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HISTORIA DE LA EDUCACIÓN

El cristianismo con su poder divino se había encargado de transformar el mundo antiguo en mundo nuevo, y pronto hizo sentir su influjo por todas partes y en todas las cosas. La educación y la instrucción recibieron grande impulso, y presentaron nueva faz conforme con el destino presente y futuro del hombre. No faltó quien pretendiese que donde está la fe la ciencia es inútil; pero no hallaron eco semejantes doctrinas, porque contaba la Iglesia con muchos hombres distinguidos que al abandonar el paganismo conservaban la afición a los estudios científicos, y porque los padres de la Iglesia de más renombre, como san Clemente de Alejandría, san Crisóstemo, San Gregorio Nacianceno, San Agustín, san Gerónimo y otros, defendían con todo su poder los fueros de la ciencia. La escuela de Alejandría y las de los catequistas, de que ya hemos hablado en los artículos respectivos, vienen en apoyo de esta aserción. Más en el primer periodo del cristianismo la educación pagana marchaba al nivel de los cristianos próximamente.

Las cosas sin embargo no podían permanecer largo tiempo en semejante estado, pues el espíritu del Evangelio penetraba en la sociedad, y a medida que se extendían sus saludables doctrinas, las escuelas y establecimientos paganos debían someterse, por fin, a la cultura cristiana. A pesar de todo, semejantes establecimientos se hubieran sostenido por más largo tiempo, y la transformación se hubiera verificado de distinto modo, sin la emigración de los pueblos. Desde el siglo IV hasta el VI fueron inundadas por los bárbaros casi todas las provincias romanas. Reinaba la desolación por doquiera; a los males que procedían de fuera se agregaban los que eran efecto de las particiones del imperio, de las guerras contra los usurpadores, de impuestos insoportables y de la manera de recaudarlos. Las necesidades, del presente, la incertidumbre del porvenir, que a todos angustiaba, entorpecían los progresos de las ciencias aun en los intervalos de la paz. La escasez del tesoro público no permitía a los emperadores sostener los establecimientos de educación; los pueblos carecían de los medios necesarios de atender a tales servicios y las escuelas desaparecieron insensiblemente. Sin embargo, los hijos de los cristianos debían instruirse en la religión, y los que aspiraban al estado eclesiástico debían prepararse también para su carrera. Esta necesidad, a que se agregan las pacificas relaciones de los bárbaros con los cristianos después de las primeras contiendas, contribuyó a que los intereses de la civilización estuvieran en manos del clero desde el siglo IX. Este orden de cosas, que fue un bien inmenso, perjudicó sin embargo al progreso de las ciencias, porque todas las escuelas se impregnaron del carácter teológico, los conocimientos humanos se modularon en un todo a la fe de la Iglesia, y se estableció completamente el despotismo intelectual. Todas las ciencias se redujeron al trivium y al quadrivum, de que hablaremos con más extensión en los artículos respectivos; es decir, se redujeron a la gramática, la dialéctica, la retórica, la música, la aritmética, la geometría y la astronomía, que constituyeron la instrucción del occidente por largo tiempo.

El influjo del cristianismo disponía a pensar en las cosas del cielo, a penetrarse del espíritu de amor y a avanzar en el terreno de la verdad. La Iglesia con su disciplina destruía insensiblemente las costumbres brutales, haciendo que el espíritu predominase a las fuerzas y agilidad del cuerpo. Todas estas circunstancias y el espirito caballeresco que se desarrolló más tarde, contribuyeron en gran manera a los progresos de la civilización en aquella época.

Durante este tiempo se ensanchaba la instrucción en las escuelas sobre todo, en las del orden de San Benito, y particularmente en Irlanda, Escocia e Inglaterra. La reputación de las escuelas de Irlanda se extendió por todas partes, de suerte que acudían muchos alumnos del continente a instruirse en ellas en la Biblia. Los conventos de Escocia e Inglaterra participaron pronto de la misma gloria, de suerte que mientras crecía la barbarie en otros países, se refugiaban las ciencias a los conventos de las islas Británicas.

