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AMARSE CON LOS OJOS ABIERTOS

JORGE BUCAY Y SILVIA SALINAS

CAPÍTULOS: 123456789101112131415 - Epílogo


PRÓLOGO



Escribir sobre terapia de parejas es un desafío que muy pocos han enfrentado con éxito. Jorge Bucay y Silvia Salinas muestran a lo largo de este libro no solo que conocen el tema, sino que además tienen la experiencia y la capacidad de ayudar efectivamente a las parejas en crisis -que quieren resolver su situación- a que lo puedan hacer desde un verdadero darse cuenta.

Conozco muy bien el trabajo de Silvia Salinas, por haber tenido la oportunidad de supervisar varias de sus primeras terapias de parejas. Sé de la seriedad con que trabajaba y de los éxitos obtenidos. Parejas extremadamente difíciles lograron en su presencia y con su ayuda lo que parecía casi imposible.

Con Jorge he trabajado en talleres didácticos y terapéuticos. Y tengo profunda valoración por los aportes que sus libros anteriores han representado para la difusión de la Gestalt en la Argentina.
Favorecer un verdadero encuentro entre dos que inicialmente se encontraron y se amaron y que empiezan a distanciarse porque no son capaces de soportar y menos de superar sus propias limitaciones, requiere algo más que una técnica; es un verdadero arte de escuchar en el aquí y ahora. La manera que Jorge y Silvia encuentran para abordar este tema tan complejo es simplemente genial. El contrapunto entre la vida de Roberto y los mails de Laura, que constituye la trama básica de la novela, logra que los autores expresen de un modo sumamente original y fácil de captar aspectos esenciales de su propuesta para parejas.
La computadora, a veces como un personaje que aporta suspenso y tensión, otras veces como un recurso que se expande modificando el desarrollo mismo de la acción, es un verdadero hallazgo. A cada paso, lo entretenido del libro da lugar a la reflexión, y los temas -el contacto, el estar enamorado, los acuerdos, las peleas, la sexualidad, la identidad, los malos entendidos- urden un tejido inesperado en el que la ficción

—tan parecida a la realidad- pone eficazmente en escena la teoría.

Uno de los aspectos esenciales de empezar a ver al otro tan alejado de nuestro ideal y distante de lo que fue nuestra imagen inicial, es nuestra propia incapacidad de aceptar en nosotros algo de aquello que criticamos. En el corto tiempo del enamoramiento no logramos aceptar ni reconocer ese aspecto en nosotros. Me refiero al aspecto o rasgo de carácter que negamos aun en su más mínima expresión, y que nos ha permitido extrapolar en sentido opuesto.

El “Yo Idealizado” -de acuerdo con Peris, Horney, etc.- lo hemos construido especialmente negándonos o no dejando surgir en nosotros aspectos rechazados. La energía que gastamos en mantener una “autoimagen idealizada libre de esos ‘defectos’ que el otro exhibe abiertamente, es muy grande. Esta es la maravilla del enamoramiento: dejamos de pelear con nosotros mismos por un tiempo. Todo aquello que rechazábamos y no queríamos admitir está en un contexto diferente y no solo es aceptable sino querible. Muchas veces lo admiramos, incluso, y desde ahí podría empezar el proceso de dejar crecer ese aspecto en uno mismo. Cuando este camino se bioquea, la admiración se transforma en envidia y ese es un tema básico para explorar en una pareja.

En este libro, nada esencial referente al tema que nos interesa ha quedado afuera, todo ha sido aunque más no sea mencionado y para ser llevado a una reflexión mayor.

Tengo conciencia de que mi propio enfoque de lo que es una terapia de parejas no podría haber sido mejor asimilado, transmitido, completado y corregido, como en este libro. Y eso me hace tener una deuda con los autores, porque es un tema muy querido para mí. Yo no me di el trabajo de corregir viejos apuntes sobre la experiencia de Laboratorios de pareja que fueron absolutamente reveladores para los participantes y para nosotros, los que nos esforzábamos en encontrar el modo de poner en evidencia lo obvio y descubrir lo dinámico de un proceso tan central en nuestras vidas.

Lo mejor de este libro es que deja y abre las posibilidades de dilogar sobre el tema. Nada es dicho de un modo trascendental y docto, todo lo expuesto se puede volver a pensar y cuestionar.

