Prólogo






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EL NARCO: La guerra fallida

Autores: Ruben Aguilar V. Jorge G. Castañeda

Editorial punto de lectura edición Octubre 2009

ISBN :978-607-11-0315-4

Exposición: el narco la guerra fallida Autor Aguilar Jorge G.

Ilustración 1

Prólogo 2

Capítulo 1 ¿Llegan las drogas a tus hijos? 5

Los precios de la droga 8

Algunas consideraciones adicionales 9

La evolución de la violencia 12

¿Por qué los muertos? 13

Capítulo III La razón de Estado
16


Capítulo IV
Si Estados Unidos controlara la venta de armas...
21


Las armas provienen de muchas partes, no sólo de Estados Unidos 26

El Consumo
32


Capítulo VI México y Colombia no solo lo mismo
36


Una alternativa: construir una policía nacional 43

Para concluir
45



Prólogo



Por Rubén Aguilar V. y Jorge G. Castañeda
Ni el narcotráfico ni su combate son nuevos en nuestro país. Pocos temas y turbulencias han resultado tan recurrentes en la historia reciente de México como la producción y el tránsito de drogas desde y por el territorio nacional, así como la violencia que suele acompañar al negocio de los estupefacientes. En la memoria de los autores, por lo menos desde la malograda Operación Intercepción, impuesta por Richard Nixon a Gustavo Díaz Ordaz en 1969, el comercio de narcóticos también ha ocupado un sitio privilegiado en nuestras relaciones con el exterior. Y en la memoria de algunos de los mexicanos perdura el primer contacto —desde los auto sacrificios de Yacxilán hasta los delirios de Avándaro— con sustancias ilícitas y amplificadoras de los sentidos: las siempre entreabiertas puertas de la percepción de Huxley.


Pero a partir del 11 de diciembre del año 2006 las cosas cambiaron. El recién entronizado gobierno de Felipe Calderón decidió lanzar un ataque frontal contra el narcotráfico, en todo el territorio, con toda la fuerza a su alcance, todo el tiempo. Con esta afirmación no buscamos asociarnos a las fáciles y falaces tesis sobre la complicidad, desidia o complacencia de los regímenes anteriores ante el llamado crimen organizado. Dichas tesis no resisten ninguna de las pruebas del añejo: ni la lógica, ni la histórica, ni la personal. Resulta absurdo pensar que presidentes tan disímbolos (como Luis Echeverría, José López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo y Vicente Fox), llamados a gobernar en coyunturas tan diversas y dotados de bases de apoyo social tan diferentes, hayan sucumbido a la inconfesable tentación del pacto tcito o explícito con el narco.
La corrupción en México ha ido acotándose a lo largo de los últimos 20 años. Unos piensan que este fenómeno era más fuerte antes, mientras que otros creen exactamente lo contrario. No entramos a esa discusión, salvo para decir que no contamos con ningún elemento que permita afirmar que alguno de los ex presidentes citados sostuvo una relación de complicidad con el narcotráfico. Escogieron métodos para combatirlo más o menos eficaces, más o menos pulcros, más o menos confesables. Pero no fueron sus aliados.
Todos ellos se enfrentaron al narco: Echeverría con la Operación Cóndor, dirigida por Reta Trigo, en Sinaloa; López Portillo con su extraña encomienda al “Negro” Durazo (al encargarle a un hampón que controlara a los demás); De la Madrid, al padecer los estragos de la disolución de la Dirección Federal de Seguridad y la crisis por el asesinato de “Kiki” Camarena; Salinas y el “Gordo” Coello al perseguir a los sinaloenses, a los militares y judiciales de Tlalixcoyan, a los asesinos del cardenal Posadas Ocampo, y a los que generaron en su sexenio los enigmas del magnicidio; Zedillo al enfrentarse a Juan García Abrego, al “narcogober” Mario Villanueva y al general Gutiérrez Rebollo; y Fox mediante la captura de más capos que nunca, aun con la fuga de Joaquín el “Chapo” Guzmán del penal de Puente Grande, Jalisco.
No obstante, jamás un sexenio le había apostado a una meta y abierto tantos frentes simultáneos como Calderón respecto del narcotráfico. De eso trata este pequeño opúsculo.

