2. busca quién es malala y cuenta algunos momentos esenciales de su vida






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título2. busca quién es malala y cuenta algunos momentos esenciales de su vida
fecha de publicación13.11.2015
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TRABAJO A REALIZAR SOBRE EL CASO DE MALALA

1.- COPIA LOS DOS DERECHOS SIGUIENTES:

  • DERECHO A LA EDUCACIÓN

  • DERECHO A LA IGUALDAD

2.- BUSCA QUIÉN ES MALALA Y CUENTA ALGUNOS MOMENTOS ESENCIALES DE SU VIDA

3.- LEE EL TEXTO QUE SE DA A CONTINUACIÓN SOBRE ELLA Y RESPONDE A LAS SIGUIENTES PREGUNTAS:

  • ¿POR QUÉ DEJA SU MADRE DE IR A LA ESCUELA?

  • ¿QUÉ PIENSA SU PADRE DE LA EDUCACIÓN?

  • ¿POR QUÉ ES ATACADA MALALA?

  • EXPLICA, BASÁNDOTE EN EL RELATO, CÓMO SE VULNERA EL DERECHO A LA EDUCACIÓN Y A LA IGUALDAD EN EL PAÍS DE MALALA.

  • REFLEXIÓN DE AL MENOS 10 LÍNEAS SOBRE EL CASO DE ESTA CHICA.

MALALA

Mi madre empezó a ir a la escuela cuando tenía seis años y lo dejó ese mismo año. Su caso era insólito en la aldea, porque su padre y sus hermanos la animaban a ir a la escuela. Era la única niña en una clase de chicos. Llevaba orgullosamente su bolsa de libros y decía que era más inteligente que los chicos. Pero sus primas se quedaban jugando en casa y le daban envidia. Parecía que no tenía mucho sentido ir a la escuela para acabar cocinando, limpiando y criando hijos, así que, un día, vendió sus libros, se gastó el dinero en dulces y no regresó. Su padre no dijo nada. Según cuenta ella, ni siquiera lo notó…

(…)Sólo lamentó (no haber ido a la escuela) cuando conoció a mi padre. Ahí estaba un hombre que había leído tantos libros, que le escribía poemas que ella no podía leer y cuya ambición era tener su propia escuela…Estaba convencido de que no había nada más importante que el conocimiento…La escuela de su aldea había estado en un edificio pequeño. Muchas de las clases se daban bajo un árbol o en el suelo. No había lavabos y los alumnos tenían que ir al campo cuando lo necesitaban. Sin embargo, la educación había sido un gran don para él. Creía que la falta de formación estaba en el origen de todos los problemas de Pakistán. La ignorancia permitía que los políticos engañaran a la gente y que los malos administradores fueran reelegidos. Creía que la escolarización debía ser para todos, ricos y pobres, niños y niñas. La escuela con la que mi padre soñaba tendría pupitres y una biblioteca, carteles de colores en las paredes y, lo que es más importante, lavabos.

Ha nacido una niña

Cuando nací, los habitantes de nuestra aldea se compadecieron de mi madre y nadie felicitó a mi padre. Llegué al alba, cuando se apaga la última estrella, lo que los pashtunes consideramos un buen augurio. Mi padre no tenía dinero para pagar un hospital o una comadrona, así que una vecina ayudó a mi madre. El primer hijo que mis padres habían tenido nació muerto, pero yo nací llorando y dando patadas. Era una niña en una tierra en la que se disparan rifles al aire para celebrar la llegada de un hijo varón, mientras que a las hijas se las oculta tras una cortina y su función en la vida no es más que preparar la comida y procrear.

Para la mayoría de los pashtunes, cuando nace una niña es un día triste. El primo de mi padre Jehan SherKhan Yousafzai fue uno de los pocos allegados que vino a celebrar mi nacimiento e incluso hizo un generoso regalo de dinero.
Su aldea

Vivíamos en el lugar más hermoso del mundo. Mi valle, el valle de Swat, es un reino celestial de montañas, cascadas y lagos de agua clara…

EL ATAQUE

Soy de un país que nació a medianoche. Cuando estuve a punto de morir era poco después de mediodía.

Hace un año salí de casa para ir a la escuela y no regresé. Me dispararon una bala talibán y me sacaron inconsciente de Pakistán…Ahora, cada mañana, cuando abro los ojos, añoro mi vieja habitación con todas mis cosas, la ropa por el suelo, y los premios escolares en los estantes. Sin embargo, me encuentro en un país que está cinco horas por detrás de mi querida tierra natal, Pakistán, y de mi hogar en el valle de Swat.

