Dos palabras libro I ce livre est un essai de philosophie mondaine et littéraire. En dehors de l´école, en effet, IL y a dans tout grand écrivain une philosophie, une psychologie, une morale Paul Janet






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Índice

Dos palabras
Advertencias
Horfandad sin hache
¿Por qué...?
Amespil
Los siete platos de arroz con leche
De cómo el hambre me hizo escritor
Anacarsis Lanús
El famoso fusilamiento del caballo
Juan Patiño
Tipos de otro tiempo
La cabeza de Washington
Notas del autor

Dos palabras


LIBRO I

Ce livre est un essai de philosophie mondaine et littéraire. En dehors de l´école, en effet, il y a dans tout grand écrivain une philosophie, une psychologie, une morale

Paul Janet



Este libro es esencialmente criollo: la razón es muy obvia, si se tiene en cuenta la tendencia del autor, que ha sostenido más de una vez que la América latina debe crear su literatura propia, así como ha fundado sus instituciones republicanas sobre los grandes modelos norteamericanos.

Para leerlo con provecho, hay que conocer (y no muy superficialmente) el medio en que se desarrollan los personajes que en él figuran, los modismos del autor, el paisaje en que encuadra las escenas que tan pintorescamente narra, y hasta los más ligeros repliegues del terreno en que los actores se mueven y agitan.

No diremos, seguramente, de él, lo que dice Emilio Zola de "La vie parisienne", de Blavet: que persistirá al través del tiempo y del espacio, como una momia de Egipto, pero, sí, puede decirse de "Entre-Nos" lo que decía Voltaire del "Tratado de la Prosodia", de D´Olivet: es éste un libro, que durará tanto como la lengua en que está escrito.

Se engaña de medio a medio el que piense que el autor ha querido hacer una obra clásica, en la verdadera acepción de la palabra. Como lo indica el título, estas causeries son verdaderas conversaciones, sostenidas entre el autor y el lector, y éste debe tener presente, casi continuamente, la índole del libro, para leerlo con fruto.

Una de las peculiaridades de Mansilla son sus digresiones: en este vasto y variado terreno espiga a su gusto, haciendo verdadero lujo de filosofía práctica y mostrándose gran conocedor del corazón humano. Frecuentemente abandona el sujeto de su narración, y, metiéndose por los vericuetos de su chispeante imaginación, va aglomerando idea tras idea, para venir a tomar el hilo, cuando menos se piensa, y siempre con oportunidad. Lo mismo exactamente le sucede cuando habla, y si no, díganlo los que, como el autor de estas líneas, han tenido el placer de oírle contar alguno de los muchos episodios con que sabe engalanar, siempre que está en vena, sus amenas narraciones.

Otra de las peculiaridades del autor, a más del giro tan especial de su frase, es el caudal de voces que maneja, fruto quizás de su afición a la lectura y de su prodigiosa memoria.

Pero donde Mansilla se muestra a una altura envidiable, es en los retratos de los personajes que pinta. ¡Qué facilidad de expresión! ¡Cuánta exactitud en los detalles! A veces se extiende en los pormenores, y como que se deleita, desliendo en su paleta todo un mundo de colores, desde el carmín purpurino hasta el más suave gris, desvanecido en las gradaciones del más tenue claroscuro.

Otras veces, con dos plumadas, pinta la vera efigie de una persona, pero tan claro, que no se necesita más para que, el que la conozca, diga convencido: "así es, realmente es así".

Pero no queremos quitar al lector el placer de descubrir y de saborear por sí las bellezas literarias de la obra, bellezas que, como dice el redactor literario de un periódico de esta capital [1] , son "hijas de una imaginación exuberante, relámpagos de un cerebro bien nutrido, expansiones de una naturaleza en que se equilibran la fuerza y el buen gusto, el chiste y la filosofía, los vicios y las preocupaciones, la verdad y la crítica punzante envuelta en almíbar, los caracteres puestos en media calle con sus sombras y sus reflejos, las inclinaciones por nuestra tradición y nuestros hábitos, la vida social pasada y la gastada y egoísta que a todos nos arrastra en el presente".

Así, pues, doble el lector la hoja y entre de lleno, sin más preámbulo, a deleitarse con la sabrosa lectura del presente libro, que, entre otras buenas cosas, tiene la de no ser fastidioso.

T. S. 0.

Advertencias
Estas Causeries se publicaban generalmente los jueves, en el diario "Sud América". Algunas, muy pocas, aparecieron en otros días de la semana, en diversos diarios, a solicitud de sus editores.

No extrañe el lector ver repetida, parafraseada, mejor dicho, alguna que otra idea del autor. Fácil hubiera sido cambiar o suprimir estas repeticiones, pero se han dejado subsistentes ex profeso , para que la persistencia del recuerdo dé la medida de la convicción o de la verdad. No de otro modo el patriarca de Ferney, en su célebre correspondencia con Damilaville, repetía, hasta la saciedad, la consagrada fórmula de: Ecr. l'inf .

