Presencia constante de la violencia






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VIOLENCIA Y OPINIÓN PÚBLICA

Por Alejandro Navas

(Profesor de la Facultad de Comunicación

Universidad de Navarra-Pamplona-España)


Tal como está enunciado, el tema de mi intervención resulta demasiado amplio y complejo como para poder tratarlo aquí de modo sistemático, así que me limitaré a dar algunas pinceladas que puedan servir para bosquejar un elemental marco que permita encuadrar las intervenciones más específicas de los demás ponentes.
Final del año 2000: se multiplican los balances y resúmenes, tanto del año como del siglo e incluso del milenio. Parece que se trata de una tendencia inherente a nuestra condición: sentimos la necesidad de echar cuentas y formular propósitos para el nuevo periodo que comienza. Los resúmenes que se hicieron del siglo XX tuvieron casi siempre un inequívoco tono ambivalente, fruto de su paradójica mezcla de civilización y de barbarie. En el siglo XX habíamos alcanzado, en efecto, cotas de progreso asombrosas, nunca vistas con anterioridad y que justificaban hablar de una cima singular: salud (disminución de la mortalidad infantil, victoria sobre los azotes clásicos de la humanidad, prolongación de la esperanza de vida); educación; desarrollo científico y tecnológico; consolidación del estado de derecho y del bienestar: democracia, cultura de los derechos humanos, aprecio por la dignidad humana, libertad, prestaciones sociales. Nunca tantos habían estado tan bien, en todos los órdenes, y las utopías que habían prometido el paraíso en la tierra parecían a punto de cantar victoria. Pero ese brillante anverso era correlativo de un tenebroso reverso: guerras mundiales, genocidios (hubo que acuñar un término para describir nuevas formas de eliminación masiva), holocausto, GULAG, tortura, bomba atómica, armas químicas, terrorismo, aborto y eutanasia masivos, totalitarismo, eugenesia, limpieza étnica, crisis ecológica, incremento de las diferencias entre primer y tercer mundo. Se entiende que un historiador como Eric Hobswan se limitara a comentar de modo escueto que el siglo había terminado mal. En lugar del paraíso anunciado nos habíamos encontrado con el infierno sobre la tierra, y la imaginación humana parecía no conocer límites a la hora de idear formas cada vez más crueles y refinadas de hacer daño a nuestros semejantes.