Por el mismo tiempo el obispo de Mea, Crodegando» sujetó al clero a una regla parecida a la de San Benito, la cual facilitó extraordinariamente la creación de escuelas. Por este medio Carlomagno y aun sucesores pudieron establecerlas, no solo en los conventos, sino donde quiera que se hallase un clero numeroso especialmente en la residencia de los obispos.

Persuadido Carlomagno de que el poder de los estados se funda en la moralidad y la inteligencia de loa súbditos, se ocupó en civilizar a estos. Logró despertar en muchos puntos, la necesidad de una instrucción superior, y tiene derecho, por este y otros resultados no menos brillantes de sus esfuerzos, a que se le considere como el restaurador de las ciencias en la Europa occidental. Llamó a la corte a los hombres más distinguidos de su época, procuró instruirse él mismo, y en medio de los grandes cuidados del imperio se ocupaba también en los trabajos científicos; hizo un ensayo de gramática de su Idioma, y formó unas tablas astronómicas que fueron la admiración de Alcuino. En sus viajes inspeccionaba las escuelas e interrogaba a los niños, demostrando en su conducta que no aspiraba con esto a una vana gloria.

Carlomagno fundó en sus estados tres especies de establecimientos de instrucción: escuelas para el pueblo, escuelas superiores y seminarios de música. En las escuelas populares aprendían los niños a leer, escribir y contar. Teodulfo, obispo de Orleans, hizo establecer escuelas de esta clase en todos los pueblos de sus diócesis, disponiendo que la enseñanza fuese gratuita, a fin de que hasta los más pobres pudieran adquirir la instrucción necesaria a los ciudadanos. De los establecimientos superiores, el más antiguo es la escuela de la corte (Schola Palatina). Este establecimiento, anterior a Carlomagno, no principió a florecer hasta el tiempo de Alcuino, llamado a Francia por el renombre que había adquirido y que había llegado a noticia del emperador. Alcuino eligió hombres capaces de elevar la institución, pero no introdujo nuevos métodos ni ensanchó la enseñanza. Los seminarios destinados a formar cantores para las iglesias, se crearon en Mez y Soisson, poniendo al frente de estos establecimientos a Teodor y Benito, hombres aventajados en la música, y que fueron indicados al emperador por Adriano.

Luis el Piadoso siguió el ejemplo de su ilustre progenitor, pero carecía de la firmeza necesaria para hacer prevalecer su voluntad sobre la del clero; así que se entibió el celo de éste y desaparecieron insensiblemente o quedaron reducidas a elementales todas las escuelas que profesaban las siete artes liberales, hasta el siglo VIII, en el cual recibieron las ciencias nuevo impulso con la elevación de Hugo Capeto al trono.

En Alemania, donde Bonifacio había preparado los espíritus, obtuvieron excelentes resultados los esfuerzos de Carlomagno. Prosperaron primero las escuelas de los conventos y luego quedaron mucho más atrás que las de las catedrales. En los siglos IX y X ningún país de la Europa occidental contaba tantos abades y obispos sabios como Alemania; en ninguna parte se exigían tantos conocimientos a los eclesiásticos, y en país otro alguno se interesaba más la nobleza por los progresos de las ciencias. En tiempo de Othon, las relaciones con Italia sostuvieron el impulso que se había dado al saber, y desde su tiempo empezó a estudiarse el griego. Solo Inglaterra podía compararse ventajosamente con Alemania en aquella época, porque cuando parecía abandonada en Alemania la idea de Carlomagno de ilustrar a la masa del pueblo, la realizó Alfredo el Grande en Inglaterra, de que son una prueba evidente los progresos de la lengua nacional bajo su gobierno. No duraron sin embargo largos años aquellos dichosos tiempos, ni para uno, ni para otro país. Sustrajéronse los conventos de la vigilancia de los obispos, y desde entonces, a medida que se enriquecían, se introdujo entre los monjes una vida poco a propósito para los estudios, perdieron insensiblemente la afición a las ciencias, y sus escuelas decayeron completamente. Las de las catedrales no tuvieron mejor suerte, sobre todo desde que los canónigos de Treveris rompieron el lazo canonical con aprobación del obispo. Seguido generalmente este ejemplo, se dispersaron los canónigos y desaparecieron sus escuelas. Esta decadencia fue acaso también debida en parte a la fundación de las universidades, a la actividad que empezaba a experimentarse en las ciudades, para la cual eran ya insuficientes las escuelas de aquella época.