El Editor.
Horfandad sin hache
A mi amigo Eduardo Wilde
Buenos Aires dormía, supongo que como ahora, aunque era una noche de octubre del año 1844. Quizá dormía más profundamente que ahora, o fingía dormir, como el niño que, a la intimación de duérmase Vd. , cierra los ojos, viendo que le apagan la luz y lo dejan a oscuras. No se oía, como ahora, en lontananza, el ruido sordo del coche que anda Dios sabe en qué. En aquel entonces, el silencio sepulcral de ciertas horas era sólo interrumpido por el canto destemplado de los serenos, los cuales repetían las horas y las medias al unísono del vetusto reloj del Cabildo, haciendo constar si llovía o no, si el tiempo estaba, o no, sereno, y otras circunstancias poco consoladoras, por cierto, que preferimos apartar de la memoria y que otros preferirán más que yo, por la misma razón que Cervantes no quería recordar el lugar de la Mancha donde había nacido su famoso hidalgo.

Serían, así, como las tres de la mañana, cuando en una pieza, a la calle, del viejo Hotel del Globo, que estaba entonces no donde ahora se encuentra el nuevo, pero sí en la misma calle, entre Cangallo y Piedad, conversaban dos personas de aquesta manera, poco más o menos: ¿Qué diablos haces, Miguel?

Voy a salir.

Pero, hombre, ¿A esta hora?

Sí, no puedo dormir, necesito tranquilizar mi conciencia.

¡Oh! Déjate de pamplinas.

¡Ah, Santiago, tú crees que los hombres se deshonran, sólo porque matan o porque roban!

Y ¿Qué hay?

Más tarde lo sabrás, nada temas, voy a salir, espérame, nada me sucederá. Y esto diciendo, nuestro hombre salió, dejando no poco perplejo a su compañero de hotel.

¿Y quiénes eran ellos? Antes de proseguir, aunque todo el mundo pueda llamarse Santiago y Miguel. Santiago era el padre de Santiaguito Arcos, el eximio pintor, que todos los argentinos de algún fuste que van a París no dejan de conocer. Santiago fue más tarde el amigo íntimo de Sarmiento, el que con él viajó por los Estados Unidos, en una palabra, el hombre más amable, más interesante, más alegre de la tierra (Tanto que se casó dos veces) y del cual habría podido augurarse todo, menos su triste fin: murió suicidado en medio de un aparente ajuar de felicidad, arrojándose al Sena.

Tenía un cáncer en la lengua y consumó el acto más difícil de explicar, porque ¿Quién puede afirmar si es valor o cobardía, decirse uno y probarlo: "yo puedo poner fin a mi existencia física", y eliminarse, en efecto, de la estadística de los vivos para hacerse computar entre los muertos, dejándoles a los primeros, con un tristísimo recuerdo, la solución del eterno problema, to be or not to be ?

Y Miguel, ¿Quién era? ¿Miguel? Este Miguel a secas, era nada menos que Miguel de los Santos Alvarez, el íntimo amigo de Espronceda, el autor de la Protección de un Sastre , y el cual cantaba, en sus primeras mocedades, dirigiéndose a María: "Bueno es el mundo, ¡Bueno! ¡Bueno! ¡Bueno!
Como de Dios, al fin, obra maestra,

Por todas partes de delicias lleno,

De que Dios ama al hombre hermosa muestra,

Salga la voz alegre de mi seno

A celebrar esta vivienda nuestra,

¡Paz a los hombres! ¡Gloria en las alturas!

¡Cantad en vuestra jaula, criaturas!"

Ustedes no han de tener la memoria fresca ( Ustedes , es el lector). Ustedes han de conocer más a Espronceda que a Miguel de los Santos Álvarez y entonces es el caso de recordar que Espronceda, refiriéndose a él, cantaba a su vez lo que sigue, verdad indiscutible, según mi sentir: "Bueno es el mundo, ¡Bueno! ¡Bueno! ¡Bueno!

Ha cantado un poeta amigo mío,

Mas es fuerza mirarlo así de lleno,

El cielo, el campo, el mar, la gente, el río,

Sin entrarse jamás en pormenores

Ni detenerse a examinar despacio

Qué espinas llevan las lozanas flores,

Y el más blanco y diáfano topacio

Y la perla más fina

Manchas descubrirá si se examina."

Ya saben ustedes que Miguel de los Santos Alvarez era éste, que no podía dormir, porque tenía un peso sobre la conciencia, que, como quien no dice nada, se aprestaba a salir a la calle, el 6 de octubre de 1844, nada menos que a eso de las tres de la mañana.