El espejo, como muy bien se muestra en este libro, nos devuelve una imagen queribie y verdadera de nosotros. No perfecta, verdadera. Es en el amor donde trascendemos nuestro ego. Cuando empiezan las críticas y las descalificaciones y empezamos a cultivar el desamor, el espejo nos muestra lo peor de nosotros, justamente aquello con lo que nos peleamos y por lo que nos odiamos a nosotros mismos y al espejo. El verdadero que aigun día fuimos aparece como una fantasía o un delirio, pero nunca estuvimos tan cerca de la verdad que entonces. Tal vez eso haga perdurar lo que produjimos en ese tiempo: hijos, obras, empresas.

Es cierto que todo eso ocurre cuando se transciende el enamoramiento y llega el amor... Como dice Laura en este libro, el amor se construye entre dos y basta uno que juegue en contra para que lo conseguido se destruya.

La presente obra tiene el inmenso valor de incluir todas las posturas, las dudas, las críticas. Mi único temor es que se lea demasiado rápido, ya que tiene la virtud de atraparnos desde el primer capítulo, incluso a los que no navegamos en Internet y apenas usamos las computadoras para escribir.

En algún momento me han comentado que existe un software para Depresión. Eso me hizo pensar que a raíz de este libro alguien pudiera inventar un software para Crisis de parejas. Podría suceder. Pero lo que jamás podrán inventar es el efecto perdurable y mágico de la escucha desprejuiciada y amorosa de terapeutas que creen en las parejas, que saben que en una relación elgida y adulta hay una posibilidad ilimitada de crecimiento.

Jorge Bucay y Silvia Salinas saben eso, y han tenido la increíble creatividad y capacidad para mostrarlo de un modo ameno que lo hace accesible a todo el mundo.

Por último, el desenlace de la historia que guía este libro es como el de toda buena novela: sorprendente y original.

Adriana Schnake Silva (Nana)

Anchilanen (Chuce), Febrero del 2000

CAPITULO 1
 
    Como de costumbre, encendió su computadora y fue
servirse un café. Detestaba esa tiránica decisión de su
PC, o los ingenieros en sistemas o de la realidad, de
hacerlo esperar sin derecho al pataleo.
Cuando escuchó el arpegio de apertura del programa se
acercó, movió el cursor sobre el icono que mostraba
pequeño teléfono amarillo y apretó dos veces el botón
izquierdo del mouse. Luego volvió a la cocina, esta vez
con excusa de espiar en la heladera para confirmar que
allí no había nada tentador, aunque en realidad para
evitar que su máquina lo viera ansioso e impotente
esperando la apertura de conexión con Internet.
Roberto tenía con su computadora ese vínculo odioso que
compartimos los cibernautas. Como todos, él sobrevivía
con más o menos dificultad -según los días- a esa
relación ambivalente que se tiene con aquellos que
amamos cuando nos damos cuenta de que dependemos de sus
deseos, de buena voluntad o de alguno de sus caprichos.
Pero hoy la PC estaba en uno de sus buenos días; había
cargado los programas de distribución con velocidad y
ruidos extraños, y lo más agradable, ninguna
advertencia rutina" había aparecido en la pantalla:

No se puede encontrar el archivo dxc.frtyg.dll
desea buscarlo manualmente Sí? No?

La unidad C no existe.
Reíntentar, Anular o Cancelar?

El programa ha intentado una operación no válida y
se apa gara.
Cerrar

Error irreparable en el archivo Ex_ oct. Put.
Reintentar o ignorar?

Nada de eso.
Hoy era, pues, un día maravilloso.

Entró en su administrador de correo electrónico y tipeó
automáticamente su password. La pantalla tintineó y se
abrió la ventana de recepción al programa.