Presencia constante de la violencia
De modo particular nos desazona la constante presencia e incluso el incremento de las más diversas modalidades de conductas violentas. ¿Cómo se compagina el elevado nivel cultural que hemos alcanzado con esa inusitada brutalidad, propia más bien de tiempos pasados y culturas primitivas? ¿Somos más o menos violentos que nuestros antepasados? ¿Es la violencia un fenómeno natural, inscrito en nuestros genes y del que resulta imposible escapar, o se trata más bien de algo cultural, aprendido? Son preguntas que ocupan intensamente a una muchedumbre de expertos de las más variadas disciplinas, pero para las que todavía no hemos encontrado respuestas del todo satisfactorias.
No está claro que la violencia haya ido a menos al hilo del progreso material y cultural de los últimos siglos, pues nos faltan datos precisos para comparar nuestra situación con la de tiempos pasados. Tampoco resulta fácil determinar el criterio o medida: podemos comparar capacidad destructora o potencia de fuego de los diversos tipos de armamento, pero ¿cómo medir a través del tiempo el odio hacia el enemigo o el diferente? En cambio, suponemos que sí ha habido un avance en la sensibilidad con que nos enfrentamos a las diversas manifestaciones violentas: en el pasado la violencia se vería como un fenómeno natural, destino inevitable al que los pueblos y los individuos se entregarían con resignación: matar o ser matados era algo con lo que se contaba desde el principio y que a nadie sorprendía. Hoy, en cambio, la sangre nos causa una profunda desazón, pues parece que no se corresponde con el nivel de civilización alcanzado. Se trataría de un cuerpo extraño en nuestros civilizados paisajes sociales, de un atavismo fuera de lugar, algo impropio de nuestra condición, que creíamos felizmente superado. Vernos obligados a reconocer que tras esa capa de civilización y progreso pueda esconderse un salvaje brutal nos llena de inquietud.
Renuncio a intentar responder a la cuestión sobre la disminución o incremento de la violencia actual en relación con la pasada, y me limito a registrar de modo sumario algunos cambios de acento o la aparición de nuevas modalidades, típicas del mundo moderno.
Por ejemplo, tradicionalmente el campo fue inseguro durante siglos, dominio de bandoleros y proscritos, mientras que las ciudades ofrecían paz y seguridad. Hoy parece ocurrir lo contrario, al menos en Occidente: ciudades inseguras frente a un campo tranquilo. El desarrollo científico y tecnológico ha incrementado hasta niveles casi inimaginables la capacidad de matar: armas de fuego, armas químicas, bomba atómica, bomba de neutrones, etcétera. Las virtualidades de la sociedad industrial y de las modernas formas de organización también se utilizan al servicio de la liquidación sistemática y masiva de miles o millones de ciudadanos: el campo de exterminio como correlato homicida de la producción industrial en cadena. Es propio del moderno racionalizar y justificar lo que hace, y así tenemos en el orden intelectual una justificación teórica, incluso exaltación, de la violencia, que de la mano del nihilismo alumbra fenómenos típicamente modernos como el terrorismo (un estudio reciente, basado en el análisis de encuestas de Gallup, concluye que el 7% de los 1.300 millones de musulmanes del mundo considera plenamente justificados los atentados del 11 de septiembre de 2001: son 90 millones de personas, vivero potencial para nutrir con abundancia tantas organizaciones terroristas). Hacen su aparición nuevos actores violentos: los Estados, principales protagonistas de la historia política moderna, capaces de librar guerras que afectan a la totalidad de la población, como combatientes y como víctimas; las masas, que irrumpen en la historia a consecuencia de la evolución demográfica y la urbanización que sigue a la revolución industrial; redes de delincuencia organizada de alcance incluso mundial: tráficos de droga, de armas y de mujeres, que a pesar de la falta de datos fiables, la ONU tiende a equiparar en cuanto al dinero en juego (un estudioso de este fenómeno como Misha Glenny puede hablar así de la globalización como la edad de oro de la mafia); jóvenes y niños, que se convierten de modo creciente tanto en víctimas como en agresores: niños -y niñas- soldados (unos 300.000, en una veintena de países1), niños sicarios, bandas de jóvenes entregadas a una violencia banal, sin sentido, violencia escolar, violencia de hijos contra sus padres; y, por supuesto, los medios masivos de comunicación, cuyo papel analizaré más adelante.