A medida que se desarrollaban las relaciones sociales y políticas de los pueblos, y que se conocía la civilización de otros países, no podía satisfacer la instrucción de las escuelas eclesiásticas. Entonces, con la participación de los príncipes y magnates, se reunieron hombres ilustrados y jóvenes entusiastas que no pertenecían al clero, con objeto de suplir a lo que faltaba en las escuelas de éste. Algunas de las escuelas fundadas por estas sociedades existían ya en los siglos XI y XII, pero solo obtuvieron privilegios en el siglo XIII, como la escuela de medicina de Salerno, la de derecho de Bolonia y la de teología de París. En estas escuelas fue ampliándose gradualmente la enseñanza, hasta la fundación de las universidades, que hicieron grandes servicios en todos los países y acabaron con las antiguas escuelas.

Los franciscanos y dominicos establecieron también escuelas en la edad media para los aspirantes a la orden, y otras distintas para cuantos querían frecuentarlas. Escribieron también algunas obras superiores a las empleadas hasta entonces, y como, sus escuelas estaban en las ciudades, quedaron desiertas las de los benedictinos, aunque las de estos eran superiores.

Desde el siglo XII se establecieron escuelas en los pueblos bajo la vigilancia de las autoridades locales. Estas escuelas sin embargo no diferían gran cosa de las de los conventos, pues que estaban reducidas al estudio de memoria, a causa del grande precio de los libros y el papel. El maestro, auxiliado a veces por los discípulos de mayor edad, recitaba la lección hasta que la mayoría la aprendía de memoria y la explicaba después bien o mal. Cuando disminuyó el precio del papel, se adoptó el método del dictado. En suma, no diferían estas escuelas de las del clero sino en la forma exterior, y servían asimismo, por lo común, para formar eclesiásticos. Decidida la creación de una escuela, se construía un edificio, se fijaba la dotación del maestro y la retribución de los niños, y se nombraba un rector de entre el clero, y la autoridad civil no se cuidaba más de la escuela. Entonces el rector nombraba auxiliares pertenecientes también al clero, y estos eran los encargados de la enseñanza. En el siglo XIV los discípulos de más edad viajaban para frecuentar diversos establecimientos, y esta costumbre, que al principio tuvo por objeto adquirir una educación más esmerada, degeneró por último en una vida vagabunda; así que estas escuelas destruyeron las de los conventos sin contribuir en nada a los progresos de las ciencias. La educación de la masa del pueblo en aquellos tiempos era casi nula. Los estudios clásicos introdujeron después cierta libertad de espíritu, y con ella cambios notables en la educación y enseñanza, los cuáles bajo el influjo del cristianismo prepararon los progresos del porvenir.

Tal es el ligero bosquejo del estado de la educación durante la edad media en Europa. No concluiremos sin embargo sin hacer mención honorífica de Lotario y de los papas Eugenio II y León IV, que hicieron tan grandes esfuerzos, aunque infructuosos, en Italia por la creación de escuelas, y sin recordar el influjo de la cultura de los árabes y del imperio de oriente y de nuestra patria en la civilización de Europa occidental durante la edad media por más que consagremos artículos especiales a este asunto en el Diccionario.

1. La evolución del Proceso Educativo. Históricamente la educación ha sido un proceso de actuación intencional sobre miembros de una comunidad humana, principalmente sobre los más jóvenes, con el propósito de desarrollar su personalidad, capacitarlos para el trabajo y adaptarlos a la vida social. Es un proceso que acompaña a las sociedades concretas durante toda su evolución y que, de alguna manera, refleja las cambiantes estructuras de dichas organizaciones, sus contradicciones y problemas, su crecimiento y diversificación constantes. El proceso de evolución social, particularmente. El seguido por las fuerzas pro9poductivas, la ciencia, la tecnología y en general la cultura, ha conducido a la prolongación progresiva del tiempo de cada individuo debe estar dentro del sistema educativo.