Pero mi país está a siglos de distancia por detrás de éste. Aquí hay todas las comodidades imaginables. De todos los grifos sale agua corriente, fría o caliente, como prefieras; luz con sólo pulsar un interruptor, día y noche, sin necesidad de lámparas de aceite; hornos para cocinar, de forma que nadie tiene que ir al mercado a traer bombonas de gas. Aquí todo es tan moderno que incluso hay comida ya preparada en paquetes.

Cuando miro por la ventana, veo edificios altos, largas carreteras llenas de vehículos que se mueven ordenadamente, cuidados setos y praderas de césped, y pavimentos limpios en los que caminar. Cierro los ojos y por un momento regreso a mi valle -altas montañas coronadas de nieve, campos verdes y ondulantes, y ríos de fresca agua azul- y mi corazón sonríe cuando recuerda la gente de Swat. Con la mente vuelvo a la escuela y me reúno con mis amigas y mis maestros. Vuelvo a estar con mi mejor amiga, Moniba, y nos sentamos juntas, hablando y bromeando como si nunca me hubiera marchado.

Entonces recuerdo, estoy en Birmingham, Inglaterra.

El día en que todo cambió fue el martes 9 de octubre de 2012… estábamos en plena época de exámenes…

... Desde la llegada de los talibanes no había ningún signo que identificara la escuela, y la puerta de hierro ornamentada en un muro blanco al otro lado de la leñera no da ningún indicio de lo que hay detrás.

Para nosotras aquella puerta era como una entrada mágica a nuestro mundo particular. En cuanto penetrábamos en él nos librábamos de los pañuelos como el viento que despeja las nubes para dejar paso al sol, y subíamos desordenadamente la escalera. En lo alto de la escalera había un patio abierto al que daban las puertas de todas nuestras aulas. Arrojábamos allí nuestras mochilas y después nos congregábamos para la reunión matinal bajo el cielo, firmes, de espalda a las montañas. …La escuela la había fundado mi padre antes de que yo naciera…Teníamos clase seis días a la semana y en mi curso, el noveno, que correspondía a los quince años, memorizábamos fórmulas químicas, estudiábamos gramática urdu, hacíamos redacciones en inglés sobre aforismos como «no por mucho madrugar amanece más temprano» o dibujábamos diagramas de la circulación de la sangre… la mayoría de mis compañeras querían ser médicos.

Es difícil imaginar que alguien pueda ver en esto una amenaza. Sin embargo, al otro lado de la puerta de la escuela, no sólo estaban el ruido y el ajetreo de Mingora, la principal ciudad de Swat, sino también aquellos que, como los talibanes, piensan que las niñas no deben ir a la escuela.

Aquella mañana había comenzado como cualquier otra, aunque un poco más tarde de lo habitual…

(…)La escuela no estaba lejos de mi casa y solía ir a pie, pero en el último año había empezado a ir con las demás niñas en rickshaw y a volver a casa en autobús. El trayecto sólo duraba cinco minutos... Me gustaba porque no volvía tan sudorosa como cuando iba a pie y podía charlar con mis amigas y chismorrear con Usman Ali, el conductor… que nos hacía reír con sus absurdas historias.

Había empezado a ir en autobús porque mi madre tenía miedo de que fuera andando sola. Llevábamos todo el año recibiendo amenazas. Algunas habían aparecido en los periódicos; otras eran mensajes escritos o que nos transmitía alguien. Mi madre estaba preocupada por mí, pero los talibán nunca habían atacado antes a una niña y a mí me inquietaba más que fueran a por mi padre, que hablaba en contra de ellos abiertamente. En agosto habían matado a su amigo y compañero activista Zahid Khan cuando se dirigía a rezar, y yo sabía que todos decían a mi padre: «Ten cuidado, tú serás el siguiente».

A nuestra calle no se podía llegar en coche, así que me bajaba del autobús en la carretera que discurre junto al río, pasaba por la puerta de hierro y subía unos peldaños que conducían a nuestra calle. Pensaba que si alguien me atacaba, sería en aquellos peldaños. Como mi padre, siempre he sido una soñadora y, a veces, durante la clase me imaginaba que un terrorista surgiría en aquel lugar y me dispararía. Me preguntaba cómo reaccionaría yo. ¿Me quitaría un zapato y le golpearía con él? Pero después pensaba que entonces no habría ninguna diferencia entre los terroristas y yo. Sería mejor argumentar: «De acuerdo, dispárame, pero primero escúchame. Lo que estás haciendo está mal. Yo no estoy en contra tuya. Sólo quiero que todas las niñas podamos ir a la escuela».