"Hola rofrago, tiene seis (6) mensajes nuevos"

rofrago era el nombre de fantasía con el que había
conseguido registrarse en el freemail de su servidor.
Hubiera querido ser simplemente roberto@... , pero no,
otro Roberto se había registrado antes, también un
Rober... y un Bob... y un Francisco... y Frank... y
Francis... Así que combinó las primeras sílabas de sus
nombres y apellido (Roberto Francisco Gómez) y se
registró: rofrago@yahoo.cOm

Tomó un sorbo de café e hizo clic en la bandeja de
entrada. El primer e mail era de su amigo Emilio, de
Los Ángeles.
Lo leyó muy complacido y lo guardó en la carpeta
Correspondencia.
El segundo era de un cliente que finalmente encargaba
un estudio de marketing para una nueva revista de cine
y teatro.
Le gustó la idea y mandó la carta a la carpeta Trabajo.
Los dos siguientes eran publicidad intrusiva. No se
sabe quién quería vender vaya a saber qué a cualquiera
que fuera tan idiota como para querer comprarlo.., no
se requena experiencia previa.
¡Cuánto le molestaban esas invasiones no autorizadas a
sus espacios privados! Odiaba esos e-mails casi tanto
como odiaba las llamadas impersonales a su teléfono
celular:

"Ud. ha salido favorecido en un sorteo y ha ganado dos
pasajes a Cochimanga, debe pasar
por nuestras oficinas y completar sus datos, firmar los
formularios y darnos su consentimiento para poder
hacerle llegar SIN NINGÚN CARGO a su domicilio un
maravilloso set de..."

Borró esos dos mensajes rápidamente y se detuvo en el
siguiente; era una carta de su amigo loschua.
Leyó con atención cada frase e imagínó cada gesto de la
cara de losh cuando escribía. Hacía tanto que no se
veían... Pensó que debía escribirle una larga carta.
Pero ese no era el momento. Dejó el e-mail en la
bandeja de entrada para que actuara como un
recordatorio automático de su deseo.

El último mensaje era llamativo, llegaba de un
desconocido destino: carlospol@spacenet.com, y el tema
del envío figuraba como "Te mando". Roberto tenía la
dirección electrónica en su tarjeta laboral, así que
pensó que llegaba otra propuesta de trabajo.
¡Maravilloso!, se dijo.
Abrió el mensaje. Era un mail dirigido a un tal Fredy
en el que alguien mandaba saludos y divagaba sobre no
se entendía qué propuesta acerca del tema parejas.
Firmaba: Laura.
Roberto no recordaba a ninguna Laura ni a ningún Carlos
que pudieran escribirle, mucho menos le concernía la
temática de la carta, así que rápidamente se dio cuenta
de que era un error y borró el mensaje de su
computadora y de su mente. Apagó la PC y salió para su
trabajo.

A la semana siguiente le llegó un segundo mail
proveniente de carlospol@spacenet.com; Roberto tardó
menos de 5 segundos en apretar la tecla Eliminar.
Aquellos episodios habrían sido absolutamente
intrascendentes en la vida de Roberto si no fuera
porque tres días más tarde otro "Te mando" de Carlos
traía a SU computadora otra carta de Laura. Un poco
fastidioso eliminó el mensaje sin siquiera leerlo.
El tercer meri:ínsaje de Laura llegó a la cuarta
semana. Roberto decidió abrirlo Vpara descubrir dónde
estaba el error. No quería seguir sintiendço esa
pequeña satisfacción y excitamiento que siempre le
prcoducía recibir correspondencia para luego frustrarse
al comprobar que él no era el verdadero destinatario.
El mensaje decía:

Querido Fredy:
¿Qué te pareció lo que te escribí? Podríamos charlar o
cambiar lo que no estés de acuerdo.
¿Hablaste ya con Miguel?
Estoy tan excitada con la idea del libro, que no puedo
parar de escribir.
Aquí va otro envío.

Y seguía un largo texto sobre relaciones de pareja.
Roberto tenía algo de tiempo así que lo leyó
rápidamente.

Cuando las personas se encuentran condificultades en la
relación,
tienden a culpar a su pareja.
Ven claranmente cuál es el cambio que necesita
hacer el otro para que la relación funcione, pero
les es muy difícil ver qué es lo que ellas hacen
para geneerar los problemas.
Es muy común preguntarle a una persona en una
sesión de pareja:
- ¿Qué te pasa?
Y que conteste
- Lo que me pasa es que él no entiende...
Y yo insisto
- ¿Qué te pasa a vos?
Y ella vueIve a contestar:
- ¡Lo que me pasa es que él es muy agresivo!
Y yo sigo hasta el cansancio:
- Pero... que sentís vos, ¡¿qué te pasa a vos?!
Y es muy difícil que la persona hable de lo que le está
pasando, de lo que está necesitando o sintiendo.
Todos quieren siempre hablar del otro.

