Todas las imágenes que exponen la violación de un cuerpo atractivo son, en alguna medida, pornográficas. Pero las imágenes de lo repulsivo pueden también fascinar




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Don McCullin, una compilación de sus fotografías publicada por Jonathan Cape en 2002. Agradezco el estímulo de Mark Holborn, editor de libros fotográficos en la casa londinense; a mi primer lector, Paolo Dilonardo, como siempre; a Robert Walsh por su discernimiento, nuevamente; y por el suyo, a Minda Rae Amiran, Peter Perrone, Benedict Yeoman y Oliver Schwaner-Albright.

Me estimuló y conmovió un artículo de Cornelia Brink, «Secular Icons: Looking at Photographs from Nazi Concentration Camps», en History & Memory (vol. 12, n°. 1, primavera/verano de 2000), y el excelente Remembering to Forget: Holocaust Memory Through the Camera's Eye [Recordar para olvidar: la memoria del Holocausto a través del ojo de la cámara] (University of Chicago Press, 1998), de Barbie Zelizer, donde encontré la cita de Lippmann. Respecto de la información sobre los bombardeos punitivos a los poblados iraquíes de la Fuerza Aérea británica entre 1920 y 1924, un artículo en Aerospace Power Journal (invierno de 2000) de James S. Corum, que imparte curso en el Colegio de Estudios Avanzados de Aviación en la Base Maxwell de la Fuerza Aérea en Alabama, ofrece valiosas citas y análisis. Las crónicas de las restricciones impuestas a los fotoperiodistas durante la guerra de las Malvinas y la del Golfo se encuentran en dos libros importantes: Body Horror: Photojournalism, Catastrophe and War [Horror corporal: fotoperiodismo, catástrofe y guerra] de John Taylor (Manchester University Press, 1998) y War and Photography [Guerra y fotografía] de Caroline Brothers (Routledge, 1997). Brothers resume el caso contra la autenticidad de la fotografía de Capa en las páginas 178 a la 184 de su libro. El artículo de Richard Whelan «Robert Capa's Falling Soldier», en Aperture (n°. 166, primavera de 2002), propone un punto de vista opuesto y aduce una serie de circunstancias moral-mente ambiguas en el frente y en el curso de las cuales, según él, Capa en efecto fotografió sin darse cuenta cabalmente a un soldado republicano abatido.

Debo los datos sobre Roger Fenton a Natalie M. Houston y su «Reading the Victorian Souvenir: Sonnets and Photographs of the Crimean War», publicado en The Yale Journal of Criticism (vol. 14, n°. 2, otoño de 2001). La información acerca de la existencia de dos versiones de «El valle de la sombra de la muerte» de Fenton se la debo a Mark Haworth Booth del Museo Victoria and Albert; ambas están reproducidas en The Ultímate Spectacle: A Visual History of the Crimean War [El espectáculo definitivo: una historia visual de la guerra de Crimea] de Ulrich Keller (Routledge, 2001). La crónica de la reacción a la fotografía de los británicos insepultos en la batalla de Spion Kop procede de la compilación de Pat Hodgson, Early War Photographs [Las primeras fotografías bélicas] (New York Graphic Socie-ty, 1974). William Frassanito demostró en Gettys-burg: A Journey in Time [Gettysburg: un viaje en el tiempo] (Scribner's, 1975) que Alexander Gardner debió de haber cambiado la ubicación del cadáver del soldado confederado muerto a fin de fotografiarlo. La cita de Gustave Moynier se encuentra en Una cama por una noche: el humanitarismo en crisis (Taurus, 2003) de David Rieff.

Sigo aprendiendo, como siempre y desde hace años, gracias a mis conversaciones con Ivan Nagel.
Biografía

Susan Sontag (1933) inició su carrera literaria en 1963 con la publicación de la novela El benefactor (1963); Punto de Lectura, 2002). No obstante, a partir del reconocimiento internacional de sus ensayos reunidos en Contra la interpretación (Alfaguara, 1996) se consolida como una de las máximas figuras de los movimientos intelectuales de los años sesenta. Desde entonces su prestigio no ha hecho sino aumentar, tanto por sus obras como por su participación en los grandes problemas sociales y políticos contemporáneos. Sus publicaciones más recientes son la novela En América (Alfaguara, 2002; Punto de Lectura, 2004), por la que recibió el National Book Award en 2000, y la recopilación de ensayos Where the Stress Falls, que también aparecerá en Alfaguara. Entre sus publicaciones, traducidas a veintiocho idiomas, destacan la novela El amante del volcán (Alfaguara, 1995), así como cuentos, obras de teatro y seis libros de ensayo, como Sobre la fotografía (1911) y La enfermedad y sus metáforas (1978; Punto de Lectura, 2003). En 2001 recibió el Premio Jerusalén por el conjunto de su obra y en 2003 el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y el Premio de la Paz concedido por los libreros alemanes. Vive en Nueva York.



* Es elocuente que a Andy Warhol, el connaisseur de la muerte y sumo sacerdote de los goces de la apatía, le atrajeran los reportajes de diversas muertes violentas (accidentes de automóviles y aviones, suicidios, ejecuciones). Aunque sus transcripciones serigráficas excluyeron la muerte en la guerra. La fotografía periodística de una silla eléctrica y la estridente portada de un periódico sensacionalista, «129 muertos en accidente aéreo», sí. «Bombardean Hanoi», no. La única fotografía que Warhol serigrafió, y que hace referencia a la violencia bélica, se ha vuelto un icono, es decir, un cliché: la nube en forma de hongo de la bomba atómica, repetida como en una hoja de sellos de correos (al igual que los rostros de Marilyn, Jackie y Mao) a fin de ilustrar su opacidad, su fascinación, su futilidad.

* La evolución del museo mismo ha llevado lejos el crecimiento de este ambiente de distracción. Otrora depósito para la preservación y exhibición de las bellas artes pretéritas, el museo se ha convertido en una vasta institución, y casi emporio, educativo, una de cuyas funciones es la exposición de arte. La finalidad primordial es el entretenimiento y la educación en diversas variantes, y el mercadeo de experiencias, gustos y simulacros. Así, el Museo Metropolitano de Arte en Nueva York organiza una exposición de los vestidos que usó Jacqueline Bouvier Kennedy Onassis durante sus años en la Casa Blanca. Así, el Museo Imperial de la Guerra en Londres, admirado por sus colecciones de pertrechos militares e imágenes, en la actualidad ofrece a los visitantes dos entornos reproducidos con exactitud. De la Primera Guerra Mundial, «La vivencia de las trincheras» (del Somme en 1916), una suerte de pasillo con sonidos grabados (bombas que estallan, gritos) pero inodoro (no hay cadáveres putrefactos ni gas venenoso); y de la Segunda Guerra Mundial, «La experiencia del Blitz», descrita como una presentación de las condiciones durante el bombardeo alemán de Londres en 1940, entre ellas la simulación de un ataque aéreo tal como se vivió en un refugio subterráneo.
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