En las comunidades primitivas la educación constituye una actividad casi espontánea e imitativa, realizada con los niños a nivel familiar. En sociedades intermedias, digamos las esclavistas y feudales, en las cuales la división del trabajo es un hecho más consolidado y en las cuales ya existe un caudal cultural que difícilmente puede ser conservado en la memoria de todos y cada uno de los individuos, se hace menester la presencia primero del maestro o pedagogo, más tarde de la escuela elemental destinada a los niños, y luego la secundaria, para adolescentes y jóvenes.

Con la continua división y subdivisión laboral, con la creciente ampliación de los conocimientos y con el interés del Estado, como instrumento de poder creado por los sectores dominantes de cada país, por dirigir la formación y comportamiento de la sociedad, va apareciendo gradualmente toda una estructura administrativa –el sistema escolar- encargada de precisar los objetivos educacionales y de organizar y dirigir la enseñanza formal de las nuevas generaciones. Dentro de este proceso aparece, en sociedades muy evolucionadas, la educación universitaria; luego, como parte de ellas, surge el nivel de postgrado y su extensión posterior concentrada en los estudios postdoctorales. Muy recientemente se ha ido estructurando una concepción todavía más amplia del proceso educativo; aunque el postgrado parece independizarse de la educación universitaria, comienza a hablarse de educación permanente y continua, con lo cual se identifica al hombre como ser que aprende y debe aprender intencionalmente durante toda su vida.

Historia de la educación superior y de postgrado

Autor: Lic. Luis Pedro Menacho Chiok


1. La Universidad Antigua


Las universidades, como centros superiores, permanentes y amplios de aprendizaje para jóvenes y adultos, nacen en Europa y se desarrollan institucionalmente durante la Edad Media, principalmente como respuesta a la necesidad de la Iglesia y la aristocracia –sectores dominantes de al época- de preparar eclesiásticos, juristas y médicos destinados a satisfacer, se decía, las “tres exigencias elementales del hombre y de la sociedad: el conocimiento del ser supremo..., el anhelo de justicia y el requerimiento de al salud corporal”. ( ) Unas veces surgen dentro de las escuelas o seminarios religiosos; otras, por iniciativas de jóvenes estudiantes y, más tarde, mediante creación especial por parte de las autoridades civiles o eclesiásticas.

La palabra “Universidad” proviene del término Latino Universitas que significa conjunto completo de elementos (personas, objetos o ideas) integrantes de una colectividad o totalidad cualquiera, por lo cual se debe hablar, por ejemplo, de “universitas rerum” como el conjunto de todas las cosas que forman el universo; de “universitas generis humani” cxomo totalidad de los seres humanos, o humanidad; y de “universitas magistrorum” como colectividad de docentes. En un principio, sin embargo, el término se aplicó principalmente para designar a todas –como totalidad- las personas de un país o ciudad dedicadas a un determinado oficio.

Por esto, en los primeros tiempos las universidades medievales eran identificadas, cada una de ellas, no con la expresión “Universitas”, el cual comienza a extenderse en el siglo XIV, sino con el de “Studium generale” o “Studium universale”, con lo cual se definía no una totalidad de estudios o de ramas del saber, lo que se acerca más al sentido moderno de Universidad, sino la condición de escuela abierta a todos los interesados en estudios superiores.

El término “universitas” se utilizó en estas casas de estudio para referirse más bien al conjunto de maestros que en ellas enseñaban – al cual se denominaba “universitas magistrorum” –o bien al conjunto de estudiantes de dichas instituciones- y se hablaba entonces del “universitas scholarium”. En cualquiera de las acepciones mencionadas existe implícito el carácter gremial de la universidad, tanto en el sentido de ser comunidades que se constituían para ayudarse y defenderse mutuamente como en el de abrogarse el privilegio de ser las únicas instituciones que otorgaban el derecho a ejercer la docencia, aparte de la Iglesia.