Es muy diferente encarar los conflictos que surgen en
una relación con la actitud de revisar "qué me pasa a
mí", que enfrentarlos con enojo pensando que el
problema es que estoy con la persona inadecuada.

Muchas parejas terminan separándose a partir de la
creencia de que con otro sería distinto y, por
supuesto, se encuentran con situaciones similares,
donde el cambio es sólo el interlocutor.

Por eso, frente a los desencuentros vinculares, el
primer punto es tomar conciencia de que las
dificultades son parte integral del camino del amor. No
podemos concebir una relación íntima sin conflictos.

La salida sería dejar de lado la fantasía de una pareja
ideal, sin conflictos, enamorados permanentemente.
Es sorprendente ver cómo la gente busca esta situación
ideal.
"....Y cuando el Señor X se da cuenta de que su pareja
no se corresponde con ese modelo romántico ideal y
novelesco, insiste en decirse que otros SI tienen esa
relación idílica que él está buscando, sólo que él tuvo
mala suerte... porque se casó con la persona
inadecuada..." (?)

NO!!!!!!
No es así.
No se casó con la persona inadecuada.
Lo único inadecuado es su idea previa sobre el
matrimonio, la idea de la pareja perfecta.
En cierto modo, me serena saber que esto que no tengo,
no lo tiene nadie, que la pareja ideal es una idea de
ficción y que la realidad es muy diferente.
El pensamiento de que el pasto del vecino es más verde
o que el otro tiene eso que yo no alcanzo, parece
generar mucho sufrimiento.
Quizás el aprender estas verdades pueda liberar a
algunas personas de estos tóxicos sentimientos.
La realidad mejora notoriamente cuando me decido a
disfrutar lo posible en lugar de sufrir porque
una ilusión o una fantasía no se dan.

 La propuesta es: Hagamos con la vida posible... lo
mejor posible.

Sufrir porque las cosas no son como yo me las había
imaginado, no sólo es inútil, sino que además es
infantil.


"Estos psicólogos nunca van a aprender a manejar una
computadora", pensó Roberto recordando las consultas
técnicas que cada tanto le hacía su amiga Adriana, la
psicóloga.
Revisó cuidadosamente el destinatario: rofrago@yahoo.
com R - O - F - R - A - G - O. ¡No había dudas! El
mensaje estaba dirigido a su casilla.

Se quedó algunos minutos inmóvil mirando la pantalla,
quería encontrar una respuesta más satisfactoria para
el misterio de los e-mails, pues le parecía que la
ineptitud de Laura no era suficiente explicación.
Decidió entonces que el tal Fredy debía tener una
casilla con un nombre de cuenta o mail parecido al
suyo. La asignación de
las casillas libres se hacía automáticamente y, por lo
tanto, pequeñas diferencias bastaban para que el
servidor aceptara las nuevas cuentas. Fredy (como él
mismo) tampoco había podido registrarSe con su nombre,
así que había utilizado su apellido o el nombre de su
perro o vaya a saber qué. Su dirección electrónica era
entonces rodrigo, rodrago o ro fraga... y Laura la
había anotado mal. Un tipo no estaba recibiendo un
material y una psi estaba escribiendo para él algo que
nunca le llegaría.
Muy bien, todo aclarado. ¿Y ahora?
En algún rato libre del fin de semana resolvería el
problema; alertaría a Laura de su error y ella
encontraría la verdadera dirección de Fredy Rofraga
(había decidido que ese era su apellido).
Roberto apagó su PC y se fue a la oficina.

Las pocas líneas de la tal Laura le rondaron la cabeza
todo el día, y cuando hacia el final de la tarde lo
llamó su novia, se enredó con ella como tantas otras
veces en esas discusiones infinitas que solían tener.
Cristina se quejaba de que él nunca tenía tiempo para
salir. Cuando no estaba trabajando estaba descansando
por haber trabajado y cuando no hacía ninguna de esas
dos cosas estaba sentado en su escritorio frente a su
PC "conectado" literal y simbólicamente con la realidad
virtual.
Roberto también se quejaba; Cristina era demasiado
demandante. Ella debía comprender que Internet era su
único momento de descanso y que él tenía derecho a
disfrutar un poco de su tiempo libre.

- Ah, claro, estar conmigo no es disfrutar -había
dicho Cristina.
- Y... A veces no... -contestó Roberto, lo cual
(después pensó)
era un exceso de sinceridad.
- ¿Por ejemplo?
- Por ejemplo cuando me llenás de reclamos y
quejas.