Las raíces de la violencia
Vamos a examinar ahora brevemente la cuestión relativa al origen de la violencia. Como es sabido, a lo largo de los últimos decenios se ha oscilado entre las explicaciones que ven en ella un fenómeno natural y las que lo consideran algo adquirido. Estamos, pues, ante un caso más de la clásica contraposición entre naturaleza y cultura.
A final del s. XIX y comienzo del XX manda una visión antropológica y biológica más bien determinista: el darwinismo social, con efectos inmediatos como el racismo y la eugenesia. Estos planteamientos trascienden el ámbito puramente científico e influyen en la política, donde sirven para justificar el imperialismo occidental o las prácticas eugenésicas del régimen nazi (y de otros gobiernos democráticos hasta bien avanzado el s. XX: Estados Unidos, Suiza, Japón o Suecia, por mencionar algunos casos bien sorprendentes).
En una típica reacción pendular, el evolucionismo determinista dio paso al conductismo, que tiende a despreciar el papel de la naturaleza para atribuir todo el comportamiento humano al aprendizaje, es decir, a la cultura. Esta visión del hombre y de la sociedad parecía más congruente con la cultura democrática y de los derechos humanos, y con la dignidad y libertad humanas que le sirven de base.
Como suele ocurrir ante este tipo de dilemas, hoy predomina más bien una vía media, que tiende a tomar en consideración tanto la dimensión natural como la cultural. Además, resulta falso contraponer tajantemente los dos polos, pues ahora sabemos que lo genético interactúa con lo cultural: es irreal considerarlos de modo aislado. Aplicado al estudio de la génesis de la violencia quiere decir que se habla de raíces biológicas y de factores culturales.
En la biología contamos con los hallazgos de la etología y la antropología biológica, que distinguen agresividad y violencia. La primera sería beneficiosa e incluso imprescindible para la supervivencia, pues empuja a los individuos y poblaciones a enfrentarse con los retos y amenazas que ponen en peligro la propia vida. Podemos considerar al menos cinco tipos de comportamientos agresivos o violentos en el ámbito animal: la violencia ligada a la defensa del territorio, la vinculada a la jerarquía, la puramente defensiva, la sexual y la lúdica (los animales también juegan).
El panorama se vuelve más complejo cuando queremos identificar los rasgos propios de nuestra sociedad moderna que serían responsables de esa desmedida presencia de la violencia. En una rápida enumeración que no pretende ser exhaustiva podemos mencionar:
-el desarrollo tecnológico, que produce armamento cada vez más mortífero, asequible y manejable: armas automáticas de diverso tipo, explosivos, etcétera. Por ejemplo, se calcula que en los hogares estadounidenses hay alrededor de 200 millones de armas de fuego.
-el cambio social, que cuando afecta a las estructuras sociales con profundidad y rapidez se percibe como crisis. La dificultad para adaptarse al cambio puede desencadenar conductas violentas. Desde esta perspectiva se puede interpretar, por ejemplo, el fenómeno típicamente moderno del terrorismo. Cabe distinguir un terrorismo de derechas y otro de izquierdas: en los dos se da un rechazo contundente de la sociedad presente. El terrorista de derechas pretender dar marcha atrás a la historia para volver a un estado anterior que se considera perfecto, y está dispuesto a emplear la violencia si la sociedad no se pliega a sus deseos. El de izquierdas comparte el rechazo del presente, pero apunta a una utopía futura como situación deseable, para cuya instauración está igualmente dispuesto a emplear la violencia si la sociedad no le sigue. En ambos casos se justifica el recurso a la violencia con los argumentos clásicos: legítima defensa o ausencia del uso de razón en el otro. El terrorista se limitaría a defenderse de la agresión inicial por parte de la sociedad (violencia estructural), o se vería obligado a emplear la violencia ante el comportamiento infantil e irracional de la población, que no sabe lo que le conviene. Desde esta dificultad para asimilar el cambio puede entenderse también una gran parte de la violencia doméstica o de género: muchos varones se consideran incapaces de abandonar viejos patrones de conducta machistas para hacer justicia al cambio que ha experimentado la mujer moderna (acceso a la educación, trabajo fuera del hogar, independencia económica). La perplejidad e inseguridad motivadas por el nuevo reparto de papeles, junto con la negativa a renunciar a situaciones de privilegio o de dominio, desembocan con frecuencia en violencia contra la mujer. Si a este cuadro se añade cierto feminismo beligerante (pienso, por ejemplo, en Alice Schwarzer en Alemania), no resulta descabellado hablar de guerra entre los sexos.
-la urbanización de nuestras sociedades, también de modo creciente en los países del tercer mundo. La ciudad ha sido un elemento decisivo en el progreso intelectual y material moderno, pero es también un lugar en el que la convivencia estrecha se presta a las fricciones. La acumulación de riqueza estimula también la delincuencia. El éxodo masivo de campesinos hacia las grandes ciudades, con el consiguiente surgimiento de las barriadas de favelas, constituye por motivos evidentes un caldo de cultivo muy propicio para la aparición de diversas formas de delincuencia. Las grandes metrópolis se convierten en objetivos vulnerables y atractivos para los grupos terroristas.
-los movimientos migratorios entre naciones pueden suscitar brotes de xenofobia. El desarrollo económico del primer mundo ha exigido mano de obra foránea, pero la integración de los inmigrantes en las sociedades de acogida no siempre ha sido pacífica.