Pero la universidad tiene antecedentes importantes en culturas avanzadas de la antigüedad; entre ellos merecen mención especial la celebérrima y casi milenaria “Academia”, fundada en Atenas por Platón (428-347 a.n.e.) el año 387 antes de nuestra era, así como otras escuelas filosóficas similares que existieron en China, India y Alejandría. También constituyen anticipos importantes, las escuelas jurídicas creadas en época del Imperio Romano, las escuelas de medicina que aparecieron en el siglo VI en el sur de Italia por obra de los monjes benedictinos Benito y Casiodoro (480-570), y los grandes centros culturales o filosóficos árabes y hebreos, creados desde el siglo IX en Bagdad, y después en España, en los cuales actuaron figuras notables como Averroes, Avicena, Avicebrón y Maimónides.

Pero estas instituciones no pueden considerarse como universidades por cuanto ellas poseen alguna o algunas características que las invalidan para ser reconocidas hoy como tales, esto es:

1) No son centros que abarquen o tiendan a abarcar todas las áreas del conocimiento -como es función actual de toda Universidad-, sino escuelas especializadas;
2) No tienen continuidad institucional prolongada sino que parecen con pequeños cambios sociales;
3) No otorgan títulos profesionales y académicos con valor jurídico, por cuanto la formación que dan sólo tienen valor interno;
4) No son escuelas superiores abiertas, interesadas en la difusión amplia del conocimiento, sino centros cerrados a determinadas castas o sectores; y
5) No están organizadas bajo la concepción de comunidades o corporaciones autónomas de maestros y estudiantes con derechos similares, lo cual es característica esencial de la universidad clásica.

Los centros educativos sobre los cuales hay consenso en considerar como las primeras universidades creadas en el mundo, y sin que se tengan datos precisos sobre tales acontecimientos, son: la de Salerno, establecida a fines del siglo X; la de Bolonia, a comienzos del siglo XI, y la de parís, a fines de la centuria siguiente.

Estos centros y los que le siguieron nacen para llenar requerimientos específicos de aprendizaje avanzado propios de ciertas regiones y, con pocas excepciones, entre las que se encuentran la institución salernitana (que fue, sobre todo, una famosa Escuela de Medicina) con el correr del tiempo se van transformando en organismo destinados a integrar y difundir los conocimientos existentes en todas las áreas del saber.

La Universidad de Salerno se forma a partir de la práctica de la enseñanza médica que se realizaba dentro de un pequeño hospicio mantenido desde el siglo VII por el monasterio benedictino local. Ella se convierte en plantel estructurado cuando los pontífices imponen restricciones al tratamiento de enfermos por parte de los monjes, lo cual hace que, como reacción obligada, en Salerno crezca notoriamente el número de médicos laicos y se constituya un “collegium” o corporación de médicos que progresivamente absorbe y amplía las funciones docentes de la escuela monástica. Esta organización profesional docente pronto se abroga el derecho de otorgar diplomas de “doctor”, que permiten ejercer la especialidad “en cualquier parte del mundo”, lo cual es consagrado posteriormente por decreto del Rey Manfredo (1232-1266).

Conviene aquí precisar la relación existente entre las primeras universidades y las corporaciones o gremios profesionales de la época. Como es sabido, durante la Edad Media el uso más extendido del término “universitas2 era para referirlo a los gremios de artesanos, o conjunto de personas de un mismo oficio, creados como consecuencia de la división del trabajo y de la necesidad del mutuo apoyo gremial.