Para poner todas las cartas sobre la mesa, conviene empezar por el final. La conclusión de este texto, derivada del análisis de los argumentos esgrimidos por el gobierno para explicar! justificar! defender su decisión, es que la razón primordial de la declaración de guerra del 11 de diciembre de 2006 fue política: lograr la legitimación supuestamente perdida en las urnas y los plantones, a través de la guerra en los plantíos, las calles y las carreteras, ahora pobladas por mexicanos uniformados.
Llegamos a esta conclusión, junto con muchos otros que la vislumbraron mucho antes, a partir del examen, ciertamente sintético y a vuelo de pájaro, de las principales premisas de la acción gubernamental.
En primer lugar, sostenemos que la consigna central de la comunicación oficial (“Para que la droga no llegue a tus hijos”) no se sostiene. México no ha pasado de país de tránsito a país de trasiego y consumo, tampoco ha aumentado de manera significativa la demanda de drogas, de acuerdo con las cifras del propio gobierno de Calderón, por desgracia aún no publicadas pero sí disponibles.
En segundo término, si la razón era la eclosión de la violencia, a casi tres años prevalece un clima de hostilidad superior al de antes, que venía declinando desde principios de los noventa. Por otro lado, tampoco es creíble que el motivo de la guerra fuera la penetración del narco en nuevas o más importantes esferas de la vida política nacional. Estainos hablando de México, no de Noruega. La complicidad del narco con las autoridades municipales, estatales y federales no nació ayer, sino hace una eternidad.
Enseguida, a propósito de dos temas externos, tratamos de demostrar que ni el supuesto tráfico de armas procedentes de Estados Unidos ni la demanda de sustancias ilícitas en ese país han contribuido a un mayor deterioro del que imperaba antes, durante el periodo transcurrido entre finales de los años sesenta y el arranque del sexenio de Felipe Calderón. La demanda estadounidense de estupefacientes ha permanecido estable a lo largo de estos 40 años, y sólo ha variado en su composición: mariguana en los sesenta y setenta; cocaína (y crack) de 1985 hasta finales de siglo; metanfetaminas desde entonces y hasta fecha reciente, cuando comenzó a desplomarse el uso de drogas sintéticas ante las imágenes de los estragos físicos causados por las mismas.
Es cierto que, mientras haya demanda en Estados Unidos, habrá oferta en México, en América Latina y en el mundo entero; pero también es cierto que siempre existirá esa demanda, y que la sociedad estadounidense ha concluido, con razón, que el esfuerzo por reducirla no vale la pena; se trata de una constante, no de una variable.
- Por último, intentaremos mostrar que el “éxito” de Alvaro Uribe en Colombia es un contraejemplo en relación con la estrategia calderonista. Daremos datos y argumentos que ilustran cómo Colombia ha logrado notables avances en la limitación de los daños colaterales provocados por el narcotráfico —secuestros, atentados, guerrillas, paramilitares, corrupción, hostigamiento por parte de Estados Unidos— sin reducir la superficie sembrada de hoja de coca, ni lograr un descenso de la producción y exportación de cocaína. Procuraremos proponer una estrategia alternativa, basada en las realidades mexicanas y no en las medias verdades gubernamentales; una estrategia que incorpore las tendencias más actuales de reducción del daño y despenalización; de sellamiento terrestre y marítimo del Istmo de Tehuantepec; de sellamiento aéreo de la frontera sur con un no fiy zone; de la puesta al día de los acomodos regionales tácitos con el ancestral negocio. Tal estrategia requiere de la cooperación de Estados Unidos, en los términos posibles (ya basta de ser limosneros con garrote), así corno la construcción de un dispositivo de seguridad mexicano con el que no contamos.
Este no es un texto de investigación, aunque hemos intentado proveerle al lector del mayor número posible de datos que fundamenten las tesis expuestas. Tampocp es un simple panfleto —género invaluable de la literatura política—, ya que buscamos problematizlr cada asunto, cada propuesta, cada crítica. Hemos excluido diversos temas, no porque carezcan de relevancia, ni porque falten cosas que decir al respecto.
Las implicaciones de militarizar la lucha contra el narco al grado que se ha hecho, las consecuencias de esta decisión para las fuerzas armadas, el sistema político y la sociedad mexicana a largo plazo son temas ante los cuales preferimos remitir a trabajos de destacados investigadores, como Luis Astorga, Arturo Alvarado Mendoza y Sergio Aguayo Quezada del Colegio de México, entre otros.
Las violaciones a los derechos humanos, sus consecuencias internas y externas también preferimos saltárnoslas, no por menospreciadas, sino porque otros autores y organizaciones han hecho al respecto una labor superior de lo que nosotros podríamos hacer. En particular, por el lugar que ocupa uno de los autores en la Junta de Gobierno de Human Rights Watch, remitimos al lector a los distintos informes que dicho organismo ha divulgado sobre el tema del narco, las fuerzas armadas mexicanas y los derechos humanos.
Con la excepción de algunos pasajes aislados, también hemos dejado de lado la discusión sobre la iniciativa Mérida y sus implicaciones, en su forma actual y en su evolución posible, para las relaciones México—Estados Unidos.
Por último, no entramos más que tangencialmente en el análisis de la corrupción que el crimen organizado pudiera estar provocando o alentando en las distintas esferas gubernamental el salvo en la medida en que afecta el control territorial por el Estado o la complicidad de autoridades estatales y locales con el narcotráj0 Dado que Fiemos tratado de proporcionarle datos al lector, nos pareció indebido discurrir sobre un tema para el cual no disponemos de información.
Nuestro propósito radica en explicar, informar y desmitificar, más que en el proselitismo corifeo u opositor. Si el lector concluye esta rápida y (ojalá) fácil lectura sintiéndose más informado y menos seguro de sus convicciones anteriores, nos daremos por bien servidos.
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