Pero lo que no saben, y lo que probablemente sabrán de alguna otra charla, es el por qué estos dos personajes, Santiago y Miguel, encontrábanse en Buenos Aires, en una época en la que la gente, en vez de inmigrar, emigraba. Dejémoslo para otra oportunidad, y ocupémonos única y exclusivamente de Miguel de los Santos Alvarez, al cual pueden ustedes verlo ya, saliendo del hotel, a deshoras, al través de la luz de un reverbero de antaño, que es, como si dijéramos, el mínimum de luz en noche oscura. Imaginaos (Yo era un niño, pero mi memoria es fuertemente retrospectiva) un hombre que ha entrado en la edad de los desengaños, es decir, uno de nosotros que, teniendo treinta, representa cuarenta, un hombre así de la estatura de Benjamín Posse, más derecho que éste, menos enjuto, pálido, con una cara tétrica, encerrada dentro de una barba entera, negra como azabache, con uno que otro pelo blanco, iluminado el rostro por dos ojos vivaces, que protestan contra las plateadas hebras, pelado a la mal-content , vistiendo un gabán abrochado por una serie de botones, que empiezan en el cuello y concluyen en el borde inferior, más abajo de la rodilla, que camina como cualquiera a quien no se le da un bledo la existencia, que no repara en nadie, ni le importa que reparen en él, que no mira hacia arriba, porque, probablemente, no piensa ni en las alternativas de la muerte, ni en alcanzar la nirvana, que, sin encorvarse describe con el cuerpo y la mirada un ángulo agudo, cuya abertura es la tierra, que día más, día menos, sabe que se lo ha de tragar, que va solo, al parecer, pues lo acompañan sus pensamientos, esos constantes compañeros, de los que tenemos la desgracia o la fortuna de saber lo que es causalidad, imaginaos un hombre, en fin, de esos que, a pesar de su indiferencia ostensible por todo, no pueden pasar sin que se repare en ellos, diciéndose el que los ve: "¿Quién será éste?" Y tendréis, si no un retrato, una silueta.

Caminaba por las calles que conducen ahora y conducían entonces (Que en esta parte Buenos Aires no se ha transformado) de donde dejo dicho a las cuatro Esquinas, de lo que actualmente se llama calle Alsina, esquina de Tacuarí. Allí hubo, en tiempo de los españoles, un presidio: llamábase, cuando mi abuela doña Agustina López de Osornio lo compró, presidio viejo , y allí ella edificó (¿Y por qué ella y no él , mi abuelo? ¡Oh! Éstas son confidencias para otra ocasión) una casa en la que, primero, vivió mi padre soltero, después, cuando se casó, donde hemos nacido todos los que somos sus hijos y donde vive mi excelente madre aún.

Respecto de esa casa, o sea el presidio viejo , había, cuando yo me criaba, una porción de leyendas extraordinarias. Al menos, para que nos durmiéramos, unos negros, que habían sido esclavos, nos decían que se oían, a ciertas horas de la noche, ruidos de cadenas, ayes de moribundos, ¡Qué sé yo! Pero esto, hay también que dejarlo para otra vez.

Mi madre, como acabo de decir, vivía allí en 1844. La casa entonces era baja, ahora es de dos pisos. La casa primitiva tenía ventanas a las calles de Tacuarí y Alsina, antes Potosí. En una de las piezas que tenía ventanas a la calle de Tacuarí, recibía sin ceremonia, y la noche a que me refiero había estado de visita Miguel de los Santos Alvarez, al que, por lo largo de sus visitas, llamábanlo los sirvientes (Me acuerdo como si fuera ahora) el señor Calientabancos . Supongo que Miguel de los Santos Alvarez visitaba mucho a mi madre por las únicas dos razones en virtud de las cuales los hombres visitan mucho a las mujeres: era bella, tenía espíritu, y por añadidura, era hermana de Rozas, como dijéramos: "era princesa de sangre".

El hecho es que, a la sazón, el álbum estaba muy en boga, y que todo visitante tenía que pagar su tributo, una vez al menos, escribiendo algo en él. Mi madre tenía el suyo. Ahora es mío. Aquí está. Lo tengo sobre mi mesa. Lo estoy mirando. Contiene muchos versos, muy malos, la mayor parte, casi todos de personajes que usaban chaleco colorado y divisa ídem, que gritaban: "Viva Rozas", etc. y que después, cuando yo los oía expresarse de otra manera, me parecían otros señores.

En ese álbum, el día 6 de octubre, la noche, mejor dicho, Miguel de los Santos Alvarez improvisó o escribió, que tanto vale, estas estrofas:

¡Pobres niños!

¡No llores, niño inocente,

porque el tapiz de tu lecho,

con mil harapos deshecho

no conserve tu calor,

no llores, no, si una madre

tienes, que en su seno amigo,

ofreciéndote un abrigo,

te acaricia con amor!

Eres más feliz que el huérfano

que duerme en cama suntuosa,

sin que sus labios de rosa

cierre el beso maternal,

que mientras él se desvela

sin que le aduerma un cariño

tú le encuentras, pobre niño,

y hallas alivio a tu mal.

¡Él, no, y es un inocente

como tú, y es tan hermoso

y es, como tú, candoroso,

los dos vivís una edad,

y los dos lloráis, tú, pobre,

lloras temblando de frío!

¡Y el otro llora! ¡Hijo mío!

sin saberlo, su ORFANDAD!

¡Ah, no lloréis, mis queridos!

que hay para los dos un cielo,

para los dos un consuelo,

un manto para los dos,

hay una virgen que vela

por los niños desgraciados,

y deja a los fortunados

para que los vele Dios! [2]
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«expression écrite» doit être fait sans faute et de manière bien visible. Tout manque de respect de cette consigne est sévèrement...






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