En estas corporaciones –llamdas también “fraternitates” en Italia, “cofréries” en Francia, “guildes” en los países anglosajones y “gremios” en España-, con antecedentes en las antiguas civilizaciones hindú, egipcia, china, hebrea, era común la práctica de distinguir sus integrantes entre los expertos, los aprendices y los ayudantes; de allí que se hable en Italia de “magistri”, “discipuli” y “laborantes”, y se otorgue de hecho un rol dominante a los maestros o expertos, grupo con capacidad de enseñar y dirigir, un papel subordinado a los aprendices y una función de simples peones a los ayudantes. Algunas de estas “universidades” gremiales del medievo tomaron el nombre de “schola” –“schola hortalanorum”, por ejemplo-, y anteriormente, en la Roma antigua, la denominación de “collegia”, con lo cual se observa una vez más la estrecha e interesante relación terminológica y de contenido entre las historias de los sistemas laboral y universitario. Lo anterior se refuerza si se toma en cuenta que las corporaciones medievales de artesanos, además de la distinción jerárquica entre maestros y discípulos y del papel docente del maestro, tenían como finalidad convertir progresivamente los discípulos en maestros para mantener la continuidad de la confraternidad.

Pero, desde luego, la vinculación más directa y que contribuyó en mayor grado a una definición nítida de la institución universitaria es la relacionada con las escuelas de cultura general (monacales, episcopales y palatinas) creadas por Carlomagno (742-814) con la cooperación del sabio inglés Alcuino (735-804) en las cuales la enseñanza se estructuraba sobre la base de las llamadas artes liberales; las tres literarias o trivio (gramática, retórica y dialéctica), y las cuatro científicas o cuadrivio (aritmética, geometría, música y astronomía).

La segunda Universidad en nacer, y la más antigua de las existentes, es la de bolonia. Su origen está ligado a la necesidad de la Italia medieval de poseer, difundir y aplicar en todo el país normas jurídicas generales y estables. La invasión de los bárbaros y la desaparición del Imperio Romano habían dejado al país en una gran confusión legislativa. Sólo algunos grupos locales de juristas (de Pavía, Pisa, Rávena y bolonia) conservaban cierta tradición jurídica. La actuación destacada realizada por algunos comentaristas jurídicos residentes en Bolonia, particularmente por Alberto, Pepón e Irnerio hace que a comienzos del siglo XII comiencen a afluir a esta ciudad, desde diferentes partes de Europa, numerosos estudiantes interesados en los estudios de derecho. Estos jóvenes se agrupan por naciones y como colectividad global. (“universitas scholarium”), para la defensa de sus intereses comunes, e inician prácticas que posteriormente se consagran como esenciales de la institución universitaria. Es así como ellos contratan y pagan a su maestros; eligen al rector o director de la comunidad; otorgan a sus maestros ciertos poderes disciplinarios, y logran con su unidad y trabajo organizado que la comuna o municipalidad de Bolonia, interesada en retener en la localidad una población que enriquecía y daba fama a la ciudad, conceda numerosos privilegios a maestros y estudiantes tales como el derecho a resolver internamente sus conflictos, la inviolabilidad del recinto universitario y la exención de impuestos municipales.

Esto lleva a que, en algún momento de fines del siglo XII, el centro de estudios bolonés alcance a una cifra de diez mil estudiantes pero también a que, con frecuencia, se presenten conflictos con las autoridades locales, los cuales casi siempre se resuelven a favor de la autonomía de la corporación cultural. Este saldo favorable a la universidad es debido a la permanente amenaza estudiantil de abandonar en masa la región. Cuando la decisión no es favorable, y las autoridades civiles logran restar privilegios a la comunidad universitaria, llega a suceder en bolonia lo que asienta Mondolofo (1996): “el nivel de enseñanza decae, disminuye la atracción para los estudiantes, especialmente, los extranjeros”.

Aun cuando esta Universidad nace como un centro de estudios jurídicos, muy pronto son incorporadas a ella las llamadas artes liberales como parte de la formación de los estudiantes; más tarde se establecen estudios de medicina y teología, y luego, en forma sucesiva, estudios de matemáticas, filosofía y ciencias naturales. Todo esto hace que las autoridades externas, primero la Iglesia y luego los gobiernos laicos, le vayan otorgando progresivamente más respaldo jurídico a la universidad en el sentido de reconocer sus títulos y mantener sus privilegios, hasta llegar al apoyo financiero. De esta manera, durante siglos, la Universidad de Bolonia progresa y crece en un ambiente de gran libertad; esto permitió a sus profesores y estudiantes realizar avances notables no solamente en la ciencia jurídica y en medicina, sino también en matemática, área en la cual es cuna del álgebra moderna y del cálculo infinitesimal, lo mismo que en botánica, física y astronomía.