Cristina había cortado.
Con el auricular en la mano Roberto recordó la última
discusión con Carolina, su pareja anterior, y sintió
cómo venía a su mente una frase que había leído esa
mañana en el mail deLaura:
.situaciones similares donde el cambio es sólo el
interlocutor...
Y recordó aún:
.uno siempre se la pasa hablando del otro...

¡Era cierto! Eso era lo que Cristina y él hacían en
cada discusión. Y era eso mismo lo que había dado fin a
su relación con Carolina. De hecho se había separado de
ella en la creencia de que con otra sería distinto.

Esa tarde se fue de la oficina un poco más temprano;
quería releer el texto sobre parejas.
Apenas llegó a la casa tiró la campera en el viejo
sillón gris de la entrada y encendió la PC. Esta vez la
carga de los programas estaba más lenta que nunca, pero
la esperó. Finalmente abrió su administrador de correo
y cliqueó en el Te mando.

Ahí estaba.
Editó el escrito y lo copió en el procesador de texto.
Desde allí abrió el archivo temando.doc y buscó las
frases que recordaba. Usó el resaltador amarillo para
remarcarlas y también marcó otras.

Dejar de lado la fantasía de la pareja ideal.
Esto que yo no tengo, no lo tiene nadie.
Hacer con la vida posible... lo mejor posible.
Las dificultades son parte integral del camino del amor.

Lo invadía una extraña mezcla de sensaciones: sorpresa,
excitación, pudor, confusión. Algunas veces en su
historia había pasado por esta extraña impresión de que
la vida le acercaba de una manera misteriosa justo lo
que él necesitaba. Se acordó del día en que conoció a
Cristina, hacía ya más de un año. Él estaba bastante
triste y algo desesperado. Con el dolor de la partida
de Carolina había aparecido la punta del iceberg de su
depresión y
durante tres semanas no había sentido el más mínimo
deseo de salir a la calle. Recluido en su casa había
estado dejando sonar el teléfono hasta que el
contestador automático se hacía cargo de los llamados:
mensajes acumulados que de vez en cuando borraba sin
siquiera escuchar.
Aquella tarde, aburrido de aburrirse, había decidido
cambiar el texto de bienvenida de su contestador por
otro que dijera: "Estoy de viaje, no deje mensaje,
nadie los recogerá." Le sonaba heroico y asertivo
sincerarse de ese modo con SUS amigos y no crearles
expectativas de respuesta. Pero cuando levantó la tapa
para grabarlo, una voz apareció en el contestador:

- Hola, soy Cristina, vos no me conocés, me dio tu
teléfono Felipe. Te voy a decir la verdad: El sábado
tengo una fiesta repaqueta y sería dramático ir sola, o
mejor dicho SUELTA. Dice Felipe que sos un gran tipo,
divertido e inteligente (justo lo que mi médico me
recomendó). Si es cierto y tenés ganas de bancar buena
compañía y maravillosa fiesta llamame al 6312 -4376
antes del viernes. Si Felipe miente y no sos como él
cree, perdón, número equivocado.
¿Por qué se había reproducido el mensaje si él no había
tocado ninguna tecla?
Misterio.
¿Por qué Felipe, al que poco conocía, había dicho
semejantes pavadas de él?
Misterio.
¿Quién se creía esa mina para desafiarlo a él?
Misterio.

Llamó...

Y aquí estaba otra vez esa conjunción inexplicable. Una
psicóloga que él no conocía, desde alguna parte del
mundo, le mandaba a decir a un tipo, en alguna otra
parte del mundo, unas cosas sobre vínculos de pareja;
esas cosas llegaban a él sin ninguna justificación y
eran justamente las que él necesitaba escuchar.
Magia.
Siempre había pensado que estas coincidencias hacían a
los supersticiosos creyentes y a los esotéricos,
fanáticos. Más allá de la existencia de un dios o de
cien mil, estos y aquellos sólo usaban su fe en El
Todopoderoso para explicar (acaso de un modo
fantástico) aquello que la lógica no podía resolver;
buscando refugio en la idea de la divinidad para poder
aliviarse, seguros así de que su destino individual no
está simplemente ligado al azar, ni tampoco atado solo
a algunos aciertos o errores humanos. Roberto pensaba
que hasta él mismo se tranquilizaría si pudiese creer
que alguien o algo se haría cargo finalmente de su
futuro, o si pudiese convencerse de que el destino, en
toda su inmensidad, ya está escrito. Por desgracia no
era su caso. Él no podía hacer otra cosa que aceptar la
existencia del azar, de la casualidad, de lo
inexplicable.