En general, la presencia de los otros, de los que no son como nosotros, puede sentirse como una amenaza a la propia identidad y desencadenar respuestas agresivas, expresión de la propia inseguridad.
-el estilo de vida propio de nuestra cultura moderna: individualismo, competitividad, estrés, agresividad, búsqueda del triunfo a toda costa, que se cifra a menudo en el logro de riqueza material, frustración.
-la crisis de la familia tradicional: por ejemplo, la ausencia de la figura paterna produce carencias en la socialización de muchos varones, que crecen asilvestrados2 (éste es el cuadro más frecuente en la comunidad negra de Estados Unidos, por ejemplo). Muchas familias desestructuradas son a su vez semillero de futuros adultos violentos, en una especie de círculo vicioso del maltrato doméstico: niños que han sido víctimas o testigos de malos tratos pueden convertirse con facilidad en adultos maltratadores, pues no conocen otras pautas de comportamiento. Los más recientes desarrollos de la psicología evolutiva subrayan la importancia de los primeros años de vida para la definición del futuro modo de estar en el mundo y en la sociedad: si el bebé ha crecido rodeado de cariño y atenciones, se sentirá seguro en el mundo. Si, por el contrario, ha experimentado malos tratos o un vacío afectivo, verá el mundo como un lugar amenazador y peligroso, y la violencia será una de las maneras posibles para enfrentarse a él.
-la droga: alrededor de dos tercios de los delitos cometidos en Occidente tienen que ver con el tráfico o el consumo de droga.
-la libertad entendida como emancipación: el moderno se considera emancipado, dueño de su vida, liberado de tabúes y normas, procedan éstas de la tradición, de la naturaleza o de la religión. Esta libertad es sin duda una importante conquista, timbre de orgullo de nuestra cultura, pero puede desembocar también en la anomia, caldo de cultivo de comportamientos violentos.
-la desvinculación de cualquier tipo de normas unida al poder que proporcionan la ciencia y la tecnología pueden llevar a un sometimiento y una explotación desconsiderados, tanto del medio físico (crisis ecológica) como del medio social (totalitarismos tecnocráticos) y más recientemente, del propio organismo humano (manipulación e ingeniería genética).
-en un orden más antropológico que sociológico habría que mencionar el odio, como razón o mecanismo que da cuenta de tantos actos violentos. La relación entre odio y violencia es compleja: hay un odio que engendra violencia de modo directo y que se puede inculcar premeditadamente, algo que con frecuencia han hecho y siguen haciendo líderes desalmados; hay odio que no tiene por qué prolongarse en conductas violentas, que se queda dentro de las personas y envenena sus mentes; también se da la situación inversa: violencia que engendra odio y deseo de venganza como respuesta a la injusticia sufrida. Cabe también una violencia sin odio, banalizada, sin motivo, que podemos observar con relativa frecuencia en nuestras ciudades: bandas juveniles que agreden de modo aleatorio, sin más razón que combatir el aburrimiento. ¿Cómo surge el odio? Me parece que en última instancia procede de la conciencia de la propia debilidad. Uno se siente inferior, ya sea en comparación con otros o con las propias expectativas, y esa frustración puede dirigirse hacia quienes se atribuye la responsabilidad de la propia limitación. Aterroriza a los demás quien previamente se encuentra aterrorizado. Muy ligado al odio suele ir la envidia: no se soporta ver en otros bienes o cualidades de los que se carece. Si esa diferencia parece insalvable, la destrucción de los bienes o la eliminación de los otros sería una forma de neutralizar la propia inferioridad.
-la escasez de algunos recursos naturales puede alimentar conflictos violentos, incluso entre naciones. El caso más claro sería el del agua, que de repente se ha vuelto un bien escaso. Los expertos y la misma ONU han alertado sobre el posible desencadenamiento de guerras por esta causa, dado que unos 200 ríos en el mundo discurren a través de varios países. En este contexto ecológico se oyen voces más o menos apocalípticas que anuncian el surgimiento de brotes violentos a consecuencia del cambio climático3. Según este tipo de diagnóstico, el cambio climático agudizará las diferencias entre los países más y menos desarrollados y entre regiones de un mismo país, lo que podría llevar a un reforzamiento y legitimación de movimientos terroristas: de nuevo la inseguridad y el miedo como desencadenantes de la violencia. Las consecuencias del cambio climático pueden hacer todavía más vulnerables a países débiles de por sí, y provocar nuevos movimientos migratorios. En tiempos de crisis siempre abundan los agoreros que parecen complacerse en el canto de las desgracias que nos esperan, pero en este caso incluso el Consejo de Seguridad de la ONU ha identificado el cambio climático como una amenaza para la paz mundial. Al margen de lo acertado o no de esos pronósticos catastrofistas, sabemos desde que W. I. Thomas formulara su famoso teorema que creencias sin base real pueden dar lugar a consecuencias bien reales cuando son aceptadas por la gente.
En esta enumeración de factores sociales vinculado causalmente a la violencia faltan los medios de comunicación, que merecen un tratamiento más pormenorizado.
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