La tercer Universidad en constituirse es la de París. Ella nace a partir de una escuela de Teología, y por oposición a la Bolonia, que surge por y para los estudiantes, se convierte en el modelo de universidad creada y dirigida por una corporación de maestros. El origen de esta casa de estudios es la escuela de sacerdotes que para el año 1100 funcionaba en la Catedral de Notre Dame y que había ganado justo renombre en el mundo religioso, debido a las discusiones teológicas que en ella se suscitaban, particularmente entre el obispo Guillermo de Champeaux y el célebre Abelardo (1074-1142), su discípulo y rival en las discusiones filosóficas.

Hasta la primera mitad del siglo XII, existía en París gran libertad para la enseñanza. A partir de esta fecha el poder eclesiástico dispuso que para ejercer tal actividad era necesario poseer una licencia (“licencia docendi”) otorgada por el canciller, es decir el administrador del cabildo. Esta disposición, y sus muchas veces arbitraria aplicación, condujo no solamente a una pugna entre maestros y el canciller sino también a la unión de todos los maestros, generalmente sacerdotes, en una corporación, y a la intervención papal para disminuir los poderes del funcionario municipal. En 1213 se logra un acuerdo entre el canciller y los maestros de París; el convenio es revisado y puesto en vigor en 1215 por el legado del papa, Roberto de Courcon, y el mismo es considerado como la primera constitución o estatuto de la Universidad de París. Allí se da por primera vez el nombre de Universitas a una institución de enseñanza superior, se definen los títulos y la duración de los estudios, e incluso se establecen las formas de enseñanza. El primer grado o nivel de estudio universitario es el de bachiller (“baccalaureatus”), término cuyo significado inicial era el de servicio preliminar; el segundo grado es la licenciatura (“licentia legendi” o ”ubique legendi”) como permiso para enseñar fuera de la Universidad; el tercero es la maestría (para “magistri non regentes” o maestros honorarios, y “magistri acturegentes” o maestros efectivos), es decir, acto de aceptación de un individuo dentro de la corporación de maestros universitarios.

En un principio se constituyen dos áreas o facultades de estudios, presididas por un decano electo por profesores y estudiantes: una de Artes, con estudios de seis años de duración total; y otra de Teología, con ocho. El rector elegido por toda la comunidad, sólo tiene facultad para reunir y presidir las asambleas. En cuanto a las formas de enseñanza se definen dos: la lectio, como lectura y comentario de textos sagrados o filosóficos, y la disputatio, ee la cual el maestro propone un asunto, los discípulos hacen preguntas u objeciones y el maestro responde.

Esta estructura universitaria, como es sabido, sirve posteriormente de modelo a muchas universidades, particularmente a las Oxford y Cambridge, hijas famosas de la “Universitas Magistrorum” francesa.

Mucho se discute sobre cuál fue la finalidad que se impusieron a sí mismas las primeras universidades. Hemos dicho que ellas fueron creadas o nacieron por necesidades inmediatas de formación profesional, pero después de constituidas, y con el pasar de los siglos, el proceso natural de reflexión y de confrontación por parte de sus miembros, así como la conquista de privilegios que facilitaban el libre pensamiento, fueron transformando estas entidades en el ámbito más adecuado no sólo para conservar el saber consolidado sino también para criticarlo, transformarlo y producir saberes nuevos. Y es éste el modelo al cual han tendido, a veces como ideal inalcanzable, estas casas de estudio.

Pero los poderes dominantes, Estado e Iglesia, muy pronto fueron conscientes de estar en presencia de una institución que podía servir tanto a sus intereses como a los opuestos, y se inicia, y todavía continúa, una lucha entre quienes desean una Universidad al servicio del status o poder constituido, y quienes ven en ella “el único lugar del mundo donde se puede pensar con libertad”.

Una lucha larga, difícil y permanente, con avances parciales y retrocesos dolorosos, producto y reflejo de los antagonismos sociales.
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