Coincidencias... Fortuna... Energías cruzadas...
Buscaba en su mente la palabra que lo ayudara a definir
lo que estaba sintiendo. En terapia había aprendido que
es imposible tener dominio de la propia existencia si
ni siquiera se le puede poner nombre a los hechos.
Se acostó pensando en la palabra faltante. Así,
ensayando frases y combinaciones de sílabas, se quedó
dormido.

De madrugada se despertó sobresaltado, debió haber
tenido un sueño muy desagradable porque la cama estaba
revuelta y las sábanas hechas un ovillo habían
terminado arrojadas en el otro extremo del cuarto.
Se quedó en la cama sin moverse y volvió a cerrar los
ojos para rescatar imágenes del sueño. Recordaba sólo
algunas muy confusas: palabras y palabras aparecían en
los monitores de cientos de computadoras, se
reproducían vertiginosamente y crecían dentro de las
pantallas hasta llenarlas todas.. después las
desbordaban y caían hacia afuera invadiendo toda la
realidad tangible.

Un mundo lleno de palabras -pensó-, demasiadas
palabras. Tragó saliva y se levantó. En la ducha
decidió que no iría a la oficina, de hecho tenía mucho
para ordenar y podía hacerlo desde su casa.

Trabajó un rato en sus papeles hasta que empezó a
sentir sobre los hombros el peso del aburrimiento, ese
fantasma demasiado presente en su vida.
Levantó el teléfono y llamó a Cristina, con un poco de
suerte la encontraría a punto de salir de su casa.

- Hola -contestó Cristina impersonalmente.
- Hola -dijo Roberto, con voz de apaciguar la historia.
- Hola -repitió Cristina en tono de fastidio.
- Tenemos que hablar -dijo Roberto.
- ¿De qué? -contestó ella, decidida a ponerse difícil
ante el
acercamiento de él.
- De la situación política de Tanzania -ironizó él.
- Ja -fue la seca respuesta al otro lado del teléfono.
- De verdad Cris, juntémonos esta noche, tengo mucho
para
decirte y quiero leerte un texto que me llegó por
Internet.
- ¿Un texto de qué?
- De parejas.
- ¿Cómo que 'te llegó"?
- Después te cuento... ¿a las 8 en el bar?
- No, pasame a buscar por el departamento -dijo
Cristina,
estableciéndose por una vez en el lugar del poder.
- Bueno -dijo Roberto -, chau.
- Chau.

"Después te cuento", había dicho. ¿Le contaría a
Cristina el verdadero origen del texto de Laura?
Seguramente no. ¿Por qué no? Las cartas encontradas
eran correspondencia personal y SU actitud podría ser
vista como una clara violación de privacidad. No quería
que ella supiera que él había sido capaz de fisgonear a
otro. Seguramente lo reprobaría, se enojaría con él y
despreciaría toda utilidad del contenido de la carta.
Pero como diría Laura -pensó Roberto-, más allá de
Cristina, ¿qué me pasa a mí?
¿Tenía él derecho a violar correspondencia ajena?
Soy yo quien lo reprueba en realidad -se contestó.

Se levantó del sillón y encendió la computadora. Abrió
su procesador de texto y escribió:

Laura:

Estoy recibiendo en mi casilla de correo las cartas que
Usted le envía a Fredy con los textos de lo que
aparentemente es un libro sobre parejas.
Seguramente debe Ud. tener un error en el address de
destino.
Atentamente.
Roberto Francisco Gómez
Tenía él derecho a violar correspondencia ajena?
Soy yo quien lo reprueba en realidad -se contestó.

Abrió el administrador de correo para enviar el mail.
El programa emitió automáticamente un beep y abrió la
ventana de recepción que decía:

"Hola rofrago, tiene un (1) mensaje nuevo"

Sintió un pequeño estremecimiento. Hizo un clic en la
bandeja de entrada y encontró en negrita el remitente y
el asunto del mensaje recibido:

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