centros de trabajo.
Otro grave problema que agobia nuestro Centro Histórico es el tipo de suelo en donde se ubica y que como sabemos estaba constituido por un islote agrandado de manera artificial para la construcción de templos y edificaciones aztecas, rodeado de lagos que los españoles no tuvieron empacho en rellenar para transformar una ciudad lacustre de avenidas y canales en una ciudad terrestre, sustituyendo la canoa por el carruaje. Este subsuelo ha presentado rasgos importantes dado su origen: el hundimiento por la extracción desmedida del agua y la falta de recarga de los mantos acuíferos, así como la resonancia magnificada de los movimientos telúricos por la blandura de su constitución.
Este doble peligro se cierne sobre los monumentos nacionales de nuestro patrimonio histórico, como la Catedral Metropolitana y el Palacio Nacional, causando estragos que han sido costosísimos de revertir.
Sin embargo, la vulnerabilidad de nuestra ciudad está dada no sólo por el riesgo sísmico y el hundimiento, sino también por otros desastres que la han asolado, tales como: inundaciones, derrumbes, deslaves, explosiones, incendios y recientemente la contaminación ambiental.
Una de las respuestas oficiales para la prevención de estos desastres fue la promulgación en el Diario Oficial el 6 de mayo de 1986 del "Decreto por el que se aprueban las bases para el establecimiento del Sistema Nacional de Protección Civil, y el Programa de Protección Civil que las mismas contienen”.
En este documento se establece una clasificación de los agentes perturbadores susceptibles de desembocar en calamidades: fenómenos geológicos, fenómenos hidrometeorológicos, fenómenos químicos, fenómenos sanitarios y fenómenos sociorganizativos. Asimismo, se elabora un diagnóstico y una excelente historiografía de las calamidades naturales que ha sufrido nuestro país. No obstante, la fase propositiva sólo se resume a un catálogo de buenas intenciones, descansando la operatividad de las posibles medidas en la burocracia del aparato gubernamental y prácticamente ignorando la experiencia organizativa de la Sociedad Civil manifiesta en la solidaridad social que rebasa en 1985 a dicho aparato.
Una gran cantidad de encuentros, reuniones, seminarios, coloquios, se han desarrollado durante esta década; hemos conocido las experiencias en cuanto a la prevención de desastres de ciudades mártires como Tokio, San Francisco, Los Ángeles, Londres, Santiago de Chile, Lima, Bogotá, Beijín, etc.; hemos observado dolorosas experiencias en sitios con una gran cultura sísmica como el más reciente de Kobe en Japón; cabria preguntarse ¿estamos suficientemente preparados para atender una nueva contingencia o seguiremos siendo tomados por sorpresa y rebasados por las circunstancias, convirtiéndonos en maestros de la improvisación?
Vocación de desastre
RAFAEL LÓPEZ RANGEL
El 19 de septiembre de 1985 afloró brutalmente la vulnerabilidad de la Ciudad de México. Ahora podemos afirmar que, más allá de las emergencias inmediatas, de ese momento a la fecha poco se ha avanzado en cuanto a la aplicación de medidas de fondo para anticipar y enfrentar las desastrosas consecuencias de posibles eventos de esa naturaleza. Y si en algo se ha avanzado es en el señalamiento -mas bien de carácter teórico- de "diagnóstico y estrategias" que se ocupan globalmente de las condiciones ambientales de la capital de la República.
No se trata solamente de la prevención frente a sismos de cierta magnitud, sino de la creación de estrategias de salvaguarda y rehabilitación de la ciudad en su conjunto, que enfrenten la insustentabilidad con la que ha estado creciendo y transformándose, sobre todo durante el siglo XX. Podemos afirmar que esa insustentabilidad constituye una de las causas fundamentales de la "vocación de desastre» de la capital de la República.
Es cierto que la conciencia acerca de la gravedad de la situación de nuestra urbe se ha formado a golpes, pero parece que ha llegado el momento de tratar de evitarlos a fondo, para no permitir que se desaten procesos irreversibles.
Dos referencias -con una década de distancia entre ellas- nos pueden ilustrar acerca de que la angustia por el deterioro de la ciudad está muy lejos de haber cesado. La primera es el célebre (entre los especialistas y los preocupados por la ciudad) Programa de Reordenación Urbana y Protección Ecológica del Distrito Federal (PRUPE), publicado en 1984, unos meses antes de los sismos de septiembre de 1985. La segunda, es de uno de los más lúcidos investigadores de los procesos medioambientales de nuestro país: Fernando Tudela. Nos referimos a su artículo "Usos del suelo, vivienda y medio ambiente" (publicado en la compilación Espacio y Vivienda en la Ciudad de México, bajo la coordinación de Martha Schteingart, por El Colmex y la I Asamblea de Representantes del Distrito Federal, en 1991).