No tenía miedo, pero había empezado a asegurarme de que la puerta del jardín se quedaba cerrada por la noche y a preguntar a Dios qué ocurre cuando mueres. Le contaba todo a Moniba, mi mejor amiga. Habíamos vivido en la misma calle cuando éramos pequeñas y éramos amigas desde la escuela primaria y lo compartíamos todo: las canciones de Justin Bieber, las películas de Crepúsculo, las mejores cremas para aclarar la piel de la cara. Su sueño era ser diseñadora de moda, pero sabía que su familia nunca accedería, así que decía a todos que quería ser médico. En nuestra sociedad es difícil que las jóvenes se planteen ser otra cosa que médicos o maestras, si es que llegan a trabajar. Mi caso era diferente… nunca oculté mi deseo cuando pasé de querer ser médico a querer ser inventora o política. Moniba siempre sabía si algo iba mal. «No te preocupes -le dije-. Los talibanes nunca han atacado a una niña».

Cuando llegó nuestro autobús, bajamos corriendo los escalones. Las demás chicas se cubrieron la cabeza antes de salir y subir al autobús. El autobús en realidad era una camioneta, lo que nosotros llamamos un dyna, un TownAce Toyota blanco, con tres bancos paralelos, uno a cada lado y otro en el centro. Allí nos apretujábamos veinte niñas y tres maestras. Yo estaba sentada a la izquierda, entre Moniba y Shazia Ramzan, una niña de un curso inferior, y sujetábamos las carpetas de los exámenes contra el pecho y las mochilas bajo los pies.

Después, todo es un tanto borroso. En el dyna hacía un calor pegajoso. El tiempo fresco estaba tardando en llegar y sólo quedaba nieve en las lejanas montañas del HinduKush. En la parte trasera de la camioneta, donde nosotras íbamos, no había ventanillas a los lados sino sólo un plástico grueso que aleteaba y estaba demasiado amarillento y polvoriento para que pudiéramos ver a través de él. Todo lo que veíamos era un pequeño fragmento de cielo abierto desde detrás y fugaces destellos del sol, que a aquella hora del día era una gran esfera dorada entre el polvo que resplandecía sobre todo.

Recuerdo que, como siempre, el autobús dejó la carretera principal a la altura del puesto de control del ejército y giró hacia la derecha, pasando junto al campo de cricket abandonado. No recuerdo más.

En los sueños que tenía en los que disparaban a mi padre él también estaba en el autobús y le disparaban conmigo; entonces aparecían hombres por todas partes y yo buscaba a mi padre.

En realidad, lo que ocurrió es que nos detuvimos súbitamente. …Debíamos de estar a menos de doscientos metros del puesto de control.

No podíamos ver lo que ocurría delante, pero un joven barbudo con ropa de colores claros había salido a la carretera y hacía señales para que la camioneta se detuviera.

«¿Es éste el autobús del Colegio Khushal?», preguntó a nuestro conductor. UsmanBhaiJan pensó que aquella era una pregunta estúpida porque el nombre estaba pintado a un lado. «Sí», respondió.

«Quiero información sobre algunas niñas», dijo el hombre.

«Entonces tendrá que ir a secretaría», repuso UsmanBhaiJan.

Mientras hablaba, otro joven, vestido de blanco, se acercó a la parte trasera de la camioneta. «Mira, es uno de esos periodistas que vienen a hacerte una entrevista», dijo Moniba. Desde que empecé a hablar con mi padre en actos públicos en pro de la educación de las niñas y contra aquellos que, como los talibanes, querían mantenernos ocultas, con frecuencia venían periodistas, incluso extranjeros, pero no se presentaban así, en medio de la carretera.

Aquel hombre llevaba un gorro que se estrechaba hacia arriba y un pañuelo sobre la nariz y la boca, como si tuviera gripe. Tenía aspecto de universitario. Entonces se subió a la plataforma trasera y se inclinó sobre nosotras.

«¿Quién es Malala?», preguntó.

Nadie dijo nada, pero varias niñas me miraron. Yo era la única que no llevaba la cara cubierta.

Entonces es cuando levantó una pistola negra. Más tarde supe que era un Colt 45. Algunas niñas gritaron. Moniba me ha dicho que le apreté la mano.

Mis amigas dicen que disparó tres veces, una detrás de otra. La primera bala me entró por la parte posterior del ojo izquierdo y salió por debajo de mi hombro derecho. Me desplomé sobre Moniba, sangrando por el oído izquierdo. Las otras dos balas dieron a las niñas que iban a mi lado. Una hirió a Shazia en la mano izquierda. Otra traspasó su hombro izquierdo y acabó en el brazo derecho de KainatRiaz.

Mis amigas me dijeron más tarde que su mano temblaba mientras disparaba.

Cuando llegamos al hospital, mi largo cabello y el regazo de Moniba estaban empapados de sangre.
¿Quién es Malala? Yo soy Malala y ésta es mi historia.


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