Puede ser interesante empezar con este último. Al referirse a las condiciones ambientales del Área Metropolitana de la Ciudad de México el autor del texto afirma: Las crecientes contaminaciones de diversa índole: atmosférica, hídrica edáfica, auditiva y visual, merman la salud y la calidad de vida de los ciudadanos. “Las deficientes condiciones del medio ambiente urbano gravitan cada vez más sobre la conciencia colectiva de la comunidad capitalina y determinan cambios en sus perspectivas vitales. El espacio urbano empieza a ser inhabitable y la respuesta social frente a ese hecho adquiere una creciente relevancia lítica".
Dentro de ese "panorama" se encuentra la merma del ecosistema del subsuelo, con el agotamiento de los mantos acuíferos y el considerable hundimiento de la ciudad, causas significativas de la vulnerabilidad de ésta ante los movimientos telúricos. Y, como se ha dicho, ésas no son condiciones "naturales" ni precios inevitables que deban pagarse por la "modernización", sino consecuencias de las formas de construcción de la misma.
En cuanto el PRUPE, se trata de un documento que deberíamos retener, por ello no nos ponemos cortapisas para comentarlo. Y no tanto porque pensemos que se desconoce, sino porque parece que ha sido olvidado por las instancias que toman las decisiones. Recordemos que se planteó como objetivo "asegurar el desenvolvimiento armónico y continuo del Distrito Federal y mejorar la calidad de vida de sus habitantes".
No faltaron quienes, en ese momento, consideraron "apocalíptico" su contenido (y ciertamente el de aquellos textos críticos que en el mismo sentido aparecían en diversos medios y niveles): "Se ha perdido el 99% del área lacustre y el 73% de los bosques; se deforestan mil has al año y se pierden 700 has de tierra agropecuaria. El 71 % de los suelos se encuentra en avanzado proceso de degradación ecológica... En 10 años, la emisión de agentes contaminantes creció en 150% los atribuibles a vehículos automotores aumentaron del 60 al 71%".
La conciencia acerca de la gravedad de la situación de nuestra urbe se ha formado a golpes, pero parece que ha llegado el momento de tratar de evitarlos para que no se desaten procesos irreversibles.
Y luego, el conocido escenario: “El curso que seguirá la ciudad si no actuamos hoy... Para el año 2010, habrá desaparecido el área lacustre y el 85% de los bosques del D.F.; al encontrarse degradado el 90% de los suelos, quedarán eliminadas todas las áreas de recarga acuífera".
No hay duda de que los sismos de 1985 fueron detonadores de una nueva conciencia que venía gestándose desde la década de los setenta. En esa línea, cada vez se habla más de la búsqueda de un desarrollo sustentable como una salida ante el fracaso de las formas convencionales de desarrollo. Ciertamente, la vulnerabilidad de la ciudad forma parte de ese fracaso. Para tocar fondo, se requiere que esa sustentabilidad comprenda un amplio espectro en el que se impliquen los grupos sociales involucrados y no sólo del cuidado del "capital ambiental” a secas. Cuenta mucho para este reconocimiento la presencia de las organizaciones ciudadanas en las labores de reconstrucción de las viviendas y sectores colapsados.
A diez años, en esta etapa de umbrales, nada más saludable que pasar de los intentos "ordenadores" y de aisladas acciones de "protección ecológica", al impulso constructivo de una cultura de la rehabilitación, que enfrente los desmanes de la modernización establecida. Sin embargo, es necesario aclarar que no se trata de "ser anti-modernos", sino de construir una modernidad distinta a la que ha depredado el medio socioambiental.
En ese sentido, entendemos por rehabilitación no sólo una pragmática de sistemas naturales o artificiales que han sido violentados, sino una forma nueva de construcción de la ciudad y de su interrelación con sus ecosistemas. Para lograr esto se requiere una práctica integradora de la totalidad de las disciplinas urbano-arquitectónicas (desde la planificación urbana, el diseño y las prácticas de conservación del patrimonio) con la del medio ambiente. En esa estrategia, tendría que frenarse la especulación inmobiliaria y el urbanismo bulldozer para revitalizar la vida barrial y vecinal, reconstituyendo el tejido urbano y el "entorno construido" con tecnologías y sistemas constructivos no depredadores del medio. La cultura de la rehabilitación -que por cierto ha estado ya manifestándose en multitud de sucesos urbanos frente a la necesidad causada por el deterioro de sus condiciones de existencia- requeriría concebir de otra manera la geografía de la ciudad, determinada por la historia, identidades y problemática homogénea de los didiversos sectores de la metrópoli. Y básicamente por la conformación de diferentes voluntades políticas.
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